martes, 2 de diciembre de 2008

CAPITULO XX

Elizabeth Prett


No sentía nada mas que una fuerte temperatura en todo mi alrededor. No sabría cual exactamente, pero cercana a la del fuego. Bajo mis pies un piso de almohadas, o al menos eso pensaba que era, parecido al de una cama. Extrañaba mi cama, en la que pasaba la mayoría de las horas del día. Aquello me hizo recordar mis quehaceres de la casa, cuando estudiaba y estaba todo el día. Mi madre trabajaba, mi hermana estudiaba a toda hora. Era melancólico después de casi tres años. Se supone que debía superarlo.
Sentía que me desmayaba, pero resistí. Tal como resistí el incendio de mi casa. Aquello fue peor que lo de ahora. Mi ropa se achurrascaba a cada segundo. Debía salir en donde quiera que estuviese. Aquel piso blando y confortable comenzó a quemarme la planta d las zapatillas. Fue entonces cuando miré hacia arriba y vi un manto azul oscuro cubierto de escarchas. Algunas grandes, otras pequeñas, pero habían cientas de ellas. No había nada mejor que una sabana para complementar la cama que había debajo de mí, una sabana azul muy oscura, casi negra. De aquella, vino una brisa helada que congeló mi cara la cual sobresalía del cráter. Fue cuando me di cuenta de que tenía que salir de un inmenso volcán que no me parecía desconocido. Estiré mis rodillas y traté de dar un salto hacia arriba. La segunda vez funcionó. Estaba tan ida por el calor que mis piernas aflojaron guiando mi cuerpo por la bajada del volcán unos metros abajo. Aquello no fue nada comparado con lo que vino después.
Saqué mis alas para elevarme y buscar a Diana y Nathalie, que seguramente deberían estar cerca. No alcancé ni a levantarme un metro cuando en un microsegundo, como un meteoro cayó sobre mí un infame demonio que me dejó plantada en la tierra caliente. Me tomó de los hombros y me apretaba casi rompiendo nueces con las manos. Me retorcí para librarme, pero fue inútil. Con la presión sobre mis alas, no podía moverlas ni un milímetro. Aquel ser, el cual tenía una forma indefinida, estaba listo para chuparme y absorberme con lo que fuera que tuviese.
Fueron segundos los que me separaron de aquel destino, ya que mi salvadora, Diana, llegó sin sentir su presencia. Tuvo que haber sido demasiado rápida para mis ojos. En un dos por tres, acabó con aquel demonio que me causó uno que otro hueso fracturado. Aquella hazaña me impresionó, pues no me había dado cuenta de lo poderosa que se había vuelto.
- Gracias… - dije poniéndome de pie.
- Es mejor que estés alerta, estamos en Celeron, no en Olidata… - dijo mirando hacia el bosque. Parecía que estaba molesta por algo, pero no le pregunté nada. Se creía la gran cosa.
Nathalie no tardó en llegar a nosotras por aire. Algo agitada, como escapando de algo o alguien.
- ¿Están bien? – dijo respirando con dificultad.
- Por supuesto… ¿Qué sucede? – respondió Diana.
- Sucede que… a partir de ahora tenemos veinticuatro horas para buscar y salvar a Caliel. El método del espejo del padre Erick solo funciona por un tiempo limitado, así que es mejor que nos demos prisa. Y por si a caso… Celeron está…
- Lo se… peor que nunca. Debemos tener cuidado – dijo Diana.
Decidimos que el estar suspendidas en el aire sería una forma de atraer el peligro a nosotras, por ende, gastar tiempo innecesario, por lo que nos fuimos caminando por el bosque cuidadosamente y fijándonos en cada detalle, estando alertas y escuchando hasta el respiro de los pocos animales que quedaban en las áreas verdes.
No llevábamos ni un cuarto de hora caminando, cuando me percaté de una extraña y poderosa presencia ceca de nosotras. Me detuve. Miré hacia todos mis ángulos buscando.
- ¿La sentiste también? – dijo Diana.
- Hace rato que nos vienen siguiendo… - dijo Nathalie.
- Pero no son demonios… - dije. De esto estaba segura.
