sábado, 15 de marzo de 2008

CAPITULO XIII

Al no sentir las manos de sus amigas, Elizabeth cerró los ojos y se dejó llevar por la fuerza que era como un tornado que la llevaba de un lugar a otro. Pero, después de unos minutos, se sintió cayendo libremente como cuando sacó sus alas por primera vez, entonces abrió los ojos. Iba realmente afrontando el viento de caída, atravesando las nubes, y aceptando aceleración. Aun no procesaba lo que vivía solo hasta aterrizar en medio del centro de una ciudad, entre multitud de gente que la miró. Iba con mucho vuelo, y por lo tanto, se desencajaron algunos de sus huesos, no se dio ni cuenta. Tampoco tuvo la opción de sacar sus alas porque no sabia ni donde estaba, que pasaba. Se trató de levantar y observo a la gente que la observaba. Entonces se pudo de pie rápidamente y corrió hacia algún lugar donde no hubiera muchedumbre.

- ¿Dónde estoy? – se preguntó.

Mientras tanto, lo mismo pasaba con las otras tres Ángeles. Habían caído en partes diferentes del mundo, pero aun así, no estaban tan lejos unas de otras. Se encontraban en el mismo continente. Emily había caído en el mar. No tenia idea cual. Miraba a todas partes y lo único que veía era el cielo juntarse con el agua. Ni siquiera una isla.

Nathalie cayó a algo de agua también. Pero ésta era diferente, pues era clara, nítida, ligeramente helada, y había muchas personas en ella. Sacó inmediatamente su cabeza a la superficie para mirar a la multitud de gente que la observaba detenidamente. Hombres, mujeres y niños. Todos la miraban. La piscina era gigante y estaba al aire libre. Parecía de esas piscinas de clubes o comunales. Sin embargo, no tardó correr al concreto y salirse luego. El recinto también contaba con jardines y la piscina tenía trampolines. Entonces, Nathalie no halló otra cosa mejor que decir:

- ¡Mal salto desde el trampolín! ¿No? – dijo con cara extraña y sonrisa forzada.

Y luego todos lo discutían. La joven logró engañarlos y luego se fue bajo un árbol solitario frondoso. Al igual que Elizabeth, no tenia idea en que parte estaba. Nunca había ido a aquel lugar. Pensaba y llamaba a las otras chicas. Comenzó a caminar sin rumbo hasta salir de aquel recinto.

Al igual que las otras, Diana tampoco ocupo sus alas. Pero no fue tan mala su caída, ya que aterrizó en un campo de trigo inmenso que ni se veían cerros, ni casas, nada. Solo el trigo tocaba el cielo, y nada más. Se levantó lentamente y miró a todas partes también, llamando a sus compañeras. Luego empezó a caminar y a mirar a lo lejos sin poder ver ni siquiera las colinas. Era el amanecer en aquel lugar y el sol salía demasiado lento. Siguió su caminata hasta que ya no podía más. En ese momento se lamentaba el no poder haber sacado sus alas a tiempo. Luego de su primera oportunidad, no lo siguió intentando.

En fin, anduvo y anduvo hasta que el sol estaba sobre su cabeza. Parecía que no avanzaba nada, hasta que llegó a un camino de tierra. Supo que por ahí pasaban autos o quizás otro tipo de transporte que la pudiera ayudar. Lo malo era que pasaban por ahí una vez por día y lo hacían en el anochecer. Así que camino por el camino todo el día, muy agotada, hasta que el sol se puso y entre la oscuridad le iluminó el rostro dos luces a lo lejos de un camión.

Emily tomó una especie de vuelo hacia la profundidad del mar y al salir, lo hizo como una bala pudiendo así sacar sus alas y viajar más rápido. No le costó encontrar alguna isla por ahí, pero inhabitadas. Estuvo unos dos días tratando de ver gente en alguna costa, hasta que lo hizo. La suerte estaba muy de su lado. Se sorprendió al entender que aquella playa la conocía desde niña. Por supuesto, era Olidata. Estaba de vuelta. Una de las pocas ciudades de América que tenía mar. Su primera reacción fue pisar tierra en alguna parte solitaria para que nadie la viera llegar. Se sentía melancólica. Y en eso, luego de un rato, se dio cuenta de lo que había pegado en toda la pared del callejón. Carteles con los rostros de Nathalie, Elizabeth y ella. Eran buscadas por ciudades cercanas a Olidata.

