martes, 19 de enero de 2010

CAPITULO XXXIV

Elizabeth y Nathalie ayudaron a Diana a que se arreglara y quedara como toda una princesa ante su compañero de aquella noche. Aquel vestido ajustado azul petróleo, resaltaba su casi perfecta figura, destacando todas sus curvas, aunque le cubría la mayor parte de sus largas y trabajadas piernas. Sus zapatos eran bajos pero elegantes, y por supuesto, su cartera igual. Elizabeth le preparo el cabello de una manera no cotidiana, dejando atrás sus colas de caballo a ambos lados, y dando a mostrar un peinado totalmente moderno, desordenado y a la vez, fino. Sus mechas largas y amoratadas colgaban por su espalda y bailaban al ritmo del viento que entraba por una de las ventanas del teatro de Garamond.
- Creo que ya estas lista… y…son las ocho y cuarenta minutos – le dijo Nathalie.
- Entonces, creo que es tiempo de largarme – dijo Diana mirando sus zapatos.
Elizabeth solo sonreía, quizás ella también estaba algo nerviosa con lo que pasaría en la noche. Mas de algunas de las chicas querían averiguar qué pasaría aquella noche luego de la cena, tratando de echarle un vistazo al futuro, lo cual era algo inusual en ellas, pues era un poder que no ocupaban mucho debido a que no era cien por ciento efectivo, ya que cada movimiento o acción que hacían, alteraba el futuro visto por ellas. Sin embargo, Diana no quiso que ninguna viera lo que pasaría, ni que tampoco la espiaran o algo así. Lo dejaba a la suerte del destino.
Dos minutos después, la vieron marcharse por la esquina, muy elegante y digna hacia su cita. La plaza no quedaba muy lejos, por lo que seguramente tendría que esperar algunos minutos. Elizabeth y Nathalie quedaron un instante mirando el cielo, el cual estaba cada vez más gris, más triste aunque sin goteras. Entonces, la fuerte presencia de un demonio se sintió bastante cerca y a la vez, ambas sintieron ese gran flujo de energía que rondaba por ahí. Nathalie quedó mirando la azotea del edificio del frente hasta que Elizabeth captó su atención. Era Ziro.
- Vuelvo enseguida – dijo Nathalie sin dejar de mirarlo.
- Nat… no creo que sea buena idea – le dijo Elizabeth tomándola del brazo.
- Tiene algo urgente que decirme, Beth… no tardo.
- Puedes hacer lo que quieras, Nat, es tu problema… solo te digo que no estamos aquí para visitas, estamos aquí para hacer lo que nos corresponde hacer… por favor, no te distraigas, que ya debemos empezar.
Elizabeth trató de no ser tan agresiva ni tampoco tan sutil, pero luego de que Nathalie atravesara la ventana y volara unos metros hacia el frente, se quedó pensando en aquella relación.


Nathalie Denat


Crucé la calle que nos separaba y mantuve mi distancia con él. Me quedó mirando por un momento al igual que yo. Comencé a caminar hacia donde se encontraba y en eso, me habló:
- ¿Sabes dónde está Evan? – me dijo con una voz nerviosa. Tenía una cara de aflicción.
- Hasta que me fui de la capilla no había regresado… ni él ni sus compañeros, ni siquiera Mehiel… pero… ¿Por qué?
- Lo tienen Nat… la Triada debe tenerlo… estoy seguro, yo se… yo se que lo tienen…
- Tranquilízate Ziro… ¿estas seguro?
- Si… es que… he perdido las posiciones de algunos de sus integrantes… han desaparecido y el único lugar en el cual mi mente no puede entrar estando aquí es la sexta dimensión… la dimensión de los demonios…
- Pero—
- Nat, necesito tu ayuda… por favor, si no puedo encontrar a los demonios… tú puedes encontrar a los Ángeles del Sonido… por favor Nathalie, necesito que encuentres a Evan…
No podía dudar en ese momento. Su voz no era la misma de siempre, parecía afligido y nervioso al mismo tiempo. Al parecer jamás lo había visto así. No podía negarle aquella petición. Si algún demonio había secuestrado a Evan y a los hermanos A era mi deber ayudar a encontrarlos, por lo que no espere ni un segundo más.
Mis ojos miraron al suelo tratando de encontrar algo. Recorrí cada rincón de Garamond, luego a Olidata, más hacia el sur, norte, este, oeste… pero no había nada. Intenté expandir mi búsqueda, hacia lugares más lejanos, incluso otras dimensione, y cuando sentía que me estaba acercando cada vez más, un chirrido agudo resonó en mis oídos, el cual me hizo gritar de dolor, al mismo tiempo en que apoyé mis rodillas en el piso. Me coloqué las manos en las orejas.
- ¡Nat! Nat ¿estás bien? – me preguntó Ziro un poco preocupado, pero sin acercarse.
No podía responderle, mis ojos aún seguían arrugados producto del dolor. Me llegó a doler la cabeza por un momento, y más tarde, aquel líquido rojo intenso y tibio se empezó a escurrir por entre mis dedos mientras aun tenía mis manos en los oídos. La sangre fue lo que puso más nervioso a Ziro, e hizo llamar la atención de mi amiga.
- ¡Nat! – dijo el demonio acercándose.
- Detente – dijo la voz de Beth delante de mí, poniéndole una mano en frente para que se detuviera.
Ziro inmediatamente paró su recorrido y solo atinó a retroceder un poco mientras Beth se agachaba y me examinaba.
- ¿Estas bien? ¿Qué paso Nat? – me dijo mientras me tomaba las muñecas y alejaba mis manos de sus orejas ensangrentadas.
- No puedo… no puedo encontrar a los Ángeles del Sonido, Beth… no se qué pasó… yo…
Antes de seguir hablando, quise intentar nuevamente, pues pensé que podría haber sido alguna interferencia o algún demonio loco rondando por ahí, pero al ponerme de pie e intentarlo nuevamente, ocurrió lo mismo en el mismo tiempo. Beth me sujetó de los brazos y Ziro mas atrás parecía preocupado.
- No se que pasa – le dije con dificultad a Beth.
- Creo saber que esta pasando Nat… - dijo Ziro un poco más calmado.
- ¿Qué? ¿Qué es? – dijo Beth mirándolo.
- No se muevan, vuelvo en 6 segundos.
Desapareció como arena negra en el viento, y ni siquiera alcanzamos a comentar aquella desaparición, pues exactamente seis segundos después, volvió de la misma manera, ahora, con alguien en su custodia. Su cara me era familiar. Muy familiar.


Emily Thompson


Una vez que las demás marcharon, me quedé un rato más en espera, pues al momento de captar que Caliel se alistaba para salir, a esa hora de la noche, me pareció sospechoso. No sabía si el sabía que yo aún seguía en la capilla, pero antes de que atravesara la puerta de salida, le hice la pregunta.
- ¿A dónde vas?
- ¡Em! – dijo no asustado, pero sorprendido. - ¿Aun sigues aquí?
- Si… aun sigo aquí… - intente ocultar mis verdaderos motivos del por que aun no me había ido con las demás.
- Y… ¿Por qué?
- Solo respóndeme… ¿A dónde vas a esta hora?
- No creo que sea de tu incumbencia, Em… tengo algunos asuntos que resolver…
- ¿Asuntos? Pero.. ¿Por qué a esta hora?
- Porque… estoy todo el día ocupado con Mehiel viendo asuntos del Consejo y otras cosas, no tengo tiempo para preocuparme de estos asuntos durante el día… por eso prefiero hacerlos a esta hora.
- Y… supongo que se trata de lo mismo ¿verdad? Consejo, la tercera dimensión… nosotras…
- Por supuesto.
- Pues, entonces te acompaño…
- No, Em… no puedes, no son asuntos que debas escuchar…
- Si se trata de mi y mis amigas, por supuesto que si…
- No Emily. Ya dije que no… y por favor no me discutas más… estas atrasándome.
- No te preocupes, te llevare…
- ¿Qué?
- No querrás que te deje caminar solo por las frías calles de Saint hacia un destino que desconozco con alguno que otro demonio loco suelto por ahí…
- Jajaja… se cuidarme solo… lo hice todo el tiempo antes de que ustedes aparecieran.
- Las cosas no son como antes.
- Emily es suficiente… iré solo… y tú deberías estar ayudando a las demás en vez de hacerme perder el tiempo.
- Disculpa… no haré perderte mas el tiempo Caliel…
Aquella última oración me salió bastante irónica, pero no me quedé a ver la expresión de Caliel como respuesta. Salí antes que él y me elevé por los aires nocturnos de Saint para olvidarme de aquella pequeña discusión. Aunque debía decirlo… se me comían las alas por seguirlo hacia donde quiera que se dirigiese… pero… tal vez él tenía razón… no era de mi incumbencia.


Ziro tenía a su prisionero agarrado del pelo, bruscamente, y lo tiró al piso con aun más agresividad. Elizabeth y Nathalie se quedaron mirándolo tratando de procesar de quien se trataba. Ziro lo tenía atado de manos, inmovilizándolo un poco. Volvió a tomarlo del pelo y le levanto la cabeza para que ambas lo vieran.
- Theo… - dijo Nathalie casi susurrando.
- Ahora sí que no vas a interferir, maldito demonio de cuarta… - le dijo Ziro con ira, con esos ojos rojos característicos de su enojo.
- ¿Era él? – peguntó Nat.
- Estaba interfiriendo en tu búsqueda, Nathalie, siguiendo órdenes de Eliott por supuesto. Pero ya no será un obstáculo. De eso me encargo yo.
En aquel dialogo, Theo no dijo ni una sola palabra, solo observaba a los dos ángeles que tenía en frente. Hubo un rato de silencio.
- Lo intentaré yo – dijo Elizabeth mirando a Nathalie y luego a Ziro, el cual asintió sin mayores problemas.
Recorrió los mismos sitios y lugares que su amiga había recorrido, y al igual que ella, estuvo a segundos de encontrar a los otros ángeles, pero nuevamente, el sonido agudo que había retumbado en Nathalie, también retumbo en Elizabeth, haciéndola chillar del dolor, para luego pasar por los mismo síntomas que su amiga. Ziro reaccionó entonces.
Manejaba a Theo como a un muñeco, lo tomó del cuello y lo estrangulo un rato.
- ¿Qué es lo que te pasa, mugroso demonio? ¿Quieres que acabe contigo en un par de segundos? Si no es así, entonces deja tu estúpida mente fuera de esto y salva tu asqueroso trasero.
- Son órdenes que no puedo dejar de cumplir – respondió Theo con dificultad.
- ¿Aunque eso implique matarte?
- Sabes que nosotros no morimos…
- Corrijo entonces. ¿Aunque eso implique dejarte perdido? ¿Qué caigas más de lo que ya has caído?
Su silencio respondió las preguntas de Ziro. Y si así era, pues era mejor matarlo y deshacernos del estorbo de una vez por todas, para finalmente encontrar a los otros ángeles.
Ziro un movimiento con su mano derecha, indicando un próximo ataque. Theo abrió los ojos un poco asustado y se apresuró a decir algo antes de que su enemigo hiciera cualquier cosa.
- ¡Yo se donde está tu hermano, Ziro! - dijo apresuradamente.
Nadie dijo ni una palabra, pero las acciones de Ziro se detuvieron. Quedó mirando al demonio esperando una respuesta su mirada intimidante.
- Se que se encuentra en la sexta dimensión-.
- Pero no sabes en que lugar exactamente… sabes que en esa dimensión puedes perderte fácilmente… y llegar a caer si no tienes cuidado al andar…
- No creas que no lo se… y tampoco creas que será un trabajo difícil el encontrarlo… después de todo, soy un demonio… y de los mas fuertes…
- Los guardias no te dejaran cruzar la dimensión.
- ¿Crees que me importan?
- No puedes—
- Puedo hacer lo que se me plazca porque la gran mayoría teme a mis poderes…
- Ha… te crees la gran cosa…
- Soy la gran cosa, Theo…
A éste ya se le habían acabado las respuestas. Ziro lo supo cuando cayó y lo observo a los ojos con algo de pavor. Fue cuando volvió a alzar la mano derecha mientras que con la izquierda lo sostenía del cuello, y preparó su ataque al mismo rato que sus ojos se tornaban negros por completo.
Al pasar tres segundos lentamente, y a estar a solo uno de eliminar a Theo, Ziro recibió un ataque sorpresivamente, que hizo soltar a su enemigo lejos, y el protegerse con uno de sus brazos. Era una bola de fuego no muy ofensiva, pero no era fuego rojizo como el demoníaco, si no mas bien, fuego normal.
Ziro miró a su nuevo rival. Era Elizabeth, quien estaba parada en frente de Nathalie, casi inmóvil y dispuesta a lanzarle otro ataque al demonio. La venda de su mano se había quemado. Ni siquiera se la había quitado para lanzar el fuego.
- ¡Beth, que haces! – le gritó Nathalie mientras se acercaba a ella, pero Elizabeth, sin escucharla, volvió a lanzar una bola de fuego a Ziro, quien se protegió ahora mas adecuadamente.
- No es ella – dijo Ziro luego de que esquivara el ataque.
Éste comenzó a mirar hacia donde Theo había saltado, pero no seguía allí. El escurridizo se había movido al borde de la azotea y se iba a lanzar a volar hasta con las manos atadas. Ziro estaba decidido a detenerlo, pero justo en aquel instante Elizabeth se lanzó sobre él con gran ansiedad, cayendo ambos al suelo. Nathalie corrió hacia ellos, tratando de alejar a su amiga de Ziro, y mientras lo hacía, Ziro se apresuraba a perseguir a su prisionero.
- ¡Beth, para! – le decía Nathalie sin tratar de dañarla, aunque su contrincante le lanzaba ataques como si fueran enemigas. Nathalie entendió que estaba siendo controlada por Theo, mentalmente. Ella ya lo había experimentado una vez, y sabía lo difícil que era tratar de dominarse a sí mismo.
Estuvieron combatiendo un rato, claro que Nathalie trataba de esquivar todos los ataques de su amiga, aunque varias veces la lastimó. Ziro no tardaría en volver.


