Diana Crown
De nada nos sirvió ir a ver a esa junta de ancianos. En todo caso, nos dijeran o no nos dijeran donde estaba Caliel, sabríamos de todas formas. Eso deberían saberlo incluso mejor que nosotras. Pero en fin, la cosa es que al salir de la capilla y bajar los escalones, comenzó a llover torrencialmente. Se veía gente correr de un lado hacia otro cubriéndose la cabeza con diario o con las mochilas. Sin duda, era una tormenta inesperada. Aquellos momentos eran los que me hubieran gustado disfrutar en compañía de mi par de alas. Llevaba casi tres meses siendo un “ángel” y aún no las sacaba. Y no por que me faltara práctica ni nada por el estilo, pero luego de aquella caída que me dejó mas huesos afuera que adentro de mi cuerpo, le he creado un miedo al caer cien metros hacia abajo.
Al ya bajar los escalones, cerré los ojos para poder encontrar la presencia de Caliel entre tanta gente de Celeron. Sin duda, mis búsquedas eran las más efectivas de las tres, por lo cual no tarde en ubicarlo. Sin embargo, no estaba solo. Había un aura demasiado fuerte, potente y maligno a su lado. De hecho, me llegaba a dar temor el solo encontrarlo. Abrí los ojos de repente dejando mis parpados muy separados.
- ¿Qué pasa? – me dijo Elizabeth.
- Es que… - no podía hablar bien. Se me trababa la lengua y no tenia la menor idea por que.
- ¿Lo encontraste? – preguntó Nathalie luego de que descubriera que no podía seguir la respuesta.
- Si… si. Es un poco lejos. Quizás haya que volar… - dije aun nerviosa.
No lo pensaron dos veces. Sin embargo, aun había gente a nuestro alrededor que obviamente desviaría la mirada hacia nosotras si de pronto sacáramos alas como pájaros y voláramos. Entonces, caminamos hasta una esquina muy solitaria. Al principio se veía vacía, y luego comenzó a llenarse de más gente que buscaba sus automóviles para marcharse. Parecían que escapaban de algún maremoto o Godzilla. Quizás King Kong.
Cuando nos vimos solas por un microsegundo, las chicas me tomaron de las manos y me elevaron entre la neblina y el agua que rozaba mi largo cabello que cada vez se ponía más y más lila.
Anduvimos flotando por varios minutos, y aunque a cada instante nos alejábamos mas de la ciudad, la lluvia no cesaba. Nunca había visto llover un desierto. No sabía si existían, pero en Celeron todo existía. Bueno, a veces me daba por pensar cosas tontas u obvias.
- Ya estamos en el desierto de Mondhy…- dije cuando entendí que no bajarían hasta que yo les dijera cuando.
Íbamos lo bastante alto como para que la neblina nos cubriera bajo nuestros pies y pareciésemos solo aves volando bajo la lluvia. Comenzamos a descender de forma lenta. No podíamos divisar mucho lo que había debajo de la capa blanca que se formaba en el aire.
De un momento a otro, no me di cuenta cuando las manos de Elizabeth y Nathalie se perdieron en el vacío y comenzaba a caer demasiado rápido. Demasiado como para ser solo yo. Alguien me estaba jalando hacia la superficie de arena mojada. Fue tanto el impacto contra el colchón arenoso de mis brazos, que sentí que mi clavícula no soportó la velocidad y atravesó mi hombro derecho. Lancé un gemido de dolor. Ni siquiera cuando casi me reventé en aquel edificio luego de intentar volar había sentido un dolor tan agudo como el que sentía en ese momento. Lo peor fue que nunca supe que o quien me tiró con tanta fuerza hacia abajo. Intente incorporarme rápidamente, pero no vi a las demás en ninguna part. Mientras mi hueso comenzaba a regresar al lugar que correspondía, agarraba fuertemente puñados de arena empapada, una arena naranja que se hacía más oscura gracias al agua. Entre mis cabellos, miré a mi alrededor. Me hallaba sola, entre dunas y una capa blanca que a cada segundo bajaba mas al suelo. Mi vista se hacía imposible. Hasta el silencio predominaba en aquel ambiente. No escuchaba nada mas que la lluvia chocar contra mí y la arena. Me puse de pie y comencé a caminar. Si hubiera tenido alas, hubiera volado lo mas alto posible para encontrar a las demás. Sin embargo, no vacilé un segundo en buscarlas, pero cuando cerré mis ojos para verlas y encontrarlas, un escalofrío recorrió mi espalda y luego un viento heladísimo rozó mi brazo izquierdo. Había alguien allí, y por lo tanto, volteé a mirar velozmente, pero no vi a nadie. Aquella experiencia no me inculcó mas que miedo en aquel desierto. No me sentina capaz de luchar contra algún demonio si es que aparecía en ese segundo. Pero no me rendí. Cerré los ojos nuevamente, y busqué a Nathalie. Según mi búsqueda, no estaba a mas de quince metros de donde yo me encontraba, por lo que empecé a caminar hacia mi frente. Antes si, se me ocurrió por fin hacer algo por la vida. Soplé fuertemente hacia mi norte esperando que tan solo con mi aliento la neblina se despejara y así fue, solo unos pocos metros a mi redonda. Pero como aquel aire blanquecino avanzaba mas rápido que los latidos de mi corazón, me apresuré a buscar a Nathalie.
Nathalie Denat
En tanto la mano de Diana fue arrancada de la mía miré de inmediato hacia abajo para saber que sucedía. Me di varias vueltas sin saber por que. No encontraba a Diana y antes de decidir bajar, tampoco estaba Elizabeth. No había escuchado ni siquiera un quejido de alguna de las dos. La lluvia que caía ya me tenía mojada totalmente. Mi ropa, que la llevaba puesta desde que viaje a Celeron por esta vez, estaba pegada a mi cuerpo y el agua se escurría por entre el género y los jeans. Definitivamente necesitaba hacerme ropa ara estas misiones. Todas debíamos. Era algo que conversaría después si es que salía viva de aquí. Por ahora necesitaba encontrar algo. Lo que sea que no sea agua, neblina, aire o arena. Iba a bajar decididamente. Pero antes de hacerlo, para variar de pronto, algo cubrió mis ojos. Eran unas manos. Eso era seguro, por que las toque y las jalee para que me dejaran ver. Eran unas manos que quemaban, con uñas extremadamente largas, mejor dicho garras, y muy ásperas. Intentaba librarme de ellas, pero era tanta la fuerza ejercida sobre mis parpados y mi frente, que no podía ni moverle un dedo. Me tiró hasta impactar contra la arena mojada en el suelo. Podría haber sido arena seca y me hubiera ahorrado la rotura de algunos huesos. Pero estaba segura de haber tenido cosas peores. No me costó recuperarme y ponerme de pie. Las rodillas me temblaban. Sinceramente, estaba muerta de miedo. Sin mi segundo sello, me sentía insegura e incapaz de combatir a un demonio, aunque fuese de los mas débiles. Estábamos en su territorio.