- ¿Qué es esto? – se dijo a si misma.

Menos mal que no había nadie que le dijera algo por arrancar todos los carteles de la pared. Uno por uno rápidamente. Se asomó a una calle principal luego de eso y caminó por la acera buscando algún sitio.

Los pasos eran inseguros porque no tenia adonde hacia donde se dirigía, hasta que paso por una vereda conocida y al mirar el frontis de la casa, se desilusiono un poco. Era la casa de Nathalie, totalmente cambiada. Un mes no bastaba para que un hogar estuviera tan abandonado como aquel. Con charcos de agua por todas partes, la madera carcomida, plantas secas, y tablas viejas. Parecía casa embrujada y eso fue lo que le causó una pena a Emily. Había pasado momentos lindos y divertidos en aquella residencia, y ahora lo único que podía hacer era lamentarse al respecto. Siguió caminado, pero ahora con un destino decidido: su casa.

Anochecía, y lo único que traía puesto era una polera con un chaleco encima y unos pantalones con botas. Toda empapada.

Al llegar, estaba todo oscuro. Ni siquiera había luces en la calle. Solo llegaban los rayos de la vereda principal. Su casa estaba llena de cintas que decía “no pasar”, abandonada por supuesto. Sin embargo, no había ni policías ni nada afuera de la casa, por lo que entró sin problemas por una ventana.

Dentro, estaban los muebles y cosas cubiertas por telas blancas. Emily solo quería algo de ropa si es que aun quedaba en su armario, y cogió botas, pantalones, algo abrigado arriba y encima un abrigo negro que le llegaba a las rodillas. Sin embargo, abandonada y todo, paso la noche allí. Aun no entendía lo que estaba pasando. No sabia donde estaban sus amigas ni tampoco sabía porque estaba en Olidata.

A la mañana siguiente, se despertó por unos ruidos fuera de la casa, causados por policía, que llegaba cada mañana a supervisar y buscar respuestas a sus preguntas. Rápidamente se retiró de allí por la ventana, claro que se demoró un poco. Se tuvo que sacar el abrigo, pues sus alas no podían salir ni atravesar la gruesa tela.

Aterrizó inmediatamente en la iglesia, que estaba con gente adentro. Parecía una misa, así que espero afuera, sentada en las escalas, algo preocupada. No tenia la mas remota idea de que pasaba ni porque estaban ahí, menos donde estaba Caliel.

Elizabeth camino alrededor de la ciudad para descubrir por lo menos donde estaba. Era más bien un pueblo, con caminos de tierra y gente vestida campesinamente. Su vestimenta tenía sangre y no sabia como pasar desapercibida. Usaba su cabello para taparse mientras buscaba alguna cara conocida o algo que le dijera en donde estaba. En un negocio pequeño le preguntó a una señora.

- Disculpe… ¿Cómo se llama este pueblo? – le preguntó con vergüenza.

La señora se largo a reír un rato, y luego de varios minutos respondió:

- ¿Es en serio? - .

- De hecho si…es que…se me olvido… - le respondió ella.

- Estas en Harby… - .

Elizabeth hacia memoria para recordar si alguna vez había ido a aquel pueblo, pero parecía que no. Entonces siguió el cuestionario:

- Y… ¿Harby está cerca de que ciudad? -.

- De muchas, niña. Si vas por allá, hacia el sur, está Repagness y si te vas por el norte te encontrarás con Garamond, para el oeste—

- ¡Espere! ¿Garamond? ¿por el norte? - .

- Si…son como unos cien kilómetros…-.

La joven no lo dudo. Salió caminando sin prisa hacia el norte de Harby, y tras unos árboles secos, sacó sus alas y se fue volando hacia Garamond, para así luego dar con Olidata, su ciudad. Además, tenía el presentimiento de que encontraría alguien allí conocido. No se demoró más de veinte minutos en llegar allí. Sin darse cuenta, aterrizó en la misma plaza en la cual llegaron una noche con Emily y Nathalie, escapando desde Olidata. Ahora si sabía a donde ir.