Diana Crown


Mientras esperaba de pie con un tic en la pierna, seguramente de nerviosismo o ya de costumbre,
El presentimiento de peligro se hizo presente en mi mente. Se me detuvo el constante movimiento de la pierna y mire hacia mi derecha, de donde había venido. Fuerzas demoníacas y angelicales, enfrentándose unos con otros. Estaban mis amigas ahí, lo sabía, y eso fue lo que mas me preocupó.
- ¡Mierda!
Se cumplieron las nueve y media, y entonces, antes de que Alan tocara la bocina, miré hacia mi izquierda a la vuelta de la esquina, donde venía doblando lentamente un auto que parecía cero kilometro, pero para alguien de conocimiento automotriz, seguro que era usado. No me consideraba una experta, pero sí alguien con una vista más aguda de lo normal. Sonó la bocina dos veces, y me recordó mis años primarios en mi escuela, cuando el furgón escolar me recogía por las mañanas. Sonreí. Se posó justo en frente de mí, y sin apagar el motor, Alan bajó del auto.
- ¿Puedo escoltarla a su palacio, princesa?- me dijo con una sonrisa de galán.
- ¡Dios! Alan… es precioso… - dije entre sonrisitas, refiriéndome al auto.
- Gracias… se que parece cero kilometro… - dijo acariciando su nuevo transporte. …Pero no lo es… tal y como lo analicé.
- Eso da lo mismo. Es… el sudor de tu frente…
- ¡Uf! Si supieras todo lo que sudé por comprarlo… quedé todo transpirado.
- Jajaja… lo se. Pero está muy bien, te felicito.
- Gracias, Diana – me dijo con emoción. Su nueva compra era ya una prueba de que era un joven que sabía lo que quería, y luchaba por obtenerlo. Seguramente su trabajo de transportar cosas de una ciudad otra en una camión ya anticuado había sido considerado. En verdad estaba feliz por él.
- No tienes nada que agradecer… te lo mereces.
- Bueno… ni siquiera te he saludado adecuadamente… - dijo acercándose hacia mí. Me dio un beso en la mejilla y luego prosiguió. – Disculpa no haber llegado antes… ¿te hice esperar?
- Eh… no… es decir-- ¡No mientas!. – Llegué antes de la hora.
- No quería hacerte esperar en este lugar tan… oscuro, tan solitario…
- No… hay locales abiertos… no te preocupes, no espere mucho.
- Bueno… entonces, ¿vamos?
- Vamos.
Me sentí toda una princesa cuando se adelanto a abrirme la puerta. Antes de entrar, eché un último vistazo en dirección hacia donde estaban mis amigas, seguramente combatiendo aún. Me sentí rara, preocupada. Podría inventar una excusa si quería ir en ayuda de… pero no puedo mentir, menos a Alan, menos echar a perder esta cita, que estoy segura, la tenía muy planeada.
Al entrar al auto, arreglé mi vestido para quedar como toda una señorita. Me fijé que el colgante que le había obsequiado no estaba en el espejo retrovisor. Miré a mis alrededores y no lo encontré. Esperé que subiera al auto.
- No tienes el colgante que te dí aquí…
- Ah… no. Lo tengo en el camión aún. Será más efectivo cuando voy a otras ciudades a las que no conozco, me puedo encontrar con cualquier cosa.
No hablé más del tema, pero me preocupé por eso. Si los demonios sabían que yo me encontraba con Alan frecuentemente, podían atacarlo solo para hacerme sentir dolor. Seguí teniendo aquellos pensamientos y me entró un miedo q aumentaba con cada uno de ellos.


Emily Thompson


Llegué donde supuestamente me iban a esperar, en el teatro. Sin embargo, me desvié de aquel sitio, para dirigirme al edificio del frente, en donde Beth y Nat estaban luchando, casi seriamente.
- ¿Qué esta pasando aquí? – dije antes de que Beth me mirara con una cara la cual no era la de siempre. Estaba encima de Nat tratando de lanzarle un ataque cuando la interrumpí. Al parecer no fue una muy buena idea, ya que aun no guardaba mis alas, y Beth corrió rápidamente hasta mí, para tratar de atacarme.
- ¡Em, cuidado! – me gritó Nat desde una esquina. Fue lo último que escuché antes de que Beth me arrojara al piso y comenzara a golpearme con sus propias manos. Me libré de ella sin compasión.
- ¿Qué pasa, Nat? – le pregunté.
- ¡Está siendo controlada por Theo!
- ¿Theo?
- ¡Si!
- ¿Y donde está él?
- Ziro salió persiguiéndolo…
- ¿Ziro?
No pudo seguir la conversación, pues Beth nuevamente se lanzó sobre nosotras, como quien caza a su presa. Tratamos de detenerla, pero las lianas de Nat se quemaban ligeramente, por lo que no era de mucha ayuda. Quizás mi agua podría calmar su fuego. Por lo menos la calmó un momento.
- ¡Son los Ángeles del Sonido, Em!... al parecer han sido secuestrados por la Triada de Neheria –me explicó Nat, mientras tratábamos con Beth.
Traté de entender con las respuestas que me daba Nathalie, e intenté hacerme una idea de lo que había pasado antes de que yo llegara hasta Garamond.
En un momento de descuido, Beth venía hacia mí con toda la fuerza a tratar de arrojarme nuevamente al suelo, pero la esquivé de manera inteligente la deje tirada en el piso tomandola de as muñecas, con todo mi cuerpo encima para que no se moviera. Traté de hacerla volver en sí, y creí que había funcionado cuando dejó de moverse bruscamente, y sus ojos se tornaron naranjos nuevamente. Me quedó mirando impresionada con los ojos muy abiertos.
- ¿Beth? – le dije.
No me dijo nada, pero sabía que volvía a ser la misma Beth de siempre. Nat se acercó.
- ¿Estás bien? – le dijo mirándola.
- ¿Qué…? – dijo Beth mirándome extrañada, mientras le quitaba las manos de sus muñecas.
- Tranquila…estabas—
No terminé de hablar, pues justo sentí llegar a Ziro por una esquina de la azotea, un poco agitado, pero con un buen semblante. Escondió sus oscuras y deterioradas alas, y se acercó a nosotras. Nat se alojó detrás de mí.
- ¿Qué ha pasado, Ziro? – le preguntó Nat. Al parecer y por lo que yo vi, le preocupaba la cara del demonio, pues no estaba como la misma de siempre.
¿Y donde estaba Theo? ¿Por qué Ziro tenía sangre en sus manos? ¿Por qué se veía tan agitado y cansado? ¿y a la vez algo perturbado?
- ¿Dónde está Theo? – preguntó Nat.
- Theo no volverá a molestarnos más…


Diana Crown


La llegada no fue para nada incomoda. Dentro del restaurante había solo gente bien vestida y de más edad que nosotros. Un hombre de smoking nos guió hacia la mesa reservada con el nombre de Alan, y nos dirigimos pasando por un pasillo de cerámica blanca, esquivando algunas sillas, llegando finalmente a nuestro lugar. Ahora, el pedido fue algo mas incomodo, ya que de los platos que había en el menú, con suerte conocía uno. Eran todos con nombres italianos, otros en árabe, hasta algunos chinos. Al parecer era un restaurante de comida internacional, pues tenía a varios países involucrados en sus comidas.
Como sea, pedí algo con verduras y un jugo natural. A los cinco segundos ya se me había olvidado el nombre de mi plato, pero no me pareció importante. Alan me miraba fijamente como queriendo preguntarme algo, pero le daba vergüenza o se sentía incapacitado de cuestionarme.
- ¿Pasa lago? – le dije sonriendo.
- No, no… nada. ¿Te gustó el lugar?
- Me encantó. Está muy lindo, muy lujoso… pero, no era necesario reservar un restaurante tan caro—
- No te preocupes por eso. Eres mi invitada y puedes pedir lo que quieras… después del primer pedido, por supuesto.
- Jajaja… no acostumbro a comer mucho. Era vegetariana.
- ¿Ya no lo eres? – me preguntó mirándome a los ojos. Levanté la mirada y luego me di cuenta de que había metido la pata por primera vez esa noche.
- Si, lo soy… supongo – dije con una carcajada fingida.
- Wau, yo como de todo… y mucho.
- Para todo lo que estudias… debes alimentarte bien. A propósito, ¿ha ido todo bien?
- ¿En la Universidad? Si, muy bien. Creo que soy uno de los mejores de la clase, pero no podría estar seguro.
- Seguro que lo eres. Eres muy inteligente.
- Jajaja… bueno, el estudiar medicina lleva grandes sacrificios… pero me gusta, y creo que eso es lo mas importante. Por eso ando todo el día leyendo libros, estudiando sin querer.
- Me parece bien. Con esfuerzo se logra todo, Alan.
- Por supuesto que si. ¿Y tus clases? – me preguntó. No estaba segura de que responderle, pero no podía mentirle. Lo que no quería, era que me preguntara cosas que si eran mentiras, y que las había confirmado hace un tiempo, cuando aun tenía la facilidad de mentir.
- Eh… mis clases… no las he tomado.
- ¿Por qué?
- Es que… - no hallaba que decir. Sentía que me comenzaba a sudar la frente.
- Si no quieres contármelo—
Justo llegó la niña mesera con las bandejas y los platos de comida. Fue una salvación. Justo a tiempo. Dejó el mío en medio de los cubiertos, al igual que el de Alan, también mi jugo de frambuesa y la bebida de mi compañero. Agradecimos al mismo tiempo con una sonrisa. Entonces, miré mi deleite. Habían varias verduras que conocía, y otras que no, pero eso no era lo más incomodo. De hecho, lo más incomodo venía ahora.
- ¿Pasa algo? ¿No te gusto? – me preguntó al ver mi cara, que de seguro demostraba inseguridad de comerlo.
- No, no… o sea… ni lo he probado. Es que… el tomate no me gusta – le dije sin mentir. Claro, que los otros vegetales eran de mi agrado.
- No lo comas… a mi no me gusta la cebolla, y también esta en mi plato – dijo para hacerme sentir mejor. Sin embargo, no lo logró.
¿Qué haría él si al echarse la comida a la boca no saboreara nada? ¿Qué haría si sintiera algo cremoso, algo liquido, o algo más duro en su paladar y no sintiera el sabor de dicho alimento? A lo menos yo… pondría una cara extraña.
No podía hacer nada más que tragar sin mucho que masticar. Hubiera pedido cualquier otra cosa, algo que nunca hubiera probado, aunque no me gustara… y daría lo mismo, pues no sentiría el sabor aunque fuesen pastelitos o dulces, mis favoritos.

La cena no duró mucho, y eso fue lo mejor que pudo haber pasado. Solo por la comida fue incomoda, pero si hubiera sido otro tipo de cita, se seguro habría sido la mejor de mi vida. Conversamos mucho, aprendí a conocerlo más, y por supuesto él a mí. Por supuesto, no le dije nada que no debía saber.
Caminamos una cuadra bastante solitaria hasta llegar a donde estaba estacionado el auto. Obvio que el restaurante tenía estacionamiento, pero estaban todos copados. Aunque creo que fue un problema de efectivo por el cual no lo dejamos allí. Pero en fin, no era de mi incumbencia. Íbamos de lo mejor por la calle, cuando de un momento a otro, sentí la brisa fresca rozar mi espalda. Tenía mis sentidos muy sensibles, y como era de esperarme, Alan no sintió nada. Pero yo si. Y no era nada de bueno. Miré a mi alrededor, y cuando detuve mis ojos en el frente, vi a cuatro sujetos parados en la esquina, bastante sospechosos, que nos observaban como esperándonos. Aunque eran seres humanos, me detuve sin titubear y tomé el brazo de Alan.
- ¿Qué pasa? – me dijo él sin saber.
Entonces me di la media vuelta, y ahora esos cuatro tipos estaban en frente de nosotros, a no más de tres metros. Vestían de negro enteros, con capucha en sus cabezas. Tenían solo pinta de ser ladrones, pero eso no era lo que me inquietaba, sino más bien, aquella presencia fuerte y demoníaca que reposaba en las alturas, a mi lado izquierdo. Busqué en los techos de las casas solo con la mirada, pero no logré ver nada.
- ¿Se les ofrece algo? – preguntó Alan, poniéndose sobre mí. No lo dejé y le hice una seña para que se callara.
- ¿Aparte de ella? – le dijo uno que se adelantó, los demás rieron.
- Hey… ¿Qué es lo que quieren? – volvió a preguntar Alan acercándose a este. Comencé a ponerme un poco nerviosa. Lo detuve del brazo nuevamente.
- Alan, no – le dije jalándolo hacia atrás.
Los otros tipos comenzaron a avanzar hacia mí, y yo ni me moví. No como Alan, quien se puso más nervioso que yo, al ver que me comenzaban a acechar.
- Ya basta. Lárguense… - les dijo Alan. A pesar de estar nervioso, se notaba estar tranquilo.
- Dame todo lo que tienes, idiota… - le dijo el mismo sujeto.
- ¡Alan, no le des nada! – le dije, creyéndome alguien que podía salvar la situación. Pero hasta el momento, no había logrado nada.
Pero no me hizo caso, porque al parecer el miedo lo había invadido de pie a cabeza. Se metió las manos a los bolsillos, de seguro buscando su billetera o sus cosas de valor. Mis nervios aumentaron, pero para conservar mi compostura, cerré los ojos y llamé a un aire puro y sagrado para poder tranquilizar la situación, calmar la ansiedad de los individuos, y calmar también a Alan.
Estuve así por un rato. De pronto no se escucharon las respiraciones agitadas a mil por hora, y cuando abrí los ojos, divisé a la luz de un faro, un resplandor en la cintura de uno de los tipos. Cuando se movió a recibir las cosas de Alan, pude corroborar mi idea. Era un arma, y estaba cargada. No lo sabía con claridad, pero mi seguridad e inquietud me decían que estaba cargada.
Me mordí el labio inconscientemente. Miré a Alan, quien ya estaba transpirando.
- Alan, no – le dije librándome de los otros sujetos.
- Detente ahí, jovencita – me dijo uno de ellos, tomándome del codo.
- ¡No la toques! – le dijo Alan empujándolo hacia atrás. Mis nervios llegaron al límite. Tomé a Alan de la mano y caminamos hacia donde estaba el auto. Aun quedaba la mitad de la cuadra. Di pasos rápidos, pero no muy largos debido a mis tacos.
No quise mirar hacia tras, ni saber si habían tomado el arma para atacar a Alan, pero al parecer, mi llamado a la tranquilidad había funcionado aunque fuese un poco.
Seguíamos caminando ligeramente, cuando sentí nuevamente aquella brisa extraña, aquella brisa sin sylfos, mis sirvientes, aquella brisa endemoniada…
Entonces, me detuve para mirar ahora a mi derecha, sintiendo esa risa en el aire que no podía descifrar de donde provenía. Era algo malo de todas maneras, y Alan no estaba a salvo ahí. Me volteé nuevamente para ver si esos tipos seguían allí, y lo único que alcancé a divisar, fue el líder de la banda apuntando con su arma hacia nosotros, más bien hacia mi acompañante…
¿Qué atiné a hacer? Lo que cualquiera con rápida sanación hubiera hecho en mi lugar… interponerme entre la bala y Alan.
Fue todo tan rápido, tan veloz, que cuando la munición penetró mi pecho casi al lado de mi corazón, Alan dejó de respirar. De seguro con la boca abierta. Flecté un poco las rodillas y miré el suelo, me coloqué la mano en la herida al mismo tiempo que mi peinado se deshacía y se me venían las mechas a la cara. Fue un acontecimiento en el momento preciso, ya que no quería que Alan viera mi cara de sufrimiento o de dolor, aunque no fuese una no muy del sentimiento. Arrugué los ojos un par de segundos antes de caer al suelo de espalda. Lo último que vi de pie, fue a esos tipos, sin entender mucho lo que sucedía, para luego salir corriendo.
- ¡Diana! – gritó Alan a mi lado. Se agachó para verme y yo aun no reaccionaba por el impacto.
No quería que se preocupara, pero ya estaba hecho. No tenía ni la más mínima idea de lo que seguía después.
- ¡Diana, por dios! – dijo cada vez mas nervioso, me miró los ojos forzadamente y fue ahí cuando comencé a reaccionar.
- Que… - dije sin mucha conciencia.
Alan metió la mano al bolsillo oculto que tenía su camisa cerca de sus costillas izquierdas. Comenzó a buscar impacientemente, hasta que saco de entre su chaquetilla un teléfono celular.
- ¿Qué vas a hacer? – le dije débilmente. Se impresionó al escuchar mi voz.
- Llamar una ambulancia por supuesto…
- ¡No!
Grité y a la vez le arrojé el celular a donde no podía ya mirar. Rodó por el asfalto hasta que paro de deslizarse más fácilmente debido a el escarchado caído por la tarde.
- Diana, tengo que llamar—
- Alan, no… estoy bien – le dije sin quitarme la mano de la herida. La bala ya había sido expulsada hace rato. La ocultaba en la palma, sin mostrársela a él.
- Shh… no hables. Déjame ver…
- ¡No!
- ¡Diana por favor!
- ¡Alan, estoy bien! – le dije tratando de alejarlo de mi.
Mierda… si ve mi herida sanada estoy muerta…
Intenté mantener sus manos lejos de mi pecho, pero fue inútil, y como futuro doctor, más difícil aún. Me quitó la mano bruscamente y la bala salió rodando por el piso hasta posarse a unos metros de mi izquierda.
Alan quedó con la boca semiabierta y no la cerró hasta volver su mirada hacia mí.
- ¿Qué…?
Que hago… que hago… que le digo… mierda, estoy frita…
- Estoy bien…
- ¿Cómo…? ¿Te sacaste la bala, Diana? ¿Cómo?
- Es que no… estaba…
- Vi cuando te—la bala en—como—
- Alan, cálmate…
- ¡Vi la bala entrar por tu pecho, Diana! ¿Cómo…?
Abrió tanto los ojos que en un momento sentí que se le desorbitarían. No sabía como mierda le iba a explicar esto ahora…
- No… yo…
- ¿Diana… que? No-- ¿tu herida?-- ¿Dónde..?
Aaaaaaaaaaaahhhhhh!!!!
- Alan—
- ¿Qué mierda esta pasando aquí?
- Alan…
Era el fin. Era el fin… tenía que decirle… tenía que decirle toda la verdad. ¿Si no cómo? ¿Cómo me creería lo de la regeneración espontanea si él mismo, con mayor razón, sabía que eso no existía? Su corazón empezó a latir cada vez más fuerte, más fuerte. La impresión le iba a causar… quizás que cosa.
- Alan, yo…

