jueves 10 de diciembre de 2009

CAPITULO XXXIII

Sacó una rama bastante agresiva y dura del árbol seco en donde Ziro reposaba, y con mucha fuerza, la hizo penetrar desde la muñeca, hasta su codo izquierdo. La herida se veía exagerada, sobre todo ante las miradas impresionadas de los gemelos, pero concluía que mientras más grande, más tiempo se demoraría en regenerarse.
- ¡Estás… loca! – le dijo Ziro, tratando de evadir la sangre de Nathalie.
- Cállate y acércate…
- No estás segura de que funcionará, Nathalie… - dijo Evan.
- Claro que sí…
- Claro que no. Ziro es un demonio, algo completamente distinto a ti…
- Si nunca probamos, nunca sabremos – dijo Nathalie, siendo
Procuró ser lo más rápida que pude, aunque obviamente no podía controlar su propia curación. Escurrió la sangre por entre unas cuantas heridas de Ziro, y la velocidad con que éstas sanaron, fue realmente notable. No habían pasado ni dos segundos cuando ya estaba la mitad lista.
Ziro se estremeció, como si un escalofrío recorriera su cuerpo entero, y cuando se sintió mejor, ya estaba curado. De hecho, todos sus sentidos mejoraron un cien por ciento, se sentía con más fuerza y energía, por lo que el efecto perecedor de su presencia, no tardó en actuar sobre Nathalie, la cual se alejó rápidamente a un lado de Evan.
- ¿Funcionó? – preguntó éste a su hermano, acercándose a él.
- Creo que… si – dijo Ziro, mirándose las manos. Sus ojos brillaron, por un instante rojizos, y se volvieron a tornar un dorado iluminado.
Evan sintió deseo de abrazarlo, pero se aguantó solo por un orgullo que llevaba dentro hace bastante tiempo, y que había sido imposible sacarlo. A veces afloraba.
Ziro se puso de pie, al instante en que el árbol tras de él se iba marchitando con el pasar de los segundo, ahora cada vez más rápido. Miró a Nathalie, quien se sacudió la arena de la ropa, y se hizo la loca.
- No tenías por que hacerlo… - le dijo mirándola fijamente, a lo que ella le respondió de igual forma.
- Te dije que me sentía en deuda contigo – le respondió.
Ziro se quedó callado, y Evan se dirigió a Nathalie.
- Creo que deberíamos volver…
- Ve tú… necesito hablar con él primero.
- ¿Qué? – dijo Evan.
- Ve tú… necesito hablar con Ziro.
- Yo no quiero hablar contigo, Nat – le dijo Ziro tratando de no ser tan inexorable.
- Pero yo sí… así que—
- ¿Qué quieres que le diga a tu guía? – le preguntó Evan.
- No me importa si no le mientes… dile la verdad.
- Pero…
- Yo lo arreglare cuando regrese, Evan. Por favor…
Evan la quedó mirando un par de segundos, y luego se volvió a Ziro. Éste no había dicho nada, pues no haría cambiar de opinión a Nathalie, así que asintió para que su hermano gemelo se fuera, y los dejara hablar un rato.
Desapareció entre algunas nubes a lo lejos en el cielo, y los otros dos intercambiaron miradas sin decir nada. Ambos estaban serios, y a unos metros de distancia. Nathalie se agarró la polera larga que le llegaba a las caderas, como si estuviera nerviosa, pero en realidad, ni se acercaba a ese sentimiento todavía. Para Ziro era incomoda aquella situación, así que trató de hacerla lo más corta posible, por lo que habló primero.
- ¿Qué quieres hablar conmigo?
- Ya lo sabes… necesito preguntarte algo.
- ¿Qué?
- ¿Por qué te haces el que no lo sabe? Dime… ¿Por qué me salvaste esa noche?
La pregunta fue tan repentina y sin anestesia, que Ziro quedó plantado sin moverse por un rato en el mismo sitio en el que había permanecido desde que se puso de pie. La voz no le salió al primer intento.
- ¿Por qué me preguntas eso? – le dijo como comodín para no darle una respuesta verdadera.
- Necesito saber… dime la razón exacta y sin mentiras. Sabré si estás mintiendo.
- No tendría por qué mentirte, Nat. Fue… un impulso del momento… no lo pensé… - Ziro ya no miraba a la joven. Parecía que estaba más nervioso que nunca, pero no podía ocultar sus emociones con Nathalie.
- ¿Es decir… apareciste de pronto entre mi y Eliott sin darte cuenta? Inventa algo mejor. Por favor, dime la verdadera razón por la cual me salvaste, Ziro…
- ¿Por qué tanta curiosidad? ¿No puedes conformarte con que estas bien y un “muchas gracias”?
- Dime…
Nathalie no se daría por vencida ni se dejaría persuadir por las respuestas sin sentido de Ziro. Sabía que había algo más detrás de aquellas palabras. Ziro la miró a los ojos y se quedó ahí por un momento. Se acercó unos pasos cortos, tratando de mantener su mente en blanco, y luego trató de ser sincero.
- Sólo sentí que debía hacerlo, Nathalie… no sabría cómo explicarte, pero… fue algo que me movió hasta donde tú estabas y… no se…
- Pero… es que tú... tú siempre estás ahí…
Ziro retrocedió sin dejar de mirarla. Nathalie se intentó acercar un poco, para luego terminar de decir:
- Cuando estoy peleando, cuando estoy en problemas, cuando estoy… mal… débil… siempre estás ahí, vigilándome en alguna parte. A veces, si no te veo, te siento… como si estuvieras pendiente de mi todo el tiempo.
- Es una coincidencia de que esté yo cerca cuando estás en problemas o algo así… no creas que estoy pendiente de ti todo el tiempo, Nat.
- Es que así es… y no trates de mentirme, Ziro. ¿Qué te pasa conmigo?
Nathalie trató de ser lo más directa posible con él, sin tampoco dejar a la luz su principal objetivo. Presentía que había un sentimiento más fuerte de parte de Ziro hacia ella, aunque no quería divagar en su cabeza y encontrarse con una sorpresa. Espero a que él se lo dijera con sus propias palabras.
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Qué te pasa conmigo? - Nathalie se acercó lo suficiente para quedar junto a Ziro y tocarle las manos, ardientes como el fuego.
- Mira, yo… - le costó empezar, pues al parecer, el gesto de Nathalie hacia él, le provoco más nerviosismo del que se imaginó. – Eres una persona especial para mí, Nat. Eres... no se, la única que puede entender… lo que soy, como soy… y… que de verdad está interesada en ayudarme, si es que aún hay esperanza. Si algo te hubiera pasado, lo más probable es que me hubiera vuelto lo que no quiero ser… un completo y asqueroso miembro de la Tríada… quien sabe que más…
Aquellas palabras fueron sinceras. Nathalie no sabía si el aliento no le salía por la impresión y el comienzo de sus nervios, o porque el “efecto Ziro” estaba empezando a atacar sus pulmones. El demonio la empujó hacia atrás al ver que se ponía pálida y no le salía la voz.
- Estoy bien… - le dijo la chica. – Yo…
- Será mejor que te vayas. Tu guía debe estar buscándote, al igual que tus amigas.
- Ziro yo…
- Por favor. No pierdas el tiempo.
Nathalie había quedado sin excusas para quedarse. Lo que le había dicho Ziro la había dejado anonadada y sin saber que decir ni pensar. Quizás podría dejar su respuesta para otro día. Caliel podría enfadarse con ella.
Lo miró a los ojos, queriendo decirle algo, pero lo único que hizo fue darse media vuelta y caminar sin rumbo. Al quinto paso, Ziro la detuvo con una despedida.
- Esta será la última vez que nos veremos, Nat.
La actitud de la joven cambio bruscamente y se dio la media vuelta que le faltaba para perderse en los ojos rojizos de Ziro. Aquellas palabras la dejaron totalmente perdida.
- ¿Qué? – le dijo ella.
- Es lo mejor… para ti… para todos.
- ¡No! ¿Estas…? ¿Tienes miedo?
- ¿Miedo de que?
- No se… porque de algo estas escapándote, ¿o no?
- No, Nathalie.
- ¿Por qué no quieres verme más?
- Porque… la Tríada… me perseguirá, tratará de eliminarme… y no quiero—
- Lo que es mejor para mí lo decido yo, Ziro.
Sin escuchar una nueva respuesta del demonio, Nathalie dio unos pasos hacia atrás, para luego darse la vuelta y correr algunos metros, desapareciendo finalmente como lo hizo antes Evan. Ziro quedó con las palabras en la boca, sin arrojarlas al aire. Sabía lo testaruda que era ella, por lo que trataría de buscarlo tan solo para verlo. Claro, que él no estaba muy de acuerdo con su propia suposición. Nunca estuvo totalmente seguro de no querer ver a Nathalie nunca más, pero si quería que ella estuviera bien y protegida, era capa de eso y quizás mucho más.

Emily permaneció en el jardín hasta que sintió alguien acercarse. Había estado pensando en muchas cosas, tantas a la vez que ya ni se acordaba de todas sus memorias. Se asomó por la reja negra y miró a la esquina. Evan había tocado la tierra hacía unos pocos segundos, y entró por el jardín.
- ¡Emily! – dijo al verla luego de unos días como bella durmiente.
- Hola, Evan.
- ¿Ya estas bien?
- Si… eso creo – dijo Emily con una pequeña sonrisa en el rostro.
- ¿Y Diana con Beth?
- Aun duermen… espero que despierten pronto…
- Claro.
- Eh… ¿Cómo está Ziro? – le preguntó ella difícilmente.
- Él… está bien. Mucho mejor ahora que Nathalie lo ayudó a recuperarse…
- Si… lo sabía. Es decir, me lo imaginé…
- Escucha, traté de traerla conmigo, pero no me quiso hacer caso. Dijo que quería conversar—
- No te preocupes, Evan. Nathalie está grande… y se supone que sabe lo que hace.
- Pero… de todas maneras.
Evan se notaba preocupado por Nathalie. Emily se percató de aquello y se acercó un poco. Antes de decirle cualquier cosa, Astrid apareció por la puerta de la capilla, con una enorme sonrisa y dando pasos bailarines hacia Evan. Emily la miró y le sorprendió notar tanta alegría y brillo en sus ojos.
- ¡Evan! ¿Cómo te fue? ¿Cómo está… tu hermano? – le dijo casi innatamente.
- Bien… bien.
- Que bueno…
Era un ambiente incomodo y Emily sentía que debía irse. Esperó unos minutos.
- ¿Qué tal si vamos a dar una vuelta a la ciudad? – le dijo Astrid.
- No lo se, Astrid… estoy cansado…
- Si, lo se… pero puedes distraerte… si vamos por ahí y caminamos… no se… - la joven trataba de disimular su nerviosismo, pero al parecer Evan no lo paso por alto y se sintió un poco obligado a salir con ella.
Miró a Emily como pidiendo su opinión. Ésta solo rió desviando la mirada, a lo que Evan accedió. Salieron juntos por donde mismo había entrado él anteriormente, y se dirigieron hacia Garamond.
Emily entró. Por el resto del día, no hizo nada mas que acompañar a sus amigas dormilonas junto a Aidan, quien aun estaba al lado de Diana. Caliel y Mehiel discutían algunos asuntos dentro de la biblioteca, y Nathalie no llegó nunca a la capilla. Se adentró en algunas zonas verdes de Lathalia, y permaneció allí hasta el ocaso.


* * *


La sexta dimensión, gobernada por demonios y sus derivados, lugar en donde el rey máximo era el mismo Lu, estaba repleta de fiestas, parrandas y diversiones sexuales abiertas a todos los demonios habitantes. Era un lugar de alta temperatura en donde la naturaleza no existía, tampoco las casas, ni el agua. Ni siquiera el día. Parecía que siempre era un atardecer, de esos en que las nubes se ven rosadas, pero en cambio, ahí las nubes eran de un color rojizo y anaranjado intenso, cubriendo un cielo de color negro sin estrellas. Había fuego en todas partes, rocas y tierra seca. Era el lugar en donde oficialmente habitaban los demonios, la Triada, y hasta los mitad demonio, mitad humanos.
Ese mismo día, Eliott disfrutaba de un increíble Redberries en uno de los “locales” más costosos de por ahí. Acompañado, por supuesto, de sus compañero, quienes tomaban el mismo trago, ese trago de color sangre con un toque de negro, haciéndolo más espeso, y mas sabroso. Eliott decía que aquel exquisito bebestible le hacía pensar cosas nuevas, nuevas ideas, nuevas proposiciones, y nuevos ataques. Luego de haber tomado el tercer sorbo, miró a Valkyria, quien estaba sentada al frente de éste, con dos tipos a cada lado, y con los labios rojos como escarlata.
- Hay que eliminar a los otros Ángeles… - le dijo mirándola fijamente.
- ¿Los del Sonido? – respondió ella, antes de dar otro sorbo al Redberries.
- Son estorbo…
- Pero son fuertes…
- No me interesan. Son piedras que patear.
- ¿Quieres que nosotros nos hagamos cargo? ¿O se lo dejaras a Theo y los otros dos?
- No… ellos que se encarguen de vigilar a los Ángeles de los Elementos. Podrías invitar a Luffer o Arkanus para que… eliminen a esos tres músicos…
- ¿Quieres…? ¿Quieres matarlos o…?
- ¿Cundo has visto morir a un ángel literalmente? No… podría hacerlos parte del equipo… o podríamos tomar su Lumen, Luz o como quiera que se llame… y usarlos con otros fines. Ahí se me ocurrirá algo… por mientras los quiero no interfiriendo en nuestros planes.
- Pero, Eliott… ¿Por qué tan interesado en los otros Ángeles si ni siquiera tienen el poder de sanar aún? ¿Ni siquiera pueden luchar contra nosotros? – le decía Valkyria, al tiempo que uno de los tipo empezaba a besarle el cuello, y el otro acariciaba su pelo.
- Son más fuertes de lo que parecen, Valkyria. Llegara el momento en que serán rivales dignas de vencer.
- Pareciera que en vez de hacerlas mas débiles para acabar de una vez por todas con ellas, las haces mas fuertes en cada decisión que tomas.
- Me gustan los desafíos. No pelearé contra alguien que no sepa lo que tiene… en todo caso no te preocupes. Mi generosidad no durara por mucho tiempo…
- Claro… cuando ya hayan viajado y visto a los Arcángeles, a las Tríadas Celestiales y sean más fuertes que todos nosotros juntos—
- ¿Por qué tienes tanto miedo, Valkyria? – le preguntó Eliott, dejando la copa reposando sobre una mesa redonda y pequeña a su costado derecho.
- No tengo miedo. Es solo que…
- Tranquila. Saldrá todo a la perfección. Encarguémonos de ese nuevo asuntito, mientras mis mensajeros siguen con el plan de búsqueda, al igual que Lorian y Eebaiv.
La música, de un estilo “gothic metal”, baterías locas, guitarras pesadas y graves, y voces distorsionadas, los dejó llevar por el resto del día. Miles de copas vacías a los pies de Eliott y los demás, unas cuantas chicas con pocas ropas por ahí y por allá…


Luego de tres días, se reunieron a un costado de la carretera en donde Beth y Gary siempre se encontraban, repleto de zonas verdes, arboledas y un aire tranquilo y perfecto para perfeccionar sus habilidades.
- ¿Qué hacemos aquí? – preguntó Diana a Elizabeth y Nathalie. Emily y Caliel aun no llegaban.
- Caliel nos dijo que tenía que hablar con nosotras… - le respondió Elizabeth.
- ¿Y por qué aquí? – le dijo Diana.
- No lo sé, Diana. Esperemos a que llegue…
- ¿Y dónde está Em? – preguntó Nathalie mirando la punta de los arboles, estos mudando las pocas hojas que le quedaban.
Un par de minutos después apareció Caliel y Emily bajando por el camino pavimentado hacia ellas. Eran cerca de las dos de la tarde y no había sol que alumbrara, ni luces que rebotaran en la tierra entre hojas secas y ramas de pinos. Había una temperatura fría, pero soportable, aunque las chicas estaban sin nada que les abrigara el cuello, ni menos los brazos.
- ¿Dónde estaban? Son más de las dos y media… - dijo Elizabeth.
- ¿Lo dice la mas puntual? – dijo Emily con carcajadas alegres.
- ¿Dónde estaban entonces? – preguntó Diana, con unos gestos intrigantes.
- Estábamos… estaba enseñándole la ciudad a Caliel… - dijo Emily.
Todas mostraron una pequeña sonrisa que intentaron ocultar, pero aquellas reacciones no le parecían muy agradables al guía. Avanzó un poco más hacia ellas, y las miró fijamente a todas por un momento.
- Haré como que no vi y escuché nada… - dijo levantando una ceja, mirando al suelo, y con bastante seriedad. –Las cité aquí porque creo que es un lugar muy tranquilo… y perfecto para nuestro objetivo desde hoy en adelante.
- ¿Cuál es nuestro objetivo? – preguntó Elizabeth.
- Perfeccionar, y entrenar sus habilidades por sobre todas las cosas. Este último tiempo ha sido difícil… y creo que es porque no hemos practicado lo suficiente. Yo se que… quizás no me he dado el tiempo últimamente para ayudarlas. He estado ocupado con Mehiel viendo unos asuntos, y… lo que les quiero decir es que desde hoy día, todos los días y todo el día… estaremos en entrenamiento intensivo. Así que espero que colaboren y… bueno, solo eso.
Todas quedaron sin palabras. La verdad era que no había nada que decir. Quedaron un poco impresionadas, pero no se atrevían a decir nada que dejara a Caliel descontento. Obviamente, Elizabeth no calló por siempre.
- ¿Es una broma?
- ¿Perdón? – dijo él.
- Es decir… nosotras también tenemos cosas que hacer durante el día – le explicó Elizabeth con muecas en la cara.
- Pero… ahora deben darle más importancia a esto… todo lo demás debe ser secundario. Es decir, si quieren mejorar, deben estar aquí todos los días a las dos y media en punto. Luego, al atardecer vuelven a la capilla, y se alistan para hacer lo que deben hacer.
- No se si sea lo mejor… explotarnos así… - dijo Emily.
- No es explotarlas, chicas. Pero… por ahora los demonios solo aparecen de noche. Luego lo harán en todo momento, a cualquier hora y en cualquier lugar. Deben estar preparadas para todo y la única manera es ésta.
Nuevamente se produjo un silencio que solo era interrumpido por los autos que recorrían la carretera a unos metros de ellos. Se miraron unas a otras y luego esperaron las órdenes de Caliel para empezar. Aunque tenían mucho que decir o reclamar, se guardaron sus demandas y empezaron la “clase”.
Las primeras horas practicarían algo de control mental, para dejar al final el entrenamiento de poderes y habilidades físicas. Aquel día no fue para nada relajado. Si bien había sido el primero luego de varias semanas, las chicas quedaron cansadas tanto física como mentalmente. Caliel les dijo que habían avanzado bastante, mediante las continuas luchas que habían tenido con algunos demonios en las noches, pero que aún quedaban un largo trecho hacia la perfección, y que solo la cruzarían asistiendo cada día a entrenar con él.
Esa tarde, casi al caer la noche, Caliel las hizo parar para volver a prepararse a la capilla. Todas estaban agotadísimas y con suerte podían sacar sus alas para marcharse. Al dejar el lugar, salieron a las luces altas de los vehículos, Aarón y Scarlette, quienes habían visto y escuchado todo desde que habían llegado las jóvenes. Obviamente, ninguna de ellas los sintió merodeando, por lo que ambos estaban muy relajados a unos cuantos metros de la carretera, espiando todos los movimientos de cada una. Con una excitante sonrisa en la cara, regresaron a la sexta dimensión, en donde Eliott los esperaba con nuevas noticias.
Cuando Aarón y su hermana viajaban hacia allá, era solo para cosas importantes, o en remotos casos, parrandas cuando las necesitaban y las de Olidata y Garamond los aburría.
Eliott los vio llegar y no pudo evitar mostrar sus dientes en una sonrisa satisfactoria, llena de placeres. Estaba solo, sentado en su encantadora silla de forro de terciopelo rojo oscuro, con adornos de oro y plata, dibujos bordados, y cojines bastante cómodos.
- Están entrenando… - le dijo Aarón, parándose al frente, mirándolo muy serio.
- ¿Ese es el estúpido plan de Caliel? – dijo decepcionado.
- Entrenaran todos los días, todo el día… si, ese es el plan de Caliel.
Eliott hizo otro gesto de decepción. Se acomodo y luego coloco sus brazos en las rodillas. Pensó un rato.
- ¿Dónde está Theo?
- Vigilándolas, como siempre… - le respondió Scarlette.
- Que se mantenga a una distancia prudente… no quiero que lo descubran.
- Como siempre, Eliott… - dijo Aarón algo extraño. No quería tratarlos de “señor”, puesto que se estaban acostumbrarlo a llamarlo tan solo por su nombre.
- Bien… entonces, sigan vigilándolas. No tengo nada más que decir. Está de más recordarles que cualquier otra noticia nueva, debe llegar a mis oídos primero.
- Por supuesto… pero… - Aarón no lograba sacar las palabras. Sintió un escalofrío al querer expresarle su pensamiento a Eliott.
- ¿Hasta cuándo tendremos que hacer esto, Eliott? Digo… terminaremos por olvidarnos de nuestro poderes si seguimos solo espiando a esas niñas, sin hacer nada… luego cuando nos descubran… - Scarlette no se contuvo, y tan solo dijo lo que pensaba.
- Ustedes solo siguen mis órdenes y punto. Ahora si les importa, necesito reunirme con la Triada… pueden retirarse y hagan su trabajo sin quejarse.
Eliott cambió de posición y se vio amenazante. Ambos decidieron no seguir discutiendo y se marcharon en cuanto pudieron. El demonio llamó a una de sus mensajeros, Siria, la cual no tardó ni medio segundo luego del llamado.
- Necesito reunirme con la Triada… ¿Dónde están?
- Eh… bueno, Lorian y Eebaiv ven el asunto de los Ángeles Guardianes en el Paraíso. Luffer y Valkyria siguen el plan… - Siria paró de hablar.
- ¿Y Arkanus?- preguntó al ver que la joven demonio le faltaba un integrante.
- Creo que busca… un nuevo cuerpo – dijo sin mirarlo. Sabía que Eliott odiaba las tonterías de Arkanus, y que seguramente se enojaría con cualquiera que estuviera ahí cerca, en ese caso, Siria.
Eliott hizo un gesto de decepción y puso una mano en la frente. No fue tan grande su reacción.
- Que Lorian y Eebaiv sigan haciendo su trabajo. Llama a las chicas y a ese estúpido… los quiero aquí cuanto antes.
- Ok.
Y como las ordenes de Eliott no podían esperar, los tres aparecieron en tan solo medio minuto. Quizás, era el tiempo suficiente. Con su poder, Valkyria hizo emerger una roca desde los ardientes suelos del lugar, para poder sentarse y escuchar lo que había que escuchar. Arkanus seguía con el mismo cuerpo, era un milagro.
- Ya se lo había dicho a Valkyria… pero no al resto.
Empezó hablando lentamente, y yendo directo al grano.
- Esos Ángeles del Sonido… me molestan. Me estorban.
- Lo mismo digo – dijo Luffer antes de que Eliott terminara su idea.
- Bueno. Por lo mismo, no quiero molestar a los otros chicos para algo tan simple como deshacerse de un trío de Ángeles buenos para nada.
- ¿Puedo encargarme de la chica? – dijo Arkanus con un sonrisa malévola.
- Pero, por lo que yo he visto… no son rivales difíciles de vencer… además, si algo les pasa, las otras Ángeles se irían en nuestra contra… y bueno. Habría guerra… - dijo Luffer caminando hacia un costado de Eliott.
- Lo sé… pero, ¿no tendrás miedo de eso? – dijo éste.
- Claro que no… es solo que quiero ahorrarme malos ratos. Ese sería un mal rato.
- ¿Puedo encargarme de la chica? – volvió a decir Arkanus.
- Lo que yo no sé es que pasará con Ziro, si le hacemos algo a su hermano, Evan… - dijo Valkyria.
- ¿Qué pasara? Nada… - dijo Eliott.
- Pero… no se. No es que tema de su poderes ni nada de eso… pero aquella noche…
- Aquella noche ganamos por gran diferencia contra ese estúpido. El que sea fuerte no lo hace poderoso, como lo somos nosotros seis. Así que, deja a Ziro fuera de esto. Quizás, sería mejor que a Evan lo dejáramos para al final. Por mientras, los hermanitos “A”… - dijo Eliott.
- ¿Puedo encargarme de la chica? – dijo Arkanus nuevamente.
- ¡Bien! – dijo gritando Luffer. –Encárgate de ella… nosotras de su hermano.
- ¿Y para cuando quieres este trabajo, Eliott? –preguntó Valkyria.
- Cuando quieran…



Unos días después, Diana tuvo una actitud extraña al entrar a la capilla, luego de haber faltado al entrenamiento y de estar casi todo el día desaparecida. Llegó echa una bala hacia la habitación que compartía con las otras Ángeles. Éstas se alistaban para salir en busca de demonios, pues el sol ya se había puesto y había que ir a trabajar.
Todas miraron la expresión sospechosa de Diana en el rostro. Cerró la puerta tras de sí y se volteó a ver a las demás. Antes de que empezara a hablar, Emily le dijo:
- ¿Alan?
Diana le puso una cara pesada a Emily, pues ella misma quería contar el grandioso día que había tenido hoy.
- ¿Lo besaste? – le preguntó Elizabeth, riéndose.
- ¡No! – le dijo Diana avanzando hacia su cama y sentándose en ésta.
- Entonces cuenta rápido – le dijo Nathalie.
Todas se acercaron a los pies de la cama de Diana, y esperaron a que ésta les contara.
- Me invitó a una cita… romántica.
- ¿Y… eso es todo? – dijo Elizabeth decepcionada. – Esperaba algo más… no se… - dijo luego de haberse dado media vuelta y terminado de ponerse su chaleco de hilo.
- ¿Y que esperabas? – le dijo Diana.
- Pero si salen todos los días… ¿Qué hay de diferente? – le dijo Emily.
- Ya te dije. Esta vez es romántica. En un restaurant, a la luz de las velas… comida de primera clase… quizás para pedirme algo… - dijo Diana mientras sus ojos le brillaban como nunca. Llegaba a reírse sola.
- O mejor dicho, para pedir tu mano – le dijo Emily soltando varias carcajadas.
- No seas tonta… - le dijo Diana.
- No se… no te ilusiones. ¿Y si Caliel no te deja salir? supongo que será una noche, y las noches no estás disponible… - le dijo Nathalie, mientras ésta también volvía a sus quehaceres.
- Eso suena feo… pero no te preocupes, para eso tengo a mis queridísimas angelitos de la guarda que me ayudarán a pasar desapercibida ante Caliel, y antes los demás.
- ¿Y qué quieres? ¿Qué te saquemos escondida en uno de nuestros cabellos? Caliel no es tonto. Además debe estar muy enfadado… faltaste al entrenamiento y nunca contestaste a nuestros llamados – le dijo Elizabeth, mientras se colocaba su cintillo color blanco.
- Es que… fue solo por hoy… los otros días iré… pero no podía dejar a Alan plantado.
- ¿Cuándo saldrás? – le preguntó Nathalie.
- Mañana… me esperara a las nueve en punto en la plaza central de Garamond. Quería venir a buscarme… pero obviamente desistí de aquella decisión.
- Em podría distraer a Caliel – dijo Elizabeth mirando por el espejo, el rostro de su amiga, quien quedaba impresionada ante la loza idea.
- ¿Qué? ¿Por qué yo? – dijo Emily haciéndose la desentendida.
- No te hagas… no sé, puedes nuevamente “enseñarle la ciudad” – dijo Elizabeth, al segundo que todas estallaban de la risa.
- Bueno… y eso ¿en qué me beneficia? – dijo mirando a Diana.
- Hablemos de los pagos después. Por el momento solo necesito que te lo lleves o lo distraigas o no se…
- ¿Y que pasara si los hermanos “A” o Evan con Mehiel te ven? Porque… supongo que irás vestida atinente a la ocasión… y atinente a la ocasión me refiero… “sexy” – dijo Elizabeth.
- ¿Qué? – dijo Diana.
- Ya sabes… busca un vestido lindo, elegante… - le dijo Nathalie mientras se peinaba sus rulos verdosos.
- No lo había pensado…
- Mira, lleva tu tenida en algo y te cambias en un lugar cualquiera. Las chicas te ayudaran, mientras yo me encargo de distraerlos a todos cuando salgan, sería raro que te vieran maquillada o peinada extravagantemente… porque supongo que así iras ¿o no?
- Claro…
El complot se había armado y lo único que Diana esperaba era la noche siguiente. No sabía porque, pero tenía el presentimiento de que no sería una noche cualquiera. No quiso adelantarse viendo el futuro, por lo que las demás aguantaron su curiosidad y la ayudaron, a la mañana siguiente, a escoger un vestido y zapatos finos, para poder ir presentable. Al entrenamiento llegaron un poco tarde, pero Caliel prefirió no preguntar. Aunque comenzó a sospechar más cuando a Diana, debido a los nervios, no le salían los ataques o no podía concentrarse bien. Todas se reían mirando hacia otro lugar.
- No me parece gracioso… si no estás aquí, no progresarás… y—
- Si, lo sé Caliel. Perdón…
La tarde se pasó rapidísima para más remate. Al irse del lugar, los goterones empezaron de pronto y se apresuraron en llegar a la capilla. No había mucha luz, pero las nubes grises no pasaban desapercibidas en el cielo, menos a esa hora. Los Ángeles del Sonido recién habían salido con Mehiel a hacer un trabajo, y quizás no regresarían luego de un buen rato. Aun era temprano.
Elizabeth llegó directo a la cama, como si hubiera podido dormir un rato. Estaba agotada, pero no pudo pegar un ojo, menos cuando tenía a lo más una hora para hacerlo. Hacía frío, pero ella nunca más sintió esa sensación en su cuerpo, por lo que cerró los ojos sobre las sabanas, sin preocuparse de si se podía enfermar o no con los mínimos grados que había de temperatura.
Aunque no durmió, el estado placentero en el que se encontraba le permitió relajarse y concentrarse en ella misma por un momento. Tenía los ojos cerrados, pero su mente estaba en las nubes, su cuerpo estaba inmóvil, y su corazón palpitaba normalmente. Comenzó a agitarse, cuando en su cabeza empezaron a pasar eventos de manera muy rápida, relacionados con ella, y otros Ángeles, en donde se podían ver peleas, sangre, muertes, un cielo infernal y la tierra quemándose. Entre aquellos Ángeles, se encontraban los del Sonido, que sin duda, eran los que más veía en todas partes. Especies de meteoritos aterrizaban sobre las personas, y cuando vio uno próximo a ella, despertó de golpe quedando sentada en su cama, con el pelo alborotado, y una lluvia incesante que casi quebraba los vidrios de las ventanas. No había sido un sueño, pues nunca se quedó dormida, pero la sensación que aquella “visión” le provocó era como la de un presagio o una sospecha.
Se encontraba sola en la habitación, así que decidió ponerse de pie y buscar a Mehiel y los demás. Aquella era su máxima preocupación. Le preguntó a Caliel, pero éste le dijo que no habían vuelto desde hace rato, y que no tenía noticias, ni buenas ni malas. Regresó a la habitación, y en el camino, se encontró a Diana, quien caminaba con la mirada baja, ocultando tal vez algo de su rostro.
Se reunieron ya dentro del cuarto.
- ¿Qué te pasa? – le dijo Elizabeth a Diana.
- Eh… no se.
- Si sabes… estás nerviosa.
- No lo estoy… no puedo estarlo, lo veo casi todos los días… salimos casi todos los días…
- Pero no regresas comprometida todos los días…
- ¡Tonta! ¿Cómo se te puede ocurrir esa estupidez? Alan no me pediría algo así… - dijo Diana sonrojándose y riendo a la vez.
- ¿Y qué pasa si lo hace?
- No lo hará… bueno, y si lo hace… por supuesto que le diría que no puedo. No se… soy muy joven… o debo regresar a mi país natal… o que se yo…
- ¿le mentirías?
- ¿Qué quieres? ¿Qué le diga que soy un ángel y que no podemos estar juntos porque algún día me volveré algo que… estará destinado de por vida a hacer el bien… y—
- ¡Ya! Entendí el punto. Aun así… hablas como si… - Elizabeth hizo una pausa y se acercó a ella. - ¿Te gusta?
- No me gusta.
- No puedes mentir.
- No lo estoy haciendo…
- ¿Segura?
- Segurísima.
- ¿Y él? ¿Le gustas?
- No lo sé…
- ¿Nunca le has preguntado o leído sus pensamientos?
- ¿Para qué? No quiero invadir su privacidad…
- Ay Diana… no se trata de eso. Pero, imagínate que de verdad le gustas… o es mas, está enamorado de ti… sería totalmente… difícil.
- Lo sé, pero… no. Confió en Alan. No le gusto. Solo somos amigos.
Aunque Diana se escuchaba segura, no se veía como tal. Parecía algo confundida, y por sobretodo, nerviosa. Unos minutos después, entraron a la habitación Nathalie y Emily, pues ya la hora era la oportuna para salir a hacer su trabajo. Diana, por otro lado, tenía una mochila de tamaño reducido, en la cual, llevaba todo lo que necesitaba para cambiarse en alguna parte, sin que Caliel sospechara algo. De hecho, todas salieron de pronto, y se despidieron de su guía cuando ya iban en los cielos. Caliel no alcanzó ni a mirarlas, pues la noche también las cubría. Hasta el momento, iba todo bien.

lunes 11 de mayo de 2009

CAPITULO XXII

5 de Junio
Diana Crown


Algún movimiento de una silla, chilló fuerte en mis tímpanos, provocando mi despertar. No sabía la hora, ni el día, ni que hacía acostada allí, tapada de pies a cuello. Apreté mis ojos varias veces para divisar el cuarto, donde siempre reposaba en las mañanas, luego de ir a cazar. Saqué mis brazos de debajo de las sabanas, y me di cuenta de que alguien descansaba a mi lado, silenciosamente. Me volteé fuertemente hacia su dirección, para encontrarme con esos ojos color chocolates, observándome cuidadosamente. Debía admitir que no lo había sentido cerca.
- ¡Aidan! Me… asustaste.
- Perdón… - me dijo riendo. – Es… un poco raro oírte a ti decir eso…
- Jajaja… aunque no lo creas a veces me llevo sorpresas…
- ¿Cómo te sientes?
- Bien… bien… ara haber descansado un par de días… muy bien.
- ¿Un par de días? La verdad es que llevas casi cinco días dormida…
- ¡Cinco días! – dije un poco alterada, antes de que él me hiciera callar, puesto que Elizabeth estaba en la cama siguiente y aun no despertaba. Según mis cálculos, tenía para rato…
- Al parecer… fue una pelea agotadora…
- Ni te imaginas. Pero… como… ¿Qué ha pasado estas noches?
- Tranquila… Astrid y yo nos hemos encargado… un poco dificultosos, pero como hace algunos días… no ha habido tantos demonios. Su crisis empezó, otra vez, creo…
- ¿Y Evan?
- Desde el viernes que no lo hemos visto… debe estar… ocupado con su hermano.
- ¿Mehiel te lo dijo?
- Si…
- ¿Qué piensas al respecto?
- No muy distinto a ustedes. Ziro es un demonio, pero… sigue siendo el hermano de Evan. Y eso lo entiendo.
- Ya veo…
El cielo ya había empezado a nublarse, listo para dejar caer lluvia. Dejamos un silencio entre conversas.
- Y… ¿llevas mucho tiempo sentado allí? – pregunté con una sonrisa en la cara.
- No… a esta hora vengo a echarte un vistazo. Estábamos preocupados por ustedes, ya que no despertaban y los días pasaban. Emily despertó primero, y supimos que lo harían un tanto más tarde ustedes tres. Pero… la verdad es que no me aburro de verte dormir – me dijo con algunas carcajadas. Yo lo acompañe también. Me senté en la cama y me acomodé.
- Gracias… que lindo – le dije con una voz amable. Luego, intercambiamos miradas.
- Diana… ¿puedo preguntarte algo?
- ¿Por qué no?
- Es que… ceo que algo personal tuyo, pero… no quiero parecer entrometido. Ahora si no me quieres decir lo enten—
- Solo dime, Aidan.
- Eh… - parecía un poco nervioso, indeciso a hacerme la pregunta. - ¿Quién es Alan?
No supe que pensar, ni tampoco que decir. ¿Cómo sabía de él si yo nunca se lo había mencionado? Además, mi respuesta… no sabía que contestar.
- ¿Por qué?
- Lo mencionaste… cuando dormías…
- Ah… - me puse aún más nerviosa. Efectivamente me espiaba de hace rato. Más que espiarme, preferiría pensar que se preocupaba por mí.
- No respondas si no quieres.
- Es… un amigo. El único creo, de por aquí…
- ¿Lo conociste aquí?
- Si… hace algún tiempo. Pero… bueno, no le he contado nada de nosotros, ni lo que soy, ni nada…
- Que bien…
- Pero… me gustaría que Caliel no se enterara… es decir, quizás sospecha, pero… prefiero que no se entere de que salgo con alguien. O sea… no digo que sea mi novio nada. Somos amigos, pero Caliel no me creerá… o me vigilará… o no se…
- No te preocupes, de mi no saldrá nada… - dijo parándose y acercándose a los pies de la cama. Lo noté un poco decepcionado.
- Gracias… eh… ¿A dónde vas?
- No se… a dar un paseo, creo.
- ¿Dónde están los demás?
- Eh… bueno, Emily y Caliel salieron a no se donde, Nathalie despareció de pronto, Astrid esta en el living con Mehiel, y… tu otra compañera esta roncando a tu lado.
Miré a mi derecha, y allí estaba Beth. Con todo el ruido de nuestra conversación, no despertó. Aunque no sospechaba nada. Tiré las sabanas a la baranda de la cama, y bajé los pies, poniéndome mis zapatos.
- ¿A dónde vas? – me preguntó Aidan.
- Eh… te acompañaré.
- Prefiero que te repongas bien, y luego salimos.
- Prefiero que me hagas caso ¿sí? Esto bien… nada mejor como dormir casi una semana. Deberías intentarlo.
Lo alcancé en el umbral de la puerta. Lo tomé del brazo, y salimos juntos.