Mientras tanto, Nathalie salía de aquel sitio con piscina, camping, asados, pasto, etc. Pero le parecía conocido aquel lugar. Cuando salió de allí, vio un gran letrero que decía “Camping Laguna”. Su memoria actuó al instante. Alguna vez fue allí con su familia, cuando era mucho más pequeña. Recordó instantes bellísimos y lego se marchó. Por lo menos sabía en donde se encontraba. Una ciudad cerca de Olidata también. Conocía el camino de regreso allá, así que caminó cerca de quinde minutos. No quiso volar, quería detenerse en aquellas partes que había conocido hace mucho tiempo y que no veía hace años. Iba toda empapada y por lo cual toda la gente la miraba al pasar. Hacía frío además, y estaba que casi llovía. Comenzó a tiritar así que se apresuró para llegar a alguna parte que pudiera darle ropa seca.

- Gracias, señor, por su amabilidad… -.

- Por nada, por nada. ¿Cómo me dijiste que te llamabas? -.

- Diana, señor.

- ¡Ah! No me digas señor…me siento viejo. Tengo apenas 20 años…y me llamo Alan.

- Perdón, no lo sabía. Y… ¿Hacia donde se supone que va? - .

- Tengo que ir a dejar estas mercaderías a Garamond y luego volver para—

- ¿¡Garamond!?...

- Si…una noche al mes viajo hacia allá…

- ¡Dios!...que suerte…justo me dirijo hacia esa ciudad. ¿Usted sería tan amable de llevarme? -.

- Por supuesto…es aburrido viajar solo. Podemos conversar. ¿Qué edad tienes?...

- Tengo dieciséis.

- Ah…si. Y… ¿Qué hacías a esta hora caminando en el prado?-.

- Es que…me…me fui de la casa y me perdí. No soy de aquí en realidad, vivo en Olidata.

- Esa ciudad queda al lado de Garamond.

- Si…por eso caminaba hacia allá…

- Bueno…por la mañana estaremos en Garamond.

- Muchas gracias…

Eran las once de la noche allí, en el prado de Kamiska. Este amable joven había decidido llevar a Diana luego de que la viera caminando casi sin rumbo en el camino de tierra. Era una suerte impresionante la que tenía que justo el joven se dirigiera en donde todas se iban a encontrar. Mintió acerca de que vivía en Olidata, pues en aquel país, no conocía ninguna ciudad más que Garamond y la ya nombrada.

Pasaron unas cuantas horas, y al alba ya llegaban a su destino. Habían hablado toda la noche, los dos de sus vidas. Tenían mucho en común y se divirtieron contando historias añejas. Entonces, al despedirse, Diana le dio algo.

- Quiero agradecerte todo lo que has hecho por mí. No encuentras lamas tan caritativas hoy en día, así como tú. Por lo cual, quiero darte un obsequio. – le dijo Diana.

- ¿Un obsequio? De verdad no tienes para que…la conversa fue entretenida y eso basta – le dijo Alan.

- No en serio, esto de verdad te servirá.

Diana cogió la mano del joven y la colocó entre las suyas. Cuando las retiró había un pequeño colgante de ángel para colgar en el espejo retrovisor del camión. Entonces, la joven lo miró y le dijo:

- Si cuelgas esto, nada pasará a quien lleves en este camión…esto es por ayudar a un ángel… - le dijo con una sonrisa en el rostro.

- ¿Un ángel? -.

- Mmm…adiós.

- ¡Espero verte de nuevo! -.

- ¡Yo igual! -.

Diana salió caminando sin rumbo. No tenía idea de cómo llegar a Olidata. Pero preguntando se llega, así que no dudó en cuestionar a la gente hasta llegar a la entrada oficial de la ciudad.

Diana tenía una capacidad desarrollada en su mente y cuerpo que era el de encontrar fácilmente a las personas, o presentir en donde podían estar. Entonces, al sentir esa sensación de que no estaba sola en la ciudad, se dirigió a la iglesia de Olidata. Emily estaba allí aun esperando a que salieran de la misa. Quería hablar en privado con el padre sobre la situación. Seguramente, el debía estar al tanto.

