Diana Crown
Salimos de la capilla con pasos veloces y ligeros. Me sentí un poco nerviosa por el poco tiempo que teníamos para buscar a Emily. Eran cerca de las una de la tarde, y el sol se ponía a las ocho mas o menos. Parecían varias horas, pero se hacían cada vez mas cortas…
No llevábamos ni media cuadra caminando cuando Caliel me habló:
- ¡Vaya! Es raro que no esté lloviendo en este pueblo…- dijo mirando hacia el cielo.
- No hables… - le dije siguiendo su mirada, y luego cerrando los ojos en forma de mueca. A los segundos, comenzaron a caer pequeñas gotas que se transformaron luego en una llovizna.
- ¿Lo sabías? – me dijo mirándome de reojo con una sonrisa en la boca.
- Digamos que si – dije devolviéndole la sonrisa. Fue allí cuando me percate de que tenía unas ojeras inmensas, cara de cansancio, y caminaba lento y extraño. Era obvio. No podías sobrevivir a una torturacion bajo tierra y hacer como si nada hubiera pasado.
Bajé la mirada para hablarle acerca de eso:
- ¿Estas bien? Te noto… muy cansado – le dije observando sus ojos. Me miró también por un instante y luego desvió la visión.
- Estoy bien… - dijo sin mirarme. Pero él sabía que yo no era tonta. Podía analizar sus ojos, su rostro, su piel para saber como se encontraba. Sacar un pequeño análisis de su estado emocional y físico. Algo que todos los ángeles podían hacer. Parecía algo de máquina.
- Bueno… nadie sobrevive una tortura de Eliott, y vive para contarlo… - le dije mirando el camino por donde íbamos.
- Lo se… la verdad es que me siento muy afortunado… y orgulloso de ustedes. No fue la mejor idea ir a buscarme a Celeron… menos cuando ya está todo destruido e infectado… aún así, me sacaron de allí, y eso es algo que lo valoro mucho. Realmente han crecido como Ángeles… y como personas… eso me pone contento – dijo Caliel.
Estas palabras le salieron del corazón. Yo era una persona muy sensible, y si no fuera porque guardé compostura en aquel instante, hubiera derramado algunas lagrimas. Claro, si fuera humana total.
Me adelanté a la esquina para divisar alguna pista de Emily. El viento que corría con la tormenta que se avecinaba movió mi cabello de un lado para otro.
- ¿Qué se supone que es ese peinado? – me dijo frunciendo el ceño y riendo a la vez.
- ¿No te gusta? – le dije tocándome ambas colas de caballo, a los lados de mi cabeza. Me sentí por un momento, de esos dibujos japoneses que solía ver antes de que me pasara todo esto. Usaban peinados extravagantes y raros como el mío.
- No es eso… es muy… - dijo Caliel tratando de encontrar la palabra exacta que describiera mi champa.
- ¿Extraordinario? -.
- Muy extraordinario… - dijo.
- A mí me gusta… - dije dándome una vuelta completa para verlos moverse. Creo que el color lila le daba ese tono de dibujito japonés a mi estilo. Las tenía amarradas con unos moños gastados que guardaba desde niña.
- Te hace ver… niña… y tu ya no eres niña… - dijo soltando una carcajada.
- Pero me gusta créeme el cuento… - dije saltando y danzando a su alrededor en medio de la calle principal, como si el viento me llevara.
- Eso me hace deducir… que no tuviste infancia… - dijo Caliel. Con aquellas palabras, dejé los saltos. – O fue algo desequilibrada… o simplemente… fue mala.
Paré de realizar movimientos danzantes con las piernas y brazos, y me quedé mirando mi destino, dándole la espalda. Hasta yo noté el cambio de actitud que tuve de un momento a otro. Se acercó unos pasos.
- ¿Acerté? – dijo.
- No quiero hablar de eso… - dije dándome vuelta y mirándolo a los ojos.
- No te presionaré… lo único que diré, es que si quieres a alguien con quien hablar, no dudes en confiar en mí. No soy psicólogo, pero soy tu guía, y es mi deber ayudarlas cuando me necesiten… después de todo, aun eres humana… - dijo sin parpadear y fijando sus ojos en los míos.
- Gracias, Caliel… -le dije dándole un fuerte abrazo. Hace mucho tiempo que no daba uno, y eso era fatal. Amaba dar abrazos.
Exactamente luego de aquel apretado abrazo, sentí la presencia de Emily. Fue muy efímera y confusa, pero estaba segura que era la de ella. Rápidamente me volteé a mirar hacia la calle principal. Me adentré a la esquina y comencé a caminar, pero se me perdía. Luego retrocedía, la encontraba, y al segundo la volvía a perder. Estuve avanzando y retrocediendo por varios minutos, y Caliel solo me seguía, sin decir una palabra.
Al cabo de seis minutos, su presencia no apareció más. Mis ojo lilas recorrieron cada rincón del sitio en donde estábamos, pero no había nada ni nadie mas que nosotros. La desesperación se hizo presente y no la pude despedir. Así nunca la encontraríamos. Podría estar en cualquier parte.
- Necesito usar mi habilidad para encontrarla… -le dije a Caliel.
- No Diana. Es peligroso, puede pasarte cualquier cosa.
- No podremos seguir buscando así… quizás con el vuelo está a kilómetros de aquí…
- No puede sacar sus alas, Diana. No si está poseída… por lo mismo, no debe estar lejos de aquí… sigamos buscando así…
- Tardaremos demasiado… es mejor que la busque con mis poderes de una vez por todas. No me pasará nada, tranquilo…
- Diana… no.
- ¡Confía en mí! - le dije comenzando a ponerme furiosa.
Él me respondió solo con una mirada de “si te pasa algo, yo te lo advertí”. Pero no podía detenerme ahí. Iba a ser útil que yo buscara a Emily con mi superpoder. Me corrí a un rincón de la vereda para pasar desapercibida si alguien me veía. Y cerré los ojos por un instante y luego los abrí. Mi mente comenzó a viajar de un lado a otro, recorriendo cales principales y pasaje cortos, mirando a la gente lo que hacía, lo que hablaba, etc. Sentía que me acercaba a donde Emily se encontraba, pero cuando supe que ya la alcanzaría, vi su rostro totalmente transformado, con ojos rojos profundamente malévolos y una sonrisa parecida a la de Eliott. Aquello me desconcertó. Volvía a empezar de nuevo a buscarla, y cada vez que iba a dar con ella, me miraba, sabía que la estaba buscando. Eso me provocaba un malestar psicológico que hacía que me quejara constantemente. Mis rodillas comenzaron a flaquear y en un momento no pude seguir manteniéndome en pie.
- ¡Diana! – dijo Caliel poniendo sus manos en mis hombros, mientras yo trataba de levantarla mirada, pero sin lograrlo. Dolía demasiado no quería que Caliel me viera así.
Traté de controlarme para poder cancelar la búsqueda, pero Emily no me dejaba. ¡Era imposible! Parecía que ella estuviera buscándome a mí con la diferencia de que ya sabía donde me encontraba y vendría por mí.
Esto parecía no terminar nunca. Tenía que librarme de ella. Era como si me hubiera metido en su propio juego al tratar de ubicarla, y no podía dejar de jugar.
Parpadeé un par de veces, miré el cemento bajo mi cuerpo con mi cabello lila alrededor. Un peso liviano en ambos hombros, las manos de Caliel. Respiré profundo mientras éste me llamaba por mi nombre, sin poder yo contestarle. Entré en colapso. Tenía las dos palmas apoyadas en el suelo, hasta que quité uno para cerrar el puño y alzarlo a la altura de mis costillas. Lo subí un poco para prepararlo a golpear el piso.
- ¡No! – dijo Caliel en voz baja. Pero el acto ya estaba hecho.
No tardó ni un minuto en sangrar desde los nudillos, hasta el rededor de mis dedos, donde uno que otro hueso había emergido por entre mi piel. Nunca pensé que tuviera tanta fuerza como para trizar el camino, pero por lo menos, ya estaba conciente y sin la presencia de Emily en mi mente. Miré los ojos de Caliel.
- ¿Estas bien? – me dijo varias veces, con sacudidas.
Aún así no podía contestarle. Estaba en shock y no sabía por qué. Cuando vi el liquido rojo y tibio que recorría el mi mano y goteaba el suelo, me percaté de que era yo la que sangraba.
- Estoy bien – le dije finalmente. Escuché gente que se acercaba, así que nos pusimos de pie rápidamente y seguimos caminando.
No quise mirarlo por un rato. Me daría el sermón del día. Pero lo único que me preocupaba ahora era Emily. Si estaba realmente como la vi en mi mente, ¿podríamos ayudarla aún?
Elizabeth Prett
Corrí desesperadamente en tanto sentí la presencia de Emily cerca de la iglesia. Di vuelta la manzana, pero no encontré nada. Su aura se hacía más débil y lejana, hasta que hubo un momento en que se perdió por completo. Fue cuando detuve mis piernas y comencé a caminar por una calle más o menos poblada. La llovizna, que se hacía mas intensa a medida que pasaba el tiempo, comenzó por mojarme nuevamente mi cabello anaranjado y mis fieles zapatillas. Estaba harta de mirar al cielo y ver que lo único que tapaba el azul, eran las nubes grises. Hacía meses que no disfrutaba el sol, el calor, y ese tipo de cosas veraniegas. Aquí ya no existía el verano.
Caminaba y caminaba hasta que detrás de un grupo de jóvenes de mi edad mas o menos, divisé una cabellera azulina. ¿Quién mas en este pueblo tan chico tendría el cabello azul que Emily? Pasé por entre ellos bruscamente y la llame “Em”. Pero no contestó. Vi que comenzó a moverse mas rápido, así que empecé a correr. Iba tan concentrada en la que supuestamente era Emily, que no me fijé en nada, ni siquiera en la persona que iba saliendo de una heladería y confitería a mi derecha. Pasé a llevar las dos bolas de helado de crema de menta con chocolate más el barquillo que salió volando por los aires. Fue lo único que alcancé a recoger y con suerte, gracias a mis poderes de levitación, los mal practicado trucos de levitación. Lo dejé reposar en mi mano derecha. Faltó poco para que me cayera encima del muchacho, pero le impacté el brazo y quedó ladeado mirando al suelo. Me escondí detrás de mi largo pelo naranjo con cara de vergüenza. No quería mirar a mi alrededor. Sabía que todos habían estado pendientes de tal acontecimiento. Pero la vergüenza no era algo enorme para mi.
- Perdón… es que no te vi… - le dije mientras alzaba el barquillo quebrado en mi mano. Aún no le miraba la cara.
- No te preocupes… yo—se detuvo repentinamente y me miró a los ojos. -¿Creo que nos… conocemos?
Recién ahí levante la vista para verlo. Un chico de tez clara, con cabello castaño y medio largo, oscuro y ojos chocolate muy profundos. Era del todo sencillo y juvenil. Por supuesto que ya lo había visto.
- Tatsuo… - dije mirándolo fijamente.
- ¿Tatsuo?... – dijo extrañado.
- La feria… de animación japonesa en Garamond, donde… --
- ¡Ah, si! Ya lo recuerdo… me acuerdo de tu cara, aunque hayas cambiado tu look… pero, aun así no recuerdo tu nombre… ¿Cuál era?
Parecía estupida mirándolo sin decir nada. Era como si me hablara en otro idioma, sin que me importase. Lo encontraba una persona muy interesante, demasiado para ser alguien común y corriente.
- Beth… en realidad mi nombre verdadero es Elizabeth…pero como Elizabeth termina en Beth, entonces mis amigas me dicen… Beth -.
No se porqué pero aquello le causó risa. Soltó unas carcajadas y luego dijo:
- Esa respuesta me parece conocida… - dijo aun con una intensa sonrisa en su boca que me desconcentraba. Claro, ya le había dicho mi nombre y sobrenombre la primera vez que nos conocimos, y de la misma manera que en este momento. Por fin algo me hizo meterme en la situación y miré el barquillo vacío que sostenía mi mano.
- Lo siento… - dije poniendo cara de pena.
- De verdad no importa… puedo obtener otro, la heladería es de mi abuelo. Me los da gratis… ¿quieres uno? – dijo sin que su sonrisa desapareciera aun. Y yo no reaccionaba.
- No… no gracias. No tengo hambre… - dije.
- Es gratis… ¿segura? – dijo.
- Segura…
- Entonces… pediré otro menta con chocolate para mi… - dijo dando unas carcajadas fingidas que hicieron que yo le sonriera también.
Entró al local y pidió el mismo helado. Yo o seguí hasta la entrada. Mi mano aun sostenía el barquillo quebrado y parecía una idiota con la mano alzada. Lo boté en un basurero, y en aquel momento, llegó a mi lado.
- ¿Qué haces por aquí? – me preguntó.
- Vengo a turistear por aquí con mis amigas.
- Ah si… vedad que eres de España…
- Eh… -me costó afirmar eso. – Si -dije finalmente y mirando a la calle.
- ¿Y no volverás? Digo, porque ya casi se supone que empiezan las clases…
- En mi país empiezan cerca de mayo… así que aun tengo tiempo…
- Que suerte… lo que es yo… debo estudiar desde ya …
- Es lo mas importante… ojala te vaya bien en todos tus exámenes.
- Gracias… la necesitare…
- Y… ¿tu? ¿Qué haces por aquí? – le pegunté por preguntarle algo.
- Vine a visitar a mis abuelos…y ya me iba…
- Ah si…
- Pero ya que estás aquí… podríamos salir a dar una vuelta quizás…
Cuando dijo esas palabras, recordé lo que supuestamente debería estar haciendo. Miré hacia todos lados, y la cabellera azulina se me había perdido.
- ¿A quien buscas? – me preguntó.
- Sabes… no tengo tiempo ahora… lo que pasa es que ando buscando a alguien y es muy, muy importante… así que…
- Puedo ayudarte… no tengo mucho que hacer después…
- No Gary… gracias
- ¡Recuerdas mi nombre! – dijo soltando otra vez una risita.
- Por supuesto…
- Entonces… podemos dejarlo para otro día…
- ¡Sería maravilloso! Juntémonos entonces otro día ¿si?
- Puedo ir a buscarte a tu casa si quieres—
- ¡No! No… juntémonos en alguna parte o yo te voy a buscar a tu casa… - comencé a alarmarme y recorrí la vista de nuevo por todas las personas que había en la calle.
- No sabes donde vivo…
- Si, lo se. Me lo dijiste… ¿recuerdas?
- Solo te dije que era de Olidata…
- No importa… te vendré a buscar aquí…
- Ah… verdad, me quedó en la casa de mis abuelos una semana…
- Entonces vendré antes de aquel tiempo… ahora debo irme… lo siento
- Está bien… que estés bien
- Tu igual… cuídate, no andes solo por las calles oscuras ni uses mucho el fuego…
- ¿Qué? – me dijo mirándome raro, pero luego lo entendió como un chiste. – De verdad que eres divertida…
Lo quedé observando tratando de entender lo que él no había entendido. Parecía su madre diciéndole aquellas cosas que les dicen a los niños cuando van creciendo. Le di un beso en la mejilla. Aquel contacto fue algo demasiado extraño. Con Gary me pasaban cosas muy bizarras, y no las entendía. No sabía si lo haría algún día.
En fin. Me fui corriendo lamentándome el tener que dejarlo. Me hubiera gustado poder conocerlo más. Pero lo vería en una semana más o menos. Eso me levantó el ánimo. ¿Por qué? No lo sabía.
Corrí velozmente hasta que doblé en la esquina y me perdí entre otra multitud donde habían presencias demasiado contrarias y chocantes.
Nathalie Denat
No sabía que en este pueblo tan pequeño podría encontrar personas que no veía hace años. Se hizo muy popular luego de la tragedia con las iglesias a nivel mundial, y por lo mismo, venía gente de lugares lejanos a visitar la capilla.
Luego de caminar unos cinco minutos por la vereda, me encontré con un grupo de personas casi de la tercera edad en la cual estaba una prima de mi madre. La reconocí solo por su forma estrafalaria de vestirse y peinarse, aparte de los gruesos lentes que le hacían ver sus ojos mas pequeños que un maní.
Luego, pasó una compañera de colegio la cual me quedó mirando como tratando de buscarme en su memoria, pero no lo logró, y como ya no iría mas al colegio en mi vida, supuestamente, me despedí de ella cuando pasó a mis espaldas.
A parte de ver a otras compañeras de curso rondado por esa calle, vi a alguien en especial que no podía dejar de mirar por más que hiciera un acto de disimulación. Un ex novio que tuve hace unos meses. La ruptura fue bastante inquietante y dolorosa, pero logré superarlo cuando nos dirigíamos al paseo de curso. O al menos eso pensaba. El verlo caminar como si nada, pasando por al frente mío y ni siquiera una mirada a los ojos, me hacía concluir que no lo había sabido olvidar. Sin embargo, no fue como antes. No dolía el corazón, no dolía nada. Solo los maravillosos momentos que pasamos cuando todo era color de rosa, cuando estábamos juntos.
Lo vi perderse en una esquina entre una multitud que hacía fila par pagar cuentas. No paré de observarlo aun cuando ya no había rastro de él. Fue entonces cuando me di vuelta hacia un mostrador y una vitrina que reflejaban la enorme diferencia que había en mí.
No era ni la mitad de lo fea que era antes. En el vidrio había una joven mas alta, mas esbelta, con mas cuerpo. Si. Mi cuerpo era casi perfecto, ni muy pronunciado, ni muy desapercibido. Era casi perfecto, con una tez de piel blanca y mejillas un poco coloradas. Por supuesto, lo que mas me resaltaba era mi largo cabello crespo que bajaba por mi espalda hasta detenerse en las rodillas, adornado en la cabeza por un cintillo negro, sin dejar de mencionar el color esmeralda que había en su mayoría, que hacía juego con mis grandes y brillantes ojos.
Quizás, lo único que embarraba mi imagen era la ropa malgastada que llevaba puesta. Ya tendría tiempo para preocuparme de mi look. Por ahora, necesitaba dejar de encontrar la perfección a mi retrato y ponerme en marcha con la búsqueda.
Desde que salí no había tenido ni la más pequeña señal de Emily. Deduje que estaba por el lado equivocado o tal vez ya no se encontraba en Saint. Pero no, las chicas me hubieran informado… eso creo.
Seguí caminando por una vereda ahora algo mas desocupada de gente. La llovizna se había convertido en lluvia finalmente y otra vez volvería a empapar mis ropas. Pero sea como sea, lo importante era hallar a mi amiga. Me empezaba a preocupar, ya que si de verdad tenía un demonio dentro de su cuerpo, siendo ángel, ¿Cómo podría ella sola deshacerse de él? Podría estar haciendo algo malo, algo indebido, haciendo daño, etc.
Justamente cuando iba pensando aquellas conclusiones, pisé un charco de agua un tanto hondo, en el cual mi zapatilla quedó completamente sumergida, sin mencionar que la basta del pantalón también junto con los calcetines rayados. Me coloqué a un lado de la pared y puse la rodilla contraria de la mojada en el piso. Comencé a estrujar la tela y me saque la zapatilla para dejarle escapar toda el agua. “Que vergüenza… ojala estuviera Beth aquí para secarme el calzado en un dos por tres…”.
Me quedé un rato mirando a mi al rededor para verificar si alguien había visto lo sucedido, pero mis ojos no vieron nada mas que un perro corriendo bajo la lluvia intentando llegar a su dueño a tiempo. “Da lo mismo, no me voy a enfermar por llevar los pies mojados…ya no”. Aquel pensamiento me hizo sentir bastante confortable. Mis días de enfermiza terminaron. Ya no habría mas resfriados ni gripes ni nada solo porque me cayó una gota en la cara. Nada mas nunca mas.
Comencé entonces, a ponerme la zapatilla y abrocharme los cordones. No se como ni en que momento ni en que segundo entró aquella persona en la calle en la que estaba yo si al mirar a todas partes, no había nadie. Cuando estaba agachada haciendo lo que tenía que hacer, vi pasar por el lado mío a alguien. No me había percatado de que venía ni siquiera si en realidad estaba allí, solo pasó caminando tranquilamente por mi izquierda sin detenerse. Mi cabello, que me cubría aquella parte de la cara, hizo que mis ojos lo miraran de reojo. Realmente me asustó que apareciera así de la nada mientras estaba atándome los cordones.
Cuando mis ojos se clavaron en los suyos, estos a la vez quedaron clavados en lo míos, sin decir absolutamente nada. De pronto, mis dedos se habían detenido y él solo se volteó para verme la mirada, sin dejar de dar pasos. Cuando se volvió, una brisa helada casi congelada arrastró a mis pies hojas secas de algún árbol que estaba muriéndose no muy lejos de aquí, junto con mi pelo que se elevaba y se meneaba tratando de alcanzar algo inalcanzable. Su cabello también se movió. Lo tenía solo un poco más largo de lo normal en un hombre, de color rubio. Mejor dicho de color amarillo, amarillo patito como se dice. Nunca había visto un rubio natural tan intenso como el de él. Sus ojos eran cafés, por lo menos cuando me miró, y andaba vestido de jeans con un chaleco negro de hilo suelto. Llevaba botas con correas negras y hebillas plateadas. Tenía un estilo extraño, pero no ridículo.
Mas que juzgarlo por su apariencia, debía darme cuenta de que no había sentido su presencia cuando venía por lo menos tres metros detrás de mi. Se supone que eso debía pasar cuando se trata de un demonio, o mínimo mitad demonio y humano. Peo en él no sentí nada, ni algo bueno, ni malo, solo era como… el aire. No se sentía cuando estaba presente. Solo existía.
Trataba de explicarme que era. Si hubiera sido un humano tendría presencia también, aunque mas baja. Pero no era así. En él no había nada. Estaba vacío.
Quedé demasiado “marcando ocupado”. No había nada en mis conocimientos que me explicara quien o que era él. La verdad es que mis conocimientos son pocos y no confiaba mucho en ellos, pero aún así, si fuera un demonio…
El verlo caminar hasta que se perdió de vista entre la lluvia no me ayudó a responder nada, pero no me quedaría con la duda. Debía averiguar quien era. Su imagen no era lo suficientemente normal como para no encontrarlo.
Ahora solo me importaba Emily. Las horas pasaban y aun no tenía rastros de ella. Debía encontrarla… pero hubiera sido mucho más fácil si aquella inquietud sobre esa persona dejara de revolotear en mi mente como un mosquito, que no te deja en paz…
Diana Crown
Doblamos por una calle a la que no valía la pena entrar ya que era una sin salida. Decidimos igual introducirnos en ella. Iba tan concentrada en la conversación que sostenía con Caliel, que no me percaté de la gente que podría encontrarme allí. Entonces, cuando miré al frente me quedé pegada observando un objeto muy conocido. Un camión. Solo había una persona en la vida que había conocido que conducía un camión. Pero no era el momento ni el lugar para encontrármelo ahora, así que decidí dar media vuelta y devolverme por donde habíamos llegado. Caliel quedó perplejo.
-¿Qué pasa? – me preguntó sin darle yo la respuesta. Solo lo alé del brazo y caminé rápido. Parece que no fue lo suficiente.
- Diana – dijo un voz a mis espaldas como verificando si era yo en verdad. Mi compañero se dio vuelta de inmediato. Y yo, mientras me lamentaba, trataba de inventar alguna excusa para irme luego. No quería ponerlo en peligro.
- ¡Alan! – dije tratando de hacerme la sorprendida. Me acerqué y le di un beso en la mejilla sonriendo siempre.
- Te reconocí solo por tu cabello… -dijo mirando las larguísimas mechas lilas que recorrían mi espalda acompañado de una risita. Se la devolví.
Luego de dar aquel comentario, miró Caliel de los pies a la cabeza. Ese esto me hizo sentir incomoda. Sabía que diría algo al respecto. Por su lado, mi compañero permanecía callado, como siempre.