Nathalie Denat


Ayer, al despertar, me levanté de un salto. Me sentí mucho mejor cuando procese que estaba en la cama, tapada con las sabanas, algo totalmente innecesario. Diana y Elizabeth dormían a mi izquierda. Emily no estaba, pero su cama estaba sin hacer. Seguramente se había levantado algunos minutos antes.
Lo que realmente me importaba ahora, era saber de Ziro, y no dudaría un segundo en ir a buscarlo. Salí de la habitación y atravesé la sala de estar, en donde Emily estaba sentada y sin hacer nada.
- ¿Dónde vas? – me preguntó al verme acelerada. No me había dado cuenta de que estaba allí.
- Necesito verlo… saber cómo está.
- Evan está con él, Nat.
- Pero eso no es suficiente… de verdad necesito verlo.
- No sé si sea buena idea. Ya es martes, y aún no sabemos nada de Evan.
- ¿Martes? – dije sorprendida. El tiempo se pasó volando.
- Si…
- Emily, la verdad es que… no quiero discutir contigo sobre esto, pero yo en verdad necesito ir a ver como está… es que—
- No estoy tratando de detenerte, Nat. Es solo que… me preocupas – me dijo caminando hacia mí. Su expresión era seria. – He visto… lo que él hace. He visto la reacción que tú tienes cuando estas cerca de él…
- Em, no es la primera vez que estoy con él. Cerca. Sé cuidarme sola.
- Lo sé… pero, ahora que ya te lo dije, me siento… bien.
- No te preocupes. No me pasará nada.
- Eso espero…
- ¿Y… Caliel?
- Creo que salió… esas extrañas salidas que tiene algunas veces por las mañanas…
- ¿Y los Ángeles del Sonido?
- Creo que aún no vuelven. Mehiel está durmiendo al parecer. Aun son las seis de la mañana.
Viendo que la conversación se volvía sin tema, decidí salir finalmente.
- Ten cuidado.
- No tardaré… ah… me gustaría que—
- No te preocupes. No le contaré a Caliel.
- Gracias, Em.
- No llegues tarde.
Traté de no hacerlo, pero al salir por la puerta trasera de la capilla, me di cuenta de que no sería para nada de fácil encontrar al par de gemelos. Un ángel y un demonio juntos… iba a ser difícil, sobre todo si sus presencias se volvían neutras. Caminé un rato la manzana, y luego de unos cinco minutos, me detuve al lado de un árbol. Cerré los ojos, y comencé a buscar.
Mil cosas sucedían a las seis de la mañana un día martes. Mi mente recorría todos los rincones de Saint, y aunque era un pueblo pequeño, había mucho que ver. Sin embargo, no estaban allí. Pasé a Olidata, y de seguro sería más complejo, ya que pasaba a tomar rango de una ciudad. Gente esperando locomoción, la poca y nada que había en la calle, algunos autos seguramente yendo a trabajar, y algunos sitios simplemente en silencio frente a la helada que bajaba a esa hora.
De nada me sirvió. No estaban allí. Tampoco en Garamond ni menos en Lathalia. ¿Dónde más podría buscar?


Emily Thompson


Nathalie se fue, y quedé como ella me había encontrado, haciendo nada. Pasé así alrededor de una hora, hasta que los hermanos A llegaron por el jardín, sin disimular. Entraron por la capilla.
- Hola – les dije al verme, ambos sorprendidos.
- ¡Emily! ¿Estás bien? – me preguntó Astrid.
- Si, si… me sirvió mucho dormir algunos días…
- Pero… ¿No estas cansada ni nada? - me preguntó Aidan.
- No, en serio. Estoy bien.
- ¿Y las demás? – preguntó Aidan. Seguramente, en vez de preguntar por todas, se refería exclusivamente a Diana.
- Duermen. Excepto Nathalie… salió.
No dijeron nada al respecto. Ellos ya sabían la historia de Evan con Ziro. Me lo dijeron luego de que el silencio se hizo insoportable, por lo tanto, no había nada más que decir.
- Y… ¿estuvo muy agitada la noche?
- Para nada. De hecho… estuvo aburrido. Creo que empezaran nuevamente a tirar los demonios más débiles, mientras seguramente traman algo – Astrid dijo.
- Entonces… ¿no les ha costado mucho estos días?
- No, no te preocupes. Nos entretuvimos mucho, ¿cierto hermano?
- Claro. No hay nada mejor que pasar como guardia una noche entera, esperando acción, sin que la haya…
Sonreí sin ánimo. Creo que el desgano aun no se iba del todo. Astrid me acompañó un rato en la sala, mientras Aidan visitó a Diana en la habitación. Según él, acostumbró a hacerlo sin saber porque.
No conversé mucho con Astrid. Era de pocas palabras al igual que yo, aunque por lo menos a mí, me gustaba romper el silencio. De hecho, se me hizo incomodo aquel trance. Esperaba que Caliel llegara y por lo menos hablara con él acerca de cualquier cosa. Aunque había pasado algunos días dormida, me pareció haber pensado en él la mayoría del tiempo, sin sueños, sin pesadillas.
No tardó para que su presencia apareciera dentro de mi rastreo, y Astrid escuchara con su agudo oído los pasos sobre el césped afuera, por la puerta de atrás. Me quedé sentada sin mover un dedo, mientras mi compañera parecía que se alistaba para irse, no antes de que Caliel nos viera en la sala.
Se quedó mirando perplejo, con los ojos puestos en los míos mientras saludaba a Astrid. Luego, ella desapareció.
- ¿Emily?
- ¿Si?
- ¿Estás bien? – me pregunto acercándose al sillón.
- Por supuesto… ¿no me ves? – le dije con una sonrisa satisfecha y sin sarcasmo. Se posó al frente mío y supe que tuve que ponerme de pie.
Fue un abrazo bastante largo, como si hubiera muerto y luego revivido, celebrando mi resucitación. Lo sentí más cálido que nunca, como… no sé.
- ¿Cómo…?
- Me siento súper bien, de verdad – aquello no era cierto del todo, ya que el cansancio se ocultaba y no lo dejaba notar.
- ¿Y las demás?
- Están… durmiendo – otra verdad incierta. Jajaja… sabía que me pillaría. Puso la típica cara de “deja de mentir”, y no la resistí. – Bueno… Nathalie se fue…
- ¿Se fue donde?
- Creo que… sabes la respuesta.
- ¿No la detuviste?
- Ay, Caliel… Nat es grande y bastante madura como para saber lo que le conviene o no… además… creo que deberías confiar un poco más en ella… estará bien.
- Bueno, bueno.
Nos separamos y sentamos en el sillón.
- ¿A dónde fuiste? – le pregunté mirándolo a los ojos.
- Eh… asuntos… de la iglesia, Celeron, el Consejo… etc.
Al parecer, tenía cero poder de convencimiento, sobretodo conmigo. No le creí, o mejor dicho, le creí la mitad.
- ¿Con quién? – le pregunté para restablecer una respuesta.
- ¿Es necesario que te lo diga, Emily?
- Bueno… si no quieres no.
- Ya. Dejémoslo en que fui a lo que te dije y punto.
- Bien…
No estaba bien. Quedé más curiosa que no se qué. Pero, la verdad me preguntaba si tenía razones para desconfiar de él. No hicimos más que mirarnos un par de minutos, sin decir nada, encontrando algo de que hablar. Mi corazón comenzó a latir más rápido. Me puse nerviosa y, por ende, tonta. Era muy temprano y no hallaba que hacer. Beth seguía en sus dulces sueños, al igual que Diana. Caliel fue a ver a Mehiel y comenzaron a hablar de esos asuntos tan indiscretos que ninguna de nosotras conocía, pero me tenía sin cuidado, es decir, no me importaba.
Me paré del sillón y salí al jardín. Caían unas leves gotitas de lluvia, que seguramente se transformarían en chaparros al final de la mañana.


Mientras Nathalie se dirigía hacia ellos, Evan trataba de mejorar a Ziro con lo que pudiese. Era difícil, estando en medio de la nada, curar heridas de tipo grave, sin nada con que hacerlo. Ziro había estado inconsciente unos dos días. Despertó del dolor, cuando su hermano trataba de limpiarle la sangre del pecho, y luego, de la cara. A pesar de que no tenía la capacidad de curarse rápidamente como los de la Tríada, no era un gran tiempo que tendría que esperar para estar completamente sano.
- ¿Te sientes mejor?- le preguntó Evan.
- Eh… si. Estoy bien… - le dijo Ziro con un poco de dificultad. No quería preocupar a nadie.
- Claro… - le respondió Evan haciendo una mueca. Sabía que mentía.
- En serio… no te preocupes. Creo que desde ahora puedo manejarlo. Sería mejor que te fueras… pueden llegar en cualquier momento.
- No creo que vengan cuando tú estás conmigo…
- ¿Confías mucho en tus poderes?
- Mmm… no estoy seguro, pero… tampoco quiero dejarte solo. Después de todo lo que pasó… no sería lo mejor.
- Estaré bien, Evan. De verdad.
- No me convencerás… me quedo aquí hasta que estés mejor. En todo caso, no será por mucho. Tus heridas sanan rápido…
- Eh… sí, bueno… “rápido” – dijo resaltando las comillas con las manos.
Hizo un movimiento brusco y se quejó. Evan lo ayudó a acomodarse en la base de un árbol sin hojas. Estaban en las afueras de Manfort, ciudad mucho más al sur de Lathalia. Estaban bastante retirados, en medio de un paisaje desértico, en donde había un árbol cada dos kilómetros, sin agua, y atravesándolo la carretera que unía todas esas ciudades.
Una de las cosas que se podían rescatar, era que el clima no era propio del desierto. Estaba más bien nublado, sin lluvias, con un viento frío y arena tibia. Ziro se sentó apoyando su espalda en el áspero tronco del árbol, mientras su hermano le acomodaba las ropas. Parecía que éste quería decirle algo, pero se arrepentía a cada segundo. Miraba hacia el cielo, y le preguntaba a menudo como se sentía, si necesitaba algo, como si fuera una persona común y corriente. Para algunos demonios, el sentir dolor era como sentir amor para los Ángeles, casi un arte. No era necesaria aquella inexorable emoción que podía arrancarles la sangre hasta quedar secos, para que se diesen cuenta de que estaban a punto de morir. Sin embargo, el deseo de no querer ser lo que en verdad era para Ziro, le impedía sentir aquel sentimiento insensible, provocando en él una recuperación más rápida de lo normal. Como era de esperarse, aquí influían mucho sus sentimientos y emociones.
No hablaban mucho acerca de aquella noche, pero se notaba que Evan quería tocar el tema. Empezó por un comentario insignificante.
- Sabes que ella vendrá a verte… - le dijo mirándolo de reojo, con su rostro en dirección al cielo. – De hecho… en este preciso momento viene hacia acá…
Ziro no respondió de inmediato, aunque lo quedó mirando extrañando y meditabundo. Había solo una mujer en común entre ellos: Nathalie.
- Si… lo sé… - dijo bajando la mirada hacia la arena anaranjada bajo sus piernas.
- Ziro… no quiero que resulte lastimada—
- Nos iremos…
- ¿Qué?
- Si ella viene por mí, nos iremos…
- ¿De qué sirve, Ziro?... te buscara en donde quiera que estés. Nathalie no es tonta… y te encontrará aunque estés aquí o en otro planeta…
- No quiero que… no quiero que se una más a mí de lo que ya estamos… no pensé bien las cosas. Debía haberme alejado de ella y así evitar unos cuantos problemas… quizás ahora la busquen y… no quiero ni pensar en las cosas que podrían hacerle solo por hacerme enojar… - parecía triste, y a la vez molesto.
Evan miró hacia otro lado. Comprendía cómo se sentía su hermano, pero no hallaba las palabras exactas para calmarlo. En todo caso, no accedería a moverlo de allí en ese estado. Aun faltaba que sanase, y podrían sorprenderlos los demonios en el camino.
No pasaron más de cinco minutos, y Nathalie apareció entre las nubes del cielo, resaltando su cabellera crespa, larga y verduzca. Se posó a unos cuantos metros de donde ellos reposaban, y miró fijo a Ziro, mientras que éste también lo hacía. Evan se puso de pie, y avanzó hacia Nathalie, con pasos lentos. Nadie había pronunciado una palabra hasta el momento. De hecho, la joven ni siquiera miró Evan, quien se quedó parado a su lado. No quitó la vista de su salvador.
- ¿Qué haces aquí, Nathalie?
- ¿Por qué me haces esa pregunta…? Sabes que vine a verlo…
- Sabes que no puedes acercarte a él…
- No me digas lo que tengo que hacer…
- Es por tu bien.
Recién ahí, Nathalie lo miró a los ojos, esos ojos que brillaban aunque no hubiera luz. Ella le puso una cara de no entender, pero luego escuchó la voz de Ziro, algo lejana y débil, y se sintió feliz de volver a oírlo nuevamente.
- Vete, Nat… hablaremos en otra ocasión…
- ¿Aún no sanas? – preguntó algo confusa, fijando sus ojos en las manchas de sangre que Ziro aun portaba en su cuerpo.
Ninguno de los gemelos le respondió algo que era obvio, pero tampoco le dijeron la causa. Sólo al pasar a ser miembro de la Tríada de Neheria, los demonios obtenían aquel beneficio, entre otros, y no por ser fuete y formar parte de los fortis, adquirían la regeneración de tejidos espontanea. Aún así, mientras más poderoso el demonio, menos tiempo se demoraban en sanar las heridas.
Aquella explicación fue procesada por la mente de Nathalie, quedando inmóvil en el mismo lugar y sin decir ni una palabra, pensando en algo. De repente, dio un paso hacia Ziro. Evan la tomó del brazo fuertemente, tratando de detener su impulso.
- No puedes acercarte más, Nathalie…
- Suéltame, Evan. Ziro está débil… no hará el mismo efecto sobre mí…
Caminó hacia el convaleciente, y se agachó quedando en cuclillas, a la altura de Ziro. Éste la miró, y antes de que dijera algo, Nathalie lo interrumpió.
- Quédate tranquilo… te ayudaré.
- No creo que—
- Silencio…
No tenía la más remota idea de cómo lo iba a curar, pero lo examinó, y luego, escuchó la voz de Evan, mientras éste también se agachaba.
- ¿Tienes el curo possum? – le preguntó a Nathalie, quien sabía exactamente a lo que se refería.
- ¿Curo possum? – preguntó mirándolos extrañamente a ambos Ziro.
- El poder de curar… que supuestamente todos los Ángeles tienen… - le dijo Nathalie, algo decepcionada.
- En realidad, los Ángeles de mayor rango, como los Arcángeles, y otros… por mi parte, aún no lo he adquirido – dijo Evan, mirándose las manos. – Y si tú tampoco… ¿Cómo piensas ayudarlo?
- Yo…
- Deja de perder el tiempo, Nat. No necesito tu ayuda… - le dijo Ziro.
- Claro que si… me siento en deuda contigo, tú sabes.
- No lo sientas—
- Ya, basta.
Se quedó pensativa un rato, y luego concluyó:
- Mi sangre regenera mis heridas… entonces…
- Ni lo pienses – le dijo Ziro.

domingo 15 de marzo de 2009

CAPITULO XXXI

Elizabeth Prett


- ¿Por qué se demoraran tanto? – le pregunté a Nathalie, como si ella supiera a respuesta.
- No lo sé… pero algo no me huele bien.
A mí tampoco. Por lo mismo, creí que era mejor ir hasta el teatro y ver si algo andaba mal. La presencia de Emily no la sentía y la de Diana menos. No había nadie en las calles, a pesar de que era el último día de la semana. Ni siquiera pasaban autos. Me pareció extraño, pero no era el momento de averiguar eso.
- Vamos al teatro, Nat… esta inseguridad ya no da para más…
- ¿Sabes dónde queda?
- Si… más o menos.
Justo en aquel momento, antes de que diéramos siquiera un paso, las luces de la calle a nuestra izquierda comenzaron a explotar. Las pantallas luminosas se hacían pedazos y las ampolletas reventaban, dejando el asfalto totalmente oscuro, dejando pasos a las tenebrosas sombras que corrían por las casas hacia nuestro sitio. Era hora de movernos de ahí, y aprovechando el escape, nos dimos la vuelta por la calle siguiente, para dirigirnos al teatro.
Era como si la oscuridad nos persiguiera a donde quisiéramos dar la vuelta. Pero no nos detuvimos ni alentamos el paso, solo hasta cuando llegamos a la esquina de nuestro destino. Las luces se venían reventando desde la otra cuadra también, dejándonos sin escape, excepto por arriba. Volar.
- ¿Qué hay de las Em y Diana? No podemos dejarla… - me dijo Nat. Claro, tenía razón, pero no se cuanto tiempo duraríamos en medio de la luz de la luna.
El foco arriba de nuestras cabezas, al terminar de apagarse todos los otros, se debilitó un poco y la luz parecía más tenue. Parecía que se apagaría en cualquier momento. Ambas quedamos mirándolo, como suplicando que no se fuera.
El silencio se tornó áspero e invadió nuestros oídos, al igual que nuestros entornos, solo hasta que un sonido de cristal roto cayendo por alguna ventana del cuarto piso, nos hizo saltar de la impresión, y ver a Diana volar a unos pocos metros de nosotras. Al vernos, bajó y se integró.
- ¿Qué pasó? – le preguntó Nat.
- ¿Dónde está Em? – le pregunté, al verla sola.
- Ella… ella… - no hallaba que responderme, pues no tenía una excusa. Emily no estaba.
- ¿Qué? – dije histérica.
- Se suponía que me seguiría… yo… - Diana miró el teatro y sus alrededores. Se dio cuenta que quizás Emily no había alcanzado a salir, y había sido capturada por los malos.
- Debemos ir a buscarla – dije inmediatamente al dar un paso hacia el teatro.
- ¡No! Ese teatro está maldito, Beth… está lleno de ilusiones… no puedes confiar en nada… n vayas… empeoraras las cosas… - dijo Diana deteniéndome del brazo, poniendo esa cara de angustia, que generalmente era fingida. Esta vez no.
- Es mi amiga la que está ahí adentro… con mayor razón debo ir.
- ¡Espera! Es que…
- ¿Qué?
- La Tríada… creo que hay alguno de ellos allí dentro…
Tan solo luego de nombrarlos, se me erizó el cabello. Iban a hacer su aparición, esta noche. Y ya empezaban el debut.
- Em no podrá sola con ellos… - le dije tratando de convencerla…
- Pero tu tampoco serás de mucha ayuda...
- Entonces vamos todas… - dijo Nat, tratando de dar una respuesta favorable para todas.
Estábamos de acuerdo y nos pondríamos en marcha.
Sin embargo, no iba a ser fácil, y lo presentimos. Antes de movernos, corrió un viento tibio, con olor a azufre, típico del Inframundo, o al menos eso vi en las películas y leí en libros. Alguien se acercaba quizás. Venía a instantes, y cada vez con mayor fuerza, hasta casi despegarnos del suelo. Hubo uno, que se mezcló con las sombras del asfalto, y comenzó a mezclarse con las brisas, como si el aire llevara arena negra, y oliera a quemado.
- ¿¡Diana!? – pregunte gritando, buscando una explicación.
- ¡No soy yo!
Mientras trataba de luchar contra la mezcla de sombras y viento de mal olor, pensaba con qué podía atacar, y como hacerlo para que fuese más efectivo. Me hacía falta rapidez, y tal vez eso cambiara bastantes las cosas. Había que estar preparada para todo, desde aquellos momentos. No capté el segundo exacto en que una voz a mi izquierda, susurró algo al oído de Natalie, diciéndole “Hola, preciosa…”, llevándola consigo hacia otro lugar, desapareciendo. Cuando voltee mi cabeza, no había nada ni nadie. Nathalie ya no estaba.
Entonces, Diana atinó a usar su viento superpoderoso para colar el oloroso aire sombrío y hacerlo desaparecer. Menos que lo hizo antes de que se lo dijera…
Estuvimos a salvo al cabo de unos segundos. Sin embargo, la desaparición de Nat, me dejó pensativa y preocupada a la vez.
Había desaparecido, y para más remate, la única luz que las mantenía en claridad parecía que se iba a apagar por una sobrecarga.
- ¿Cómo…? ¿Dónde está? – preguntó Diana a Elizabeth.
- No sé, yo… escuché a alguien, pero… dios, ni siquiera sentí la presencia de nadie… no lo entiendo.
Elizabeth estaba impactada por la rapidez que había ocupado el sujeto para llevarse a su compañera. Ahora volvía todo a silenciarse nuevamente. Diana miraba a sus alrededores, temiendo encontrarse con alguna sorpresa o algún enemigo. No había nadie allí observándolas hasta el momento.
Como era de esperarse, la luz se apagó de a poco. Elizabeth, prendió una llama lo suficientemente grande de tamaño como para iluminar la calle de esquina a esquina. No era tan extensa. Sin embargo, pese al silencio otorgado, ese aire contaminado invadía sus cerebros otra vez. Aunque no se sintiera ni se oyera, el aura era totalmente perceptible. Ambas tenían ese presentimiento, de que alguien las observaba.
No se completaron los cinco minutos desde que estuvieron en silencio nuevamente, cuando una fuerza inimaginable y ligera intentó atacarlas de frente, como un fantasma que quiere cruzar hacia el otro mundo. No se veía nada, pero la energía que emitía aquel espíritu era mucho más superior que la de las chicas. Diana dio un paso al frente y colocó su brazo protegiendo su cara, como deteniendo el ataque con el antebrazo. A la vez, la pared de viento que utilizó, al igual que cuando peleó con Scarlette, era resistente como un escudo, y así protegió a Elizabeth. Por un momento sintió que debía bajar su extremidad, pues el ataque era demasiado poderoso y no se acababa nunca. Aun así, resistió hasta el final.
Cuando ya todo paso, se restregaron los ojos y miraron hacia todos lados. Diana bajó el brazo y lo miró.
- ¿Qué fue eso? – preguntó Elizabeth arreglándose el pelo que tenía sobre la cara, después del casi huracán que formó su compañera.
- No sé, pero… - Diana volvió a alzar su brazo sangrante, observando la herida que le había dejado la agresión invisible. – Lo que haya sido… es mucho más fuerte de lo que pensé…
- ¿Estás bien?
- Si… - dijo Diana, mientras su piel se unía, regenerándose y dando paso a nuevos tejidos en buen estado.
Se quedaron algunos minutos en silencio, quizás pensando en cuál sería su próximo movimiento. No estaban solas. Y se manifestó aquella expresión, cuando desde una esquina a su derecha, se escucharon unos pasos lentos y rápidos a la vez. La luz que se propagaba por el lugar desde la mano de Elizabeth, hizo aclarar una figura humana, con algo parecido a un abrigo largo y negro. Ya lo conocían. Un cabello alborotado más o menos largo y negrísimo, hizo la diferencia entre él y uno de sus compañeros. No titubeó en quedar a menos de cinco metros de las chicas, con una patética sonrisa, tipia de los demonios que se creen bastantes superiores.
- Bravo… bravo – dijo mientras chocaba las manos repetidamente, aplaudiendo. – No pensé que evitarían mi ataque de esa forma. Las felicito.
- ¿Quién eres tú? – dijo Diana, lista para todo.
- Mi nombre es Lorian… uno de los seis integrantes de la Tríada… el más joven, y el más inteligente – dijo bajando las manos lentamente hasta dejarlas sin movimiento. Se tiraba muchas flores al decir que era el más astuto, pero no mentía. Solía analizar bien antes de atacar.
- ¿Qué… que es lo que quieres? – pregunto Elizabeth, nerviosa.
- Conocerlas, Ángeles… aunque claro, no están todas aquí…
Ambas estaban un poco confundidas con la actitud que Loran había tomado. Era un jovencito bastante apuesto, de ojos dorados y labios muy contorneados, delgado y con músculos en los brazos. Pensaban si en algún instante, atacaría de forma repentina o si solo simplemente se quedaba ahí, conversando con ellas, que era lo menos probable.
- ¿Dónde está Nathalie? ¿A dónde te la llevaste? – preguntó Diana un poco alterada.
- ¿Yo? Yo no me la he llevado a ninguna parte… debió ser alguno de mis compañeros buscando entretención, como los que están divirtiéndose con la otra… el ángel del agua…
La palabra “los” le hizo quedar inmóvil a Diana, puesto que citaba a más de un demonio atacando a Emily. Ni siquiera podía con uno, menos con una cantidad superior.
Lorian se rio de aquella expresión de temor en las caras de ambas, pero la risotada que se escuchó desde el otro lado de la calle, predomino aun mas en los oídos de todos. Una risita femenina que se acercaba lentamente, al parecer con tacos, distrajo la atención que Diana le ponía tanto al primer demonio. Aquella vestimenta negra, aquel cabello alborotado y ondulado, aquellos adornos de metal, la hicieron incomparable. Valkyria caminó hasta las otras dos chicas, quedando a una distancia parecida de la que tenía Lorian.
- ¿Por qué asustas tanto a las niñas, Lorian? – preguntó sin parar de carcajear.
- ¿Qué haces tú aquí? – le preguntó éste, sin tener respuesta.
Elizabeth y Diana se vieron en problemas. Su expresión facial aun no cambiaba y esto hizo que la mujer se presentara.
- Supongo que sabrán que soy una de las integrantes de la Triada de Neheria… mi nombre es Valkyria… y soy una de las más fuertes, puesto que… digamos que soy una de las fundadoras del clan – dijo con gran autoridad. Era normal en ese tipo de demonios, la soberbia.


Emily Thompson


Lo quedé mirando como si fuera un gigante que me aplastaría igual que a un insecto. No había gran diferencia entre ese ejemplo y yo, botada en el suelo, pensando en mi ataque, inservible. Sin embargo, el miedo me invadió cuando vi aparecer a la otra chica, saliendo de una puerta del otro pasillo, de falda corta y negra, con botas muy sexys. Parecía tener la misma edad que yo.
¿Dos de la Triada? Ahora podía decir que… mis días estaban contados.
Entró con una postura altanera, con la infaltable sonrisita irónica que hacía que mi ira subiera hasta mi cabeza. Hizo el comentario, que tampoco debía faltar para hacernos enojar.
- Miren, miren… ¿Qué tenemos aquí? – dijo mirando al grandote, el cual le respondió con una sonrisa mostrando los dientes. – Eliott dijo que eran niñas… pero nunca habló de bebés…
Soltaron ambos las carcajadas, provocando un eco patéticamente por un largo rato. Pasó por mi cabeza, que ese era el tiempo de escapar, sin importar cuán cobarde fuera en el momento, podía redimirlo después. Me di media vuelta con la rapidez de un disco, y bajé las escaleras sin mirar atrás.
No me sorprendió mucho cuando al llegar al supuesto piso de abajo, viera a los otros dos, riéndose de í, ya que había caído en la ilusión otra vez. Aunque bajara mil veces las escalas, llegaría al mismo cuarto piso, para ser aplastada una y otra vez.
El grandote – que hasta el momento no tenía idea de cómo se llamaba, tampoco la joven – se colocó a mi lado, para darme una fuerte abofeteada, que con apenas tocarme, legué a atravesar la pared de madera de una de las habitaciones. Caí con tablas y todo al suelo, y para más remate, cuando iba a ponerme de pie, él estaba esperándome. Me tomó del pelo y me lanzó de nuevo hacia el lugar donde estaba la otra chica. Parecía una muñeca de trapo, que tiraban de un lado para otro sin poder defenderme. Aun no pensaba en mi ataque.
Llegué a los pies de la joven.
- Levántate – me dijo con un tono más serio.
- Tú eres… las de las ilusiones… - le dije con una voz débil que sentía que se iba a desvanecer en cualquier segundo.
- ¿Quién creías que era? ¿Scarlette? Los mitad humano no se meten en las peleas de la Tríada…
- Así que… efectivamente son de la Triada de Neheria… - necesitaba corroborar la información, ya que no podía leer sus mentes. Sus cabezas estaban vacías, no sabía bien si eran así, o mantenían sus mentes bloqueadas.
Me sentí un poco mejor al sentir que mis heridas se curaban, y podía volver a ponerme de pie. La chica me miró sin hacer nada al respecto.
- ¡Así que te puedes curar! – dijo con gran alegría. – Entonces… esto va a ser más genial de lo que pensé…
Seguramente pensó que como me podía curar rápidamente, podría torturarme más veces, las que fueran necesarias para que me diera por vencida, o simplemente, renunciara a mis alas.
Sin embargo, la conversación no me salvó de un nuevo ataque que no pude anticipar. Y es que el grandote era tan rápido, que no podía ver cuando avanzaba hacia mí. Me tomó del cuello y me tiró a la pared de la escalera. Quedé pegada como monito de refrigerador, y al caer, sentí un verdadero dolor en mi espalda, como si se me hubieran desencajado algunas vertebras. La madera rota me golpeó un poco la cabeza y quedé media tonta. Escuchaba sus voces, como si discutieran algo, pero no logré escuchar de qué se trataba. De hecho, no me percate de cuando dejaron de hablar, y el demonio de nuevo estaba parado al lado mío, listo para jugar conmigo de nuevo. Estaba tan distraída ideando algún plan o ataque que funcionara, que dejé que me zamarreara para donde quisiese, y al parecer, la suerte me acompañó en aquel asalto, pues atravesé la ventana, el vidrio, todo hacia la calle.
De un cuarto piso, sentí de pronto el aire entrar por mis ropas, y de los puros nervios, abrí mis alas a la altura del segundo piso. Fue todo tan rápido, que ni siquiera yo sabía lo que hacía. Luego escuchaba y veía bien. Por lo menos, la discusión que tenían los demonios que me atacaron no era para nada silenciosa.
- ¡Qué hiciste! ¡La arrojaste para afuera! – le dijo la chica al demonio.
- Ya sabes que no controlo mi fuerza… - le dijo él.
- No importa… vamos.
Mientras tomaba conciencia de lo que sucedía, una voz familiar sonó a lo lejos de mis oídos, llamándome fuertemente. Era Beth, quien se encontraba acompañada de Dana y otros dos desconocidos demonios. No dudé en bajar a luchar con ellas, pero en vez de eso, algo me golpeó sin sentirlo. Sentía que cada vez, cada golpe me dejada más noqueada y fuera de mí misma, si no pudiera pensar y cayera en un profundo desmayo. Primero sentí el ataque, luego el choque contra el asfalto de la calle, el cual no era ara nada blando, ni lleno de pasto. Sentí que Beth quería ayudarme, pero una voz femenina y diferente a la de la chica ilusionista, se lo impidió, creando finalmente un campo de batalla.
Había un pulso en mi brazo sangrante, y también en mi cabeza. Creo que no podía estar más acabada como en aquel instante. Y para terminar conmigo, vi como un par de pasos se acercaban a mirarme detalladamente, aunque no tenía claro de cual iba a ser la finalidad de eso.


Nathalie Denat


De repente, el asqueroso viento terminó. Abrí los ojos, y me hallé en un sitio totalmente distinto al anterior. Parecía estar en una esquina, cerca del parque, aun si en Olidata. Las calles completamente vacías, y yo parada como una idiota sin entender nada.
- Aquí… es más íntimo – me dijo una voz a mis espaldas, aunque claro, no era par nada desconocida.
- ¿Quién eres? – pregunté al ver su apariencia, de un joven veinteañero, bastante apuesto, aunque con un semblante de locura
- Ya me conoces, linda… claro, no en este cuerpo… pero… debes admitir que con este me veo más apuesto… ¿no? – dijo dando vueltas alrededor de mí, lentamente.
- Tú… eres la niña—
- ¡La niña! ¡Sí! Es que… me gusta cambiar de cuerpos… aunque esta vez, este es el definitivo, me gusta… y creo que a ti también.
- ¿Qué?
- Vamos… terminemos lo que empezamos aquella noche… aquí mismo…
Éste imbécil hacía referencia a aquella noche en que casi me quemó viva con tan solo tocarme. Aparte de querer propasarse conmigo, cuando solo tenía el cuerpo de una niñita. Y siguiendo con aquel hecho, hizo un movimiento con la mano, que hizo que hasta mis parpados se detuvieran, quedando en una parálisis general de todo mi cuerpo. Aquí iba de nuevo, y no sabía porque, pero sentía que esta vez le iba a funcionar, pues no sabía cómo ponerme en movimiento, ni tampoco había nadie que me socorriera.
- A ver… empecemos por sacar el poleron – dijo al acercarse a mí, con esa calor infernal, que solo hacía que me “retorciera” de dolor. – Luego… podríamos—
- ¡Espera, espera! No lo hagas… o sea, es mejor tener una batalla justa que—
- ¿Quién te dijo que tenía intenciones de pelear contigo? No… yo te quiero… te quiero a ti… - dijo sonriendo, acercándose cada vez más, seguramente para tocarme.
¡No! ¡No quería perder la virginidad con un demonio! pero… ¿Qué pensamiento es ese? Debía zafarme de él como sea, con lo que sea…
Lo veía imposible. Y ya lo sentía pasar sus manos por mi cintura… yo completamente inmóvil, imaginariamente, una lágrima recorría mis mejillas, y mis manos temblaban incontrolablemente.
Para mi sorpresa, el demonio se detuvo. Se quedó quieto un rato, y luego miró hacia atrás. Recorrió la calle con sus ojos, y luego de no ver nada, volvió a lo que hacía conmigo.
Sentí una extraña presencia en el ambiente, pero no estaba segura de si era un demonio, o una mente perversa cualquiera. Es que el aura no era la de un demonio total, era… no sabía cómo explicarlo, pero algo andaba extraño. Tan así, que el demonio volvió a darse la vuelta y a mirar, esta vez, con más atención. Entonces, entendió.
- ¡Ziro! Mi viejo amigo… - dijo dándome la espalda, viendo la silueta del otro demonio.
- No sabía que éramos amigos… - le dijo Ziro caminando hacia él.
- Bueno, yo quería serlo…
Dejó pasar un silencio corto, en el cual intente infinitas veces tratar de moverme, sin tener el mas mínimo éxito.
- ¿Vienes a ayudarme con este ángel? – le preguntó mi atacante, con una mirada picarona. Ziro no entendió, ni yo tampoco. ¿Por qué estaba él ahí?
- Déjala ir – le dijo Ziro.
- ¿Qué?
- Que la dejes ir, Arkanus…
- ¿Estás bromeando? ¿O tu incontrolable ataque se está haciendo tan fuerte que te está secando hasta el cerebro?
- Dije “déjala ir, Arkanus”… ahora.
- ¿De qué lado estás, estúpido?
- De cualquiera en el que ni tú ni tus sádicos compañeros estén… y no volveré a repetírtelo… déjala ir.
- Ziro, basta… ésta es mi pelea, no te metas – le dije al sentir la sensación de que se podía desatar algo más complejo. Aunque claro, no sabía si lo que había dicho era cierto… quizás, era mejor que él me ayudase, pero…
- No podrías ganarle ni aunque quisieras… - me dijo mirándome seriamente.
- Creo que el único que esta sobrando aquí eres tú, Ziro… hazle caso… deja que la pasemos bien y, quizás después… pueda decirte como me fue con ella – le dijo el tal Arkanus, con un acento de querer algo más que tocarme. Lo sabía. Y más encima, el comentario “hot” de éste, hizo enojar a Ziro… ¿y por qué?
- ¿Qué dijiste? – le respondió Ziro, acercándose al otro, como queriendo atacarlo, tornándose a rojo intenso, sus ojos llenos de hambre.
- ¿Quieres pelear? – le preguntó Arkanus, sin temerle. De hecho, se acercó un poco más, dejándome en libertad. Su poder había terminado de paralizarme. El “efecto Ziro” empezaba a recorrer mi cuerpo.
Tal vez iba a ser la única oportunidad que tendría para escapar, así que me alejé de ambos, como si nada pasara. Pero de esperarse, que Arkanus no era tonto, y en un microsegundo, se puso atrás de mí, como para atacarme.
Y a la misma rapidez con que él se movió, se movió Ziro, tomándome en sus brazos, y elevándose por el aire con sus alas rotas, mientras Arkanus se empezaba a molestar.
- Ella es mía, Ziro… - decía mientras se tomaba el tiempo de sacar sus alas, muy tranquilo.
Mientras yo iba en el aire, sentía el aire golpeándome casi todo el cuerpo, ya que íbamos tan rápido como podíamos.
- ¡Ziro, bájame! ¡Déjame!
- ¡No te muevas!
- ¡No quiero irme como una cobarde!
- No eres cobarde, eres inteligente…
- ¿No confías en mí? – aquella pregunta la sentí amarga, ya que la respuesta la sentí muy cerca de la decepción.
- No seas tonta, Nathalie.
Sabía que no respondería con la verdad. Quizás, su mente decía mas que las palabras salidas de su boca, pero no quería pensar que él tuviera que salvarme siempre, como si yo no supiera hacer nada con el poder que se me fue otorgado.
- No me siento bien – le dije al sentirme cansada, con el cuerpo pesado, y algo mareada al mirar el suelo, lejano.
- Mierda…
- ¿Qué?
- Arkanus… es mucho más rápido que yo… me alcanzará.
Y no era broma. Entre mil brisas que soplaban mientras volaban a gran velocidad, había una incomparable que quedaba tras el rastro de Arkanus. Faltaba poco para que dejara una estela.
- ¿Sabes qué? Te haré caso – me dijo moviéndome con sus brazos, como acomodándolos.
- ¿En qué? – pregunté.
Pero fue un poco tarde para darme cuenta de su plan. Me dejó caer de unos cuarenta metros, en los cuales destapé un grito extremo que hasta a mí me dejó sorda. Si por lo menos me hubiera explicado de que hablaba, me hubiera preparado sicológicamente, pero ya que iba cayendo como saco de papas, saqué mis alas par no reventarme como lo hizo Diana en su primer intento de volar.
Eché un vistazo a Ziro, que justo un segundo después de que me soltara, lo impactó Arkanus, a una rapidez inimaginable, que me dejó con la boca abierta. Iba a ir en su ayuda, pero una mano frívola y a la vez con el calor del infierno, me detuvo repentinamente. Miré.
- Deja que ellos jueguen solos… - me dijo Eliott, luego de ver y procesar su cara, esa cara… no sé si de idiota, o la cara más hermosa que había visto en mi vida. No había pensado en eso antes.
Al igual que Arkanus, hizo un movimiento con sus manos, al mismo tiempo que sus ojos se tornaron rojos. Fue un ataque, yo diría, no tan terrible como los otros, pero que de alguna manera, logré detener, debido a un escudo invisible alrededor mío, salido de no sé dónde. Hasta él quedo sorprendido.
- Buena defensa, ángel… - me dijo al reaccionar.
- Yo no hice—
Justo antes de que terminara, lanzó otro golpe que me dejó tragando la tierra de un jardín, cerca de donde estaban las demás, Beth y Diana. No entendía nada, pero lo que si capté era que al aterrizar en la tierra, él me esperaba ahí. Espero a que me pusiera de pie, y luego con sus manos juntas al frente de su pecho, formó una especie de bola de fuego con chispas rojas, y un sonido parecido al magnetismo. Ni siquiera sabía cómo era ese sonido...
Y tampoco sabía cómo defenderme. De hecho, aquel “escudo invisible” salió de la nada, sin hacer yo algo que lo provocara, siquiera pensarlo. Sin embargo, ahora me hallaba en una situación más peligrosa y más compleja. Estaba a pocos metros de una bola superpoderoso que areciese que se tragaría al mundo, como un imán.
- ¿Algo que decir antes de tu muerte? – me preguntó a punto de reírse.
- No voy a morir – le dije muy segura de mi misma, aunque en lo más profundo de mi ser, sabía que era todo cuestión de fe, porque de seguridad, no tenía nada.
- ¿Y por qué tan segura? – preguntó segundos antes de lanzar el gran poder.
- Porque me tiene a mí – dijo una voz que de un segundo a otro salió por mi izquierda y se lanzó contra Eliott, desatando el verdadero caos con esa esfera de fuego rojo. Era un poder tan grande, que me lanzó algunos metros atrás, por supuesto, sin caer al suelo.
- ¡¡Ziro!! – grite con toda mis fuerzas, peo lo perdí con toda la luz rojiza que e cegó por un instante.