Alcé la mirada hacia el cielo. En vez de eso, vi caer agua dentro de mis ojos verdes. Aparte de aquello, solo neblina y más neblina. No divisaba a ninguna de las que me acompañaba. Comencé a sentir mi corazón que bombeaba sangre más y más rápido. Cualquier movimiento extraño que viese lo atacaría.
De repente, comencé a escuchar susurros. Susurros que decían mi nombre. Escuché claramente que alguien me llamaba y no sabía de donde provenía aquella voz. Aparte, no podía lograr ver nada. Un poco mas de niebla y no divisaría la palma d mi mano. Caminé firmemente y despacio por las dunas, para no caer por algún cerro de arena. Luego, volví a oír mi nombre en murmullo. Entonces, me detuve un rato. Miré de reojo a todas partes, incluyendo mi superficie y mi cielo. Pero no veía ni el mas mínimo movimiento. Por supuesto, mi vista era mas avanzada que la de un humano común y corriente, por lo cual podía ver cosas mas de lejos o distinguir objetos según como se mueven. Sin embargo, en aquel ambiente era imposible observar algo. Era demasiada la capa blanca que no dejaba ver.
Pese a esto, alcance a colocar mi mano en frente y a estirar el codo antes de que un demonio rojo se lanzara sobre mí. No entendí como mi corazón no saltó de su lugar y corrió entre la arena. Mi mano derecha estaba preparada antes de que yo procesara que lo estaba. Aun así, habiendo absorbido aquel insignificante demonio, mi respiración se aceleró como si hubiera subido y bajado escaleras mil veces. Aun no baja mi brazo, lo tenía levantado en frente como quien tiene un arma, preparado para cualquier cosa. Con suerte lograba ver mis dedos entre el aire nubloso. Aun tenía mi par de alas en mi espalda, listas para volar cuando fuese la ocasión. Luego de aquel hecho con el demonio rojo, supe que era el instante adecuado para elevarme y volver a buscar a Elizabeth, si es que seguía en los aires. Fui lentamente despegándome del suelo en busca de alguna señal de vida.
Elizabeth Prett
Me asusté cuando de pronto no sentí la mano de Diana en mis dedos, pero mi temor se acrecentó cuando a alzar la mirada a mi alrededor no veía absolutamente nada. Era como estar en una habitación blanca, llena de nubes y gotas de agua que chocaban en tu cabeza. Se suponía que Nat estaba a mi lado, no a mas de un metro. Me corría al lugar donde supuestamente se encontraba, pero recorrí mas de diez metros y no la encontré. Miré a mis alrededores y de tanto dar vueltas para encontrarla perdí mi norte de un principio. Comencé a buscarlo dándome vueltas de nuevo. Fue lo mas estupido que había hecho aquel día.
Entre tantas vistas de reojo y tanta lluvia, en un lugar entre la neblina, divisé un cuerpo de vestimenta oscura. No tenía alas. Parecía que flotaba en el aire como si estuviera para en alguna plataforma. Volteé a mirarlo nuevamente y ya no estaba. Me dirigí hacia allá siempre con mi mano como pistola lista para atacar si algún inconveniente sucedía. Pero no encontré nada de nada. Volví a girarme para por lo menos ver algo más que niebla. De nuevo, vi la silueta flotante aún mas cerca. Pude asegurar de que era un hombre, por su cabello corto y desordenado. Claro, que cuando me voltee para verlo una vez mas, había desaparecido, tal cual como la primera vez. Me dije a mi misma, que debía ser una ilusión, quizás un fantasma o hasta un demonio. Pero no seguí pensando lo mismo luego de que apareciera por tercera vez mas cerca de mi cuerpo. Me dio un escalofrío cuando pude por fin reconocerlo. Era Caliel. Aparecía y desaparecía como un espíritu. Y cada vez que lo volvía a ver, era mas cerca. Me restregué la cara y me la sequé con mis mangas, las cuales estaban empapadas. No se como lograron quitar el agua de mi rostro. Sentí que me estaba volviendo loca. Entonces cuando por fin, luego de un minuto mas o menos, saqué las manos de mis ojos, él estaba ahí, a menos de medio metro de mí, con una expresión de seriedad y odio. Se le notaba en sus ojos. Me alejé rápidamente cuando el corazón se me vino a la garganta. Lo quedé mirando convenciéndome de que no era él. Era cien por ciento imposibles de que fuese él. Primero, por q no podría estar ahí en lo aires. Segundo, su expresión no era la misma de siempre. Tercero, era la misma imagen que había visto en Olidata aquella noche. Aparte de que la vestimenta y el rostro fueran idénticos, sus manos no dejaban de chorrear sangre hacia la superficie. Aquello me marcó de una forma en la que no podía discutir si en verdad era él o era solo una ilusión.
- ¿Caliel? – pregunté idiotamente.
Fue un impulso momentáneo. Debía preguntar si de verdad era él o no. Me acercaba para poder tocarlo, por lo menos sentir su piel y a raíz de eso, saber si era o no Caliel.
Antes de hacerlo, me arrepentí y cerré mi puño. Lo miré a los ojos. Él parecía hacerlo también, pero sin el mas mínimo sentimiento en sus pupilas. Parecía demasiado hermoso para atacarlo. La semejanza jugaba el rol mas importante en aquella situación por lo cual no quise ser sincera del todo.
- Devuelveme al verdadero Caliel… - dije en forma bastante calmada y repentinamente.