El sol comenzaba a lanzar sus primeros rayos luminosos en el tope de los árboles más altos. Entonces, se escucharon los pasos, los numerosos pasos, de un grupo de personas que se acercaba a nosotras. Parecían ser humanos común y corrientes, pero con un aura fuerte y segura. Algunos mas iluminados que otros. Caminaban lentamente y pronto entrarían hacia nuestra redonda. Al principio me pareció ver solo a cinco, pero a medida que se acercaron, eran cerca del doble. Siempre, con uno de ellos al frente y delante, acompañado de otro de menos rango, que perfectamente podía ser un mensajero.
Miré de reojo a las chicas, las cuales hicieron lo mismo.
Los pasos de todos se detuvieron coordinadamente quedando a unos cinco metros de distancia de nosotras, mirándonos con extrañeza, examinando cada detalle de nuestro cuerpo, cada rasgo extravagante, que generalmente era el cabello y los ojos que eran lo que mas resaltaban de nuestros rostros. Sin embargo, no eran los únicos que inspeccionaban en aquella junta. No me quedé atrás. Mi hobby era encontrarle defectos a la gente. Lo solíamos hacer con Emily par reírnos un rato, un largo rato. Empecé por sus ropas, luego sus zapatos, sus cabellos, sus manos, sus joyas. Entre tanto mirar y mirar, me percaté de que sólo había unas dos o tres mujeres en el grupo.
El hombre que estaba a la cabeza avanzó unos cortos pasos más hacia nosotras. No retrocedimos, esperamos a que nos cuestionaran.
- Hola. – dijo el viejo, de unos cincuenta años. – Mi nombre es Arthur… -.
Aquel nombre me parecía haberlo escuchado antes. Quizás de la boca de Caliel.
- ¿Quiénes son? ¿Qué quieren? – dijo Diana muy tranquilamente.
- ¿Por qué no mejor lees aquí y dejamos el cuestionario para cosas importantes? – dijo señalando su sien derecha.
Aquella respuesta me puso los pelos de punta. No eran ordinarios, como siempre lo supe. Sabían exactamente quienes éramos, y que éramos. Las negaciones sobraban. Había gente demasiado extraña acompañando al viejo, por lo que no quise iniciar una pelea en la que no supiera las habilidades de mi contrincante.
- Bueno… creo que nadie tiene algo que decir… - dijo el hombre al ver que ninguna decía nada de la impresión. – Entonces, será mejor que nos y tengamos una larga charla juntos-.
- De ninguna manera… - dijo Diana, quien ya sabía claramente de quienes se trataba aquel grupo. Nos hizo saberlo por medio de sus pensamientos.
- No tenemos tiempo para esto. Debemos—
- ¿Rescatar a Caliel? – dijo Arthur con una leve sonrisa en el rostro.
- ¿Qué sabes acerca de él? – dije precipitadamente.
- Si me acompañan tal vez podría ayudarlas a encontrarlo… sé que está desaparecido… - dijo Arthur.
El viejo, quien era vicepresidente del consejo de Prada, tenía claro quienes éramos y a quien buscábamos. Sin embargo, su ayuda no era crucial para nosotras.
- No necesitamos de su ayuda…podemos hacer esto nosotras solas… - dije dando unos pasos cerca de él.
- Quizás. Veo que han… evolucionado… tal vez esta vez si puedan hacer las cosas bien… - dijo soltando otra sonrisita que me sacó de quicio.
- ¿A que te refieres? – dije acercándome todavía más a él, y en cuanto esto pasó, su acompañante se puso en una posición lista para defenderlo de mi supuesto ataque.
- Mientras más preguntas…más tiempo niñas. Será mejor que vengan con nosotros si quieren tener respuesta a sus preguntas. Y no me refiero a éstas preguntas… - parecía estar muy confiado de las palabras que salían de su boca, y más aun cuando hablaba como si supiera toda nuestra vida.
- No iremos… no tenemos muy buenas recomendaciones de ustedes… - dije sin pensar. Nathalie me miró de reojo y supe que no estaba de acuerdo conmigo. Ella quería saber que tal eran ellos, si era verdad lo que decían, si podía responder a sus preguntas, si sabían donde estaba Caliel. Diana no hallaba un bando.
El sol comenzó a asomase cada vez mas y me percaté al ver bajar la luz por los grandes troncos de los árboles de más allá. Mi corazón comenzó a agitarse y nos e como, pero aquellos desconocidos lo escucharon. Miré a mis compañeras para ver alguna respuesta ante la situación en sus caras. Ambas querían averiguar que tal eran los del consejo.