jueves, 10 de diciembre de 2009

CAPITULO XXXIII

Sacó una rama bastante agresiva y dura del árbol seco en donde Ziro reposaba, y con mucha fuerza, la hizo penetrar desde la muñeca, hasta su codo izquierdo. La herida se veía exagerada, sobre todo ante las miradas impresionadas de los gemelos, pero concluía que mientras más grande, más tiempo se demoraría en regenerarse.
- ¡Estás… loca! – le dijo Ziro, tratando de evadir la sangre de Nathalie.
- Cállate y acércate…
- No estás segura de que funcionará, Nathalie… - dijo Evan.
- Claro que sí…
- Claro que no. Ziro es un demonio, algo completamente distinto a ti…
- Si nunca probamos, nunca sabremos – dijo Nathalie, siendo
Procuró ser lo más rápida que pude, aunque obviamente no podía controlar su propia curación. Escurrió la sangre por entre unas cuantas heridas de Ziro, y la velocidad con que éstas sanaron, fue realmente notable. No habían pasado ni dos segundos cuando ya estaba la mitad lista.
Ziro se estremeció, como si un escalofrío recorriera su cuerpo entero, y cuando se sintió mejor, ya estaba curado. De hecho, todos sus sentidos mejoraron un cien por ciento, se sentía con más fuerza y energía, por lo que el efecto perecedor de su presencia, no tardó en actuar sobre Nathalie, la cual se alejó rápidamente a un lado de Evan.
- ¿Funcionó? – preguntó éste a su hermano, acercándose a él.
- Creo que… si – dijo Ziro, mirándose las manos. Sus ojos brillaron, por un instante rojizos, y se volvieron a tornar un dorado iluminado.
Evan sintió deseo de abrazarlo, pero se aguantó solo por un orgullo que llevaba dentro hace bastante tiempo, y que había sido imposible sacarlo. A veces afloraba.
Ziro se puso de pie, al instante en que el árbol tras de él se iba marchitando con el pasar de los segundo, ahora cada vez más rápido. Miró a Nathalie, quien se sacudió la arena de la ropa, y se hizo la loca.
- No tenías por que hacerlo… - le dijo mirándola fijamente, a lo que ella le respondió de igual forma.
- Te dije que me sentía en deuda contigo – le respondió.
Ziro se quedó callado, y Evan se dirigió a Nathalie.
- Creo que deberíamos volver…
- Ve tú… necesito hablar con él primero.
- ¿Qué? – dijo Evan.
- Ve tú… necesito hablar con Ziro.
- Yo no quiero hablar contigo, Nat – le dijo Ziro tratando de no ser tan inexorable.
- Pero yo sí… así que—
- ¿Qué quieres que le diga a tu guía? – le preguntó Evan.
- No me importa si no le mientes… dile la verdad.
- Pero…
- Yo lo arreglare cuando regrese, Evan. Por favor…
Evan la quedó mirando un par de segundos, y luego se volvió a Ziro. Éste no había dicho nada, pues no haría cambiar de opinión a Nathalie, así que asintió para que su hermano gemelo se fuera, y los dejara hablar un rato.
Desapareció entre algunas nubes a lo lejos en el cielo, y los otros dos intercambiaron miradas sin decir nada. Ambos estaban serios, y a unos metros de distancia. Nathalie se agarró la polera larga que le llegaba a las caderas, como si estuviera nerviosa, pero en realidad, ni se acercaba a ese sentimiento todavía. Para Ziro era incomoda aquella situación, así que trató de hacerla lo más corta posible, por lo que habló primero.
- ¿Qué quieres hablar conmigo?
- Ya lo sabes… necesito preguntarte algo.
- ¿Qué?
- ¿Por qué te haces el que no lo sabe? Dime… ¿Por qué me salvaste esa noche?
La pregunta fue tan repentina y sin anestesia, que Ziro quedó plantado sin moverse por un rato en el mismo sitio en el que había permanecido desde que se puso de pie. La voz no le salió al primer intento.
- ¿Por qué me preguntas eso? – le dijo como comodín para no darle una respuesta verdadera.
- Necesito saber… dime la razón exacta y sin mentiras. Sabré si estás mintiendo.
- No tendría por qué mentirte, Nat. Fue… un impulso del momento… no lo pensé… - Ziro ya no miraba a la joven. Parecía que estaba más nervioso que nunca, pero no podía ocultar sus emociones con Nathalie.
- ¿Es decir… apareciste de pronto entre mi y Eliott sin darte cuenta? Inventa algo mejor. Por favor, dime la verdadera razón por la cual me salvaste, Ziro…
- ¿Por qué tanta curiosidad? ¿No puedes conformarte con que estas bien y un “muchas gracias”?
- Dime…
Nathalie no se daría por vencida ni se dejaría persuadir por las respuestas sin sentido de Ziro. Sabía que había algo más detrás de aquellas palabras. Ziro la miró a los ojos y se quedó ahí por un momento. Se acercó unos pasos cortos, tratando de mantener su mente en blanco, y luego trató de ser sincero.
- Sólo sentí que debía hacerlo, Nathalie… no sabría cómo explicarte, pero… fue algo que me movió hasta donde tú estabas y… no se…
- Pero… es que tú... tú siempre estás ahí…
Ziro retrocedió sin dejar de mirarla. Nathalie se intentó acercar un poco, para luego terminar de decir:
- Cuando estoy peleando, cuando estoy en problemas, cuando estoy… mal… débil… siempre estás ahí, vigilándome en alguna parte. A veces, si no te veo, te siento… como si estuvieras pendiente de mi todo el tiempo.
- Es una coincidencia de que esté yo cerca cuando estás en problemas o algo así… no creas que estoy pendiente de ti todo el tiempo, Nat.
- Es que así es… y no trates de mentirme, Ziro. ¿Qué te pasa conmigo?
Nathalie trató de ser lo más directa posible con él, sin tampoco dejar a la luz su principal objetivo. Presentía que había un sentimiento más fuerte de parte de Ziro hacia ella, aunque no quería divagar en su cabeza y encontrarse con una sorpresa. Espero a que él se lo dijera con sus propias palabras.
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Qué te pasa conmigo? - Nathalie se acercó lo suficiente para quedar junto a Ziro y tocarle las manos, ardientes como el fuego.
- Mira, yo… - le costó empezar, pues al parecer, el gesto de Nathalie hacia él, le provoco más nerviosismo del que se imaginó. – Eres una persona especial para mí, Nat. Eres... no se, la única que puede entender… lo que soy, como soy… y… que de verdad está interesada en ayudarme, si es que aún hay esperanza. Si algo te hubiera pasado, lo más probable es que me hubiera vuelto lo que no quiero ser… un completo y asqueroso miembro de la Tríada… quien sabe que más…
Aquellas palabras fueron sinceras. Nathalie no sabía si el aliento no le salía por la impresión y el comienzo de sus nervios, o porque el “efecto Ziro” estaba empezando a atacar sus pulmones. El demonio la empujó hacia atrás al ver que se ponía pálida y no le salía la voz.
- Estoy bien… - le dijo la chica. – Yo…
- Será mejor que te vayas. Tu guía debe estar buscándote, al igual que tus amigas.
- Ziro yo…
- Por favor. No pierdas el tiempo.
Nathalie había quedado sin excusas para quedarse. Lo que le había dicho Ziro la había dejado anonadada y sin saber que decir ni pensar. Quizás podría dejar su respuesta para otro día. Caliel podría enfadarse con ella.
Lo miró a los ojos, queriendo decirle algo, pero lo único que hizo fue darse media vuelta y caminar sin rumbo. Al quinto paso, Ziro la detuvo con una despedida.
- Esta será la última vez que nos veremos, Nat.
La actitud de la joven cambio bruscamente y se dio la media vuelta que le faltaba para perderse en los ojos rojizos de Ziro. Aquellas palabras la dejaron totalmente perdida.
- ¿Qué? – le dijo ella.
- Es lo mejor… para ti… para todos.
- ¡No! ¿Estas…? ¿Tienes miedo?
- ¿Miedo de que?
- No se… porque de algo estas escapándote, ¿o no?
- No, Nathalie.
- ¿Por qué no quieres verme más?
- Porque… la Tríada… me perseguirá, tratará de eliminarme… y no quiero—
- Lo que es mejor para mí lo decido yo, Ziro.
Sin escuchar una nueva respuesta del demonio, Nathalie dio unos pasos hacia atrás, para luego darse la vuelta y correr algunos metros, desapareciendo finalmente como lo hizo antes Evan. Ziro quedó con las palabras en la boca, sin arrojarlas al aire. Sabía lo testaruda que era ella, por lo que trataría de buscarlo tan solo para verlo. Claro, que él no estaba muy de acuerdo con su propia suposición. Nunca estuvo totalmente seguro de no querer ver a Nathalie nunca más, pero si quería que ella estuviera bien y protegida, era capa de eso y quizás mucho más.

Emily permaneció en el jardín hasta que sintió alguien acercarse. Había estado pensando en muchas cosas, tantas a la vez que ya ni se acordaba de todas sus memorias. Se asomó por la reja negra y miró a la esquina. Evan había tocado la tierra hacía unos pocos segundos, y entró por el jardín.
- ¡Emily! – dijo al verla luego de unos días como bella durmiente.
- Hola, Evan.
- ¿Ya estas bien?
- Si… eso creo – dijo Emily con una pequeña sonrisa en el rostro.
- ¿Y Diana con Beth?
- Aun duermen… espero que despierten pronto…
- Claro.
- Eh… ¿Cómo está Ziro? – le preguntó ella difícilmente.
- Él… está bien. Mucho mejor ahora que Nathalie lo ayudó a recuperarse…
- Si… lo sabía. Es decir, me lo imaginé…
- Escucha, traté de traerla conmigo, pero no me quiso hacer caso. Dijo que quería conversar—
- No te preocupes, Evan. Nathalie está grande… y se supone que sabe lo que hace.
- Pero… de todas maneras.
Evan se notaba preocupado por Nathalie. Emily se percató de aquello y se acercó un poco. Antes de decirle cualquier cosa, Astrid apareció por la puerta de la capilla, con una enorme sonrisa y dando pasos bailarines hacia Evan. Emily la miró y le sorprendió notar tanta alegría y brillo en sus ojos.
- ¡Evan! ¿Cómo te fue? ¿Cómo está… tu hermano? – le dijo casi innatamente.
- Bien… bien.
- Que bueno…
Era un ambiente incomodo y Emily sentía que debía irse. Esperó unos minutos.
- ¿Qué tal si vamos a dar una vuelta a la ciudad? – le dijo Astrid.
- No lo se, Astrid… estoy cansado…
- Si, lo se… pero puedes distraerte… si vamos por ahí y caminamos… no se… - la joven trataba de disimular su nerviosismo, pero al parecer Evan no lo paso por alto y se sintió un poco obligado a salir con ella.
Miró a Emily como pidiendo su opinión. Ésta solo rió desviando la mirada, a lo que Evan accedió. Salieron juntos por donde mismo había entrado él anteriormente, y se dirigieron hacia Garamond.
Emily entró. Por el resto del día, no hizo nada mas que acompañar a sus amigas dormilonas junto a Aidan, quien aun estaba al lado de Diana. Caliel y Mehiel discutían algunos asuntos dentro de la biblioteca, y Nathalie no llegó nunca a la capilla. Se adentró en algunas zonas verdes de Lathalia, y permaneció allí hasta el ocaso.


