jueves, 6 de diciembre de 2007

CAPITULO VI

Eran las siete de la mañana en punto. Todas dormían excepto Diana, quien despertó por las fuertes tronaciones en el cielo y la fuerte lluvia que golpeaba el techo de la iglesia. Extrañamente nuca se despertaba a esa hora. Era una holgazana al igual que Elizabeth. Pero la ansiedad la consumía. No tenía idea de que podía pasar ese día. Miró la hora en su teléfono celular, y se quedó pensativa un rato. Finalmente se volteó a mirar la puerta, y cual no fue el susto de ver a Aniel observándola detenidamente.
- ¡Me asustaste, Aniel!... ¿que haces aquí a esta hora? – le dijo Diana.
- Solo vine para ver si estaban despiertas, pero veo que eres la única que lo está. ¿quieres tomar desayuno?
- Eh…bueno.
Diana se levantó de la cama. Había dormido con la misma ropa de ayer, pues no tenían más. Excepto Nathalie, quien andaba con un tremendo bolso con ropa.
Luego de pasar al baño, Diana caminó un rato con Aniel. Ésta le comenzó a hacer diversas preguntas de su familia, amigos, etc., a lo cual, la joven contestaba la verdad. Nunca mentía, pero cuando lo hacía, se pasaba del límite. Y así, bajando las escaleras, pasando por muchas habitaciones, mirando cuadros religiosos y velas por todas partes, Aniel y Diana conversaron.
-¿Como te caen las tras niñas? ¿Te agradan? – le preguntó Aniel.
- Bueno…las conozco hace algunas horas…pero a pesar de eso, me da la impresión de que son simpáticas, y todo eso…espero que lleguemos a ser grandes amigas…
Aniel la miró a los ojos.
- Quizás eso sea, después de largas disputas…
- ¿Qué quieres decir?
- Tal vez empiecen con algunas discusiones, pero tarde o temprano se arreglaran, y podrán ser grandes compañeras.
Diana la observó como si no supiera lo que decía la mujer. Pero no le dio mayor importancia, y siguieron su camino hacia una pequeña cocina, en la cual Diana tomó un vaso de leche y pan solo.

En la habitación ya llegaba un poco de luz del cielo casi blanco, por las nubes que no se iban del cielo. Emily despertó de a poco. Miró la hora y se volvió a acostar, sin dormirse. Miró la cama de Diana vacía y sin hacer. Miró las demás camas en las cuales las niñas dormían aún. Se levantó y miró por una de las ventanas. La calle estaba inundada de agua. Las pocas personas que estaban allí, estaban con paraguas y abrigadas hasta la mitad de la cara. Aún así, en aquella iglesia no se pasaba frío alguno. Era extraño, ya que tenían sólo una chimenea en el primer piso. Emily se encontraba en el tercero y sentía calor.
Se colocó los zapatos, y se levantó en dirección a la puerta. Al abrirla, vio el rostro de Diana, quien volvía de la cocina.
- ¿Dónde andabas? – le preguntó Emily.
- Fui a tomar desayuno con Aniel. Las está esperando.
Entonces, Diana se dirigió hacia la cama en donde había dormido y comenzó a ordenarla. Emily fue al baño, se lavo la cara, las manos, y despertó a Elizabeth y Nathalie. El trío se dirigió a la cocina, y encontraron a Aniel allí. Ésta les dio su leche y pan, y en menos de quince minutos, todas estaban en la habitación en donde habían dormido, haciendo las camas y ordenando un poco.
Rápidamente, Aniel las llevó a una pieza cerca de las campanas de la iglesia. Luego, les empezó a hablar.
- Bueno, niñas. Este es su primer entrenamiento. Como se habrán dado cuenta, las traslade a esta habitación que aísla un poco el ruido. Necesitan concentración. Por lo mismo, hoy les enseñare un poco a manejar sus dones. Necesito que se coloquen en esta posición.
Aniel las ordeno en forma de fila. Una al lado de la otra. Aire, fuego, agua y tierra. Luego de esto, les hizo cerrar los ojos y relajarse.
- Para relajarse de forma ideal, necesito que piensen o recuerden algo bonito, que las haga felices. Un recuerdo en el cual hayan experimentado amor, cariño, calidez. Llénense de él.
Todas recordaron cosas hermosas que les hayan pasado anteriormente, generalmente con sus familias. Pero para Emily, era diferente. Nunca amó a su tía, su única familia, y ni se acordaba de sus padres. Solo pensaba en las veces en que reía con Nathalie y Elizabeth, las veces que se metían en líos. Eran su única familia al fin y al cabo.
- Los ángeles, son seres de amor. Dan amor, tranquilidad, cariño, afecto, y todos esos sinónimos posibles. Por lo tanto, deben dejar que esa memoria en la que están pensando, las llene, como si la estuvieran viviendo nuevamente.
Todas con los ojos cerrados, poco a poco se empezaba a formar una especie de aire diferente. Alrededor de Diana se formaba una especie de círculo de aire. Era como si ráfagas de viento fueran desde los pies de la joven, hasta la cabeza, haciendo volar su larga cabellera castaña. Ante esto, Aniel sonrió. Empezaban a hacerlo bien. Luego fue Elizabeth la que con fuego rodeándola a sus pies, despertaba su verdadero poder. Nathalie, por ser tierra, no se manifestaba mucho su don, no era tan visible, pero poco a poco, el suelo comenzaba a quebrarse, a trisarse. Aniel estaba contenta. Emily se comenzaba a empapar lentamente hasta llegar a tener el cabello estilando. Pero algo andaba mal, y Aniel lo supo. Emily se dejó llevar con su recuerdo. Estaba tan metida en el tema, que de un momento a otro, su memoria llena de felicidad y amistad, comenzó a tonarse tenebrosa y espeluznante, pues en su recuerdo comenzaban a aparecer horribles criaturas endemoniadas de colores rojo y negro, fantasma en todas partes y el paisaje era un oscuro pantano llenó de demonios. Emily se empezaba a angustiar, a sentir un nudo gigante en su pecho, y comenzó a llorar. Aniel, se puso enfrente de ella, y le pidió que despertara, que abriera los ojos, pero Emily parecía no escucharla, pues en ese momento todo se enfocaba en su tenebroso recuerdo.
- ¡Emily, despierta! ¿me escuchas? ¡despierta!.
Elizabeth escuchó a ésta casi gritar de pena, y vio a Emily llorando desconsoladamente sin que le cayera una sola lágrima.
- ¡¡Emily, despierta!! – le gritaba Aniel.
El ambiente estaba tenso. Emily no despertaba. Parecía que ese recuerdo la consumía. Pero justo en el instante preciso, Aniel saco por debajo de su chaqueta un colgante con un crucifijo dorado, y lo puso en la frente de la joven, diciendo junto a esto, unas palabras en latín.
En seguida, Emily dio un grito, cayendo de rodillas al suelo, empapada de agua. Las otras, abriendo los ojos, la miraron preguntándose que pasaba, pero nadie decía nada.
- Emily… ¡Emily! Mírame… ¿estás bien? – le preguntó Aniel.
Emily apenas abrió los ojos. Los tenía algo hinchados y respiraba agitadamente.
- ¡Respondeme! - le decía Aniel, nerviosa.
- Estoy…bien…- le dijo Emily.
Todas la miraban. Aniel también, y en eso le dijo a las otras:
- Eh…sigan practicando eso, por favor…vengo en seguida.
Y luego de decir aquello, se llevó a Emily consigo afuera de la habitación. Le pasó una toalla limpia para que se secara la cara y el cabello empapado. La sentó en una silla, y ella, arrodillándose, le dijo:
- Emily…¿estas bien?
- Aniel, yo… no se que pasó…yo pensaba en un buen recuerdo, pero de pronto se transformo…
- Lo se Emily, lo se. Tranquila…
- El maravilloso recuerdo en el que pensaba se transformó en algo horrible, con monstruos y…
- Lo se…lo se.
- ¿Por qué me pasó eso?
- Eso pasó porque…esta bien que uno se llene de ese recuerdo, se sienta bien y tranquilo. Pero cuando esta memoria se te va de las manos, se transforma en algo sumamente malo, y eso es porque aún no sabes controlar bien tus emociones. Por lo tanto, debes ensayar esa parte… ¿me entiendes? Trata controlarlo.
Emily la miraba fijamente. Entendía lo que le decía, pero al parecer aun estaba algo asustada. Tener un recuerdo maravilloso, lleno de felicidad, de amor, que luego se transforme e algo completamente contrariado, era terrible. Emily o sabía, pero no quería dejar su entrenamiento fuera por solo esa anécdota. Debía seguir y aprender más cosas.
Le confesó lo que quería a Aniel, y esta lo tomo bien. Por lo que enseguida, volvieron hacia donde las otras jóvenes, las que con esfuerzo, pudieron esa mismo mañana, controlar su poder de forma fácil, pero no del todo. Emily, también lo logró, aunque paso muchas más horas que Elizabeth, Diana y Nathalie. El esfuerzo valió la pena, pues al terminar el almuerzo, tras la práctica, lograba crear esferas de agua y otras cosas al respecto.

Algo sucedió esa tarde. Aniel entró al cuarto de las jóvenes, apresurada y agitada, como si viniera corriendo. Las apuró y les dijo que tenían que salir de ahí lo más rápido posible. Había gente en el pueblo preguntando por Elizabeth, Nathalie y Emily, gente de Olidata. Al fin y al cabo, la policía no iba a pasar por alto el escape de Nathalie misteriosamente, y el de Emily con Elizabeth. En forma rápida tomaron las pocas cosas que tenían en la habitación, y salieron por el patio, porque al parecer, había personas importantes en la entrada de la iglesia. Por la parte de atrás, había campo, solo campo. Tampoco había gente ni animales, pues la lluvia no lo dejaba. El pasto estaba completamente mojado, y los pocos árboles, también.
Las cuatro niñas saltaron la reja de la iglesia. Y al correr y correr, después de un rato, se dieron cuenta de que Aniel no venía con ellas. Se voltearon a mirar hacia la iglesia, que se veía pequeña, pero no se veía a la mujer.
-¿Qué esta pasando? – pregunto Emily.
-¿Por qué Aniel no viene? – pregunto Nathalie.
- No lo se…se supone que debería estar aquí con nosotras… ¿y si la buscamos? – siguió Diana.
- No…no porque pueden atraparnos, no es la idea. Seguramente no pudo alcanzarnos, no se…deberíamos seguir. – dijo Elizabeth.
- Pero… ¿Qué pasara con ella? – dijo Emily.
- No lo se…pero, yo creo que deberíamos seguir, si no nos alcanzaran. – dijo Elizabeth.
- Pero…esperémosla…de seguro vendrá en cualquier momento – respondió Emily.
Pero Aniel nunca llegó. Nadie sabía que hacer, si ir a buscarla o seguir corriendo. Finalmente, Emily, de un momento a otro, se dirigió a la iglesia corriendo sin parar a las exclamaciones que le decían las demás. Pero al avizorar por la reja, solo veía policías y alcoholitos con sacerdotes conversando, pero nunca supo de que. Por una ventana vio a Aniel conversando con policías muy seriamente. En un instante, ésta se volteó a mirar a Emily, haciéndole una seña de que saliera corriendo por donde iba. Emily reaccionó al momento y corrió, corrió, corrió hasta alcanzar a las demás y les dijo que siguieran corriendo hasta que ya no vieran la iglesia. Algo malo estaba pasando, pero solo le hicieron caso a Emily. Y no sabrían si volverían a ver a Aniel. Pero en ese momento pensaron en ellas y que la mujer solo hacía distracciones a la policía para que ellas pudieran escapar. No se dieron cuenta de que cruzaban ahí mismo la frontera que unía Garamond con Lathalia, otra ciudad al sur. Aparte de que estaban casi completamente mojadas por la ruda lluvia que caía, gente de policía comenzaron a saltar la reja de la iglesia y fueron tras las niñas, las cuales corrían sin parar, con la lengua afuera.
- ¡Nos vieron! – dijo Diana.
- ¡Mierda! – dijo Emily, con rabia. No tenían a donde esconderse ya que todo era pasto y agua.
Pero solo pensaban en seguir corriendo, con los policías tras ellas gritándoles que se devolvieran o se detuvieran allí mismo.
Llegaron a una bajada peligrosa de tierra, pasto y barro. Bajo esta colina, se encontraba Lathalia, con lo cual, comprendieron que ya no estaban en Garamond. Y también comprendieron que no había salida a menos que se lanzaran al vacío y vivieran para contarlo. Ese era el punto., que igual vivirían para contarlo.
-¿Qué hacemos? – pregunto Nathalie.
- Lo que nos queda hacer…lanzarnos y adiós. – le respondió Emily, con su buen espíritu arriesgado.
- ¡Estás loca! ¡Como se te ocurre que nos vamos a tirar al abismo! ¡Moriremos! – le dijo Elizabeth.
- ¡Sabes que no podemos morir, Beth! – le respondió Emily algo molesta.
Pero ya no había tiempo. La policía casi las alcanzaba. Entonces, Emily dijo lo siguiente.
- Si me siguen, son libres, si no…váyanse con ellos.
Y sin decir nada más, bajó corriendo al principio, y luego se arrastró se revolcó por el barro y el pasto. La siguió Diana que también le importó poco lo que pasara con ella y se lanzó no más. Los policías no estaban a más de doce metros. Al verlos, Elizabeth bajo apresurada la colina dejando a Nathalie arriba. Ésta iba a bajar algo insegura, pero antes de hacerlo, un policía la detuvo del brazo y le tomó los dos por la espalda. Los otros la tomaron también. Nathalie gritaba y gritaba y las demás no la escuchaban excepto Elizabeth quien aún estaba cerca.
-¡Nathalie!
La joven trataba de librarse de los inmensos hombres, pero no lo logró. Quizá era el momento para utilizar la Tierra para salir libre de allí. Se concentró un instante, cerró los ojos y solo atino a mirar la tierra, que de repente, de ella comenzaron a brotar ramas y palos peligrosos que la ayudaron a alejarse de los policías. No podía creer lo que había hecho. Tampoco sabía si lo había hecho ella misma. Miro las lianas y enredaderas que se enrollaban en los cuerpos de los hombres. Elizabeth le recordó que debía bajar cuanto antes. Caminó lentamente sin dejar de mirar el acontecimiento, y de pronto, no se vio más. Saltó.
Emily llegó al final de la colina llena de barro, y de hojas. También tenía sangre. Al igual que ella, las otras tres que venían estaban caso igual, adoloridas, pero vivas. Diana tenía media espina dentro de su espalda y media espina afuera. Se la sacó de a poco y sentía como esa herida se regeneraba poco a poco. Entonces, sin darse cuenta ya no le dolía y no tenía nada. Nathalie estaba bien, Elizabeth también. Emily casi, tenía que sacarse unas pequeñísimas espinas que tenia en las piernas. Fuera de eso estaban todas bien.
- Nathalie, ¿estas bien? ¿Qué te hicieron? – le pregunto Elizabeth.
- Intentaron llevarme a la fuerza, pero creo que logré ahuyentarlos. No se como…fue tan raro. Es que…salieron raíces y enredaderas de la tierra que ataron a los policías. Por eso pude escapar.
- ¿Y como pudo pasar eso? – le preguntó Emily.
- Solo cerré los ojos e hice lo que me dijo Aniel. Eso de…pensar en algo…y luego toqué la tierra y… ¡pum!
Emily sonrió al igual que Diana. Era grandioso. Eso significaba que progresaban en eso. Lo que importaba ahora era salir de aquel bosque en el que estaban y fueran a la ciudad, o mejor, seguir escapando de esa gente. Pero no sabrían como lo harían pues ya no tenían a su guía. ¿Qué habría sido de Aniel?
Nadie sabía, pero debían seguir adelante. Lo mas ocurrente que hicieron fue ir a la iglesia de Lathalia para hablar con el sacerdote y ver si el las podía ayudar. Caminaron y preguntaron hasta llegar a una pequeña capilla cerca de un río que se desbordaba. Entraron. No había nadie, al parecer. Pero luego de unos minutos, apareció el cura de aquella capilla.
-¿Puedo ayudarlas, niñas? – les dijo el padre.
- Padre, seguramente usted no nos conoce, pero necesitamos que nos oculte.
-¿Quiénes son ustedes?
Las jóvenes se miraron porque no sabían si decir la verdad o inventar otra historia.
- Somos las…Ángeles… - dijo finalmente Diana.
El padre cambió su expresión y abrió un poco la boca. No podía creer lo que escuchaba porque se supone que solo era un mito religioso y era imposible que estas jóvenes de tan corta edad supieran de aquella historia.
- ¿Ángeles? – les preguntó el padre.
- Si…lo que sucede es que…venimos escapando desde Garamond de la policía porque nos quieren llevar por algo que ni hicimos - le explicó Nathalie.
- ¿Cómo saben la historia?
- Porque nosotras somos las Ángeles, protectoras de la gente y todo eso… - le dijo Emily.
- ¿Quién les dijo eso? ¿Quién las encontró?
- Aniel.
- ¿Aniel?
- Si…ella nos encontró, nos dijo lo que éramos, y alcanzo a enseñarnos lo básico que podíamos aprender…- dijo Elizabeth.
- ¿Y donde está ella? – les preguntó el cura.
- No sabemos, solo que está en Garamond tratando de distraer a la policía para que nosotras pudiéramos escapar.
- ¿Y por que las persiguen?
- Porque…nos culpan de algo que no hicimos…bueno, eso no importa padre. Solo queremos que no nos encuentre, por favor, ayúdenos.
El padre Miguel no dudo en ayudarlas. Las llevó a una habitación en la cual se guardaban materiales viejos y antiguos. La policía no tardó en llegar a Lathalia y en tanto a la capilla. Era una razón clara de que estaban escondidas allí, pero al ver que no se encontraba nadie más que el cura, y al registrar cada rincón de la pequeña capilla, se fueron. Eso si, algunos se quedaron para asegurarse aún más. Sin embargo, las niñas no salieron de allí hasta la noche, cuando el sacerdote entró en la habitación y les comenzó a hacer preguntas.
- ¿Están cómodas?
- Eh… si, gracias – le respondió Elizabeth. -¿se fueron ya los policías?
- Si, la gran mayoría, pero algunos aún permanecen fuera de la capilla, por si acaso, ustedes saben.
- Si, solo le damos las gracias por todo lo que está haciendo padre…- le dijo Nathalie.
- ¿Bromean?, es lo menos que puedo hacer por ustedes. ¿ya se dirigieron a Celeron?
- ¿Celeron? – preguntó Diana.
- La ciudad de la Tercera Dimensión. ¿Aun no van allá?
- Me temo que no. En realidad se supone que iríamos, pero pasó todo esto y…nuca pudimos ir. – le dijo Emily.
- Entonces, creo que es el momento ya para guiarlas hacia esa ciudad.
- ¿De que habla? – le preguntó Emily.
- Yo se como abrir la Tercera Dimensión, pero es muy riesgoso y se requiere paciencia.
- Pero…el problema es que no estamos lo suficientemente preparadas para viajar y combatir demonios y todas esas cosas. No hemos terminado nuestro…entrenamiento. – dijo Elizabeth.
- No es necesario prepararse, niñas. Es cuestión de fe. Espero que eso se los haya enseñado Aniel.
- Si, si…que tuviéramos fe. – dijo Diana.
- Con la fe pueden hacer millones y millones de cosas. Más ustedes que son seres celestiales que velan por nuestra salud. Niñas, si tienen fe, pueden hasta derrotar al mismo Diablo. Solo deben confiar.
La plática las tenía atentas a todas, y sabían que lo que decía el cura Miguel era verdad.
- Entonces, ¿entraran a Celeron si o no?
Todas se miraron como siempre, esperando que alguna diera la respuesta. Pero ninguna sentía que estaba lista para enfrentarse a dichas criaturas endemoniadas. Entonces, se produjo un silencio.
- Si ustedes no me dicen no lo abriré, pero deben tener en cuenta de que ya hay personas que las necesitan. Si no son valientes ahora, quizás pasen miles de años antes de que lo sean.
Las cuatro pensaban lo mismo, de que todo sucedió tan rápido, demasiado rápido. Un día estaban en Olidata pasando una odisea con sus familias, otro estaban con Aniel en Garamond aprendiendo de sus poderes, y ahora estaban en Lathalia, escondiéndose de la policía y con un cura que dice de pronto que vayan a otra dimensión. No había pasado ni siquiera una semana y ya conocían tres ciudades distintas. Todo era demasiado confuso, rápido, extremo, e increíble, pero cierto. Luego se dieron cuenta de que ya no había más tiempo que perder. Al fin y al cabo ¿que más harían por la vida? No tenían nada ni a nadie. Solo lo que llevaban puesto y un par de celulares. Entonces, recordaron la frase de Elizabeth: “no tenemos nada que perder”. Y así era. Además, el padre tenía prisa.
Se dirigieron a la parte de la misa, en donde estaban las bancas, el altar, los cirios, etc. El cura, parado frente al altar y con una cruz en mano, dijo algunas palabras en latín que las niñas no entendieron:


Corría una brisa por la capilla, al interior. Una brisa que apagó las velas y dio paso a un resplandor que iluminó todo el sitio y se consumió bajo el altar. El padre corrió éste y bajo aquel había una alfombra roja. También fue corrida, pues lo que buscaba el sacerdote era una puertecita pequeña que daba a un cuarto de no más de dos metros por cuadrado. Al hacer todo estos movimientos, los policías reaccionaron y comenzaron a golpear la puerta de la capilla, pues el cura hizo muchos ruidos extraños.
-¡¡Abra la puerta!! – gritaban los hombres de afuera.
El sacerdote hecho un vistazo hacia atrás, verificando que el portón estaba cerrado y seguro. Luego, entre sus ropas, sacó un llavero que poseía más de cincuenta llaves, casi todas iguales y del mismo tamaño. Se tomo unos segundos en buscar la llave que abría esa puertecita de madera y algo longeva. Las jóvenes solo lo miraban con nerviosismo, porque los policías cada vez hacían más fuerza para entrar y cada vez gritaban más. La llave que abría dicha puerta era diferente, como especial, de más de cruz, y era plateada. El introducirla no fue cosa fácil, pues antes de que pasara esa llave, debían pasar antes otras cuatro. Es decir, tenía cinco cerraduras cada una con llaves distintas. Eso fue algo que le llamó la atención a Nathalie. Quería decir que en verdad, era algo realmente importante, oculto y nunca visto.
La puerta tenía imágenes grabadas en la madera de Jesús y algunos ángeles a su lado. También fue algo que llamó la atención. Era demasiado perfecto.
- ¡Entren allí, rápido! – les dijo el sacerdote Miguel a las niñas.
- ¿Todas? - le preguntó Emily.
- No cabemos todas en ese cubículo. – le dijo Elizabeth.
- Por supuesto que sí. ¡Vamos! – les dijo el cura.
Entonces, con aceleración se metieron en ese cuarto que no medía más de un metro cuadrado. Con dificultad, lo hicieron de a una, hasta poder acomodarse.
- Señor, protege a tus servidoras de los demonios, tus rivales. Dales protección y cuidado para que puedan cumplir su misión.
El sacerdote dijo estas palabras, como haciendo una oración apretando fuertemente su crucifijo del cuello. Luego añadió:
- Cuídense mucho niñas. Suerte -.
Y antes de que los policías pudieran hacerles algo, el cura cerró la puerta con mucha fuerza y ya no se escucho nada. Ni un ruido, ni un grito, ni un crujido. Ni siquiera se veía la luz de los cirios. Con suerte podían respirar dentro de ese cuarto.
- ¿Qué está pasando? – preguntó Emily.
- No lo se… - le respondió Nathalie.
Estaba todo totalmente oscuro. Ni siquiera le preguntaron al padre Miguel que se debía hacer después. No tenían idea de lo que estaba pasando, para variar.
- Deberíamos abrir la puerta – dijo Diana. Entonces, sin preguntarle a nadie, trató de empujar la puertecita ara salir, pero por más fuerza que hizo, no la movió un centímetro. Decidieron ayudar las demás, pues era lo más lógico que podían hacer si alguien les cerrara su única salida. Estuvieron largo rato tratando de abrirla, y a los diez minutos de hacerlo, lo lograron. La luz de un sol resplandeciente las encandiló y el aroma a vegetación las llenó por completo. Como se metieron, salieron de a una. Diana fue la primera en salir, y por lo tanto, fue la que más admiró el ambiente en donde estaban. Lo describía totalmente verde, con árboles y plantas diversas, con flores. Un cielo azulísimo y nubes blancas adornaban arriba. Era hermoso.
- Hace mucho tiempo que no veía un día soleado como este… - decía Emily.
Sin duda el cambio de clima las impresionó y les cambió la expresión de sus caras. Cuando ya salieron todas comenzaron a caminar, cuando de repente, un joven de no más de veinte años de nombre Caliel les habló desesperadamente.
- ¡¡ ¿Son ustedes?!!...¡¿Al fin?! -.
Las niñas se asustaron al verlo, pues no lo conocían ni sabían porque les estaba hablando.
- ¡¿Quién eres?! – le preguntó Diana.
- ¡¿Son ustedes?! – les volvió a preguntar Caliel.
- ¡¿De que hablas, maldición?! – le dijo Elizabeth.
- ¡Si, si …somos nosotras…- le dijo Nathalie, tranquilizando al pobre joven.
- ¡¡¡Al fin, gloria a ti Señor!!! – gritó Caliel.
Se miraron extrañadamente.
- ¿Quién eres tu? – le preguntó Diana.
- Soy…soy Caliel. Las he estado esperando desde hace dos meses…por fin vinieron a salvarnos…
- Pero… ¿que eres tu? – le preguntó Nathalie.
- Soy aprendiz de Mensajeros Urielianos. Mientras tanto, he estado yo protegiendo a los poseídos de Celeron, con ayuda, claro, de los sacerdotes de este país. Pero, eso ya no importa. ¡Están aquí! Eso es lo que importa ahora…vengan…vengan conmigo.
- ¡Espera!...es que… - le dijo Emily.
- ¿Qué sucede?... – les dijo Caliel.
- Es que…nosotras no… no estamos…digamos, no estamos bien… - le decía Emily.
- ¿Qué cosa? – le preguntaba Caliel.
- Es que, la verdad es que no estamos entrenadas del todo para poder hacer nuestro trabajo. Es decir…nunca terminamos nuestro entrenamiento…
Hubo un silencio amplio y largo. Caliel no sabía que decir. Se sentía decepcionado. Mientras su cabello rubio se meneaba en las brisas que corrían en aquel lugar, pensaba que lo mejor era ayudar a estas jóvenes, aunque tardara tiempo en hacerlo.
- Muy bien…entonces… ¿Qué hacemos? – les dijo a las niñas.
- Se que te debes sentir mal con lo que te estamos diciendo, pero… no es nuestra culpa. A decir verdad, nuestra entrenadora no se a donde quedó, y de un momento para otro nos mandaron aquí, a Celeron, sin saber que hacer. – le explicó Diana.
- Bueno, bueno…entones, debemos empezar desde este segundo. No estuve sentado en ese tronco dos meses esperando a las personas menos indicadas. Así que, esta semana será ardua y dura para ustedes. Generalmente, los Ángeles aprender a hacer todo lo que saben en unos cuantos meses, a veces hasta años. Pero como ustedes están retrasadas, creo que podemos aprender lo que necesitan saber en una semana. Eso si…día y noche. Quiero saber si están dispuestas…
Primero, no podían creer que un ser humano estuviera sentado en un pedazo de tronco dos meses esperando por unas buenas para nada. Era imposible. Segundo, eso de aprender en una semana lo que se aprende en casi un año, era demasiado agotador. Por lo menos así pensaban las jóvenes. Aunque no sabían si se cansarían tanto como creía. Eso era incierto. Tercero, se sentían muy apenadas por Caliel, porque él esperando a que estuvieran preparadas para todo, y con suerte ellas sabían cuales eran sus respectivos elementos. Pero el que el joven las haya recibido y entendido como lo hizo, era muy confortable para ellas y entraron en confianza enseguida.
Comenzaron por dirigirse a una de las tantas iglesias que tenía Celeron. Esta era hermosa, blanca y limpia. Estaba llena de sacerdotes y alcoholitos y otra gente, pero las chicas entraron por otra parte para que no las vieran y evitaran los conflictos y otros temas. Caliel las llevó a una sala muy grande, pero vacía, por lo cual, se veía más grande de lo que era. Era una sala de madera barnizada con algunos cuadros de imágenes de Jesús, Dios, la creación, y otros por el estilo. Lo extraño era, que el salón era demasiado simple, es decir, no tenía ni sillas, mesas, ni nada, pero era perfecto para comenzar con sus actividades.