- No nos hará mal ir con ellos… -dijo Nathalie.
- Después de todo, de algo nos puede servir una conversación amplia con ellos – dijo Diana. No se veía muy convencida.
Tenía rabia, pero debía acceder, no me quedaba otra. Si decidía por mi cuenta ir en busca de Caliel, no duraría mucho tiempo viva. Aquel sector estaba repleto de demonios, fuertes y débiles, de todo tipo. Los sentía, pero no los veía. Sabía que en cualquier momento de descuido podían atacarnos. Fuimos precavidas y caminamos junto a ellos en dirección hacia la ciudad.
Cada miembro del grupo nos miraba al caminar. Íbamos a la cabeza con Arthur y su compañero. Se sentían los murmullos bajos en algunas personas, sobretodo, de las dos o tres mujeres que asistían en la caminata. Tratamos de ignorarlas, aunque estuve a punto de gritarles y decirles que se callaran. Odiaba los cuchicheos a mis espaldas, aun más si se trataban de mí y mis amigas.
Llegamos a la que supuestamente era la ciudad de Celeron. Estaba muy cambiada. Yo diría que demasiado. Ya casi no había casas, ni locales, ni personas en la calle. Era todo como una ciudad fantasma, sin autos merodeando por los caminos, con moradas deterioradas, y camino llenos de basura. Quien anduviera por ahí debía tener mucho valor si quería salir siendo humano y no convertido en uno mitad demonio. Aun así, sentí muchos ojos observándonos, siguiéndonos, espiándonos cada movimiento. Nada salió a atacarnos por lo menos.
Entramos a la catedral, la cual estaba casi derrumbada. Si mas lo recuerdo, era la segunda que veía intacta desde el atentado contra el portal, por lo menos se mantenía en pie. Pasamos por la capilla, donde los bancos de madera estaban aislados y amontonados en un rincón, el piso estaba totalmente quebrado, y las imágenes y vidrios de colores estaban rotos. Daba pena volver a verla así, tan descuidada.
Al llegar cerca de altar, había una bajada muy angosta por la cual atravesaba una reja negra, la que llevaba a una escalera en espiral hacia un subterráneo. Allí dentro hacía mas frío que afuera, incluso se formaba vaho al respirar. Nos condujeron por una puerta de dos manillas doradas la cual guardaba una habitación bastante amplia, con una mesa larga y cuadrada en su centro. Llena de imágenes santas, velas, silla por supuesto, y mas gente esperándonos entrar.
Una voz proveniente del sillón mas lujoso ubicado en la cabecera de la mesa, nos habló dándonos la bienvenida.
- Bienvenidas, niñas… - dijo. – Soy Amadeo, presidente del consejo-.
Al terminar su oración, nos miramos con Nathalie y Diana extrañamente sin que nadie se diera cuenta. Se produjo un silencio que seguramente esperaban que nosotras rompiéramos. Sin embargo, no lo hicimos.
- Hace mucho que quería conocerlas en persona… - dijo Amadeo.
Más o menos la mitad de la gente que nos acompañó hasta allí se ubicó en un asiento. Los demás, detrás de cada asiento asignado. Si mi afirmación era afirmación, podía asegurar de que aquellos eran los mensajeros. Había oído hablar de ellos alguna vez.
- Bien… estamos aquí para responder a sus preguntas… entonces… - dijo Amadeo tratando de ser amable. Los viejos que intentaban ser amables me caían mal, sobretodo si eran casi abuelos. Amadeo no tenía menos de sesenta años, pero su vestimenta anticuada lo hacía ver más viejo que mi bisabuela, que en paz descanse.
- ¿Dónde está Caliel? – dije de nuevo precipitándome. Ahí tenían una pregunta.
- ¿Es que aún no lo buscan con sus poderes? – dijo mirándonos a cada una.
- Es muy diferente aquí de nuestra tierra. Está plagado de demonios y con tanta infección se nos hace difícil encontrar a alguien en específico, mas aun humano – dijo Nathalie.
- Bueno… ya tendremos tiempo para hablar de eso… en todo caso, a que haya tantos demonios como ustedes dicen no se debe a nuestra culpa – dijo el presidente.
