El único lugar al que se les ocurrió ir fue a la ex casa de Emily. Como anteriormente se dijo, estaba rodeada de una cinta que impedía el paso hacia el recinto, pero aquello en la noche no los supervisaba nadie. Al parecer había casi dado por muerta a la joven que habitaba allí anteriormente.
Entraron por la puerta del frente cuidadosamente. Como era de esperarse no había ni luz, ni agua, y aparte estaba todo lleno de polvo, telarañas y quizás había hasta ratones. Los muebles algunos tapado con mantas blancas y otros al descubierto. Por lo menos, quedaban las camas. Acostaron a Emily en la suya, la cual hacía tanto tiempo que no la ocupaba, que causaba una cierta y pequeña melancolía. Elizabeth prendió un mueble hecho trizas e hizo una fogata para calentarse y usarla de luz. Al ser casi la única casa de la calle en la que se observaba algo luminoso, levantaba sospechas, pero las jóvenes no se dieron cuenta.
Emily sudaba frío y se quejaba constantemente. Tenía fiebre y tiritaba, sus pupilas estaban dilatadas y estaba completamente pálida. Parecía ser que estaba enferma, ¿pero de que?
- ¿Qué le hizo? – preguntó Nathalie.
- No lo se, no lo vi bien. Pero... colocó sus manos en la espalda de Emily y luego ésta cayó al suelo, la verdad es que no sabría explicarte lo que hizo y mucho menos porque está ahora enferma. – le dijo Elizabeth.
- Para los síntomas que tiene esto sería una gripe o algo más fuerte, pero eso es imposible ya que sus órganos infectados se auto sanarían o desinfectarían por la capacidad de su regeneración. ¿me entienden? – dijo Diana.
- Si, entiendo lo que quieres decir. Pero si no es una enfermedad, ¿Qué es? – dijo Elizabeth.
Mientras pasaban las horas, no podían hacer nada más que velar por Emily y pensar en su próximo ataque. Como ya era costumbre, no durmieron en lo que quedaba de noche, pero conversaron el tema que era importante en esos momentos. Sabían donde estaba Caliel y al parecer aun estaba vivo. Obviamente se encontraba en la tercera dimensión y por lo tanto no podían llegar allí por el momento.
- Necesitamos un plan o algo para que por lo menos una de nosotras viaje hacia Celeron y salve a Caliel – dijo Diana.
- Estoy mas que segura que debe haber alguna otra forma de viajar hacia allá que no sea por el portal de la iglesia, aquel que ya no existe… - dijo Nathalie.
- Si vamos, vamos todas… no podemos pelear separadas, por lo menos no en Celeron… y menos con Emily en ese estado… - dijo Elizabeth.
- No podemos seguir perdiendo el tiempo… necesitamos un plan en seguida… - dijo Nathalie.
Al parecer, aquellas palabras fueron las últimas de la madrugada, por que aunque no tuvieran el mismo sueño de sus vidas anteriores, habían trabajado tanto que estaban demasiado cansadas como para no cerrar un largo tiempo los ojos e irse en el sueño. Aunque hayan sido un par de horas, no fue la intuición quien las despertó si no el sonido de una sirena en el oído de Diana.
Se había quedado dormida en el suelo empolvado de aquella habitación junto a Nathalie. De pronto, una onda distorsionada en el interior de su oreja se convirtió en un sonido agudísimo que se fue transformando cada segundo en algo mas claro, que pudo percibir mientras abría con dificultad los ojos. Cuando ya los hubo abierto, miro a su alrededor, buscando algo que ni ella sabia. Entonces se sentó en el piso y se restregó los ojos, aunque ya no tenia nada de sueño. Se acercó a la ventana en la cual corrían ríos de agua hacia abajo. Llovía demasiado en muy poco tiempo. El cielo era gris completamente y las nubes estaban amontonadas en todo el cielo que se veía por aquel segundo piso.
Fue cuando miró las calles inundadas que escucho de nuevo el mismo ruido de sirena ya no en sus oídos si no en su mente. Sus ojos se tornaron lilas, color del viento. Su habilidad de adivinar el futuro comenzó a invadirle el pensamiento, creando una idea bastante acertada en u cabeza.
Una gota tras otra comenzó a empapar el rostro de Nathalie, quien despertó de golpe ante la situación. Su movimiento apresurado hizo que las gotitas de agua se convirtieran en un gran chorro que mojo las tablas, que se comenzaban a podrir.
- ¿Qué pasa Diana? – le dijo Nathalie, observando a la otra en la ventana muy pensativa, mientras se restregaba la mata de pelo ondulado.
- ¿Escuchas eso? – el respondió Diana.
- ¿Qué cosa?-.
- La sirena… es como una sirena… - le dijo.