La “imagen” no me contestó nada, al menos con palabras. Pues luego de esperar un par de segundos, su brazo fue mas rápido que el mío y me hizo bajar de pique de un solo golpe en la cara hacia el suelo humedecido. No tuve ni siquiera tiempo de mover mis alas para echarme a volar y no sentir el dolor de tocar en forma potente el suelo. Mis manos agarraron mi estomago y por suerte nada de mi esqueleto se asomó por mi piel.
Diana Crown
Cuando finalmente llegué al lugar donde supuestamente estaba Nathalie, lo único que encontré fue más neblina y mucho mas espesa. Pero señales de ella no había por ninguna parte. ¿Era posible que mi habilidad de encontrar a las personas, especialmente a Ángeles como nosotras, hubiera fallado tan notoriamente? Saqué la conclusión de que estábamos en un territorio lo bastante demoníaco para que mis poderes no funcionasen como debían. Pero algo tan fácil como ubicar a Nathalie no me había resultado en lo absoluto. Cerré mis ojos lilas otra vez, y en tanto me puse a buscar la presencia de ella, algo susurró a mis espaldas. Me di vuelta de forma inmediata y asustada. Buscaba y buscaba y por mas que lo hacía no encontraba nadie. Ni siquiera había rastros o huellas de que alguna persona hubiese estado tras de mi. Quizás no era una persona. De hecho, me esperaba algún fantasma si es que no era un demonio. Sentía que aquella presencia me perseguía desde que me jalaron hacia la superficie de arena en un principio.
Como sea. Volví a cerrar mis ojos, pero nuevamente algo me interrumpió, y esta vez fue un hecho que casi me hizo caer de espaldas, si es que no moría de un infarto al corazón primero.
Escuche claramente mi nombre. Bien modulado y muy susurrado en mi oído. Luego otra vez, y otra vez, y otra hasta lograr ver algo entre la niebla. Al fin observaba algo que no era parte del desierto. Era un cuerpo, recostado en la arena mojada, con cadenas en muñecas y tobillos. Tenía un traje de monje y… no había duda. Era Caliel quien estaba mirándome desde el suelo. Hubiera sido mejor que me quedara parada en frente mirándolo también, pero mis pies se movieron solos hacia donde él se encontraba. Me agaché y mis ojos se achicaron para divisarlo mejor. Si hubiera tenido lagrimas en ellos, hubiera caído hasta perderse con la lluvia.
- ¿Caliel? – le pregunté.
No sabía por que había hecho esa pregunta. Era tan obvia, hasta ese momento. Le acaricié el cabello y esperé una respuesta de su parte. Pero nunca escuché su voz. Vi sus ojos ahora detalladamente. No eran con los que yo conocí a Caliel. Parecían ojos que reflejaban perdición y penumbra, odio y venganza. Inmediatamente retrocedí luego de ponerme de pie. Era una ilusión y mi mente lo sabía, pero yo en si estaba bloqueando aquel pensamiento indiscutible. Me estaba cansando de este juego. No tenía todo el día para adivinar donde estaban las demás ni mucho menos para encontrar a Caliel, el verdadero.
Luego de ponerle una cara extraña y de “no eres quien creo que eres”, corrí por donde mismo me había venido. La verdad, no se si era exactamente por ahí, pero intente remarcar el camino. Nada ni nadie me siguieron, entonces cuando tuve aquella sensación de estar completamente sola, levante mi brazo derecho hasta tocar mi codo con mi oreja y con la palma hacia el cielo. Junté mis parpados suavemente y repetí el ataque hecho aquella noche en Olidata. La diferencia, era que, en vez de absorber sombras y demonios, despejaría toda la neblina que me impedía ver hasta mis pies. Creé un viento dócil, que fue aumentando su velocidad hasta llegar a ser lo suficientemente fuerte para arrancar una palmera de algún oasis de aquel desierto. Toda la niebla se coló en un torbellino blanquecino sobre mi mano, aparte de la arena seca que volaba sobre mis cabellos y éstos a la vez, cubrían mi mirada.
A pesar de que la neblina bajaba cada vez mas, el haberla colado junto con el viento hizo que desapareciera gran parte de ella e incluso logré que se viera el cielo y las nubes grises. Estuve un largo rato así hasta que lograra ver por lo menos un kilómetro a mi redonda. No me agoté como pensé.
Cuando alcancé mi objetivo, vi que no había nada de nada. Ni siquiera la ilusión que había visto de Caliel unos minutos atrás. Lo que si avizoré a mis espaldas, fue a Elizabeth, quien estaba agachada como quejándose por un dolor de estomago. Su mirada estaba pegada al suelo y le chorreaban las gotas de agua por la espalda y los brazos. Corrí hacia ella con mucho sigilo y con mi mano armada por si lograba ser otra ilusión, pero no. Esta vez era lo real. Le coloqué una mano en la espalda y apoyé mis rodillas junta a las de ellas. Antes de que pudiera hablar, agarró mi muñeca brutalmente como creyendo que la atacaría y me miró a los ojos. Mi equilibrio en las piernas aflojó y caí de nalgas a la arena. No hice nada, excepto mirarla con los ojos muy abiertos y seguros para que se diera cuenta de que realmente era la verdadera Diana. Su mano, que me apretaba hasta casi ponerme mi mano morada comenzaba a quemarme la piel, y al chocar las gotas de lluvia sobre ellas, salía vapor.
- Estas quemándome… - le dije quejumbrosa.
- Lo siento… - respondió soltándome lentamente. Al parecer había por fin caído en la realidad. Miró el suelo nuevamente y prosiguió. – Este desierto tiene muchas trampas, ilusiones y todo lo demás. Debemos tener cuidado…-.
- Lo se… acabo de hacer una “limpieza” en el ambiente para logremos ver algo por la neblina. Ojala dure un rato… ¿Has visto a Nathalie?-.
- No la puedo encontrar… su presencia no la siento por estos alrededores.