Eran ya las doce del día, y la gente empezó a salir en patota hacia las afueras de la capilla. Emily descansaba en las escaleras de esta, vio a toda la muchedumbre dejar el recinto. Entonces, espero a que el sacerdote estuviera desocupado para preguntarle si podía hablar con él en forma privada.

- Por supuesto, hija. Pasa... – le respondió el padre.

Justo en ese trance, una voz conocida gritó en nombre del ángel antes de pasar.

- ¡Emily! – .

- ¡¡Beth!! ¡Dios mío, Beth!! ¡estas aquí! -.

Ambas se abrazaron y se dijeron en que parte habían caído luego del loco viaje que habían tenido desde la otra dimensión. Luego, apareció Diana un poco agotada, y también se saludaron. La única que faltaba era Nathalie quien nadie sabía a donde buscarla. Ni siquiera Diana.

Pero no pasaron más de cinco minutos y ésta apareció. Parecía que tenía hipotermia porque estaba helada ya que su ropa estaba completamente humeda. Había viajado toda la noche.

Gentilmente, el sacerdote de allí le prestó algunas mantas para cubrirse y luego le pasó una túnica blanca. Le preparó café también y luego, las jóvenes empezaron la charla decisiva:

- Bueno, padre. Estamos aquí, reunidas, para…es que…padre, somos las Ángeles -le dijo Emily.

- Si…las Ángeles de los cuatro elementos… -.le dijo Elizabeth.

- Pero…¿Qué—

- Así es padre. Y cometimos un grave error en nuestra labor y debe ayudarnos. En realidad es el único que puede hacerlo…-le dijo Emily.

- ¡Esperen! ¿Cómo saben de esto? ¿de que hablan? – les preguntó el padre.

- Por que es la verdad, somos Ángeles. Las últimas, las que faltábamos. Venimos de Celeron, la tercera dimensión porque…ha habido un problema, uno muy grande – dijo Diana.

- ¡Alabado sea el Señor, que escuchó mis plegarias! – dijo el sacerdote.

- ¡Padre! Por favor, necesitamos decirle lo que paso…- dijo Emily.

- Fue una gran pelea…y…debimos haberlo evitado…- dijo Nathalie.

- ¿De que hablan? – dijo el sacerdote.

- El portal…el portal que une ambas dimensiones ha sido roto…pudimos evitarlo pero no fue suficiente nuestro poder…y…creo que no se puede remediar, es decir, nos expulsaron hacia acá, cayendo en distintas partes del país. Y por lo visto, no se si podamos regresar – le dijo Emily.

- Dios mío…no puede ser….pero…como… ¿Quién es su guía?-.

- Caliel…pero antes de que pasara todo esto…no lo vimos, no estaba en ninguna parte y empiezo a creer que quizás lo hayan raptado o algo así – dijo Elizabeth.

- Es lo más probable…por eso. Por eso esta mañana había algo anormal en el ambiente, en la capilla. Dios…el sello se ha roto…y no hay nada que podamos hacer…

- ¿Nada? – pregunto Nathalie.

- Padre…ni se le ocurra mover el altar…es ahí donde esta el portal… - le dijo Diana.

- No es necesario Ángeles…ya es tarde…

Entre conversa y conversa, bajo el mueble sagrado resplandecía algo luminoso, lo cual originó una llama de fuego que se fue haciendo cada vez más grande alrededor del altar. Las chicas se pararon de la mesa rápidamente preguntándose que pasaba, mientras que el sacerdote no podía hacer nada, solo observaba y parecía que la melancolía lo había llevado a otro lugar. Emily corrió hacia el lugar inflamado y le lanzó agua al fuego, pero no apagaba ni una chispa de aquello.

- El agua sagrada no bastara…- le dijo el padre algo ido.

Se ponían histéricas, cuestionándose que harían. Pero era tarde. El plan estaba consumado y las llamas se expandían en toda la iglesia. No había nadie más que el padre en aquel recinto y ellas por supuesto.

De pronto, figuras y siluetas demoníacas comenzaban a formarse dentro del fuego y entre aquel. Las llamas originaban caras horrorosas que inmediatamente observaron las cuatro chicas.

-¡Dios mío! – gritaban.

- ¡¡Hay que parar esto ahora!! – dijo Elizabeth.

Luego de aquellas figuras, luces y chispas rojas brotaban del fuego, que salían disparadas a diferentes partes del lugar. Lo peor, era que no hallaban la manera de detener le fuego, no podían ni acercarse, porque las llamas hacían una presión fuertísima en el ambiente aparte de quemar.

No pudieron hacer nada, hasta que en un instante, explotó todo eso. La capilla, la iglesia entera estaba en llamas, todo destrozado, los cristales habían saltado hacia todos lados. Obviamente, las sobrevivientes de la tragedia fueron las cuatro Ángeles, que sin embargo, por lo repentino que fue todo, no pudieron salvar al sacerdote. La gente gritaba y llamaba a los bomberos, algunos se metieron a ayudar, buscar gente.

Las jóvenes estaban quemadas en varios lados, pero algunas se levantaron altiro, como Nathalie, quien estaba tan mojada que no sintió casi nada. Fue de inmediato hacia el padre, quien estaba bajo cristales y madera, sin vida. De inmediato, la chica se puso histérica le tomó el pulso, pero no respondía. En eso, Elizabeth se levantó.

- ¿Qué pasa? – dijo mientras se reponía.

- ¡Esta muerto, dios! – le gritó Nathalie, llorando.

Las otras dos también se curaron de las quemaduras, y entre tanto humo y fuego, veían correr a gente, otra gritando. Supieron que debían irse lo más pronto posible, pues eran ya unas fugitivas de Olidata.

- ¡¡Nat!! ¡¡Debemos irnos ahora!! – le dijo Emily.

- ¡¡No podemos dejarlo aquí!! – le respondió.

- ¡ La ambulancia se encargara de eso! ¡La gente la esta llamando! ¡debemos huir si no quieres que te lleven! – le dijo Emily.

Parecía que Nathalie le afectaba mucho la muerte de un cura, por lo tanto, no quería dejarlo. Sin embargo, la sacaron un segundo antes de que llegaran todos a verificar la iglesia. Salieron lo mas rápido que pudieron y pararon en la terraza de un edificio.

-¡Paren! ¿¡Saben lo que hemos hecho!? – dijo Nathalie.

- ¡Por supuesto que si! – le dijo Elizabeth.

- Dios mío…dejamos salir a todos los demonios… - dijo Diana susurrante.

- ¿¡Que haremos ahora!? – gritaba Nathalie.

- ¡Que crees! Afrontarlos a todos…cometimos un error. No pudimos cumplir nuestro deber y debemos saber pagarlo. – dijo Emily.

- ¡Estas loca! ¡Hay miles de cientos de ellos y no solo aquí en Olidata, si no que en todo este maldito mundo! – dijo Nathalie.

- Sabes que podemos vencerlos a todos. Precisamente ahora deben estar buscando la manera de hacer daño, pero se que podemos – dijo Diana.

- Pero para eso debemos trabajar juntas, unidas. ¿Se olvidan de lo que Caliel y todos nos decían? ¡Hay que tener fe! Sin ella…no lograremos nada… - decía Emily.

En ese instante todas miraron a todas, mientras el viento congelado movía su pelo y sus ropas. Con solo la mirada se dijeron lo que pensaba cada una. El problema sería, ¿de que y donde vivirían? Se suponía que todas la iglesias por lo menos de aquella ciudad y a su entorno estaban destruidos por la llegada de los demonios. Además, aquellas eran las que las entendían y conocían quienes eran realmente.

Entonces, en aquel momento, Nathalie tuvo una idea.

Las llevó a todas a un viejo edificio que suponía que echarían abajo para construir departamentos o quizás un colegio. Al parecer se había cancelado aquella construcción, por lo cual el lugar estaba abandonado. Tenía once pisos y decidieron quedarse en el último. Estaba llenó de polvo, pero un sitio tibio que las protegería por lo menos del frío, lluvia y nieve de Olidata. Entraron por la ventana.

- Esto esta….muy sucio – dijo Emily.

- Es lo único que tenemos. Y si no te gusta te puedes ir…- le dijo Elizabeth.

- Si me gusta…esta bien. Hay que limpiarlo un poco, nada más. Pero…esto de donde nos quedaremos ya esta listo. Ahora… ¿Qué comeremos? ¿Cómo nos mantendremos vivas? Se que nuestra inmortalidad abarca eso pero…no se – dijo Emily.