Todos alrededor, sintieron el impacto que hizo mover hasta el más mínimo grano de arena en el piso. Valkyria volteó su cabeza con gran rapidez y nerviosismo, diciendo en voz alta el nombre de Eliott, justo antes de que su ataque se consumara por completo hacia Elizabeth y Diana. Se hizo humo negro por entre las ráfagas de viento, que se hacían cada vez más enérgicas, con la intención de ir en ayuda de su compañero.
- ¡Valkyria! – le grito Lorian, al ver lo que ella tramaba, pero no se contuvo a la idea de salir tras ella y a la vez, ir en ayuda de su grupo.
Elizabeth y Diana quedaron solas, con sus poderes en la mano, sin necesidad de usarlos por el momento.
Se desató la gran fuerza de fuego, y todos los de la Triada estaban presentes ahí, luchando contra un demonio de poder menos, Ziro. Diana, al verse sin la necesidad de defenderse de Valkyria y Lorian, corrió en dirección a Nathalie, para salvarla de aquel campo de fuego, ya que veía que ésta no reaccionaba. Mientras, Elizabeth iba en rescate de Emily, quien recién ahora se podía sentar en el suelo, y regresar su columna a donde pertenecía.
- ¿Em, estas bien? – le preguntó Beth.
- Si… - dijo mientras se ponía de pie lentamente, al mismo tiempo que cada hueso le sonaba para reponerse. – Ahora si…
Entonces, se acercaron al gran caos que estaba a punto de desbordarse por completo. Nathalie estaba de pie, observando y analizando la forma de poder ayudar a su salvador, mientras que Diana la tomaba del brazo y la jalaba para retroceder y salvarse.
- ¡Nat! ¡Nat, vamos!
- ¡No, Diana! ¡Ziro está ahí!
- ¡Diana, debemos alejarnos!
- ¡No puedo dejarlo ahí, Diana, él me salvó! – le dijo Nathalie, mirándola a los ojos, lo cual hacía que Diana cediera y se arrepintiera al segundo después. Llegaron las otras dos.
- ¡Chicas, vamos! ¡Esta cosa nos succionara! – gritó Beth.
- No podemos Beth… mira – le dijo Emily, apuntando los arboles alrededor de la gran bola.
Fue increíble ver como cada hoja y cada planta en la tierra se quemaba quedando solo cenizas, volando por el aire. Lo único que se escuchaba eran gritos de dolor dentro de aquel ataque, y Nathalie solo podía pensar en salvar a Ziro. Se adelantaba, y luego, Diana la jalaba del brazo nuevamente.
Debían hacer algo pronto, si no querían que el fuego llegara hacia las casas más próximas del recinto, matando y quemando a gente inocente. Fue entonces, cuando Emily se sintió llamada por el destino, y sin pensarlo, su mano de elevó en dirección al fuego, lanzando agua sagrada en cada llamarada que ardían sin notar cambios. Caminó un poco, acercando a la zona de la pelea, y cuando hubo casi terminado el trabajo, trató de apagar la enorme fuerza que era prácticamente imposible de lograr. Pero sus amigas no se quedaron paradas sin hacer nada. Nathalie la siguió, pensando en que Ziro aun podía seguir con vida, difícilmente enfrentando a toda la Triada junta, luego Beth y diana, después de una mirada cambiante, fuego y aire se unieron con tierra y junto con el agua se formó un solo poder celestial que emitió una intensa luz blanca hacia el cielo, seguida de un silencio de casi dos segundos, para terminar con un estallido provocando temblores en el suelo, dejando la bola de fuego una gran marca en el asfalto, como si hubiera caído un meteorito.
El impacto fue tan grande, que arrojó a las cuatro Ángeles varios metros atrás, seguías de Ziro, un poco después, y la Triada intacta por su escudo de fuerza, parados en línea, con solo Eliott un poco herido y cansado. Sus caras hacían creer que nada había pasado, pero en el fondo de sus mentes, estaban impactados por el inmenso poder que podían llegar a tener las chicas al unirse.
El aterrizaje al piso nuevamente no fue tan doloroso como otras veces, pero Nathalie se puso más nerviosa cuando vio a Ziro botado en la vereda, ensangrentado e inconsciente. Corrió hacia él, sin preocuparse de lo que pudiera pasarle, mientras sus compañeras se levantaban pausadamente, y colocaban la planta de los pies en la acera, demostrando que aun podían dar más de lo que ya habían dado.
Arkanus, quien observaba el espectáculo, tomo mucho en cuenta la escena entre Nathalie y Ziro, ella preocupándose por un demonio de rango casi superior, sin darse cuenta de que le hacía daño mientras pasaba el tiempo. El ángel parecía muy pendiente de él, como si faltara poco para que brotaran lágrimas, lo cual le dio a Arkanus mucho que pensar y mucho que planear. Ya lo tenía en mente…
Diana corrió hacia Nathalie, y trató de alejarla del demonio, que al parecer, aun no reaccionaba, pero como siempre porfiada, no le quitaba las manos de encima. Emily y Elizabeth la siguieron, pensando que podrían lograr algo, pero no fue así. Sin embargo, Diana pilló a su desdichada amiga en un momento de debilidad, cuando las cosas empezaron a ponerse extenúas, y la arrastró unos metros más atrás de Ziro, junto con las otras dos. La Triada observaba todo.
- Debo admitir… que las subestime un poco, Ángeles… - dijo Eliott, mientras sus heridas terminaban de regenerarse por completo. – Sin embargo… no tienen el suficiente poder para combatirnos.
- Eso está por verse, Eliott… - dijo Emily, caminando un par de pasos hacia ellos, quedando aun así lejos.
- ¡No me digas! Con suerte pudiste levantarte de los golpes que te dio Eebaiv… - le respondió Luffer, con una mano en la cintura, igual que siempre.
- ¡Se creen la gran cosa, pero saben que el mal nunca triunfa sobre el bien! – dijo Diana, mientras ponía de pie a Nathalie, quien ya casi se recuperaba.
- Par hacer esto más corto, permítanme presentarles a… los integrantes de la Triada… - miró a su izquierda. – Valkyria, Lorian… - miró a su derecha – Eebaiv, Arkanus y Luffer. Ellos son los demonios más fuertes del inframundo, sin contar a Lu, por supuesto…
Todos al nombrarlos sonrieron como si todo el gran ataque hecho hace algunos minutos, hubiera sido un juego. Las chicas no podían creerlo. Por primera vez en sus vidas temían a seis jóvenes de casi sus mismas edades, soberbios y orgullosos de matar gente. Porque la verdad de todo, era que aquella bola de fuego, si hubiese llegado a desbordarse, toda la gente de Olidata, Garamond y quizás Lathalia, terminaría rostizada y finalmente muerta. Por lo menos esta vez, lograron detenerlos, pero la segunda debían estar más preparadas, entrenadas, y… rápidas.
La tríada no hizo nada mas esa noche. Quedaron satisfechos al ver el poder que cada una tenía, que para ellos era casi nulo. Luego de haberse presentado, desaparecieron algunos por fuego rojo de chispas naranjas, y otros en una especie de humo negro, como el hollín de las chimeneas.
Aparte de que había quedado una gran catástrofe en medio de la calle, las chicas se sentían exhaustas por la batalla. Después de que sus enemigos desaparecieran, Nathalie volvió a correr por Ziro, preocupándose un montón, ya que después de todo, él la salvó de haber quedado como él estaba ahora, extremadamente lastimado, cansado, inconsciente, y con pocas señales de vida.
- ¡Nat, basta! – le gritaba Diana, mientras la tiraba hacia atrás.
- ¡Ziro! ¡Dios mío, déjame ver como esta!
- Te hará mal, Nat. Vamos… - le dijo Elizabeth.
- ¡No importa! ¿No se dan cuenta? ¿¡No se dan cuenta que él me salvo!? ¡Él nos salvó de Eliott! Sabía que no podíamos combatirlo y se interpuso para detenerlo…
- Nat, no podemos hacer nada… - le dijo Emily poniéndole su mano en el hombro.
- Pero él vive… debemos ayudarlo – decía Nathalie, con voz ronca y débil. Primer síntoma.
- Claro que no, Nat. Es un demonio-- - le dijo Diana.
- ¡Pero entiende de que no es malo! Él no… es diferente, no es igual al los otros… deben ayudarme…
- Pero… - le dijo Emily.
Se miraban unas a otras. Nathalie, por su parte, esperaba milagrosamente que las heridas y quemaduras de Ziro sanasen como las de ella, o como los integrantes de la Triada. Pero por más que su deseo fuese aquel, no sucedía y jamás iba a ser así.
Nathalie las miraban con cara de ayuda, pero las demás no querían por miedo a que Ziro pudiese traicionarlas, ya que era netamente su enemigo. Siempre lo sería. Corrió un aire frío anunciando que la lluvia se reanudaría, pero quizás, no era simplemente una brisa. Alguien se acercaba y todas los sintieron venir, excepto la Nathalie, quien ya estaba débil para presenciar el aura de los Ángeles del Sonido, que volaban a gran velocidad, y aterrizaban suavemente cerca de ellas. Nadie dijo nada. Evan se acercó a su hermano, y lo volteó para verle la cara, aquel rostro bañado en sangre, pero no con probabilidades tan fáciles de morir. Sentían su presencia débil, pero Evan sabía que Ziro con o sin su ayuda se salvaría, aunque hubiese peleado con todos los del Triada al mismo tiempo.
- ¡Evan! – dijo Nathalie al verlo en frente de ella, con los arpados caídos, y respirando agitadamente.
- Aléjate de aquí, Nathalie, ahora… - le dijo él mientras tomaba en sus brazos, el cuerpo de su “fotocopia”.
Sus amigas la tomaron de los brazos y la alejaron de donde estaba. Los hermanos A estaban completamente confundidos con la actitud que Evan había tomado con el demonio, considerando además, que eran completamente iguales, con algunas diferencias mínimas e insignificantes. La esencia era la misma. Solo lo vieron tomarlo y llevárselo lejos, desapareciendo entre las nubes de la noche y el sonido de uno que otro trueno.
- ¿Dónde se lo lleva? – le preguntó Astrid a su hermano, mirando a las demás, quienes no le daban respuesta, pues no eran las indicadas. Ella y Aidan no sabían hasta ese momento, el parentesco de Ziro con su compañero. Pero poco a poco, se daban cuenta de la situación, en donde las palabras sobraban.

Todos volvieron por aire a la capilla, cuando ya la lluvia había empezado a caer. Caliel, preocupado por todas, las esperaba despierto y mirando por la ventana, por supuesto al sentir tal fuerza no lejos de allí. Llegaron, todas muy cansadas, sucias algunas y sangrientas otras, con rostros tan idos como su espíritu, y manos temblorosas. Los hermanos A se toparon con su guía, quien obligadamente debía darles una explicación por lo de Evan y Ziro.
Por otro lado, las otras jóvenes se fueron a la cama, se tendieron y no supieron del mundo por unos días. Era un cansancio en el casi podrían entrar en coma si se trataban de personas comunes y corrientes. Peo no era así, y por lo mismo, botaron sus deficiencias durmiendo, o tan solo cerrando los ojos y dejarse llevar…
Aquella noche, antes de que Emily se acostara y desapareciera por un par de días, Caliel la vio exhausta y casi a punto de desmayarse. Le dio un fuerte abrazo cálido que hizo que Emily quedara ya besando las nubes. Con aquello, sus pensamientos decían claramente, que era feliz de tenerla de vuelta sana y salva, refiriéndose no solo a su poder de curación rápida, si no de haber combatido valiente y haber arriesgado más que su vida por detener el poder de la Triada.

sábado 28 de febrero de 2009

CAPITULO XXX

30 de Mayo
Diana Crown


Caminando por la calle principal de Daily, tenía la sospecha de que entraría al metro, por la estación “Rocas Negras”, por lo que le avisé a Elizabeth, quien era la que estaba más cerca de mí. Le di la descripción más exacta que pude del tipo.
- Polera verde oscura, pantalones marrón, zapatillas… Mmm… blancas sucias con rayas azules eléctrico, y… chaqueta de cuero ancha café oscuro. Tiene el cabello crespo y un poco largo, de color negro. Tez tostada…
- Es todo lo que necesito, gracias Diana… - me dijo Elizabeth entre risas.
Me quedé afuera por si las cosas se ponían feas.
Eran cerca de las nueve. Me dio un poco de pena dejar a Alan de un momento para otro en tanto sentí la presencia del demonio. Pero sabía que debía estudiar, por lo que mi preocupación se deshizo al llegar a Daily, y ver a las chicas ya listas, aunque con una cara de extrañeza. Los Ángeles del Sonido habían atravesado la carretera hacia no se cual ciudad lejos de aquí. No me manejaba mucho en este país, sabiendo que era de esas que se perdían hasta con un mapa.
Como sea, no bajé las escaleras que me conducían hacia el subterráneo para tomar el metro. Me quedé entre una multitud que hacía fila para recargar sus tarjetas o para comprar boletos. Aquella estación tenía dos salidas. Yo estaba en una de ellas, y más allá, atravesando Daily, estaba Nathalie, también lista por cualquier cosa.


Elizabeth Prett


Lo sentía llegar despacio, tomándose su tiempo. Detrás de él, Diana, muy sigilosa y desapercibida, que casi se creía una espía. Parece que el tipo se había detenido para comprar algo, seguramente el boleto. ¿Por qué quería un boleto?
Me encontraba sentada en uno de esos asientos para esperar el metro, junto a otras personas, y otras más paradas detrás de la línea amarilla. Aquel día estaba repleto, incluso a las nueve de la noche. Era lunes y todos salían desesperados por la ruta más corta y publica hacia sus casas, por la calle Daily, estación “Rocas Negras”.
Me sentí tan tonta cuando me puse a observar a un niño de unos diez años, con un computador portátil, ocupando redes inalámbricas para conectarse a internet, y así poder jugar juegos online mientras esperaba el metro, que no se demoraba menos de diez minutos los días lunes. Yo era fanática de aquellas entretenciones anteriormente, pero lo había dejado hace mucho, y aquel niño me recordó lo viciosa que era con el computador. Me desvié tanto de la misión, que cuando recordé a lo que en verdad iba, el tipo se había perdido de mi mente. No lo encontraba. Era como si se hubiera esfumado de un de repente, dirigiéndose a otro país. No estaba en la estación, ni en las escaleras, ni en la boletería, ni afuera, ni en la calle… por ninguna parte. Miré hacia todos lados y me puse de pie nerviosa. Agilicé más mi vista y mis ojos se tornaron naranjos una vez más. Miré entre la multitud hacia el otro andén. Entonces, fue cuando su presencia se volvió visible nuevamente. Había cambiado de dirección. Ya no iba hacia el sur, si no hacia el norte. Pasé un gran susto, pero Emily esperaba al frente, por lo que le hablé mentalmente.
- ¿Lo tienes?
- Si, si… lo tengo, tranquila. No se escapará… lo tengo.
Entonces, empecé a ver como se acercaba al hombre cada vez más. Olía el peligro, así que con gran velocidad, subí las escaleras para cambiar de andén. Entonces, fue cuando escuché y sentí el estruendo.


Emily Thompson


A mí también me pareció extraña la gran rapidez que utilizó para cambiar de dirección. Beth y yo sabíamos que no se dirigía hacia el norte, y aun así, en un segundo desconocido, cambió de parecer, entrando yo en acción. Me percaté de que estuviera solo, y así fue. Lo vi bajar los escalones, y me puse detrás de él siguiéndolo a pasos cada vez más grandes, mientras me amarraba el pelo con un elástico formando una cola de caballo alta, dejando la punta de mis cabellos a la cintura. A la luz artificial, se me notaba más celeste el pelo, pero a las luz solar, era como ver un zafiro con una luz dentro de él. Eran escasas aquellas veces. Ya no había sol en Olidata y sus alrededores.
Bajó el escalón número treinta y siete y caminó en línea recta a situarse en algún espacio entre la gente que se amontonaba, pues oía llegar el carro. Sin embargo, hacia el norte no había tantas personas como para el sur. Creí que eso me facilitaría el plan. Volví a repetirle a Beth.
- Lo tengo…
Me acerqué quedando a unos cinco pasos cortos de él. Entonces, se detuvo sin voltear. También detuve mis pies. Algunas personas me miraban ignorándome, otras lo miraban a él. No sabía exactamente la expresión de su cara, pero debía ser horrible o deforme, como suelen ser la de los poseídos.
No había señal de que se diera vuelta a mirarme o incluso a atacarme, pero no significaba que tuviera mi mano envuelta en la venda aún. Estaba lista por cualquier imprevisto. Sin embargo, esta vez el imprevisto no fue él, si no lo que él hizo. Bajo mis piernas, sentía una vibración que se hacía cada vez más fuerte y ruidosa, como un temblor. Apoyé una rodilla y coloqué la mano en el piso. Efectivamente se sentía un movimiento subterráneo que crecía hasta aflorar en casi un terremoto. La gente se comenzó a asustar y a poner caras de afligidos, temeroso y nerviosos. Mi presencia no era suficiente para calmarlos a todos, pero si esto era obra de aquel individuo poseído por un demonio, podría ser algo grave, más aun si nos encontrábamos bajo tierra.
Finalmente ocurrió o que esperaba. El tipo se dio vuelta fijando su mirada en mis ojos azules, tratando de espantarme. Su mirada, roja como el fuego de los demonios, iba acompañada de una sonrisa malintencionada, junto con los estruendos que se empezaron a sentir. El piso comenzó por trisarse bajo mi cuerpo, las escaleras se derrumbaban de a pedacitos, y la gente corría como loca. Traté de levantarme para detener su ataque, pero al intentarlo, el suelo se partió en dos, dejándome inmovilizada unos segundos, tiempo suficiente para que el escapara. Quedé con la mitad del cuerpo introducido entre el cemento partido y trisado, con las manos ayudándome a salir. No tardé tanto, pero cuando ya estuve con mis piernas andando, el tipo había escapado.
- ¡Nathalie!


Nathalie Denat


No dudé un segundo cuando oí el grito de Emily tanto en mi mente, como en mis oídos. Sentí la vil presencia pasar en frente de mis ojos, camuflándose entre la gente que corría desesperada. El temblor aun no llegaba a la superficie, pero lo sentí inclusive antes que Emily. Supe que las cosas se pondrían mal, así que quité la venda de mi mano y esperé a que el atacante subiera. Sin embargo, como si fuera un ser humano, no lo sentí hasta cuando iba unos metros más allá de la salida de la estación. De alguna manera, su presencia se ocultaba a su antojo.
Corrí por entre la gente desesperadamente y me lancé directo a su espalda agarrando su cuello y tratando de poner mi mano derecha en su frente para absorber el demonio que lo poseía. No pude. El impulso con el que iba me lanzó lejos junto con él, cayendo entre la vereda, y él un poco más allá. Me puse de pie rápidamente a mirarlo, cuando el ya estaba listo para atacarme. Mucha gente se quedó mirándonos, lo cual me puso algo nervioso. Divisé entre unos autos y otras personas, a Diana atravesar Daily para reunirse conmigo. En ese trance, el demonio me atacó lanzándose contra mí, abriendo su gran boca, como listo para devorarme. No me dejaba en absoluto poner la mano para defenderme. Le di una patada en el estomago, tratando de alejarlo. Entonces, puse ambas manos en la tierra, y comencé a trabajar. Llené en menos de un segundo, el cuerpo del tipo con enredaderas que surgían entre los escombros que dejaba el terremoto ocasionado por él. Sin embargo, no era suficiente. Con sus propias manos destrozaba las plantas, lleno de furia y adrenalina. Me hallé en problemas, pero no por mucho rato. Otra vez me lancé sobre él, esta vez con más valor. Mi palma iba directo a su cabeza junto con las palabras mágicas, en latín por supuesto. “En nombre de Dios, te ordeno que abandones el cuerpo de esta persona—”, no pude seguir hablando con concentración, ya que apartó mi mano de un golpe unto con todo mi cuerpo, azotándolo contra un árbol. Hubo gente que gritó cuando me vio volar por la calle en dirección hacia ese roble. Comencé a urgirme por la situación, y Diana aun no llegaba. Me puse de pie lentamente, y cuando alcé la mirada, el demonio ya estaba allí, tomándome del cuello, tornando sus ojos a negros y sus dientes en cuchillas, al igual que las uñas de sus manos.
Hubo un pequeño hecho que me llamó la atención, que no duró más de dos segundos. Mientras me encontraba estrangulada por aquel demonio, listo para comerme, mientras preparaba mi energía para poder atacar, alcé la mirada hacia el edificio de enfrente… la terraza. Fue tan rápido que no procesé la silueta que vi en aquel instante, pero yo lo conocía, y tenía mis sospechas. Además, lo sentí… el demonio atacante no era el único que estaba allí desde hace algunos minutos.
Ni siquiera yo me di cuenta cuando ya tenía la palma de mi mano derecha en el pecho del hombre, dispuesta a atravesarlo antes de que arrancara cualquier sentido de mi cara.
- ¡Nathalie, no! – oí entre la multitud. Una voz conocida.
Diana se acercó a nosotros, y paralizó al demonio en cuestión de segundos, con algún truco que hacía participe al viento, el cual rugió fuerte durante unos segundos, cuando mi compañera hizo su aparición. Entonces, escuché a Diana terminar las palabras en latín, conduciendo el espíritu malvado por entre su mano, llevándolo a un lugar mejor que en donde se encontraba, si es que pasaba el juicio.
Diana se acercó a mí, cuando trataba de ponerme de pie.
- ¿Qué te paso? – me preguntó un poco molesta.
- ¿Por qué?
- Lo ibas a matar, Nathalie.
No me había dado cuenta de lo mal que estaba haciendo mi trabajo. Diana tenía razón, y no podía alegar a mi favor. Me desconcentré durante un minuto, y no supe que hacer para defenderme de aquel demonio.
- Si… yo… - y luego recordé la silueta de la terraza del edificio. No había nada.
Pero no me preocupé, pues ya la volvería a ver. Al fin y al cabo, sabía que Ziro me seguía desde hace unos días, mientras hago mi trabajo.


Llegaron cerca de las una de la mañana a la iglesia, muy calladas todas. Se quedaron revisando el lugar luego de que el supuesto terremoto terminara, para ver si había más enemigos que combatir. Era lógico que pensaran que lo que ocurría esa noche era una invasión luego de que no aparecieran demonios luego de dos meses. Más encima, éste era más fuerte. Lo supieron cuando Nathalie les contó que pudo contra su poder, incluso destruirlo y hacerlo añicos. Entraron en preocupación, y cuando había preocupación, recurrían a Caliel.
- Es decir… ¿¡De que estamos hablando!? Atacan en el lugar más publico de la ciudad, en frente de toda la gente, sin importarles ser descubiertos o no… digo, ¿Qué seguirá después? ¿Atacar durante el día? – dijo Emily un poco exaltada ante el grupo.
- Creo que nunca les ha importado ser descubiertos… - dijo Nathalie mirando la mesa de madera.
- No habían aparecido hasta hace dos meses, y resulta que ahora aparecen con sorpresas. Ese demonio era más fuerte que los otros, empezando con que podía ocultar su presencia – dijo Elizabeth.
- ¿Ocultar su presencia? – preguntó Caliel, algo preocupado.
- Si… de un momento para otro estaba en el otro andén… eso es algo que los otros no podían hacer – dijo Elizabeth.
- ¿Y qué hay con mi poder? Deshizo mis poderes con sus propias manos… en un segundo – dijo Nathalie.
- Definitivamente, era algo más que un dominus – dijo Diana.
- ¿Tú crees? – le dijo Caliel.
- Yo creo que ya basta de todo esto – dijo Emily.
Con aquel comentario, hizo que los otros cuatro le prestaran atención, pues se notaba seria y problemática, lo cual era extraño en ella.
- Yo digo que ellos traman algo… y que no vamos a lograr nada si seguimos aquí esperando que ellos ataquen o den el primer paso. Deben tener un plan o algo para que no hayan aparecido durante dos meses.
- ¿Cuál es tu propuesta, entonces? – preguntó Diana.
- Que averigüemos lo que traman…
- Espera, no creo que sea la mejor opción…- dijo Nathalie.
- ¿Por qué? – dijo Emily con cara de pesada.
- Porque… quizás sería mejor… miren, si ellos de verdad traman un plan, sería buena idea de que nosotros tramáramos el nuestro a la vez… para así, si se les ocurre atacar, estaríamos listas para todo.
- ¿Cómo sabes que es un plan para atacar? – preguntó Emily.
- Es lo más probable, ¿o no? Si no, ¿para qué otra cosa? – dijo Diana.
- No lo sé… pero estoy segura de que es un buen plan el que descubramos lo que traman. Busquémoslos, y desenmascarémoslos – dijo Emily.
- Creo que estoy de acuerdo con eso también… lo mejor es saber qué es lo que planean en contra de nosotros – dijo Elizabeth.
- Pero, no están seguras de que planeen algo… - dijo Caliel.
- Pero es lo más probable… - dijo Emily, convencida de sus propias ideas.
- Primero descubran si en verdad están planeando algo… luego vean que pueden hacer al respecto… - les dijo Caliel con la mayor paciencia del mundo.
- ¿Y lo descubriremos? – preguntó Nathalie.
Entonces, nadie respondió. Pensaron un minuto hasta que Emily echó a andar su cerebro y dijo algo que seguramente serviría.
- Aarón y Scarlette.


Nathalie Denat


- ¿Por qué me estas siguiendo? – le pregunté en tanto lo vi en la torre de teléfonos.
- No te estoy siguiendo – me respondió él, como si me hubiera visto cara de tonta.
- Si… te vi anoche, Ziro. Me observabas desde el edificio de enfrente, como si estuvieras listo para atacarme.
- ¿Estás loca? ¿Por qué habría de atacarte?
- No lo se… dímelo tú.
- Todo lo contrario. Estaba listo para atacar al demonio que te tenía como juguete…
- ¿Qué?
- Lo que te dije… te veías un poco en problemas con ese demonio encima de ti. Iba a ayudarte.
- Ni se te ocurra hacerlo.
- ¿Por qué no?
- Porque no… yo puedo sola… además mis amigas estaban allí cerca, y había mucha gente alrededor. En todo caso, no tienes porque ayudarme, Ziro. No es tu deber.
- No lo tomo como un deber… es solo que…
- ¿Qué? – noté su expresión, un poco avergonzada.
- Jamás te haría daño, Nathalie… ¿Cómo puedes pensar que yo quería atacarte? Tú me conoces…
- Lo sé… lo sé, pero…
- ¿Qué? ¿Tus amigas te lavaron el cerebro respecto a mí?
- Mis amigas no tienen nada que ver con esto.
- ¿Entonces qué te pasa? ¿Por qué no quieres que te ayude?
- Porque tengo que poder sola… debo poder sola… ese demonio era fuerte, pero no lo suficiente para mí y aun así no pude derrotarlo por mí misma… y eso… me hace débil.
- No digas idioteces, Nathalie… - dijo manteniendo su distancia con respecto a mí. – Te harás más fuerte con el tiempo…
- Ha pasado mucho tiempo desde que soy lo que soy… y siento que no he progresado lo suficiente…
- Nada de eso. Créeme, he conocido muchos Ángeles y Demonios que les ha costado más que tu adaptarse y llevan más tiempo. Te harás fuerte a medida que combatas con los demonios… y los derrotes por supuesto.
- Si… creo que tendré que esperar.
- Si quieres, puedo ayudarte.
- Jajaja… ¿Cómo?
- Mmm… peleando contra mí…
- No podría derrotarte ni aunque quisiera…
- No estés tan segura. Tienes un gran poder dentro de ti, lo que pasa es que no te has dado cuenta de lo poderosa que eres. A veces me das miedo.
- Jajaja… no mientas.
- No miento, y lo sabes.
No sé porque, pero tenía razón. Acepté su ayuda porque confiaba en él y sabía que podría ayudarme. Ahora, no sabría si sería fácil, si sería por un período extenso, o si resultaría. Además, los demonios podrían enterarse de esto y tal vez se enfadarían con Ziro.
- ¿Estás seguro de que esto no te traerá problemas?
- No estoy seguro… pero, si quieren enfrentarme, que lo hagan. No les tengo miedo.
- No hables así… podrían matarte.
- Soy muy bueno peleando, Nat. Y por sobretodo, soy tan fuerte como Eliott y los otros de la Triada.
- Es que sabes… si esto va a traerte problemas con los demonios, sería mejor que no—
- No hables así. Quiero ayudarte y punto.
Se notaba muy decidido, incluso más que yo. No sabía si resultaría, y eso era lo que me tenía más preocupada.
31 de Mayo



Eran casi las dos de la tarde. Caliel comía algo preparado por él mismo en la cocina de la habitación de atrás de la capilla. Estaba sentado en la mesa, y a unos pasos de él, se encontraba Diana, peinándose sus cabellos lilas, que brillaban con la poca luz solar que intentaba escabullirse de entre las nubes grises.
- ¿Don está Nathalie? – preguntó Caliel.
- Mmm… no se – le dijo Diana sin mirarlo, aun seguía con el peine.
- ¿Segura?
- Si… - dijo antes de lanzar una risotada junto con una mirada de ironía hacia su guía. Siguió en lo suyo.
- Es mucho más fácil saber cuando un ángel esta mintiendo, que cuando lo hace una persona común y corriente…
Aquel comentario no le pareció a Diana. Terminó de amarrarse el pelo y se volteó a Caliel, mirándolo con seriedad y molestia.
- Nadie te ha mentido, Caliel.
- Entonces dime donde está Nathalie.
- No lo se… ¿Por qué te interesa tanto? Ella sabe cuidarse sola…
- No cerca de ese demonio, Ziro…
- No creo que esté con él…
- Entonces… ¿Dónde?
- Ya te dije que no se – terminó por ir a recoger un banano color negro que estaba en su habitación compartida con las demás, y atravesó por el pasillo sin decir nada.
- ¿A dónde vas? – preguntó Caliel.
- ¡Dios! ¿Tengo que decirte siempre a donde voy?
- Es solo para saber—
- Voy a trabajar. Sabes que a esta hora tengo el turno… trabajo allí desde hace casi dos meses…
- Pero… debes ir con Nathalie ¿no?
- Bueno… si no está ella me temo que tendré que ir sola.
- ¿Estás segura que vas a trabajar?
La actitud de su guía no le pareció como la de un amigo, sino más bien de un padre. No sabía si se preocupaba mucho, o era entrometido, por lo que no respondió a lo último. Dio media vuelta, y salió por la puerta principal. Tuvo suerte de que nadie se percatara que salía de la iglesia, ya que se suponía que ahí no vivía nadie más que Caliel y Mehiel.
Caliel quedó con la comida en la boca sin masticarla. Se sorprendió por el modo en que Diana había reaccionado. Justo entonces, apareció Emily luego de haber escuchado la chillante voz de su compañera.
- ¿Y eso? – dijo la joven, haciendo refiriéndose a la discusión.
- No se… estaba un poco alterada.
- Jajaja… debe ser-- se interrumpió ella misma, pues no quería echar al agua a Diana.
- ¿Deber ser qué? – preguntó muy curioso, mirándola a los ojos.
- Nada.
- ¿Cómo nada?
- Nada… tonterías.
- No mientas.
- No miento, Caliel…
Sin embargo, no quedó muy convencido de lo que Emily le había respondido, aunque afirmó con la cabeza para terminar el tema. Empezó otro.
- ¿Y Elizabeth?
- Eh… salió.
- ¿A que hora?
- Mmm… cerca de las seis de la mañana.
- ¿En serio? ¿Dónde?
- Eh… Garamond.
- ¿Para qué?
- Haces muchas preguntas.
- Pues respóndeme…
- No lo sé… no se que iba a hacer allá.
- ¿No lo sabes o no me quieres decir?
- Mmm… escoge una.
- No estoy bromeando Emily.
- Yo tampoco…
El tema terminó ahí para nuevamente empezar otro distinto. Caliel comenzaba a sospechar que las chicas andaban en cosas que supuestamente no debían hacer. Diana no le había contado más acerca de Alan, ni Elizabeth de Gary. Ni mucho menos Nathalie de Ziro.
- No se por qué me da la impresión de que todas ustedes me están ocultando algo…
- ¿De que hablas?
- De que mienten cuando dicen, por ejemplo, “voy a trabajar”, o “voy inspeccionar este lugar”, o “voy a entrenarme”… esas salidas espontaneas que tienen todas me hacen pensar de manera distinta.
- Yo nunca salgo… siempre estoy aquí acompañándote.
- Lo sé… pero no las demás. Ahora último, Elizabeth nunca está aquí… se que Diana y Nathalie trabajan, pero… ¿será verdad?
- No tienes de qué preocuparte, Caliel. No están en nada malo… y es verdad que esas dos trabajan.
- ¿Qué hay de Elizabeth?
- Bueno… no se… supongo que ha hecho amigos… es muy sociable.
- ¡Les dije que no se relacionaran con gente que no supiera acerca de sus secretos!
- ¿Y que quieres? ¿Qué vivamos en una ciudad sin salir nunca mas que de noche, y mas encima no tenemos que hablar con nadie? Estas demente.
- Es lo mejor para ustedes… créanme.
- Créeme tú… ellas están bien.
- Nathalie podría estar con ese demonio… Ziro.
- Nathalie sabe cuidarse sola.
- Pero es distinto cuando está con ese tipo. Puede hacerle daño…
- Veo que te preocupas mucho por Nathalie – aquel comentario le salió exactamente como ella quería, sarcástico y de manera celosa. Pero era obvio. Emily quería mucho a Caliel, más de lo que ella creía.
- Por supuesto que me preocupo… las conozco desde hace algún tiempo… mi deber es ayudarlas, cuando me necesiten… y claro—
Hizo una pausa para golpear a Emily con la mirada. Había adivinado las verdaderas intenciones de la frase que ella había dicho. Se puso de pie y retiró las cosas de la mesa.
- ¿Sabes qué? Contigo no se puede hablar.
- ¡Era solo un comentario! – dijo mientras el otro se alejaba. Emily entonces, se arrepintió de haber dicho tal tontería.
- ¡Ahora entiendo por qué les cuesta tanto progresar en sus poderes… si siguen mintiendo de tal forma, no llegaran ni hacer la mitad de lo que deberían ser!
Caminó por el pasillo metiéndose por una puertecita de madera antigua, con los platos en las manos, y su cabeza erguida para botar todas aquellas palabras que hicieron que Emily se sintiera mal, débil e inútil. Lo quedó mirando aun cuando ya no se divisaba, pensando y tratando de sacarse los pensamientos de su cabeza. Después de todo, Caliel podría tener razón con respecto al mentir. Estaban acostumbradas a decir cosas inciertas, y eso no era bueno para un ángel. De hecho, era una de las peores cosas que podrían estar haciendo. Sin duda, retrasaba el desarrollo de sus mentes y sobre todo, de sus poderes.