- ¿Sirena?-.
Luego hubo un silencio. Pero Nathalie no escuchaba nada, y miraba a Diana muy extrañada.
- ¿No lo escuchas? – le dijo Diana.
- No… -.
- Es la policía… - le dijo luego de haber cerrado sus ojos un tiempo. – Vienen para acá…lo se… -.
- ¿De que hablas? – le dijo Nathalie.
- ¿No me crees? No miento, no puedo hacerlo. Es verdad… tenemos que salir de aquí… despierta a Elizabeth.
Nathalie sacudió pasivamente a su amiga quien despertó en el momento. Miro con ojos pequeños y escuchó la lluvia chocar contra el techo.
- ¿Qué pasa? – pregunto.
- Debemos irnos, Elizabeth – le dijo Diana.
- ¿Qué? ¿Por qué? - .
- Parece que viene la policía, y no me preguntes porque ni porque digo esto, solo lo se…eh… - le dijo Diana.
- No podemos sacar a Emily en ese estado… aun tiene fiebre ¿no? – pregunto Nathalie.
- No lo se… pero debemos irnos. Quizás la fogata de anoche hizo que alguna persona que sabe de esta situación se extrañara y avisara a la policía, o… no lo se… es lo único que se me ocurre… - dijo Diana.
- Mmm… quizás has visto muchas películas de suspenso… - le dijo Nathalie algo sarcástica.
- ¡Por favor! No es el momento de ponernos a conversar, se acercan… debemos irnos – dijo Diana desesperadamente.
- Nathalie, llevate a Emily y yo cargare a—
Las palabras de Elizabeth fueron interrumpidas por una sirena efectivamente de la policía que no estaba a más de tres cuadras. Se miraron con ojos grandes diciendo “¿Qué haremos?”.
Veloces abrieron la ventana de la habitación de Emily, por donde mismo ésta había escapado la última vez, y de las mismas personas. Nathalie salió primero con el cuerpo de Emily, la cual seguía dormida y comenzaba a tiritar. Elizabeth tomó a Diana de las manos y la cargó por los aires. Caía tanta lluvia que era imposible o muy difícil verlas volando, pasaban por pájaros o palomas.
Pasaron unos pocos minutos y decidieron aterrizar entre unos árboles que por una parte daban a un bosque, posterior a un campo, y por el otro lado, a un parque. Lo bueno de Olidata era que tenía muchas áreas verdes para esconderse. +
Era muy temprano y fin de semana. La gente no estaba en pie a esas horas, por lo que fue bueno para ellas el no ser vistas por alguien. Sentaron a Emily en una banquita de madera mojada junto a Nathalie.
- No podemos permanecer mucho rato aquí… me da la impresión de que su estado empeorara… - le dijo Nathalie a las otras dos.
- No sabemos a donde… de verdad que ya no se a quien pedir ayuda… - dijo Elizabeth tratando de buscar una solución.
- Yo creo que deberíamos ir a alguna persona que ustedes conozcan y que nos ayude por lo menos con Emily… - dijo Diana.
- ¡No! No me parece buena idea… pueden descubrirnos… sería un riesgo… - le dijo Elizabeth.
- ¿Pero y Em? Se enfermara mas de lo que está… ni siquiera sabemos que tiene… - dijo Nathalie.
Hicieron una pausa. Nadie sabía que decir. Emily comenzaba a quejarse nuevamente, como si estuviera luchando contra algo o alguien en una pesadilla. Entonces, Nathalie supo como solucionar el problema.
- Toby vive a tres cuadras de aquí…puedo pedirle ayuda a él… - le dijo a Elizabeth.
- ¿Crees que se acordará de ti? No lo ves hace tiempo… - le respondió.
- Poco mas de un mes… no es tanto…por supuesto que me reconocerá, es mi mejor amigo – le dijo Nathalie.
- Estas cambiada físicamente, por si no lo has notado Nat. Tus ojos, tu cabello, tu color de cabello, incluso tu cuerpo está cambiado… - le dijo Elizabeth.
- Mira, no perdemos nada con intentarlo… si le pido que no le diga a nadie, no lo hará.
- ¿Decir que?
- Que nos vio… somos buscadas aquí…le pedimos que refugie a Em mientras vamos en busca de Caliel. Quizás, tengamos suerte y lo encontremos… o no lo se… debes pensar positivamente… - .
- No se trata de pensar positivamente, pero… preferiría que no nos viera nadie… ni siquiera Toby… - dijo Elizabeth dándose vuelta a mirar los árboles de atrás.
- La verdad es que, necesitamos la ayuda de alguien… quizás Toby es de confiar como dice Nathalie… - dijo Diana.
- Iré a buscarlo… cuiden a Em – dijo Nathalie y partió corriendo bajo los chaparrones de agua que caían en la ciudad. Las otras la vieron alejarse.
Corrió hasta al final de la calle cuando miró por la vitrina de un local de la esquina las cientos de revistas que se exhibían por ahí. Se percató en realidad en el titular de un diario del día pasado: “Sobreviven cuatro iglesias en el continente”. Esta escritura la hizo acercarse al vidrio y mirar todas las noticias que el periódico mostraba. Apoyó sus manos en él. No lo podía creer, habían cuarto iglesias que no habían sido destruidas por el impacto que provoco la destrucción del portal. Era una esperanza que no debían dejar pasar. Necesitaba conseguir aquel diario para verificar el lugar exacto en donde estaban aquellos templos para acudir en ayuda y salvar a Emily. Claro está, que no hallaba la forma de sacarlo de detrás del cristal. El intento de quebrar el vidrio accionaría la alarma, pero no se haría problema con eso. Usó su telepatía para moverlo hacia la rendija de la puerta. Cupía justo por allí y no le provocó mayores inconvenientes ya que nadie miraba. Cuando ya lo tuvo en sus manos, no lo abrió hasta llegar hacia donde estaban sus otras compañeras e informarles sobre lo que acontecía.
- ¡Dios mío! Es lo mejor que pudo haber pasado… sobrevivieron algunas iglesias. Debemos dirigirnos a la más cercana de inmediato… - dijo Elizabeth.
La mas cercana, según la fuente de información del periódico estaba a un cuarto de hora volando. Parecía que el día les sonreía. O era suerte, o era obra del señor, pensaba Nathalie.
No tardaron en despegar desde allí para dirigirse al pequeño pueblo de Saint, que quedaba cerca de allí.
Rentó el mejor hotel para atender a su hermana. Demasiado fácil para aquellos que pueden hacer cambiar de opinión a un simple ser humano. Parecían hipnotizados por aquellos ojos amarillos.
Recostó a Scarlette en la amplia cama de dos plazas, dejándola manchada de sangre y agua, agua que ocupó para curarla. Una de las desventajas que tenían los mitad humano mitad demonio, era la de no poder regenerarse, por lo que Scarlette estaba al borde de la muerte. Podía morir desangrada en cualquier momento. Tenía heridas en todo el cuerpo. Apenas podía abrir los ojos para ver a su hermano cuidarla.
Tenían una muy baja luz, pero la noche no era muy oscura, cubierta de nubes grises no estaba negra del todo.
Aarón miraba a Scarlette muy triste, no sabia que hacer, no era medico, no era nada en ese momento. No la llevaría a un hospital, por causas obvias, además, Eliott no lo permitiría. Sus identidades debían permanecer secretas. Justamente, minutos después, apareció este personaje.
- ¿Qué paso? – le dijo Eliott a Aarón.
- Las Ángeles… ¡Esas le hicieron esto a Scarlette! – le dijo lleno de furia que sus ojos no pudieron resistirse a cambiar a negro.
- ¿Dónde estabas tú? – le pregunto Eliott sin rendirse a la pena del otro.
- Donde Damián… necesitaba arreglar algunos asuntos y Scarlette salió primero… no la pude alcanzar hasta que su presencia mínima me alcanzo y pude saber que...ya… la habían tomado… - le dijo casi llorando.
Parecía que la expresión de la cara de Eliott no cambiaba con las perdidas palabras que Aarón decía. No tenían ni el mas pequeño sentimiento de pena o rabia ante la situación. Solo miraba al par.
- Quiero que mañana les des su merecido a esas Ángeles… - dijo Eliott.
- ¿Qué? No… debo quedarme con ella – dijo señalando a Scarlette.
- Le diré a Theo que la lleve con el amo Lu… quizás él pueda ayudarte con la recuperación de Scarlette. Pero necesito que por lo menos mates a una de ellas – le dijo muy seriamente.
- ¿Matarlas? Me crees capaz de mucho, pero sin mi hermana no lo soy. Ellas son cuatro, yo soy solo. No creo poder con ellas. Cada día se vuelven mas fuertes.
- Creo que es lo mínimo que podrías hacer ya que dejaste escapar el lugar en donde se encontraba Caliel… ¿crees que no lo sabía? – le dijo Eliott acercándose hacia el joven.
- No me digas eso…ellas me lo robaron del pensamiento… no tuve nada que ver… - le dijo.
- ¡Te dije que podían leer el pensamiento! ¡lo sabias!
- ¡Es inevitable Eliott! No…-- Esta bien. Mañana iré en busca de alguna de ellas. Pero necesito que mandes a alguien a ayudarme.