- Yo tampoco… es decir, la sentí, pero luego desapareció…
- Debe ser que… estamos en un lugar con mucha energía demoníaca. Nuestro poderes se debilitan… no seremos muy útiles aquí…
Aquello me bajó los ánimos, aunque concordaba con Elizabeth. Ambas nos paramos y estrujamos la mata de pelo que nos colgaba en la espalda. Luego, caminos algunos pasos. No fueron tantos, porque al minuto después, una sombra, más bien Eliott, apareció bajando desde el cielo aplaudiendo muy despacio y lento. También lo acompañaba aquella sonrisa que me causaba ira con tan solo verla. Nos quedamos inmóviles, pero no porque él estuviera atentando contra nosotras, si no por que no hallábamos que hacer ni que pensar.
- Muy bien Ángeles. Por lo menos aun siguen vivas… - dijo con un tono sarcástico.
- Si creías que aquellas ilusiones de Caliel no harían caer en tu trampa, estas muy, muy equivocado. Somos diferentes ahora. Mas poderosas. Y podremos vencerte – dijo Elizabeth muy convencida. Solo el tono lo era, por que sabía que dentro de sí, estaba rogando por que Eliott nos dejara con vida.
- Yo no he creado ni una ilusión. Es la función de este desierto, yo no tengo nada que ver con eso. De hecho, las estaba esperando y se demoraron un poco. Al parecer siguen haciéndolo, porque faltan dos de ustedes.
- Eso no te importa… devuélvenos a Caliel… - dije con voz ronca. Intente aclarar mi garganta.
- Mmm…no, no lo creo – dijo haciendo un movimiento negativo con la cabeza.
- ¡Maldito! – dijo Elizabeth balanceándose contra él en un segundo inesperado.
Eliott desapareció y a apareció a mi lado en una milésima de segundo. Quedé inmóvil, y esta vez fue por él. Lo único que se movían eran mis ojos, y con ellos podía llamar al viento, pero en aquellas circunstancias, era totalmente imposible. No podñia entender como alguien tan talentoso como nosotras pudiera provocarme aquel terror, que se notaba hasta en mis manos, las cuales me temblaban. Elizabeth se volteó a mirarme y corrió hacia a mí, pero de un de repente, una mano cubierta por un guante negro de cuero surgió desde la arena y le atajó un tobillo. No tuvo tiempo ni de quitarlo. Calló de cara a la arena y luego de que todo el cuerpo tenebroso saliera de la tierra, muchos otros comenzaron a surgir. Parecían momias. Eran demasiados a todo nuestro alrededor. Todos vestidos casi iguales, con vestimentas de cuero negro, bototos, pelo negro, algunos tatuajes, y los mismos ojos todos: negros.
Finalmente pensé que era mi fin. Con mucha suerte podía mover mis ojos y parpados. El enfrentarlos sería como enfrentarse al mismísimo Diablo, más si todos atacaban a la vez. Éramos dos contra mil y aún no sabía donde mierda se había metido Nathalie. Aunque claro, una mas no marcaría la diferencia pues los otros seguirían siendo mil. Me sentía perdida, e hice una imploración a Dios mentalmente. Cerrando mis ojos y luego abriéndolos en dirección al cielo.
Elizabeth se puso de pie dificultosa, pero no hizo ni un movimiento en falso. Cualquiera y dejaríamos de existir en menos de cinco segundos.
Nathalie Denat
Cuando me elevé completamente para encontrar a mi compañera, atravesé una gran capa de neblina, pero aquella era diferente a las demás. Era cálida, y parecía que al final de ella se abrían un par de nubes dejando pasar la luz de un sol que no quemaba los ojos, mas bien, te llenaban de esperanza. En aquel momento me sentía tan confortable, que olvidé todo lo que pasaba a mi alrededor. Olvidé donde estaba, mi propósito, el tiempo, etc. Solo quería dirigirme hacia aquella luz tibia, que cada vez me llamaba mas la atención. Estaba completamente segura de que no era una trampa. No era algo que quisiera hacerme daño. Era algo bueno.
Cuando al fin logré acercarme lo suficiente, estuve casi segura de que una voz me llamó al oído. Como oía pasar el viento y la brisa, aquella voz fue ídem. Por supuesto, no sabía de donde venía.
Toda mi vida siempre fui cercana a Dios. Mi mamá era devota total y yo claramente, debía seguir la tradición. Al principio pensé que nunca me acostumbraría a llevar una vida religiosa, yendo a la iglesia, participar en aquellas actividades, etc. Pero luego me di cuenta, de que no era algo tan terrible como yo creía. De hecho me satisfacía, me alegraba, me llenaba. Al año, era casi una experta en temas religiosos, referentes a Dios, la Biblia y otras cosas de tal tema.
La experiencia que vivía en aquellos momentos fue totalmente extraña, pero a la vez fue como vivir mi vida anterior, solo que esta vez, era aun mejor. No estaba segura si de verdad Dios me hablaba en ese instante, pero cuando escuche todo lo que tenía que escuchar, bajé u puse mis pies en la arena. Mis alas se escondieron, y luego, abrí los ojos. Había cambiado todo, todo lo que veía y sentía. Quizás, por primera vez había abierto los ojos, o quizás no lo hacía desde hace bastante tiempo, el suficiente para que me olvidara de cómo hacerlo. Un pequeñísimo tallo con unos pares de hojas se dibujaban en la parte superior de mi pecho derecho. Era el segundo sello.
Eso era. Aquello era lo que me hacía sentir mas poderosa, mas viva. El sello hizo que cambiara física y psicológicamente. Para empezar mi cabello, con delgados mechones verdes que brillaban en la poca luz que había, tenía hasta mi piel mas blanca e incluso podía decir que me sentía mas alta. Nunca lo fui, pero ahora veía de más arriba. No se por qué me sentía mas hermosa. No tenía nada que ver, pero era lo que de verdad sentía. Mis cinco sentidos estaban ahora mas desarrollados. Fue lo que me ayudó muchas veces posteriormente. Mis ojos brillaron tanto que parecían dos esmeraldas entre una belleza de tez blanca y cabello de ángel. Sentía el poder corriendo por mis venas, y por todo mi cuerpo. El cansancio desapareció y el dolor también. Ahora solo quería cumplir mi objetivo y por supuesto, encontrar a las demás.
Di algunos pasos. No había tanta niebla como antes, o por lo menos estaba menos densa. Olí algo extraño pero no malo en el aire de allí. Había pequeñas brisas que colaban la neblina en ciertos lugares del desierto. No pasaron segundos para que me diera cuenta de que Diana había utilizado su poder para despejar el ambiente. Me alegré por ella. Sentía las presencias de ambas, pero no las podía encontrar. Podía ser, que estuvieran demasiado lejos, o tal vez, rodeadas de demonios que bloquearan sus mentes. Ambas situaciones me parecieron muy reales, lo bastante para que las dos fueran las correctas, así que me apresuré. No quise volar. Algo me decía que corriera y corriera por el desierto hasta llegar a ellas. Preferí hacerle caso a mi instinto. Mis pies se hundían entre el agua con arena inundada que había en la superficie, pero no me detuve. Al contrario, aceleré mi velocidad.
Elizabeth Prett
Creo que ese momento, hasta yo misma me hubiera asustado con la cara de terror que tenía, y más con la de Diana, quien aun estaba inmovilizada ante la presencia de Eliott. Era tan notorio, que todos los demonios allí presentes lanzaban carcajadas de burla, mientras nosotras lo único que queríamos era llorar. Pero no. No podíamos y no lo haríamos. ¿Cómo tanta cobardía? No éramos tan, tan débiles como para salir corriendo, quizás volando.
- No se preocupen, Ángeles – dijo de pronto Eliott, que con solo escuchar su voz, Diana dio un salto diminuto de espanto. – Veo sus rostros de preocupación. Más bien de miedo. Pero no se preocupen. Los demonios aquí presentes no pelearan con ustedes si yo no se los ordeno. El único que se enfrentará a ustedes seré yo, y ellos solo observarán el combate. Me parece una pelea…justa -.
No sabía si se burlaba de nosotras o no, pero que importaba. Lo que realmente importaba en ese momento era ganar, por lo menos rescatar a Caliel con vida. ¿Una pelea justa? ¿De que estaba hablando? Éramos solo dos Ángeles contra un demonio mas fuerte que todas nosotras juntas. Tenia todas las cualidades para pelear, y todas eran completamente eficientes.
Luego de varios minutos paralizada, Diana logró moverse y dar algunos pasos hasta llegar cerca de mí. Eso no significaba que el miedo nos hubiera dejado finalmente. Nos sentíamos observadas. Cualquier movimiento en falso y podrían hacernos añicos. Eso era lo único que me daba vueltas en la cabeza.
De repente, Eliott se puso serio. Cambió totalmente la expresión de su cara en un segundo. Lanzó una mirada hacia atrás de reojo e hizo como que olfateaba algo. Luego miró el cielo de reojo también, y finalmente sonrió.
- Ahí está el otro ángel… - dijo con una voz baja.
Se me pusieron los pelos de punta. Había encontrado a Nathalie y quizás que haría con ella ahora. Estaba sola, pero no era débil. Ya no. Su aura había cambiado demasiado, podía sentirlo. Aun así, Nathalie no confiaba en si misma. Eso era lo que la ayudaría a perder si es que se enfrentaba con alguien allí.
- ¡Aarón! – llamó Eliott.
Ese nombre me parecía conocido, pero no lograba acordarme de quien se trataba. Luego, cuando lo vi, se me vinieron todos los recuerdos de aquella noche en que casi matamos a su hermana. En realidad, Nathalie casi lo hace. Esa conclusión me llevó a posarme en el miedo otra vez. Ya sabía el plan de Eliott aunque no pudiera leer su mente.
- Tu venganza está por allá… - le dijo Eliott al muchacho, señalándole con el dedo.
- ¡No! – dije impulsivamente, a lo que Eliott me miró sonriente aún.
Aarón no dijo ni una palabra, pero respondió todo con una sonrisa mostrando los dientes, y lanzando una mirada fría y demoníaca hacia nosotras. Luego sacó sus grandes alas, para volar hasta perderse en la niebla que, nuevamente, bajaba hacia la superficie.
Estaba tan enojada, llena de ira que lo único que quería era pegarle un puñete y quitar su estúpida sonrisa de su desagradable cara. Me lancé sobre él, sorprendida por haber vencido el temor, por lo menos en aquel instante. Sin embargo, no sirvió de nada, ya que él era extremadamente rápido. Me tuvo en un segundo tomada del pelo, bruscamente que llegaba a retorcerme del dolor. Diana lo atacó por atrás, colocando sus manos alrededor de su cuello y apretando fuertemente la palma de su manderecha en su piel. Provocó un gran impacto de viento desesperado que salí volando hacia mi norte. Eliott aún permanecía en el mismo lugar y Diana yacía de rodillas unos metros atrás de él.
Pude observar algo diferente en su rostro. Ya no sonreía como antes. Tenía el cabello negro despeinado y una marca de mano rojiza en su cuello. Sus ojos ahora estaban negros.
- Debo reconocer que tienes agallas, y aquel ataque fue muy poderoso… - dijo volteándose lentamente hacia Diana.
Nadie me discutía que Diana era débil o que no tenía agallas. Por supuesto que las tenía. Casi tantas como Emily. Era una de las más poderosas entre nosotras. Lo reconocía y por suerte, Eliott también. Incluso podría decir que antes de la gran explosión de viento que hubo anteriormente, el rostro de él se transformó a uno más temeroso, deshaciendo drásticamente la estúpida sonrisa que llevaba. Obviamente el ataque de Diana lo hizo decidir que no éramos tan débiles como pensaban todos.
- Sin embargo, no será lo suficiente para ponerme boca abajo en la arena, ángel – terminó.
No era necesario que dijera eso. Lo sabíamos. Pero aún con ganas de acabar con el no sentía ni la mas mínima reacción en mi que me dijera “lo derrotarás” o al menos “¡le diste!”, era desconsolador.
Luego de dar aquellas reflexiones, me puse de pie lentamente al igual que Diana. Después de ver que estábamos casi repuestas para continuar, dijo:
- Muy bien… ahora es mi turno - .