Elizabeth Prett


Se me había ocurrido una gran idea, algo rebelde, pero que Gary estaba dispuesto a hacer. Lo esperé afuera de su colegio alrededor de las siete, y casi dando las ocho, apareció en una esquina bajándose del auto de su padre. Me di vuelta para que su familia poco agraciada no me viera, aunque era demasiado visible con mi estilo, como ya he dicho anteriormente. Me escabullí detrás de un árbol.
Cuando se hubo acercado, estiré la mano un poco, disimuladamente, mientras el dichoso auto desaparecía por una esquina.
- ¡Buenos días! – le dije entusiasta. Me daba mucho gusto verlo.
- ¿Elizabeth? ¿Qué haces aquí tan temprano?
- Eh… vine a buscarte para que salgamos…
- ¿Salir? Eh… tengo clases – dijo con una sonrisa nerviosa.
- Pero… ¿no puedes faltar solo hoy? – le dije juntando mis manos tan frente de mi pecho, como si estuviera orando. Después me puse a pensar en las tonterías que decía… debía hacer el bien, no poner en una mala tentación a alguien.
- Mmm… - dijo mirando el suelo, como pensando en los ramos que tenía hoy.
- ¿Si? – le dije casi convenciéndolo.
- Bueno… bueno, está bien. Si es por pasar un día contigo… feliz.
Respondí a ese piropo con una sonrisa, y nos dirigimos hacia la calle de enfrente para tomar un autobús. No sabíamos bien lo que queríamos hacer o a donde queríamos ir. A esa hora era difícil encontrar un sitio donde entretenerse, pero las mejores salidas para nosotros era sentarse en alguna de las muchas plazas de Garamond, y conversar…
Caminamos un rato sin rumbo. Luego nos dirigimos hacia el parque de diversiones, ya que estábamos a pocos minutos de él. Definitivamente, fue uno de los mejores días que he tenido. No podría decir que Gary es mi alma gemela, pero su forma de ser me atrae mucho, y creo que la mía también.

Luego de juegos de alta adrenalina, me acordé de algo que había quedado pendiente hace varias semanas. Como era de costumbre conmigo, no podía quedarme tranquila si no me decía lo que hace tiempo quería decirme.
Nos sentamos a comer algo. Traté de no deglutir mucho la hamburguesa, aunque se veía deliciosa, y solo tomé un par de tragos de mi bebida.
- Bueno… ¿y me vas a decir eso que querías decirme desde el cumpleaños de tu hermana?
- ¿Qué cosa? – me dijo extrañado. Y no lo fingía.
- Aquella tarde me dijiste que querías decirme algo—
- ¡Ah, si! Ya me acuerdo… - dijo tomando unos sorbos de su bebida.
- Eh… si no quieres contarme… lo entenderé… aunque me quedaré con la duda por el resto de mi vida.
- Jajaja… no… es que… no estaba muy decidido a contártelo… pero creo que ahora sí.
- Ya. Te escucho.
No me respondió en seguida, por lo que hice algunos gestos de estarlo escuchando atentamente. Luego de terminar su almuerzo, y de percatarse de que yo no comería nada, me dijo:
- ¿Podríamos ir a otro lugar? Creo que no es el correcto para contarte… lo que te tengo que contar.
Lo noté nervioso. Pero accedí solo porque era una curiosa del mal…
- Vamos…
- ¿Qué te parece… a esperar el atardecer?
- Jajaja… quedan como cinco horas.
- Pero… me sentiré más cómodo…
No me molestaba para nada caminar un par de horas hasta a la carretera, todo por saber su secreto, que por lo visto, no era nada de poca importancia. Y mientras dábamos pasos lentos, comentábamos los gritos de la montaña rusa, o los mareos de aquel juego que parecían tacitas voladoras, dando vueltas en sí mismas. Nunca supe el nombre.
Lo que sabía, era que me había reído lo suficiente como para olvidar todo lo que debía llegar hacer a la noche, en la ciudad, registrando lugares, cazando demonios, o tal vez quitando espíritus de las casas o de personas, aunque la gente no confiara en nosotras.
Sin embargo, en el camino hacia nuestro sitio, no pensaba en nada más que no fuera en lo que iba a decirme. ¿Y si le gustaba y me pedía ser su novia?
No sentamos en la barrera de piedra, justo a las siete de la tarde. Me quedaba poco tiempo.
- Ya… dime – le dije un poco apresurada. Parecía que lo presionaba mucho.
- Eh... a ver – parecía que no hallaba como empezar. – Es que… es un poco… raro.
- Jajaja… créeme… no más raro de lo que me pasa a mí… - dije con una leve carcajada.
- ¿Qué es?
- Nada… solo dime… cuéntame – no quería meter la pata… no aún.
- Es que… no creo que me creas. Es algo increíble…
- No lo sabré si no me cuentas…
Un auto nos interrumpió en el momento más crucial. Eso lo hizo detenerse en el inicio. Me miró a los ojos y trató de concentrarse en lo que debía decirme. Lo noté aún mas nervioso, y volteaba la cabeza para ver lo poco y nada de sol esconderse. Corría viento helado, que hacía temblar las ramas de los arboles. Le dio un escalofrío.
- Verás… tengo una habilidad especial… como un poder…
- ¿Un poder? – le dije mirándolo extrañamente, junto con una sonrisa. Era de películas.
- Si… algo que nadie más puede hacer.
- ¿De qué se trata?
- Eh… es complicado.
- Lo entenderé…
- Mmm… puedo ver… el historial de una persona…
- ¿El historial?
- Si… como su vida… tan solo con mirarla a los ojos.
No sé cómo, pero me impresionó bastante lo que me había dicho. Era raro, porque hasta yo era más increíble que su poder… son embargo, fue una reacción del momento, que comencé a reír despacio.
- Lo siento, es que… ¿Estás seguro de lo que dices?
- Por supuesto.
- Y como… ¿como es que te diste cuenta?
- Una vez, cuando era niño… vi la vida anterior de mi padre… incluso antes de que yo naciera… fue horrible…
- Jajaja… me imagino.
- Es que no es solo lo más importante de la persona… son todos sus recuerdos… incluso los que no recuerda…
- ¡Dios! Que genial… eres… especial.
- Jajaja… no lo creo así… apuesto a que no crees ni una palabra de lo que digo.
- No es así… he escuchado cosas peores…
- No lo creo.
- Sabes que si… Jajaja… bueno… ¿No lo has intentado conmigo?
- Mmm… la primera vez que te vi… en Garamond, en el festival animé ¿te acuerdas?
- Si…claro.
- Bueno… esa vez no pude. No se… quizás no estaba tan concentrado para hacerlo…
- Y… ¿no puedes intentarlo ahora?
- ¿No tienes miedo de lo que pueda encontrar sin tu permiso?
- Jajaja… no. Vamos. Hazlo…
La verdad es que si estaba un poco temerosa. Tal vez podría hallar mi secreto mejor guardado, el de ser mitad ángel, o mis poderes, y la razón de que lleve una venda en la mano derecha todo el tiempo… tenía mis razones para que no se metiera en mis memorias, sin embargo, debía ver para creer. Y si por algún motivo descubría lo que en verdad era… ya no había marcha atrás.
Se puso un poco más cerca de lo normal de mis ojos. El destello que lanzó el único rayo de sol que había al abrirse las nubes, fue el que ocasionó el cambio de color en ambos iris. Aunque, a pesar de todo, el seguía mirándome con una concentración pura. Estuvo así por algunos segundos, sin siquiera pestañear, solo respirando muy controladamente y sin perder mis ojos. Yo también lo miraba fijamente, y a veces me daban ganas de reírme solo de los nervios que sentía.
Al cabo de un minuto, comenzó a fruncir el ceño, como si algo anduviera mal. Entonces, se alejó y agachó la mirada.
- ¿Qué…? ¿Qué viste? – pregunté apresurada, temiendo de que fuese lo que no quería que encontrara.
- Nada… - me dijo mirándome nuevamente a los ojos.
- ¿Cómo nada? Me estás mintiendo… dime que viste – aun no me convencía de que hubiera hurgado en lo incorrecto.
- Vi… fuego – dijo riendo de a poco, como si no tuviera ningún sentido lo que había visto conmigo. No sabía cuan equivocado estaba.
- ¿Fuego?
- Si… ahora… ¿el fuego ha formado parte importante de tu vida? Digamos… no lo sé… algún accidente, o…
- Si, Gary. El incendio en mi casa… ¿recuerdas que te conté?
- Ah, si… claro… disculpa, no… no me acordaba…
- No te preocupes… ya está superado, creo. Entonces… ¿solo viste fuego?
- Si… no sé porque… quizás es una situación que te marcó mucho, seguramente.
- Seguramente, pero… - iba a decirle algo con respecto a lo que había visto, pero me arrepentí, porque no quería que las cosas llegaran a otro punto, y tuviera que explicarle cosas que no entendería. Era mejor dejarlo así.
- ¿Qué?
- Nada, nada…
- ¿No me crees?
- ¡Claro que te creo! Te lo he dicho antes… he sabido peores cosas, más extrañas… así que no te sientas raro ni nada de eso, por ningún motivo. Siéntete… especial.
- Jajaja… lo intento, en serio.
- ¿Nadie mas sabe de esto?
- No…
- ¿Ni tus padres?
- No confío en mis padres… me enviarán a un psicólogo…
- Jajaja… bueno, entonces… te agradezco mucho por haber confiado en mí… yo no le diré a nadie, te lo prometo.
- Gracias, Beth…sabía que podía confiar en ti…
- Aunque… dudaste en algún momento en decírmelo – dije acompañada de unas carcajadas.
- Eh… sí… pero ya te lo he dicho así que… no me arrepiento de habértelo contado.
Sentía esa afinidad entre Gary y yo, el que él confiara en mí, me hacía sentir más importante de lo que era para este mundo. Él se convertía en mi mejor amigo, aunque lo conociera hace unos meses. Siempre dije que las amistades se creaban con el contar de los años, pero… el vernos casi todos los días, de partida todos los viernes, estar casi toda la tarde juntos… era diferente. Yo no tenía que estudiar más y a él no le importaba mucho el tema, aunque yo se lo recomendara. Éramos el complemento del otro, pero no sabía si esa amistad daba para algo más. Debería ser mejor dejar las cosas en ser amigos, y no en algo más comprometedor.
Nos quedamos solo unos minutos más en aquella carretera hasta que se hizo un poco tarde. Se oscureció antes de lo normal, y a mí se me había pasado la hora. Lo acompañé a la entrada de Garamond, sin su consentimiento, ya que él quería dejarme a mí en mi “casa”, pero eso no era posible. Mi deber era cuidarlo… claro, no solo a él… sino a todas las personas de allí…
Cuando estaba de vuelta hacia la capilla, solo podía pensar en él, y en su secreto. No podía creer que eso estuviera pasando, es decir, ¿realmente existían personas con poderes? Parecía honestamente una película de acción, nosotras Ángeles, él con superpoderes, enemigos demonios… faltaba un mundo místico en donde la guerra se llevara a cabo. Jajaja… recordé Celeron.


Emily Thompson


Estaba tirada en el sillón, tratando de cerrar los ojos para dormir. Como si fuera posible. Había estado allí desde que Caliel se fue a hacer no se qué cosa, dejándome hablando sola, meditabunda, tratando de soñar.
Apareció alrededor de las seis de la tarde, cuando empezaba a oscurecerse. Yo acurrucada en el sofá, lo vi salir de una puerta por el pasillo, que daba al comedor. Me miró y luego perdió su mirada, fingiendo no verme. ¿Pero que le pasaba?
- ¿Has estado aquí toda la tarde? – me preguntó finalmente, acercándose al otro extremo de donde yo reposaba. Corrí los pies para que se sentase.
- Si… tratando de dormir… perdona por no estar entrenando mis habilidades en este momento – dije tratando de ser irónica.
- Emily, siento haber sido tan… desagradable – dijo sin mirarme.
- Tienes razón. Sobre lo que me dijiste antes… creo que estas en lo correcto.
Lo reconocía. Éramos unas flojas, que mentían cada vez que podían. Sin embargo, Caliel no era alterado como se había comportado hace algunas horas. Me dejó impresionada.
Me acordé entonces en aquella tarde en la que le obsequié las figuras acuáticas al final del cementerio, en la fuente gris de agua cristalina. Si bien, nada pasó al final de la cita, no podía esperar el momento en que por fin pudiera besar sus labios, en que por fin dejara de escaparse de mí, y reconociera que yo le gustaba tanto como él a mí, quizás menos… pero lo importante aquí era el amor.
Aquella oportunidad la desperdició, cuando me fui acercando a su rostro buscando algo más que una simple mirada. Me dejó sola, dándome la explicación del porqué nada podía pasar entre nosotros. La escuché sin oírla.
Me puse de pie sin decir nada, y levanté mi gran trasero de aquel reconfortable sillón, en dirección al jardín.
- ¿A dónde vas? – me preguntó, tratando de no quedar como entrometido.
- Afuera…
- No… por favor, quédate.
Fue un instante de nerviosismo, que se paso en una milésima de segundo. Por supuesto, no iba a irme si él me lo pedía, pues las oportunidades eran únicas, y quizás ésta sería la primera y la última que tuviera para solo lanzarme y dale un beso. No de entusiasta, si no de romántica e impulsiva, como era yo. Tenía miedo de descontrolarme.
- ¿Qué pasa? – le pregunté, buscando una explicación para el que yo me quedara.
- ¿Estás molesta?
- ¿Por qué debería estarlo?
- Ya sabes…
- Tu ya conoces mis sentimientos, Caliel… ¿Qué más quieres que te diga?
- Ya te dije que… es que no vale la pena decírtelo repetidas veces porque—
- ¿Por qué? Claro… soy joven y humana aún. Mis emociones son claras y mis sentimientos por ti también. Tengo derecho a enamorarme… todavía.
- No estás enamorada de mí, Emily.
- ¿Por qué no?
- Porque… como ya dijiste eres muy joven aún, no sabes lo que es amar.
- Se supone que debería saberlo… al fin y al cabo… algún estaré hecha de eso, ¿o no?
- No todavía, Emily. Por favor entiende. Es lo mejor para ambos y lo sabes.
- Respóndeme primero… ¿Me quieres?
- Claro que te quiero, pero—
- ¿Me quieres de la misma manera en que yo te quiero a ti?
- Emily… - dijo poniéndose de pie luego de haber dejado pasar unos segundos. Se preparaba para irse.
- ¿¡Por qué eres tan cobarde!? – le dije con voz alzada, demostrando mi descontento.
- ¡No lo soy!
- ¡Sí lo eres! ¿Por qué no me respondes entonces? Porque tienes miedo de tu respuesta, porque sabes que no es la que deberías dar, ¿cierto? ¿¡Por qué no reconoces que yo también te gusto!?
- ¡Porque sería peligroso, entiéndelo!
No podía aguantar más la discusión. Me puse de pie también, y quedé frente a él. Era solo cuestión de provocarme.
- Olvida eso… nada es peligroso si me tienes a mí a tu lado – le dije poéticamente. Luego, me dio asco lo que había dicho, ya que soné demasiado cursi.
- No deberías sentirte tan segura…
- No digas eso… soy así y punto.
- ¿Así de directa para decir lo que sientes?
- Puedo ser peor…
No esperé más. No pasó un segundo después de que le dijera lo último, y mis labios se hallaban pegados a los de él, siendo correspondidos. Sentí el latido de su corazón, agitado al igual que el mío. Pero aun así, era el mejor que beso que había dado en mi vida… y el primero, a una persona que realmente quería mucho, y que seguramente, llegaría a amar.
El tiempo pasaba a nuestro alrededor, y yo solo podía pensar en cuánto duraría aquel momento único, que sinceramente, había estado esperando hace mucho tiempo.


Nathalie Denat


Estábamos ya a tres de Junio, día viernes, última jornada de la semana en que mi entrenamiento se realizaba, y estaba tan agotada como cuando hacía gimnasia toda una mañana y una tarde, junto a Emily los sábados. Ahora se me notaba más.
Estaba a un par de metros de Ziro, y él, provocándome para que lo atacara vilmente.
- ¡Atácame, Nathalie!
- Estoy muy cansada – le dije entre respiros agitados, y parpados caídos.
- Lo sé, pero no dirás eso cuando estés en una batalla de verdad, Nathalie. No tendrán compasión contigo, Nat, los conozco.
- No puedo más…
- ¡Atácame! ¡Vamos! ¡Ibas muy bien, Nathalie, vamos!
Sus porras no me ayudaban en lo absoluto, pero siempre llegaba un momento en mí, en que sacaba toda mi fuerza y energía, unidos en un mismo ataque, ya había pasado un par de veces a lo largo de la semana.
Me quedé parada en el mismo lugar, recobrando el aire, y mirándolo fijo. Levanté mi mano derecha a la altura de mi cintura, levitando velozmente hacia mi palma, un palo caído de un árbol de aquel bosque, con punta cortante en un extremo. Todo eso, lo hice sin perderlo de vista, jamás debía hacerlo.
Cuando ya sentí la madera en mi mano, tomé el vuelo necesario para lanzarla lo más potente posible, y a una velocidad increíble, que ni yo misma la creía. Pero eso no era todo mi ataque. Mientras el palo volaba por los aires en dirección a Ziro, abrí mis brazos fuertemente y lo que más pude, controlando las raíces que allí se encontraban, por debajo de los pies de mi enemigo. En menos de un segundo estaba inmovilizado por aquellas plantas que no le dieron más opción que quedarse quieto, y volver su mirada hacia el palo asesino que iba directo al centro de su cara. Fue cuando descubrí lo que pasaría, algo malo, algo que seguramente no debía hacer. Lo percibí y estaba claro, de que lo mataría en un dos por tres si él no se movía.
Finalmente, no se movió.
Se oyó solo la rapidez que llevaba mi arma por entre el viento que allí pasaba, mientras mi mano derecha se cerraba quedando en puño, y con mi cara llena de pavor y con el corazón en la garganta. Temblé un par de segundos, pero se me pasó cuando vi el rostro de Ziro a salvo. El palo se había detenido un centímetro antes de impactar en la cara de mi compañero. Fue el movimiento de mi mano, el que lo salvó. Luego me relajé para dejar en paz las plantas que ligeramente se hacían cenizas negras en el cuerpo de Ziro, al igual que el palo, el cual cayó al suelo, al mismo tiempo que mis brazos, haciéndose añicos un segundo después.
No podía creer lo que vivía. Estuve a punto de matarlo, a no ser que Ziro se hubiera regenerado un rato más tarde, lo cual no era seguro. Desconocía si poseía aquella habilidad.
Me senté en un árbol con forma extraña que permitió apoyarme cuando estaba a punto de desplomarme. Ziro se acercó un poco, manteniendo la distancia de siempre ante mí.
- ¿Por qué lo detuviste?
- Te iba a matar…
- No puedes dudarlo, Nathalie.
- ¿¡Que querías que hiciera!? ¡Lo vi! ¡Lo presentí, algo malo iba a pasar luego! Algo que no me favorecía en absoluto.
- ¿Me viste morir?
- Me vi como una asesina… y se supone que es totalmente opuesto a lo que soy en verdad.
- Tranquila… me liberaría… - me respondió sin mirarme. Entonces supe que mentía, porque sus pensamientos eran distintos, al igual que la expresión de su cara antes del accidente.
- No, no lo ibas a hacer… entiende… tu rostro decía algo totalmente distinto… tuviste miedo… reconócelo.
Y aunque en aquel instante me mantuve alejada de su mente, era perceptible ver los cambios de emociones en él. Tuvo miedo, y él lo sabía muy bien. Luego, sus pensamientos comenzaron a correr notoriamente ante mi mente. “Sabía que era mucho más fuerte… estuvo a punto de matarme y con un truco tan simple y tonto como ese… no sabe cuanto poder tiene… si fue capaz de casi matarme, con la Tríada le irá mejor que a sus compañeras… ¿Será bueno que siga ayudándola? Seguramente, a la próxima vez no se detendrá como ahora…”.
- Tienes razón… será mejor que no sigas ayudándome.
- ¿De que hablas? – dijo entes de entender que sus opiniones ya no era privadas.
- Puedo hacerte daño y… no es lo que quiero…
- No creo que más del que yo te estoy haciendo sin hacer nada… tampoco quiero dañarte, Nathalie.
- Es mejor que lo dejemos hasta aquí…
- Apenas llevamos una semana… ¿eso quiere decir que te diste cuenta de lo que eres capaz? ¿de qué eres mucho más fuerte que yo y que todos los de la Tríada?
- No. Pero… será mejor que me descubra por mi cuenta… además, no quiero que tengas problemas por mi culpa con ellos…
- Nathalie, entiende, no soy parte de ellos…
- Lo sé, pero… ay, da lo mismo… estoy muy cansada y quisiera reposar antes de irme a combatir otra vez.
- ¿Combatir? ¿Aparecieron nuevos demonios?
- No… aun hay solo de los débiles… pero creemos que tienen un plan en contra nosotras… para que no hayan aparecido durante dos meses, es obvio que traman algo malo…
- ¿Y qué harán al respecto?
- Aun no lo tenemos decidido… esperaremos a los Ángeles del Sonido y tomaremos una decisión.
- Podría averiguar y… traerte la información que necesitas.
- ¿De que hablas?
- De lo que planean… podría descubrirlo y—
- No, no, no… no te metas en esto, Ziro, en serio.
- Quiero ayudarte.
- No así… no necesito tu ayuda y menos para desenmascarar a los de tu especie… deja esto en nuestras manos, ¿sí?
- Lo que tú digas… y ahora vete. Apenas puedes mantenerte en pie.
- Gracias por todo y… nos veremos por ahí.
- Cuídate, Nathalie.
- Tú igual… adiós.
- Adiós.


Diana Crown


Aquel viernes, fue uno que jamás en toda mi vida olvidaré.
Yo, pensando en cuando llegaría Aidan, olvidé llegar a las siete a la capilla. La estaba pasando bien con Alan, aunque mis pensamientos se dirigían hacia otra parte. Me llevó a comer sin que yo lo supiera, fue una especie de once a las cinco de la tarde. Quedé estupefacta cuando llegamos al lugar y vi mesas con platos al rededor, cubiertos, servilletas, vasos, etc. Parecía ser un lugar bastante decente e importante de Garamond. Por supuesto, traté de evitar la comida lo más que pude para no hacer arcadas en frente de él. Si no comía, primero sería falta de respeto hacia él, y segundo, pensaría que estoy en un plan de dieta casi enfermizo.
Preguntó varias veces el porqué dejaba tanta comida en el plato. Si no me gustaba, o estaba enferma, o hasta que quería adelgazar dejando de comer. Lo negué todo, aunque su faceta de doctor me dominó varias veces.
A pesar de todo, pasamos un buen rato juntos. Se notaba que para Alan, era importante estar conmigo. Y por supuesto, también notaba el radiante cariño que tenía hacia mí. Era extraño, pero aquello se sentía tan bien como estar en el paraíso.
Llegué cerca de las ocho al lugar en donde todas me esperaban. Emily, Elizabeth y Nathalie, con una cara de “¿Cómo te fue?, por lo visto la pasaron muy bien…”, y por otro lado, Caliel con esa cara de “¿Dónde estabas? Seguramente haciendo algo indebido… hablaremos mas tarde y sin mentiras…”. Me sentí observada por un largo rato antes de llegar directamente a pisar las escaleras de la capilla. Extrañamente, estábamos en la puerta principal, sin temor que nos viera alguien. Aunque sin dar explicaciones – aún – entré, me cambié de ropa y salí en menos de cinco minutos. Al parecer, nadie decía nada desde que había llegado. Y no dijeron nada hasta que vimos a Caliel hacerse pequeño a la distancia.
- ¿Cómo te fue, Diana? – me preguntó Elizabeth.
- Muy bien, gracias… - respondí sin temor, con algo de risa.
- Jajaja… cuéntanos que hicieron – me dijo Emily.
- Me invitó a comer algo… pero como sabrán, ahora la comida no es algo que me vuelva loca… quizás eso fue lo más incómodo… por lo demás, estuvo todo bien y agradable.
Bajamos en la plaza principal de Olidata. Casi nos descubren un grupo de jóvenes que al parecer, tenía una fiesta muy “alcohólica” en un extremo del recinto. Para nuestra suerte, estaban demasiado bebidos para darse cuenta que cuatro niñas descendían del cielo con alas de plumas blancas en sus espaldas.

Empezamos por la calle principal, caminando despacio y fijándonos en cada detalle, como siempre. Sin embargo, aquella noche era distinta, y todas lo presentíamos. Había mucha más carga negativa en los locales, y sobre todo, en mi querido teatro de ballet. Sin pensarlo dos veces, me dirigí hacia éste para descubrir lo que pasaba. Me detuvieron ante un hecho que supuestamente nos favorecería.
- Espera, Diana… - me dijo Nathalie. – Beth verá el futuro…
Como una adivina con su bola de cristal, Elizabeth cerró sus ojitos y comenzó a explorar una dimensión que va más allá del tiempo y el espacio. Solo una vez intenté ver el futuro, y fue para algo totalmente estúpido. Pero era una sensación única, en la que te veías como si estuvieras viviendo en ese mismo instante el inesperado futuro.
Al cabo de unos segundos, Elizabeth abrió los ojos, con una expresión de dolencia.
- ¿Qué pasa? – le preguntó Emily.
- Hay muchos demonios… pero no los conocemos… y son fuertes. Y también… está Eliott.
- ¿Qué? – dijo Emily.
- ¿Estarán aquí? – pregunté calmada.
- Si… eso parece. Será mejor que permanezcamos unidas, pues desconozco el momento exacto en que aparecerán… - dijo Elizabeth.
- La Tríada… - dijo Nathalie muy despacio, alcanzando solo mis oídos.
- ¿La Tríada? – dije sin entender bien.
- Si, ya sabes… a donde pertenece Eliott… junto a otros cinco demonios iguales de fuertes que él. Creí que Caliel les había contado acerca de ello – les dije confundida.
- Quizás lo mencionó… no es la primera vez que escucho “La Tríada”, y sus integrantes – dijo Emily.
- Piensan atacarnos entonces… Dios… ¿todos a la vez? – dijo Nathalie.
- No lo sé… pero había una mujer… y otros dos hombres… no estoy segura de que estuvieran los seis… - dijo Beth cerrando los ojos y abriéndolos al segundo.
- Entonces como dijiste, no nos separemos. Será mejor si estamos unidas – dijo Nathalie.
- No podremos con ellos ni aunque quisiéramos… imagínense… seis demonios, mucho más poderosos que nosotras, atacando al mismo tiempo. Están dementes… llamemos a los Ángeles del Sonido – dije acordándome de Aidan, una vez más.
- Mira, no es por ser orgullosa, pero ¿no podríamos al menos una vez intentar pelear contra ellos y ganar? Quizás no tengamos la ventaja, pero por lo menos lo intentaremos – dijo Emily.
- ¿De qué nos sirve intentar, si podemos morir mientras lo hacemos? Eso sí que sería terrible – dijo Beth.
- No somos tan débiles como ustedes creen, chicas – dijo Nathalie. Me sorprendió escucharla hablar de esa forma. – Si trabajamos bien podremos ganar.
- Espera, ¿Y qué pasa si no vienen por nosotras? Es decir… no vienen a matarnos, si no a asustarnos o a molestarnos o… - Emily parecía buscar otra respuesta.
- Ay, Em… no digas tonterías. Siguiendo con el tema, permanezcamos juntas, y por lo menos duraremos cinco minutos más de lo que hubieras resistido tres meses antes – dijo Elizabeth tratando de animarse a sí misma, ay de paso, a todas nosotras.
Pero había algo en lo que no estaba de acuerdo. Debía salvar el teatro de ballet esta noche, para que mañana no hubiera problemas con la gente que trabaja ahí. Mostré mi parecer.
- Esperen… necesito ir al teatro, es que—
- Diana… ya dijimos que debemos estar juntas – dijo Nathalie.
- Pues si, pero… no pretenderás que quede con toda esa carga negativa y que mañana debamos ocuparnos, aparte, de sacar demonios de niñas bailarinas. Debo ir. Por mientras… no tardaré.
- Voy contigo – me dijo Emily.
Y aunque no quedaron con muy buena cara, Beth y Nat se quedaron en la calle, inspeccionando las veredas cercanas. Sin embargo, luego me puse a pensar, ¿Y si esto era una trampa para separarnos? ¿Si a propósito pusieron demonios en este teatro para disolvernos y atacarnos cuando quedáramos solas? Emily me respondió sin yo haber dicho una sola palabra.
- Ese es un buen punto. También pensé lo mismo cuando dijiste que querías venir a limpiar este sitio, pero… nunca lo sabremos si no nos arriesgamos… - Emily y sus respuestas entusiastas. A veces pensaba y creía que esta niña no tenía miedo de nada… mientras más peligro tuviera la situación, mejor era para ella, por lo que sus expectativas de vidas variaban en escala más baja que la de nosotras. Pero también pensaba… tal vez de repente no se trate de no tener miedo, si no de tener fe.
Fue fácil, como de costumbre entrar en el teatro. A ambas nos dieron ganas de ir rápidamente al piano de cola, lo cual dio lugar a una risa loca entre el gran silencio que otorgaba el lugar. Inspeccionaría yo el piso de arriba, Emily los de abajo.
Y no paso demasiado tiempo antes de encontrar algo fuera de lo común.


Aquel viernes, fue uno que jamás olvidarán en todas sus vidas.
Como primera presentación de la Triada de Neheria.
Diana recorría los pasillos del cuarto piso mientras que Emily, los del primero. Se sentía una gran tensión en el lugar, como si no se pudiera respirar bien. De hecho, un humano completo no hubiera podido resistir aquella presión mientras caminaba por ahí. Todo estaba muy silencioso, y en algunos partes, hacía frío. En otras, al contrario, hacía calor, y al parecer allí era donde se refugiaban los espíritus demoniacos.
Diana siguió caminando hasta que se detuvo a mitad del pasillo, por un llanto sorpresivo que venía desde una de las habitaciones más adelante. Era alguien llorando, y al parecer era una mujer. Al primer ruido, Diana miró rápidamente al lugar de donde venía la voz, pero había una resonancia que extraña, que hacía pensar que el chillido no venía de aquel sitio, ni siquiera de este mundo.
- ¿Dónde estás…? ¿Por qué lloras? – preguntó Diana a la aire. Siguiendo ese increíble olor a podrido, llegó al baño de mujeres, que por entre las ranuras de una puerta cerrada, dejaba pasar la luz al pasillo. Diana tomó la manilla e intentó girarla, pero estaba cerrada por dentro.
Ella se preguntaba quién era, por que estaba a esa hora metida en el teatro, por qué no le contestaba… y un montón de preguntas más, que no averiguó por mas que le hablara a la chica que estaba ahí dentro.
- ¿Qué te sucede? Hey… abre la puerta. Quizás si me dejas entrar pueda ayudarte… - le decía Diana, pero el llanto no cesaba. Hasta que una dulce voz de joven quinceañera retumbo en los oídos del ángel.
- ¡Ya no quiero vivir! ¡Ya no vale la pena seguir así, viviendo así! – gritaba desesperadamente, mientras se oía algo que llevaba entre sus mano.
Diana se quedó inmóvil ante sus palabras. Sus anos sujetaban la manilla de la puerta del baño, que forzó varias veces para abrir y entrar y ayudar a quien la necesitar, pero resultó más difícil de lo que se imaginó.
- Abre la puerta. Podremos conversar y tal vez pueda ayudarte ¿sí?, pero abre la puerta por favor…
- ¡No quiero vivir! ¡No quiero vivir! – gritaba la otra muchacha, mas descontrolada que hace un rato.
De pronto se oyó el temeroso sonido del seguro de una pistola. Diana lo reconocía bien, no sabía de dónde, pero sabía que las cosas se ponían horriblemente horribles. Y la desesperación comenzó.
- Niña, abre la puerta… ábrela.
- ¡Me iré de aquí! ¡Ya no viviré este martirio! ¡Ya no más!
- ¡No, espera! ¡Abre la puerta! ¡Ábrela! – gritó Diana cada vez más fuerte, haciendo que Emily se percatara de su inestable situación. Golpeaba el concreto de madera blanca, repetidas veces sin hacer ni un rasguño. Su viento, esta vez, no serviría de nada. Quizás… su telepatía.
Pero aun así, parecía que se retrasaba, y no había tiempo. No lo hubo.
Diana escuchó un disparo en seco, y luego la caída del arma arrastrarse por la cerámica blanca del baño. El ángel se quedó inmóvil, para luego descargar su culpa con un grito desesperado. Usó toda esa ira para derribar la puerta con solo su poder telepático, y la arrojó lejos por el pasillo a su izquierda, dejando una cañería del lavabo abierta con el agua salpicando a todas partes. Luego resbaló. Claramente, el piso estaba cubierto de sangre, lo que hizo desequilibrar las piernas de Diana, y caer encima del charco, manchando sus manos, rodillas, ropa. Por la entrada, solo se veía, una mano inerte y el cabello ensangrentado de la chica llorona. El resto de su cuerpo se cubría por los lavamanos e inodoros. Diana, que estaba arrodillada en el suelo, gateó un par de centímetros para luego ponerse a llorar sin lágrimas. Se limitó a mirar por más de un segundo, la imagen del suicidio. No entró. Se quedó sentada al lado de la entrada, con la espalda afirmada a la pared, y sus rodillas a la altura de sus costillas, manchadas de sangre. Solo atinó a ponerse las manos en la cara y llorar como pudiera.
Emily ya venía en camino. Le pareció extraño que Diana sollozara de tal forma, por lo que se dijo a sí misma, que debió haber ocurrido algo de gran magnitud.
Entonces, a medida que subía las escaleras, aceleraba el paso. Corrió al llegar al pasillo, en donde atravesó de un salto la puerta arrancada, y llegó a lado de su compañera.
- ¡Diana! ¡Que pasa! – preguntaba desesperadamente.
- ¡No pude detenerla, Emily! ¡No pude…! ¡Soy una inútil! – decía entre suspiros y llantos, con las manos aun cubriéndole la cara.
- ¿De qué hablas?
- ¡De ella! ¡Ahí dentro! ¡No pude detenerla, Em! ¡No pude… evitar que se suicidara! ¿Puedes creerlo?... como es posible… como…
Emily se asomó lentamente por la entrada del baño y miró. Para su sorpresa, pudo pensar que Diana estaba más loca que ella.
- No hay nadie, allí Diana… - le dijo mirándola a los ojos, tratando de tranquilizarla.
- ¿Cómo que no? ¡Está ahí! ¿No la ves? ¡Mira! ¡Mira! ¡Mis manos están manchadas de su sangre, Em! ¿No lo ves?
- ¡Diana, no tienes nada! ¿De qué mierda hablas?
Pero ninguna entendía a la otra. Extrañas conclusiones daban luz a la verdadera realidad que se presentaba en cada una de las chicas. Emily susurró:
- Es una ilusión… - dijo mientras levantaba la cabeza para ponerse de pie. Diana la quedó mirando.
- ¿Una ilusión?
- Si… estás dentro de una ilusión… debe ser Scarlette, por eso no nos dimos cuenta.
- Espera… ¿Cómo sabes si yo estoy viviendo la ilusión y no tú? Lo que te digo podría ser verdad… y tu eres laque está dentro de un sueño – dijo Diana al mismo tiempo que sus rodillas se estiraban.
Emily miró un segundo el suelo, y luego tomó su mano rápidamente. Saltaron la puerta rota, y corrieron por el pasillo.
- ¡Debemos salir de aquí! – dijo la primera, mientras Diana no entendía muy bien. Estaba sorprendida aun.
Pasaron por varias puertas, y extrañamente, una de ellas estaba totalmente abierta. Emily no se dio cuenta, pero Diana soltó la mano de su amiga, para detenerse a analizar la cosa más espeluznante que haya vivido hasta ese momento. Emily se detuvo.
- ¿¡Diana, que haces!? ¡Vamos! – gritaba.
Sin embargo, parecía que la otra chica tenía tapones en los oídos. Se acerco cada vez más al umbral de la puerta, y se detuvo a centímetros de introducirse en ella. Se quedó mirando a la criatura que también la miraba a sus ojos lilas. Era una niña, de unos ocho años, pelo largo, flaca y pequeña, con cara de tristeza.
- ¿Quién… eres? – le preguntó a la niña.
- ¿Cómo que quien soy? Soy Diana.
El aire dejó de entrar a sus pulmones y se detuvo enfrente de sus narices. Se quedó inmóvil tratando de procesar lo que acababa de escuchar, pero Emily no tenía mucho tiempo. Volvió a tomar la mano de Diana.
- ¡Diana, vamos! – le gritó. - ¡Debemos salir de aquí, ahora mismo, si no qui—
La interrupción ocurrió justo cuando volvió su cabeza al frente, tratando de mirar su destino, pero en cambio, miró ese abrigo tan famoso de color negro, largo, con botones y con ese olor a azufre. Alzó su cabeza luego de quedarse callada por completo. Soltó la mano de su compañera. Era un tipo alto, al parecer lleno de músculos debajo de aquella ropa, vestido exactamente igual que Eliott, pero con el pelo un poco más largo y castaño, y ojos rojos. Tenía labios gruesos y tez oscura. En otras palabras, era un “mastodonte”.
Ante aquella bestia, Emily no tenía otra idea que levantar su mano derecha para atacar, sin pensar en el medio atroz que corría por su mente en aquel instante. Como era de esperarse, el demonio fue más rápido que el ángel. Antes de que Emily dijera cualquier cosa, el inmenso hombre tomó con una mano, la muñeca de la joven y la hizo añicos. Emily gritó desesperadamente para luego salir volando de donde vino, con un duro golpe de parte del demonio con su otra mano. Apenas sintió que alguien la hubiera tocado, pero claramente, tenía marcas en su pecho. Ese demonio no era ordinario, y lo supo cuando, al tratar de levantarse, a su izquierda él ya la estaba esperando. Emily observó con terror ese par de zapatos negros, pero trataba de controlar el pánico. El demonio la tomó del cuello y la levantó sin mayor esfuerzo, dejándola estampada a la pared.
- Vaya, vaya, vaya… ¿Qué tenemos aquí? ¿Un ángel de los cuatro elementos? – dijo con una voz tan ronca, que retumbaba cada cierto tiempo en los oídos de Emily.
Diana aun seguía en esa maldita ilusión, creyendo inocentemente, que vivía una realidad mezclada con el pasado.
- No… tú no eres… tú no eres yo – le decía a la niña que la miraba mas fijamente que antes, quizás con otras intenciones.
- Claro que sí. Soy Diana, Diana Ariam Crown… sabes que lo soy.
- ¡No puedes serlo! – gritó saliendo totalmente de la habitación, deteniéndola solo la pared del pasillo del otro lado. La niña la siguió, arrinconándola con esa mirada tenebrosa y diabólica.
Diana casi perdía la razón, peo no se suponía que debía ser así. La pequeña se acercaba cada vez más, con ese miedo que esparcen los demonios. Pero ya, el ángel estaba entendiendo la ilusión. Miró a su alrededor y no vio a nadie, ni siquiera a Emily y su atacante que estaban a un par de metros de ella. Estaba totalmente sumida en un sueño, que pronto acabaría. Ya sabía cómo, y antes que la niña la atacara con algún poder, Diana cerró los ojos y comenzó a soplar el viento en aquel piso. Soplaba tan fuerte y tan ligero, que rompía los cristales de las ventanas, y se filtraba por cada rincón de la madera.
Sin que ella se diera cuenta, dio una gran ayuda a su compañera.



Emily Thompson



No podía hablar, con suerte respiraba. Leer sus pensamientos era mucho pedir en ese momento. Estábamos justo al lado del gran agujero que Diana había dejado al arrancar la puerta a la fuerza. El agua corría por debajo de los pies de mi atacante. Era mi oportunidad, claro... cuando se distrajera con algo, si es que lo hacía antes de terminar separándome la cabeza del cuerpo.
De pronto, una ráfaga de viento tan poderoso como un huracán, llamó la atención de aquel demonio, lo cual me dio la opción de bajar mi mano quebrada, y alcanzar el agua de las tuberías que, con la presión, saltaba hacia arriba, sirviéndome de arma contra el mal espíritu. Aparte del regalo que le hice a Caliel, creo que fue uno de los mejores manejos que haya tenido con el agua. La dirigí hacia su rostro, el cual se iba quemando y quemando hasta que dio un gemido de dolor, creo yo. Aun así no me soltaba. Me comenzaba a preocupar. Mi cara de seguro estaba morada, y no resistiría por mucho tiempo. Agregué el agua que salía de mi mano, y con eso, su mano se abrió, dando paso al aire hacia mi nariz, cayendo fuertemente sobre el charco de agua. No esperé ni un segundo más allí. Me puse de pie y salí corriendo. Tomé a Diana de la mano y bajamos la escalera apresuradas. Al parecer, Diana todavía estaba bajo la ilusión de Scarlette. Pero… había algo raro. ¿Cuándo Scarlette se había hecho tan fuerte?
Ni se me paso por la mente mirar hacia atrás. Bajamos hasta el que se suponía era el primer piso, y giramos hacia nuestra izquierda. Inexplicablemente, estábamos en el mismo cuarto piso, con una puerta arrancada y tirada en el pasillo, con el agua casi llegando a las escalas, si ningún demonio allí.
- ¿Qué? – dije respirando agitadamente. Es que simplemente no lo podía creer. Era una ilusión también.
Volví a bajar las escaleras al primer piso, y nuevamente llegamos al mismo sitio. Me quedé inmóvil por un segundo.
- ¿Qué está pasando? – me preguntó Diana, un poco confundida, tal vez tratando con todas sus fuerzas salir del encanto, que sin duda la había puesto tonta, no así para seguirme a bajar más sesenta escalones sin encontrar la salida.
- No lo sé… estamos atrapadas…
En eso, se escuchó una risita, femenina y muy malévola, en todo el piso.
- ¿Quién es…? – susurré mientras trataba de encontrarla, sin tener éxito.
Pero la voz solo se oía para reír.
Miré la ventana a mi derecha. Me acerqué a ella, y la abrí. Sentí un gran alivio al observar la calle de noche, con algún foco no funcionando, otros brillantes como de costumbres. De alguna manera debía escapar. Tomé a Diana, quien se notaba peor que yo.
- Debes lanzarte, ¿entiendes? Ahora, Diana, ahora. Saca tus alas y escapa.
- ¿Y tú?
- Iré después de ti, pero si te apuras es mejor para las dos. ¡Rápido!
Apoyó los pies en el ventanal, como de cuclillas. Primero se dejó a favor de la gravedad, para luego dejar mover sus alas como una paloma. En tanto sus pies se despegaron del balcón, puse uno ahí mismo y enseguida, el otro. Hubiera dado todo por haberlos dejado caer junto con mi cuerpo, pro en vez de eso, una mano gigante me tomó del pelo – como si lo tuviera muy corto – y me arrastró hasta llegar a la escalera otra vez. Por el tamaño de su extremidad, hubiera jurado que era el mismo demonio que casi me mata en un dos por tres.
Ahora de nuevo estaba cara a cara con la muerte. Me dejó frente al primer escalón, seguramente para arrojarme hacia abajo y dejarme rodar como un balón mientras mi sangre quedaba en cada desnivel. Todo paso tan rápido, que no tuve tiempo ni de ver su cara hasta ese entonces.
- ¿Quién eres? – le pregunté con una voz débil.
Él se quedó callado, mirándome desde arriba. Era tan alto, que creía que con solo una pisada me haría reventarme. Aun así, no me respondió en seguida. Pero por mi mente pasaba “La Tríada”. Sin lugar a dudas, era uno de ellos, y si era así, podría ir despidiéndome de este.
¡No! ¡Como digo eso! No puedo darme por vencida. Debo demostrar que soy ángel, que puedo contra él. Era solo un integrante, podía mandarlo a freír monos al África, si tan solo mi poder fuera superior. Me puse de pie lentamente. Temía que en cualquier momento me empujara escaleras abajo, así que me moví siempre en dirección hacia él.
- Pequeño ángel… tus días están contados… - me dijo mientras levantaba la cabeza.
No iba a ser fácil, no desde ahora.

lunes 23 de febrero de 2009

CAPITULO XXIX

Emily Thompson



Intentaba despertar a Caliel, pero parecía que estaba completamente inconsciente. Quería sacarlo de allí al igual que a Mehiel, pero vi como lentamente, Scarlette avanzaba entre el pasto hacia nosotros, sigilosa y sin perdernos de vista. Beth aún peleaba con Aarón, y no parecía haber ganador. Los golpes y movimientos iban y venían. Era atroz.
En un trance indeterminado, la joven ya estaba de pie en frente de mí, con esos ojos rojos que odiaba y con esa sonrisa que me sacaba de quicio.
- ¿Qué quieres? – le dije protegiendo a Caliel.
- Dámelo… - me dijo estirando la mano, creyendo que yo era tan tonta como solía serlo antes.
- Sobre mi cadáver – le dije poniéndome de pie dificultosa, pero llena de valentía.
- Que así sea – dijo antes de ponerse como bestia ante mis ojos azules.
Su cabello rubio se alzó como si estuviera bailando al ritmo del viento, un viento que soplaba lento y caliente. Entonces, alzó la mano derecha y de un rayo luminoso sobre la palma de su mano, tomó forma una especie de espada. Un sable, quizás el mismo que ocupó con Diana la noche anterior. Lo bajó con la mayor fuerza de su cuerpo, rozándome el hombro, y lo peor de todo, clavándolo centímetros de donde estaba Caliel.
Le golpeé el estomago y salió volando un par de metros más allá, cerca de donde estaba Beth luchando con Aarón. Le coloqué una mano en la frente e iba a comenzar a decir las palabras sagradas, pero no pude ni empezar. El sable quedó incrustado en mi muslo izquierdo, sin poder mover la pierna entera, llena de sangre y acompañada de alaridos míos.
- ¡Em! – gritó Beth a lo lejos.
Sentía que perdíamos, o que podíamos perder en cualquier momento contra estos buenos para nada, que seguramente no se comparaban con nosotros. No sabía por qué no podía derrotarlos. Ya no tenían la misma fuerza de antes, sin embargo, nosotras no habíamos progresado mucho las últimas semanas.
Caí al suelo quitándome rápidamente la hoja de entre mi pierna. Scarlette me miró mientras apoyaba sus pies en la tierra. Estaba lista para decapitarme, o al menos eso creía yo. Así era en las películas.
- Lo siento, ángel… te ha llegado la hora… - me dijo despiadadamente.
Sin embargo, antes de ver el arma bajar con rapidez hacia mi cuello, vi emerger una llama gigante tras de Scarlette, que luego de apagarse, me salvó. Beth tenía arrinconado a Aarón en una esquina, junto a un árbol, con su mano izquierda en dirección a su cuello, unos metros más lejos de él. Estaba siendo ahorcado por el poder telequinético que Elizabeth guardaba hace mucho tiempo, y que no lo usaba casualmente. Ahora que lo utilizó, estaba más poderoso que nunca. Aarón no se podía mover.
- Suelta eso… - le dijo a Scarlette a sus espaldas, mientras la apuntaba con su mano derecha, lista para lanzar fuego
- Si creer que ese fuego me hará daño… estás equivocada… -le dijo Scarlette mirándola de reojo. El sable tocaba mi cuello, haciendo un ligero corte.
- Si no lo haces, tu hermano muere estrangulado – le dijo Beth.
Era increíble, pero mientras tenían su conversación, mi herida sanaba rápidamente, y en cualquier instante, atacaría a Scarlette de repente.
- ¡Ten cuidado con lo que vas a hacer, ángel! – me gritó Theo, mientras veo que tenía a Caliel, éste ya despierto, entre sus brazos, apretándolo en su cuello, ambos de pie.
De laguna manera, me había leído la mente. ¡Como no lo razoné antes! Y Natalie nos había dicho que él tenía gran poder mental, ya que él invadió su mente cuando el portal se abrió para siempre.
- ¡Suéltalo! – grité mientras me ponía de pie.
- Emily no hagas nada – me dijo Caliel con una voz ronca y débil.
- Ángel del fuego, deja a Aarón y Scarlette en libertad – dijo Theo.
Beth me miró de repente y yo a ella. No quería hacerlo, de hecho, si hubiera tenido la oportunidad de matarlos, lo habría hecho. Pero no era el momento, así que dejó a Aarón y Scarlette se acercó a su hermano. Sin embargo, los planes de Theo era llevarse a Caliel con él, y después matarlo, pero no le funcionó.
- Ahora-- - dijo éste deteniéndose de pronto.
Los demás venían en camino. No sabía si eso me hacía feliz o triste, ya que quería ser yo la que terminara con todo esto. Al contrario de eso, fui una inútil, y no pude defenderme ni a mí… ni a Caliel.
- Se acercan. Vámonos… - le dijo Aarón a Theo.
Dejó a Caliel suelto y caerse de rodillas en el piso. Corrí hasta él. Elizabeth levantó la mirada y ya se divisaban las siluetas de los otros cinco volar.
- Caliel, ¿Estás bien? – le pregunté desesperada.
- Estoy bien, Emily.
La pesadilla de aquella noche terminó agotadora, y frustrante para mí.


Me sentí tan inútil al momento en que llegaron los demás, que no dije ni una palabra. Mehiel estaba bien al igual que Caliel, y Elizabeth un poco cansada.
- Si todo era una ilusión… ¿Por qué el fuego quemaba o el piso estaba ardiendo… o el humo causaba tos…? – Beth le preguntaba a Caliel.
- No lo sé, Elizabeth. Quizás es el nuevo poder de Scarlette… ya sabes que Eliott les da lo que se le antoje para molestarlas… pero no debemos preocuparnos mucho de esos dos… al contrario, Theo es un tipo muy peligroso… puede meterse en sus mentes fácilmente. Es la mayor ventaja que tiene – le respondió Caliel.
Seguía la conversación, mientras yo solo me sentaba al lado del fuego a secarme un poco el pelo. Aun estaba empapado por la lluvia de la tarde. Los demás regresaron de donde habían venido a seguir con lo que hacían. Escuché algunos comentarios, recalcando nuestra inutilidad ante la situación de antes. Quedé tan apestada con aquello, que me dirigí al jardín luego de que los demás se marcharon. Me acerqué a la reja negra y miré por entre los fierros la calle.
Tenía tal entusiasmo de progresar, de convertirme en un ángel muy poderoso, de acabar con todo lo malo de este mundo, con todas las perversidades, las tentaciones…todo, y cada día sin ver progreso alguno, mis ganas caían hasta casi llegar al suelo. Comenzó a llover nuevamente, esta vez despacio, pero con mucho viento. Sentía que alguien se acercó.
- No pude protegerte… - le dije a Caliel, quien se colocó detrás de mí.
- Claro que sí. No digas eso. Fuiste valiente, Emily.
- Por supuesto que no… ni siquiera pude luchar contra ella… me siento tan mal… tan inservible.
- Nada de eso Emily. Escucha… mírame – me tomó de un hombro y me volteó hacia él. Quedé mirándolo a los ojos. – Tienes muchas agallas… y creo que de todas eres la más valiente para estas cosas…-.
- ¿De qué me sirve ser valiente si no tengo la suficiente fuerza o poder para derrotar a alguien que sé que es más débil que yo?
- De mucho… no te imaginas cuanto sirve, Emily…
Aquel momento se convirtió para mí en una eternidad, porque luego de que él dijera esas palabras, llegó a nosotros una tranquilidad extensa acompañada de un silencio en que solo lo rompían las gotas cayendo sobre el techo de la capilla, o entre la tierra bajo nuestros pies. Nos miramos fijamente.
- Creo que te culpas demasiado por algo que no debemos darle tanta importancia… estoy bien al igual que Mehiel… y eso es lo que importa, ¿verdad? – me dijo tomándome las manos.
- Te juro que a veces… - me detuve.
- ¿A veces qué?
- Nada… gracias.
- ¿Por qué?
- Por subirme el ánimo… - dije mientras me reía.
- Jajaja… así es como debes estar siempre. Con una sonrisa.
Entonces, después de eso nuevamente me quedé callada. Esperaba que el momento se diera, pero no sé si lo que yo quería era correcto, más ahora, y más aun con él. Me comencé a acercar a su rostro, en dirección a su boca, esa boca que me tenía un poco loca desde hace algunos días. Él no se movió. Entonces lo supe. Me estaba precipitando. No hallé ni una señal de que él quisiera besarme también, como yo quería besarlo a él. Sin embargo, no hacía falta leer sus pensamientos, para darme cuenta de que lo único que se hacía era resistirse a lo que se venía.
- Está haciendo frío… me voy a entrar a la capilla… - me dijo un poco nervioso. Lo noté en sus manos. - ¿Vienes?
- No… después.
- Ok.
Me sentí como una completa idiota. Nunca lo dudé.
Siempre fui impulsiva con mis sentimientos, aunque era la primera vez en la que yo daba el primer paso, y como ya me lo esperaba, no me resulto. Quizás sería mejor que no volviera a tratar.
Se iba la noche y comenzaba el amanecer. Los demás aun no volvían, pero debían estar por hacerlo.
Entré un rato para conversar con Beth acerca de lo que acababa de ocurrir. No podía aguantar no decírselo a mi mejor amiga, más si la tenía allí al frente.
- Me siento estúpida… es horrible… - le dije mirando el fuego de la chimenea.
- Ay, no te sientas así. Esas cosas pasan todo el tiempo.
- Pero generalmente es al revés… ahora sé lo que es correrle la cara a alguien cuando lo único que quieres es… besar… - me reí de mis mismas palabras.
- Jajaja… no te des por vencida… yo se que tú también le atraes a él…
- ¿Tú crees?
- Si… y pensar que antes no se llevaban tan bien como ahora… pero como es el dicho… los que pelean se aman.
- Nunca peleé con él.
- Bueno… discutían, lo que sea. Ahora… tienes una oportunidad, Em.
- El nunca va a querer estar conmigo, Beth.
- Siempre dices lo mismo cuando te gusta alguien. No confías en ti…
- No…
- Está mal, Em. Por eso nunca has tenido novio. Debes abrirle tu corazón… - me extrañé cuando Beth dijo eso. Nunca hablaba así si no era de broma, y ahora estaba seria.
- Jajaja… claro. No se…
- Confía en mí, y en ti también. Verás que todo puede ser.
- Se te olvida algo… yo—nosotras, no podemos tener relaciones amorosas… o lo que sea.
- Sabes que nunca hemos respetado las reglas ni normas ni leyes ni nada, Em. Así que si aún queda algo de Emily Christie Thompson Lee en ese traje de ángel… me harás caso.
Siempre Beth tenía algún consejo que darme, y aunque fuera muy estúpido, lo tomaba igual. Quizás, yo era la estúpida.
Dieron las seis de la mañana y los sentí llegar. No los notaba agotados, ni sangrando por alguna parte, ni siquiera el rastro de que hubieran tenido una pelea dura. Dijeron que solo había demonios rojos, y algunos negros, pero nada que no pudieran derrotar. Ni siquiera había habilis, ni dominus, ni nada. Era lo más extraño que mis oídos habían escuchado durante las últimas semanas. Claro que, Evan y Aidan llegaron directo a la cama. Eran unos flojos, y no sabía que iban a hacer si ni siquiera podían dormir. Eso me dio risa, en mi interior lloraba de carcajadas. Astrid conversó con Diana, y Natalie se apartó del grupo. La seguí. Se dirigió al jardín. Beth venía detrás de mí.
- ¿Lo viste, Nat? ¿Viste a Ziro? – le pregunté.
- Solo unos minutos. Evan estaba pendiente de aquello, de cada paso y movimiento que hacía, me seguía a todas partes.
- Estaba preocupado, tal vez Nat – le dijo Beth.
- No es necesario. Se cuidarme sola… ¿Qué se tiene que meter él con lo que yo tenga que hablar con su hermano?
- Tal vez porque él lo conoces, y sabe que es peligroso.
- No, Em. Te equivocas. Evan no conoce a Ziro… no tiene idea de la clase de persona que es su propio hermano.
- Tú tampoco lo conoces mucho, Nat. ¿Hace cuanto? ¿unos días? ¿y ya quiere ofrecerle tu ayuda?
- No se trata de que si lo conozco o no lo conozco, Beth. Creo que ustedes actuarían al igual que yo…
Notaba que Nat estaba algo cansada del tema. No la fastidiamos más. Confiaba en que ella sabía lo que estaba haciendo.


Elizabeth Prett


Eran las dos de la tarde. Gary llegaba generalmente a las dos y media, luego del almuerzo. Los hermanos “A” y Diana habían salidos a dar una vuelta a la ciudad nuevamente, y Emily conversaba con Caliel. Detrás le hacía barras. Natalie conversaba con Evan, pero no le veía muy buena cara. De seguro Nat le decía lo que pensaba acerca de su preocupación excesiva por ella, y todo lo demás. Eso esperaba. Mientras yo… me escabullía por la puerta de la capilla hacia la entrada principal. Justo en aquel momento, Mehiel llegó con Caliel para discutir el asunto del padre Erick. La policía había llegado hasta allí aquella mañana y Caliel les había inventado una “mentira piadosa” para que no nos echarán de la iglesia. Después de todo, el poseedor del recinto era el padre Erick. Obviamente, les ocultaron que seis jóvenes vivían en la parte de atrás del lugar, entre ellas tres que se habían escapado hace unos meses de Olidata sin dejar rastros. La policía no quedó muy convencida, pero los reporteros y periodistas hablaban del Apocalipsis, y cosas relacionadas con el Diablo, para explicar las ruinas de las iglesias a nivel mundial, y los sacerdotes que ya no quedaban en ningún lugar. Era señal de que algo maligno se acercaba.
Los policías no tomaron sospechosos ni a Caliel, ni a Mehiel, pero debían culpar a alguien, por lo que no se quedaron con la historia que nuestro guía les había contado. Tenía la sospecha que volverían, no rondarían el recinto en las noches, o quizás algunos días a la semana. Debíamos tener cuidado. Después de todo, no teníamos a donde más ir.

Volviendo al núcleo del asunto, aún trataba de escaparme sin tener que decirle nada a Caliel. Estaba segura de que me preguntaría hacia donde me dirigía, y aprovechándose que el mentir era algo tan difícil para un ángel, tendría que delatarme.
Mientras conversaba con Mehiel, y Emily me ayudaba a cubrirme, salí por la puerta de atrás mejor, para que la gente que se amontonaba a ver el cadáver del padre, no se percatara de mi presencia. Sin embargo y como siempre supuse, Caliel no era un tonto.
- ¡¿A dónde vas?! – me gritó desde adentro, escuchando todos, mirándome como si hubiera hecho algo malo.
- Eh… - no hallaba que decir. Era el momento en que Emily debía entrar en acción.
- ¡Ah! Vamos de compras… recuerda que no tuvo la oportunidad de comprar ropa cuando todas fuimos a eso…- dijo Emily saliendo conmigo.
- ¿En serio? – preguntó Caliel. Odiaba que hiciera eso, porque cuando mentíamos, aquellas dos malditas palabras, hacían que tembláramos de nervios.
- Si, Caliel. Y si no nos damos prisa, las cerraran… así que… ¿vamos? – me dijo Em.
- Eh… si – le respondí yo, y salimos por la reja, hacia un rumbo desconocido. Quizás Caliel sí tenía algo de tonto.
Cuando ya nos alejamos un poco, le pregunté a mi amiga:
- ¿Cómo lo hiciste para no titubear ni un segundo?
- ¿De que hablas, Beth?
- De la mentira que le dijiste a Caliel… ¿Cómo se te hizo tan fácil?
- No mentí… de verdad quería i de compras contigo Beth.
- Ay, Em. Sabes que voy a ver a Gary ahora… te lo dije.
- ¡Ah, sí! Disculpa, lo olvidé… - me dijo con una sonrisa en doble sentido.
- Y no empieces. La cosa es que… si se supone que salimos juntas, debemos volver juntas.
- Claro… ¿a que hora terminaras de tu cita amorosa?
- Como a las seis. Luego debo volver para… tú sabes.
- Ya. Estaré vagando por ahí…mientras te besuqueas con—
- Para de decir eso, Em – dije riendo.
Me alejé en dirección a la heladería de los abuelos de Gary. Emily aun seguía parada en la esquina, tal vez pensando que hacer por mientras.

Llegué temprano, y el local estaba abierto. Entré y pregunté por Gary, pero no había llegado aún. Los abuelos eran simpáticos y amables, al contrario de sus padres.
Eran ya las dos y media y Gary no llegaba. ¿Qué me pasaba? Cualquiera puede retrasarse, yo lo sé por experiencia propia y diaria de mi vida. Aun así, no estaba tranquila. Me puse mirando a la calle, y me apoyé en la maquina de helados un momento. Cerré los ojos y comencé a buscarlo. Fue algo muy rápido. Miré varias personas por las calles, mientras hablaba, algunas peleaban, otras reían, y otras solo miraban. Entre ellas, vi a Gary luego de echar un vistazo velozmente y me miró. Nunca me había pasado eso. Si me miró era porque…
Abrí los ojos de pronto y me asusté al ver su cara en frente de la mía, riendo de mi condición. Me eché hacia atrás cuando lo vi.
- ¿Te asusté? – me dijo entre carcajadas.
- No… o sea, un poco… - le dije algo impresionada. – No te sentí llegar…-.
- ¿Qué hacías?
- Te buscaba… es decir… nada.
¿Cómo pude haberle dicho eso? Que estupidez. Da igual, después de todo, Gary no es de esas personas que todo lo encuentran raro, sino más bien, se ríe sanamente de aquellas cosas. Estaba segura de que yo era un chiste para él.
- Muy bien… entonces… ¿A dónde vamos?
- ¿Dónde me llevarás?
- No se… ¿Qué quieres hacer?
- Da igual. ¿almorzaste?
- No.
- ¿No? Entonces vamos a comer algo.
- No… no como - ¿Qué me pasaba? ¿Por qué no podía decir algo que no fuese verdad?
- ¿No comes? Jajaja… vamos. Yo invito.
- Tú ya comiste, Gary.
- No importa… me alcanza para otro almuerzo. Vamos…
- La verdad es que ya almorcé.
- No intentes engañarme… yo sé que no, Beth.
- ¿Me dijiste Beth?
- Si… ¿ya no te dicen así?
- Si, es que… no lo acostumbras…
- Bueno—ya no me cambies el tema. Vamos a comer.
- De verdad que no quiero. Comí algo antes de salir, en serio…
- ¿Por qué es tan fácil pillarte en las mentiras, Elizabeth?
- Jajaja… será porque—
No lo digas, no lo digas, no lo digas, no lo digas, no lo diga, no lo digas, no lo digas, no lo digas, no lo digas…
- ¿Por qué?
- Vamos a dar una vuelta y nada más.
Lo tomé de la mano y caminé hacia cualquier dirección que se me ocurrió. Se detuvo un minuto para saludar a sus abuelos, y luego me siguió.
Entramos a la carretera. Ahí supo donde lo llevaba.
- Jajaja… ¿quieres ver un crepúsculo de nuevo?
- No sé si me quede para cuando eso suceda… hoy tengo que irme más temprano…
- Bueno… con este clima, de seguro oscurece a las seis.
Comenzó una lluvia suave, pero con un poco de calor. No dejamos mojar. Caminamos a hacia la cuesta, a la orilla del camino, conversando y contándonos cosas más intimas. Comenzaba realmente a confiar en él, y me desconocía, ya que a mí me tomaba meses posar mi confianza en una persona. Pero Gary era distinto. Y ahora que conversaba con él, recordando el día viernes, me acordé de algo.
- Antes que tu mamá llegara a buscarte, había algo que me ibas a decir…
- Ah… si… - me dijo mirando el asfalto. – Quizás te lo diga después…-.
- ¡No! Me dejarás con la duda…
- Créeme que te lo diré… pero no ahora, ¿sí?
- Mmm…
No podía hacer eso, yo era la persona más curiosa que conocía.
Pasamos una hermosa tarde juntos, conociéndonos más, hablando de nosotros, y tratando de ser lo más sincera posible, sin mencionarle nada que no debiera. Fue como muchas tardes al lado de Gary, especiales. Empezaba a convertirse en mi mejor amigo.


Nathalie Denat


Sin demonios fuertes, sin Eliott ni su estúpida Triada… así pasaron dos meses de siquiera una batalla en serio. Lo único que había en las noches eran, demonios sin importancia, y algunas personas poseídas en el centro de la ciudad. De eso se encargaban los guías, Caliel y Mehiel, ya que la gente les creía más que eran exorcistas, que a un grupo de jóvenes de entre diecinueve y dieciséis años.
Sin embargo, hubo una celebración. El cumpleaños de Caliel. Por supuesto, Emily no podía dejar pasar la oportunidad para que él se fijara un poco más en ella. Además, Em amaba hacer regalos, fiestas y esas cosas. Ese día, dos de Abril, despertamos con cosas ricas para comer, aunque solo eran para el cumpleañero y Mehiel, quienes eran los únicos humanos entre nosotros, y tenían algo de estomago.
Lo sacamos a pasear por entre los lugares lindos del país, en un solo día. No nos alcanzó para conocerlo todo, pero la pasamos muy bien aquella tarde. Reímos arto, y todos compartían con todos. Se formó un ambiente muy grato y armonioso. Todos dieron sus saludos, regalos y formas de demostrar lo mucho que querían a Caliel, lo conocieran de antes, o después. Emily guardó su regalo para después. Quería dárselo personalmente, y solo nosotras lo entendimos. Emily dijo, que para que no se notara extraño, le dio un obsequio menos importante cuando todos entregaban sus regalos. Había guardado lo importante para después.
Según yo, y mis amigas, aquel día había sido el mejor que habíamos tenido desde que nos había pasado esto. El cambio, nueva vida, nuevas limitaciones, etc. Definitivamente, necesitábamos un descanso.

Por otro lado, nunca dejé de ver a Ziro. Lo veía por lo menos dos veces a la semana, a veces más. Y aunque solo podíamos conversar de lejos, aprendía a conocerlo cada vez mejor. Yo sabía que no estaba equivocada. Él era una gran persona dentro de aquel traje de demonio que llevaba puesto siempre, sin poder sacárselo. Lo malo era… quizás no malo, peo tenía miedo. Tenía miedo de que me empezara a gustar, que me atrajera como nunca nadie me atrajo antes. Había tenido bastantes relaciones como para darme cuenta y saber que podía salir lastimada si no me fijaba con quien estaba. Yo sabía con quien estaba… y ese era el problema. Sin embargo, Evan no se salía de en medio. No sé que tanto interés por lo que me pasara o lo que Ziro podría hacerme.
Unos días después de que los Ángeles del sonido llegaran, Evan se juntó con Ziro y hablaron en un lugar muy personal que ellos tenían desde siempre en cualquier lado. Yo no encontraba para nada personal un paradero de bus abandonado a mitad de carretera, con los fierros asomados a la cuesta, donde corría mucho viento. No pude asistir a ese encuentro, pero Ziro me contó algunas cosas, que Evan le había hablado.
- Ya sabes, que me alejara de aquí, sobretodo de ti, Nathalie. Que su guía, Mehiel, ya le había dicho que si no me mantenía alejado de donde ellos estaban, podría lamentarlo… blablabla…
- ¿Qué te pueden hacer? – le pregunté.
- Nada que me importe… aunque fue un trato. El que yo me mantuviera lejos de donde él y su grupo estuvieran, fue algo que acordamos hace algunos años, junto con la promesa de que no lastimaría a nadie. Eso no me costó prometerlo. Nunca me he aceptado como demonio, por lo tanto, no tenía pensado lastimar a nadie. Hasta que te conocí…
- Para con eso… no es tu culpa.
- Bueno… aparte del regaño, hacía mucho que no veía a Evan. Me contó lo que hacía, sus poderes, su vida luego de que pasó la muerte de nuestros padres… lo poderoso que se había vuelto en sus entrenamientos… cosas así… y sabes, siempre tuve algo de envidia contra él… siempre me preguntaba, ¿Por qué él y no yo? ¿Por qué lo elegiste a él y no a mí para servirte? ¿Por qué yo tengo que ser algo que no quiero ser?... era horrible pensar que fuésemos tan iguales y tan diferentes al mismo tiempo. Y sin embargo, luego de escucharlo decir todas las cosas que sabía hacer… me sentí tan orgulloso de él…
Le costó explayarse, pero logró contar lo que sentía sin rodeos hacia mí. Me emocionaba al oírlo decir aquellas palabras, que le salían directamente del corazón. Aun así, pensaba que no me había dicho todo lo que conversaron.
Tenía la impresión de que se veían constantemente, pero no era algo que me molestaba, de hecho, me daba gusto que se levaran bien. Si se veían, suponía que se llevaban bien.


Emily Thompson


- Tengo… un regalo para ti – le dije mientras caminábamos hacia el jardín. Faltaba poco para el ocaso, y eran cerca de las siete.
- ¿Otro? – me respondió Caliel impresionado.
- Me gusta hacer regalos – le dije sonriendo.
- Jajaja… no sé si merezco tantos…
- ¿Qué dices? Por supuesto que si… sígueme.
Salimos a la calle por la puerta de atrás. Definitivamente esa puerta se había convertido para nosotros en la principal.
Hacía mucho frío, pero no llovía. Nos fuimos caminando de todas maneras, si o llevaba volando, seguro que se congela. Arriba había grados bajo cero.
- ¿Dónde me llevas, Emily? – me peguntaba cada cinco minutos.
Obviamente no le respondía, aunque solo le sonreía cuando me hacia esa pregunta. El sol había salido cerca de las cinco, solo para quedarse un par de horas. Además, de nada servía, el frío no se iba ni se reducía.
Entramos por el bosque, saliendo de Olidata, llegando al cementerio.
- ¿Me traes al cementerio? – me dijo un poco exaltado.
- Eso parece…
- ¿Y… que? ¿Tu regalo es… no se… despertaras algún muerto y harás que baile para mí?
- ¿Puedo hacer eso?
- Eso debería preguntarlo yo…
- Jajaja… nada de eso. De hecho, no te traigo al cementerio en sí. Ven.
Lo llevé cerca de los matorrales, en donde el cementerio se terminaba. Entre algunos árboles y más allá un sauce, una fuente de unos cinco centímetros de radio, totalmente limpia y bien cuidada, reposaba llena de agua cristalina, con el fondo azul intenso, y la luz del atardecer quebrándose entre centellas sobre el agua limpia. En el centro, una estatua de un querubín, o algo así, relacionado con un ángel, con los brazos alzados, y desde sus manos, salían chorros de agua hasta chocar contra el agua de la fuente. El color gris refulgente del cemento de toda la fuente junto con la estatua, le hacia un efecto más hermoso y más inspirador.
- ¿La fuente? – preguntó mirándome.
- Solo… observa.
Alcé mi mano derecha sin venda junto con la izquierda siguiéndola. El agua de la fuente se levantó al momento en que moví mi extremidad, danzando conmigo, formando mil figuras cristalinas, goteando a veces. Caliel miraba atento y muy ilusionado. Los ojos le brillaban como nunca, y se reía de la impresión.
- ¡Emily! Esto es… hermoso.
Movía mis manos hacia todos lados, suavemente, bailando con el agua. A veces manejaba a mi manera el líquido sobe Caliel, que a veces levantaba las manos y terminaba mojándose. El viento lo hacía aún mejor. Estuve varios minutos así, hasta que al final – dejando lo mejor para el final - , formé un corazón, que luego de observarlo, se hizo remolino y nos juntó inesperadamente, formando una espiral alrededor de nosotros, quedando un tanto empapados. Estábamos muy cerca. Me puse nerviosa como nunca, pero traté de disimularlo.
- ¿Te gustó? – le pregunté.
- Por supuesto, Emily. Es hermoso… nunca me imaginé que pudieras manejar el agua así – me dijo riéndose repetidamente. Quizás, por los nervios.
- Yo tampoco… Jajaja… si no puedo manejarla así, no podría llamarme mitad ángel ¿no?
- Claro…
Hicimos una pausa, mientras el espiral no dejaba de mojarnos mientras giraba.
- Creo que… este es el primer cumpleaños que celebro… por lo menos desde que tengo memoria… - me dijo sonriendo. – Y… honestamente, ha sido el mejor que tendré…
- ¿En serio? – le dije con una sonrisa hipnotizada. Parecía imbécil mirándolo de esa forma.
- Si… y… tú lo has hecho mejor, Emily. Este es el mejor regalo que pude recibir.
No sé si eso lo dijo para conquistarme en aquel trance, o lo dijo sinceramente. Prefería pensar en la segunda opción, más aun si no podía entrar en su mente. Ahora más que nunca deseaba saber lo que estaba pensando.
Mis manos sudaban un poco, pero cuando él las tomó entre las suyas, mis nervios se escondieron. Me acerqué lentamente, para ver si él se alejaba, tomando un rechazo, pero me miro fijo a los ojos, y los míos se posaban en los suyos, al mismo tiempo que se me tornaban azules iluminados. Tenía miedo, pero luego pensé en las palabras de Beth, y me dejé llevar. Corría un viento heladísimo que hizo erizar los vellos de los brazos, y temblar un momento. El agua cayó en seco alrededor de nuestros pies, formando un círculo de humedad en el pasto, mojándonos levemente la ropa. El atardecer ya se había realizado.


Diana Crown


A menudo iba con Aidan a Olidata, a un edificio que parecía teatro, en donde el cuarto piso estaba totalmente desocupado a eso de las seis y siete de la tarde. El trabajo que había conseguido junto con Nathalie había quedado para antes, después de las dos. Lo mejor de aquel piso, es que en una de la habitación, bastante amplia, había un piano de cola negro y casi nuevo. Brillante y bien limpiado. Siempre veíamos al auxiliar sacarle brillo antes de entrar por la ventana. El teatro se desocupaba a las seis, y volvían a las nueve para revisar cosas de dirección y otros. A veces, algunos se quedaban ensayando en el segundo, bailarines y bailarinas de todas las edades, ballet y música suave. Aquello me traía recuerdos tan bellos, que me daba una nostalgia inmensa espiarlos por la ventana. Me volvía al cuarto piso a escuchar a Aidan tocar con gran pasión el piano, mientras yo, sentada en una esquina de la habitación, escuchaba la resonancia del sonido de las teclas invadir todos los rincones del sitio. Tocaba canciones y melodías hermosas, que me hacían entrar en la mayor serenidad en la que nunca habría entrado sin haberlo conocido.
- ¿Quieres tocar? – me dijo una tarde, a principios de mayo.
- Eh… la verdad es que no se…
- Si… si sabes tocar. El primer día que vimos el piano te volviste loca tan solo al verlo, y comenzaste a entonar una melodía, corta, pero hermosa.
- No era nada…
- Vamos, Diana. Quiero escucharte.
Hacía bastante tiempo que no tocaba. Menos un piano de cola, tan prestigioso que era para mí el solo ver las teclas. Pero ese día, Aidan me convenció de tocar cualquier cosa que supiera.
- Solo se algunas canciones de series animadas…
- No importa… vamos. Toca.
Naturalmente, lo hice. Los dedos prácticamente se me movían solos. No sabía por qué, pero la canción me estaba saliendo bien. Duraba unos dos minutos, cuando la tocaba en el teclado de mi casa. Aquí, duró más de tres minutos, dándome el tiempo de pulsar cada tecla blanca y negra, agregándole la armonía que necesitaba. Me di cuenta de que no era yo.
- Aidan… - dije al terminar la canción. No quise interrumpirla antes.
- ¿Qué?
- Sé que fuiste tú… me ayudaste a tocar.
- Fuiste tú, Diana… y tu pasión por tocar…
Quizás tenía razón.
Así nos divertíamos casi toda la semana. Había veces en que veníamos más temprano, mientras ensayaban en los otros pisos, sin ocupar el piano. Para eso, Aidan bloqueaba el sonido de la habitación para que no se expandiera hacia los otros pisos y así, no nos encontraran.

Con respecto a Alan… cada vez lo veía menos. Lo pasaba a buscar a la universidad de Garamond, unas dos veces a la semana. Siempre tenía que estudiar, a veces se iba con amigos a hacer grupos de estudio, a veces se quedaba más rato en el establecimiento, estudiando. Nunca me había relacionado tanto con un joven que fuera tan… estudioso, inteligente, responsable, correcto… y lindo.
A pesar de todo, yo sabía que él me tenía cariño aún. Se juntaba con amigos y amigas, pero a veces dejaba de estudiar y salir con ellos para estar conmigo. Sabía lo que pensaban alguno de ellos. No podían creer que se relacionara con una niña como yo, de apenas dieciséis años, que no iba al colegio, que se peinaba raro, que era rara, que se vestía raro, y que más encima, aparte de todas esas críticas… era bella. Mi figura, mis piernas, mis ojos, mi cintura… era casi perfecta.
Bueno… eran alguno de los pensamientos de sus amigos. Yo sola me reía cuando pensaban idioteces. Me acostumbraba. Sin embargo, a pesar de que nos veíamos poco, encontraba que se esforzaba mucho por lograr ser médico. A veces me daba rabia que no saliera conmigo o que no nos viéramos porque tenía que estudiar. Pero luego reflexionaba y me explicaba a mí misma que era su deber. Su futuro era más importante que yo, y estaba bien.
De todos modos, aun recuerdo cuando me dijo a finales de abril, mostrándome un examen que según él era difícil, y que había tenido la calificación máxima. La semana anterior habíamos ido al parque de diversiones, y el resto de los días se la pasó estudiando para eso.
- No sé porque… pero... – no lograba decirme lo que pensaba, ni tampoco quería precipitarme a usar mi artimaña.
- Dime…
- Cuando estoy contigo, siento que me va mejor en mis quehaceres, que cuando no te veo – se sintió un poco tonto luego de decírmelo.
- Jajaja… tus buenas notas se deben a tu estudio, no a mí.
- Pero es que… es extraño… pero no mentira. Es verdad, Diana. Curiosamente, cuando nos vemos y la paso bien contigo, me siento… con ganas de hacer cosas. Con ganas de estudiar, de ser el mejor, de ser… medico, de ser alguien importante.
- O sea… ¿Cuándo no nos vemos te va mal?
- No es que me vaya mal, pero no siento lo mismo los siguientes días cuando no te veo, que los días que siguen cundo te veo. Es diferente, y me doy cuenta.
- Jajaja… es lindo de tu parte. Pero insisto… tus logros se deben a tu esfuerzo, no a mí.
Calló su boca. Parece que había logrado convencerlo, pero no del todo. No le diría que su éxito se debía a que yo era un ángel que predicaba el bien, que irradiaba felicidad, esperanza, y… éxito. Era algo incontrolable, pero me gustaba, y me sentía bien por él.
Claro. Ahora pasaba más tiempo con Aidan. Era mentira eso de que no le quitaba los ojos de encima. Todas pensaron que me gustaba, pero no era así. No me gustó ni me gusta, ni me gustará. Al menos, eso tengo pensado. Sin embargo, a veces lo miro… y no sé qué pensar. Espero que no haya leído mi mente cuando lo quedo mirando pensando en un futuro juntos.
Pero en fin. Alan y Aidan eran los hombres con los que más relacionaba, un poco diferentes, pero… ¿en la variedad está el gusto?


Emily Thompson


Un día se me ocurrió seguir a Diana y Aidan cuando se dirigían a vigilar el teatro de Olidata, en el atardecer. Los había escuchado hablar de aquel lugar y sobre un piano de cola negro, de esos que había en mi liceo antes de irme. Sin embargo, se dieron cuenta de que los seguía desde el pueblo. Pero no le dieron importancia, sobretodo Diana. Creo que la sentía diferente o más simpática desde que habían llegado los Ángeles del Sonido, Aidan.
No sabía porque, pero cuando los escuchaba tocar, me sentía en paz y tranquilidad. Aidan tocaba precioso y Diana casi lo lograba. Me recordaba a mí cuando iba al salón de música del liceo, a tocar las canciones que sacaba en mi casa, en el teclado. De hecho, ambos me hicieron tocar. Y por algún motivo, no me dio tanta vergüenza como pensé que me iba a dar, sobre todo pensando que mientras se me movían los dedos, mi voz debía sonar con melodía, cantar…

Días después, solo veníamos Diana y yo. Aidan acompañaba a su hermana a vigilar Lathalia, cerca de la carretera, por lo que no nos pudo acompañar por algún tiempo. Era a finales de Mayo, y con Diana las cosas iban bien. El piano nos acercó mucho en aquel tiempo, mientras tocábamos y cantábamos, contando nuestras historias, riéndonos y aprendiendo a conocernos. Después de todo, Diana era una buena persona, simpática y muy divertida. Reconocía que era culpa mía que no hubiéramos hablado antes, la falta de comunicación y mis malos comentarios. Era una persona callada y poco sociable ante las personas que no conocía, pero eso ya no iba conmigo. De hecho, con los otros Ángeles aprendí a abrirme más. Me ayudó bastante todo lo que pasó con Diana. Me enseñó cosas que no había conocido hasta esa fecha, charlábamos cosas que teníamos en común, me contó su vida, y yo la mía… y mientras eso, me halagaba porque decía que le encantaba como tocaba el piano. A decir verdad, creía que ella lo hacía mucho mejor que yo, pero cada una tenía su estilo. A las dos nos ganaba Aidan, era nuestro ídolo… aunque Diana lo veía más que eso, y nadie me haría cambiar de opinión.

lunes 2 de febrero de 2009

CAPITULO XXVIII

Al rato después, apareció Evan frente a los demás jóvenes, también mojado por la lluvia. Se sacudió un poco el pelo y luego se secó las manos en sus pantalones.
- ¿Y Nathalie? – dijo a todos.
- Dijo que saldría a dar una vuelta… - le dijo Elizabeth.
- ¿Sola? – preguntó un poco sorprendido.
- Eh… si – le respondió Elizabeth, extrañada por su actitud.
- Sabe cuidarse sola, Evan… no hay de qué preocuparse – le dijo Diana.
- Claro… - dijo sentándose en el borde de un sillón, al lado de Astrid.
- ¿Para qué te llamó Mehiel? – le preguntó ésta.
- Nada importante… - le dijo mirando el suelo. No podía romper el silencio de decirle a todos lo que su hermano era. Ni siquiera que tenía un hermano. Nadie lo sabía más que la gente que había entrado a la biblioteca hace unos minutos, y algunos demonios, como la Tríada.
- Oye, Evan, estábamos pensando con las chicas, ir a conocer el lugar. Olidata, Garamond, Lathalia y otras ciudades y pueblos más al norte. Quizás llegar a la costa… debemos conocer bien por donde estamos batallando… - le dijo Aidan.
- Me parece genial.
- Aunque, debemos estar aquí antes de las siete. Hoy empezaremos antes, creemos que por la llegada de ustedes, habrán más demonios rondando por aquí… - dijo Emily.
Todos estaban de acuerdo. Los seis jóvenes se dirigieron entonces a Garamond primero, ya que era más grande que Olidata. Miraron muchas cosas aparte de reconocer el lugar. Cosas que en América no estaban, y que ahí, surgían en gran cantidad. Diana no se separaba ni un minuto de Aidan, y Elizabeth le decía a Emily que ya le había echado el ojo, solo bromeando. Sabían que no era posible una relación más que la amistad entre ellos. Al igual que Diana, Astrid no se despegaba de Evan. Esa es una historia más añeja. Astrid estaba enamorada de Evan desde hacía mucho tiempo, casi desde que lo conoció. Por supuesto, lo ocultaba lo que más podía, pero no fue suficiente para que su hermano no se diera cuenta de lo que ocurría. Lo mantenían en secreto, aunque Evan no era tonto. No sentía nada por Astrid, más que una linda amistad.
Aquello era complicado. Astrid no sabía cómo seguir ocultándolo a veces, pero debía hacerlo para que Mehiel no se diera cuenta, ya que si sabía, las consecuencias podían ser severas, para ambos. Mehiel era más exagerado que Caliel, y se podría decir que esto se debía a que era más viejo, y tenía más experiencia.


* * *


- ¿Llegaron, verdad? – preguntó Caliel a Siria.
- Si… esta mañana… están en compañía de los Ángeles de los Elementos – le respondió ella.
- Avísame si tiene más noticias… ahora, llama a Aarón y Scarlette, por favor.
- Sí, señor.
En unos segundos, el par de hermanos mitad demonio aparecieron frente a Caliel. Éste los miraba con ojos llenos de odio, con ojos rojos y serios. Scarlette se adelantó unos pasos, y habló.
- Eliott… lo siento, me descontrolé… yo solo quería probar al ángel del aire… por favor, yo—
- Cállate.
- Eliott, por favor escúchanos – le dijo Aarón.
- No tengo excusas que escuchar. Su misión era vigilarlas y solamente eso. Nada más.
- Discúlpame, Eliott… - le dijo Scarlette agachando la cabeza.
- El perdón no existe aquí, linda. O hacen lo que les pido, o se van al Inframundo y de ahí no salen más. Ya estoy hartándome de sus malos planes, que lo único que hacen es ponerme en ridículo frente a la Tríada. Así que para la próxima, piénsenlo bien antes de enfrentarse a ellas de nuevo…
- Sinceramente, creo que eso es lo que nos falta, Eliott. Luchar contra ellas, para fortalecernos nosotros. No progresaremos si las vigilamos día y noche. Tarde o temprano nos descubrirán…
- Sigan el plan. Créanme que no será por mucho tiempo… y dejemos el titubeo. Soy su señor Eliott, otra vez… y no otra cosa.
Ambos agacharon la cabeza nuevamente. Eliott estaba enojado, pero se controló frente a sus sirvientes, solo porque ya los conocía desde hace mucho. Convocó a la Triada entonces.
Los llamó a todos por sus nombres, los cuales fueron apareciendo por orden. Ya todos sabían que los Ángeles del Sonido estaban en Saint, acompañado de las otras niñas, por lo que restaba seguir el plan.
- ¿Y qué haremos esta noche, Eliott? – preguntó Arkanus, quien ahora había encontrado un cuerpo fijo, el cual pertenecía a un joven cualquiera, bastante apuesto, de cabello rubio más o menos oscuro, y rasgos de unos veinte años.
- Estoy pensando si esta noche… la dejamos pasar… - dijo él.
- ¿Dejarla pasar? No creo que sea lo mejor, Eliott – le dijo Luffer.
- Si… quizás sea más entretenido ahora que esos idiotas llegaron… - dijo Lorian, sentándose sobre un mueble inservible en aquel basural.
- Es que… veo que el plan va lento aun, y no creo que sea bueno enfrentarnos sin mucho poder… - dijo Eliott.
- Jajaja… ¿de que hablas? Las Ángeles de los Elementos son tan débiles como Luffer hace dos años – dijo Arkanus.
- ¿Perdón…? – le dijo ella.
- Solo era una broma, amor… - le dijo a carcajadas, tirándole un beso al terminar.
- No las subestimes, Arkanus… - le dijo Eliott. – Yo he luchado contra ellas, y créeme que aunque yo haya sido el ganador en ciertas peleas, no les quitas lo que tienen oculto dentro de sí misma, que en cualquier momento pueden revelar…
- Entonces, ¿por qué tu plan es dejarlas ser más fuertes si ahora tienes miedo de enfrentarlas? Como por ejemplo, ¿por qué dejaste que el ángel del agua se liberara de aquel demonio que tenía dentro? – le preguntó Valkyria.
- No tengo miedo, Valkyria… - le dijo parándose de forma rápida se su silla, y caminando hacia ella, quedando frente a frente.
- ¿Entonces… que? – le dijo ella sin miedo.
- Estoy viendo para el futuro… si ellas se hacen más fuertes… valdrá la pena que este mundo quede completamente destruido cuando nos enfrentemos… y mientras antes, mejor.
- Yo te entiendo, Eliott – le dijo Eebaiv, que había permanecido un rato callado. – Creo que es un plan que hay que seguir hasta que consigamos los suficientes poderes que necesitamos para pelear contra ellas. Mientras ellas se hacen fuertes, nosotros también… así, al final, será una batalla que todos recordarán… claro, como nosotros vencedores…
- Si… estoy de acuerdo, también… - dijo Lorian.
- Lo que sea… - dijo Luffer, tocándose el cabello.
- Espera… ¿estás diciendo que desaparezcamos por un tiempo, mientras ellas derrotan a nuestros sirvientes, los demonios rojos, y nos quedamos sin resguardo? – le preguntó Arkanus.
- Eso depende… quizás no desaparecer del todo. Podríamos hacer nuestras apariciones cuando estemos aburridos, y quizás matar a uno que otro ángel en la espera… o empezar a matarlos desde ya… - dijo Eliott volviendo a su silla, con una sonrisa. Algunos rieron de respuesta, otros callaron.
- Bien… puede ser… - dijo Valkyria.
- La idea es encontrar a esas personas lo más rápido posible… - dijo Eliott.
Todos entendieron que el plan seguía en pie, y que debían completarlo lo antes posible. Mientras tanto, tendrían otros para entretenerse con los Ángeles.
Casi se retiraban, cuando Valkyria se detuvo y cerró los ojos medio segundo. Olfateó el aire que pasaba por ahí.
- Jajaja… tenemos un invitado inesperado – dijo dándose la vuelta, mirando en dirección a la salida del callejón. Había un poco de luz al final.
Todos la siguieron, incluso Eliott.
En efecto, desde lo lejos, atravesando el polvo que entraba por los agujeros de las paredes de lata, aplastando papeles y basura en su camino, caminaba normalmente Ziro hacia el grupo.
- ¡Ziro! Mi gran amigo… - le dijo Eliott parándose de su silla.
- No sabía que éramos amigos – le dijo éste deteniéndose un par de metros delante de Eliott.
- Podríamos serlo… si tan solo aceptaras mi proposición que te la vengo diciendo desde hace un par de años atrás… únete a la Tríada, Ziro.
- Ya te he dicho, no me interesa ser parte de la Tríada…
- Y aún así estás aquí…
- No he venido a unirme… he venido por Luffer.
Al decir esto, miró la jovencita con unos ojos muy ofensivos. Luffer sonrió coquetamente y camino lentamente hacia Ziro con pasos de modelo y haciendo del cemento su pasarela.
- Ya tienes diversión, puta – le dijo Valkyria entre carcajadas. Luffer no le prestó atención.
- ¡Mierda! Quería llamarla primero… - dijo Arkanus a la multitud.
Luffer llegó en frente de Ziro y le estiró la cara para besarlo. Ziro retrocedió y la miró sin ninguna expresión en el rostro.
- Necesitamos hablar – le dijo con voz ronca.
- Háganlo en otra parte y en otro momento… necesitamos reanudar la reunión – les dijo Eliott.
- Serán un par de minutos Eliott – le dijo Ziro, tomando del brazo a Luffer y llevándola por donde había entrado, detrás de unas cajas. El lugar era oscuro y siniestro.
Luffer lo acorraló a la pared y comenzó a besarlo por el cuello, luego la mejilla y la nariz, muy suave. Se acercaba a la boca.
- Luffer… no –le dijo Ziro corriendo nuevamente su cara.
- ¿No quedaste satisfecho con la última vez? Por algo viniste a visitarme… - le dijo mientras le desabrochaba los pantalones negros y trataba de bajárselos con cuidado. Ziro miraba hacia todos lados. No quería caer en la tentación. Sin embargo, cuando iba a intentar de hacer algo, el ambiente cambió completamente. Abrió exageradamente sus ojos, para encontrarse con un campo de pasto verde, lleno de flores y rosas rojas. El cielo era azul intenso, y las nubes blancas como de algodón. Un sol entre las montañas más allá, y aire fresco. Era un día ideal.
- Luffer, por favor… tus ilusiones no funcionan conmigo… - le dijo mirándola, y deteniendo el acto sexual de parte de la joven. Ésta estiró las rodillas, y quedó frente a frente con Ziro. La ilusión desapareció.
- Antes si…
- Ya no… y te equivocas si piensas que he venido hasta aquí para estar contigo, como antes… - Ziro salió de entre la pared y la chica. Caminó unos pasos detrás de Luffer.
- ¿A qué has venido, entonces? – le sonrisa se borró de su hermosa cara.
- A lo contrario, totalmente… - la miró a los ojos, diciendo la verdad. Luffer no se rió un segundo más.
- ¿Qué?
- Ya no quiero estar contigo, Luffer…
- No pensabas lo mismo la última vez que nos vimos… - le dijo acariciándole el cabello rubio.
- Es que ya no me gustas… de verdad, no quiero verte más…
Luffer volvió a mostrar sus dientes en respuesta del comentario de Ziro.
- ¿Estás seguro de lo que dices?
- Por supuesto…
- ¿Hay alguna otra chica entre esto?
- Jajaja… si crees que en lo único que pienso es en sexo, estas muy equivocada.
- Conmigo quizás era en lo único que pensabas.
- Porque tú te prestas a eso, Luffer. ¿Crees que no se que no soy el único al que te gusta…?
- Dilo, Ziro – dijo entre risas.
- Sabes muy bien a lo que me refiero…
- Eso es a lo que un demonio se dedica, Ziro… entre otras cosas…
- Que lastima que yo no sea uno de ustedes…
- Jajaja… no sacas nada con seguir negándolo, amor… lo creas o no, eres un demonio en tu totalidad, y uno muy fuerte… y… muy bueno en otras cosas.
- Basta, Luffer. Me da lo mismo lo que piensen los demás…
- Deberías aceptar la oferta de Eliott… no sabes lo bueno que sería para ti…
- No me interesa, Luffer – Ziro estaba listo para irse, luego de abrocharse el pantalón. Iba encaminándose, cuando la joven lo detiene con una mano, y le susurra al oído:
- No estaré allí cuando quieras buscarme de nuevo para satisfacer tu deseo sexual, Ziro…
- Tranquila… no volveré a llamarte.
Se retiró por donde había llegado, caminando hacia la luz de afuera.
- ¡No puedes seguir toda tu vida negando lo que eres! ¡Eres un puto demonio! ¿me oyes? – le dijo mientras el otro no dejaba de aminar hasta desaparecer.
Aquellas palabras, que mejor dicho gritó, se oyeron por todo el callejón. Arkanus y Valkyria estaban muertos de la risa por lo que habían escuchado, y al volver Luffer, se dieron vuelta para seguir riéndose.
- Perdiste a tu juguete, Luffer – le dijo Lorian sentado a un lado.
- No hay caso con Ziro, Eliott… - le dijo la joven que se sentaba en el piso.
- ¿Qué te dijo? – le preguntó Eliott.
- No podemos seguir contando con él cuando nunca ha estado… - dijo Luffer algo molesta.
- ¿Pero, que te dijo a ti? – preguntó Arkanus.
- Que… no me quería volver a ver… para nada.
Esto causó más risa de la que Luffer creía que iba a causar. Miró al parcito con una mirada de odio, ojos rojos.
- ¿Se acabó la “puta Luffer”? – le dijo Valkyria.
- El que Ziro ya no me tome en cuenta, no significa que deje mis… dotes de demonio.
- Claro…- le dijo Arkanus, aun riéndose por dentro. Sabía que algo que le molestaba a Luffer, era ser rechazada por un hombre, o un demonio.
- Entonces… si Ziro no está de nuestro lado, está del lado opuesto…- dijo Eebaiv, caminando hacia el centro de la junta.
- Lo consideramos nuestro enemigo y punto – dijo Lorian.
- No estoy seguro de eso… - dijo Eliott seriamente desde su silla.
- ¿Qué quieres decir? – le dijo Arkanus.
- ¡Hasta cuando vas a creer que Ziro estará de nuestra parte, Eliott! Tienes esa maldita esperanza desde que se convirtió en un demonio – le dijo Valkyria.
- No es esperanza… es jugar bien, con las piezas correctas, Valkyria – le dijo Eliott. – Ziro es un demonio muy poderoso, casi como lo son algunos de aquí, y el tenerlo de nuestro lado seria una ventaja enorme…
- Pero no querrá… yo creo que también tiene algo que ver con su hermano-copia angelito… - le dijo Lorian.
- ¿Evan? – le dijo Arkanus.
- Si… está metido en las decisiones de Ziro… - le dijo Lorian.
- No creo… Ziro ha tenido esa decisión desde que lo llevamos al Inframundo – dijo Eebaiv.
- ¿Creen que… deberíamos eliminarlo? – preguntó Luffer.
- No… no aún. Hagan lo que acordamos. Sigan el plan, busquen a esas personas, entreténganse, porque la vida es larga… - dijo Eliott.
Después de un instante nadie dijo nada, ni siquiera para dar su opinión o reclamar. Eliott, como siempre, permaneció allí, pensativo. Debía dedicarse a seguir el plan también, por lo que no perdió el tiempo, y decidió ir a la búsqueda.


Nathalie Denat


Caminé un largo rato sin sentido. Pensaba muchas cosas a la vez, y entre ellas, en Ziro. Encontraba muy interesante que después de todo lo que se le juzgara por ser un demonio, uno de los fuertes, fuera alguien con un corazón que necesitaba agrandarse. Además, sentía que Evan no lo apoyaba en ese sentido. No confiaba en él como para ayudarlo a salir del problema en el que se veía envuelto. Eso me daba tristeza, porque sé que de alguna manera, Ziro podría dejar de ser demonio y convertirse por lo menos en un humano, con la ayuda de alguien. Por lo menos, yo estaba dispuesta a dársela.
Pasé por una calle y me llamó la atención solo una cosa. En ambas esquinas de la calle sin salida, el pasto estaba negro y amarillo en otros sitios, marchitado y descuidado. Miré más al fondo y no había nada más que papeles y diarios botados en el suelo. Algunas ventanas rotas en las paredes que rodeaban la calle, y hacía mucho frío, sin contar que la lluvia mojaba más que nunca. Sin pensarlo siquiera una vez, caminé hacia el fondo de este callejón sin salida. Lo que podía rescatar de éste, es que no estaba oscuro como otros lugares. Sabía que él se encontrara ahí, y era una gran coincidencia, porque tenía ganas de verlo.
- ¿Ziro? Sé que estás aquí… - dijo en voz alta, mirando a todos los rincones.
A veces se producía un eco bastante corto, y volvía a mirar hacia el otro lado. Pero nadie me contestaba. Pensé “quizás ya se fue…”.
- Ziro… ya lo sé todo… de tu vida… y de que no quieres aceptar lo que de verdad eres. Por favor, sal… - le dije.
- ¡Vete! – me dijo una voz en el aire. Moví mi cabeza en todas direcciones, pero no lograba verlo.
- Yo solo quiero ayudarte – le dije.
- Nadie puede ayudarme – me dijo sin aparecer.
- Es que, yo-- ¿puedes aparecer, por favor? – le dije hartándome de su juego del hombre invisible.
- ¿Qué es lo que en verdad quieres, ángel? – me dijo una voz a mis espaldas, unos metros más allá, aunque la sentí como si me hubiera susurrado al oído. Rápidamente me di vuelta y trague una bocanada de aire, por la impresión. Me costó volver a hablar.
- Yo… ya te lo dije… quiero ayudarte – le dije caminando hacia él.
- Por favor – me dijo con una mano al frente, haciendo que me detuviera. Le hice caso y volví a hablarle yo.
- Hablé con Evan… el me contó todo.
- ¿Evan? – dijo con gran nerviosismo.
- Si… él—
- ¿Está aquí?
- Eh… si… llegó esta mañana.
- ¡Maldición! – dijo lamentándose y mirando el piso.
- Dijo que tal vez hablaría contigo.
- Lo sé… seguramente – esperé algunos segundos pasar para decirle lo que pensaba.
- Yo sé que no eres una mala persona, Ziro. No eres como los otros demonios – dio una carcajada sin mirarme y se dio vuelta.
- Da lo mismo… todos tienen razón… ya no sirve de nada tratar de negar lo que soy, si lo único que logro con eso es hacerme cada día más fuerte.
- Yo no creo que—
- No te acerques más – me dijo con una voz más elevada, al tratar de dar uno pasos más cerca de él. Le saqué provecho a sus palabras.
- Si te preocupas por mí… significa que no tienes ni una gota de demonio en tu alma…
- ¿Y quien dijo que yo me preocupaba por ti? – me dijo volteándose a verme.
- Lo hiciste al decirme que no me acercara a ti… - le dije sonriendo.
- Es tu problema si quieres terminar sin energía, botada por ahí… así sin vida.
- Tu lo has dicho, es mi problema – dije sin quitar mi sonrisa de engreída. Me acerqué hasta quedar a solo un paso de él. Lo tomé por el hombro y lo di vuelta hacia mí, nuevamente.
Nos miramos a los ojos. Él los tenía dorados muy intensos. Parecía que mientras más oscuro y lúgubre el lugar, más se notaba como un tesoro en sus pupilas. Quizás pensó algo similar a los míos, ya que estaba segura de que mis ojos eran verdes como esmeraldas en aquel momento.
- ¿Por qué quieres ayudarme?...
- Porque sé que si alguien no lo hace, nadie lo hará… ni siquiera tu hermano.
- No te corresponde…
- Creo que si… he encontrado mi misión en este mundo.
- ¿Tu misión? Tu misión es derrotar a todos los demonios y salvar el mundo ¿no? – dijo con una leve sonrisa en el rostro. Me hizo quedar como un superhéroe.
- Digo, mi misión personal… - le dije volviendo a posar mis ojos en los suyos. Lo encontraba realmente interesante. Algo tenía que…
- No pierdas tu tiempo conmigo… ni siquiera te conozco… ni siquiera se tu nombre…
- Nathalie.
- Bien, Nathalie… ¿podrías ya quedarte lejos de mí? Tus rodillas han comenzado a temblar al igual que tus manos. Tu respiración se acelera cada vez más… y pronto se te acabara la energía en las piernas.
Y no estaba equivocado. Me sentía mal, e intentaba hacerme la fuerte, para que no se fuera.
- Yo solo… - me detuve a observarlo cuidadosamente. – Eres tan idéntico a tu hermano…
- Si… solo en la apariencia, créeme…- me dijo poniéndose nervioso. Lo sabía porque leí sus pensamientos. “¿Por qué me mirara tan de cerca?, ¿Por qué le interesa tanto ayudarme?, ¿Por qué… por qué me pongo nervioso…?”
- Jajaja… - me reí sin pensarlo en su cara. Supo entonces que ya estaba dentro de su cabeza.
- ¿Estas hurgando en mi mente…? – me dijo con una sonrisa pequeña.
- Eh… si – luego de decir eso, ya no aguanté más. De hecho ni siquiera me di cuenta cuando las rodillas se me doblaron y caía en seco con ellas chocando el suelo. El intentó afirmarme por los hombros, pero estaba que casi me desmayaba.
- Mierda – dijo despacio, luego de dejarme apoyada en la pared. Luego no me percaté, cuando ya estaba lejos de mí, en el final de la calle.
Tenía la mirada borrosa, y me transpiraron las manos. Parecía una completa borracha tirada entre la calle y la pared, sin siquiera poder ponerme de pie. Me miró desde donde se encontraba él, y me habló un poco más fuerte para que escuchara.
- Debes alejarte de mí, Nathalie…
- No quiero… ya te dije, eres mi misión. Quiero ayudarte…
- Nathalie, hay millones, millones de personas en este mundo. Y de entre todas esas personas, a ti es la única que te hago daño intencionalmente… y resulta que justo tú… eres la persona que está dispuesta a ayudarme… - parecía triste al decir esto. No era necesario estar bien para descifrar el tono de su voz. Sentía que se echaba la culpa de muchas cosas, incluso de las que él no tenía nada que ver, entre ellas, de la reacción que yo tenía al tenerlo cerca.
- Quizás… era yo la persona que estabas esperando – le dije apenas con una voz di fónica. Luego de esto, me miró un largo rato. No sé qué ara tenía yo en ese instante, pero me dio vergüenza.
- No te conviene estar conmigo. Será mejor que no nos veamos más – y dicho esto, sacó sus alas. Eran idénticas a las de Aarón, sin plumas y muy rotas, negras y grises. Se elevó a la velocidad de la luz. Ni siquiera pude seguirlo con la mirada.
No intenté detenerlo. Apenas podía hablar. Parecía que lo peor se venía después de que me alejaba de él, porque sinceramente, no podía ni acomodarme en el piso. Me quedé pensando un momento, a que se me pasara el malestar. Era como cuando uno se bajaba de la montaña rusa, de esas que pasas más de cabeza que sentada, luego de haber almorzado. Eran unas nauseas horribles. Pero aun así, no podía vomitar. Hace días que no comía nada. ¿Qué iba a vomitar?
Pasaron unos segundos, y pude sentarme mejor en el suelo, apoyada en la pared. Miraba hacia la calle, y no pasaba nadie. Parece que la lluvia había hecho que la gente no saliera de sus casas, ya que eran goterones grandes y no había señales de que fuera a acabar.
De pronto, sentí más fuerzas. Me llegaron a las manos, con las cuales pude ponerme de pie, afirmada por supuesto en la pared. Tenía las rodillas dobladas aún, pero creía poder caminar.
Fue como un viento heladísimo que recorrió todo mi cuerpo, ni siquiera pude ver algo, y ya estaba en manos de Aarón. Estaba detrás de mí con su mano izquierda en mi boca y nariz, impidiéndome respirar. Su otra mano abrazaba mis brazos y su cabeza estaba en mi hombro derecho. Miré a su hermana que estaba en frente mío, y al otro demonio, Theo.
- Hola, hola… - me dijo susurrándome al oído. No podía ni moverme. Parece que el otro demonio también ejercía poder sobre mí para paralizarme.
- Hay alguien que vino a verte sufrir, ángel… - dijo Theo, mirando a Scarlette.
Lo único que podía hacer para defenderme, era gritar, aunque tampoco podían salir mis gritos. Aarón corrió su mano de mi nariz, solo para oír mis chillidos, sin embargo, la energía se me iba de a poco, aumentando. Mis ojos cambiaron de color.
- Supongo que recuerdas lo vil que fuiste conmigo – me dijo Scarlette acercándose a mí, con una sonrisa que me dio algo de miedo. Podía ser mi fin. - Ah… esta navaja la olvidó tu amiga anoche cuando luchó conmigo… ahora es mía.
Me mostró un arma de mango rojo y gastado. Abrí los ojos presintiendo lo que haría con ella. La vista se me nubló. De pronto, sentí el filo penetrar en mi estomago. Cerré los ojos fuertemente y grité sin mucha fuerza. Lo más doloroso, fue cuando empezó a correrla dentro de mi piel. Me moví un poco para tratar de zafarme, pero lo único que lograba era sentir más dolor con la mitad de la navaja dentro de mí.
Cuando la retiró, sentí la sangre correr por entre la ropa, aunque se confundía con la lluvia, y el agua que también se escurría por mis pantalones. Ya casi no me quedaban fuerzas. Seguramente iba a morir. Scarlette volvió a hacer lo mismo, y me quejé como nunca. Lo peor era pensar que nadie me escucharía, y que si mis amigas sentían mi presencia, no llegarían a tiempo. Scarlette solo cobraba venganza por lo que le hice aquella noche.
La energía en mis piernas se había ido completamente, y solo me sostenía al brazo de Aarón. Era obvio que me dejaría caer en cualquier momento, y como no tenía fuerzas para nada, la herida que tenían en mi estomago, no se regeneraría a tiempo. Moriría desangrada. Sentí una risa a lo lejos. Seguramente, la de Theo. Y la de Scarlette por supuesto.
Estaba dándome por vencida. Casi lo logró.
Entre el sonido de la lluvia y otro que provino de los aires, algo cayó del cielo, que a una gran rapidez, mandó a volar a Theo, quien chocó contra una ventana ocasionando un gran ruido. Luego fue Scarlette, quien estaba en frente mío. La vi volar un par de metros hacia el final de la calle. Todo esto, ocurrió en un par de segundos. Luego, oí aquella voz familiar detrás de mí, hablándole a Aarón. Aunque estaban prácticamente a mi lado, los oía distantes, como desde otra habitación.
- Déjala ahora, Aarón… si no quieres que tú y tu hermana paguen por esto…
- Tú no me asustas. Eliott no estaría de acuerdo si es que nos haces algo – le dijo Aarón.
- Me importa un carajo lo que Eliott diga… suéltala ahora – su voz en aquella frase se puso ronca y entre unas miles más.
Aarón me soltó de pronto, y me dejé caer. Ya. Me azotaría contra el suelo, para más remate.
Me equivoqué, afortunadamente. Ziro que tomó con sus brazos, sosteniéndome a un par de centímetros del piso húmedo y cubierto de sangre. Luego, me elevó hacia su pecho, con gran fuerza, y casi estábamos listos para despegar.
- No tienes idea de lo que haces, Ziro… ¡Eres un maldito demonio, no un maldito ángel!
Peo Ziro no escuchó ya que íbamos volando cuando Aarón gritó eso.
No sentía ni una mejora desde que partimos, pero aun así no tardamos en llegar a la iglesia. Lo único que podía hacer, era quejarme, tratar de coordinar mi respiración, abrir y cerrar los ojos, y dejarme llevar en los brazos de Ziro. Éste me decía que me calmara, que todo iba a pasar ya, que estaría bien.
Llegamos al jardín de la iglesia. Ziro me recostó en la hierba con mucho cuidado, eso sí, en un pasto que de a poco se iba quemando, al igual que los árboles al rededor.
- Desearía poder cuidarte mientras llegan los demás… pero si no me alejo podrías empeorar… - dijo con voz suave y acariciándome el cabello verde de mi cabeza.
Comenzó a caminar para esperar unos metros más allá, cuando lo tomé del pantalón, con la poca fuerza que me quedaba, para que se detuviera. Me miró extrañado, y yo traté de hablarle como pude.
- Ahora… ahora si me has dado… una razón para ayudarte – le dije a pausas y con voz de enferma de la garganta.
- Descansa… - me dijo luego de esperar unos segundos. Luego se alejó hasta llegar a un árbol, marchitándolo desde el tronco, para luego llegar a las ramas y hojas.
Trataba de recuperarme lo más posible, pero no podía hacer nada para acelerar el proceso. Tan solo cerraba los ojos, y sentía cada tejido roto en mi estomago, regenerarse de a poco. Aquello causaba dolor. Aparte de que las energías no llegaban rápido. Sentía que iba a morir, por primera vez, ya lo tenía asumido.
- Ahí vienen tus amigos… es mejor que me vaya – me dijo de pronto.
- No te vayas – le dije apenas.
- Será mejor que nos veamos en otro momento. No quiero encontrarme con Evan… no por ahora – me dijo. Entonces, como la primera vez, sacó sus alas de demonio y desapareció con la velocidad de un rayo eléctrico.


Elizabeth Prett


Fue como una aceleración que me vino al corazón.
Todos mirábamos unos espectaculares equipos de música que vendían en una tienda de electrónica. Diana y Aidan se habían adelantado para ver los computadores y accesorios de estos mismos. Parecía que no quería que la molestaran cuando se encontraba con él. Lo había conocido hace un par de horas, y ya le gustaba. O al menos eso percibía, tampoco me metería en su mente.
Me quedé un rato inmóvil y de pronto, sentí esa sensación de pánico. Emily llegó a mi lado.
- ¿Sentiste eso? – me preguntó seriamente.
- Nathalie – le dije con una cara que ni la explico.
En eso, Astrid retrocede hasta llegar a nosotras y también nos pregunta lo mismo. Discutimos que debíamos regresar, cuando sin mayor explicación, Evan sale volando como si no supiera que estaba en el centro de Saint. Agradecí que en aquel momento, todos miraban a un mimo que más que bailar, hacía una estupidez para conseguir dinero de alguien importante y adinerado.
- ¡Mierda! – fue lo único que dijo. Me sorprendió que saliera tan apresurado.
Entramos todos en una calle más solitaria y nos elevamos juntos para alcanzarlo. Pero Evan iba demasiado rápido, y llegó cinco minutos antes que nosotros.


Nathalie Denat


Junto con el viento, sentí que cayó del cielo un ángel. Literalmente.
- ¿Nathalie? ¿Nathalie, estas bien? – me dijo Evan muy preocupado. Por lo menos ahora podía escuchar su tono de voz y distinguirlo bien.
- Estoy bien, Evan… tranquilo – le dije tratando de sentarme. Me maree un poco al ver el paisaje derecho, pero traté de disimularlo para que no se preocupara más de lo que ya estaba.
- Pero… estás muy pálida, no tienes color… estás temblando – me dijo tomándome la mano derecha.
- ¡Estoy bien! Ya te dije – le dije un poco molesta. Creo que le ponía demasiado color.
Me miró fijamente y trató de leerme los pensamientos, pero antes de que hiciera siquiera un intento, le advertí.
- No trates de hacerlo… no encontrarás nada… si quieres saber algo pregúntalo.
- Está bien… ¿Ziro te hizo esto?
Esa pregunta era la que precisamente me esperaba, y no tenía respuesta. Quizás lo culparía de algo que el no ocasionó.
- No…no fue él.
- ¿Y entonces por qué estas tan débil… tan… sin energía? – me dijo mirándome de pies a cabeza.
Por suerte, en ese momento llegaron los demás. Emily, Beth y Diana repetían mi nombre constantemente, llenas de preocupación. Pero les dije que no era nada y por supuesto, me creyeron. No así, los demás.
- ¿Por qué estás aquí tirada en el piso, Nathalie? – me peguntó Aidan.
- Fue Aarón… él, su hermana y el otro demonio, Theo. Me atacaron. No pude hacer nada…
- ¿Por qué no pudiste hacer nada? – me preguntó Astrid, con algo de ironía.
- Porque… estaba débil – le dije arrepintiéndome. No debí haber contestado esa… verdad.
- ¿Por qué estabas débil? – me preguntó con la misma ironía de antes.
Me demoré en contestar, ya que no quería decir nada acerca de Ziro. Más, si nadie de ahí excepto Evan y yo sabíamos de su existencia. Astrid me miraba esperando por responderle, como si me fuera a pillar en alguna mentira. Traté de mantener mi mente en blanco, aunque era casi imposible. Contesté antes de que todos se metieran en mi cabeza.
- Es que…Aarón, desde que tiene ese nuevo poder… es más fuerte, no te deja otra opción que resignarte a perder la energía… te la roba, y de forma muy rápida.
- Pero… eso pasó cuando ya estabas con ellos… ¿Por qué ya estabas débil antes de que ellos te atacaran? – me preguntó Astrid. Me cayó mal enseguida. Quise golpearle la cara de repente.
Todos esperaban. Evan, era el más atento a mi respuesta. Sin embargo, algo sucedió, de lo cual estuve muy agradecida.
- Bueno… creo que aquí no te mojarás y te puede hacer mal la lluvia… será mejor que entremos y descanses – dijo Diana, levantándome de un brazo. Traté de ponerme de pie como pude.
- Por favor… a un ángel no le hará mal la lluvia… ya no es una simple humana – dijo Astrid siguiéndonos. Al parecer, a Evan le cayó bastante mal su comentario.
- Cállate Astrid, por favor – le dijo mientras la adelantaba y se colocaba detrás de mí y Diana.
Todos sintieron que el ambiente cambiaba a uno tenso, y al parecer, a esa niña le caía mal.
Poco a poco recuperaba mis fuerzas, y pude caminar sola cuando Caliel y Mehiel me vieron entrar. Se preocuparon al verme más pálida de lo normal, y todos siguiéndome detrás.
- ¿Qué sucedió? – me preguntó Caliel.
- ¿Podemos hablar después? – le dije caminando con pasos cortos y lentos, en dirección hacia mi habitación. Diana aún me sujetaba de un brazo, y Emily con Elizabeth estaban detrás de nosotras. Los demás se quedaron explicándole a Mehiel lo que supuestamente habían entendido.
Al entrar y cerrar la puerta, todas se sentaron a mi alrededor en la cama para escuchar lo que tenía que decir. Aunque quise mantener la existencia de Ziro oculta ante los que no sabían ya de ella, se me fue imposible escondérselas a mis amigas. Terminé diciéndoles todo acerca de él, lo que me provocaba estar cerca y mi insistencia por ayudarlo.
- Creo que es una mala idea que te acerques a él solo para ayudarlo… quizá ni siquiera exista la posibilidad de que cambie… – me dijo Emily mirándome a los ojos.
- Yo creo que sí… él es una buena persona, y nuestra misión es ayudar a aquellos que nos necesitan – dije respondiéndole a ella y a las demás.
- ¿Aunque te cause daño estar cerca de él? – me dijo Diana.
- Si… correré el riesgo. Después de todo, no puedo morir… por lo menos no tan fácilmente - .
- Estás loca… - me dijo Beth.
- Bueno… es mi decisión… y espero que la respeten… y no anden preocupándose por mí porque sé cuidarme sola.
- Claro… por eso casi terminas muerta en el jardín de la capilla – me dijo Beth con los ojos perniabiertos, como una mueca.
- Se manejar la situación. Ya les dije, no se preocupen por cosas que no valen la pena tomar atención—
- Esto si vale tomar la atención, Nat. Por ejemplo… ¿Qué pasa si todo esto es una trampa? ¿Y si él tiene contacto con Eliott y toda su tropa? ¿Si está ganándose tu confianza para luego capturarte y hacerte cosas malas? – me dijo Emily un poco alterada.
- ¿De qué estás hablando? Por supuesto que no…
- ¿Leíste su mente para llegar a esa respuesta? – me preguntó Diana.
- Eh… no pero—
- Entonces no estás segura. Sabes que estas cosas pueden ser ciertas… y te recomiendo que primero las descartes bien antes de hacerte amiga de un demonio – me dijo Emily.
- ¿Saben qué? No necesito esta mierda. Si quieren sermonearme, háganlo cuando me sienta mejor. Ahora no estoy de humor. Y quisiera estar sola un rato… - les dije recostándome y dándome vuelta hacia la muralla.
Luego de eso, no dijeron nada, pero apoyaron los pies sobre la madera y se fueron acercando a la puerta mientras sabía que me miraban de reojo. Sé que no le contarían a nadie lo que hablamos, pero Caliel me pediría una explicación. De hecho, entró seguido de las demás, pero antes de mirar su cara, le dije que no hablaría por el momento, ya que él sabía que era lo que me había pasado y quien estaba involucrado. No hablé por el resto de la tarde.


Emily Thompson


El resto de la tarde no hicimos nada. Iba a acompañar a Beth a comprarse algo de ropa nueva, pero no teníamos ganas de nada. No dejó de llover nunca, y el frío no se alejó del centro de Saint.
Prendieron la fogata alrededor de las cinco de la tarde, y los Ángeles del Sonido comenzaron a conversar entre ellos cerca del fuego. Nosotras, sin Nat, nos unimos.
No les habíamos preguntado acerca de sus poderes. Supusimos que ellos ya sabían los de nosotras, por lo cual, les pedimos una demostración a cada uno. Aidan empezó.
- Bueno, la verdad es que mi poder no es la gran cosa. Uso los sonidos del ambiente, cualquiera que se escuche en el momento del ataque, y lo hago retumbar en los oídos y la mente del enemigo. Como sabrán, los demonios son muy sensibles a algunos sonidos. Tal vez por eso tuvimos tanto éxito en Norteamérica.
- Y… ¿Qué les provoca el sonido que tú haces crecer en sus mentes? – pregunté. Me faltaba solo tomar nota. Esto era interesante.
- Pierden sus poderes. Quedan como simples personas normales y mortales. Suficiente para usar el sello y absorberlos en un segundo.
- ¡Qué genial! Es asombroso – dije muy excitada. Creo que era la única que se sentía tan feliz de escuchar lo que ellos podían hacer.
- Si… gracias. – dijo sonriendo y mirando el fuego. Luego lanzó una mirada sospechosa a Diana, la cual lo miró de la misma forma. Algo se traían esos dos.
- ¿Y tú Astrid? – le preguntó Beth.
- Eh… yo ocupo mi voz para paralizar a los demonios.
- ¿Tu voz? – le dije con unos ojos que brillaban más de la cuenta.
- Si… canto canciones de cualquier tipo, siempre y cuando sean letras sanas y sin maldad, que hablen de amor, felicidad y sentimientos así.
- ¿No necesariamente deben ser canciones religiosas? – le preguntó Diana.
- Jajaja… no, para nada, pero requiero de concentración para que la voz viaje sin distorsión a los oídos del enemigo.
- Es increíble… - dije tratando de ocultar mi sonrisa excesiva.
- Podrías cantarnos algo – le dijo Beth, a lo cual las tres comenzamos a hostigarla para que entonara una canción cualquiera. Aidan y Evan la alentaban para que lo hiciera, aunque Astrid estaba un poco nerviosa.
- Tiene una voz increíble… no sé por qué se hace tanto de rogar – nos dijo Evan.
- Ya basta… - decía Astrid con sus mejillas coloradas.
- Ya, hermana. Canta algo… sabes que después que empiezas a cantar, te acostumbras al sonido, y la vergüenza se te va.
Estaba tan ansiosa por escucharla, que el corazón me latía a mil por minuto. Yo también cantaba, pero estaba segura de que Astrid tenía una de las voces más bellas que mis oídos habían escuchado. Y así era. Cerró los ojos y empezó a recitar palabras en una melodía triste, pero que a cada uno hacía sentir confortable.


…Celeste sole
Spirto di cosa mentale
Non se fosse le parole
Di cui dolezza dole
Non viverei…


Fue solo un pequeño fragmento, que hizo que todos cayéramos en la armonía y felicidad de aquella canción italiana. Y cuando paró de cantar, abrimos los ojos sin decir nada. Nos miramos unos a otros, muriendo de la risa.
- Tu voz es asombrosa… - le dije holgándola sin parar.
- Gracias… - dijo sonrojándose.
Seguramente, aquella canción que nos hizo confortarnos a nosotros, a los demonios les hacia el efecto contrario. Por eso los paralizaba. Era interesante, nunca pensé que llegaría a conocer un poder así.
- Bueno… ustedes dos tienen poderes digamos… de defensa, pero no atacan, ¿verdad? Digo… - dijo Diana.
- Sé a lo que te refieres… y tienes razón. Quizás Evan pueda responderte esa pregunta – dijo Aidan.
- La verdad es que, yo no tengo un poder relacionado mucho con el sonido, así como mis compañeros… - nos dijo Evan.
- ¿A qué te refieres? – le preguntó Beth.
- Cuando ellos hacen su trabajo, utilizan su poder, y no les resulta, yo actúo. Verán, hay demonios que son más sensibles al sonido que otros, y da lo mismo si son más fuertes o más débiles, si son dominus o fortis, cualquiera puede caer. Cuando no resulta, yo los combato. Soy el único que puede luchar contra ellos, porque tengo una especie de… escudo protector, que me defiende cuando me atacan con cualquier poder, y puedo expandirlo a las personas que quiera. Digamos, soy el único que puede tocarlos, que puede alcanzarlos, que puede luchar si ellos utilizan armas o su indefinible fuerza… y… además, soy el que tiene mejor oído.
Aquella definición de sí mismo, me dejó impactada. Dejó a los hermanos como un par de inútiles que no sabían pelear. Me causó risa, pero era la verdad.
- No nos hundas tanto, Evan – dijo Aidan sonriendo.
Nos dio a entender que, si no luchaban juntos, podía ser para su déficit. Nosotras podíamos cazar demonios por nuestra cuenta, aunque unidas éramos mucho más fuertes y rendíamos más. Era parecido a nuestro caso.

Nos la pasamos conversando el resto de las horas que nos faltaba para las siete. Decidimos ponernos a cazar antes de la hora de siempre, ya que supusimos que los demonios estarían un poco más activos que las noches anteriores, por la llegada de los Ángeles del Sonido.
La lluvia se tornó algo más suave. Pero el frío era matador, aunque nosotras no lo sentíamos del todo. La fogata se hacía cada vez más pequeña, y cuando esto ocurría, Beth la animaba para que no se apagara. Los guías nos acompañaron una hora más o menos.
- Ya son las siete ¿Nos preparamos? – dijo Astrid.
- Claro… ¿Nathalie irá? – preguntó Evan.
- Iré a verla… - dijo Diana poniéndose de pie.
No fue necesario. Nat iba saliendo de la habitación, y caminaba hacia nosotros. Ya estaba mejor y se notaba.
- Por supuesto que iré – dijo acercándose.
- ¿Te sientes mejor? – le pregunté.
- Si… - dijo sin más palabras.
Sentía que todos tenían mil preguntas que hacerle. No le creyeron mucho la versión de los hechos que dio en el jardín.
- Bueno… no hay mucho que preparar… entonces ¿nos vamos? – dijo Aidan.
- Tengo una propuesta – dijo Astrid a mi lado. – Como todos sabemos, esta noche tal vez haya más demonios de los que nos imaginamos. Propongo que alguien se quede cuidando la iglesia, para la seguridad de Caliel y Mehiel.
- Me parece bien… eh… ¿Dónde está el padre Erick? – pregunté.
- No lo he visto desde la mañana. Y procura estar aquí temprano porque mañana tiene misa… - dijo Caliel.
- ¿Le habrá pasado algo malo? – preguntó Diana.
- Quizás se retrasó en Olidata. Ya sabes, todos esos asuntos de que ya no hay sacerdotes en el país, ni iglesias, ni nada… si lo vemos allá, lo traeremos de vuelta – dijo Nat.
- Muy bien… ¿Quién se quedará aquí, entonces? – preguntó Beth.
Hubo mucho silencio. Al parecer nadie quería quedarse de guardia en la capilla.
- Creo que nosotros, como recién llegados, deberíamos ver cómo funcionan las cosas dentro de las ciudades cercanas a Saint. Preferiría que por esta vez, ninguno de nosotros se quedara aquí como seguridad – dijo Aidan.
- Entonces… ¿Nathalie? – pregunté.
- No, no… yo quiero ir… me siento con ganas de cazar esta noche…- me respondió.
- Pero, quizás sea lo más seguro para ti quedarte aquí – dijo Evan, con algún signo de preocupación.
- ¿Qué? No. Yo voy… -dijo Nathalie. No le pareció la caritativa reacción que había tenido Evan al respecto. Pero era obvio que había dicho eso, para que Nat no tuviera contacto con Ziro.
- ¿Diana? – pregunté.
- No, yo voy también – dijo decisivamente. Hubiera creído que era porque quería luchar, y no porque iba Aidan.
- Ya. Yo me quedo – dije finalmente. Aquella situación me aburría.
- ¿Estás segura de que podrás sola? – me preguntó Mehiel. Ya tenía claro de que no nos tenía confianza ni por haber rescatado a Caliel. Menos a mí, que ni participé en aquel rescate.
- Si… por supuesto – contesté.
- Bueno, me quedaré yo también. Quizás así, Mehiel confía en que podemos salvarlo si es que algo sale mal… - dijo Beth un poco molesta. Lo sabía. Aquel comentario zumbó en sus oídos como una maldita mosca.
- No quise ofender – dijo Mehiel mirando a Caliel.
- No te preocupes, Elizabeth es así… - le dijo un poco sonriente.
Los demás, no tardaron en salir.


* * *


- Díganme… ¿Cuántas veces debo decirles que no interfieran en nuestros planes? Si les doy una orden, es para que la cumplan, no para desobedecerme – dijo Eliott muy enojado. El trío estaba temeroso.
Nadie dijo nada. Scarlette miró a Theo frunciendo el ceño. Le hizo recordar con aquella mueca, las palabras que había dicho antes de ir tras Nathalie: “No se preocupen. Si Eliott nos descubre, que es lo más probable, le diré que todo fue ida mía, y así quizás, no se enoje tanto con ustedes…”.
- ¡Hablen! ¡denme aunque sea una razón para no enviarlos al Inframundo! – dijo Eliott.
- No, no, no… Eliott—señor Eliott, escucha…- dijo Theo. Por fin se dignó a decir algo. – Todo fue mi idea… yo les dije a Aarón y Scarlette que le tendiéramos una trampa a ese ángel… fue mi idea…
- Claro, claro… - dijo Eliott sin creerle nada.
- Señor Eliott… era mi oportunidad de vengarme contra ella, ¿recuerdas todo lo que me hizo? Por favor, perdónanos… solo quería hacerle pagar por todo lo que me hizo – dijo Scarlette.
- Ya. Sé que la venganza es muy importante para ustedes – dijo Eliott un poco más serio.
- Es que… si no hubiera sido por ese estúpido de Ziro—
- ¿Ziro? – preguntó Eliott acercándose a Aarón rápidamente. Sus ojos se tornaron rojos.
- Si… él apareció de pronto y nos dijo que dejáramos al ángel, si no, nos mataría… y bueno, se que con todo el poder que ése tiene, es capaz… - explico Aarón con un poco de miedo.
- ¿Ziro salvó al ángel? – preguntó dándose la vuelta en dirección a su silla. Estaba en shock o algo así.
- Sí, señor Eliott… - dijo Aarón nuevamente.
- Entonces… es un traidor. Definitivamente no se puede confiar más en él… - dijo impactado. Parecía que no podía creer lo que oía. Estaba desorientado.
- Bueno… siempre hemos sabido que Ziro no ha querido nunca aceptar que es un demonio… no me sorprende – dijo Theo.
- Escuchen. Si quieren molestar a esos Ángeles para así no aburrirse, lo entiendo. Pueden hacerlo, con la condición de que si los matan, los torturan, los dejan humanos, o cualquier otra cosa que sea vil para ustedes, les aseguro que aunque me ofrezcan su alma, no iré en su rescate… ¿oyeron?
Los tres se miraron. La condición iba más para los hermanos, ya que ellos corrían el riesgo de quedar humanos para siempre. Pero decidieron que era mucho mejor arriesgarse un poco, que mirar todo el día y toda la noche los movimientos de cada una de ellas. Aceptaron y se fueron en un abrir y cerrar de ojos.
Mientras, Eliott pensaba en su próximo ataque. Ziro estaba de parte de los Ángeles y eso era algo que no podía tolerar. Lo aguantó cuando no era parte de la Tríada ni de ningún otro bando, pero que fuera ahora del enemigo, hizo sentir a Eliott muy ofendido. Si volvía a aparecer por el callejón, no tendría piedad de enviarlo a Zephyr, ni mucho menos, de matarlo, si es que podía.


Emily Thompson


Estuvimos un rato más cerca de la fogata y luego nos sentamos en la mesa, acompañando a Caliel y Mehiel, quienes se servían algo de once.
- Estoy preocupado por el padre Erick… - dijo Caliel de repente.
- Nat dijo que lo traería si lo encontraba en Olidata. No te preocupes… - le dije.
- Podríamos tratar de buscarlo – me dijo Beth.
No se me había ocurrido antes. Debió ser lo primero que hubiéramos hecho al no encontrarlo.
- Diana puede hacerlo mientras estén allá. Aunque lo encontremos ahora, no podemos salir a buscarlo – le dije.
- Si… - me respondió.
Se creó un silencio extenso. Lo único que se escuchaba era la loza de las tazas y los cubiertos cobre ésta.
- ¿Has sabido algo del Consejo? – le preguntó Mehiel a Caliel mientras masticaba un pedazo de pan.
- No… y no creo que vuelva a saber, al menos que Craig logre atravesar de la tercera dimensión a ésta… y lo dudo… - dijo Caliel.
- Ojalá que no volvamos a hablar con ellos – dijo Beth, comiéndose una uña.
- ¿Por qué dices eso? – dijo Mehiel un poco molesto. Caliel la miró de una manera distinta.
- Porque… no son personas de confiar…
- ¿Cómo podrías saber eso? ¿Has hablado con ellos? – le preguntó Mehiel un tanto enojado ya.
- Si… he estado con ellos, hablado con ellos, estado en la iglesia de Celeron con ellos… en la junta… - dijo Elizabeth. Ambos quedaron atonitos.
- ¿Cuándo Elizabeth? – dijo Caliel mirándola seriamente.
- Cuando fuimos a rescatarte. Nos los encontramos en el bosque de Tha, cerca de la selva de éste mismo. Nos dijeron que podían ayudarnos a buscarte y salvarte, Caliel… pero no lo hicieron.
- ¿Qué dices? – dijo Caliel.
- Eso… nos contaron la historia de cómo fue que los Ángeles reencarnaron en nosotras, blablabla… no fue una visita muy constructiva. Ah… y mencionaron a Aniel… que era una traicionera, al igual que quizás tú, Caliel, podías serlo ya que llevabas desaparecido un tiempo…
Caliel calló un largo rato. Mehiel no hallaba que decir. Yo estaba impresionada al igual que ellos. No me habían contado la visita hacia ellos.
- ¿Aniel? ¿está con los demonios? – preguntó Mehiel.
- ¡Por supuesto que no, Mehiel! ¿Cómo piensas eso? – le dijo Caliel exageradamente.
- Es lo que dice el Consejo, Caliel.
- Pero es mentira… nunca le han tenido mucha buena a Aniel, al igual que conmigo. Es algo que inventaron porque ella nunca más volvió a aparecer ante sus ojos, luego de salvar a los Ángeles, de la policía… en Lathalia.
- No puedes sacar esas conclusiones, Caliel. Sabes que el consejo es la mayor institución que maneja estos asuntos. Quizás es cierto que Aniel es parte de la Tríada de Neheria y no lo sabemos.
- No, no es así…
- ¿La Tríada de Neheria? – pregunté.
- Más conocida como la Tríada. Es donde pertenece Eliott y otros cinco demonios, digamos… como un consejo… - me dijo Caliel.
- Pero… ¿no que las tríadas son de… a tres? Es decir… ¿tríos? – preguntó Beth.
- Es que al principio eran tres: Eliott, Eebaiv y Valkyria. Desde entonces se llaman así y no cambiaron el nombre cuando Lorian, Luffer y Arkanus se unieron… son en total seis. Los más poderosos del Inframundo, y la mano derecha de Lu – fue una explicación breve y completa. No teníamos idea de que existían otros cinco demonios tan fuertes como Eliott, y al parecer Mehiel se dio cuenta de nuestra ignorancia.
- Bueno, pero… mi conclusión es simple. Ver para creer. Si Aniel es aún parte de nosotros, debería estar aquí, ayudándonos, y no escondiéndose como lo hace hasta el momento – las respuestas que Mehiel había sacado por sí solo, molestaron tanto a Beth como a Caliel.
Beth terminó por irse de la capilla y salió al jardín. Yo la seguí. Caliel se quedó discutiendo con el otro por un largo rato.
Afuera hacía un frío que congelaba las pozas de agua y escarchaba los arboles. La lluvia se había detenido, pero sabíamos que volvería dentro de algunas horas. Había anochecido, y el cielo estaba nublado por todas partes. Nos sentamos en el techo de la capilla y nos pusimos a conversar como hace tiempo no lo hacíamos.
- ¿Estas enojada? – le pregunté mirándola sobre mi hombro izquierdo.
- No… es solo que… las personas sometidas no me gustan. Mehiel es sometido al Consejo… y creo que ni siquiera alguna vez ha hablado con ellos.
- Bueno… no le prestes atención. Mientras tengas tus ideales claros, el resto es mierda… - le dije riéndome.
- Jajaja… si… puede ser.
- Ya, ahora cuéntame. ¿Qué tal Gary?
- ¿Qué tal qué?
- Ya sabes…
- Es mi amigo. Un muy buen amigo. La pasamos bien juntos, nada más.
- Pero... ¿no te gusta?
- Jajaja… no, Em. Es decir… no lo sé…
- ¿Cómo que no sabes?
- Es que es mi amigo. Pero…
- ¿Pero…?
- Quizás me gusta un poco.
- ¡Lo sabía! ¡Te conozco Elizabeth Ayleen!
- La verdad es que no sé si me gusta.
- Me acabas de decir que un poco…
- Si pero… no quiero confundirme… es mi amigo, no mi novio…
- ¿Cuándo lo verás?
- Mañana… estaré ausente en el día.
- ¿Y si Caliel pregunta?
- No me importa si les dices que estoy con él…
- No… no diré eso, porque puede sospechar. Haré mi mejor intento de mentir.
- Tal vez tengas razón. Mejor que no se entere de que he hecho un amigo…
- Mientras Caliel no lo sepa, todo bien.
- Si… se pondría como solía ponerse mi padre… estoy segura. Pero me dirías si te pregunta algo, ahora que están bastante amigos.
- Igual que siempre…
- Jajaja… no me vengas con eso. Últimamente están mucho tiempo juntos, Em.
- Nada de eso… ayer lo acompañé a comprarse algo de ropa “actual”… estaba demasiado anticuado.
- No me refiero a la salida de ayer… luego de que él te ayudo a zafarte de aquel demonio, están más cercanos… ¿o no?
- Si… es que…
- Cuéntame, Em. No se lo diré… Jajaja.
- Por supuesto que no se lo dirás.
- ¿Te gusta?
- No lo sé. Solo sé que si me gustara, sería el amor más imposible que he tenido en mi vida. Ya conoces a Caliel… no permitiría una relación, menos con un ángel, menos conmigo.
- Estás tonta… Caliel podría ser tu novio perfecto.
- No hables tonteras, Beth. Nunca pasaría nada, incluso si yo le gustara a él. No hablemos de imposibles.
Callamos un rato. La conversación estaba buena, pero fue una lástima que haya sido interrumpida por una presencia demoniaca no muy lejos.
- ¿Lo sentiste? – me preguntó.
- Si… todas las noches. Es lo que me mantiene despierta…
Fue como una chispa en medio de la nada, pero no sabía si era algo de lo que me debiera preocupar. Lo sentía todas las noches, y ninguna de esas había pasado algo malo en la capilla.
- Puede ser que nos estén vigilando… - dije.
- ¿Vigilando?
- Si… vamos a echar un vistazo…
- Espera… puede ser una trampa. ¿Si vamos y otros atacan la capilla?
Buen punto. No podía permitir que algo le pasara a los guías. Después de todo, nos quedamos ahí para protegerlos, y no para conversar sobre nuestros amoríos.
- Iré yo… quédate aquí y se muy cuidadosa, por favor…
- Tranquila… cuidaré muy bien a tu amorcito…
- Estúpida.
Salí del jardín por el portón de reja negra aún riéndome por el chiste de Beth. Atravesé la calle mirando a todos lados. No volví a sentir la presencia mientras llegaba a la otra esquina, pero divisé un cuerpo tirado en la calle de enfrente y me acerqué con cuidado. El piso estaba bastante resbaloso como para caerme en cualquier momento, así que pisé muy lentamente por la vereda, mirando hacia mi norte. Me desaté la venda que cubría mi mano, y la guardé en un bolsillo de mis pantalones negros. Iba acercándome a la silueta, cuando siento un grito en medio del silencio que ocasionó un eco larguísimo. Miré rápidamente en su dirección, la capilla. Tal vez, era Beth. Debía volver. Si rápidamente mi último paso, el cual pasó de largo por entre la helada del asfalto y caí fuertemente con mi espalda. Sentía que se me corrió una vértebra, pero no le tomé cuenta a eso, sino más bien a o que me había hecho caer. Me manché las manos con sangre, al igual que mis pantalones. Había un charco inmenso de ella alrededor del cuerpo, un cuerpo decapitado que se me hacía conocido. Era el padre de la capilla, el padre Erick.
- ¡Mierda! – dije asustada, tratando de pararme con dificultad de la resbaladiza calle.
Una llama enorme se formó en el centro de la iglesia, junto con otros sonidos. Me dirigí inmediatamente a ella, mientras comenzaba a rezar. Si Caliel estaba ahí…
- ¡Beth! ¡¡Beth!! ¿Dónde estás? – grité al entrar por el jardín. Nadie me respondió.
Entré a la capilla, la cual estaba intacta. Lo que se quemaba era el interior de las habitaciones, el humo penetró rápidamente en aquel lugar y lo atravesé para dirigirme al comedor. Cuando entré, estaba todo completamente en llamas. Era un incendio gigante. Mis pulmones se taparon de humo y comencé a toser desesperadamente. Mis ojos lagrimearon, y se sintió bastante extraño. Apoyé mis rodillas en la entrada del comedor, y miré las flamas, que rápidamente comenzaban a bajar su intensidad. Beth estaba al lado de la chimenea un poco más allá, cerca de los sillones.
- Beth… - dije entre una tos incansable.
Beth sostenía su mano derecha alzada, bajándola de vez en cuando, acorde el fuego iba bajando con ella. Estaba sangrando desde la pierna, sin haber ningún rastro de herida. Agaché unos segundos la cabeza para tranquilizarme y acabar con la tos. Me puse de pie y avancé hacia ella.
- ¿Dónde está Caliel? ¿Dónde está Caliel? – le pregunté desesperada.
- No lo sé, Em… el fuego de la chimenea comenzó a crecer sin detenerse y de repente se estallaron llamas alrededor de esta habitación… entré pero no vi a nadie…
- ¿Qué?
Recorrí todos los sitios. Tropecé varias veces con un par de sillas, y madera quemada. No encontraba a nadie…
- ¡¡Caliel!! – grité en un trance de desesperación.
Nadie me contestó. De un momento a otro sentí el piso caliente y hervir bajo las plantas de mis pies. El fuego comenzaba a surgir otra vez sin ocasionarlo nada, todo estaba apagado.
- ¿Qué pasa? – dijo Beth, mientras su poder actuaba para que el fuego no emergiera otra vez. Me devolví hacia donde estaba ella.
- ¿Viste por la parte de atrás de la iglesia?
- No… - me dijo con dificultad.
En tanto oí su respuesta, corrí hacia la puerta que estaba más allá de nuestras habitaciones. Lancé la mayor cantidad de agua posible para abrirme paso, apagar de una vez por todas, el fuego porfiado. Abrí la puerta de madera, bastante pesada, y divisé en la parte de atrás del jardín, la silueta de ella. Con sus ojos negros, Scarlette ocasionaba el fuego sin una causa aparente. Con razón, Beth no encontraba el punto de inicio. Era un humano y un demonio en un mismo cuerpo, no había presencia. Corrí hacia ella sin miedo a nada, y de pronto apareció ese demonio que me cayó mal desde un principio, Theo.
- ¿A dónde creer que vas? – me dijo. Me obligó a detenerme de pronto.
Coloqué mi mano al frente para combatirlo, y entonces, sentí la presencia de Caliel, que se iba apagando a medida que el tiempo avanzaba.
Me volteé y comencé a buscarlos con los ojos cerrados. Estaban en la habitación donde yo dormía, ambos, tirados en el piso, con apenas aire en sus pulmones.
- ¡Dios! – dije al verlos. Mehiel yacía inconsciente al lado de Caliel, y éste aún tosía hasta no poder más.
Elizabeth trataba de controlar el fuego, y Scarlette lo animaba. Eran dos fuerzas muy poderosas, que no durarían mucho tiempo combatiéndose, podían estallar en el momento menos indicado. Tomé a Mehiel y lo arrojé por la ventana hacia el jardín. Luego, tomé a Caliel, e iba a hacer lo mismo, cuando de repente, Aarón se cruza en el vidrio roto e impide la pasada. Me devolví al pasillo, y en la salida de atrás, estaba Theo. No me quedaba otra que arrancar por la puerta principal y atravesar la inmensa fogata que combatía Elizabeth.
Entre todo aquellos sonidos y ruidos de la madera crujir, escuché una voz proveniente de mis brazos, la voz de Caliel.
- ¿Qué? – le dije acercándome a su boca. N le salía la voz e intentó varias veces decirme la verdad.
- Es una ilusión… Emily, no hay fuego… es solo una ilusión…
Acababa por entender que nos habían tomado el pelo un par de hermanos inútiles que no podían estar a nuestra altura. Dejé a Caliel en el pasillo y me dirigí hacia donde estaba Beth.
- ¡Beth, escucha! ¡Es una ilusión… todo esto es una ilusión! ¡No hay fuego…!
No lograba escucharme las primeras veces, hasta que bajé por mi cuenta su mano derecha, y el fuego creció rápidamente a nuestro alrededor. Puse en duda si en verdad lo que me había dicho Caliel era cierto, ya que sentía como las llamas quemaban bajo mis zapatillas.
Corrí hasta el pasillo y tomé a Caliel quien estaba por desmayarse. Cerré los ojos al igual que Beth, comenzamos a luchar mentalmente contra la ilusión. Theo nos vio. Nuestra aura creció alrededor de nuestros cuerpos, pero no lograba los resultados deseados. Si no creíamos en nosotras mismas, terminaríamos como pollo rostizado. No podía permitirlo. Nosotras nos curaríamos, ¿pero y Caliel? En ese momento, se me ocurrió ayudar con algo. Claro, como venía de parte mía, seguramente era algo imbécil y sin sentido.
- ¡¡Basta!! – grite a todo pulmón y por largo tiempo.
Las maderas quemadas en el piso comenzaron a desaparecer, al igual que todo lo que estaba convirtiéndose en carbón, el humo, y el calor.
- Si piensas que puedes hacernos caer en esa trampa, estas muy equivocada… - le dijo Beth a Scarlette, aparentando que no habíamos caído en la ilusión.
- Jajaja… no pasará mucho para que se vuelva realidad – dijo Theo.
- Váyanse si no quieren que—
- ¿Si no quieren que…? – me interrumpió Aarón, acercándose a mí.
- Aléjate de él… - le dijo Elizabeth parándose en frente de mí y Caliel en mis brazos.
- ¿Quieres pelear conmigo? – le dijo Aarón con una sonrisa a Beth.
- ¿Tienes miedo? – le dijo ella.
Aarón retrocedió unos metros hacia el jardín. Beth lo siguió y se pusieron entre Scarlette con Theo, y yo con Caliel.

lunes 26 de enero de 2009

CAPITULO XXVII

Emily Thompson


- Cuando sentimos la presencia de Scarlette que crecía y crecía casi hasta llegar a su límite, nos pusimos nerviosas, ¿verdad? Creímos que iba a estallar o lo así. Pero el que en realidad estaba preocupado era su hermano, Aarón, porque de un momento a otro, mientras tratábamos de entender lo que le pasaba a Scarlette, él grito algo así como… “¡No!”, ¿cierto? Algo así…
- Bueno, gritó algo que no le entendimos bien, porque eran muchas voces a la vez… ya sabes cómo hablan estos demonios… pero tal como dijo Emily, se notaba preocupado, así que salió corriendo en una dirección que no fue la correcta a mí parecer… y voló. El otro demonio, que era más fuerte sin duda, lo siguió luego de unos minutos, y antes de hacerlo, nos dijo: “No pasará mucho para que nos volvamos a ver”…
- No, Beth. Dijo algo así como… “Nos volveremos a ver, no en mucho tiempo…”
- Bueno, es lo mismo. La cosa es que nos quedamos allí, quietas, a ver quien daba el primero movimiento. Jajaja… fue chistoso. De pronto, Nat dijo “¡Diana!”, así que salimos en busca de ella, y cuando llegamos ya no estabas…
- Si, Elizabeth… eh… bueno, eso fue lo bueno de anoche, ¿no? Ahora por fin puedo volar… ¡Soy feliz! Porque es lo mejor, lo mejor que puede tener un ángel.
La miré como si entendiera a lo que se refería. A mí parecer, el volar era lo máximo que un ángel podía hacer, como en los cuentos o en las películas… Bueno, al menos con Diana teníamos algo en común, por primera vez.
Caliel también escuchaba nuestra versión de lo que había pasado hace unas horas. El sol ya había salido por completo, y hoy era el día en que los Ángeles del Sonido llegarían a nuestro país, luego de un largo viaje supuestamente.
- Entonces… ¿vienen de América? – le pregunté a Caliel.
- Si… Norteamérica precisamente.
- Mi sueño ir para allá… - dijo Elizabeth entre la conversación.
- ¿Y no sabes la hora en que llegarán? – dijo Diana.
- Dentro de la mañana… así que creo que no deben estar muy lejos – dijo Caliel.
- Es un viaje muy largo… - dijo Nathalie.
- Pero vienen volando, ¿cierto? – pregunté.
- Por supuesto, así que será mejor que los vayamos a recibir. Pónganse lo mejor que tengan… no muy estrafalario, y… nos juntamos en la salida…
Todas entendimos muy bien, y por lo que dijo Caliel, debíamos cambiarnos de ropa. La poca que teníamos aún, nos sirvió de algo, para combinarla, e incluso cambiarlas con las demás. Aparte, Elizabeth no había salido de shopping ayer, así que le prestamos alguna tenida y quedó contenta. Después de todo, ya todas teníamos el mismo cuerpo femenino.
- ¿Por qué no me dijeron que irían a comprarse ropa? – preguntó poniendo una cara triste.
- Fue algo de último momento… además, aun están las ofertas aquí en el centro si quieres ir… - le dijo Diana.
- Ay, por favor… no me digas que la pasaste mal ayer, porque no te creo… - le dije con una cara muy comprometedora y sonriente.
- Jajaja… no he dicho que la pasé mal… pero me hubiera gustado ir y cambiar esos trapos que llevo usando desde hace mil años…
- Bueno… al menos cuéntanos como te fue con Gary… - le pregunté sin dejar de sonreír.
- ¿Gary se llama? – pregunto Nathalie sonriéndome.
- Si… van en su último año de colegio.
- Entonces… es un año mayor que tú… ¿vive aquí? – preguntó Diana.
- No… vive en Garamond. Pero a menuda viene para acá a visitar a sus abuelos. Generalmente los viernes, y a veces… durante la semana…
- ¿Es normal? – pregunté por si acaso.
- Eh… eso creo – me respondió casi lanzando una carcajada.
- ¿Y tiene futuro? – pregunté luego.
- Bueno… si, si… quiere ir a la universidad, ser alguien en la vida… me recuerda a mí en el año pasado… - su cara se llenó de melancolía, pero no era de mostrar ciertos sentimientos hacia la gente, por lo que se terminó de abrochar sus zapatillas, y se puso de pie, esperándonos.
- Bueno, bueno… ¿y tú Nathalie? ¿No has conocido a nadie? – le preguntó Diana también riéndose sigilosamente. Natalie la miró y le devolvió una sonrisa sin ganas.
- Eh… la verdad es que… hay alguien que… lo vi hace unas semanas y anoche volví a verlo…
- ¿Dónde? – le pregunté.
- En el bosque…
- ¿Y cómo era? – le preguntó Beth.
- Es que… no estoy segura… parecía que era… no se… como—
- ¡¡Hey, chicas!! ¡apúrense que estamos en la hora! – gritó Caliel de repente, interrumpiendo a Nat. Luego entró al cuarto a presionarnos otra vez.
- ¡Ya vamos! – le dijo Beth.
- ¿Y a dónde iremos? – le preguntó Diana.
- Solo apresúrense… - dijo Caliel y salimos todas detrás de él, a pasos rápidos y ligeros.
Fuimos a Garamond en una dirección que conocía, pero aún no sabía de qué lugar hablábamos. Pasamos la ciudad en sí, así que más me entró la duda de hacia dónde nos dirigíamos, hasta que divisé un lugar de mucho ruido, con mucha gente, y mucho equipaje.
- ¿El aeropuerto? – pregunté mirando algunos aviones en la pista cuando pasamos.
- Por supuesto, te dije que venían volando… - me dijo Caliel muy seriamente. Quedé como un chiste.
- Pero… yo pensé que venían volando… volando, volar… - le dije haciendo con mis brazos y manos, un gesto de alitas de pájaro, con el que todas se rieron.
- No… vienen “volando” – dijo e hizo un gesto con su mano derecha recta y rígida extendiéndose en la distancia, como el despegue de un avión.
- ¿pero por qué? – pregunté.
- Es un viaje muy, muy largo, Emily. No podían volar por ellos mismos. Podía ser muy arriesgado y más si traen a su guía con ellos. Prefirieron tomar un avión, después de todo, el dinero no les falta… - dijo mirando entre la multitud.
Nos asomamos por entre la gente que pasaba en montones, pero no veíamos nada aún. Sin embargo, de golpe nos llegó una presencia realmente fuerte y notoria, como una brisa que entra de pronto y se cola por todo el lugar. Miré a las demás.
- ¿Sintieron eso? – nos dijo Caliel justo en el momento en que yo lo iba a decir.
- ¿Son ellas? – preguntó Beth.
- Ellos… si – dijo Caliel corrigiéndola, haciéndonos entender a todas, que no eran solo chicas, si no que había alguna presencia masculina y quizás más de una.