Aquel comentario fue la gota que revalsó el vaso, por lo menos para mí. Sin embargo, cuando iba a defendernos, Diana de adelantó.
- Mire, si nos trajeron aquí para sacarnos en cara cada uno de nuestros errores, será mejor que se callen la boca, por que para hablar de errores ustedes no son los mas indicados.
Me percaté de cada cambio en la expresión del viejo canoso. Aquello me dio risa. No hallaban con que responder el ataque de Diana.
- ¿Qué es lo que saben de nosotros? – dijo finalmente.
- Eso no es lo que importa ahora… ¿nos ayudarán o no? – dije histérica.
- La verdad es que me importa saber que imagen tienen de nosotros… y al parecer creo que no son muy buenas… - dijo sentándose nuevamente.
- Lo único que podría decirles, es que las decisiones que han tomado con respecto a nosotras han sido de las peores, y lo único que logran es hundir el logro que Caliel ha tenido en nosotras – dije casi vomitándolo.
- Ustedes no estaban preparadas cando él quiso ponerlas a prueba…y veo que aun no lo están… - dijo sarcásticamente.
- No se confíe en las apariencias. Somos más fuertes… - dijo Nathalie.
- Son… ¿falta una de ustedes? – dijo mirando alrededor.
Aquella pregunta la quise evadir. No quería que supieran que Emily estaba poseída por un demonio, menos que no se podía recuperar mientras Caliel estuviera prisionero.
- Está en la primera dimensión, cuidando nuestra ciudad… - dije con voz temblorosa. Se supone que un ángel no debe mentir. Aquello se me hizo complicado, pero como aun soy humana, pude superarlo y ellos no se dieron cuenta.
- No les conviene estar separadas…
- No nos diga que es lo que nos conviene o no… no nos conoce… - dije nuevamente sin pensar. Mi temperamento se aceleró.
Aquella conversación se volvió tosca y amarga. Pasamos a otro tema para relajarnos y aprovechar el tiempo, escuchar lo que realmente vinimos a escuchar: respuestas.
En aquel momento, el viejo volvió a ponerse de pie dándonos la espalda. Comenzó la historia.
- Hace tiempo…en un siglo que ni siquiera existíamos nosotros, un niño de mas o menos ocho años, fue poseído por algún demonio de la alto rango, que de manera rápida, iba destruyéndolo por dentro a cada día que pasaba. No sabían como ayudarlo. Se dice que Dios, mediante su primera triada de ángeles, crearon un alma de cada elemento existente en la tierra: agua, fuego, tierra y aire. Aquellas almas, que al nacer se convirtieron en hermosos Ángeles, fueron los encargados de detener al malvado demonio y expulsarlo del cuerpo del niño. Lo lograron, por supuesto, y encerraron al demonio en un templo sagrado que hasta el día de hoy supuestamente existe. Nadie lo ha visto. Sin embargo, al pasar los años, ya no tendría imagen de templo, pero se sabe que estaba rodado por plantas y enredaderas sagradas creadas por el Ángel de la Tierra, las cuales permanecerían intactas hasta que alguien igual de poderoso, pudiera removerlas.
- Y claro… alguien las movió de ahí ¿no? – dije.
- Los Ángeles de los cuatro elementos reencarnarían solo si era necesario, en este caso, si aquel demonio volvía a huir y hacer de las suyas. El punto es que… bueno, por algo son lo que son y por algo están aquí y…
- Es decir… ¿me está diciendo que hay un demonio forte suelto por ahí que quizás quiera vengarse de nosotras por lo que le hicieron nuestros… antepasados? – dijo Nathalie.
- Es posible… por que si él no hubiera sido liberado de aquel templo sagrado… ¿Cómo es que ustedes reencarnaron?- dijo Amadeo.
- ¿Nos esta diciendo que debemos encontrarlo? - dijo Diana.
- Es su labor ¿o no? – dijo volteándose a mirarnos después de un largo rato.
Aquella historia no era lo que realmente me esperaba, pero debía creerla, es decir, era la verdad, supuestamente.
- Un momento… ¿Qué hay de los otros Ángeles? Digo, no somos las únicas en este mundo ¿o si? – dije.
