lunes, 26 de enero de 2009

CAPITULO XXVII

Emily Thompson


- Cuando sentimos la presencia de Scarlette que crecía y crecía casi hasta llegar a su límite, nos pusimos nerviosas, ¿verdad? Creímos que iba a estallar o lo así. Pero el que en realidad estaba preocupado era su hermano, Aarón, porque de un momento a otro, mientras tratábamos de entender lo que le pasaba a Scarlette, él grito algo así como… “¡No!”, ¿cierto? Algo así…
- Bueno, gritó algo que no le entendimos bien, porque eran muchas voces a la vez… ya sabes cómo hablan estos demonios… pero tal como dijo Emily, se notaba preocupado, así que salió corriendo en una dirección que no fue la correcta a mí parecer… y voló. El otro demonio, que era más fuerte sin duda, lo siguió luego de unos minutos, y antes de hacerlo, nos dijo: “No pasará mucho para que nos volvamos a ver”…
- No, Beth. Dijo algo así como… “Nos volveremos a ver, no en mucho tiempo…”
- Bueno, es lo mismo. La cosa es que nos quedamos allí, quietas, a ver quien daba el primero movimiento. Jajaja… fue chistoso. De pronto, Nat dijo “¡Diana!”, así que salimos en busca de ella, y cuando llegamos ya no estabas…
- Si, Elizabeth… eh… bueno, eso fue lo bueno de anoche, ¿no? Ahora por fin puedo volar… ¡Soy feliz! Porque es lo mejor, lo mejor que puede tener un ángel.
La miré como si entendiera a lo que se refería. A mí parecer, el volar era lo máximo que un ángel podía hacer, como en los cuentos o en las películas… Bueno, al menos con Diana teníamos algo en común, por primera vez.
Caliel también escuchaba nuestra versión de lo que había pasado hace unas horas. El sol ya había salido por completo, y hoy era el día en que los Ángeles del Sonido llegarían a nuestro país, luego de un largo viaje supuestamente.
- Entonces… ¿vienen de América? – le pregunté a Caliel.
- Si… Norteamérica precisamente.
- Mi sueño ir para allá… - dijo Elizabeth entre la conversación.
- ¿Y no sabes la hora en que llegarán? – dijo Diana.
- Dentro de la mañana… así que creo que no deben estar muy lejos – dijo Caliel.
- Es un viaje muy largo… - dijo Nathalie.
- Pero vienen volando, ¿cierto? – pregunté.
- Por supuesto, así que será mejor que los vayamos a recibir. Pónganse lo mejor que tengan… no muy estrafalario, y… nos juntamos en la salida…
Todas entendimos muy bien, y por lo que dijo Caliel, debíamos cambiarnos de ropa. La poca que teníamos aún, nos sirvió de algo, para combinarla, e incluso cambiarlas con las demás. Aparte, Elizabeth no había salido de shopping ayer, así que le prestamos alguna tenida y quedó contenta. Después de todo, ya todas teníamos el mismo cuerpo femenino.
- ¿Por qué no me dijeron que irían a comprarse ropa? – preguntó poniendo una cara triste.
- Fue algo de último momento… además, aun están las ofertas aquí en el centro si quieres ir… - le dijo Diana.
- Ay, por favor… no me digas que la pasaste mal ayer, porque no te creo… - le dije con una cara muy comprometedora y sonriente.
- Jajaja… no he dicho que la pasé mal… pero me hubiera gustado ir y cambiar esos trapos que llevo usando desde hace mil años…
- Bueno… al menos cuéntanos como te fue con Gary… - le pregunté sin dejar de sonreír.
- ¿Gary se llama? – pregunto Nathalie sonriéndome.
- Si… van en su último año de colegio.
- Entonces… es un año mayor que tú… ¿vive aquí? – preguntó Diana.
- No… vive en Garamond. Pero a menuda viene para acá a visitar a sus abuelos. Generalmente los viernes, y a veces… durante la semana…
- ¿Es normal? – pregunté por si acaso.
- Eh… eso creo – me respondió casi lanzando una carcajada.
- ¿Y tiene futuro? – pregunté luego.
- Bueno… si, si… quiere ir a la universidad, ser alguien en la vida… me recuerda a mí en el año pasado… - su cara se llenó de melancolía, pero no era de mostrar ciertos sentimientos hacia la gente, por lo que se terminó de abrochar sus zapatillas, y se puso de pie, esperándonos.
- Bueno, bueno… ¿y tú Nathalie? ¿No has conocido a nadie? – le preguntó Diana también riéndose sigilosamente. Natalie la miró y le devolvió una sonrisa sin ganas.
- Eh… la verdad es que… hay alguien que… lo vi hace unas semanas y anoche volví a verlo…
- ¿Dónde? – le pregunté.
- En el bosque…
- ¿Y cómo era? – le preguntó Beth.
- Es que… no estoy segura… parecía que era… no se… como—
- ¡¡Hey, chicas!! ¡apúrense que estamos en la hora! – gritó Caliel de repente, interrumpiendo a Nat. Luego entró al cuarto a presionarnos otra vez.
- ¡Ya vamos! – le dijo Beth.
- ¿Y a dónde iremos? – le preguntó Diana.
- Solo apresúrense… - dijo Caliel y salimos todas detrás de él, a pasos rápidos y ligeros.