Esa frase no me gustó para nada. De hecho solo aumentó el miedo en mí, pues luego de haber dicho aquellas palabras, los huesos de sus manos sonaron notoriamente. Sus ojos eran de color negro por completo. Su vestimenta, la cual siempre estaba compuesta por aquella ropa negra, pantalones negros acompañados de un gran abrigo largísimo tipo “Matrix”, y bototos que le llegaban casi a la rodilla con correas y cordones por doquier, se elevaba tan solo por dejar mostrar su aura oscura que emergía alrededor de todo su cuerpo. Apretó sus puños fuertemente y dio un grito de muchas voces roncas y diferentes, que estallaron en un campo de fuerza invisible que recorrió sus trescientos sesenta grados y se expandía levantando la arena seca que comenzaba a surgir debido al fuego que emitían todos los demonios allí presentes. Aun así, la lluvia no paró. Tal campo de fuerza imposible de ver, fue lo que nos hizo quedar como tontas, inmovilizadas otra vez ante su presencia. Entonces, cuando ya hubo terminado con el primer paso, prosiguió al siguiente, hacernos añicos, y por supuesto, yo no podía quedar de las últimas. Fijó su fría mirada en mí mientras yo rezaba solo para no orinarme en mis ropas, del miedo.
Como la luz, se movió tan rápido que no vi el segundo en que su brazo estaba a milímetros de mi rostro para girarme la cabeza de un gran golpe que me dejó metros y metros de distancia más allá. Fue terrible, como si una plancha hubiera caído sobre mi cara, y más encima caliente. Por suerte, no se me quebró el cuello, lo cual hubiera sido irritante y no menos doloroso. No se que habría pasado después, ya que me costó volver a abrir los ojos, pero al parecer Diana era la siguiente. Obvio, no había a quien más atacar. Además, escuché repentinamente un grito agudo que claramente provenía de la angustiosa garganta de mi compañera. Ya conocía su voz ultra chillona luego de convivir con ella día y noche por casi tres meses.
A pesar de que Diana tenía mas miedo que yo – o al menos eso era lo que notaba – no se daba por vencida tan fácilmente. Le dio la pelea a Eliott aunque haya sido por unos treinta segundos. Ante todo, no lograba darle un rasguño al demonio, pero no se detendría hasta hacerlo. Yo tampoco. En tanto me recuperé ambas lo atacamos con todo lo que teníamos. Por arriba y abajo, atrás y delante. A ambos costados, en el aire y en la tierra – por lo menos yo - , a cada momento. No nos cansábamos tanto, pero si seguíamos persiguiéndolo como lo hacíamos hasta ahora, no terminaríamos nunca a tiempo. Era medio día, y debíamos rescatar a Caliel antes de la puesta de sol. Creo haberle escuchado a Nathalie eso.
Entre tantos movimientos y mejorando a mi parecer a cada segundo, en un instante logre posar mis manos en su rostro y enterrar mis uñas en su mejilla lo mas fuerte que pude antes de que me fuera volando otra vez por unos de sus golpes. Milagrosamente, observé que rechazó aquel ataque y corrió la cara hacia el otro lado, alejándose en un movimiento de pies rapidísimo. Eso era una buena señal, porque al correr el rostro, saltaron diminutas gotas de sangre de un color rojo muy oscuro al aire, mezclándose con las gotas de agua que caían desde el cielo. Por supuesto, mis ojos anaranjados lograron captar aquella reacción y me alegré.
Eliott limpió con su mano izquierda, cubierta por un guante sin dedos, su herida.
- ¡Le diste! – dijo Diana, alentándome y haciéndome recordar aquellas palabras que necesitaba escuchar para por lo menos subirme el animo y la autoestima.
El demonio estiró sus rodillas quedando completamente de pie. Nos miró de reojo para luego voltearse y quitar la mano de su mejilla. La reacción que hubo en mí fue la misma que tuvo Diana en el mismo momento al ver que no había el menor rastro de lesión en su cara. Ni sangre, y marcas de mis uñas, ni nada.
Mi respiración agitada se tornó entrecortada y sentía que me latía todo el cuerpo. Mis orejas estaban calientes y rojas por consiguiente, mis manos y rodillas temblaban y mis ojos se abrían al igual que mi boca para dejar salir palabras sin sonido.
- No se crean únicas, Ángeles. Yo no soy cualquier demonio, y creo que eso ya lo tienen más que claro. En este sentido, soy igual que ustedes. Puedo regenerar mi piel en cuestión de segundos… así que…¿que tal si dejamos los juegos de niños y nos dedicamos a luchar como grandes seres que somos? – dijo caminando hacia nosotras.
No se si fueron aquellas palabras, o el acto de que se regenerase, o el fuerte golpe que recibió no se en que parte Diana, que le hizo subir de laguna u otra manera, la adrenalina en su sistema nervioso. De forma paulatina pero segura, la expresión de su rostro cambiaba de temor a emoción, emoción de combatir, ganas de pelear, de introducir el miedo en un globo, hacerle un nudo y dejarlo elevarse hasta perderse entre las nubes, cosa que no volviera. Podía escuchar los latidos de su corazón, acelerados, pero no igual que antes, si no que distintos, diferentes por el cambio de sensación. No sabía como lograba hacer eso. Quizás tenía tanto terror que al final se olvidaba de él y enfrentaba el problema, o tal vez solo se hacía la valiente.
No quería creer eso último. Además, era más remoto que la otra opción. Lo asumiera o no, Diana estaba dispuesta a pelear contra Eliott costara lo que costara. Su aura comenzaba a subir y expandirse hasta hacerse notoria, de un color lila-lavanda, color de su elemento.
Y sin explicarme por que, ni como, aquella sensación adrenalínica comenzaba a apoderarse de mí también. Mi pensamiento terrorífico cambió lentamente a uno valeroso. Sentía que la sangre me corría por cada vaso sanguíneo de mi cuerpo, junto con mi energía y mi aura. No era que había eliminado mi miedo del todo, solo lo intentaba cubrir, y taparlo para que no saliera.
Aunque iba a ser una pelea ardua y agotadora, tenía ganas de luchar en ese mismo instante. Tenía más que claro que sería una lid bastante desequilibrada, ya que ahora sabíamos que Eliott podía regenerarse espontáneamente, sería más difícil de lo que imagine.
Nathalie Denat
Mientras mis piernas y pies se movían con gran rapidez, pensaba en como reaccionaría cuando aquí me encontrara con algún demonio. Eso era claro, ya que estaba en sus territorios. Sin embargo, me creí el cuento de ser más poderosa ahora con el segundo sello. Por lo menos, ya no me sentiría tan incomoda e incompleta como antes, cuando estaba con las demás.