Nathalie Denat


Sin duda, eran tres presencias fuertes, muy fuertes. Tal vez superiores a las de nosotras. Eso me hacía pensar mucho. Se suponía que ellos se habían desarrollado antes que nosotras, y sin embargo, en teoría eran más débiles. Quizás el tiempo no tenía nada que ver, pero de alguna manera, comencé a sentirme incomoda.
Aun no los veíamos, pero el aura aumentaba más y más en nuestro alrededor. Entre aquellas, había una en particular que sentía conocerla. No se dé a donde, pero ya había estado con ella antes. Era un hombre.
En el momento en que Caliel sonrió y dijo “ahí vienen”, traté de mirar lo más alto que pude, pero aún no lograba ver nada. Se acercaba. Apoyé mis talones rindiéndome y esperando a que solo vinieran hacia nosotras. Miré el suelo de cerámica liso de color celeste agua. De pronto, Caliel se adelantó un poco y se encontró con el que venía delante de los otros tres, con una vestimenta parecida a la que Caliel llevaba la primera vez que lo vimos, media anticuada, pero no se veía mal. Aunque claro, el guía era un tanto más viejo que el de nosotras.
Se dieron un abrazo con una sonrisa de oreja a oreja, como si no se hubiesen visto en años. Al parecer era así. Caliel los acercó hacia nosotras, y ahí fue cuando apreté mis puños junto a mi pantalón, y me eché el pelo verde hacia atrás. Estaba segura de que había uno que ya conocía, y todavía no levantaba mi rostro.
- Mehiel… que gusto tenerlos por acá. Sean bien recibidos… - decía mientras los conducía hacia nosotras.
Cuando ya los tenía a todos en frente mío, levanté la mirada y los observé a todos con gran ilusión. El guía, Mehiel, era de cabellos grises por las canas, y tenía barba y bigotes acompañando su cara. Sus ojos eran cafés oscuros y sus facciones no eran del todo añejas. Le quedaba vida por delante. Tenía una sonrisa que no se la quitaba nadie cuando nos conoció. Sus dientes eran casi perfectos si no fuera porque tenía más de treinta años. Tampoco era muy alto, así que no me preocupé por saludar en punta de pies.
Ahí estaba el otro… el que sentía haberlo conocido. Lo miré largo rato antes de que nos presentaran. Traté de disimular, pero trataba de acordarme de quien era.
- Ellas son las Ángeles de los Elementos, Mehiel… Nathalie, Diana, Elizabeth y Emily – nos presentó de acuerdo a nuestra posición, y cuando me nombró de las primeras, no se me ocurrió decir nada más que “hola”, al igual que mis amigas.
Sentía que nos miraban extraño, al igual que toda la gente que pasaba por nuestro lado. Pero era una mirada distinta, digamos, no de “¿Qué mierda les pasa?”, si no de… “Las conocí… estas son las Ángeles más fuertes de la historia, que emoción”. Bueno, al menos eso sentía yo. No tuve el valor de meterme en sus cabezas, ni tampoco me sentía la gran cosa. Es más… ¿Quién era yo comparado con ellos?
- ¡Hola, hola! Gusto en conocerlas – dijo Mehiel haciendo una reverencia ante nosotras. ¡No! ¿Qué es eso?
- El gusto es de nosotras – dijo Emily sonriendo.
- He aquí los Ángeles del Sonido. Aidan, Astrid y Evan – dijo también por orden. Así que Evan… se era su nombre.
¡Dios! Ya lo recuerdo… anoche… en el bosque… ¡es él! Estoy segura de que es el mismo… ¿es un ángel? ¿Cómo? No tenía presencia anoche, y ahora… ¿resulta que es un ser celestial? No puede ser, debo haberlo confundido… pero… ¡No! Es él… yo lo vi, me acuerdo de su rostro… es el mismo.
Mientras me debatía entre mis juicios, cada uno nos saludo de besos en la cara, incluso la niña, Astrid, que se veía bastante bien con su ropa no moderna como la de nosotras. Llevaba un vestido blanco con un pañuelo de esos que cubren la espalda, adornado con un broche de plata y brillantes en su hombro derecho. Era de color mantequilla y sus zapatos también. No era alta, de hecho, tenía la misma estatura que tenía yo antes de convertirme en mitad ángel. Su cabello me impresionó. No era largo ni de color como el de nosotras, pero sí sus ojos. Su pelo que estaba atado con un moño en la nuca era castaño claro, casi podría decirse que era rubia, al igual que sus ojos, dorados y brillantes. Tenía en la mano derecha, lo mismo que todas: una venda blanca con una especie de rosario envuelto. Me sentí menos incomoda al analizarla. Sin embargo, al escucharla saludarnos a todas – y creo que no fui la única que sintió lo mismo- quedé más que impresionada, impactada por su voz. Era hermosa, suave y dulce, que con tan solo escucharla, se sentía un ambiente tranquilo y sereno. Era la voz más perfecta y armoniosa que había escuchado en mi vida.
Cuando el segundo joven nos saludó tras Astrid, era totalmente común y ordinario. Aunque podía juzgar que era el más fuerte de los tres. Se le notaba en su aura, en sus ojos por supuesto, eran más intensos que los otros. Parecía que Diana también lo notó, ya que no dejaba de mirarlo. Estaba atontada, pero no la tomé en cuenta. Aidan era tan común que no vale la pena describirlo, pero para diferenciarlos, era el más alto que el otro, con cabello café oscuro, labios normalmente gruesos y ropa… bueno, jeans oscuros y una blusa blanca con algunos otoñes desabrochados, con rayas grises.
Ahora por fin, podía decir que el último en saludarnos, era el que más me interesaba y no porque fuera el más apuesto, si no porque ya lo conocía y me había convencido de eso. Aunque él me miraba como si nunca me hubiera visto en la vida.
El sí era más moderno que Aidan, con jeans, zapatillas y polera blanca con algunas letras insertas de color negro. Había algo eso sí, que me hacía diferir en mis conclusiones. Quizás estaba equivocada y no era exactamente la persona que vi anoche. Pero no sacaba nada con hablarme a mi misma y quedar en la duda.
- Te conozco… - le dije cuando terminó de saludarme. Sentí esa esencia, casi idéntica a la de anoche en el bosque.
- ¿Perdón? – me dijo sonriendo.
- Te vi… anoche… - le dije mirándolo con mis ojos verdes. Esto hizo que su sonrisa se disipara de a poco.
- ¿De qué hablas Nathalie? – me preguntó Caliel.
- De que lo vi anoche en el bosque… - le dije muy seria.
- No puede ser… acabamos de llegar aquí… anoche estábamos en el avión – me dijo Mehiel tratando de entenderme.
- Pero yo lo vi, en el bosque… eras tú, o por lo menos… vi a alguien idéntico a ti…
- ¿Qué dices? – me preguntó Diana despacio.
Rápidamente, la expresión de Evan y de su guía cambió a una de impresión y nerviosismo. Se miraron entre ellos disimuladamente, pero igual logré verlos. Caliel también miró de forma extraña, y los demás estaban tan confundidos como yo.
- Seguramente te confundiste, Nathalie… - me dijo Caliel.
- Pero yo—
- Será mejor que regresemos a Saint antes de que se ponga a llover… últimamente el sol sale por unos minutos, y el resto del día no para de caer agua – dijo Caliel riéndose entre pausas, mirando a los otros Ángeles. Em, Beth y Diana me miraron con un gesto de pregunta, pero no les dije nada. Nos dimos la vuelta y caminamos para ponernos en marcha hacia el pueblo. Tenía preguntas que aclarar, y sabía que en todo esto había gato encerrado. No leí sus mentes. Preferí que me dijeran lo que ocurría más tarde. Lo harían sí o sí.



Al llegar a la capilla, recién allí pudimos conversar y compartir algo con los recién llegados. Nos sentamos en una sala parecida a un living, cerca de nuestras habitaciones. Nos contaron su historia resumidamente. Astrid era la hermana menor de Aidan, y estuvieron a punto de morir por una enfermedad que se propagó al norte de Estados Unidos. Mehiel los salvó a tiempo. Estuvo varios años buscándolos, hasta que finalmente los encontró en el momento preciso y los salvó. Lo diferente de su historia a la de la nuestra, es que ellos aun tenían a su familia, sus demás hermanos y sus padres. Claro está, que nunca más los volvieron a ver, ni tampoco creían que los volverían a ver más adelante. Quizás era el tema que más les costó aceptar, pero sí de su nueva transformación hacían de este mundo uno mejor para toda su familia, no dejarían pasar la oportunidad, así que se unieron luego de pensarlo un poco. Lo encontré algo injusto eso sí, el que ellos aun tuvieran a alguien que los quisiera y que a lo mejor los esperaban, y nosotras no.
Contamos nuestras historias, ya que Evan no se encontraba allí. Me percaté de que entró a la biblioteca en donde Caliel solía pasar mucho tiempo, junto con su guía. No pregunté nada, pero me debían una explicación, que la pediría mas tarde. No pasó mucho tiempo para aquello.
- Nathalie, Caliel te llama… - me dijo Evan asomado por la puerta de la habitación. Yo lo miré y me puse de pie en seguida para entrar. Aun no podía creer que él era la persona que había visto la noche anterior. La verdad no estaba segura, pero era lo más probable.
- ¿Me llamaste? – dije al entrar asomando mi cabeza por entre el umbral. - ¿Hay… algún problema? – dije a los segundos después, al ver que los tres me quedaron mirando serios y algo molestos.
- Cierra la puerta – me dijo Caliel.
- ¿Qué sucede? – dije luego del sonido de la manilla. Me acerqué a ellos. Mehiel estaba sentado en una silla con uno de sus codos apoyado en la mesa de Caliel, en donde trabajaba diariamente, y éste estaba apoyado en la mesa de pie, con los brazos cruzados. Evan estaba en la ventana mirando hacia las afueras. Parecía nervioso.
- Queremos que nos hables acerca de este individuo que viste anoche… - dijo Mehiel mirándome fijamente a los ojos. Cuando terminó su oración, miré a Evan sin que él se diera cuenta.
- ¿Estás segura de que Evan era el que estaba ahí en el bosque? – me preguntó Caliel, seriamente.
- Bueno… si… - dije no muy convincente, por lo tanto, no me creyeron nada. Evan me miro de reojo.
- ¿Cómo es eso? ¿Sí o no? – me dijo Mehiel.
- Eso creo… es que… la verdad es que no lo se… esperaba que me dijeran ustedes.
- Pero… primero nos dices que era él, ahora que no sabes. ¿Qué es lo que te hace dudar? – me preguntó Mehiel.
- No se… supongo que, ahora que lo veo… tienen diferencias…
- ¿Cuáles, Nathalie? – me dijo Caliel.
- Eh… bueno, empezando por la vestimenta… nada que ver con la que vi anoche, era… oscura y… no sé, “dark”… - dije comenzando a ponerme nerviosa. Noté un que Evan movió la cabeza para mirarme.
- Ya. ¿Qué más? – dijo Mehiel.
- Eh… era… es que eras tú, eras tú… lo recuerdo, es la misma cara, el mismo cuerpo, las mismas facciones… eres idéntico… - dije tratando de darme por vencida antes de tiempo.
- Tú lo has dicho, Nathalie… idéntico, pero no se trata de Evan – dijo Caliel.
- Pero, yo—
- ¿Qué otras diferencias recuerdas? – me peguntó Mehiel interrumpiéndome. No sabía a lo que querían llegar. Estaba hartándome.
- Eh… eh… creo que… era rubio, muy rubio… - dije mirando el suelo. Tras decir esto, Evan cerró los ojos y miró por la ventana, haciendo una expresión de “maldición”, o lamentándose por algo.
- ¿Rubio? – me preguntó Caliel.
- Si… de eso estoy segura…y… sus ojos… eran, rojos… como los de… - me detuve para percatarme de la cara que tenían todos, como decepcionados o frustrados, o diciendo mil garabatos por dentro. Le eché un vistazo a cada uno antes de terminar mi idea. –… un demonio… - dije.
- ¿Qué hay… de su presencia? – me preguntó Caliel. Era la pregunta más importante.
- Él… no tenía – dije para terminar. Quizás alguno de ellos quiso desmayarse, pero las circunstancias ameritaban a más de eso, tal vez.
El ambiente cambió drásticamente, y fue cuando se escuchó el primer trueno del día. La lluvia comenzó de a poco y el cielo perdió su brillo. Todos callaron por un instante. No sabía que mas decir. Me miré las manos y quise entrar en la mente de todos al mismo tiempo. Al momento en que lo iba a hacer, Mehiel habló:
- Te dije, Evan… ¡te dije que debías mantenerlo alejado!
- ¿Qué querías que hiciera? Se me fue de las manos – respondió el ángel.
- ¿Quién? – dije confundida.
- ¿Qué quieres decir con que se te fue de las manos? – preguntó Mehiel otra vez.
- No hay nada que pueda hacer… ¿Qué quieres? ¿Qué lo mate? – dijo Evan.
- Nadie ha dicho eso, Evan… - le dijo Mehiel.
- ¿Quién? – volví a preguntar.
- Pero si ya es totalmente demonio, no se puede hacer nada… - dijo Caliel.
- Ese es el problema… ahora está transformado al igual que tú, Evan – dijo Mehiel.
- ¿De quién hablan? – pregunté otra vez. Parecía que no me tomaban en cuenta.
- No intentes pedirme algo que sabes que no haré… ¿Cómo iba a saber que volvería? – dijo Evan.
- Deberías saberlo… - dijo Mehiel.
- ¡Por favor! No lo veo hace varios años, Mehiel…
- ¡¿A quién?! – me empezaba a cansar de la situación.
- Pero Mehiel, sabes que él no es como los demás de su clase…- le dijo Caliel, comprensivamente.
- El que haya rechazado su destino, no lo hace menos poderoso de lo que es… ni tampoco humano.
- ¡¡¿Podrían decirme de quien mierda están hablando?!! – grité al mismo tiempo que quebraba una silla que estaba a mi derecha. Todos callaron nuevamente. Nunca me había visto tan enojada. Quizás alterada, pero gritona…Mmm… esa era Emily.
Caliel se acercó a mí y me tomó las manos. Mientras lo hacía, me formuló otra pregunta.
- Nathalie… esta persona… ¿hablaste con él? ¿combatieron? ¿Qué paso? – me dijo.
- Bueno, yo… le pregunté quién era… qué era… y él no me decía nada, más que me alejara de él… - en ese momento paré la idea que tenía para decir en mi cabeza, porque Evan, mientras miraba por la ventana, trataba de decirme algo mentalmente. Lo miré sorpresiva, pero éste parecía distraído. Solo disimulaba. “No les digas que te hizo algo… no les digas que te hirió o algo así, por favor…”.
- ¿Qué te alejaras de él? – dijo Mehiel.
- Si… él supo en seguida que yo era un ángel… - dije mirando a Caliel. Evan seguía insistiéndome, pero no entendía nada. Me decía “No les digas más por favor… te explicaré todo… ero no digas nada más…”, sin mirarme ni inmutarse. Solo estaba quieto y miraba por la ventana, como poniendo atención a algo de afuera, o a las preguntas de allí adentro.
- Pero… ¿pelearon? ¿Qué te hizo? – dijo Mehiel, poniéndose de pie junto a la mesa.
- Yo… - dije mirándolos a todos muy nerviosa, con mis ojos de esmeralda bien puestos en Evan. No sabía si creerle a éste, o solo decir todo lo que había ocurrido anoche, aunque Evan seguía insistiéndome con lo mismo, que no les dijera nada, por favor… blablabla…
- ¿Qué te hizo? – me dijo Mehiel.
- Él… - era imposible controlar mi nerviosismo. Caliel lo notó. – Él no me hizo nada… solo se fue sin decirme nada… - dije mirando el suelo. No sabía que decir una mentira a estas alturas de mi vida, fuera tan complicado, tan difícil, tan… no sé.
- ¿Estás segura? – preguntó Mehiel acercándose a mi lado.
- Si, si… - dije quitando mis manos de las de Caliel. Por supuesto, no podía leer los pensamientos de éste ya que me lo había hecho prometer hace unas semanas, pero no era necesario meterme en su mente para saber que no creyó ni una palabra de lo que dije finalmente. Solo me miró a los ojos, sin que yo le devolviera la mirada. No podía… con qué cara. Sin embargo, sabía que yo mentía, y se quedó callado al respecto.
- Entonces… hay que tomar cartas en el asunto – dijo Mehiel volviendo a su asiento.
- ¿Puedo irme? – pregunté levantando la mirada lentamente.
- Si, vete – me dijo él mismo.
Di media vuelta, me acerqué a la puerta, giré la manilla, y lo último que vi al voltearme, fue la cara de Evan, mirándome de reojo. Todo lo hice muy rápido.
Con tan solo aquella mirada, pude comunicarle que debíamos hablar. Aun estaba confundida, y no entendía nada. Nunca me respondieron de quien estaban hablando. Era lo único que me interesaba saber.
Pasé por donde la juventud conversaba. Diana se paró y me preguntó:
- ¿Qué pasó? - .
- Nada… cosas sin importancia… - le dije mirando a otra parte. Otra mentirilla más.
- Claro… vamos, Nathalie… dime… ¿Qué paso?
- Nada, en serio… la verdad es que aun no puedo contarte porque ni yo se lo que esta pasando…pero—
- ¿Es mu serio?
- No… no. Te contaré… solo que no ahora…
- ¡Oye, Nathalie! – me gritó Aidan desde un sillón en la esquina de la habitación. Se suponía que mi conversación con Diana era en privado, y traté de mantener mis pensamientos alejados por un momento. – Ven… únete a nosotros y cuéntanos tu historia…-.
- Yo— no pude seguir hablando, ya que por la puerta de donde recién venía saliendo yo, salió Evan sin mirar a nadie, en dirección a la salida. Lo miré de reojo hasta que lo perdí. – Ahora no puedo… debo hacer algo…
- Nat es un poco… conservadora… - dijo Emily sonriendo. No me molestó aquel comentario, por ahora solo quería saber la verdad acerca de este tema que ya me sacaba de mis casillas.
- ¿Nat? Ah… Nathalie… - dijo Astrid.
- Si… un pequeño apodo de hace años… - dijo Emily mientras yo salía por la puerta hacia la capilla. Diana me siguió con la mirada, y creo que luego volvió a su lugar. Seguramente pensó que había tenido problemas con Evan en la biblioteca, ya que salí detrás de él. Más tarde le contaría todo.
Estaba lloviendo más fuerte que antes, y las escaleras estaban cubiertas de charcos, al igual que las veredas y calles. Salimos al jardín por la capilla, el cual estaba realmente bonito, sobre todo ahora que todo se cubría de gotas de agua.
- Se nota que cuidas muy bien el lugar – me dijo caminando en frente mío.
- Gracias… - le dije siguiéndolo. Al parecer, iba en busca de una banca debajo de un gran árbol con hojas verdes y grandes.
Se sentó. La madera del asiento estaba lo bastante mojada como para quedar con el trasero empapado. Dudé en sentarme unos segundos, hasta que finalmente lo hice. Él sonrió.
- Gracias por no decir nada, de verdad… sé cuánto cuesta no decir la verdad – me dijo mirándome fijamente a los ojos.
- Lo hice solo para que me dijeras que es lo que está sucediendo – dije secándome las manos en mis pantalones. Aparté mi pelo a un lado, y él miró todo lo que hacía. Me incomodé un poco.
- Bueno… es complicado…
- Lo entenderé… ¿de quién estaban hablando?
- La persona que viste anoche… yo la conozco…
- Eso creí… ¿quién es?
- Él es… mi hermano… gemelo – dijo mirando sus anos que se apoyaban en la banca. Lo noté titubeante por unos segundos. Me quedé pensativa y en silencio también.
- Ya. Eso explica un par de cosas…
- La verdad es que no lo veo hace varios años… - luego que dijo eso, comencé a procesar la información, y de un momento a otro me llené de preguntas.
- ¿Pero…? ¿Cómo puede ser tu hermano? Es decir… ¿Cómo él es un… y tu eres…?
- Es una larga historia, Nathalie.
- Me agradaría escucharla.
- ¿Él te hizo algo, verdad? ¿anoche…?
- No me cambies el tema.
- Solo quiero saber…
- Eh… bueno… si – al decir esto, cerró los ojos como lo hizo cuando conversábamos con Caliel y Mehiel, como lamentándose por algo.
- Lo siento.
- No debes…
- Me prometió no hacerle daño a nadie…
- Es que—
- ¿Qué te hizo?
- Es que… fue extraño… no sabría cómo explicarlo, porque la verdad es que no lo tengo muy claro.
- Tendré que reunirme con él y hablarle… - después de eso no dije nada. Volví a la pregunta crucial.
- Explícame… ¿por qué él es un demonio y tú eres un ángel?
- Mmm, Nathalie. Fue hace años atrás… verás, yo tocaba el violín en el taller de música de mi escuela.
- Genial…
- Bueno, lo hacía… la cuestión es que, en mi último concierto, debía hacer un solo por unos cinco minutos. Ese fue el sueño de toda mi vida, y estaba muy emocionado, aparte de que mi madre y mi padre estaban allí, junto a Ziro.
- ¿Ziro?
- Mi hermano…
- Ok.
- Bueno, comencé a tocar… y… eh… resulta que cuando toco con tanta concentración… es algo así como que… “me voy”…
- Jajaja… te entiendo. ¿Te vas a otra parte?
- Mentalmente, si… es normal en los músicos…
- Por supuesto…
- Y… creo que esa vez fue una mala idea “irme”…
- ¿Qué pasó?
- Hubo una fuga de gas… mientras hacía mi solo… parece que vino de la fabrica en frente del teatro… y… bueno, fue una gran cantidad que se disolvió por todo el lugar, y mis padres y mi hermano estaba en la primera fila de los asientos…
- Dios… - miré hacia mis rodillas. Me sentí más incomoda que antes, porque se notaba que el tema era triste y lo a él le hacía mal contarlo.
- Como te imaginaras, no alcanzaron a salir ya que las puertas estaban al final de los asientos, por atrás… se intoxicaron con otro grupo de personas y algunos músicos…
- ¿Y tú? ¿Qué hiciste?
- ¿Sabes lo que hice? – hizo una pausa para esperar mi respuesta, a lo cual moví mi cabeza en respuesta de no. – Me quedé… ahí… parado, sin dejar de tocar las cuerdas… estaba, como te dije, tan “ido”… que mi mente no funcionaba para nada más que leer las notas musicales... y lo peor, era que yo olía el gas, y aún así no procesaba el aroma… de hecho, me desmayé sin dejar de tocar… los asistentes que sacaban a las personas estaban un poco mareados también… quizás por eso se demoraron en sacar a la gente del frente…
- ¿Qué pasó… contigo después? ¿Y con Ziro?
- Quedé un rato tendido en el suelo… como atontado y con nauseas… apenas abría los ojos, y… lo único que vi… es que por una puerta lateral del salón, salió un hombre, con vestimenta de monje, con capucha. Se dirigía hacia a mí, y al pasar por mi familia, quedó mirando a mi hermano, como si no entendiera que éste era idéntico a mí. Para ese entonces, mi familia ya había muerto…
- Lo siento…
- Se suponía que Ziro también lo estaba, o al menos eso creí al verlo tirado bajo su asiento en la madera. El monje se dirigió hacia mí, mientras a mí se me escapaba una lágrima sin mover siquiera un musculo de mi cara. Me tomó en brazos, y… luego no me acuerdo. Hasta quizás, una semana después.
- ¿Un… monje?
- Si… más tarde descubrí que era Mehiel quien me había salvado. No sé cómo, pero él entró y salió sin que le afectara el gas, o lo que sea que se haya fugado. Desperté, creo, en una iglesia de Oxford. Ahí me explicó lo que había pasado con mi familia, mi hermano y mis padres, y… bueno… creo que te imaginas como me sentí… ¿Tu también pediste a tu familia?
- Si… es decir, mi padre murió cuando era pequeña, y mi madre hace unos meses, cuando me pasó todo esto… - miré el árbol sobre mi cabeza y supe que no quería hablar de eso. Seguí con el tema anterior.- Bueno, y… ¿Cómo es que tu hermano está vivo?
- Según lo que él me dijo, lo recogieron ese mismo día, cuando estaba a punto de morir asfixiado. No sabe que pasó después, ni quien lo recogió en ese momento. Pero dice, que se despertó uno días después, por el calor que había en aquel lugar. Estaba tendido en una cama de sabanas negras y respaldo de oro, acompañado de un grupo de… demonios, de alta categoría. Lo más probable es que estaba en el Inframundo.
- ¿Inframundo?
- Si… la mayoría de los demonios vienen de allá, y pasan por la tercera dimensión para llegar a esta… ahora que el portal ha sido roto – aquel comentario me hizo bajar la cabeza. No sabía si él tenía conocimiento de que participé en aquel hecho. – Como sea, se despertó siendo ya diferente. Es decir, no era totalmente humano, sino mitad y mitad…luego le enseñaron algunos trucos e intentaron de borrar su memoria, pero no lo consiguieron…
- ¿Por qué?
- El rechazo de Ziro…
- ¿Rechazo? ¿Es por eso que él no es como los demás demonios?
- Bueno, él es demonio ahora cien por ciento. El que no actúe como uno se debe a que toda su estancia como mitad humano, mitad demonio la rechazó. Es decir, no aceptaba lo que le estaban haciendo. Su mente comenzó a fraccionarse negativamente y a revelarse en contra de los fortis…
- ¿Cuándo supiste que él estaba vivo?
- Mehiel me juntó con los hermanos “A” hace unos siete años, para comenzar nuestro entrenamiento. Nuestra práctica requirió un año para dominar nuestros poderes y dones, y para aprender a volar. Al final de ese año, una noche de bruma, vi a Ziro en la cima de una torre de teléfonos de Oxford, y quedé convencido de que era él, nadie me quitó eso de la cabeza.
- ¿Le hablaste…?
- No aquel día… una semana más o menos después, lo volví a ver en el mismo lugar. Ahí me paré en frente de él, y…
- ¿Y…?
- Supe que ya no era mi hermano… por lo menos no el que nació junto conmigo un catorce de Junio... hace diecinueve años…
- Te ves mas joven.
- Jajaja… solo por mi transformación…
- Si… claro. ¿Y luego que paso?
- Bueno, aunque el ya era mitad demonio, su aura era la de una persona sin malas intenciones. Digamos, buena, sincera… eso fue lo que me hizo pensar y descifrar, que Ziro había rechazado su transformación, por lo menos, mentalmente. Su transformación casi se completaba y ya poseía un poder, el cual no me lo quiso revelar. Se desarrolló casi al mismo tiempo que yo. Ahora, como verás… es un demonio por completo, y muy poderoso…
- Si él es un demonio en su totalidad… ¿Por qué no sentí su presencia?
- El que sea mitad humano, no es la única razón que se necesita para que no haya presencia. Si eres fuerte, casi llegando a ser un fortis, puedes esconderla, ocultarla para que los Ángeles no la detecten. Es una habilidad de los demonios de mayor rango. Y… al parecer, mi hermano es lo suficientemente poderoso como para que su energía se esconda casi sin intención.
- Es extraño… que mientras pasa el tiempo, se haga más fuerte, siendo que su mente está completamente bloqueada al mundo demoníaco.
- Debió ser algo que le otorgaron al transformarlo. El demonio que te penetra en todo el cuerpo, va comiendo parte de tu vida, y toda esa energía puede utilizarla para diferentes cosas, quizás para darte un poder, o en este caso, para ir evolucionando sin tope. Tal vez, los demonios responsables nunca se imaginaron que Ziro reaccionaría de forma negativa al proceso.
- Entonces… ¿Él no pertenece a ellos?
- No a la “Organización”… va de un lugar a otro, escondiéndose, tratando de no hacer mucho daño a nadie, y aun así sigue siendo un demonio. eso no se puede negar.
- Entonces… sí es bueno.
- No te confíes. Los demonios son traicioneros…
- Él no es igual que el resto de ellos.
- Pero es fuerte y con poderes… puede usarlos para herir si es necesario…
- Si, lo se…
- Eso. Dime… ¿Cuál es su poder? Necesito saberlo – callé un instante. Dudé en decirlo y no sabía por qué. Me daba la impresión de que Evan no confiaba mucho en su hermano.
- Exactamente no lo sé… pero él… no sé, como que… algo le hacía a la naturaleza de del bosque… como, que marchitaba todo a su paso, lo quemaba, lo dejaba seco y negro, lleno de cenizas negras.
- ¿El bosque?
- Si… las plantas, los arboles, las flores, el pasto…todo. Incluso a mí…
- Lo sabía… mata la naturaleza. Es solo con la energía, el aura de su cuerpo.
- Quieres decir que… ¿mata todo lo que esté vivo?
- Solo la flora. Los animales y personas pueden vivir tranquilos.
- Pero… ¿por qué entonces me afectó a mí?
- Date cuenta, Nathalie. Eres… eres como… Mmm… como decirlo…
- Dilo.
- Tú eres la naturaleza de este mundo, como… la madreselva… la tierra… la vida. ¿crees que no debería afectarte, entonces?
- Bueno… que mala suerte la mía… ¿soy la única persona que Ziro sin querer hace que me sienta como… sin vida?
- Eh… si. ¿sentiste eso anoche?
- Al acercarme… a una cierta distancia… me iba debilitando, las piernas me tiritaban al igual que las manos. Me faltaba el aire… fue horrible. Sin embargo, el me advirtió… que no me acercara a él…
- Debes tener cuidado, Nathalie. Puede… ser fatal.
- No puedo morir, ¿lo sabes?
- ¿Solo porque te regeneras? Hay otras formas de matar a un ángel, Nathalie.
- Jajaja… ya. ¿Cómo cuales?
- ¿Te preguntas porqué todas ustedes no tienen a sus familias vivas? ¿O por lo menos sus padres vivos?
- ¿Qué quieres decir?
- El que haya pasado aquella tragedia, es… para mejor.
- ¿Para mejor? ¿De qué hablas?
- Es lo primero que atacarían los demonios, sus seres queridos. Es por eso que, el destino estaba escrito así… sus padres debían morir tarde o temprano, para que no fueran un uso en contra de ustedes.
- No entiendo…
- Los Ángeles pueden morir de pena, Nathalie, por decirlo de alguna forma. Por eso es conveniente que no te encariñes con más gente de la que ya conoces. Tus amigas, y nada más. Es… como el punto débil de nosotros.
- Mierda… no lo sabía.
- Los hermanos “A” aun tienen a sus padres vivos, pero saben que no lo estarán por mucho tiempo, por eso… decidieron no volver a verlos, y tener que sufrir a causa de su muerte. Es mejor, dicen ellos, recodarlos como antes de su enfermedad, y dejarlo así.
Luego de aquella definición acerca de nosotros, hubo un silencio interrumpido por las gotas de lluvia que chocaban en los charcos de agua en la tierra y el pasto. Ambos estábamos mojados casi del todo. Decidí que era el momento de entrar a ver qué hacían los demás. Era casi la hora del almuerzo, y los guías debían estar comiendo. Me paré de la banca y salí del diámetro del roble, posándome bajo la lluvia.
- ¿Tienes frío? – me preguntó al verme con los brazos cruzados, abrazándome los hombros yo misma.
- Solo un poco…- le dije volteándome hacia él.
- ¿Te vas a entrar?
- Si… ¿y tú?
- Solo quería hacerte una pregunta antes… - dijo acomodándose en el asiento. Yo me quedé parada esperando.
- Dime…
- Eh… ¿es verdad que han tenido algunos… fracasos en su desarrollo como Ángeles?
- ¿Por qué lo dices? ¿A qué te refieres?
- Oí algo de su primera misión en Celeron… el manicomio y todo eso… y, sobre el portal también… el secuestro de Caliel…
- ¿Quién te lo dijo?
- El Consejo de Prada le dijo a Mehiel… en todo caso, esas cosas no se mantienen ocultas por mucho tiempo entre los grupos de Ángeles que existen…
Di una carcajada seca mirando mi ropa. Me hice la sarcástica y comencé a responderle.
- Mira… lo que diga el Consejo me tiene sin cuidado… no me interesa.
- Es que el que manda todo este asunto, Nathalie.
- Pero no me importa.
- Debe importarte… sin ellos, no existiría la organización que se establece hoy en día, gente como nosotros…
- Creo que sin ellos, esto tendría más futuro del que esperamos ahora…
- ¿Por qué dices eso? – se puso de pie sin caminar hacia mí.
- Porque yo he estado con ellos…Evan, yo he hablado con ellos…
- ¿Has estado en el lugar?
- Si… y créeme… lo único que hacen esos ancianos es tomar malas decisiones…
- ¿Sobre qué?
- ¡Sobre nosotros! ¿No te das cuenta? ¡Van con la mayor calma del mundo planeando y planeando cosas, fingiendo que todo está bien, cuando en verdad lo que mas hace falta es tiempo! ¡Tiempo para organizar bien las cosas! No sé si todavía viven en el pasado… o no se darán cuenta que mientras más segundos pasan, este mundo se llena de demonios, malos espíritus, cosas que el ser humano no podrá aguantar… y cuando llegue ese momento, ahí deben estar los Ángeles, mientras ellos se lavan las manos con nosotros. Lo que hace falta, es actuar… pero ahora ya, y no esperar a que ocurra un milagro, porque no llegará mientras no nos movamos…
- Hablas, como si los odiaras…
- No los odio, es solo que no estoy de acuerdo con sus ideas…
- Debes seguirlas – aquello me sacó de quicio, pero no seguí discutiendo del mimos tema. Después de todo, había dejado claro que el Consejo no significaba nada para mí.
- No tienes idea por todo lo que hemos pasado, Evan…
- Si, lo sé…
- No, no lo sabes. Tú no pasaste lo mismo que yo, con Em, Beth y Diana. ¡En una semana tuvimos que aprender lo que tú aprendiste en un año! ¡Un año! … la presión fue mucho más de lo que puedas imaginar… todo pasó tan rápido… - tenía ganas de llorar, pero me aguanté. Además, aunque quisiera, mis lágrimas no brotarían. Me sequé la cara de la lluvia con mis manos. Evan se acercó y quedó a un metro de mí.
- Lo siento, Nathalie… tienes razón, no lo sé…
- Está bien… será mejor que entremos… - me di media vuelta y entré a la capilla. Parece que él se quedó un rato mojándose, porque no sentí sus pasos seguirme de inmediato.
Al entrar, los demás me quedaron mirando como si fuera un bicho raro o algo así. Estaba totalmente mojada y Beth se acercó a mí.
- ¿Qué pasó? - .
- Nada… ¿podemos hablar después? Creo que iré a dar una vuelta…
Me retiré sin decir nada más. Me puse un poleron que había a los pies de mi cama inservible, y salí por el portón de reja negra.