- Los otros Ángeles, están dispersos por todos los otros continentes. No crean que solo Asia está expuesto a ataques demoníacos. Considerando además, que ustedes son las mas poderosas de todos, deberían encargarse de este asunto. Nuestra gente no es la suficiente para tal trabajo.
- ¿Su gente? ¿Cuál es su gente? – preguntó Diana.
- Gente… ya conocieron a una… ¿recuerdan? – dijo Amadeo lanzando una sonrisita patética a mis ojos.
Se notaba que no quería entrar en el tema de quien en verdad era esa gente. Tampoco las personas que estaban allí sentadas. En todo caso, dimos por hecho de que una de ellas era Aniel, quien podía ver el futuro de vez en cuando. Entonces, no me dio nada decirlo en frente de todos:
- ¿Aniel? – dije fuerte.
Precisamente aquella reacción de algunos, incluyendo a Amadeo y Arthur, no me sorprendía. Daba la impresión de que tuvieran ira cuando ese nombre retumbaba en sus oídos.
- Ella ya no es parte del consejo… - dijo Amadeo luego de afirmar con la cabeza.
- ¿Por qué? – pregunto Nathalie.
- Es una traicionera… - dijo Arthur precipitándose a contestar.
- ¿Traicionera? – dijo Diana.
- ¿No la han visto verdad? Eso es porque ya no es de nuestro bando, si no del opuesto. Aniel es parte de los demonios ahora – dijo el presidente.
No podía creer lo que escuchaba. ¿De verdad Aniel nos había traicionado? ¿Cómo? Se suponía que ella nos salvó aquella vez que huimos de la policía que nos buscaba. O… ¿Había sido todo un plan para perdernos de vista y así… ir con los demonios? No sabía nada. Ahora todo era confuso en mi cabeza.
- ¿Cómo saben eso ustedes? – pregunté para aclararme un poco.
- Tenemos fuentes informantes… no nos cabe la menor duda de que ella es parte de los demonios ahora. Parte del Neheria, el consejo – dijo Amadeo.
- Les informo que sus fuentes están equivocadas. Ella nos salvó de la gente que quería llevarnos a nuestro lugar de origen. Si lo hubieran hecho, nunca hubiéramos desarrollado nuestra habilidad de Ángeles… - dije con un tono de voz que fue subiendo cada vez mas.
- Les reitero que, en todo este tiempo, no hemos sabido nada de ella más que ahora no está de nuestra parte… y por lo tanto, es considerada traicionera.
- No saben lo que sucedió… ¿Cómo pueden decir que nos traicionó?
- La prueba de que la hayan visto con Eliott es suficiente para demostrar de que se fue por… el mal camino… - dijo el presidente.
- Quizás la vieron con él porque… a lo mejor Eliott la está poniendo en una posición en la que no puede hacer nada mas que dejarse utilizar por los demonios… ustedes no saben… ¡ustedes no saben! – esas fueron mis ultimas palabras. Cuando me alteraba no quería escuchar nada más que el silencio en mis oídos, por lo que salí corriendo de aquel lugar sin decir nada. Por lo que sentí el portazo que di al salir de la puerta, ésta se volvió abrir para dejar pasar a Diana. Me había seguido.
Nathalie se había quedado allí solo por una pregunta que nos contó mas tarde.
- Entonces… ¿no nos ayudarán a encontrar a Caliel? – dijo nerviosa.
- Por el tiempo que lleva desaparecido, no nos extrañaría de que se hubiera vuelto tan traicionero como Aniel… - dijo Amadeo.
Aquellas palabras atravesaron a Nathalie como un cuchillo que hirió fuertemente su corazón. No podía creer que hubiera gente que pensara con tanta amargura aún siendo de la iglesia. Pensó que podía confiar en ellos, pero solo se dio cuenta de lo cerraos que eran hacia mundo que vivían.
Salió dando media vuelta rápidamente, subió las escaleras de espiral y se encontró con nosotras esperándola. Su rostro venía con un montón de ira y molestia. Era extraño ver a Nathalie así, ya que era muy conservadora y tranquila.
- ¿Qué es lo que pasó? – le pregunté.
- ¿Qué les preguntaste? – dijo Diana
- Nada importante… mejor vamonos antes de que me devuelva y le rompa la cara a todos los idiotas de ahí dentro -.
Se adelantó mientras con Diana nos mirábamos con muecas. La seguimos.

No hay comentarios: