domingo, 11 de enero de 2009

SEGUNDA PARTE CAPITULO XXV

Elizabeth Prett


Nos sentamos sobre la barrera hecha de piedra de un metro de alto más o menos extendida a lo largo de toda la carretera que daba con el mar y conectaba con algún otro país o ciudad. Me importaba un bledo la geografía de mi país. Lo que si me importaba, era el momento único que vivía aquel atardecer. Las piedras estaban calientes por el sol, o por lo menos eso pensaba. No sentí nunca la alta temperatura en ellas.
Al sentarnos de forma unida en la barrera, quedábamos justos para ver el ocaso entre los cerros, y a nuestros pies, había una bajada llena de árboles y selva. Era una caída mortal y seguramente la muerte esperaba abajo, donde seguía la calle de bajada. Estábamos en una cuesta, casi en lo más alto, pero el sol se veía igual de cerca que los árboles que nos acompañaban a nuestros pies.
El viento soplaba bastante, y seguramente él tenía frío. Quise poder abrigarlo con algo, pero no tenía más que lo puesto, lo mismo de siempre. Necesitaba ropa nueva, después de todo era joven y tenía que verme como una adolescente aún. El que yo no sintiera el aire helado que recorría mi cuerpo, no significaba que él sintiera lo mismo. Tenía la piel de gallina bajo esa polera negra de algún grupo musical que no conocía. Me acerqué un poco, quedando nuestras manos a una distancia mínima, sin tocarnos. Entonces me di cuenta de que había pasado un largo rato en el más completo silencio. Ninguno de los dos había dicho palabra alguna, pero yo ya estaba acostumbrada a romper el silencio en este tipo de situaciones. Hacía tiempo que no vivía una como ésta, pero la disfrute al cien por ciento.
- Nunca había estado tan cerca de un crepúsculo… - le dije mirándolo a los ojos con los míos perniabiertos por la luz.
- ¿Nunca? – me respondió devolviéndome la mirada mas una sonrisa.
- No… es decir, tuve la oportunidad allá en Olidata… pero nunca me llamó la atención ver un atardecer…
- Siempre vengo para acá las veces que visito a mis abuelos, los viernes y… generalmente cuando estoy triste o… sin ánimo… - aquél comentario me sabio amargo.
- O sea… ¿ahora te sientes…?
- No, no, no quise decir eso… no pienses eso… es imposible sentirse con alguna emoción negativa cuando se está contigo… - de repente dejó de mirarme y le puso atención al sol que bajaba cada vez más.
- Jajaja… ¿por qué dices eso?
- Es verdad, Elizabeth. Eres… bueno, solo por poner un ejemplo, eres como un ángel… irradias alegría, tranquilidad… no se… ¿me entiendes? - .
Cuando esas palabras brotaron de su boca, lo quedé mirando fingiendo que lo que había dicho no era para nada literal. Era normal que las personas se sintieran así cerca de nosotras, las personas que no sabían lo que en verdad éramos. Mis ojos se fijaron en lo suyos y se quedaron pegados un instante. De pronto, como una adrenalina que recorrió mi cabeza - como cuando íbamos a subirnos a la “tijera” en los juegos de la playa con mi familia, y quedábamos de cabeza – sentí irse toda la sangre a mi cara, haciendo que e ruborizara y tornando ocasionalmente mis ojos del color que humanamente tenía antes de transformarme, café, a un naranjo brillante e inconfundible con otro color. Bajé la mirada disimuladamente y miré a mi izquierda, donde no había más que la barrera que se perdía entre unos árboles y seguía más allá acompañando la carretera.
- ¿Te cambian de color los ojos? – me preguntó cuando desvié la mirada.
- No… debe ser la luz del sol… - le dije volviendo a mirar el ocaso.
- Son muy intensos… déjame verlos… mírame -.
No pude evitar que me dijera eso. Había veces que a todas nosotras nos cambiaba el color de los ojos a la luz solar, pero esta no era una de esas ocasiones. Estaba nerviosa y no sabía por qué. O mejor dicho, sabía y no quería aceptarlo. Pero el volver a mirarlo era una acción de la cual no me podía contener.
- Son hermosos… - me dijo observándolos fijamente, como si tratara de buscar algo sin encontrarlo.
El sol casi se escondía tras los montes.
En aquel momento, Gary abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró y miró la luz cada vez menos intensa. Luego volvió a mirarme y finalmente empezó a decir algo que no terminó.
- Te quería confesar que… yo tengo—
¡Ah! No podían haber interrumpido ese momento. Menos un auto a toda velocidad buscándolo. Oí una voz femenina proveniente del vehículo.
- ¡Gary, cariño…! ¿Dónde has estado? – dijo una mujer vestida elegantemente con un espejo en la mano izquierda un lápiz labial en la derecha.
- Aquí, mamá… donde siempre estoy los viernes a esta hora… - respondió é algo avergonzado y sin ánimo. La señora hizo un gesto de saludo para mí y yo le respondí con un “hola”.
- ¿Pero qué haces? ¿No sabes que te estamos esperando para empezar los preparativos del cumpleaños de tu hermana? Por si no lo recuerdas… hoy es 15 de marzo… - dijo la señora algo alterada. Logré divisar por las ventanas a una niña de unos ocho años en el asiento trasero, y al volante un caballero de terno con un cigarro en la mano izquierda y lentes de sol. Se veía algo inflado. Parecía ser su estomago.
- Ah… lo olvidé mamá… lo siento. Eh… voy en seguida.
Se puso de pie y camino un metro de camino de tierra antes de pisar el asfalto. Luego se volvió a mirarme a mí y entonces, hacia su madre.
- ¿Podemos llevarla hasta Saint? – dijo agachando la cabeza para hablarle a su mamá.
- ¡No, Gary! No… yo puedo irme sola… de verdad, quiero caminar… - le dije precipitadamente. No quería molestar ni menos aprovecharme del que tuvieran auto.
- Elizabeth… son más de treinta kilómetros…
- Los mismos que caminos para llegar hasta aquí… - le dije poniéndome de pie.
- Se hará tarde y oscurecerá… no puedo dejarte caminando por la carretera sola a esas horas de la noche… llegaras mañana a tu casa… déjame llevarte. Mejor dicho, súbete.
No pude seguir rehusándome. Levantaría sospechas o lo que fuese. Estaba tomándome muy en serio el papel de mitad ángel en mi vida, pero solo algunas veces.
Me subí entonces por aquella puerta y Gary se dio la vuelta para subirse por la que daba a la calle. Quedamos separados por su pequeña hermana Alanis, quien no despegaba su vista de mí, mi cabello, mis ojos, mi todo.
- Hola… - dije a todos.
- Hola – me respondió la pequeña.
- ¿Cómo estás? – dije refiriéndome a ella.
- Bien… - me respondió con un hilo de voz.
- Qué bueno… - dije mirando ahora hacia la ventana, viendo el ultimo rayo de sol que se mantenía sobre los cerros.
Noté de reojo, que la madre de Gary le hacía comentarios a su esposo mientras manejaba, pero no quise escuchar lo que decían tan secretamente, porque sabía que se trataba de mí. Siempre les caía mal a los adultos.
En eso, Alanis se acerca a su hermano y le dice en voz baja.
- Gary… ¿por qué tu amiga tiene el pelo tan, tan, tan largo y de ese color? -.
Su voz aguda y pequeña fue suficiente para que escucháramos todos. Me sentí avergonzada otra vez.
- Porque… a ella le gusta así, Alanis… - le dijo Gary mirándome con una diminuta sonrisa en el rostro.
- Yo quiero tenerlo así… - dijo la pequeña en voz alta.
- ¡Ni se te ocurra, Alanis! No copies malos hábitos… - le dijo la señora desde adelante. Creo que era uno de esos comentarios en que tenía que salir a mi propio rescate, pero me quedé callada, porque vi que Gary diría algo.
- ¿De que hablas, mamá? No tiene nada que ver… - dijo poniéndose molesto.
- ¿Cómo que no? Esos son malo hábitos de los jóvenes de ahora… espero que a ti no te dé por hacerte esas estupideces en el pelo…
- No son estupideces, señora… -le dije por fin. – Este es mi pelo natural…
Me arrepentí de haber dicho eso, porque hasta Gary me quedó mirando de forma extraña. Pero no podía hacer nada, ya que era la verdad.
- ¿Cómo ese va a ser tu pelo normal, niña? No existe ese color de pelo en este mundo… - me dijo la señora, dándose vuelta para mirar mis ojos.
- En este mundo… - dije de respuesta. Cada vez metía más las patas. Quise bajarme en ese mismo instante.
- Acabemos con el tema ya, por favor – dijo el señor que volvía a prender otro cigarro con ambas manos, mientras respetábamos un “pare”. Entrabamos recién al pueblo. No se demoró ni cinco minutos. Al parecer, tomó un atajo, o se fue muy rápido por entre la cuesta.
Todos callamos. Me sentí realmente incómoda con aquella familia. No hablé ni hice nada más que mirar por la ventana cómo caía a noche. Me había desaparecido por varias horas, desde luego de la hora de almuerzo y ahora eran cerca de las nueve.
Ahora que recuerdo, nunca le dije a Gary donde vivía. Ni siquiera la calle… ¿Dónde irían a dejarme? Cuando vi que entrabamos a una de las calles principales del pueblo, me acomodé para decir algo.
- ¿Me puede dejar por aquí, por favor? – dije en voz baja.
- ¿Aquí? ¿En la plaza? – me dijo Gary.
- Si… es que estoy quedándome en la casa de una amiga, por ese pasaje hacia dentro… aquí estará bien.
- Como quieras… - me dijo el padre, y paró el auto sin apagar el motor.
Dije un “gracias” y luego “adiós”. Abrí la puerta y comencé a caminar por entre el pasto de la placita, cuando escucho otra puerta cerrarse y unos pasos correr hacia mí.
- ¡Elizabeth! – me gritó Gary e hizo que me detuviera.
- ¿Qué pasa? – le dije. Traté de no leer sus pensamientos.
- Eh… ¿podemos vernos el domingo? Claro… si no tienes nada que hacer… - e dijo nervioso.
- Si, si claro…
- Y… otra cosa. Lo siento por mi mamá… es un poco—
- No te preocupes…no importa. Disfruta el cumpleaños y… saludos a tu hermana…
- Gracias… - luego de decir esto, sonó la bocina del auto unas tres veces y entre ellas se escuchó la voz de su madre que lo llamaba. Gary hizo una mueca mirándola y luego se volvió mí para despedirse.
- Me tengo que ir. Nos vemos, entonces.
- Si claro. Estaré donde tus abuelos, en los helados…
- Si, si… adiós.
- Adiós… - .
Lo seguí con la vista hasta que entró al vehículo y cerró la puerta. Luego me di vuelta y esperé a que desaparecieran por entre las calles.
Diana Crown


Fueron tres poleras, entre las cuales, dos eran de mangas cortas, y una de manga larga. Obviamente, en tonos morados, violetas y purpuras con negro. Dos jeans de mezclilla y una falda negra plisada con blonda en las costuras. Bucaneras rayadas y dos pares de calcetines de colores, que estaban en promoción. En realidad toda la tienda estaba en promoción. Si no, con suerte nos hubiera alcanzado para una tenida de ropa, sin calcetines y las bucaneras. De hecho, no me compré otro par de zapatos. Pero ya habría más dinero para aquello.
Al igual que yo, Nathalie se compró tres poleras también. Dos de mangas largas y una sin mangas, de color rojo, fucsia o calipso. Dos pantalones, uno jeans y otro de tela verde militar. La misma promoción de calcetines, y un pañuelo para el cuello, cuadrillé gris.
Andábamos de lo más “shopping” por la vida. Y todo gracias a mi Alan. Nos había conseguido un trabajo bastante fácil parecido al de ser empaquetadora. La diferencia en Saint, era que te daban buena propina. Habíamos empezado el sábado anterior, y ya en una semana teníamos ahorros para algo de ropa nueva y decente.
Fue un día magnífico. Aparte de haber hecho compras como locas y llegar con un par de bolsas a la capilla, aprendí a conocer mucho a Nathalie. Teníamos varias cosas en común y nos encantaba salir. Conversamos horas y horas de la vida, de nuestra vida anterior, y de lo que nos depararía el futuro. Creo que por primera vez, tenía una amiga que sabía que no nos separaríamos nunca, o por lo menos en mucho tiempo.
Nathalie había sufrido la pérdida de su padre cuando tenía cerca de doce años. Desde entonces vivió con su madre y dos tías en una misma casa. Era la más joven de la vivienda y por lo tanto, se aburría bastante en el transcurso del día. Cuando entró al liceo de niñas, junto con Emily y Elizabeth, rápidamente se hicieron muy amigas. Aun así, cuando fue creciendo, fue conociendo más gente de otras partes, más jóvenes, entre los cuales tuvo sus primeros novios. La última relación que había tenido, fue un tanto aburrida para él, y decidieron terminar luego de tres meses. Sin embargo, Nathalie sufrió mucho por él. Cuando me contó esto, sus ojos eran tristes y desolados. Yo por mi parte, había tenido relaciones así, pero nunca una de esas me partió el corazón como a Nathalie, de hecho, nunca lo permití.
Me contó además que hacía deporte junto con Emily. Elizabeth no era de muchos ejercicios, pero amaban jugar voleibol en los recreos, y creo que en eso, Beth era buenísima. Sin embargo, Emily y Elizabeth se llevaban mejor como amigas, y Nathalie varias veces quedaba afuera, no teniendo otra opción que juntarse con sus amigos de la iglesia o algún club aparte. Nathalie y su familia eran gente de iglesia. Participaban mucho en sus actividades, ya que aquella religión que practicaban – creo que era mormona – reunía muchos jóvenes de su edad.
El ultimo año que estuvo en el liceo, antes de hacer aquel paseo milagroso, sus tías se mudaron a otro país, no recuerdo cual, en el que hay una comunicación mínima. Por lo tanto, al morir su madre, se había quedado completamente sola.
Luego me conto como habían escapado de Olidata, del “orfanato”, de no sé dónde y no sé dónde.
Su vida me pareció interesante. Íbamos por la mía ahora.


Nathalie Denat


Por lo que me contó Diana, su niñez fue muy solitaria referente a sus padres. Tenía una hermana y un hermano, ambos más jóvenes que ella, a los cuales les prestaban más atención. Se encerraba horas en su pieza en compañía de su gato, escuchando música, dibujando, o estando en su computador.
Me dijo también que había estado en una academia de danza, la cual duró hasta cuando entró a la media, porque no había dinero para seguir bailando y además, viajaban de un lado para otro. Para ella no existían sus padres. Eran solo dos personas que estaban ahí cuando querían estar ahí. La castigaban por cosas pequeñas, y a veces le daban sus buenos palmazos cuando, según ellos, se portaba mal. Diana se cansaba de todo eso, y buscaba amigos y amigas por internet. Su mundo se realizó virtualmente, jugando juegos online y cosas así. Por decirlo menos, era una viciosa del computador. Pensé que Emily y Elizabeth eran las únicas.
Salía todo el día y llegaba muy tarde, las veces que se quedaban en un lugar largo tiempo. De que tuvo novios, tuvo un par no más importantes de lo que fueron en ese momento, según lo que ella me contaba. Pero su personalidad de “niña” la había invadido cuando se puso a ver esos dibujos animados japoneses por la tele. También era una viciosa de aquellos, de sus canciones en chino, sus caras para todas emociones, de su vestimenta, etc. Cuando me contó eso, me reí un rato. También había tenido amigos con esos gustos, y me causaba risa el que se creyeran el cuento de que fueran algún personaje de monitos animados.
Había madurado más cuando entró a la escuela de media en Londres, aunque nunca dejó de ser una persona solitaria. Pasó por una depresión, que se solucionó solo haciendo nuevas amistades.
El día que viajaban hacia Garamond, se había peleado con su madre, por una cosa que ocurrió con su hermano menor autista. Diana tampoco quería mucho a sus hermanos, pero si era de elegir, prefería estar más tiempo con ellos que con sus papás. Después de todo, le gustaban los niños.
Al parecer, había una parte de ella que no quiso compartir conmigo aquella tarde, un pasado oscuro o algo por el estilo. Pero no quise preguntarle nada. Si no quería contarme, sería cosa de ella y no la presionaría. Sin embargo, encontré en ella una gran persona, algo tonta eso sí, ya que con lo que me relataba, parecía que le gustaba que la pasaran a llevar o que la trataran mal. En ese sentido no se quería para nada. Pero no podía ser todo perfecto. Éramos amigas ahora y eso era lo que importaba.
Cuando ya había terminado de contarme su dramática vida, eran cerca de las ocho de la noche y debíamos regresar. Quizás en dos semanas más volveríamos a comprar ropa nueva, ya que con todo este trabajo en el que había fuego, sangre, heridas y esas cosas, la tenida nos duraría menos que un bostezo. Deberíamos tener algo especial solo para combatir con los demonios en las noches. Una ropa especial. Era buena idea. Debía compartirla.


Emily Thompson


¡Sin duda, uno de los mejores día de mi vida! Y no sabía exactamente por qué, si lo único que hice fue acompañar a Caliel a comprarse algo para vestirse, algo más… de nuestra época. Y no tenía idea de que guardaba dinero de este lugar.
- Tengo dinero de muchos otros países. Ya sabes, viajamos mucho con este “trabajo”…
Aparte, me pasó un poco para comprarme ropa nueva. Le hice caso a Nat y Diana, y me compré nuevos pantalones, nuevas poleras, nuevo todo. Estaba muy feliz. Caliel fue muy generoso al darme de su dinero, y como no lo alcancé a ocupar todo, guardé para Beth. También necesitaba para sus cosas, aunque fuese un poco.
Luego de ir a la tienda, caminamos por el centro. Estábamos en Garamond, ya que el centro de Saint era un poco chico, aunque menos caro.
Pasamos por una heladería conocida por Beth y yo. Casi siempre íbamos a tomar helado allí después de las clases.
- ¿Quieres helado? – me dijo deteniéndose. Eso era estúpido. No comía desde hace más de un mes, y no me apetecía tampoco el volver a comer. Pero era una oferta tentadora, más si él pagaba la gran copa de helado que quería.
- Bueno… - le dije no muy convencida, y tomamos asiento. Rápidamente nos tomaron la orden.
Me sentí un poco avergonzada al pedir una copa triple de sabor chocolate, con menta chips y crema frambuesa, con salsa de chocolate y galletas de vainilla más brownies, ya que Caliel solo pidió un barquillo simple de piña. En todo caso, desde que lo conocía, no lo había visto comer. No tenía un gran estómago. Era flaco y un poco más alto que yo, medio pálido y con una chasca que se comenzaba a notar.
- Deberías hacerte un corte de cabello… - le dije riéndome.
- Creo que si… pero solía córtamelo yo mismo.
- ¿En serio?
- Si… con una navaja cualquiera, hasta con un cuchillo de cocina.
- Jajaja… no te creo…
- En serio… era una de esas “habilidades raras” – dijo con algunas carcajadas, mirando su helado.
No había probado el mío. La verdad es que no sabía para qué había pedido esa tremenda copa si no me comería ni dos cucharadas. Pero era una invitación, y debía comerla. Me eché el primer bocado a la boca, y lo único que sentí, fue algo frío, helado y cremoso entrar por entre mi lengua y viajar hacia mi garganta. No había sabor, no había gusto, no había nada. No gusté absolutamente nada. Ni siquiera el chocolate que era mi favorito en todo. Solo sentía algo crujiente que molían mis dientes, que supuestamente eran las galletas, y luego las deglucía. Pero no había sabor para nada.
- ¿Qué pasa? – me preguntó al ver mi expresión en la cara. No sabía cuál era.
- Nada… - le dije sonriendo y ocultándole mi desagrado. Si no iba a saborear nada, prefería no comer.
- ¿Crees que no lo sé? – me dijo saboreando su helado de vainilla.
- ¿Qué cosa?
- Que no sientes sabor, Emily. Sé que no saboreas nada de lo que toca tu boca.
- ¿Cómo lo sabes?
- Ja… ¿por qué me preguntas eso? Yo lo sé todo, Emily. Por lo menos acerca de sus cambios.
- ¿Por qué entonces me compraste este tremendo helado si sabías que no lo comería? – aquella pregunta era la crucial.
- Por que… - se demoró en dar su respuesta. Mientras se comía ya el barquillo. – No lo se…para reírme…
- ¿Esto te cusa risa? No volveré a saborear el chocolate nunca más…
- Igual que no volverás a pegar pestaña nunca más… es lo mismo.
- Seré… como un zombie, que no come, no duerme…
- Y a veces hasta no siente… - esa afirmación me hizo mirarlo a los ojos un poco triste.
- ¿No sentiré?
- Bueno… no a todos los Ángeles les pasa, Emily. Se supone que deben sentir. Sentir amor, felicidad, serenidad, todas esas cosas que hacen alegre a las personas. Pero hay algunos que… solo se la llevan salvando gente y combatiendo el mal, y se olvidan lo que de verdad significa esta misión ¿sabes? Irradiar cariño, amistad, etc. Eso es un ángel.
- Pero… ¿significa que si me meto demasiado en el asunto, podría terminar sin sentimientos?
- Podría ser…he conocido Ángeles que sólo a veces no sienten, y el resto del tiempo si lo hacen. Otros que no pierden la sensibilidad de hacerlo, y otros… que simplemente no tienen sentimientos… y hay que tener cuidado con ellos… porque son más propensos a ser Ángeles Caídos.
Aquella conversación me comenzó a causar una pena en el pecho. De todas, sentía que era la que más gozaba el peligro, la que más le ponía entusiasmo a pelear contra los demonios, porque en realidad pensaba que haciendo todo eso, podría llegar a ser un ángel de verdad, pero nunca pensé que mi afán por ser mejor, me traería este castigo. No sentiría más. No sentiría amistad por Elizabeth o Nathalie, quizás Diana. Y Caliel…
- ¿Estás bien? – me habló de un de repente, ya que me había quedado pegada pensando en mi futuro.