- No me dijiste que tenías novio… - dijo Alan. Aquello me disgusto de forma inmediata. Pensé que diría algo estupido, pero nunca algo tan sin sentido.
- No… porque no lo tengo… - dije con un tono pesado para aclarárselo bien. – Él es un primo que está de visita aquí… - le dije mientras miraba de reojo a Caliel para que supiera que era una mentirita piadosa.
Se dieron la mano con algo de dificultad. ¿De que se trataba todo esto?
- Y… ¿Qué haces por aquí? – le pregunté ara saltarnos el minuto amargo de su saludo.
- Hago una entrega y me voy… ya sabes este trabajo… pero en unas semanas entro a la universidad así que, éste era mi ultimo pedido – me dijo. - ¿Y tu que haces aquí en este pueblo tan chico?
- Estamos buscando a algo—alguien – le dije retractándome.
- ¿Necesitan que los lleve? – dijo amablemente sin mirar a Caliel.
- No gracias. Caminamos.
- Muy bien… y… nos has vuelto a visitarme… - dijo sonriendo malévolamente. Otro estupido comentario que hacía que Caliel me mirara con cara de “¿Qué esta pasando aquí?”
- Iré uno de estos días…eh… he estado ocupada… - quería que terminara ya la conversación. Me sentía muy incomoda y no sabía por qué.
- Ya veo… ¿y tu amiga se mejoro?
- Eh… en eso está… - recién había recordado que le mencione algo acerca de Emily. Pero ya era tiempo de irse… - Hora de irse primo…-.
- ¿Ya se van?
- Si… no tenemos mucho tiempo antes del atardecer, entonces… ¿nos vemos por ahí? – le dije.
- Por supuesto… te estaré esperando… - dijo dándome un beso de despedida en la cara.
Vi como se despedían ambos lentamente con un agarron de manos. Luego Caliel me alcanzó y caminó a mi lado un par de pasos antes de empezar con el cuestionario.
- ¿Y ese de donde salió? – me dijo mirándome serio.
- Por favor, no empieces con las preguntas que no hay tiempo para eso…
- Solo dímelo… ¿hay algo que deba saber acerca de ustedes?
- ¿Qué? – dije deteniéndome en frente de él. -¿De que hablas?
- Vi como se miraban Diana.
- Vamos. No me digas que te pusiste celoso, porque si mas lo recuerdo, te presenté como mi primo y no como mi novio. ¿Hubieras preferido eso?
- No digas idioteces. Por supuesto que no. Solo pregunto… si bien entendí lo había visto antes… en su casa… ¿o no?
- Si… ¿y que?
- ¿A que quieres llegar con todo esto Diana?- me dijo mientras yo reanudaba mi caminata.
- Somos amigos, Caliel. Nada más. ¿Y si fuéramos más… que? ¿No tengo derecho a tener nunca una vida como cualquier estúpida de dieciséis años? – dije furiosa enfrentándolo de nuevo, aunque la respuesta ya la sabía. Caliel calló por unos segundos.
- Esto es lo que tú elegiste, Diana…
- Nunca… ¿nunca volveré a tener una vida normal?
- No si sigues con lo que te tocó…
Parecía que aquello que salía de mi boca era un arrepentimiento. Pero no podía ser. Es decir, acepté esto encantada, y ahora, cada vez, a cada hecho que ocurría mis expectativas se apagaban.
Me di media vuelta y continué mi camino. Caliel me siguió.
Aunque pareciera extraño, cada vez que me encontraba con Alan, me resultaba un buen ánimo para después. Me sentía bien, con ganas de hacer cosas. No sabía cual era el motivo. Solo pasaba automáticamente aunque nos hubiéramos visto un par de veces.
Estaba pensando en eso, cuando en un abrir y cerrar de ojos, vi una luz blanca entre mis ojos. Paré mi caminar y me apoyé en Caliel. Cerré los ojos con fuerza y luego los abrí mirando el cielo. Seguía brillando aquella luz en mis ojos cada vez más fuerte hasta que de a poco fue aclarándose la película en mi mente. Vi a Emily, sentada, en una parte con árboles y pasto, con tierra, con faroles, con bancas de madera… no estaba mirándome como la última vez y no sentía su lado maligno y demoníaco acechándome. Esta vez era diferente. Así que aproveché de ver claramente donde se encontraba.
- ¡Vamos! ¡Ya se donde está! – le dije a Caliel jalándolo del brazo izquierdo.
- ¡Espera! ¿Dónde está? – me dijo deteniéndome.
- En el parque central… ¡vamos! No tenemos mucho tiempo.
- Espera Diana… déjame ir solo…
¿Estaba loco o se le había corrido una teja? Ni muerta lo dejaba ir solo hacia Emily mas si está se volvía peligrosa en cualquier segundo.
- ¿Qué? ¡No! Ni loca…
- Diana, no te preocupes… estaré bien… es solo que—
- ¿Qué? ¡Que! ¿quieres que te secuestren otra vez?
- ¡No! Claro que no… pero entiende. Si vas tú, te sentirá inconscientemente venir, y escapará nuevamente. El plan habría sido un fracaso… dejame ir y lidiar con ella.
- No puedo hacer eso… puede lastimarte…
- No lo hará. Confía en mi…
- Caliel… no puedo…
- Diana… confía en mi. Cualquier cosa que me pase lo sabrás de inmediato. Solo quédate aquí… y ve en el momento preciso.
- ¿Cuál es ese?
- Ya lo sabrás.
Emily Thompson
Daba pasos sin saber que caminaba, lanzaba miradas sin saber que es lo que veía, escuchaba gritos y no oía nada… ¿De que se trataba todo esto? Respiraba azufre en todas partes, no importaba el lugar en donde me encontrara, siempre era el mismo. No podía caminar sin afirmarme de la pared, sentía que el cabello mojado me pesaba mucho al igual que la ropa que llevaba puesta y los zapatos. Decidí quitarme el delgado chaleco que llevaba puesto y también los zapatos negros. No se a donde habré dejado las prendas, pero el calor era insoportable junto con el peso. Quedé en polera de tirantes y el pantalón, y aun así pesaba tanto como tener a una persona cargando en las espaldas. Ya casi no podía ni moverme y no sabía en el lugar que estaba. Me “seque” la cara con las manos y me apoyé en un portón de madera gruesa y antigua con diseños tallados en las orillas. Coloqué una mano en el cuello por detrás y levanté la cabeza mirando hacia el cielo. Había tanta luz en él que no podía abrir los ojos bien, no sabía de que se trataba aquel resplandor, por eso, volvía la mirada hacia abajo, mirando el agua deslizarse por entre mis pies y la vereda. Cerré los ojos por un momento…
Cuando los abrí había algo distinto. Ya no resplandecía el cielo y el agua se evaporaba al pasar entre mi piel. Miré a mi entorno y no vi a nadie. Comencé sentir miedo, un miedo gigante que se expandía cada vez mas. Me sentía sola en medio de aquella calle despoblada por lo que corrí a una con un poco mas de gente.
Fueron terribles aquellos momentos. Sentía que me iba a desmayar sin poder lograrlo nunca. Parecía que en esa vereda la lluvia se hacía mas intensa y fuerte, me golpeaba el cuerpo, la cabeza y dolían los pies. Entonces, cuando me volví a mirar a la gente, ésta no era la misma que vi al ingresar a la calle. ¿Qué eran esos rostros deformes y satánicos que me observaban con sus ojos negros que se hacían enormes cada vez más? ¿O aquella boca que dejaba escapar una lengua sangrienta y larga que anhelaba alcanzarme para hacerme añicos? Aquellas manos llenas de arrugas y con garras largas y negras que llegaban hasta el suelo, esos dientes filudos que escupían sangre y crecían a cada segundo, esos ojos negros e infinitos que lograban matarme solo con observarlos…
No podía tranquilizar mi respiración, sentía que los pulmones explotarían en cualquier minuto si no paraba de respirar así. Llevé mis manos a la boca que se hacía mas grande acorde veía las imágenes tenebrosas que me mostraban. Aquellas personas se me quedaban viendo como si yo fuera el bicho raro y no se detenían a lo que venía después. Me di vuelta mirando al muro que había tenido detrás de mí todo el tiempo y apoyé mi frente en él, dándome pequeños golpecitos. Apretaba los parpados como nunca lo hice antes y mis manos estaban al lado de mis orejas. Quería llorar. Sentía una angustia demasiado grande en el pecho que no me dejaba respirar. O se descontrolaba y me hacía tomar bocanadas de aire, o era demasiado egoísta y me quitaba el aire de los pulmones.
Había visto estas cosas en las películas de terror, de exorcismos. Pero era demasiado diferente verlas a vivirlas. Era un pánico que no se podía controlar y se escapaba de las manos. Sentía como mi cara de transformaba a una de angustia y temor.
No podía seguir allí. Sin abrir los ojos me dirigí hacia cualquier parte pasando por entre la gente chocando con letreros, postes y otras cosas, sin dejar de mantener los ojos cerrados. Aunque sintiera que cayera, no los iba a abrir. Me detuve para saber donde me encontraba y sentí un auto a lo lejos. Tuve a abrir los ojos de a poco. Pero todo me daba vueltas. Comenzaba a girar, a mirar a todo mi alrededor, colocando las manos en mi cabeza, quitándome de vez en cuando el cabello pegado a la cara por la lluvia. Cerré los ojos de nuevo y me moví de allí.
Tropecé con una banca de madera rota y húmeda por la lluvia. La recorrí toda y supe que estaba vacía, así que me senté sin quitar la mano de mis ojos. Escuchaba como hablaban de mí por todas partes. Eran sonidos que iban y venían. Algunos fuertes y otros despacios, casi sordos. Me sentía tan mal que apoyé la cabeza en las rodillas con mis manos acompañándola. De mi boca salían algunas palabras que ni siquiera sabía que recitaban. Mis ojos no se abrían y mis manos tampoco se movían. A veces los abría para ver el suelo, o la punta de los pies, o porque me cansaba de apretarlos tanto.
Mientras desviaba la mirada a las corrientes de agua que corrían por entre mi ropa y el piso de tierra, se oyeron unos pasos cerca. No sabía de quien eran, pero no me voltearía a verificarlo ni aunque estuviera muerta. Cada vez que veía algo, aunque fuera un animal, la imagen se distorsionaba con la lluvia, como si el agua que caía por la piel los derritiera mostrando lo que realmente eran: unos demonios después de todo.
Se acercó mas a mí y luego, el impacto que provocó el sonido de su voz en mi corazón s algo que jamás podré olvidar. Fue demasiado cálido, tranquilo… como si no hubiera ya lluvia.
- Emily… - me dijo.
La respiración se me cortó y con suerte hablé con un hilo de voz:
- No… - hablé tan despacio como para que con suerte me escuchara yo.
- Emily… soy yo – me dijo con su voz tan varonil.
- No puede ser – le dije aun con la cabeza agachada y las manos a los lados.
- Si soy yo… por favor—
- ¡No! No te acerques… no quiero hacerte daño…
- No lo harás Emily… eres un ángel.
- No importa eso ahora… hay algo… algo que no… no me deja… respirar…
- Emily… déjame ayudarte
- ¡No, aléjate! – le dije empujándolo con una mano.
- Emily… por favor – me dijo tomándome de los hombros. Aun no levantaba la cabeza, pero me puso de pie en un dos por tres y quedé en frente de él.
- Ya basta…
- Emily, mírame… - me dijo sacudiéndome.
- ¡No! No puedo… no puedo…
- Emily, soy yo… Caliel. Mírame…
- No puedo…no—
- Emily, confía en mi… estarás bien… déjame verte.
El miedo que sentía en aquel momento era tan igual como el que sentí cuando entré a la habitación 666 por primera vez en el manicomio de Celeron. No quería lastimarlo, nunca me lo perdonaría si lo hacía…
- No lo haré Caliel – le dije mientras abría los ojos y miraba otras cosas, gente pasar que luego se convertían en fantasmas, perros que se volvían espectros, a lo lejos niños jugando con aspecto tenebroso y fantasmagórico… podía soportar todo eso, menos mirarlo a los ojos y ver que no era él, era demasiado para mi.
- Vamos… Emily… confía en mi – me dijo. Sus palabras eran demasiado sagradas para mí como para contenerme en la orden. Alzaba la cabeza lentamente mientras me corrían los chorros de agua por los cabellos largos y desteñidos. Ya no eran azules, eran celestes, y así se iban destiñendo con el pasar del tiempo. Mientras siguiera con este demonio dentro de mi, no podría seguir siendo un ángel como las demás.
Observé su abrigo empapado, su cuello, su barbilla, sus labios, su nariz sus mejillas… y sus ojos. Esos ojos negros que me miraban con deseos de devorarme. No eran sus ojos.
Di el grito de mi vida mientras retrocedía un paso y le lanzaba el sonido en la cara. Caliel me soltó y me quedó mirando asustado. Rápidamente me desaparecí de allí y tomé un camino cualquiera. Las piernas se movían realmente rápido. No sabía desde cuando había obtenido aquella velocidad, pero me gustaba.
En tanto atravesé una calle, no me di cuenta cuando un cuerpo se detuvo en frente mío y me abrazó en forma de detención. Me volví inquieta y comencé a tratar de zafarme, pero Diana no me dejaba siquiera mover los brazos.
- ¡Tranquila Emily, soy yo! – me decía, pero yo no la escuchaba. Sentía que estaba en manos de alguien desconocido, malo y cruel. Entonces, fue cuando vi aparecer a las demás, cruzando las veredas con caras de preocupación. Mi inquietud se hizo mas fuerte entonces. Entre todas trataron de tomarme los brazos y tratar de tranquilizarme, mientras yo lo único que hacia era gritar y gritar como loca.
- ¡Emily, basta! – me decía Elizabeth.
Luego, comencé a sudar, y la lluvia que caía me quemaba y hacía que al tocar mi piel, se evaporara. Mis ojos se volvieron negros. Pude sentirlo. Y mis dientes filudos como punta de flecha. Mi cuerpo sufría una transformación extraña en si. La piel se me arrugaba y cada vez el pelo se me acortaba. Sentía que envejecía a cada segundo, sin poder pararlo. Eran las tres contra mí, un demonio que sabía cuidarse solo y no podía defenderse de tres estupidos Ángeles.
Parecían perseguidas, pero al llegar Caliel al lugar del acontecimiento, el piso se esfumo. Supuse que se habían elevado y me llevaban por los aires quizás a donde.
viernes, 26 de diciembre de 2008
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