- Eso lo veré yo… espero que no me desilusiones esta vez, Aarón – dijo Eliott. Comenzó a tomar a Scarlette la cual gritaba del dolor en todo su cuerpo. Bajo un relámpago gigante, la silueta de Eliott y en los brazos a la chica, se hicieron polvo. Aarón solo observo. Luego se recostó en la cama a reflexionar…
Iban llegando al pequeño pueblo de Saint. Parecía mas bien una ciudad fantasma bastante diminuta, con caminos de tierra y casas muy deterioradas. Sin embargo, no tardaron en encontrar la dichosa iglesia, pues un montón de gente se amontonaba afuera de ella, con autos por toda la cuadra, y personas de todo el continente. Al parecer, no había ser humano que no estuviera en la muchedumbre.
El sacerdote Erick, quien estaba a cargo de acudir a toda esa gente, estaba colapsando mentalmente con toda la gente que le pedía ayuda. Hacía pasar a la gente en grupos a su humilde capilla, que por cierto, por fuera no era mas que un recinto pequeño, con las suficientes habitaciones. Pero por el subterráneo, era lo mas amplio que se podía ver a millas en una capilla.
Las jóvenes, luego de quince minutos aproximadamente, pisaron la tierra mojada y comenzaron a caminar guiándose por las personas que se dirigían hacia la capilla. Elizabeth y Nathalie llevaban a Emily un brazo cada una, afirmándola de la espalda. Ésta tenía la cabeza hacia abajo, como si estuviera durmiendo. Con muchísima suerte daba pasos cortos y débiles la minoría del tiempo. Al estar cerca de la reja de la capilla, Diana corrió a juntarse con la montonera de gente que ahí estaba. Las otras tres la esperaron un tanto alejadas del gentío. Diana se intentó meter por entre las personas para alcanzar por lo menos a divisar al cura, pero era casi imposible. No lograba ni ver su rostro. Había demasiada gente como para avanzar. Recibía insultos como “¡Tienes que hacer fila!” o “¡No puedes colarte, estamos aquí desde hace horas!”. Nadie la dejaba pasar a pesar de que ella decía que tenía a alguien enferma e importante, mucha otra gente también venía por lo mismo. Pero no se dejó vencer. Trató y trató de avanzar por entre la muchedumbre hasta tocar el brazo del sacerdote. Entonces recién le pudo ver el rostro.
- ¡¡Padre!! ¡¡Padre, por favor!! – le gritaba la chica, pero Erick no la escuchaba ni por si acaso.
Lo llamó reiteradamente hasta que logró mirarla a los ojos. En ese instante, el padre quedó como estatua ante la mirada de Diana. Sentía que aquellos ojos los había visto antes, o tenían que ver algo con el, o cosas por el estilo. A pesar de esto, no la dejó pasar primero. Trataba de calmar al gentío y a la vez ser amable. Diana volvió a llamar, hasta que en un trance se vio libre de avanzar y así lo hizo. Quedó enfrente del cura.
- ¡Padre, por favor! – le dijo ella.
- Tranquila, hija. Habrá tiempo para todos – le respondió él y luego se volteó a entrar a la parroquia.
Entonces, la oportunidad se iba perdiendo con cada paso que el sacerdote daba hacia adentro, y la chica solo podía observarlo con decepción, pero Diana no perdió aquellos chances. Corrió por entre los guardias que allí mantenían la “calma” y agarró del brazo al padre, al cual este no tuvo otra opción que volverse a mirar esos ojos de nuevo. Esta reacción provocó un alivio en el corazón de Diana y para que Erick la tomara en cuenta esta vez, le mostró el sello de su pecho moviendo la ropa de aquel lugar. Inmediatamente, los guardias la alcanzaron y la tomaron de los brazos, pero ella no quitaba su mirada de la del cura, quien a su vez, no podía creer lo que veían sus pupilas. Esa marca solo la podían tener los que han sido tocados por Dios, alguno de ellos. Esto significaba que las leyendas eran ciertas, y que los rumores que volaban de país en país eran verdaderos. Ahora, él podía comprobarlos. Tenía ante su vista a un ángel en carne y hueso. Debía cancelar todo para atenderla, era un ser sagrado, superior a él, por lo que no tuvo otra opción de mandar a sus seguidores a que sacaran a toda la gente que allí se reunía e invitarla para mañana, por supuesto, luego de haber ordenado a los guardias que soltaran a la joven y dejaran que se acercara sin temor.
- Padre, necesito su ayuda, por favor, yo—
- No te preocupes, entra, ven, pasa por favor. ¡Dios mío! no puedo creer lo que mis ojos ven… - le dijo Erick.
