miércoles, 27 de agosto de 2008

CAPITULO XIX

Al regresar al desierto de Mondhy, Eliott vio que su reo hacía un movimiento de labios, como susurrando algo con los ojos cerrados. Aún seguía atado de manos y pies, y solo tenía la mínima movilidad en su cabeza.
- ¿Estas rezando? – le dijo acercándose y con un acento muy molesto.
Caliel no le respondió nada, solo abrió los ojos para mirarlo y luego los volvió a cerrar para seguir con su plegaria. Fue cuando Eliott se enojó de verdad, pues agarró el rostro del prisionero con su mano derecha y la volteó hacia él.
- ¡Mírame cuando te hablo! – le dijo Eliott.
Caliel accedió, pero con gran disgusto. Era lo último que deseaba hacer. Entonces, el malvado demonio lo dejó en el suelo de un golpe.
Caliel con suerte podía hablar. Mover sus labios para un rezo era un esfuerzo gigante, y su cuerpo estaba casi todo dormido. No había comido ni bebido nada desde hace días, por lo que no había otra cosa que probar más que el aire y a veces la arena. Eliott le daba de beber unos sorbos cuando ya veía que el pobre estaba a punto de morir. Lo mantenía a penas vivo para seguir con su plan. No lo dejaría morir, pero tampoco vivito y coleando. Eliott pasaba horas y horas sentado a su lado sin hacer nada, y desaparecía cuando recibía algún llamado en el aire o cuando algún demonio mensajero le tenía noticias.
Luego de un par de minutos que sucedió aquella discusión, Eliott agarró la vestimenta de Caliel del cuello y lo levantó un poco hacia él. Lo que le dijo le trajo mas problemas de los que tenía al prisionero.
- ¿Sabías que una de tus Ángeles está poseída? – le dijo mirándolo a los ojos.
La expresión del rostro de Caliel cambio completamente al escuchar estas palabras. No lo quería mirar, ero fue imposible no hacerlo cuando aquella frase fue introducida en sus oídos. Quedó tan estupefacto que no le salían las palabras.
- ¿Qué…? – le dijo al demonio.
- Lo que escuchaste. Uno de mis servidores le otorgó ese gran regalo a una de tus Ángeles.
El sarcasmo de Eliott solo hacía hervir la sangre de Caliel. Quería poder golpearlo pero las cadenas lo detenían. Su ira aumentaba con rapidez, y lo único que podía hacer era avizorar la estúpida sonrisa de aquel demonio que parecía gozar de aquel acontecimiento. Caliel no dijo nada, pero todo se redujo al tremendo escupo que le lanzo a la cara de Eliott. Éste, cerró los ojos en forma de reacción. Se sentía como la ira subía por sus venas hasta su rostro. Al abrir los ojos, el color amarillo penetró en los ojos de Caliel quien no se mostró asustado. Caliel se puso de pie entonces, y sin volver a pensarlo, le lanzó una fuerte patada al joven el cual quedó sangrando por el labio inferior de su boca, manchando su ropa y goteando a la arena, que comenzaba a correr con el flujo por las dunas.
- No te preocupes, Caliel. Esto es solo el comienzo. De nada te servirá escapar de aquí…porque ya estas muerto – le dijo Eliott sonriente nuevamente.
Caliel no alzó la mirada cuando el demonio se marcho de la nada, pero tenía tanta rabia y pena que brotaron algunas pocas lágrimas desde sus ojos, terminando en un grito que resonó en todo el solitario territorio lleno de arena y poco viento.


La semana fue relajada en definitiva para las tres Ángeles. No tomaron cartas en el asunto si de eliminar a demonios se trataba. No sin Emily. Por supuesto, no estaban seguras de actuar de tal forma, puesto que había gente que las necesitaba. Se suponía que aquello era su misión, y aquellos días no la habían cumplido.
Más que necesitar a Emily, quizás fue un acto de flojera ante la situación, o de cansancio. Desde que empezaron con todo esto no habían descansado lo suficiente como para fortalecerse. Aun eran personas, seres humanos que necesitaban recuperar fuerzas y energías.
Nathalie se había unido al padre Erick en la fabricación del nuevo portal que supuestamente daría resultado. Se encerraba horas con él tratando de buscar respuestas ante las interrogantes que se hacía el sacerdote. Fue un arduo trabajo que dio fruto luego de una semana como ya se había dicho. Aquella mañana fue distinta. Elizabeth y Diana no habían dormido en toda la noche, al contrario de Emily. Nathalie salió desde la puerta que había permanecido tanto tiempo cerrada junto con el cura y con unos libros de mas de 2 mil páginas amarillas cada uno. Nathalie le sonrió a las chicas, dando a entender que el experimento estaba listo. Inmediatamente Elizabeth se levantó de la cama que acompañaba a Emily y se acercó con una sonrisa a la pareja que la miraba seriamente.
- ¿Esta listo? ¡Quiero verlo! – les dijo.
Diana fue detrás de ella. Nathalie y Erick la hicieron pasar a la habitación en la cual había mas libros gordos, un par de sillas, una mesita de madera, una ventana pequeña, y un espejo de cuerpo entero al final de la habitación.
- ¿Dónde esta? – pregunto Elizabeth mirando hacia todas partes.
- En frente tuyo – le dijo Nathalie.
Entonces, la mirada de la joven cambió hacia su frente, donde apuntaban los ojos de su amiga. El espejo, que reflejaba la imagen de Elizabeth y las otras chicas mas el cura. La joven se acercó a mirarse en el cristal y no veía nada mas que un espejo común y corriente. Intentó ver mas allá del efigie.
- ¿Yo? – les dijo a Nathalie y Erick con una cara de rareza.
Nathalie hizo un gesto de decepción y se acercó hacia Elizabeth a explicarle.
- ¡No! No tú, no tu imagen en si… el espejo, el cristal… - le dijo.
- ¿Qué? ¿Tendremos que pasara a través del espejo? ¿Cómo en los dibujos animados? ¿Cómo en el animé? – dijo con una carcajada
- Al parecer, si… - dijo el padre. – No tan fácil como ustedes creen, pero si es como la puerta hacia la tercera dimensión-.
Diana, quien no había dicho una palabra desde que habían empezado la conversación, se apresuró a decir lo que Elizabeth tenía en su boca:
- ¿Y que esperamos? ¡Vamos! – dijo caminando hacia el vidrio.
- Espera, espera… - dijo Nathalie deteniéndola del brazo. – El padre acaba de decir que no es tan fácil como creemos. Hay además, un pequeño…un gran problema… -.
- Ay no… ya empezamos con problemas… ¿Qué pasa? – dijo Elizabeth.
- Es que… no estamos seguros si esto funciona cien por ciento – dijo Nathalie.
- ¿A que te refieres? – dijo Diana.
- A que… si no podemos pasar ahora, no podremos hacerlo jamás… esto sólo se puede hacer una vez y si fallamos, no hay posibilidad alguna de rescatar a Caliel, ni mucho menos salvar a Emily – explico Nathalie.
- Nunca sabremos si no nos arriesgamos – dijo Elizabeth.
Se produjo un silencio corto. Aquellas palabras eran verdaderas, pero… ¿Qué pasaba si no podían cruzar hacia Celeron? ¿Si el trabajo de una semana no había servido de nada? Más encima, dejarían morir a su guía, y por consiguiente, Emily no podría salvarse de su supuesta posesión. Era ahora o nunca.
- Bien… ¿Qué hay que hacer entonces para poder cruzar? – pregunto Elizabeth.
Erick, muy entusiasmado le respondió aquella interrogante.
Cada una de las Ángeles, debían solamente mostrar el sello que tenían en la palma de la mano y colocarla en el espejo, chocando la imagen con lo real. Sus ojos se tornarían del color que corresponde y ahí podrían atravesar el vórtice virtual tras el espejo. Le explicaron a Elizabeth, la cual no tardó en desatar su venda y tocar la palma de su mano en la imagen del vidrio. Sus ojos se colocaron anaranjados fulminantes y brillantísimos antes que los ojos verdaderos. Eso le causó impresión. Luego hubo una vibración en la imagen que reflejaba el espejo con el ambiente real. Después de unos segundos, aquella vibración se detuvo. Elizabeth miró a todos lados del espejo y luego se volteó a mirar a Nathalie.
- ¿Qué pasó? – le dijo extraña.
Antes de que alguien le respondiera, unas manos blancas con uñas largas y con venas muy marcadas, la tomó del brazo extendido hacia el cristal y para luego forcejear el hombro y el cabello con mucha fuerza. Otro par de manos la terminaron de empujar hacia el interior del vidrio dejando en eco un grito agudo de la muchacha. Fue todo muy violento, pero era el procedimiento. Diana estaba estupefacta. Pensó que algún demonio había arrancado a Elizabeth de allí, pero Erick la calmó. Después de todo, lo mismo pasaría con Diana y Nathalie.
Luego de aquel hecho se produjo un silencio extenso, el cual fue interrumpido por Erick, quien incitó a Diana a que siguiera a Elizabeth para que no se ocasionara una perdida de tiempo estimada y así aparecer e diferentes lugares en la tercera dimensión. Mientras mas tiempo, mas lejos estarían unas de otras.
Diana entonces, procedió a esperar que las blancas manos tomaran las suyas con el propósito de conducirla hacia donde correspondía. Mientras esto sucedía, Nathalie decía sus últimas palabras al sacerdote:
- Por favor, padre, cuídela. Es lo único que le pido… y… si algo llegara a pasarnos—
- Nada les pasará… confío en las Ángeles del Señor –
Ante estas palabras, Nathalie tenía la respuesta exacta, pero le daba temor darla. No quería causar una desilusión en Erick y mucho menos en la gente que las apoyaba, las cuales eran pocas, pues no muchos sabían de su existencia. Sin embrago, el miedo no invadió su mente y pudo soltar las palabras exactas como replica:
- No debería… - le dijo, luego cambió su verde mirada a los ojos chocolate del padre. –No somos totalmente Ángeles…aún -.
Se giró hacia el espejo para luego poner su mano derecha en frente y esperar lo que todas esperaron.
Erick no pudo resistir el murmurar una oración con un rosario entre sus manos mientras Nathalie desaparecía. Luego, se persignó y se dirigió de inmediato hacia la capilla ante la imagen de Jesucristo e implorar por aquellas jóvenes.

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