- Miren…por mientras estamos a salvo aquí, solo por mientras. Lo de comer no creo que nos preocupe mucho. No se ustedes pero mi apetito ya no es el mismo desde hace un mes. Y… bueno lo otro no lo se. Supongo que tendremos que arreglárnoslas como podamos. Mi idea es la siguiente – dijo Nathalie calmada. – Emily… ¿tu casa aun se sostiene? -.

- Con policías si. Pero creo poder rescatar algunas cosas, como algo de dinero, y ropas para pasar el frío, por que por a lo que se refiere tu casa, esta echa ruinas. Esta muy vieja y creo que todas las bajas temperaturas lo hicieron peor – le dijo Emily.

- Si lo se. Y la casa de Elizabeth sabemos que ya no existe, por lo cual contamos contigo. Ahora… si bien, esta ciudad y las que la rodean pueden estar infectadas de todos los demonios que se nos pueda imaginar, y mi idea, es que mientras estemos en Olidata, limpiarla. Es decir, sacar todos los males que nos sea posible y luego ir avanzando quizás hacia otro país que estoy segura de que nos acogerán en las iglesias. Todos los sacerdotes deberían saber que estamos aquí, y también todos los espíritus malignos… - dijo Nathalie muy compleja, pero segura de lo que decía. Su idea era buena, pero no sabían si resultaría.

Las Ángeles estaban allí para proteger al mundo de los males, y eso era lo que harían de ahí en adelante. Por lo cual estaban mentalizadas de que entrenarían todos los días las prácticas que hacían en Celeron con Caliel, se esforzarían cien por ciento para ser cada día mas hábiles.

- Lo que dices esta bien, pero… ¿Qué hay de la tercera dimensión? ¿Y Caliel? ¿Qué tal si le paso algo o quizás ya este muerto? – le dijo Diana.

- Espera…no es la idea que pienses tan negativamente. Puede que a Caliel lo tenga secuestrado o algo así, pero no creo que lo hayan matado. Simplemente no les conviene…la verdad no se, solo no quiero pensar tan pesimista. La idea de Nathalie esta bien, pero si queremos que resulte, trabajemos en equipo y demos lo mejor cuando estemos haciendo lo nuestro y también en las practicas – dijo Emily.

En fin, todas asintieron. Era ya hora de demostrar que habían progresado y no dejar a su guía en ridículo. Entonces, comenzaron desde ese mismo día.

Eran las una y media de la tarde. Hacía menos ocho grados en Olidata, sin nieve ni lluvia, solo el frío que rondaba en las calles y dentro y fuera de las casas. Una pareja joven entre la multitud que veía el incendio de la iglesia conversaba:

- ¡Bien! ¡Excelente, Aarón! ¡Resultó!... ahora esas tontas deben estar lamentándose la falla de su misión… - decía riéndose pero a la vez murmurando.

- Lo se, lo se… ya me imagino la alegría de nuestro amo y señor Lu cuando se de cuenta de esta gran hazaña…en gran parte echa por nosotros… - dijo el muchacho.

- ¡¡Si!!... ay, me siento tan feliz y tan útil, por primera vez en mi vida…ahora… ¿que quieres hacer? Podemos recorrer la ciudad, o tomarnos un helado, ahora que hace un poco de frío… - le dijo Scarlette.

- No, Scarlette…no es el momento. Debemos, claro, conocer la ciudad, pero ahora quiero encontrar a esas Ángeles y darles una buena—

- No seas estupido… casi te dio un infarto cuando te enfrentaste con una de ellas…estabas muerto de miedo…además no es el instante para empezar a fallar. Necesitamos esperar si quieres que todo funcione, hacerlo todo con calma ¿me entiendes? – dijo la joven.

- Si… solo que… me cuesta esperar. No soy paciente, lo sabes.

- Si, si, si. Pero ahora debes serlo…ahora…Mmm…vamos por allá. Caminamos hacia allá y luego hacia el otro lado, y así conoceremos Olidata. Claro estaba mas linda cuando vinimos hace varios años atrás, ha cambiado bastante. Por lo cual, debemos ir.

Entonces, salieron de donde estaba la gente amontonada y caminaron en una dirección por largo rato. La cacería solo había recién empezado.

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