- Muchas gracias, pero no estoy sola. Tengo a tres Ángeles mas afuera y a una muy enferma… necesito refugiarla aquí por—
- ¡Por supuesto! Tráela… ¡tráela! Aquí las recibo, es lo menos que puedo hacer…
Diana se apresuro a salir por entre toda la gente que se marchaba decepcionadamente, y animó a las otras a entrar rápidamente por atrás. Luego de un instante, estaban todos en el subterráneo, en donde nadie molestaba al sacerdote. Recostaron a Emily en una cama y el padre, luego de haber quedado tan estupefacto antes la llegada de otras tres Ángeles, la revisó espiritualmente. Sin embargo, la supuesta enfermedad que tenía la joven, no era algo físico. Era un factor que afectaba la mente y el alma de la persona, y se manifestaba en síntomas como fiebre, tercianas u otros. Pero Erick no podía descifrar que era. Su profesionalismo no alcanzaba a concluir lo que tenía Emily.
- No se… no puedo… no… - les dijo a las tres.
- Pero… ¿Cómo? Si usted no sabe, entonces… ¿Quién? – le dijo Nathalie.
- Su guía… ¿Dónde esta? – les pregunto.
Se cruzaron miradas de tristeza y de no saber que responder.
- Él… no está… lo secuestró Eliott… - dijo Diana.
- ¡¡Jesús!! – dijo el padre.
No había duda de que el único que podía curar a Emily era Caliel. Para eso, debían encontrarlo. Así que Elizabeth no tardó en preguntar lo más importante:
- ¡Padre! Si esta iglesia sobrevivió a la destrucción del portal con la tercera dimensión, significa que aún existe éste portal… ¡aquí! – dijo.
- No…es decir si, pero no servirá de nada. Todos los portales del mundo fueron alterados por aquella destrucción, hasta el que reposa aquí. Lo único que tenemos a nuestro favor es que, los malos espíritus no pueden ir y venir como se les plazca, al igual que ustedes.
Aquella explicación que dio el cura les pego fuerte en el corazón de cada una. Había cero por siento de posibilidades de rescatar a Caliel, pues no había manera de cruzar hacia la tercera dimensión. Era frustrante, pero real.
- No es posible… debe haber una manera de poder ir hacia Celeron… - dijo Elizabeth.
- En realidad… hay una posibilidad diminuta de… crear un vértice hacia allá, pero me llevaría… días, tal vez semanas… - dijo el sacerdote observando a Emily nuevamente.
- ¡¡Si!! ¡Si! Haga lo que sea… pero por favor, ¡necesitamos ir hacia allá! – dijo Elizabeth tomando del hombro del padre.
Se veía muy desesperada, pues su mejor amiga estaba sufriendo y aun no sabían por que. Además, todas querían que Caliel volviera, saber como estaba y si aun vivía, no perdían las esperanzas de que así fuera, por lo que dejaron sus destinos en las manos de Erick, y no titubeó en empezar de inmediato a crear el portal que las llevaría a Celeron. No tenía idea como, pero debía empezar ya. Buscó libros, hojas amarillas y otras cosas en su gran biblioteca del subterráneo. Era una inmensa morada bajo la tierra. Pidió ayuda a sus seguidores y alcoholitos, y le puso toso el empeño para poder complacer a las Ángeles, mientras a cada momento se repetía la frase “Es lo mínimo que puedo hace por ellas”.
Mientras tanto, Emily comenzaba de nuevo a tener escalofríos, a dar chillidos de sufrimiento. Las otras no podían hacer nada mas que mirarlas, mientras pasaban las horas en el reloj. Eran cerca de las tres de la tarde. Diana recordó algo.
- ¡Oh! Tengo que… debo… debo salir un rato – les dijo a las demás.
- ¿Qué? ¿A dónde vas? – le pregunto Nathalie.
- Tengo un asunto pendiente por ahí… eh, pero volveré luego, muy luego.
- ¿Un asunto pendiente? – preguntó Elizabeth. - ¿Con quien? Que nosotras sepamos, no conoces a nadie en Olidata.
- No voy a Olidata, voy a Garamond. Es una larga historia, pero… les contare después. Por ahora, saldré no mas de una hora, y volveré a ver como sigue Emily… - dijo Diana.
Entonces, las miró por última vez con una sonrisa y se marchó. Las otras dos se miraron con una mueca extraña de no entender nada.
Diana salió de la iglesia y pensaba tomar el mismo camino que tomaron cuando llegaron a Saint, pero la diferencia era que ella no podía volar. No tenia alas, por o que el camino era imposible reconocerlo por completo.
- “Preguntando se llega a la China” – dijo mentalmente. Y luego, partió.
Era una larga caminata, pues lo que en quince minutos de vuelo a pie se transformaban en casi una hora por un camino de tierra húmeda, llena de posas de agua, y no poseyendo mas que lo que con ella traía, sus pantalones, balerinas, camiseta, chaleco y un abrigo, todo esto bastante deteriorado y estilando. La lluvia no cesaba ni tampoco pensaba en hacerlo. El gran peso de su largo cabello la cansaba más que nunca, pero no se dio por vencida. Era una de las cualidades de Diana, ser perseverante, aunque a veces, porfiada.
El frío no lo sentía filtrarse por los agujeros de su ropa, ni tampoco en su cara. Cada paso que daba era como si caminara por un lugar se tierra seca, sin humedad, sin agua. Cuando llegó a Garamond, su misión era buscar la casa de Alan y aquello para ella era como quitarle el dulce a un niño, pues esa habilidad era la que tenía mas desarrollada. Cerró sus ojos, y en cuestión de una milésima de segundo, halló la casa e aquel joven. No estaba tan lejos de donde ella permanecía, así que no se le hizo largo el tiempo bajo la lluvia. Se percató del camión de Alan fuera de la casa. “¡esa es!” se dijo a si misma.
Alan era estudiante de medicina de segundo año, y empezaba sus clases en un mes. Era un joven muy esforzado y estudioso, por lo que en ese momento se encontraba leyendo algunos libros de cardiología y sistema circulatorio. Era su meta, ser cardiólogo. Sabia mucho al respecto y amaba su carrera. Por lo mismo, se le era fácil estudia. Llevaba horas haciéndolo cuando oyó la puerta. En ese instante se encontraba solo.
- ¿Quién es? – preguntó a la vez que abría la puerta.
Diana se encontraba mirando sus zapatos empapados y viejos, y cuando escucho a Alan alzó su cabeza y lo miró a los ojos.
- Hola Alan, soy yo… - le dijo con una sonrisa, a la que el joven se quedo pensativo un par de segundos.
- ¡Diana! Dios mío, ¿Cómo llegaste? Perdón… pasa, entra, ven.
La invito a pasar y a colocarse al lado del fuego de la chimenea. La chica venía como si le hubiera tirado un tanque de agua sobre su cabeza. Su cabello dejó el tapiz mojado al igual que la silla en donde se sentó.
- ¡Estas empapada! Agarraras una gripe si no te pones algo seco ahora. Espera, iré a buscar ropa de mi hermana…
- ¡No! No te preocupes, estaré bien. El… el fuego me calentara en un abrir y cerrar de ojos, ya lo veras. Además, me sentiría incomoda si usara la ropa de tu hermana…
- No hay problema, debes ponerte algo seco…
- No Alan, de verdad que estaré bien.
- Al menos deja ponerte esto encima… - le dijo pasándole una manta de lana gruesa y pesada.
- Gracias… muchas gracias…
- No hay de que… Bueno, y… ¿como encontraste mi casa? No recuerdo haberte dicho…
- ¡Ah, es que…! No es que… - Diana comenzó a tartamudear y no sabia que responderle. Iba ya en su naturaleza el no mentir, pero su conciencia le dijo “es una mentira piadosa”. – Iba… venía caminando por aquí cuando me encontré con tu camión ahí afuera. me pareció conocido y… me cerciore de que era el tuyo por el colgante que te di la primera vez que nos conocimos, es decir que nos vimos – dijo algo nerviosa.
- Ah… ya veo. Que inteligente – al parecer no le creía mucho el cuento, pero no tenia una razón para desconfiar de ella.
Diana lo miraba y sonreía, luego se percató de su casa entera hasta desviar su mirada hasta la mesa del comedor. Estaba llena de cuadernos, libros, enciclopedias, y lápices. La joven entendió.
- Ay no, te pille en un mal momento ¿verdad? Estabas estudiando y—
- ¡No… no! No te preocupes, ya había terminado.
- Ay lo siento, tu carrera debe ser muy dura y yo aquí quitándote tiempo… será mejor que—
- No, no, quédate. Ya había terminado, tranquila.
Entonces, Alan se puso de pie y cerró sus cuadernos, los guardó en un cajón y volvió a sentarse en frente de Diana.
- Ahora, ¿puedes decirme que hacías anoche en medio de la calle, en medio del frío que hacia ye en media noche? – le preguntó muy entusiasmado de escuchar una respuesta.
- ¡Ah! Es que…es un larga historia que algún día te la podré contar, pero no por ahora… - dijo mientras pensaba en su gran secreto.
- Oh, bueno. No te obligare a decirme, es solo que estabas tan sola que m preocupe un poco.
- No lo hagas. Nunca me pasará nada malo, confía en mi… - dijo dando unas carcajadas al final de la oración. Alan la miró extrañado. No entendía, pero al parecer tampoco quería entender.
- Pensé que… te habías ido a Olidata – el dijo él.
- Si, si… es que estoy acompañando a una amiga que está muy enferma y, bueno, por eso solo me puedo quedar unos minutos aquí.
- ¿Y tus padres?
Diana lo volvió a mirar a los ojos. No sabía que decirle. Por una parte, si le contaba lo del accidente, sabría que ella es la niña que buscan por todo el continente, a raíz de eso, encontrarían a las demás. Sería mucho remilgo. Si no le contaba, se sentiría mal pues no estaría confiando en él. Pero eso… ¿a quien le importaba? Recién lo estaba conociendo, no necesitaba tantas explicaciones.
- Mis papás y mis hermanos murieron en un accidente…
- Oh, perdóname…
- No hay problema… a veces, creo sentirme mejor que cuando ellos estaban… - al decir esto Alan descargó una mirada de molestia en Diana, quien no pensó lo que decía.
- Bueno… mis papás tampoco no están… vivo aquí solo con mi hermana mayor.
- Ya veo…
Luego de eso, guardaron silencio.
- Entonces, ¿estas sola aquí en Garamond?
- Con mis amigas, venimos de… paseo… - dijo nerviosa nuevamente.
- Ah…
La conversación fue interrumpida por Marion, la hermana de Alan. Entró rápidamente hablando sola, pero a la vez, hablándole a su hermano, no tenía idea de que este estaba acompañado. Cuando miró al par, paró de hablar.
- Disculpa, no sabía que tenías visitas – le dijo sonriente.
- Marion, ella es Diana, una amiga. Diana, mi hermana – dijo Alan.
- Mucho gusto – dijo Diana.
- Igualmente… ¿te molestaría si te quito a mi hermano un momento?
- Por supuesto que no… de hecho ya me iba – dijo Diana algo tímida.
- Espera Diana, aun no te vayas – le dijo el joven mientras se acercaba a Marion y comenzaba a tratar el tema.
Diana se quedó al lado del fuego, callada, no queriendo escuchar el parlamento de ambos, y cuando ya hubo terminado, Alan no se veía de buena cara.
- ¿Estas bien? Te noto palido… - le dijo la chica.
- Estoy bien, solo es un problema familiar… Bueno…quería llevarte…
- ¿A mi? No… no, yo puedo irme sola, tranquilo.
- No puedes, estas muy mojada aun… te enfermaras.
- No lo haré… no te preocupes.
Se sacó la manta de lana y la dejó sobre un sillón, se acercó a la puerta de entrada y se volteó al joven.
- Volveré en otra ocasión… - le dijo ella.
- Por favor, deja que te lleve…
- No Alan, gracias pero me gusta caminar y mojarme – le dijo ella nuevamente sin pensar. Solo unos segundo después se dio cuenta de que lo que había salido de su boca era realmente estupido.
- Bueno, bueno… pero cuando vuelvas quiero verte sana – dijo él entre risas.
- Por supuesto…
- Si quieres yo puedo ir a tu casa… si es que m dejas.
- ¡¡No!! No, o sea… no aun. Prefiero que no. Yo vendré a visitarte dentro de la semana que viene, ¿si?
- Espero estar, soy un hombre muy ocupado.
- Entonces, ojala tenga suerte.
Ambos se miraron a los ojos. Los de Diana, sin que ella misma se diera cuenta se comenzaban a cambiar de color, de cafés a lilas. Alan la observó con algo de pánico.
- ¡¡Tus ojos!!! – le dijo.
Diana supo entonces, que ya no seguían del mismo color. Se apresuro a darle un beso en la mejilla y desapareció entre los chaparrones de agua. El joven la miró mientras se alejaba. No se podía explicar lo que había visto. ¿Era real? No lo sabía, pero sintió como si hubiera descubierto algo, sin embargo, todos esos pensamientos se esfumaron al verla caminar quedando lo único visible al final, su larga cabellera con tonos morados y lilas, entre chorros de agua.
La noche se acercaba. La interrogante en todas era si irían de nuevo a combatir demonios como la noche anterior, por supuesto esta vez sin Emily. El que ella estuviera en un estado algo enfermo, no significaba un impedimento para salir y hacer lo suyo, pero no querían dejarla sola.
Erick seguía encerrado en una habitación sin haber salido en toda la tarde.
Elizabeth salió a dar una vuelta por alrededor de la iglesia para conocer un poco mejor el pueblo. La lluvia no cesaba y parecía que caía más fuerte cada minuto. No había mucha gente por las calles, y solo algunos negocios estaban abiertos. A pesar de esto, Elizabeth seguía caminando, pensando cosas, cosas del pasado, su pasado. Recordaba cuando iba a su liceo en compañía de Emily y Nathalie, en las clases que le alegraban que obviamente tuvieran que ver con ciencias, y también por supuesto en las clases que le opacaban el día, como historia o geografía. En sus notas, en sus pasatiempos, en sus quehaceres de la casa, en sus ex novios, en sus amigos. Recordaba la rutina de la semana luego de llegar del liceo, almorzar y dormir, o a veces no almorzar y dormir hasta las ocho de la noche. Su día se basaba en sueños, Internet y televisión, al igual que Emily. Sin embargo, no era una joven que no se esforzaba, pues estudiaba cuando había que hacerlo.
Caminó largo rato y se sentó en una banquita blanca de madera un poco deteriorada, in darse cuenta de que había una gran posa de agua en ella.
- ¡Mierda! – dijo Elizabeth.
Al voltearse para secarse su trasero, pegada en la espalda de la banca se encontraba una hoja bien manchada y mojada, con algunos pedazos perdidos, con el rostro de Emily, Nathalie y ella misma. El “se busca” ocupaba casi todo el afiche. Elizabeth recordaba haberlo visto en Olidata. El hecho de que la búsqueda de ellas tres llegara a Saint, no era una novedad, pero seguramente se extendía hacia las otras ciudades cerca de ésta, y las otras cerca de aquella que están cerca de ésta. Era muy posible que la reconocieran también, pues según ella, seguía siendo la misma, con el pelo mas largo.
Arrancó de inmediato la hoja de papel estilando y la arrugó con sus manos mirando hacia los alrededores. Una vez hecho una bola de papel mojado, lo sostuvo con la palma de su mano izquierda mientras se sacaba la venda de la derecha, para finalmente quemar el papel en su mano. Cayera la lluvia que cayera, el papel seguía convirtiéndose en ceniza. Cuando ya se hubieron volado todos los restos, volvió a ponerse la venda en su mano derecha y se devolvió por el mismo camino por el cual llegó allí.
Una gran y amarga sorpresa la esperaba a la vuelta de la esquina. Miraba hacia el suelo todo el rato, pero cuando caminó dobló hacia la derecha, levantó su mirada inconscientemente para observar a una persona que hacía varios meses que no veía. En cuanto presenció la silueta de aquel hombre, se detuvo y dejó de respirar. Su corazón se sentía latir fuertemente como si quisiera salir de su lugar. Si hubiera podido derramar alguna lágrima lo habría hecho, pero como no le era permitido, solo tragaba saliva hasta que le dolía la garganta. Aquella persona, quien iba acompañado de algunos policías y de una mujer muy bien vestida, contemplaba el mismo trozo de papel que hace un momento Elizabeth había echo cenizas. Conversaba con los policías y a la vez avanzaba hacia donde estaba la joven.
Elizabeth estaba paralizada, no podía caminar, no podía ni siquiera pensar. Estaba demasiado nerviosa, le sudaban las manos y no parpadeaba.
- Oh dios mío… - murmuró entre las gotas de lluvia. – Mi padre… -.
Aquella palabra no la pronunciaba hace mucho tiempo, y cuando la escucho desde su propia boca, no pudo evitar recordar aquellas memorias que había bloqueado durante años. Todo el dolor y sufrimiento que aquel hombre le había causado a ella y a su familia, hacían reaccionar a Elizabeth como si tuviera miedo de algo, de que si la veía se la llevaría muy lejos, de que podía perfectamente entregarla a la policía por ser sospechosa del incendio que mató a su madre y hermana. Podía llegar a ser así de cruel con ella y no lo dudaba. Debía salir de ahí lo mas pronto posible, pero aquellos impulsos parecían no llegar al cuerpo de la joven. Mientras el grupo seguía acercándose, ella no podía hacer más que quedarse parada y no ver otra cosa mas que su pasado pasando por delante de sus ojos.
Cuando ya se percataron de que había una niña en la esquina que los miraba atentamente, Elizabeth se mordió el labio inferior como una manera de reaccionar ante la situación. Luego caminó por el lado de ellos, mientras se arreglaba el cabello empapado. Nadie la reconoció.
Elizabeth no volvió a mirar hacia atrás. Si lo hacía sentía que una vez mas su cuerpo no respondería, por lo que siguió su camino a la vez que trenzaba su pelo hacia el lado izquierdo. Cerraba los ojos para no recordar a quien había visto, pero era inútil. Se lamentaba el haber tenido que ver a su padre, pues no había algo más doloroso y repugnante para ella que verlo a él y más encima con su otra mujer, por la que abandonó a Elizabeth y a su familia. Siguió tratando de librarse del acontecimiento mientras su labio sanaba, mientras se peinaba, y mientras a cada paso entraba mas agua dentro de sus zapatillas.
viernes, 25 de julio de 2008
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