* * *


La sexta dimensión, gobernada por demonios y sus derivados, lugar en donde el rey máximo era el mismo Lu, estaba repleta de fiestas, parrandas y diversiones sexuales abiertas a todos los demonios habitantes. Era un lugar de alta temperatura en donde la naturaleza no existía, tampoco las casas, ni el agua. Ni siquiera el día. Parecía que siempre era un atardecer, de esos en que las nubes se ven rosadas, pero en cambio, ahí las nubes eran de un color rojizo y anaranjado intenso, cubriendo un cielo de color negro sin estrellas. Había fuego en todas partes, rocas y tierra seca. Era el lugar en donde oficialmente habitaban los demonios, la Triada, y hasta los mitad demonio, mitad humanos.
Ese mismo día, Eliott disfrutaba de un increíble Redberries en uno de los “locales” más costosos de por ahí. Acompañado, por supuesto, de sus compañero, quienes tomaban el mismo trago, ese trago de color sangre con un toque de negro, haciéndolo más espeso, y mas sabroso. Eliott decía que aquel exquisito bebestible le hacía pensar cosas nuevas, nuevas ideas, nuevas proposiciones, y nuevos ataques. Luego de haber tomado el tercer sorbo, miró a Valkyria, quien estaba sentada al frente de éste, con dos tipos a cada lado, y con los labios rojos como escarlata.
- Hay que eliminar a los otros Ángeles… - le dijo mirándola fijamente.
- ¿Los del Sonido? – respondió ella, antes de dar otro sorbo al Redberries.
- Son estorbo…
- Pero son fuertes…
- No me interesan. Son piedras que patear.
- ¿Quieres que nosotros nos hagamos cargo? ¿O se lo dejaras a Theo y los otros dos?
- No… ellos que se encarguen de vigilar a los Ángeles de los Elementos. Podrías invitar a Luffer o Arkanus para que… eliminen a esos tres músicos…
- ¿Quieres…? ¿Quieres matarlos o…?
- ¿Cundo has visto morir a un ángel literalmente? No… podría hacerlos parte del equipo… o podríamos tomar su Lumen, Luz o como quiera que se llame… y usarlos con otros fines. Ahí se me ocurrirá algo… por mientras los quiero no interfiriendo en nuestros planes.
- Pero, Eliott… ¿Por qué tan interesado en los otros Ángeles si ni siquiera tienen el poder de sanar aún? ¿Ni siquiera pueden luchar contra nosotros? – le decía Valkyria, al tiempo que uno de los tipo empezaba a besarle el cuello, y el otro acariciaba su pelo.
- Son más fuertes de lo que parecen, Valkyria. Llegara el momento en que serán rivales dignas de vencer.
- Pareciera que en vez de hacerlas mas débiles para acabar de una vez por todas con ellas, las haces mas fuertes en cada decisión que tomas.
- Me gustan los desafíos. No pelearé contra alguien que no sepa lo que tiene… en todo caso no te preocupes. Mi generosidad no durara por mucho tiempo…
- Claro… cuando ya hayan viajado y visto a los Arcángeles, a las Tríadas Celestiales y sean más fuertes que todos nosotros juntos—
- ¿Por qué tienes tanto miedo, Valkyria? – le preguntó Eliott, dejando la copa reposando sobre una mesa redonda y pequeña a su costado derecho.
- No tengo miedo. Es solo que…
- Tranquila. Saldrá todo a la perfección. Encarguémonos de ese nuevo asuntito, mientras mis mensajeros siguen con el plan de búsqueda, al igual que Lorian y Eebaiv.
La música, de un estilo “gothic metal”, baterías locas, guitarras pesadas y graves, y voces distorsionadas, los dejó llevar por el resto del día. Miles de copas vacías a los pies de Eliott y los demás, unas cuantas chicas con pocas ropas por ahí y por allá…


Luego de tres días, se reunieron a un costado de la carretera en donde Beth y Gary siempre se encontraban, repleto de zonas verdes, arboledas y un aire tranquilo y perfecto para perfeccionar sus habilidades.
- ¿Qué hacemos aquí? – preguntó Diana a Elizabeth y Nathalie. Emily y Caliel aun no llegaban.
- Caliel nos dijo que tenía que hablar con nosotras… - le respondió Elizabeth.
- ¿Y por qué aquí? – le dijo Diana.
- No lo sé, Diana. Esperemos a que llegue…
- ¿Y dónde está Em? – preguntó Nathalie mirando la punta de los arboles, estos mudando las pocas hojas que le quedaban.
Un par de minutos después apareció Caliel y Emily bajando por el camino pavimentado hacia ellas. Eran cerca de las dos de la tarde y no había sol que alumbrara, ni luces que rebotaran en la tierra entre hojas secas y ramas de pinos. Había una temperatura fría, pero soportable, aunque las chicas estaban sin nada que les abrigara el cuello, ni menos los brazos.
- ¿Dónde estaban? Son más de las dos y media… - dijo Elizabeth.
- ¿Lo dice la mas puntual? – dijo Emily con carcajadas alegres.
- ¿Dónde estaban entonces? – preguntó Diana, con unos gestos intrigantes.
- Estábamos… estaba enseñándole la ciudad a Caliel… - dijo Emily.
Todas mostraron una pequeña sonrisa que intentaron ocultar, pero aquellas reacciones no le parecían muy agradables al guía. Avanzó un poco más hacia ellas, y las miró fijamente a todas por un momento.
- Haré como que no vi y escuché nada… - dijo levantando una ceja, mirando al suelo, y con bastante seriedad. –Las cité aquí porque creo que es un lugar muy tranquilo… y perfecto para nuestro objetivo desde hoy en adelante.
- ¿Cuál es nuestro objetivo? – preguntó Elizabeth.
- Perfeccionar, y entrenar sus habilidades por sobre todas las cosas. Este último tiempo ha sido difícil… y creo que es porque no hemos practicado lo suficiente. Yo se que… quizás no me he dado el tiempo últimamente para ayudarlas. He estado ocupado con Mehiel viendo unos asuntos, y… lo que les quiero decir es que desde hoy día, todos los días y todo el día… estaremos en entrenamiento intensivo. Así que espero que colaboren y… bueno, solo eso.
Todas quedaron sin palabras. La verdad era que no había nada que decir. Quedaron un poco impresionadas, pero no se atrevían a decir nada que dejara a Caliel descontento. Obviamente, Elizabeth no calló por siempre.
- ¿Es una broma?
- ¿Perdón? – dijo él.
- Es decir… nosotras también tenemos cosas que hacer durante el día – le explicó Elizabeth con muecas en la cara.
- Pero… ahora deben darle más importancia a esto… todo lo demás debe ser secundario. Es decir, si quieren mejorar, deben estar aquí todos los días a las dos y media en punto. Luego, al atardecer vuelven a la capilla, y se alistan para hacer lo que deben hacer.
- No se si sea lo mejor… explotarnos así… - dijo Emily.
- No es explotarlas, chicas. Pero… por ahora los demonios solo aparecen de noche. Luego lo harán en todo momento, a cualquier hora y en cualquier lugar. Deben estar preparadas para todo y la única manera es ésta.
Nuevamente se produjo un silencio que solo era interrumpido por los autos que recorrían la carretera a unos metros de ellos. Se miraron unas a otras y luego esperaron las órdenes de Caliel para empezar. Aunque tenían mucho que decir o reclamar, se guardaron sus demandas y empezaron la “clase”.
Las primeras horas practicarían algo de control mental, para dejar al final el entrenamiento de poderes y habilidades físicas. Aquel día no fue para nada relajado. Si bien había sido el primero luego de varias semanas, las chicas quedaron cansadas tanto física como mentalmente. Caliel les dijo que habían avanzado bastante, mediante las continuas luchas que habían tenido con algunos demonios en las noches, pero que aún quedaban un largo trecho hacia la perfección, y que solo la cruzarían asistiendo cada día a entrenar con él.
Esa tarde, casi al caer la noche, Caliel las hizo parar para volver a prepararse a la capilla. Todas estaban agotadísimas y con suerte podían sacar sus alas para marcharse. Al dejar el lugar, salieron a las luces altas de los vehículos, Aarón y Scarlette, quienes habían visto y escuchado todo desde que habían llegado las jóvenes. Obviamente, ninguna de ellas los sintió merodeando, por lo que ambos estaban muy relajados a unos cuantos metros de la carretera, espiando todos los movimientos de cada una. Con una excitante sonrisa en la cara, regresaron a la sexta dimensión, en donde Eliott los esperaba con nuevas noticias.
Cuando Aarón y su hermana viajaban hacia allá, era solo para cosas importantes, o en remotos casos, parrandas cuando las necesitaban y las de Olidata y Garamond los aburría.
Eliott los vio llegar y no pudo evitar mostrar sus dientes en una sonrisa satisfactoria, llena de placeres. Estaba solo, sentado en su encantadora silla de forro de terciopelo rojo oscuro, con adornos de oro y plata, dibujos bordados, y cojines bastante cómodos.
- Están entrenando… - le dijo Aarón, parándose al frente, mirándolo muy serio.
- ¿Ese es el estúpido plan de Caliel? – dijo decepcionado.
- Entrenaran todos los días, todo el día… si, ese es el plan de Caliel.
Eliott hizo otro gesto de decepción. Se acomodo y luego coloco sus brazos en las rodillas. Pensó un rato.
- ¿Dónde está Theo?
- Vigilándolas, como siempre… - le respondió Scarlette.
- Que se mantenga a una distancia prudente… no quiero que lo descubran.
- Como siempre, Eliott… - dijo Aarón algo extraño. No quería tratarlos de “señor”, puesto que se estaban acostumbrarlo a llamarlo tan solo por su nombre.
- Bien… entonces, sigan vigilándolas. No tengo nada más que decir. Está de más recordarles que cualquier otra noticia nueva, debe llegar a mis oídos primero.
- Por supuesto… pero… - Aarón no lograba sacar las palabras. Sintió un escalofrío al querer expresarle su pensamiento a Eliott.
- ¿Hasta cuándo tendremos que hacer esto, Eliott? Digo… terminaremos por olvidarnos de nuestro poderes si seguimos solo espiando a esas niñas, sin hacer nada… luego cuando nos descubran… - Scarlette no se contuvo, y tan solo dijo lo que pensaba.
- Ustedes solo siguen mis órdenes y punto. Ahora si les importa, necesito reunirme con la Triada… pueden retirarse y hagan su trabajo sin quejarse.
Eliott cambió de posición y se vio amenazante. Ambos decidieron no seguir discutiendo y se marcharon en cuanto pudieron. El demonio llamó a una de sus mensajeros, Siria, la cual no tardó ni medio segundo luego del llamado.
- Necesito reunirme con la Triada… ¿Dónde están?
- Eh… bueno, Lorian y Eebaiv ven el asunto de los Ángeles Guardianes en el Paraíso. Luffer y Valkyria siguen el plan… - Siria paró de hablar.
- ¿Y Arkanus?- preguntó al ver que la joven demonio le faltaba un integrante.
- Creo que busca… un nuevo cuerpo – dijo sin mirarlo. Sabía que Eliott odiaba las tonterías de Arkanus, y que seguramente se enojaría con cualquiera que estuviera ahí cerca, en ese caso, Siria.
Eliott hizo un gesto de decepción y puso una mano en la frente. No fue tan grande su reacción.
- Que Lorian y Eebaiv sigan haciendo su trabajo. Llama a las chicas y a ese estúpido… los quiero aquí cuanto antes.
- Ok.
Y como las ordenes de Eliott no podían esperar, los tres aparecieron en tan solo medio minuto. Quizás, era el tiempo suficiente. Con su poder, Valkyria hizo emerger una roca desde los ardientes suelos del lugar, para poder sentarse y escuchar lo que había que escuchar. Arkanus seguía con el mismo cuerpo, era un milagro.
- Ya se lo había dicho a Valkyria… pero no al resto.
Empezó hablando lentamente, y yendo directo al grano.
- Esos Ángeles del Sonido… me molestan. Me estorban.
- Lo mismo digo – dijo Luffer antes de que Eliott terminara su idea.
- Bueno. Por lo mismo, no quiero molestar a los otros chicos para algo tan simple como deshacerse de un trío de Ángeles buenos para nada.
- ¿Puedo encargarme de la chica? – dijo Arkanus con un sonrisa malévola.
- Pero, por lo que yo he visto… no son rivales difíciles de vencer… además, si algo les pasa, las otras Ángeles se irían en nuestra contra… y bueno. Habría guerra… - dijo Luffer caminando hacia un costado de Eliott.
- Lo sé… pero, ¿no tendrás miedo de eso? – dijo éste.
- Claro que no… es solo que quiero ahorrarme malos ratos. Ese sería un mal rato.
- ¿Puedo encargarme de la chica? – volvió a decir Arkanus.
- Lo que yo no sé es que pasará con Ziro, si le hacemos algo a su hermano, Evan… - dijo Valkyria.
- ¿Qué pasara? Nada… - dijo Eliott.
- Pero… no se. No es que tema de su poderes ni nada de eso… pero aquella noche…
- Aquella noche ganamos por gran diferencia contra ese estúpido. El que sea fuerte no lo hace poderoso, como lo somos nosotros seis. Así que, deja a Ziro fuera de esto. Quizás, sería mejor que a Evan lo dejáramos para al final. Por mientras, los hermanitos “A”… - dijo Eliott.
- ¿Puedo encargarme de la chica? – dijo Arkanus nuevamente.
- ¡Bien! – dijo gritando Luffer. –Encárgate de ella… nosotras de su hermano.
- ¿Y para cuando quieres este trabajo, Eliott? –preguntó Valkyria.
- Cuando quieran…



Unos días después, Diana tuvo una actitud extraña al entrar a la capilla, luego de haber faltado al entrenamiento y de estar casi todo el día desaparecida. Llegó echa una bala hacia la habitación que compartía con las otras Ángeles. Éstas se alistaban para salir en busca de demonios, pues el sol ya se había puesto y había que ir a trabajar.
Todas miraron la expresión sospechosa de Diana en el rostro. Cerró la puerta tras de sí y se volteó a ver a las demás. Antes de que empezara a hablar, Emily le dijo:
- ¿Alan?
Diana le puso una cara pesada a Emily, pues ella misma quería contar el grandioso día que había tenido hoy.
- ¿Lo besaste? – le preguntó Elizabeth, riéndose.
- ¡No! – le dijo Diana avanzando hacia su cama y sentándose en ésta.
- Entonces cuenta rápido – le dijo Nathalie.
Todas se acercaron a los pies de la cama de Diana, y esperaron a que ésta les contara.
- Me invitó a una cita… romántica.
- ¿Y… eso es todo? – dijo Elizabeth decepcionada. – Esperaba algo más… no se… - dijo luego de haberse dado media vuelta y terminado de ponerse su chaleco de hilo.
- ¿Y que esperabas? – le dijo Diana.
- Pero si salen todos los días… ¿Qué hay de diferente? – le dijo Emily.
- Ya te dije. Esta vez es romántica. En un restaurant, a la luz de las velas… comida de primera clase… quizás para pedirme algo… - dijo Diana mientras sus ojos le brillaban como nunca. Llegaba a reírse sola.
- O mejor dicho, para pedir tu mano – le dijo Emily soltando varias carcajadas.
- No seas tonta… - le dijo Diana.
- No se… no te ilusiones. ¿Y si Caliel no te deja salir? supongo que será una noche, y las noches no estás disponible… - le dijo Nathalie, mientras ésta también volvía a sus quehaceres.
- Eso suena feo… pero no te preocupes, para eso tengo a mis queridísimas angelitos de la guarda que me ayudarán a pasar desapercibida ante Caliel, y antes los demás.
- ¿Y qué quieres? ¿Qué te saquemos escondida en uno de nuestros cabellos? Caliel no es tonto. Además debe estar muy enfadado… faltaste al entrenamiento y nunca contestaste a nuestros llamados – le dijo Elizabeth, mientras se colocaba su cintillo color blanco.
- Es que… fue solo por hoy… los otros días iré… pero no podía dejar a Alan plantado.
- ¿Cuándo saldrás? – le preguntó Nathalie.
- Mañana… me esperara a las nueve en punto en la plaza central de Garamond. Quería venir a buscarme… pero obviamente desistí de aquella decisión.
- Em podría distraer a Caliel – dijo Elizabeth mirando por el espejo, el rostro de su amiga, quien quedaba impresionada ante la loza idea.
- ¿Qué? ¿Por qué yo? – dijo Emily haciéndose la desentendida.
- No te hagas… no sé, puedes nuevamente “enseñarle la ciudad” – dijo Elizabeth, al segundo que todas estallaban de la risa.
- Bueno… y eso ¿en qué me beneficia? – dijo mirando a Diana.
- Hablemos de los pagos después. Por el momento solo necesito que te lo lleves o lo distraigas o no se…
- ¿Y que pasara si los hermanos “A” o Evan con Mehiel te ven? Porque… supongo que irás vestida atinente a la ocasión… y atinente a la ocasión me refiero… “sexy” – dijo Elizabeth.
- ¿Qué? – dijo Diana.
- Ya sabes… busca un vestido lindo, elegante… - le dijo Nathalie mientras se peinaba sus rulos verdosos.
- No lo había pensado…
- Mira, lleva tu tenida en algo y te cambias en un lugar cualquiera. Las chicas te ayudaran, mientras yo me encargo de distraerlos a todos cuando salgan, sería raro que te vieran maquillada o peinada extravagantemente… porque supongo que así iras ¿o no?
- Claro…
El complot se había armado y lo único que Diana esperaba era la noche siguiente. No sabía porque, pero tenía el presentimiento de que no sería una noche cualquiera. No quiso adelantarse viendo el futuro, por lo que las demás aguantaron su curiosidad y la ayudaron, a la mañana siguiente, a escoger un vestido y zapatos finos, para poder ir presentable. Al entrenamiento llegaron un poco tarde, pero Caliel prefirió no preguntar. Aunque comenzó a sospechar más cuando a Diana, debido a los nervios, no le salían los ataques o no podía concentrarse bien. Todas se reían mirando hacia otro lugar.
- No me parece gracioso… si no estás aquí, no progresarás… y—
- Si, lo sé Caliel. Perdón…
La tarde se pasó rapidísima para más remate. Al irse del lugar, los goterones empezaron de pronto y se apresuraron en llegar a la capilla. No había mucha luz, pero las nubes grises no pasaban desapercibidas en el cielo, menos a esa hora. Los Ángeles del Sonido recién habían salido con Mehiel a hacer un trabajo, y quizás no regresarían luego de un buen rato. Aun era temprano.
Elizabeth llegó directo a la cama, como si hubiera podido dormir un rato. Estaba agotada, pero no pudo pegar un ojo, menos cuando tenía a lo más una hora para hacerlo. Hacía frío, pero ella nunca más sintió esa sensación en su cuerpo, por lo que cerró los ojos sobre las sabanas, sin preocuparse de si se podía enfermar o no con los mínimos grados que había de temperatura.
Aunque no durmió, el estado placentero en el que se encontraba le permitió relajarse y concentrarse en ella misma por un momento. Tenía los ojos cerrados, pero su mente estaba en las nubes, su cuerpo estaba inmóvil, y su corazón palpitaba normalmente. Comenzó a agitarse, cuando en su cabeza empezaron a pasar eventos de manera muy rápida, relacionados con ella, y otros Ángeles, en donde se podían ver peleas, sangre, muertes, un cielo infernal y la tierra quemándose. Entre aquellos Ángeles, se encontraban los del Sonido, que sin duda, eran los que más veía en todas partes. Especies de meteoritos aterrizaban sobre las personas, y cuando vio uno próximo a ella, despertó de golpe quedando sentada en su cama, con el pelo alborotado, y una lluvia incesante que casi quebraba los vidrios de las ventanas. No había sido un sueño, pues nunca se quedó dormida, pero la sensación que aquella “visión” le provocó era como la de un presagio o una sospecha.
Se encontraba sola en la habitación, así que decidió ponerse de pie y buscar a Mehiel y los demás. Aquella era su máxima preocupación. Le preguntó a Caliel, pero éste le dijo que no habían vuelto desde hace rato, y que no tenía noticias, ni buenas ni malas. Regresó a la habitación, y en el camino, se encontró a Diana, quien caminaba con la mirada baja, ocultando tal vez algo de su rostro.
Se reunieron ya dentro del cuarto.
- ¿Qué te pasa? – le dijo Elizabeth a Diana.
- Eh… no se.
- Si sabes… estás nerviosa.
- No lo estoy… no puedo estarlo, lo veo casi todos los días… salimos casi todos los días…
- Pero no regresas comprometida todos los días…
- ¡Tonta! ¿Cómo se te puede ocurrir esa estupidez? Alan no me pediría algo así… - dijo Diana sonrojándose y riendo a la vez.
- ¿Y qué pasa si lo hace?
- No lo hará… bueno, y si lo hace… por supuesto que le diría que no puedo. No se… soy muy joven… o debo regresar a mi país natal… o que se yo…
- ¿le mentirías?
- ¿Qué quieres? ¿Qué le diga que soy un ángel y que no podemos estar juntos porque algún día me volveré algo que… estará destinado de por vida a hacer el bien… y—
- ¡Ya! Entendí el punto. Aun así… hablas como si… - Elizabeth hizo una pausa y se acercó a ella. - ¿Te gusta?
- No me gusta.
- No puedes mentir.
- No lo estoy haciendo…
- ¿Segura?
- Segurísima.
- ¿Y él? ¿Le gustas?
- No lo sé…
- ¿Nunca le has preguntado o leído sus pensamientos?
- ¿Para qué? No quiero invadir su privacidad…
- Ay Diana… no se trata de eso. Pero, imagínate que de verdad le gustas… o es mas, está enamorado de ti… sería totalmente… difícil.
- Lo sé, pero… no. Confió en Alan. No le gusto. Solo somos amigos.
Aunque Diana se escuchaba segura, no se veía como tal. Parecía algo confundida, y por sobretodo, nerviosa. Unos minutos después, entraron a la habitación Nathalie y Emily, pues ya la hora era la oportuna para salir a hacer su trabajo. Diana, por otro lado, tenía una mochila de tamaño reducido, en la cual, llevaba todo lo que necesitaba para cambiarse en alguna parte, sin que Caliel sospechara algo. De hecho, todas salieron de pronto, y se despidieron de su guía cuando ya iban en los cielos. Caliel no alcanzó ni a mirarlas, pues la noche también las cubría. Hasta el momento, iba todo bien.

lunes, 11 de mayo de 2009

CAPITULO XXII

5 de Junio
Diana Crown


Algún movimiento de una silla, chilló fuerte en mis tímpanos, provocando mi despertar. No sabía la hora, ni el día, ni que hacía acostada allí, tapada de pies a cuello. Apreté mis ojos varias veces para divisar el cuarto, donde siempre reposaba en las mañanas, luego de ir a cazar. Saqué mis brazos de debajo de las sabanas, y me di cuenta de que alguien descansaba a mi lado, silenciosamente. Me volteé fuertemente hacia su dirección, para encontrarme con esos ojos color chocolates, observándome cuidadosamente. Debía admitir que no lo había sentido cerca.
- ¡Aidan! Me… asustaste.
- Perdón… - me dijo riendo. – Es… un poco raro oírte a ti decir eso…
- Jajaja… aunque no lo creas a veces me llevo sorpresas…
- ¿Cómo te sientes?
- Bien… bien… ara haber descansado un par de días… muy bien.
- ¿Un par de días? La verdad es que llevas casi cinco días dormida…
- ¡Cinco días! – dije un poco alterada, antes de que él me hiciera callar, puesto que Elizabeth estaba en la cama siguiente y aun no despertaba. Según mis cálculos, tenía para rato…
- Al parecer… fue una pelea agotadora…
- Ni te imaginas. Pero… como… ¿Qué ha pasado estas noches?
- Tranquila… Astrid y yo nos hemos encargado… un poco dificultosos, pero como hace algunos días… no ha habido tantos demonios. Su crisis empezó, otra vez, creo…
- ¿Y Evan?
- Desde el viernes que no lo hemos visto… debe estar… ocupado con su hermano.
- ¿Mehiel te lo dijo?
- Si…
- ¿Qué piensas al respecto?
- No muy distinto a ustedes. Ziro es un demonio, pero… sigue siendo el hermano de Evan. Y eso lo entiendo.
- Ya veo…
El cielo ya había empezado a nublarse, listo para dejar caer lluvia. Dejamos un silencio entre conversas.
- Y… ¿llevas mucho tiempo sentado allí? – pregunté con una sonrisa en la cara.
- No… a esta hora vengo a echarte un vistazo. Estábamos preocupados por ustedes, ya que no despertaban y los días pasaban. Emily despertó primero, y supimos que lo harían un tanto más tarde ustedes tres. Pero… la verdad es que no me aburro de verte dormir – me dijo con algunas carcajadas. Yo lo acompañe también. Me senté en la cama y me acomodé.
- Gracias… que lindo – le dije con una voz amable. Luego, intercambiamos miradas.
- Diana… ¿puedo preguntarte algo?
- ¿Por qué no?
- Es que… ceo que algo personal tuyo, pero… no quiero parecer entrometido. Ahora si no me quieres decir lo enten—
- Solo dime, Aidan.
- Eh… - parecía un poco nervioso, indeciso a hacerme la pregunta. - ¿Quién es Alan?
No supe que pensar, ni tampoco que decir. ¿Cómo sabía de él si yo nunca se lo había mencionado? Además, mi respuesta… no sabía que contestar.
- ¿Por qué?
- Lo mencionaste… cuando dormías…
- Ah… - me puse aún más nerviosa. Efectivamente me espiaba de hace rato. Más que espiarme, preferiría pensar que se preocupaba por mí.
- No respondas si no quieres.
- Es… un amigo. El único creo, de por aquí…
- ¿Lo conociste aquí?
- Si… hace algún tiempo. Pero… bueno, no le he contado nada de nosotros, ni lo que soy, ni nada…
- Que bien…
- Pero… me gustaría que Caliel no se enterara… es decir, quizás sospecha, pero… prefiero que no se entere de que salgo con alguien. O sea… no digo que sea mi novio nada. Somos amigos, pero Caliel no me creerá… o me vigilará… o no se…
- No te preocupes, de mi no saldrá nada… - dijo parándose y acercándose a los pies de la cama. Lo noté un poco decepcionado.
- Gracias… eh… ¿A dónde vas?
- No se… a dar un paseo, creo.
- ¿Dónde están los demás?
- Eh… bueno, Emily y Caliel salieron a no se donde, Nathalie despareció de pronto, Astrid esta en el living con Mehiel, y… tu otra compañera esta roncando a tu lado.
Miré a mi derecha, y allí estaba Beth. Con todo el ruido de nuestra conversación, no despertó. Aunque no sospechaba nada. Tiré las sabanas a la baranda de la cama, y bajé los pies, poniéndome mis zapatos.
- ¿A dónde vas? – me preguntó Aidan.
- Eh… te acompañaré.
- Prefiero que te repongas bien, y luego salimos.
- Prefiero que me hagas caso ¿sí? Esto bien… nada mejor como dormir casi una semana. Deberías intentarlo.
Lo alcancé en el umbral de la puerta. Lo tomé del brazo, y salimos juntos.


Nathalie Denat


Ayer, al despertar, me levanté de un salto. Me sentí mucho mejor cuando procese que estaba en la cama, tapada con las sabanas, algo totalmente innecesario. Diana y Elizabeth dormían a mi izquierda. Emily no estaba, pero su cama estaba sin hacer. Seguramente se había levantado algunos minutos antes.
Lo que realmente me importaba ahora, era saber de Ziro, y no dudaría un segundo en ir a buscarlo. Salí de la habitación y atravesé la sala de estar, en donde Emily estaba sentada y sin hacer nada.
- ¿Dónde vas? – me preguntó al verme acelerada. No me había dado cuenta de que estaba allí.
- Necesito verlo… saber cómo está.
- Evan está con él, Nat.
- Pero eso no es suficiente… de verdad necesito verlo.
- No sé si sea buena idea. Ya es martes, y aún no sabemos nada de Evan.
- ¿Martes? – dije sorprendida. El tiempo se pasó volando.
- Si…
- Emily, la verdad es que… no quiero discutir contigo sobre esto, pero yo en verdad necesito ir a ver como está… es que—
- No estoy tratando de detenerte, Nat. Es solo que… me preocupas – me dijo caminando hacia mí. Su expresión era seria. – He visto… lo que él hace. He visto la reacción que tú tienes cuando estas cerca de él…
- Em, no es la primera vez que estoy con él. Cerca. Sé cuidarme sola.
- Lo sé… pero, ahora que ya te lo dije, me siento… bien.
- No te preocupes. No me pasará nada.
- Eso espero…
- ¿Y… Caliel?
- Creo que salió… esas extrañas salidas que tiene algunas veces por las mañanas…
- ¿Y los Ángeles del Sonido?
- Creo que aún no vuelven. Mehiel está durmiendo al parecer. Aun son las seis de la mañana.
Viendo que la conversación se volvía sin tema, decidí salir finalmente.
- Ten cuidado.
- No tardaré… ah… me gustaría que—
- No te preocupes. No le contaré a Caliel.
- Gracias, Em.
- No llegues tarde.
Traté de no hacerlo, pero al salir por la puerta trasera de la capilla, me di cuenta de que no sería para nada de fácil encontrar al par de gemelos. Un ángel y un demonio juntos… iba a ser difícil, sobre todo si sus presencias se volvían neutras. Caminé un rato la manzana, y luego de unos cinco minutos, me detuve al lado de un árbol. Cerré los ojos, y comencé a buscar.
Mil cosas sucedían a las seis de la mañana un día martes. Mi mente recorría todos los rincones de Saint, y aunque era un pueblo pequeño, había mucho que ver. Sin embargo, no estaban allí. Pasé a Olidata, y de seguro sería más complejo, ya que pasaba a tomar rango de una ciudad. Gente esperando locomoción, la poca y nada que había en la calle, algunos autos seguramente yendo a trabajar, y algunos sitios simplemente en silencio frente a la helada que bajaba a esa hora.
De nada me sirvió. No estaban allí. Tampoco en Garamond ni menos en Lathalia. ¿Dónde más podría buscar?


Emily Thompson


Nathalie se fue, y quedé como ella me había encontrado, haciendo nada. Pasé así alrededor de una hora, hasta que los hermanos A llegaron por el jardín, sin disimular. Entraron por la capilla.
- Hola – les dije al verme, ambos sorprendidos.
- ¡Emily! ¿Estás bien? – me preguntó Astrid.
- Si, si… me sirvió mucho dormir algunos días…
- Pero… ¿No estas cansada ni nada? - me preguntó Aidan.
- No, en serio. Estoy bien.
- ¿Y las demás? – preguntó Aidan. Seguramente, en vez de preguntar por todas, se refería exclusivamente a Diana.
- Duermen. Excepto Nathalie… salió.
No dijeron nada al respecto. Ellos ya sabían la historia de Evan con Ziro. Me lo dijeron luego de que el silencio se hizo insoportable, por lo tanto, no había nada más que decir.
- Y… ¿estuvo muy agitada la noche?
- Para nada. De hecho… estuvo aburrido. Creo que empezaran nuevamente a tirar los demonios más débiles, mientras seguramente traman algo – Astrid dijo.
- Entonces… ¿no les ha costado mucho estos días?
- No, no te preocupes. Nos entretuvimos mucho, ¿cierto hermano?
- Claro. No hay nada mejor que pasar como guardia una noche entera, esperando acción, sin que la haya…
Sonreí sin ánimo. Creo que el desgano aun no se iba del todo. Astrid me acompañó un rato en la sala, mientras Aidan visitó a Diana en la habitación. Según él, acostumbró a hacerlo sin saber porque.
No conversé mucho con Astrid. Era de pocas palabras al igual que yo, aunque por lo menos a mí, me gustaba romper el silencio. De hecho, se me hizo incomodo aquel trance. Esperaba que Caliel llegara y por lo menos hablara con él acerca de cualquier cosa. Aunque había pasado algunos días dormida, me pareció haber pensado en él la mayoría del tiempo, sin sueños, sin pesadillas.
No tardó para que su presencia apareciera dentro de mi rastreo, y Astrid escuchara con su agudo oído los pasos sobre el césped afuera, por la puerta de atrás. Me quedé sentada sin mover un dedo, mientras mi compañera parecía que se alistaba para irse, no antes de que Caliel nos viera en la sala.
Se quedó mirando perplejo, con los ojos puestos en los míos mientras saludaba a Astrid. Luego, ella desapareció.
- ¿Emily?
- ¿Si?
- ¿Estás bien? – me pregunto acercándose al sillón.
- Por supuesto… ¿no me ves? – le dije con una sonrisa satisfecha y sin sarcasmo. Se posó al frente mío y supe que tuve que ponerme de pie.
Fue un abrazo bastante largo, como si hubiera muerto y luego revivido, celebrando mi resucitación. Lo sentí más cálido que nunca, como… no sé.
- ¿Cómo…?
- Me siento súper bien, de verdad – aquello no era cierto del todo, ya que el cansancio se ocultaba y no lo dejaba notar.
- ¿Y las demás?
- Están… durmiendo – otra verdad incierta. Jajaja… sabía que me pillaría. Puso la típica cara de “deja de mentir”, y no la resistí. – Bueno… Nathalie se fue…
- ¿Se fue donde?
- Creo que… sabes la respuesta.
- ¿No la detuviste?
- Ay, Caliel… Nat es grande y bastante madura como para saber lo que le conviene o no… además… creo que deberías confiar un poco más en ella… estará bien.
- Bueno, bueno.
Nos separamos y sentamos en el sillón.
- ¿A dónde fuiste? – le pregunté mirándolo a los ojos.
- Eh… asuntos… de la iglesia, Celeron, el Consejo… etc.
Al parecer, tenía cero poder de convencimiento, sobretodo conmigo. No le creí, o mejor dicho, le creí la mitad.
- ¿Con quién? – le pregunté para restablecer una respuesta.
- ¿Es necesario que te lo diga, Emily?
- Bueno… si no quieres no.
- Ya. Dejémoslo en que fui a lo que te dije y punto.
- Bien…
No estaba bien. Quedé más curiosa que no se qué. Pero, la verdad me preguntaba si tenía razones para desconfiar de él. No hicimos más que mirarnos un par de minutos, sin decir nada, encontrando algo de que hablar. Mi corazón comenzó a latir más rápido. Me puse nerviosa y, por ende, tonta. Era muy temprano y no hallaba que hacer. Beth seguía en sus dulces sueños, al igual que Diana. Caliel fue a ver a Mehiel y comenzaron a hablar de esos asuntos tan indiscretos que ninguna de nosotras conocía, pero me tenía sin cuidado, es decir, no me importaba.
Me paré del sillón y salí al jardín. Caían unas leves gotitas de lluvia, que seguramente se transformarían en chaparros al final de la mañana.


Mientras Nathalie se dirigía hacia ellos, Evan trataba de mejorar a Ziro con lo que pudiese. Era difícil, estando en medio de la nada, curar heridas de tipo grave, sin nada con que hacerlo. Ziro había estado inconsciente unos dos días. Despertó del dolor, cuando su hermano trataba de limpiarle la sangre del pecho, y luego, de la cara. A pesar de que no tenía la capacidad de curarse rápidamente como los de la Tríada, no era un gran tiempo que tendría que esperar para estar completamente sano.
- ¿Te sientes mejor?- le preguntó Evan.
- Eh… si. Estoy bien… - le dijo Ziro con un poco de dificultad. No quería preocupar a nadie.
- Claro… - le respondió Evan haciendo una mueca. Sabía que mentía.
- En serio… no te preocupes. Creo que desde ahora puedo manejarlo. Sería mejor que te fueras… pueden llegar en cualquier momento.
- No creo que vengan cuando tú estás conmigo…
- ¿Confías mucho en tus poderes?
- Mmm… no estoy seguro, pero… tampoco quiero dejarte solo. Después de todo lo que pasó… no sería lo mejor.
- Estaré bien, Evan. De verdad.
- No me convencerás… me quedo aquí hasta que estés mejor. En todo caso, no será por mucho. Tus heridas sanan rápido…
- Eh… sí, bueno… “rápido” – dijo resaltando las comillas con las manos.
Hizo un movimiento brusco y se quejó. Evan lo ayudó a acomodarse en la base de un árbol sin hojas. Estaban en las afueras de Manfort, ciudad mucho más al sur de Lathalia. Estaban bastante retirados, en medio de un paisaje desértico, en donde había un árbol cada dos kilómetros, sin agua, y atravesándolo la carretera que unía todas esas ciudades.
Una de las cosas que se podían rescatar, era que el clima no era propio del desierto. Estaba más bien nublado, sin lluvias, con un viento frío y arena tibia. Ziro se sentó apoyando su espalda en el áspero tronco del árbol, mientras su hermano le acomodaba las ropas. Parecía que éste quería decirle algo, pero se arrepentía a cada segundo. Miraba hacia el cielo, y le preguntaba a menudo como se sentía, si necesitaba algo, como si fuera una persona común y corriente. Para algunos demonios, el sentir dolor era como sentir amor para los Ángeles, casi un arte. No era necesaria aquella inexorable emoción que podía arrancarles la sangre hasta quedar secos, para que se diesen cuenta de que estaban a punto de morir. Sin embargo, el deseo de no querer ser lo que en verdad era para Ziro, le impedía sentir aquel sentimiento insensible, provocando en él una recuperación más rápida de lo normal. Como era de esperarse, aquí influían mucho sus sentimientos y emociones.
No hablaban mucho acerca de aquella noche, pero se notaba que Evan quería tocar el tema. Empezó por un comentario insignificante.
- Sabes que ella vendrá a verte… - le dijo mirándolo de reojo, con su rostro en dirección al cielo. – De hecho… en este preciso momento viene hacia acá…
Ziro no respondió de inmediato, aunque lo quedó mirando extrañando y meditabundo. Había solo una mujer en común entre ellos: Nathalie.
- Si… lo sé… - dijo bajando la mirada hacia la arena anaranjada bajo sus piernas.
- Ziro… no quiero que resulte lastimada—
- Nos iremos…
- ¿Qué?
- Si ella viene por mí, nos iremos…
- ¿De qué sirve, Ziro?... te buscara en donde quiera que estés. Nathalie no es tonta… y te encontrará aunque estés aquí o en otro planeta…
- No quiero que… no quiero que se una más a mí de lo que ya estamos… no pensé bien las cosas. Debía haberme alejado de ella y así evitar unos cuantos problemas… quizás ahora la busquen y… no quiero ni pensar en las cosas que podrían hacerle solo por hacerme enojar… - parecía triste, y a la vez molesto.
Evan miró hacia otro lado. Comprendía cómo se sentía su hermano, pero no hallaba las palabras exactas para calmarlo. En todo caso, no accedería a moverlo de allí en ese estado. Aun faltaba que sanase, y podrían sorprenderlos los demonios en el camino.
No pasaron más de cinco minutos, y Nathalie apareció entre las nubes del cielo, resaltando su cabellera crespa, larga y verduzca. Se posó a unos cuantos metros de donde ellos reposaban, y miró fijo a Ziro, mientras que éste también lo hacía. Evan se puso de pie, y avanzó hacia Nathalie, con pasos lentos. Nadie había pronunciado una palabra hasta el momento. De hecho, la joven ni siquiera miró Evan, quien se quedó parado a su lado. No quitó la vista de su salvador.
- ¿Qué haces aquí, Nathalie?
- ¿Por qué me haces esa pregunta…? Sabes que vine a verlo…
- Sabes que no puedes acercarte a él…
- No me digas lo que tengo que hacer…
- Es por tu bien.
Recién ahí, Nathalie lo miró a los ojos, esos ojos que brillaban aunque no hubiera luz. Ella le puso una cara de no entender, pero luego escuchó la voz de Ziro, algo lejana y débil, y se sintió feliz de volver a oírlo nuevamente.
- Vete, Nat… hablaremos en otra ocasión…
- ¿Aún no sanas? – preguntó algo confusa, fijando sus ojos en las manchas de sangre que Ziro aun portaba en su cuerpo.
Ninguno de los gemelos le respondió algo que era obvio, pero tampoco le dijeron la causa. Sólo al pasar a ser miembro de la Tríada de Neheria, los demonios obtenían aquel beneficio, entre otros, y no por ser fuete y formar parte de los fortis, adquirían la regeneración de tejidos espontanea. Aún así, mientras más poderoso el demonio, menos tiempo se demoraban en sanar las heridas.
Aquella explicación fue procesada por la mente de Nathalie, quedando inmóvil en el mismo lugar y sin decir ni una palabra, pensando en algo. De repente, dio un paso hacia Ziro. Evan la tomó del brazo fuertemente, tratando de detener su impulso.
- No puedes acercarte más, Nathalie…
- Suéltame, Evan. Ziro está débil… no hará el mismo efecto sobre mí…
Caminó hacia el convaleciente, y se agachó quedando en cuclillas, a la altura de Ziro. Éste la miró, y antes de que dijera algo, Nathalie lo interrumpió.
- Quédate tranquilo… te ayudaré.
- No creo que—
- Silencio…
No tenía la más remota idea de cómo lo iba a curar, pero lo examinó, y luego, escuchó la voz de Evan, mientras éste también se agachaba.
- ¿Tienes el curo possum? – le preguntó a Nathalie, quien sabía exactamente a lo que se refería.
- ¿Curo possum? – preguntó mirándolos extrañamente a ambos Ziro.
- El poder de curar… que supuestamente todos los Ángeles tienen… - le dijo Nathalie, algo decepcionada.
- En realidad, los Ángeles de mayor rango, como los Arcángeles, y otros… por mi parte, aún no lo he adquirido – dijo Evan, mirándose las manos. – Y si tú tampoco… ¿Cómo piensas ayudarlo?
- Yo…
- Deja de perder el tiempo, Nat. No necesito tu ayuda… - le dijo Ziro.
- Claro que si… me siento en deuda contigo, tú sabes.
- No lo sientas—
- Ya, basta.
Se quedó pensativa un rato, y luego concluyó:
- Mi sangre regenera mis heridas… entonces…
- Ni lo pienses – le dijo Ziro.

domingo, 15 de marzo de 2009

CAPITULO XXXI

Elizabeth Prett


- ¿Por qué se demoraran tanto? – le pregunté a Nathalie, como si ella supiera a respuesta.
- No lo sé… pero algo no me huele bien.
A mí tampoco. Por lo mismo, creí que era mejor ir hasta el teatro y ver si algo andaba mal. La presencia de Emily no la sentía y la de Diana menos. No había nadie en las calles, a pesar de que era el último día de la semana. Ni siquiera pasaban autos. Me pareció extraño, pero no era el momento de averiguar eso.
- Vamos al teatro, Nat… esta inseguridad ya no da para más…
- ¿Sabes dónde queda?
- Si… más o menos.
Justo en aquel momento, antes de que diéramos siquiera un paso, las luces de la calle a nuestra izquierda comenzaron a explotar. Las pantallas luminosas se hacían pedazos y las ampolletas reventaban, dejando el asfalto totalmente oscuro, dejando pasos a las tenebrosas sombras que corrían por las casas hacia nuestro sitio. Era hora de movernos de ahí, y aprovechando el escape, nos dimos la vuelta por la calle siguiente, para dirigirnos al teatro.
Era como si la oscuridad nos persiguiera a donde quisiéramos dar la vuelta. Pero no nos detuvimos ni alentamos el paso, solo hasta cuando llegamos a la esquina de nuestro destino. Las luces se venían reventando desde la otra cuadra también, dejándonos sin escape, excepto por arriba. Volar.
- ¿Qué hay de las Em y Diana? No podemos dejarla… - me dijo Nat. Claro, tenía razón, pero no se cuanto tiempo duraríamos en medio de la luz de la luna.
El foco arriba de nuestras cabezas, al terminar de apagarse todos los otros, se debilitó un poco y la luz parecía más tenue. Parecía que se apagaría en cualquier momento. Ambas quedamos mirándolo, como suplicando que no se fuera.
El silencio se tornó áspero e invadió nuestros oídos, al igual que nuestros entornos, solo hasta que un sonido de cristal roto cayendo por alguna ventana del cuarto piso, nos hizo saltar de la impresión, y ver a Diana volar a unos pocos metros de nosotras. Al vernos, bajó y se integró.
- ¿Qué pasó? – le preguntó Nat.
- ¿Dónde está Em? – le pregunté, al verla sola.
- Ella… ella… - no hallaba que responderme, pues no tenía una excusa. Emily no estaba.
- ¿Qué? – dije histérica.
- Se suponía que me seguiría… yo… - Diana miró el teatro y sus alrededores. Se dio cuenta que quizás Emily no había alcanzado a salir, y había sido capturada por los malos.
- Debemos ir a buscarla – dije inmediatamente al dar un paso hacia el teatro.
- ¡No! Ese teatro está maldito, Beth… está lleno de ilusiones… no puedes confiar en nada… n vayas… empeoraras las cosas… - dijo Diana deteniéndome del brazo, poniendo esa cara de angustia, que generalmente era fingida. Esta vez no.
- Es mi amiga la que está ahí adentro… con mayor razón debo ir.
- ¡Espera! Es que…
- ¿Qué?
- La Tríada… creo que hay alguno de ellos allí dentro…
Tan solo luego de nombrarlos, se me erizó el cabello. Iban a hacer su aparición, esta noche. Y ya empezaban el debut.
- Em no podrá sola con ellos… - le dije tratando de convencerla…
- Pero tu tampoco serás de mucha ayuda...
- Entonces vamos todas… - dijo Nat, tratando de dar una respuesta favorable para todas.
Estábamos de acuerdo y nos pondríamos en marcha.
Sin embargo, no iba a ser fácil, y lo presentimos. Antes de movernos, corrió un viento tibio, con olor a azufre, típico del Inframundo, o al menos eso vi en las películas y leí en libros. Alguien se acercaba quizás. Venía a instantes, y cada vez con mayor fuerza, hasta casi despegarnos del suelo. Hubo uno, que se mezcló con las sombras del asfalto, y comenzó a mezclarse con las brisas, como si el aire llevara arena negra, y oliera a quemado.
- ¿¡Diana!? – pregunte gritando, buscando una explicación.
- ¡No soy yo!
Mientras trataba de luchar contra la mezcla de sombras y viento de mal olor, pensaba con qué podía atacar, y como hacerlo para que fuese más efectivo. Me hacía falta rapidez, y tal vez eso cambiara bastantes las cosas. Había que estar preparada para todo, desde aquellos momentos. No capté el segundo exacto en que una voz a mi izquierda, susurró algo al oído de Natalie, diciéndole “Hola, preciosa…”, llevándola consigo hacia otro lugar, desapareciendo. Cuando voltee mi cabeza, no había nada ni nadie. Nathalie ya no estaba.
Entonces, Diana atinó a usar su viento superpoderoso para colar el oloroso aire sombrío y hacerlo desaparecer. Menos que lo hizo antes de que se lo dijera…
Estuvimos a salvo al cabo de unos segundos. Sin embargo, la desaparición de Nat, me dejó pensativa y preocupada a la vez.
Había desaparecido, y para más remate, la única luz que las mantenía en claridad parecía que se iba a apagar por una sobrecarga.
- ¿Cómo…? ¿Dónde está? – preguntó Diana a Elizabeth.
- No sé, yo… escuché a alguien, pero… dios, ni siquiera sentí la presencia de nadie… no lo entiendo.
Elizabeth estaba impactada por la rapidez que había ocupado el sujeto para llevarse a su compañera. Ahora volvía todo a silenciarse nuevamente. Diana miraba a sus alrededores, temiendo encontrarse con alguna sorpresa o algún enemigo. No había nadie allí observándolas hasta el momento.
Como era de esperarse, la luz se apagó de a poco. Elizabeth, prendió una llama lo suficientemente grande de tamaño como para iluminar la calle de esquina a esquina. No era tan extensa. Sin embargo, pese al silencio otorgado, ese aire contaminado invadía sus cerebros otra vez. Aunque no se sintiera ni se oyera, el aura era totalmente perceptible. Ambas tenían ese presentimiento, de que alguien las observaba.
No se completaron los cinco minutos desde que estuvieron en silencio nuevamente, cuando una fuerza inimaginable y ligera intentó atacarlas de frente, como un fantasma que quiere cruzar hacia el otro mundo. No se veía nada, pero la energía que emitía aquel espíritu era mucho más superior que la de las chicas. Diana dio un paso al frente y colocó su brazo protegiendo su cara, como deteniendo el ataque con el antebrazo. A la vez, la pared de viento que utilizó, al igual que cuando peleó con Scarlette, era resistente como un escudo, y así protegió a Elizabeth. Por un momento sintió que debía bajar su extremidad, pues el ataque era demasiado poderoso y no se acababa nunca. Aun así, resistió hasta el final.
Cuando ya todo paso, se restregaron los ojos y miraron hacia todos lados. Diana bajó el brazo y lo miró.
- ¿Qué fue eso? – preguntó Elizabeth arreglándose el pelo que tenía sobre la cara, después del casi huracán que formó su compañera.
- No sé, pero… - Diana volvió a alzar su brazo sangrante, observando la herida que le había dejado la agresión invisible. – Lo que haya sido… es mucho más fuerte de lo que pensé…
- ¿Estás bien?
- Si… - dijo Diana, mientras su piel se unía, regenerándose y dando paso a nuevos tejidos en buen estado.
Se quedaron algunos minutos en silencio, quizás pensando en cuál sería su próximo movimiento. No estaban solas. Y se manifestó aquella expresión, cuando desde una esquina a su derecha, se escucharon unos pasos lentos y rápidos a la vez. La luz que se propagaba por el lugar desde la mano de Elizabeth, hizo aclarar una figura humana, con algo parecido a un abrigo largo y negro. Ya lo conocían. Un cabello alborotado más o menos largo y negrísimo, hizo la diferencia entre él y uno de sus compañeros. No titubeó en quedar a menos de cinco metros de las chicas, con una patética sonrisa, tipia de los demonios que se creen bastantes superiores.
- Bravo… bravo – dijo mientras chocaba las manos repetidamente, aplaudiendo. – No pensé que evitarían mi ataque de esa forma. Las felicito.
- ¿Quién eres tú? – dijo Diana, lista para todo.
- Mi nombre es Lorian… uno de los seis integrantes de la Tríada… el más joven, y el más inteligente – dijo bajando las manos lentamente hasta dejarlas sin movimiento. Se tiraba muchas flores al decir que era el más astuto, pero no mentía. Solía analizar bien antes de atacar.
- ¿Qué… que es lo que quieres? – pregunto Elizabeth, nerviosa.
- Conocerlas, Ángeles… aunque claro, no están todas aquí…
Ambas estaban un poco confundidas con la actitud que Loran había tomado. Era un jovencito bastante apuesto, de ojos dorados y labios muy contorneados, delgado y con músculos en los brazos. Pensaban si en algún instante, atacaría de forma repentina o si solo simplemente se quedaba ahí, conversando con ellas, que era lo menos probable.
- ¿Dónde está Nathalie? ¿A dónde te la llevaste? – preguntó Diana un poco alterada.
- ¿Yo? Yo no me la he llevado a ninguna parte… debió ser alguno de mis compañeros buscando entretención, como los que están divirtiéndose con la otra… el ángel del agua…
La palabra “los” le hizo quedar inmóvil a Diana, puesto que citaba a más de un demonio atacando a Emily. Ni siquiera podía con uno, menos con una cantidad superior.
Lorian se rio de aquella expresión de temor en las caras de ambas, pero la risotada que se escuchó desde el otro lado de la calle, predomino aun mas en los oídos de todos. Una risita femenina que se acercaba lentamente, al parecer con tacos, distrajo la atención que Diana le ponía tanto al primer demonio. Aquella vestimenta negra, aquel cabello alborotado y ondulado, aquellos adornos de metal, la hicieron incomparable. Valkyria caminó hasta las otras dos chicas, quedando a una distancia parecida de la que tenía Lorian.
- ¿Por qué asustas tanto a las niñas, Lorian? – preguntó sin parar de carcajear.
- ¿Qué haces tú aquí? – le preguntó éste, sin tener respuesta.
Elizabeth y Diana se vieron en problemas. Su expresión facial aun no cambiaba y esto hizo que la mujer se presentara.
- Supongo que sabrán que soy una de las integrantes de la Triada de Neheria… mi nombre es Valkyria… y soy una de las más fuertes, puesto que… digamos que soy una de las fundadoras del clan – dijo con gran autoridad. Era normal en ese tipo de demonios, la soberbia.