- Eh… si. Lo estoy… - traté de sonreírle como pude, pero una vez que algo me dejaba mal, era muy difícil ocultarlo.
- ¿Quieres que nos vayamos? – me dijo.
- ¿Y el helado?
Terminé dándoselo a una niña que estaba sentada atrás de nosotros.
Salimos del local y comenzamos a caminar sin rumbo. Iba callada, sin hablar nada. Caliel me miraba de reojo y yo lo percibía. Leí sus pensamientos. “No debí haber dicho eso… Emily es tan sensible a veces… ¿Que le pasará en verdad?... No me gustaría que sucediese eso… ¿Que será?... ¿Qué será lo que quiere?”. Eran muchos y muy diversos, pero casi todos giraban en torno a mí.
- No necesitas arrepentirte, tarde o temprano me harías saber eso… - le dije sin mirarlo mientras caminábamos. No me contestó altiro, porque trató de entender de lo que yo hablaba.
- No me gusta que lean mis pensamientos – me dijo con una sonrisa burlesca y algo molesta.
- ¿Por qué no?
- Porque son privados.
- No para mí.
- Bueno, desde ahora sí. Por favor…- lo miré y ambos nos detuvimos en medio de la calle.
- Pero…
- Emily, ya se lo hice prometer a Nathalie… no quiero que entren en mi cabeza. Nunca más.
- Pero como dices eso… es mi naturaleza, yo—
- No mientas, Emily. No es algo que vaya en contra de ti, así que te pido por favor que… me prometas que no volverás a hacerlo.
- ¿Tienes algo que ocultarme?
Noté el cambio de expresión en su rostro. Al parecer, sí había algo que no había dicho, quizás algo importante. Comenzaba a conocer sus expresiones y sus gestos.
- No es eso, Emily.
- ¿Entonces por qué estás tan… desesperado de que ya no oigamos tus pensamientos? ¿Qué es lo que ocultas?
- Nada, Emily, nada. Sólo… promételo…
- Lo haré… pero si eso interfiere en alguna misión que exponga tu vida… tenlo por seguro que lo primero que haré es—
- Ya lo sé… está bien. Pero por mientras… solo quiero que lo prometas.
- Te lo prometo – le dije dándole la mano derecha.
Después de eso, nadie dijo nada. Nos quedamos en silencio mientras seguíamos caminando por el centro. Como vi, Caliel no era de esas personas que quebraban el silencio con algún comentario tonto, así que proseguí yo. Nos sentamos en una fuente de agua.
- A ver… dime ¿Cuántos años tienes? – le pregunté.
- Dieciocho. ¿Por qué la pregunta? – dijo sonriendo. Amaba su sonrisa. La más perfecta que había visto en mi corta vida.
- Porque quiero saber… ¿y tu cumpleaños?
- Eh… dos de Abril.
- Ya. Queda poco…
- Jajaja… no lo celebro desde hace algunos años.
- Mmm… me gusta dar regalos.
- Y… ¿tú tienes dieciséis verdad? ¿Cuándo cumples años?
- El tres de Agosto… pero aún falta mucho.
- El tiempo pasa rápido.
- Y… ¿tus padres?
- Nunca los conocí… pasé toda mi vida de iglesia en iglesia, más o menos hasta los trece años. Ahí entré al establecimiento para hacerme Mensajero.
- ¿Mensajero? ¿Puedes explicarme de que se trata eso?
- Bueno… netamente es la gente que prepara a los Ángeles. Éstos necesitan un guía para poder aprender acerca de sus poderes, lo que pueden hacer, etc. Ese año, en que empezaron con aquel establecimiento, yo me había metido al seminario para ser sacerdote… pero nos dijeron que hacía falta gente que se hiciera Mensajero Ureliano y ahí nos explicaron todo… de que se trataba, que es lo que teníamos que hacer… y bueno, entrar era totalmente voluntario. A mí, me interesó mucho el tema, así que decidí hacerme parte. Sin embargo, los Ángeles comenzaron a aparecer luego de dos años.
- ¿Y alguien te dijo que tú en especial tenías que buscar a los Ángeles “más importantes”?
- Yo era muy bueno en mi labor, y creo que eso contribuyó a que me dieran una de las misiones más importante de todas como es prepararlas a ustedes.
- Mmm… todo eso significa… ¿Qué nunca fuiste a la escuela?
- Solo los primeros años…
- ¿Entonces no sabes nada de matemáticas, ciencias, historia aunque sea un asco, y… castellano…?
- Es decir… se sumar, restar, multiplicar y dividir, también se leer… lo esencial, es lo enseña en todas partes. De ciencias no sé nada y de historia menos. Quizás, si me preguntaras algo de teología…- dijo a carcajadas.
- Bueno… ¿eso también abarca algo de ciencia o no?
- Pero no de forma específica…
- Bueno, bueno…
- Ya hemos hablado bastante de mí… ¿Qué hay de ti? ¿Qué hay de tu vida?
Sabía que me preguntaría de mi ex vida tarde o temprano, pero ya que empezábamos a entrar en confianza, no me quedó otra que contarle mi pasado.
- Mi vida… es una mierda – luego de decir esto me maté de la risa.
- ¿Por qué dices eso?
- Es que… solía decirlo siempre…
- ¿Pero por qué?
- A ver… viví con mi tía desde que mis padres murieron, es decir… casi toda mi vida. Y… bueno… no fue la vida soñaba, pero por lo menos tenía donde dormir.
- ¿No se llevaban bien?
- Para nada… nunca la conocí… mi única familia han sido mis amigas Nathalie, y por supuesto Elizabeth. Ellas me han apoyado en todo.
- ¿No tienes más familiares?
- Cercanos, no… quizás uno que otro primo por ahí… nadie que yo conozca.
- Y… ¿tiempo libre?
- Jajaja… aunque no lo creas, era porrista…
- ¿Porrista?
- Si… y hacía gimnasia también… era un deporte que por lo menos me mantenía en forma… y me gustaba... me ayudaba a distraerme…
- ¿Distraerte de qué?
- De mi vida en la casa… trataba de llegar lo más tarde posible… para no tener que ver a mi tía…
- ¿Y los estudios?
- Mmm… era alguien del montón… no era ni buena ni mala… me mantenía siendo regular. No me gustaba estudiar, pero lo hacía porque se suponía que debía ser alguien en la vida, ir a la universidad, estudiar lo que yo quisiera, y todo eso…
- ¿Y el amor?
- Jajaja… ¿por qué la pregunta? Yo no te pregunté acerca de eso…
- Solo… por preguntar.
- ¿De verdad quieres saber?
- Si.
- Bien… nunca tuve novio. Nunca tuve la oportunidad de… “sentir mariposas en la guata”, como se dice. Pero tampoco era algo que me quitara el sueño. Muchas, muchas veces me encerraba en mi mundo, me ponía a escuchar música, ver televisión, chatear, dibujar…
- ¿Cuál es tu color favorito?
- Eh… negro. ¿Por qué la pregunta tan fuera de tema?
- ¿Negro?
- Si… de hecho siempre me vestía de negro, ya sabes, ese estilo “dark” me encanta. Mis ojos iban delineados negro siempre… al igual que mis labios… a veces.
- ¿Por eso es que compraste ese lápiz de ojos negro?
- Jajaja… si… quizás me haga ver más bonita.
- Pero si tú ya eres bonita – me dijo mirándome fijamente. ¡Ah! Me hacía sentir nerviosa… ¿Por qué?
- Jajaja…lo que tu digas…
- Entonces… de acuerdo a lo que me has contado, puedo concluir que durante tus años previos a tu “transformación”, tuviste una especie de… depresión—
- No… no… no tuve depresión.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque me conozco… y no me enfermé de eso.
- Puede que nunca hayas sabido…
- Se lo que hago, Caliel. No soy… - me quedé callada porque no podía seguir diciendo algo que no era verdad.
- ¿Ves? Si no quieres reconocerlo ante mí, lo entenderé… pero no sigas negando la verdad
- ¿Y eso que importa? Ya no soy así… soy alguien nuevo ahora. No vivo la vida de antes…
- Lo se… es solo que siendo mitad humana aún, puedan volver esos… pensamientos suicidas a tu cabeza…
- ¿Pensamientos suicidas? – dije riéndome en su cara. Él estaba lo más serio que hay.
- Si…
- ¿Te crees psicólogo ahora?
- Soy bueno en eso, Emily…
- No pensé ni pienso suicidarme, Caliel…
- Lo sé Emily. No me malinterpretes. Solo quiero ayudarte…
- Gracias, pero me gustaría que lo hicieras cuando yo te lo pidiera… no cuando estoy de maravilla…
- ¿Estás de maravilla?
- Por supuesto…
Ahora sí que la conversación se había vuelto patética. No quería recordad mi vida. Así que cambié el tema, luego de haberme mojado la mano con el agua de la fuente. Él se quedó callado.
- ¿Tuviste novia alguna vez? – le pregunté, fijando mi vista en el agua.
- No… la verdad nunca tuve tiempo para eso…
- Ah… ya veo.
Quise mirarlo cuando terminó de hablar, pero mis ojos se tornaron azules brillantes cuando oí su respuesta. Parecía que habían respondido al cambio de mis emociones. No quería que se fijara en eso, por lo que miré en la dirección contraria a donde no estaba él.
- ¿Qué te pasó? – me pregunto sonriendo.
- Nada…
- Mírame.
- No…
- Mírame, Emily – me dijo tomando mi mejilla izquierda con una de sus manos, volteándola hacia él. Me observó por un momento, y luego lanzó una risotada.
- ¿De qué te ríes?
- ¿Por qué se te pusieron los ojos de color?
- No lo sé… dímelo tú… se supone que tú sabes todo acerca de nosotras.
- Según mi teoría, el iris de tus ojos cambia de color debido al brusco cambio de emociones y movimientos en tu cuerpo. Puede hacerte respirar agitadamente y hasta… hacerte latir el corazón más rápido.
Intercambiamos vistas durante largo rato desde que dijo su última palabra. No podía desviar mi mirada de sus intensos ojos chocolate, ni creo que él tampoco de los míos, que según él dijo más tarde, a veces eran como dos océanos profundos y agitados, y a veces eran zafiros refulgentes que iluminaba una noche entera. Aquella ocasión, eran zafiros.
- Nunca te di las gracias por ayudarme… por salvarme de aquel demonio que tenía dentro de mi cuerpo… y, estoy muy agradecida, de verdad, Caliel…
- Ése es mi trabajo, Emily, ayudarlas cuando me necesiten.
De nuevo nos quedamos callados, pero con los vistazos que nos echábamos el uno al otro, nos decíamos infinitas cosas, cosas que me ponían nerviosa. Tenía miedo de hacer algo de lo que luego me arrepintiera, por lo que me alejé un poco de su lado, y me puse de pie finalmente.
- Parece que se nos hizo tarde… - le dije.
- Son cerca de las ocho… creo que es momento de volver a trabajar…
- ¡No! Se supone que es un día de vacaciones, Caliel…
- Un día, no una noche…
- Por favor… no te pongas así… déjanos esta noche libre…
- No puedo Emily. De verdad que no puedo. Hay demonios allí afuera que necesitan ser derrotados… además, ¿de qué te serviría la noche si ni siquiera puedes dormir? ¿Qué harías?
- No lo sé… tal vez, pensar un poco…
- Jajaja… vamos, Emily. Volvamos a Saint. Suficiente relajo por hoy – se puso de pie y comenzó a moverse hacia el otro lado para seguir el camino de vuelta, pero le alcancé su mano derecha con la mía, sin saber por qué motivo. Rápidamente se volteó hacia mí, y se quedó mirándome a los ojos de nuevo. - ¿Qué pasa, Emily?
- Eh… - no encontraba ni una escusa para haberle tomado la mano. ¿Por qué le tomé la mano? ¿Qué es eso, Em? ¿Un impulso del momento?
- ¿Qué?
- Quería saber si… podríamos repetir este día quizás más adelante… salir de nuevo. La pasé muy bien contigo…
- Eh… claro. Siempre y cuando todo esté bajo control. A mí también me gustó este día… nunca tuve uno igual.
No podía ser cierto. Parecía una niña chica reiterándome las cosas que me decía, como si no me entraran nunca al cerebro. Me desconocía… ¿Qué me estaba pasando? Seguimos nuestro camino.
- Así que… ¿mañana llegan los Ángeles del Sonido? – le pregunté por preguntarle algo.
- Si… así que con mayor razón deben actuar bien esta noche… seguramente habrá más energía negativa de la que nos esperamos. Así como llegaran ellos, deben llegar más demonios desde Celeron
- Entiendo… ay que salir esta noche, si o si…
- Sí, pero les daré los lugares exactos que hay que vigilar hoy. Será más seguro.
- Bien.
Estábamos en el lado rural de Garamond, donde no se acercaba más de un auto cada tres horas. Saqué mis alas y me llevé a Caliel hacia Saint.
Algo sentían mis manos al tocar las suyas mientras volábamos, era como… no sé, no podía explicarlo… era algo tan suave que se deshacía con el viento, algo tan perfecto que se confundía con Dios, algo tan cálido y tranquilo, que hacía que mis pulmones actuaran con más rapidez, que mi respiración fuera más agitada que la de un corredor luego de haber cruzado sus cuarenta largos kilómetros, que hacía que me doliera el pecho de tan fuerte que eran los palpitares de mi corazón.

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