Una voz retumbó en mis oídos y me detuve. Era como un susurro, pero no decía nada. Al menos, no alcanzaba a escuchar lo que pronunciaba. Pero era un tono sufrido, como queriendo pedir ayuda. Si no hubiera tenido las capacidades angelicales que poseía en aquel momento, no hubiera podido escuchar la voz. De hecho, era muy despacio, murmurante. Miré hacia todos lados.
Lo primero que pensé fue que un demonio estaba por allí y comencé a quitarme la venda de la mano derecha que amarraba con un colgante con cruz de madera, muy pequeño, del porte de una aceituna. Como observaba a lo lejos lo que sucedía, no me percataba de lo que hacía y la cruz calló al mojado piso de arena, cubriéndose rápidamente de agua espesa. Me agaché para recogerla. En tanto toque con mi mano diestra la masa arenosa con agua que rodeaba el colgante, sentí algo muy extraño. No sabía como explicarlo, pero me quedé mirando el suelo por largo tiempo. Cuando sacaba mi mano, y la volvía a poner, volvía también esa sensación extraña e inexplicable. Entonces, no la volví a alejar más de la arena. Comencé a avanzar sin dejar de tocar y arrastrar la masa. Cada vez, se iba haciendo mas fuerte aquella emoción que me invadía entera. Comencé a sacar conclusiones. Mi elemento era tierra. Podía dominar aquella arena aunque estuviera repleta de agua. Sin embargo, era un sitio con carga maligna, así que no sabía si mis poderes funcionarían ahí o no. Pero si sentía una voz, si tenía el nuevo sello, si sentía que tenía más poder, puede ser que la suerte e acompañara, y mas que la suerte, Dios.
No me detuve. Solo paré hasta volver a escuchar aquel susurro en mis oídos. Esta vez, mas fuerte, pero aun así, no lograba descifrar la palabra. Volví a retomar mi camino, agachadita de rodillas, arrastrándome casi, con una mano por delante, ahora solo rozaba la arena. Avanzaba lento, por si el tono de voz volvía, que era exactamente lo que esperaba. Pero no lo escuchaba. Pasé minutos en la misma posición, continuando, pero la voz se había escondido. Pensé que tal vez no era algo tan importante después de todo. Mas que mal, estaba en un desierto, propiedad de los demonios.
Estaba lista para alejar mi mano del suelo, cuando por primera vez, escuché la palabra claramente que se susurraba en mi oído. Miré hacia abajo, donde se encontraban mis palmas. Era la reacción que toda persona, ángel o humano, hubiera tenido al oír el término “abajo”. No estaba segura de lo que pasaba en aquel momento. ¿Qué había abajo? ¿Alguna trampa? ¿Algún beneficio? ¿Algo escondido? ¿Bueno o malo? ¿Algo que no quisiera que encontrase? ¿Algo…? Eso era. Algo que habían escondido muy por debajo de la arena, para no hallarlo fácilmente. ¿Qué era lo que buscaba? A una persona. A Caliel. ¿Era posible que él se encontrase vivo ahí debajo de mis pies? La única forma de saberlo, era buscarlo, pero de forma rápida. Me puse de pie ligeramente. Volví a creerme el cuento de ser más fuerte. Junté mis manos enfrente mío, como aplaudiendo con los codos rígidos. Cerré mis ojos. Cuando ya estuve algo concentrada, voltee las palmas hacia abajo. Justo en aquel instante, se escuchó un sonido estruendoso bajo la planta de mis pies. Hubo como una vibración terrestre y luego, la tierra en frente mío comenzó a separarse, formándose una ranura.
Mientras mas alejaba mis manos, más se desunían los dos pedazos de tierra.
Cuando ya había entre ellas mas o menos un metro de distancia, divisé algo muy al fondo, cubierto por arena húmeda. Era algo negro. Me detuve entonces, para analizar aquel objeto que mas bien parecía una prenda. Era ropa, una especie de capucha larga y de un color oscuro, casi negro. Tiré con todas mis fuerzas la ropa hacia fuera, cuando de repente se asomó una mano bajo la manga. Era una persona. Debía sacar el cuerpo de ahí estuviera vivo o muerto, pero con mi fuerza igual a la de una joven de diecisiete años, no se podría. Por lo tanto, usé mi poder de levitación. Era la primera vez que lo hacía luego de haberlo aprendido, hace varios meses. Emily y Diana siempre lo ocupaban para cualquier cosa, pero a mí hasta se me olvido que lo tenía.
No cabía la menor duda. En cuanto destapé el cuerpo me di cuenta de que era mi guía. Estaba cubierto de arena por todas partes, así que lo sacudí hasta que el agua de la lluvia se encargó de lo demás, limpiarlo. No respiraba. ¿A quien se le pudo ocurrir dejarlo allí? ¿Acaso lo habían enterrado? ¿Por qué? ¿Por qué estaba… muerto? ¡No! No podía ser… debía haber algo que yo pudiera hacer. Pero por más que lo movía y llamaba no me respondía. Aunque mi sexto sentido, me decía que él vivía, no había señales de que así lo fuera. Comenzaba a desesperarme.
- ¡Caliel! ¡Por favor! Despierta… - decía con voz fuerte.
Le tomé ambas manos dejando entre ellas, el colgante con cruz que se me había caído minutos atrás. Las apreté bien fuerte mientras comenzaba a orar. Si hubieran podido caerme lagrimas, las hubiera arrojado hacia mis mejillas. Sabía que estaba vivo, así que no podía perder el tiempo. Era la única que tenía la llave para volver a la primera dimensión.
- Te sacaré de aquí… - dije con voz ronca.
- Eso no será posible… - dijo una voz a mis espaldas, masculina, ronca, tranquila, y conocida.
Mis ojos se quedaron pegados en las frías manos de Caliel. No quería voltearme a ver quien era, porque sabía que lo conocía y sabía que no era nada bueno. Sin embargo, no podía no dar la cara. Me puse de pie antes de girar mi cuerpo hacia él. Lo miré fijamente. Se encontraba a unos siete metros de distancia, pero podía sentir su presencia, lista para aniquilarme.