Fuimos a Garamond en una dirección que conocía, pero aún no sabía de qué lugar hablábamos. Pasamos la ciudad en sí, así que más me entró la duda de hacia dónde nos dirigíamos, hasta que divisé un lugar de mucho ruido, con mucha gente, y mucho equipaje.
- ¿El aeropuerto? – pregunté mirando algunos aviones en la pista cuando pasamos.
- Por supuesto, te dije que venían volando… - me dijo Caliel muy seriamente. Quedé como un chiste.
- Pero… yo pensé que venían volando… volando, volar… - le dije haciendo con mis brazos y manos, un gesto de alitas de pájaro, con el que todas se rieron.
- No… vienen “volando” – dijo e hizo un gesto con su mano derecha recta y rígida extendiéndose en la distancia, como el despegue de un avión.
- ¿pero por qué? – pregunté.
- Es un viaje muy, muy largo, Emily. No podían volar por ellos mismos. Podía ser muy arriesgado y más si traen a su guía con ellos. Prefirieron tomar un avión, después de todo, el dinero no les falta… - dijo mirando entre la multitud.
Nos asomamos por entre la gente que pasaba en montones, pero no veíamos nada aún. Sin embargo, de golpe nos llegó una presencia realmente fuerte y notoria, como una brisa que entra de pronto y se cola por todo el lugar. Miré a las demás.
- ¿Sintieron eso? – nos dijo Caliel justo en el momento en que yo lo iba a decir.
- ¿Son ellas? – preguntó Beth.
- Ellos… si – dijo Caliel corrigiéndola, haciéndonos entender a todas, que no eran solo chicas, si no que había alguna presencia masculina y quizás más de una.


Nathalie Denat


Sin duda, eran tres presencias fuertes, muy fuertes. Tal vez superiores a las de nosotras. Eso me hacía pensar mucho. Se suponía que ellos se habían desarrollado antes que nosotras, y sin embargo, en teoría eran más débiles. Quizás el tiempo no tenía nada que ver, pero de alguna manera, comencé a sentirme incomoda.
Aun no los veíamos, pero el aura aumentaba más y más en nuestro alrededor. Entre aquellas, había una en particular que sentía conocerla. No se dé a donde, pero ya había estado con ella antes. Era un hombre.
En el momento en que Caliel sonrió y dijo “ahí vienen”, traté de mirar lo más alto que pude, pero aún no lograba ver nada. Se acercaba. Apoyé mis talones rindiéndome y esperando a que solo vinieran hacia nosotras. Miré el suelo de cerámica liso de color celeste agua. De pronto, Caliel se adelantó un poco y se encontró con el que venía delante de los otros tres, con una vestimenta parecida a la que Caliel llevaba la primera vez que lo vimos, media anticuada, pero no se veía mal. Aunque claro, el guía era un tanto más viejo que el de nosotras.
Se dieron un abrazo con una sonrisa de oreja a oreja, como si no se hubiesen visto en años. Al parecer era así. Caliel los acercó hacia nosotras, y ahí fue cuando apreté mis puños junto a mi pantalón, y me eché el pelo verde hacia atrás. Estaba segura de que había uno que ya conocía, y todavía no levantaba mi rostro.
- Mehiel… que gusto tenerlos por acá. Sean bien recibidos… - decía mientras los conducía hacia nosotras.
Cuando ya los tenía a todos en frente mío, levanté la mirada y los observé a todos con gran ilusión. El guía, Mehiel, era de cabellos grises por las canas, y tenía barba y bigotes acompañando su cara. Sus ojos eran cafés oscuros y sus facciones no eran del todo añejas. Le quedaba vida por delante. Tenía una sonrisa que no se la quitaba nadie cuando nos conoció. Sus dientes eran casi perfectos si no fuera porque tenía más de treinta años. Tampoco era muy alto, así que no me preocupé por saludar en punta de pies.
Ahí estaba el otro… el que sentía haberlo conocido. Lo miré largo rato antes de que nos presentaran. Traté de disimular, pero trataba de acordarme de quien era.
- Ellas son las Ángeles de los Elementos, Mehiel… Nathalie, Diana, Elizabeth y Emily – nos presentó de acuerdo a nuestra posición, y cuando me nombró de las primeras, no se me ocurrió decir nada más que “hola”, al igual que mis amigas.
Sentía que nos miraban extraño, al igual que toda la gente que pasaba por nuestro lado. Pero era una mirada distinta, digamos, no de “¿Qué mierda les pasa?”, si no de… “Las conocí… estas son las Ángeles más fuertes de la historia, que emoción”. Bueno, al menos eso sentía yo. No tuve el valor de meterme en sus cabezas, ni tampoco me sentía la gran cosa. Es más… ¿Quién era yo comparado con ellos?
- ¡Hola, hola! Gusto en conocerlas – dijo Mehiel haciendo una reverencia ante nosotras. ¡No! ¿Qué es eso?
- El gusto es de nosotras – dijo Emily sonriendo.
- He aquí los Ángeles del Sonido. Aidan, Astrid y Evan – dijo también por orden. Así que Evan… se era su nombre.
¡Dios! Ya lo recuerdo… anoche… en el bosque… ¡es él! Estoy segura de que es el mismo… ¿es un ángel? ¿Cómo? No tenía presencia anoche, y ahora… ¿resulta que es un ser celestial? No puede ser, debo haberlo confundido… pero… ¡No! Es él… yo lo vi, me acuerdo de su rostro… es el mismo.
Mientras me debatía entre mis juicios, cada uno nos saludo de besos en la cara, incluso la niña, Astrid, que se veía bastante bien con su ropa no moderna como la de nosotras. Llevaba un vestido blanco con un pañuelo de esos que cubren la espalda, adornado con un broche de plata y brillantes en su hombro derecho. Era de color mantequilla y sus zapatos también. No era alta, de hecho, tenía la misma estatura que tenía yo antes de convertirme en mitad ángel. Su cabello me impresionó. No era largo ni de color como el de nosotras, pero sí sus ojos. Su pelo que estaba atado con un moño en la nuca era castaño claro, casi podría decirse que era rubia, al igual que sus ojos, dorados y brillantes. Tenía en la mano derecha, lo mismo que todas: una venda blanca con una especie de rosario envuelto. Me sentí menos incomoda al analizarla. Sin embargo, al escucharla saludarnos a todas – y creo que no fui la única que sintió lo mismo- quedé más que impresionada, impactada por su voz. Era hermosa, suave y dulce, que con tan solo escucharla, se sentía un ambiente tranquilo y sereno. Era la voz más perfecta y armoniosa que había escuchado en mi vida.
Cuando el segundo joven nos saludó tras Astrid, era totalmente común y ordinario. Aunque podía juzgar que era el más fuerte de los tres. Se le notaba en su aura, en sus ojos por supuesto, eran más intensos que los otros. Parecía que Diana también lo notó, ya que no dejaba de mirarlo. Estaba atontada, pero no la tomé en cuenta. Aidan era tan común que no vale la pena describirlo, pero para diferenciarlos, era el más alto que el otro, con cabello café oscuro, labios normalmente gruesos y ropa… bueno, jeans oscuros y una blusa blanca con algunos otoñes desabrochados, con rayas grises.
Ahora por fin, podía decir que el último en saludarnos, era el que más me interesaba y no porque fuera el más apuesto, si no porque ya lo conocía y me había convencido de eso. Aunque él me miraba como si nunca me hubiera visto en la vida.
El sí era más moderno que Aidan, con jeans, zapatillas y polera blanca con algunas letras insertas de color negro. Había algo eso sí, que me hacía diferir en mis conclusiones. Quizás estaba equivocada y no era exactamente la persona que vi anoche. Pero no sacaba nada con hablarme a mi misma y quedar en la duda.
- Te conozco… - le dije cuando terminó de saludarme. Sentí esa esencia, casi idéntica a la de anoche en el bosque.
- ¿Perdón? – me dijo sonriendo.
- Te vi… anoche… - le dije mirándolo con mis ojos verdes. Esto hizo que su sonrisa se disipara de a poco.
- ¿De qué hablas Nathalie? – me preguntó Caliel.
- De que lo vi anoche en el bosque… - le dije muy seria.
- No puede ser… acabamos de llegar aquí… anoche estábamos en el avión – me dijo Mehiel tratando de entenderme.
- Pero yo lo vi, en el bosque… eras tú, o por lo menos… vi a alguien idéntico a ti…
- ¿Qué dices? – me preguntó Diana despacio.
Rápidamente, la expresión de Evan y de su guía cambió a una de impresión y nerviosismo. Se miraron entre ellos disimuladamente, pero igual logré verlos. Caliel también miró de forma extraña, y los demás estaban tan confundidos como yo.
- Seguramente te confundiste, Nathalie… - me dijo Caliel.
- Pero yo—
- Será mejor que regresemos a Saint antes de que se ponga a llover… últimamente el sol sale por unos minutos, y el resto del día no para de caer agua – dijo Caliel riéndose entre pausas, mirando a los otros Ángeles. Em, Beth y Diana me miraron con un gesto de pregunta, pero no les dije nada. Nos dimos la vuelta y caminamos para ponernos en marcha hacia el pueblo. Tenía preguntas que aclarar, y sabía que en todo esto había gato encerrado. No leí sus mentes. Preferí que me dijeran lo que ocurría más tarde. Lo harían sí o sí.



Al llegar a la capilla, recién allí pudimos conversar y compartir algo con los recién llegados. Nos sentamos en una sala parecida a un living, cerca de nuestras habitaciones. Nos contaron su historia resumidamente. Astrid era la hermana menor de Aidan, y estuvieron a punto de morir por una enfermedad que se propagó al norte de Estados Unidos. Mehiel los salvó a tiempo. Estuvo varios años buscándolos, hasta que finalmente los encontró en el momento preciso y los salvó. Lo diferente de su historia a la de la nuestra, es que ellos aun tenían a su familia, sus demás hermanos y sus padres. Claro está, que nunca más los volvieron a ver, ni tampoco creían que los volverían a ver más adelante. Quizás era el tema que más les costó aceptar, pero sí de su nueva transformación hacían de este mundo uno mejor para toda su familia, no dejarían pasar la oportunidad, así que se unieron luego de pensarlo un poco. Lo encontré algo injusto eso sí, el que ellos aun tuvieran a alguien que los quisiera y que a lo mejor los esperaban, y nosotras no.
Contamos nuestras historias, ya que Evan no se encontraba allí. Me percaté de que entró a la biblioteca en donde Caliel solía pasar mucho tiempo, junto con su guía. No pregunté nada, pero me debían una explicación, que la pediría mas tarde. No pasó mucho tiempo para aquello.
- Nathalie, Caliel te llama… - me dijo Evan asomado por la puerta de la habitación. Yo lo miré y me puse de pie en seguida para entrar. Aun no podía creer que él era la persona que había visto la noche anterior. La verdad no estaba segura, pero era lo más probable.
- ¿Me llamaste? – dije al entrar asomando mi cabeza por entre el umbral. - ¿Hay… algún problema? – dije a los segundos después, al ver que los tres me quedaron mirando serios y algo molestos.
- Cierra la puerta – me dijo Caliel.
- ¿Qué sucede? – dije luego del sonido de la manilla. Me acerqué a ellos. Mehiel estaba sentado en una silla con uno de sus codos apoyado en la mesa de Caliel, en donde trabajaba diariamente, y éste estaba apoyado en la mesa de pie, con los brazos cruzados. Evan estaba en la ventana mirando hacia las afueras. Parecía nervioso.
- Queremos que nos hables acerca de este individuo que viste anoche… - dijo Mehiel mirándome fijamente a los ojos. Cuando terminó su oración, miré a Evan sin que él se diera cuenta.
- ¿Estás segura de que Evan era el que estaba ahí en el bosque? – me preguntó Caliel, seriamente.
- Bueno… si… - dije no muy convincente, por lo tanto, no me creyeron nada. Evan me miro de reojo.
- ¿Cómo es eso? ¿Sí o no? – me dijo Mehiel.
- Eso creo… es que… la verdad es que no lo se… esperaba que me dijeran ustedes.
- Pero… primero nos dices que era él, ahora que no sabes. ¿Qué es lo que te hace dudar? – me preguntó Mehiel.
- No se… supongo que, ahora que lo veo… tienen diferencias…
- ¿Cuáles, Nathalie? – me dijo Caliel.
- Eh… bueno, empezando por la vestimenta… nada que ver con la que vi anoche, era… oscura y… no sé, “dark”… - dije comenzando a ponerme nerviosa. Noté un que Evan movió la cabeza para mirarme.
- Ya. ¿Qué más? – dijo Mehiel.
- Eh… era… es que eras tú, eras tú… lo recuerdo, es la misma cara, el mismo cuerpo, las mismas facciones… eres idéntico… - dije tratando de darme por vencida antes de tiempo.
- Tú lo has dicho, Nathalie… idéntico, pero no se trata de Evan – dijo Caliel.
- Pero, yo—
- ¿Qué otras diferencias recuerdas? – me peguntó Mehiel interrumpiéndome. No sabía a lo que querían llegar. Estaba hartándome.
- Eh… eh… creo que… era rubio, muy rubio… - dije mirando el suelo. Tras decir esto, Evan cerró los ojos y miró por la ventana, haciendo una expresión de “maldición”, o lamentándose por algo.
- ¿Rubio? – me preguntó Caliel.
- Si… de eso estoy segura…y… sus ojos… eran, rojos… como los de… - me detuve para percatarme de la cara que tenían todos, como decepcionados o frustrados, o diciendo mil garabatos por dentro. Le eché un vistazo a cada uno antes de terminar mi idea. –… un demonio… - dije.
- ¿Qué hay… de su presencia? – me preguntó Caliel. Era la pregunta más importante.
- Él… no tenía – dije para terminar. Quizás alguno de ellos quiso desmayarse, pero las circunstancias ameritaban a más de eso, tal vez.
El ambiente cambió drásticamente, y fue cuando se escuchó el primer trueno del día. La lluvia comenzó de a poco y el cielo perdió su brillo. Todos callaron por un instante. No sabía que mas decir. Me miré las manos y quise entrar en la mente de todos al mismo tiempo. Al momento en que lo iba a hacer, Mehiel habló:
- Te dije, Evan… ¡te dije que debías mantenerlo alejado!
- ¿Qué querías que hiciera? Se me fue de las manos – respondió el ángel.
- ¿Quién? – dije confundida.
- ¿Qué quieres decir con que se te fue de las manos? – preguntó Mehiel otra vez.
- No hay nada que pueda hacer… ¿Qué quieres? ¿Qué lo mate? – dijo Evan.
- Nadie ha dicho eso, Evan… - le dijo Mehiel.
- ¿Quién? – volví a preguntar.
- Pero si ya es totalmente demonio, no se puede hacer nada… - dijo Caliel.
- Ese es el problema… ahora está transformado al igual que tú, Evan – dijo Mehiel.
- ¿De quién hablan? – pregunté otra vez. Parecía que no me tomaban en cuenta.
- No intentes pedirme algo que sabes que no haré… ¿Cómo iba a saber que volvería? – dijo Evan.
- Deberías saberlo… - dijo Mehiel.
- ¡Por favor! No lo veo hace varios años, Mehiel…
- ¡¿A quién?! – me empezaba a cansar de la situación.
- Pero Mehiel, sabes que él no es como los demás de su clase…- le dijo Caliel, comprensivamente.
- El que haya rechazado su destino, no lo hace menos poderoso de lo que es… ni tampoco humano.
- ¡¡¿Podrían decirme de quien mierda están hablando?!! – grité al mismo tiempo que quebraba una silla que estaba a mi derecha. Todos callaron nuevamente. Nunca me había visto tan enojada. Quizás alterada, pero gritona…Mmm… esa era Emily.
Caliel se acercó a mí y me tomó las manos. Mientras lo hacía, me formuló otra pregunta.
- Nathalie… esta persona… ¿hablaste con él? ¿combatieron? ¿Qué paso? – me dijo.
- Bueno, yo… le pregunté quién era… qué era… y él no me decía nada, más que me alejara de él… - en ese momento paré la idea que tenía para decir en mi cabeza, porque Evan, mientras miraba por la ventana, trataba de decirme algo mentalmente. Lo miré sorpresiva, pero éste parecía distraído. Solo disimulaba. “No les digas que te hizo algo… no les digas que te hirió o algo así, por favor…”.
- ¿Qué te alejaras de él? – dijo Mehiel.
- Si… él supo en seguida que yo era un ángel… - dije mirando a Caliel. Evan seguía insistiéndome, pero no entendía nada. Me decía “No les digas más por favor… te explicaré todo… ero no digas nada más…”, sin mirarme ni inmutarse. Solo estaba quieto y miraba por la ventana, como poniendo atención a algo de afuera, o a las preguntas de allí adentro.
- Pero… ¿pelearon? ¿Qué te hizo? – dijo Mehiel, poniéndose de pie junto a la mesa.
- Yo… - dije mirándolos a todos muy nerviosa, con mis ojos de esmeralda bien puestos en Evan. No sabía si creerle a éste, o solo decir todo lo que había ocurrido anoche, aunque Evan seguía insistiéndome con lo mismo, que no les dijera nada, por favor… blablabla…
- ¿Qué te hizo? – me dijo Mehiel.
- Él… - era imposible controlar mi nerviosismo. Caliel lo notó. – Él no me hizo nada… solo se fue sin decirme nada… - dije mirando el suelo. No sabía que decir una mentira a estas alturas de mi vida, fuera tan complicado, tan difícil, tan… no sé.
- ¿Estás segura? – preguntó Mehiel acercándose a mi lado.
- Si, si… - dije quitando mis manos de las de Caliel. Por supuesto, no podía leer los pensamientos de éste ya que me lo había hecho prometer hace unas semanas, pero no era necesario meterme en su mente para saber que no creyó ni una palabra de lo que dije finalmente. Solo me miró a los ojos, sin que yo le devolviera la mirada. No podía… con qué cara. Sin embargo, sabía que yo mentía, y se quedó callado al respecto.
- Entonces… hay que tomar cartas en el asunto – dijo Mehiel volviendo a su asiento.
- ¿Puedo irme? – pregunté levantando la mirada lentamente.
- Si, vete – me dijo él mismo.
Di media vuelta, me acerqué a la puerta, giré la manilla, y lo último que vi al voltearme, fue la cara de Evan, mirándome de reojo. Todo lo hice muy rápido.
Con tan solo aquella mirada, pude comunicarle que debíamos hablar. Aun estaba confundida, y no entendía nada. Nunca me respondieron de quien estaban hablando. Era lo único que me interesaba saber.
Pasé por donde la juventud conversaba. Diana se paró y me preguntó:
- ¿Qué pasó? - .
- Nada… cosas sin importancia… - le dije mirando a otra parte. Otra mentirilla más.
- Claro… vamos, Nathalie… dime… ¿Qué paso?
- Nada, en serio… la verdad es que aun no puedo contarte porque ni yo se lo que esta pasando…pero—
- ¿Es mu serio?
- No… no. Te contaré… solo que no ahora…
- ¡Oye, Nathalie! – me gritó Aidan desde un sillón en la esquina de la habitación. Se suponía que mi conversación con Diana era en privado, y traté de mantener mis pensamientos alejados por un momento. – Ven… únete a nosotros y cuéntanos tu historia…-.
- Yo— no pude seguir hablando, ya que por la puerta de donde recién venía saliendo yo, salió Evan sin mirar a nadie, en dirección a la salida. Lo miré de reojo hasta que lo perdí. – Ahora no puedo… debo hacer algo…
- Nat es un poco… conservadora… - dijo Emily sonriendo. No me molestó aquel comentario, por ahora solo quería saber la verdad acerca de este tema que ya me sacaba de mis casillas.
- ¿Nat? Ah… Nathalie… - dijo Astrid.
- Si… un pequeño apodo de hace años… - dijo Emily mientras yo salía por la puerta hacia la capilla. Diana me siguió con la mirada, y creo que luego volvió a su lugar. Seguramente pensó que había tenido problemas con Evan en la biblioteca, ya que salí detrás de él. Más tarde le contaría todo.
Estaba lloviendo más fuerte que antes, y las escaleras estaban cubiertas de charcos, al igual que las veredas y calles. Salimos al jardín por la capilla, el cual estaba realmente bonito, sobre todo ahora que todo se cubría de gotas de agua.
- Se nota que cuidas muy bien el lugar – me dijo caminando en frente mío.
- Gracias… - le dije siguiéndolo. Al parecer, iba en busca de una banca debajo de un gran árbol con hojas verdes y grandes.
Se sentó. La madera del asiento estaba lo bastante mojada como para quedar con el trasero empapado. Dudé en sentarme unos segundos, hasta que finalmente lo hice. Él sonrió.
- Gracias por no decir nada, de verdad… sé cuánto cuesta no decir la verdad – me dijo mirándome fijamente a los ojos.
- Lo hice solo para que me dijeras que es lo que está sucediendo – dije secándome las manos en mis pantalones. Aparté mi pelo a un lado, y él miró todo lo que hacía. Me incomodé un poco.
- Bueno… es complicado…
- Lo entenderé… ¿de quién estaban hablando?
- La persona que viste anoche… yo la conozco…
- Eso creí… ¿quién es?
- Él es… mi hermano… gemelo – dijo mirando sus anos que se apoyaban en la banca. Lo noté titubeante por unos segundos. Me quedé pensativa y en silencio también.
- Ya. Eso explica un par de cosas…
- La verdad es que no lo veo hace varios años… - luego que dijo eso, comencé a procesar la información, y de un momento a otro me llené de preguntas.
- ¿Pero…? ¿Cómo puede ser tu hermano? Es decir… ¿Cómo él es un… y tu eres…?
- Es una larga historia, Nathalie.
- Me agradaría escucharla.
- ¿Él te hizo algo, verdad? ¿anoche…?
- No me cambies el tema.
- Solo quiero saber…
- Eh… bueno… si – al decir esto, cerró los ojos como lo hizo cuando conversábamos con Caliel y Mehiel, como lamentándose por algo.
- Lo siento.
- No debes…
- Me prometió no hacerle daño a nadie…
- Es que—
- ¿Qué te hizo?
- Es que… fue extraño… no sabría cómo explicarlo, porque la verdad es que no lo tengo muy claro.
- Tendré que reunirme con él y hablarle… - después de eso no dije nada. Volví a la pregunta crucial.
- Explícame… ¿por qué él es un demonio y tú eres un ángel?
- Mmm, Nathalie. Fue hace años atrás… verás, yo tocaba el violín en el taller de música de mi escuela.
- Genial…
- Bueno, lo hacía… la cuestión es que, en mi último concierto, debía hacer un solo por unos cinco minutos. Ese fue el sueño de toda mi vida, y estaba muy emocionado, aparte de que mi madre y mi padre estaban allí, junto a Ziro.
- ¿Ziro?
- Mi hermano…
- Ok.
- Bueno, comencé a tocar… y… eh… resulta que cuando toco con tanta concentración… es algo así como que… “me voy”…
- Jajaja… te entiendo. ¿Te vas a otra parte?
- Mentalmente, si… es normal en los músicos…
- Por supuesto…
- Y… creo que esa vez fue una mala idea “irme”…
- ¿Qué pasó?
- Hubo una fuga de gas… mientras hacía mi solo… parece que vino de la fabrica en frente del teatro… y… bueno, fue una gran cantidad que se disolvió por todo el lugar, y mis padres y mi hermano estaba en la primera fila de los asientos…
- Dios… - miré hacia mis rodillas. Me sentí más incomoda que antes, porque se notaba que el tema era triste y lo a él le hacía mal contarlo.
- Como te imaginaras, no alcanzaron a salir ya que las puertas estaban al final de los asientos, por atrás… se intoxicaron con otro grupo de personas y algunos músicos…
- ¿Y tú? ¿Qué hiciste?
- ¿Sabes lo que hice? – hizo una pausa para esperar mi respuesta, a lo cual moví mi cabeza en respuesta de no. – Me quedé… ahí… parado, sin dejar de tocar las cuerdas… estaba, como te dije, tan “ido”… que mi mente no funcionaba para nada más que leer las notas musicales... y lo peor, era que yo olía el gas, y aún así no procesaba el aroma… de hecho, me desmayé sin dejar de tocar… los asistentes que sacaban a las personas estaban un poco mareados también… quizás por eso se demoraron en sacar a la gente del frente…
- ¿Qué pasó… contigo después? ¿Y con Ziro?
- Quedé un rato tendido en el suelo… como atontado y con nauseas… apenas abría los ojos, y… lo único que vi… es que por una puerta lateral del salón, salió un hombre, con vestimenta de monje, con capucha. Se dirigía hacia a mí, y al pasar por mi familia, quedó mirando a mi hermano, como si no entendiera que éste era idéntico a mí. Para ese entonces, mi familia ya había muerto…
- Lo siento…
- Se suponía que Ziro también lo estaba, o al menos eso creí al verlo tirado bajo su asiento en la madera. El monje se dirigió hacia mí, mientras a mí se me escapaba una lágrima sin mover siquiera un musculo de mi cara. Me tomó en brazos, y… luego no me acuerdo. Hasta quizás, una semana después.
- ¿Un… monje?
- Si… más tarde descubrí que era Mehiel quien me había salvado. No sé cómo, pero él entró y salió sin que le afectara el gas, o lo que sea que se haya fugado. Desperté, creo, en una iglesia de Oxford. Ahí me explicó lo que había pasado con mi familia, mi hermano y mis padres, y… bueno… creo que te imaginas como me sentí… ¿Tu también pediste a tu familia?
- Si… es decir, mi padre murió cuando era pequeña, y mi madre hace unos meses, cuando me pasó todo esto… - miré el árbol sobre mi cabeza y supe que no quería hablar de eso. Seguí con el tema anterior.- Bueno, y… ¿Cómo es que tu hermano está vivo?
- Según lo que él me dijo, lo recogieron ese mismo día, cuando estaba a punto de morir asfixiado. No sabe que pasó después, ni quien lo recogió en ese momento. Pero dice, que se despertó uno días después, por el calor que había en aquel lugar. Estaba tendido en una cama de sabanas negras y respaldo de oro, acompañado de un grupo de… demonios, de alta categoría. Lo más probable es que estaba en el Inframundo.
- ¿Inframundo?
- Si… la mayoría de los demonios vienen de allá, y pasan por la tercera dimensión para llegar a esta… ahora que el portal ha sido roto – aquel comentario me hizo bajar la cabeza. No sabía si él tenía conocimiento de que participé en aquel hecho. – Como sea, se despertó siendo ya diferente. Es decir, no era totalmente humano, sino mitad y mitad…luego le enseñaron algunos trucos e intentaron de borrar su memoria, pero no lo consiguieron…
- ¿Por qué?
- El rechazo de Ziro…
- ¿Rechazo? ¿Es por eso que él no es como los demás demonios?
- Bueno, él es demonio ahora cien por ciento. El que no actúe como uno se debe a que toda su estancia como mitad humano, mitad demonio la rechazó. Es decir, no aceptaba lo que le estaban haciendo. Su mente comenzó a fraccionarse negativamente y a revelarse en contra de los fortis…
- ¿Cuándo supiste que él estaba vivo?
- Mehiel me juntó con los hermanos “A” hace unos siete años, para comenzar nuestro entrenamiento. Nuestra práctica requirió un año para dominar nuestros poderes y dones, y para aprender a volar. Al final de ese año, una noche de bruma, vi a Ziro en la cima de una torre de teléfonos de Oxford, y quedé convencido de que era él, nadie me quitó eso de la cabeza.
- ¿Le hablaste…?
- No aquel día… una semana más o menos después, lo volví a ver en el mismo lugar. Ahí me paré en frente de él, y…
- ¿Y…?
- Supe que ya no era mi hermano… por lo menos no el que nació junto conmigo un catorce de Junio... hace diecinueve años…
- Te ves mas joven.
- Jajaja… solo por mi transformación…
- Si… claro. ¿Y luego que paso?
- Bueno, aunque el ya era mitad demonio, su aura era la de una persona sin malas intenciones. Digamos, buena, sincera… eso fue lo que me hizo pensar y descifrar, que Ziro había rechazado su transformación, por lo menos, mentalmente. Su transformación casi se completaba y ya poseía un poder, el cual no me lo quiso revelar. Se desarrolló casi al mismo tiempo que yo. Ahora, como verás… es un demonio por completo, y muy poderoso…
- Si él es un demonio en su totalidad… ¿Por qué no sentí su presencia?
- El que sea mitad humano, no es la única razón que se necesita para que no haya presencia. Si eres fuerte, casi llegando a ser un fortis, puedes esconderla, ocultarla para que los Ángeles no la detecten. Es una habilidad de los demonios de mayor rango. Y… al parecer, mi hermano es lo suficientemente poderoso como para que su energía se esconda casi sin intención.
- Es extraño… que mientras pasa el tiempo, se haga más fuerte, siendo que su mente está completamente bloqueada al mundo demoníaco.
- Debió ser algo que le otorgaron al transformarlo. El demonio que te penetra en todo el cuerpo, va comiendo parte de tu vida, y toda esa energía puede utilizarla para diferentes cosas, quizás para darte un poder, o en este caso, para ir evolucionando sin tope. Tal vez, los demonios responsables nunca se imaginaron que Ziro reaccionaría de forma negativa al proceso.
- Entonces… ¿Él no pertenece a ellos?
- No a la “Organización”… va de un lugar a otro, escondiéndose, tratando de no hacer mucho daño a nadie, y aun así sigue siendo un demonio. eso no se puede negar.
- Entonces… sí es bueno.
- No te confíes. Los demonios son traicioneros…
- Él no es igual que el resto de ellos.
- Pero es fuerte y con poderes… puede usarlos para herir si es necesario…
- Si, lo se…
- Eso. Dime… ¿Cuál es su poder? Necesito saberlo – callé un instante. Dudé en decirlo y no sabía por qué. Me daba la impresión de que Evan no confiaba mucho en su hermano.
- Exactamente no lo sé… pero él… no sé, como que… algo le hacía a la naturaleza de del bosque… como, que marchitaba todo a su paso, lo quemaba, lo dejaba seco y negro, lleno de cenizas negras.
- ¿El bosque?
- Si… las plantas, los arboles, las flores, el pasto…todo. Incluso a mí…
- Lo sabía… mata la naturaleza. Es solo con la energía, el aura de su cuerpo.
- Quieres decir que… ¿mata todo lo que esté vivo?
- Solo la flora. Los animales y personas pueden vivir tranquilos.
- Pero… ¿por qué entonces me afectó a mí?
- Date cuenta, Nathalie. Eres… eres como… Mmm… como decirlo…
- Dilo.
- Tú eres la naturaleza de este mundo, como… la madreselva… la tierra… la vida. ¿crees que no debería afectarte, entonces?
- Bueno… que mala suerte la mía… ¿soy la única persona que Ziro sin querer hace que me sienta como… sin vida?
- Eh… si. ¿sentiste eso anoche?
- Al acercarme… a una cierta distancia… me iba debilitando, las piernas me tiritaban al igual que las manos. Me faltaba el aire… fue horrible. Sin embargo, el me advirtió… que no me acercara a él…
- Debes tener cuidado, Nathalie. Puede… ser fatal.
- No puedo morir, ¿lo sabes?
- ¿Solo porque te regeneras? Hay otras formas de matar a un ángel, Nathalie.
- Jajaja… ya. ¿Cómo cuales?
- ¿Te preguntas porqué todas ustedes no tienen a sus familias vivas? ¿O por lo menos sus padres vivos?
- ¿Qué quieres decir?
- El que haya pasado aquella tragedia, es… para mejor.
- ¿Para mejor? ¿De qué hablas?
- Es lo primero que atacarían los demonios, sus seres queridos. Es por eso que, el destino estaba escrito así… sus padres debían morir tarde o temprano, para que no fueran un uso en contra de ustedes.
- No entiendo…
- Los Ángeles pueden morir de pena, Nathalie, por decirlo de alguna forma. Por eso es conveniente que no te encariñes con más gente de la que ya conoces. Tus amigas, y nada más. Es… como el punto débil de nosotros.
- Mierda… no lo sabía.
- Los hermanos “A” aun tienen a sus padres vivos, pero saben que no lo estarán por mucho tiempo, por eso… decidieron no volver a verlos, y tener que sufrir a causa de su muerte. Es mejor, dicen ellos, recodarlos como antes de su enfermedad, y dejarlo así.
Luego de aquella definición acerca de nosotros, hubo un silencio interrumpido por las gotas de lluvia que chocaban en los charcos de agua en la tierra y el pasto. Ambos estábamos mojados casi del todo. Decidí que era el momento de entrar a ver qué hacían los demás. Era casi la hora del almuerzo, y los guías debían estar comiendo. Me paré de la banca y salí del diámetro del roble, posándome bajo la lluvia.
- ¿Tienes frío? – me preguntó al verme con los brazos cruzados, abrazándome los hombros yo misma.
- Solo un poco…- le dije volteándome hacia él.
- ¿Te vas a entrar?
- Si… ¿y tú?
- Solo quería hacerte una pregunta antes… - dijo acomodándose en el asiento. Yo me quedé parada esperando.
- Dime…
- Eh… ¿es verdad que han tenido algunos… fracasos en su desarrollo como Ángeles?
- ¿Por qué lo dices? ¿A qué te refieres?
- Oí algo de su primera misión en Celeron… el manicomio y todo eso… y, sobre el portal también… el secuestro de Caliel…
- ¿Quién te lo dijo?
- El Consejo de Prada le dijo a Mehiel… en todo caso, esas cosas no se mantienen ocultas por mucho tiempo entre los grupos de Ángeles que existen…
Di una carcajada seca mirando mi ropa. Me hice la sarcástica y comencé a responderle.
- Mira… lo que diga el Consejo me tiene sin cuidado… no me interesa.
- Es que el que manda todo este asunto, Nathalie.
- Pero no me importa.
- Debe importarte… sin ellos, no existiría la organización que se establece hoy en día, gente como nosotros…
- Creo que sin ellos, esto tendría más futuro del que esperamos ahora…
- ¿Por qué dices eso? – se puso de pie sin caminar hacia mí.
- Porque yo he estado con ellos…Evan, yo he hablado con ellos…
- ¿Has estado en el lugar?
- Si… y créeme… lo único que hacen esos ancianos es tomar malas decisiones…
- ¿Sobre qué?
- ¡Sobre nosotros! ¿No te das cuenta? ¡Van con la mayor calma del mundo planeando y planeando cosas, fingiendo que todo está bien, cuando en verdad lo que mas hace falta es tiempo! ¡Tiempo para organizar bien las cosas! No sé si todavía viven en el pasado… o no se darán cuenta que mientras más segundos pasan, este mundo se llena de demonios, malos espíritus, cosas que el ser humano no podrá aguantar… y cuando llegue ese momento, ahí deben estar los Ángeles, mientras ellos se lavan las manos con nosotros. Lo que hace falta, es actuar… pero ahora ya, y no esperar a que ocurra un milagro, porque no llegará mientras no nos movamos…
- Hablas, como si los odiaras…
- No los odio, es solo que no estoy de acuerdo con sus ideas…
- Debes seguirlas – aquello me sacó de quicio, pero no seguí discutiendo del mimos tema. Después de todo, había dejado claro que el Consejo no significaba nada para mí.
- No tienes idea por todo lo que hemos pasado, Evan…
- Si, lo sé…
- No, no lo sabes. Tú no pasaste lo mismo que yo, con Em, Beth y Diana. ¡En una semana tuvimos que aprender lo que tú aprendiste en un año! ¡Un año! … la presión fue mucho más de lo que puedas imaginar… todo pasó tan rápido… - tenía ganas de llorar, pero me aguanté. Además, aunque quisiera, mis lágrimas no brotarían. Me sequé la cara de la lluvia con mis manos. Evan se acercó y quedó a un metro de mí.
- Lo siento, Nathalie… tienes razón, no lo sé…
- Está bien… será mejor que entremos… - me di media vuelta y entré a la capilla. Parece que él se quedó un rato mojándose, porque no sentí sus pasos seguirme de inmediato.
Al entrar, los demás me quedaron mirando como si fuera un bicho raro o algo así. Estaba totalmente mojada y Beth se acercó a mí.
- ¿Qué pasó? - .
- Nada… ¿podemos hablar después? Creo que iré a dar una vuelta…
Me retiré sin decir nada más. Me puse un poleron que había a los pies de mi cama inservible, y salí por el portón de reja negra.

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