Emily Thompson


Lo quedé mirando como si fuera un gigante que me aplastaría igual que a un insecto. No había gran diferencia entre ese ejemplo y yo, botada en el suelo, pensando en mi ataque, inservible. Sin embargo, el miedo me invadió cuando vi aparecer a la otra chica, saliendo de una puerta del otro pasillo, de falda corta y negra, con botas muy sexys. Parecía tener la misma edad que yo.
¿Dos de la Triada? Ahora podía decir que… mis días estaban contados.
Entró con una postura altanera, con la infaltable sonrisita irónica que hacía que mi ira subiera hasta mi cabeza. Hizo el comentario, que tampoco debía faltar para hacernos enojar.
- Miren, miren… ¿Qué tenemos aquí? – dijo mirando al grandote, el cual le respondió con una sonrisa mostrando los dientes. – Eliott dijo que eran niñas… pero nunca habló de bebés…
Soltaron ambos las carcajadas, provocando un eco patéticamente por un largo rato. Pasó por mi cabeza, que ese era el tiempo de escapar, sin importar cuán cobarde fuera en el momento, podía redimirlo después. Me di media vuelta con la rapidez de un disco, y bajé las escaleras sin mirar atrás.
No me sorprendió mucho cuando al llegar al supuesto piso de abajo, viera a los otros dos, riéndose de í, ya que había caído en la ilusión otra vez. Aunque bajara mil veces las escalas, llegaría al mismo cuarto piso, para ser aplastada una y otra vez.
El grandote – que hasta el momento no tenía idea de cómo se llamaba, tampoco la joven – se colocó a mi lado, para darme una fuerte abofeteada, que con apenas tocarme, legué a atravesar la pared de madera de una de las habitaciones. Caí con tablas y todo al suelo, y para más remate, cuando iba a ponerme de pie, él estaba esperándome. Me tomó del pelo y me lanzó de nuevo hacia el lugar donde estaba la otra chica. Parecía una muñeca de trapo, que tiraban de un lado para otro sin poder defenderme. Aun no pensaba en mi ataque.
Llegué a los pies de la joven.
- Levántate – me dijo con un tono más serio.
- Tú eres… las de las ilusiones… - le dije con una voz débil que sentía que se iba a desvanecer en cualquier segundo.
- ¿Quién creías que era? ¿Scarlette? Los mitad humano no se meten en las peleas de la Tríada…
- Así que… efectivamente son de la Triada de Neheria… - necesitaba corroborar la información, ya que no podía leer sus mentes. Sus cabezas estaban vacías, no sabía bien si eran así, o mantenían sus mentes bloqueadas.
Me sentí un poco mejor al sentir que mis heridas se curaban, y podía volver a ponerme de pie. La chica me miró sin hacer nada al respecto.
- ¡Así que te puedes curar! – dijo con gran alegría. – Entonces… esto va a ser más genial de lo que pensé…
Seguramente pensó que como me podía curar rápidamente, podría torturarme más veces, las que fueran necesarias para que me diera por vencida, o simplemente, renunciara a mis alas.
Sin embargo, la conversación no me salvó de un nuevo ataque que no pude anticipar. Y es que el grandote era tan rápido, que no podía ver cuando avanzaba hacia mí. Me tomó del cuello y me tiró a la pared de la escalera. Quedé pegada como monito de refrigerador, y al caer, sentí un verdadero dolor en mi espalda, como si se me hubieran desencajado algunas vertebras. La madera rota me golpeó un poco la cabeza y quedé media tonta. Escuchaba sus voces, como si discutieran algo, pero no logré escuchar de qué se trataba. De hecho, no me percate de cuando dejaron de hablar, y el demonio de nuevo estaba parado al lado mío, listo para jugar conmigo de nuevo. Estaba tan distraída ideando algún plan o ataque que funcionara, que dejé que me zamarreara para donde quisiese, y al parecer, la suerte me acompañó en aquel asalto, pues atravesé la ventana, el vidrio, todo hacia la calle.
De un cuarto piso, sentí de pronto el aire entrar por mis ropas, y de los puros nervios, abrí mis alas a la altura del segundo piso. Fue todo tan rápido, que ni siquiera yo sabía lo que hacía. Luego escuchaba y veía bien. Por lo menos, la discusión que tenían los demonios que me atacaron no era para nada silenciosa.
- ¡Qué hiciste! ¡La arrojaste para afuera! – le dijo la chica al demonio.
- Ya sabes que no controlo mi fuerza… - le dijo él.
- No importa… vamos.
Mientras tomaba conciencia de lo que sucedía, una voz familiar sonó a lo lejos de mis oídos, llamándome fuertemente. Era Beth, quien se encontraba acompañada de Dana y otros dos desconocidos demonios. No dudé en bajar a luchar con ellas, pero en vez de eso, algo me golpeó sin sentirlo. Sentía que cada vez, cada golpe me dejada más noqueada y fuera de mí misma, si no pudiera pensar y cayera en un profundo desmayo. Primero sentí el ataque, luego el choque contra el asfalto de la calle, el cual no era ara nada blando, ni lleno de pasto. Sentí que Beth quería ayudarme, pero una voz femenina y diferente a la de la chica ilusionista, se lo impidió, creando finalmente un campo de batalla.
Había un pulso en mi brazo sangrante, y también en mi cabeza. Creo que no podía estar más acabada como en aquel instante. Y para terminar conmigo, vi como un par de pasos se acercaban a mirarme detalladamente, aunque no tenía claro de cual iba a ser la finalidad de eso.


Nathalie Denat


De repente, el asqueroso viento terminó. Abrí los ojos, y me hallé en un sitio totalmente distinto al anterior. Parecía estar en una esquina, cerca del parque, aun si en Olidata. Las calles completamente vacías, y yo parada como una idiota sin entender nada.
- Aquí… es más íntimo – me dijo una voz a mis espaldas, aunque claro, no era par nada desconocida.
- ¿Quién eres? – pregunté al ver su apariencia, de un joven veinteañero, bastante apuesto, aunque con un semblante de locura
- Ya me conoces, linda… claro, no en este cuerpo… pero… debes admitir que con este me veo más apuesto… ¿no? – dijo dando vueltas alrededor de mí, lentamente.
- Tú… eres la niña—
- ¡La niña! ¡Sí! Es que… me gusta cambiar de cuerpos… aunque esta vez, este es el definitivo, me gusta… y creo que a ti también.
- ¿Qué?
- Vamos… terminemos lo que empezamos aquella noche… aquí mismo…
Éste imbécil hacía referencia a aquella noche en que casi me quemó viva con tan solo tocarme. Aparte de querer propasarse conmigo, cuando solo tenía el cuerpo de una niñita. Y siguiendo con aquel hecho, hizo un movimiento con la mano, que hizo que hasta mis parpados se detuvieran, quedando en una parálisis general de todo mi cuerpo. Aquí iba de nuevo, y no sabía porque, pero sentía que esta vez le iba a funcionar, pues no sabía cómo ponerme en movimiento, ni tampoco había nadie que me socorriera.
- A ver… empecemos por sacar el poleron – dijo al acercarse a mí, con esa calor infernal, que solo hacía que me “retorciera” de dolor. – Luego… podríamos—
- ¡Espera, espera! No lo hagas… o sea, es mejor tener una batalla justa que—
- ¿Quién te dijo que tenía intenciones de pelear contigo? No… yo te quiero… te quiero a ti… - dijo sonriendo, acercándose cada vez más, seguramente para tocarme.
¡No! ¡No quería perder la virginidad con un demonio! pero… ¿Qué pensamiento es ese? Debía zafarme de él como sea, con lo que sea…
Lo veía imposible. Y ya lo sentía pasar sus manos por mi cintura… yo completamente inmóvil, imaginariamente, una lágrima recorría mis mejillas, y mis manos temblaban incontrolablemente.
Para mi sorpresa, el demonio se detuvo. Se quedó quieto un rato, y luego miró hacia atrás. Recorrió la calle con sus ojos, y luego de no ver nada, volvió a lo que hacía conmigo.
Sentí una extraña presencia en el ambiente, pero no estaba segura de si era un demonio, o una mente perversa cualquiera. Es que el aura no era la de un demonio total, era… no sabía cómo explicarlo, pero algo andaba extraño. Tan así, que el demonio volvió a darse la vuelta y a mirar, esta vez, con más atención. Entonces, entendió.
- ¡Ziro! Mi viejo amigo… - dijo dándome la espalda, viendo la silueta del otro demonio.
- No sabía que éramos amigos… - le dijo Ziro caminando hacia él.
- Bueno, yo quería serlo…
Dejó pasar un silencio corto, en el cual intente infinitas veces tratar de moverme, sin tener el mas mínimo éxito.
- ¿Vienes a ayudarme con este ángel? – le preguntó mi atacante, con una mirada picarona. Ziro no entendió, ni yo tampoco. ¿Por qué estaba él ahí?
- Déjala ir – le dijo Ziro.
- ¿Qué?
- Que la dejes ir, Arkanus…
- ¿Estás bromeando? ¿O tu incontrolable ataque se está haciendo tan fuerte que te está secando hasta el cerebro?
- Dije “déjala ir, Arkanus”… ahora.
- ¿De qué lado estás, estúpido?
- De cualquiera en el que ni tú ni tus sádicos compañeros estén… y no volveré a repetírtelo… déjala ir.
- Ziro, basta… ésta es mi pelea, no te metas – le dije al sentir la sensación de que se podía desatar algo más complejo. Aunque claro, no sabía si lo que había dicho era cierto… quizás, era mejor que él me ayudase, pero…
- No podrías ganarle ni aunque quisieras… - me dijo mirándome seriamente.
- Creo que el único que esta sobrando aquí eres tú, Ziro… hazle caso… deja que la pasemos bien y, quizás después… pueda decirte como me fue con ella – le dijo el tal Arkanus, con un acento de querer algo más que tocarme. Lo sabía. Y más encima, el comentario “hot” de éste, hizo enojar a Ziro… ¿y por qué?
- ¿Qué dijiste? – le respondió Ziro, acercándose al otro, como queriendo atacarlo, tornándose a rojo intenso, sus ojos llenos de hambre.
- ¿Quieres pelear? – le preguntó Arkanus, sin temerle. De hecho, se acercó un poco más, dejándome en libertad. Su poder había terminado de paralizarme. El “efecto Ziro” empezaba a recorrer mi cuerpo.
Tal vez iba a ser la única oportunidad que tendría para escapar, así que me alejé de ambos, como si nada pasara. Pero de esperarse, que Arkanus no era tonto, y en un microsegundo, se puso atrás de mí, como para atacarme.
Y a la misma rapidez con que él se movió, se movió Ziro, tomándome en sus brazos, y elevándose por el aire con sus alas rotas, mientras Arkanus se empezaba a molestar.
- Ella es mía, Ziro… - decía mientras se tomaba el tiempo de sacar sus alas, muy tranquilo.
Mientras yo iba en el aire, sentía el aire golpeándome casi todo el cuerpo, ya que íbamos tan rápido como podíamos.
- ¡Ziro, bájame! ¡Déjame!
- ¡No te muevas!
- ¡No quiero irme como una cobarde!
- No eres cobarde, eres inteligente…
- ¿No confías en mí? – aquella pregunta la sentí amarga, ya que la respuesta la sentí muy cerca de la decepción.
- No seas tonta, Nathalie.
Sabía que no respondería con la verdad. Quizás, su mente decía mas que las palabras salidas de su boca, pero no quería pensar que él tuviera que salvarme siempre, como si yo no supiera hacer nada con el poder que se me fue otorgado.
- No me siento bien – le dije al sentirme cansada, con el cuerpo pesado, y algo mareada al mirar el suelo, lejano.
- Mierda…
- ¿Qué?
- Arkanus… es mucho más rápido que yo… me alcanzará.
Y no era broma. Entre mil brisas que soplaban mientras volaban a gran velocidad, había una incomparable que quedaba tras el rastro de Arkanus. Faltaba poco para que dejara una estela.
- ¿Sabes qué? Te haré caso – me dijo moviéndome con sus brazos, como acomodándolos.
- ¿En qué? – pregunté.
Pero fue un poco tarde para darme cuenta de su plan. Me dejó caer de unos cuarenta metros, en los cuales destapé un grito extremo que hasta a mí me dejó sorda. Si por lo menos me hubiera explicado de que hablaba, me hubiera preparado sicológicamente, pero ya que iba cayendo como saco de papas, saqué mis alas par no reventarme como lo hizo Diana en su primer intento de volar.
Eché un vistazo a Ziro, que justo un segundo después de que me soltara, lo impactó Arkanus, a una rapidez inimaginable, que me dejó con la boca abierta. Iba a ir en su ayuda, pero una mano frívola y a la vez con el calor del infierno, me detuvo repentinamente. Miré.
- Deja que ellos jueguen solos… - me dijo Eliott, luego de ver y procesar su cara, esa cara… no sé si de idiota, o la cara más hermosa que había visto en mi vida. No había pensado en eso antes.
Al igual que Arkanus, hizo un movimiento con sus manos, al mismo tiempo que sus ojos se tornaron rojos. Fue un ataque, yo diría, no tan terrible como los otros, pero que de alguna manera, logré detener, debido a un escudo invisible alrededor mío, salido de no sé dónde. Hasta él quedo sorprendido.
- Buena defensa, ángel… - me dijo al reaccionar.
- Yo no hice—
Justo antes de que terminara, lanzó otro golpe que me dejó tragando la tierra de un jardín, cerca de donde estaban las demás, Beth y Diana. No entendía nada, pero lo que si capté era que al aterrizar en la tierra, él me esperaba ahí. Espero a que me pusiera de pie, y luego con sus manos juntas al frente de su pecho, formó una especie de bola de fuego con chispas rojas, y un sonido parecido al magnetismo. Ni siquiera sabía cómo era ese sonido...
Y tampoco sabía cómo defenderme. De hecho, aquel “escudo invisible” salió de la nada, sin hacer yo algo que lo provocara, siquiera pensarlo. Sin embargo, ahora me hallaba en una situación más peligrosa y más compleja. Estaba a pocos metros de una bola superpoderoso que areciese que se tragaría al mundo, como un imán.
- ¿Algo que decir antes de tu muerte? – me preguntó a punto de reírse.
- No voy a morir – le dije muy segura de mi misma, aunque en lo más profundo de mi ser, sabía que era todo cuestión de fe, porque de seguridad, no tenía nada.
- ¿Y por qué tan segura? – preguntó segundos antes de lanzar el gran poder.
- Porque me tiene a mí – dijo una voz que de un segundo a otro salió por mi izquierda y se lanzó contra Eliott, desatando el verdadero caos con esa esfera de fuego rojo. Era un poder tan grande, que me lanzó algunos metros atrás, por supuesto, sin caer al suelo.
- ¡¡Ziro!! – grite con toda mis fuerzas, peo lo perdí con toda la luz rojiza que e cegó por un instante.



Todos alrededor, sintieron el impacto que hizo mover hasta el más mínimo grano de arena en el piso. Valkyria volteó su cabeza con gran rapidez y nerviosismo, diciendo en voz alta el nombre de Eliott, justo antes de que su ataque se consumara por completo hacia Elizabeth y Diana. Se hizo humo negro por entre las ráfagas de viento, que se hacían cada vez más enérgicas, con la intención de ir en ayuda de su compañero.
- ¡Valkyria! – le grito Lorian, al ver lo que ella tramaba, pero no se contuvo a la idea de salir tras ella y a la vez, ir en ayuda de su grupo.
Elizabeth y Diana quedaron solas, con sus poderes en la mano, sin necesidad de usarlos por el momento.
Se desató la gran fuerza de fuego, y todos los de la Triada estaban presentes ahí, luchando contra un demonio de poder menos, Ziro. Diana, al verse sin la necesidad de defenderse de Valkyria y Lorian, corrió en dirección a Nathalie, para salvarla de aquel campo de fuego, ya que veía que ésta no reaccionaba. Mientras, Elizabeth iba en rescate de Emily, quien recién ahora se podía sentar en el suelo, y regresar su columna a donde pertenecía.
- ¿Em, estas bien? – le preguntó Beth.
- Si… - dijo mientras se ponía de pie lentamente, al mismo tiempo que cada hueso le sonaba para reponerse. – Ahora si…
Entonces, se acercaron al gran caos que estaba a punto de desbordarse por completo. Nathalie estaba de pie, observando y analizando la forma de poder ayudar a su salvador, mientras que Diana la tomaba del brazo y la jalaba para retroceder y salvarse.
- ¡Nat! ¡Nat, vamos!
- ¡No, Diana! ¡Ziro está ahí!
- ¡Diana, debemos alejarnos!
- ¡No puedo dejarlo ahí, Diana, él me salvó! – le dijo Nathalie, mirándola a los ojos, lo cual hacía que Diana cediera y se arrepintiera al segundo después. Llegaron las otras dos.
- ¡Chicas, vamos! ¡Esta cosa nos succionara! – gritó Beth.
- No podemos Beth… mira – le dijo Emily, apuntando los arboles alrededor de la gran bola.
Fue increíble ver como cada hoja y cada planta en la tierra se quemaba quedando solo cenizas, volando por el aire. Lo único que se escuchaba eran gritos de dolor dentro de aquel ataque, y Nathalie solo podía pensar en salvar a Ziro. Se adelantaba, y luego, Diana la jalaba del brazo nuevamente.
Debían hacer algo pronto, si no querían que el fuego llegara hacia las casas más próximas del recinto, matando y quemando a gente inocente. Fue entonces, cuando Emily se sintió llamada por el destino, y sin pensarlo, su mano de elevó en dirección al fuego, lanzando agua sagrada en cada llamarada que ardían sin notar cambios. Caminó un poco, acercando a la zona de la pelea, y cuando hubo casi terminado el trabajo, trató de apagar la enorme fuerza que era prácticamente imposible de lograr. Pero sus amigas no se quedaron paradas sin hacer nada. Nathalie la siguió, pensando en que Ziro aun podía seguir con vida, difícilmente enfrentando a toda la Triada junta, luego Beth y diana, después de una mirada cambiante, fuego y aire se unieron con tierra y junto con el agua se formó un solo poder celestial que emitió una intensa luz blanca hacia el cielo, seguida de un silencio de casi dos segundos, para terminar con un estallido provocando temblores en el suelo, dejando la bola de fuego una gran marca en el asfalto, como si hubiera caído un meteorito.
El impacto fue tan grande, que arrojó a las cuatro Ángeles varios metros atrás, seguías de Ziro, un poco después, y la Triada intacta por su escudo de fuerza, parados en línea, con solo Eliott un poco herido y cansado. Sus caras hacían creer que nada había pasado, pero en el fondo de sus mentes, estaban impactados por el inmenso poder que podían llegar a tener las chicas al unirse.
El aterrizaje al piso nuevamente no fue tan doloroso como otras veces, pero Nathalie se puso más nerviosa cuando vio a Ziro botado en la vereda, ensangrentado e inconsciente. Corrió hacia él, sin preocuparse de lo que pudiera pasarle, mientras sus compañeras se levantaban pausadamente, y colocaban la planta de los pies en la acera, demostrando que aun podían dar más de lo que ya habían dado.
Arkanus, quien observaba el espectáculo, tomo mucho en cuenta la escena entre Nathalie y Ziro, ella preocupándose por un demonio de rango casi superior, sin darse cuenta de que le hacía daño mientras pasaba el tiempo. El ángel parecía muy pendiente de él, como si faltara poco para que brotaran lágrimas, lo cual le dio a Arkanus mucho que pensar y mucho que planear. Ya lo tenía en mente…
Diana corrió hacia Nathalie, y trató de alejarla del demonio, que al parecer, aun no reaccionaba, pero como siempre porfiada, no le quitaba las manos de encima. Emily y Elizabeth la siguieron, pensando que podrían lograr algo, pero no fue así. Sin embargo, Diana pilló a su desdichada amiga en un momento de debilidad, cuando las cosas empezaron a ponerse extenúas, y la arrastró unos metros más atrás de Ziro, junto con las otras dos. La Triada observaba todo.
- Debo admitir… que las subestime un poco, Ángeles… - dijo Eliott, mientras sus heridas terminaban de regenerarse por completo. – Sin embargo… no tienen el suficiente poder para combatirnos.
- Eso está por verse, Eliott… - dijo Emily, caminando un par de pasos hacia ellos, quedando aun así lejos.
- ¡No me digas! Con suerte pudiste levantarte de los golpes que te dio Eebaiv… - le respondió Luffer, con una mano en la cintura, igual que siempre.
- ¡Se creen la gran cosa, pero saben que el mal nunca triunfa sobre el bien! – dijo Diana, mientras ponía de pie a Nathalie, quien ya casi se recuperaba.
- Par hacer esto más corto, permítanme presentarles a… los integrantes de la Triada… - miró a su izquierda. – Valkyria, Lorian… - miró a su derecha – Eebaiv, Arkanus y Luffer. Ellos son los demonios más fuertes del inframundo, sin contar a Lu, por supuesto…
Todos al nombrarlos sonrieron como si todo el gran ataque hecho hace algunos minutos, hubiera sido un juego. Las chicas no podían creerlo. Por primera vez en sus vidas temían a seis jóvenes de casi sus mismas edades, soberbios y orgullosos de matar gente. Porque la verdad de todo, era que aquella bola de fuego, si hubiese llegado a desbordarse, toda la gente de Olidata, Garamond y quizás Lathalia, terminaría rostizada y finalmente muerta. Por lo menos esta vez, lograron detenerlos, pero la segunda debían estar más preparadas, entrenadas, y… rápidas.
La tríada no hizo nada mas esa noche. Quedaron satisfechos al ver el poder que cada una tenía, que para ellos era casi nulo. Luego de haberse presentado, desaparecieron algunos por fuego rojo de chispas naranjas, y otros en una especie de humo negro, como el hollín de las chimeneas.
Aparte de que había quedado una gran catástrofe en medio de la calle, las chicas se sentían exhaustas por la batalla. Después de que sus enemigos desaparecieran, Nathalie volvió a correr por Ziro, preocupándose un montón, ya que después de todo, él la salvó de haber quedado como él estaba ahora, extremadamente lastimado, cansado, inconsciente, y con pocas señales de vida.
- ¡Nat, basta! – le gritaba Diana, mientras la tiraba hacia atrás.
- ¡Ziro! ¡Dios mío, déjame ver como esta!
- Te hará mal, Nat. Vamos… - le dijo Elizabeth.
- ¡No importa! ¿No se dan cuenta? ¿¡No se dan cuenta que él me salvo!? ¡Él nos salvó de Eliott! Sabía que no podíamos combatirlo y se interpuso para detenerlo…
- Nat, no podemos hacer nada… - le dijo Emily poniéndole su mano en el hombro.
- Pero él vive… debemos ayudarlo – decía Nathalie, con voz ronca y débil. Primer síntoma.
- Claro que no, Nat. Es un demonio-- - le dijo Diana.
- ¡Pero entiende de que no es malo! Él no… es diferente, no es igual al los otros… deben ayudarme…
- Pero… - le dijo Emily.
Se miraban unas a otras. Nathalie, por su parte, esperaba milagrosamente que las heridas y quemaduras de Ziro sanasen como las de ella, o como los integrantes de la Triada. Pero por más que su deseo fuese aquel, no sucedía y jamás iba a ser así.
Nathalie las miraban con cara de ayuda, pero las demás no querían por miedo a que Ziro pudiese traicionarlas, ya que era netamente su enemigo. Siempre lo sería. Corrió un aire frío anunciando que la lluvia se reanudaría, pero quizás, no era simplemente una brisa. Alguien se acercaba y todas los sintieron venir, excepto la Nathalie, quien ya estaba débil para presenciar el aura de los Ángeles del Sonido, que volaban a gran velocidad, y aterrizaban suavemente cerca de ellas. Nadie dijo nada. Evan se acercó a su hermano, y lo volteó para verle la cara, aquel rostro bañado en sangre, pero no con probabilidades tan fáciles de morir. Sentían su presencia débil, pero Evan sabía que Ziro con o sin su ayuda se salvaría, aunque hubiese peleado con todos los del Triada al mismo tiempo.
- ¡Evan! – dijo Nathalie al verlo en frente de ella, con los arpados caídos, y respirando agitadamente.
- Aléjate de aquí, Nathalie, ahora… - le dijo él mientras tomaba en sus brazos, el cuerpo de su “fotocopia”.
Sus amigas la tomaron de los brazos y la alejaron de donde estaba. Los hermanos A estaban completamente confundidos con la actitud que Evan había tomado con el demonio, considerando además, que eran completamente iguales, con algunas diferencias mínimas e insignificantes. La esencia era la misma. Solo lo vieron tomarlo y llevárselo lejos, desapareciendo entre las nubes de la noche y el sonido de uno que otro trueno.
- ¿Dónde se lo lleva? – le preguntó Astrid a su hermano, mirando a las demás, quienes no le daban respuesta, pues no eran las indicadas. Ella y Aidan no sabían hasta ese momento, el parentesco de Ziro con su compañero. Pero poco a poco, se daban cuenta de la situación, en donde las palabras sobraban.

Todos volvieron por aire a la capilla, cuando ya la lluvia había empezado a caer. Caliel, preocupado por todas, las esperaba despierto y mirando por la ventana, por supuesto al sentir tal fuerza no lejos de allí. Llegaron, todas muy cansadas, sucias algunas y sangrientas otras, con rostros tan idos como su espíritu, y manos temblorosas. Los hermanos A se toparon con su guía, quien obligadamente debía darles una explicación por lo de Evan y Ziro.
Por otro lado, las otras jóvenes se fueron a la cama, se tendieron y no supieron del mundo por unos días. Era un cansancio en el casi podrían entrar en coma si se trataban de personas comunes y corrientes. Peo no era así, y por lo mismo, botaron sus deficiencias durmiendo, o tan solo cerrando los ojos y dejarse llevar…
Aquella noche, antes de que Emily se acostara y desapareciera por un par de días, Caliel la vio exhausta y casi a punto de desmayarse. Le dio un fuerte abrazo cálido que hizo que Emily quedara ya besando las nubes. Con aquello, sus pensamientos decían claramente, que era feliz de tenerla de vuelta sana y salva, refiriéndose no solo a su poder de curación rápida, si no de haber combatido valiente y haber arriesgado más que su vida por detener el poder de la Triada.