- Tu… - dije despacio, aunque el me escuchó la voz de todas formas.
- Está muerto… - dijo casi sonriente.
- Eso no es cierto… - dije mientras miraba a Caliel de reojo. Aun no había señales de vida.
- ¿Crees que un ser ordinario pueda salir de allí vivo? Ha sido enterrado vivo.
- Es mentira, él vive. No puedes mentirme, ya no.
Esa frase me salió muy valerosa aunque no se notara en mi timbre de voz. Aarón miró mi segundo sello el cual lo dejé a la vista inconscientemente. Su expresión facial no cambió, pero sus pensamientos cambiaron.
- ¿Qué te hace pensar eso? – me preguntó, dando pasos cortos y lentos hacia mí.
- No soy la misma de aquella noche, soy más fuerte que antes.
- Eso lo decido yo.
Antes de poder siquiera responderle, ya se había empezado a mover. Con una velocidad que ni yo misma me pude explicar, saqué mis alas y di un salto grande hacia el cielo. Aunque mis movimientos fueron rápidos, no pude igualar los de él. Me tomó de un pie impidiéndome seguir volando y me empujó hacia el suelo tan fuerte y ligeramente que no sentía cuando caía por los aires, si no que abrí los ojos cuando ya había impactado la arena mojada. Aquel golpe me dolió mucho. Abrí los ojos un poco en dirección hacia el cielo. Ahí venía él, dispuesto a aplastarme con sus inmensas alas rotas y oscuras. Por lo menos, aquí tuve mas tiempo para defenderme.
Extendí en la misma arena, mis brazos a mis costados, tocando el suelo con la palma de mis manos. Un segundo antes de chocar contra mí, Aarón fue invadido de lianas y enredaderas que surgieron bajo la arena, gracias a mis efectos de poder. Sin embargo, estaba tan lleno de furia, que hizo añicos mis plantas en menos de cinco segundos, escondí mis alas y rodé hacia mi lado derecho antes de que golpeara mi cara con su poderoso puño. Sus ojos eran completamente negros. Suponía que debía tener mucha ira contra mí después de lo que le hice a su hermana.
Su brazo quedó desde la punta del puño hasta su hombro introducido en las dunas empapadas. La lluvia no pensaba en marcharse.
Sacó el brazo de la arena, y se quedó arado mirándome.
- Al parecer, no has tenido ningún cambio, ángel. – me dijo queriéndose burlar de mí.
- Eso es porque en realidad no has visto mi verdadero poder… - le dije por decir algo. La verdad, ni yo sabía cual era mi verdadero ataque.
- Debo decir que eres más ágil… no todos los Ángeles pueden igualar o superar nuestra rapidez, sin embrago, eso no te servirá de nada… después de todo… aun sigues siendo una cobarde.
Aquello me dio rabia, pero sabía controlarme. Sin embargo, mi estabilidad no duró lo suficiente.
- Por que no mejor me dices como quedó Scarlette… ¿aún vive? ¿o quiere que la deje con mas cicatrices? - .
No debí seguirle el juego. Quizás que me haría ahora que su expresión facial cambio de satisfacción, a más ira que antes. Voló hacia mí en microsegundos. No vi cuando me golpeó la cara. Lo único que sabía, era que mientras era arrastrada por la arena luego de aquel ataque, él ya estaba esperando por mí al otro lado. Pero no podía moverme. Sentía mucho dolor y no sabía de donde.
Me rodeó con sus brazos luego de haber llegado hasta ellos, y me subió por los aires. Fue como un abrazo por la espalda, solo que su mano derecha me ataba ambas manos, y su mano izquierda me tapaba la boca y la nariz. No podía respirar.
- ¿Qué sientes ahora, ángel? ¿Qué se siente cuando sabes que vas a ser exterminado y más por tu peor enemigo? -.
No sabía que decir. Tampoco podía decir nada, solo gritaba y gritaba sin que se me escuchara mi voz aguda.
La posición de mis manos estaba de tal forma puestas sobre mi pecho, que cualquiera ataque que quisiera hacer, tendría que pasar rimero por mí antes que él, y luego, atravesar mi dorso para herirlo. Sabía que él no se podía regenerar, yo sí. Sin embargo, dolería casi como si me balearan una y otra vez, pero mis lianas nunca fallaban. Confiaba en ellas.
Mientras pensaba todo aquello, sentía que quedaba sin fuerzas, sin energía, sin vida. Era Aarón. Estaba segura de haber presenciado un poder que antes no tenía, y que servía para debilitarnos. Su mano sobre mi rostro hacia que mi respiración se estancara en su palma, traspasándole toda mi energía. Sentía como a cada segundo mis ojos se nublaban. Ya no estaba verdes, si no cafés. Y cada vez se aclaraban más hasta seguramente ponerse blancos. No podía esperar más ni dudarlo más. Debía hacer algo antes de que me quedara sin espíritu. Y si eso implicaba un rato de dolor por salvar mi vida y la de Caliel, y por ende, la de Emily, lo haría.
Se escuchó un sonido como atravesando capas lentamente desde mi cuerpo. Mis parpados se juntaron de forma rápida y se arrugaron por un largo rato. Al segundo, escuché el grito de varias voces de Aarón en mi oído. Era una planta tan filuda como una estaca, que había atravesado tanto mi cuerpo como el de él, que luego volvió a la palma de mi mano.
La cosa no era si estaba lo suficientemente filuda y cortante, si no la velocidad con la que salía, me atravesaba y luego atravesaba al demonio. Fue una de las cosas más dolorosas que sentí y sentiré en mi eternidad.
En tanto mi liana se escondió, las alas de Aarón se cerraron y se escondieron. Por consiguiente, caímos libres hacia el suelo sin que nada ni nadie nos detuviera. Mis ojos cansados, se cerraban lentamente mientras miraba el cielo y las gotas de lluvia invadían mis pupilas. Si en aquel momento no hubiera estado consiente que mi identidad era la de humano-ángel, hubiera jurado que las gotitas que brotaban de mis ojos, eran lagrimas, y no el exceso de agua proveniente de la lluvia.
lunes, 29 de septiembre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario