Emily Thompson
Intentaba despertar a Caliel, pero parecía que estaba completamente inconsciente. Quería sacarlo de allí al igual que a Mehiel, pero vi como lentamente, Scarlette avanzaba entre el pasto hacia nosotros, sigilosa y sin perdernos de vista. Beth aún peleaba con Aarón, y no parecía haber ganador. Los golpes y movimientos iban y venían. Era atroz.
En un trance indeterminado, la joven ya estaba de pie en frente de mí, con esos ojos rojos que odiaba y con esa sonrisa que me sacaba de quicio.
- ¿Qué quieres? – le dije protegiendo a Caliel.
- Dámelo… - me dijo estirando la mano, creyendo que yo era tan tonta como solía serlo antes.
- Sobre mi cadáver – le dije poniéndome de pie dificultosa, pero llena de valentía.
- Que así sea – dijo antes de ponerse como bestia ante mis ojos azules.
Su cabello rubio se alzó como si estuviera bailando al ritmo del viento, un viento que soplaba lento y caliente. Entonces, alzó la mano derecha y de un rayo luminoso sobre la palma de su mano, tomó forma una especie de espada. Un sable, quizás el mismo que ocupó con Diana la noche anterior. Lo bajó con la mayor fuerza de su cuerpo, rozándome el hombro, y lo peor de todo, clavándolo centímetros de donde estaba Caliel.
Le golpeé el estomago y salió volando un par de metros más allá, cerca de donde estaba Beth luchando con Aarón. Le coloqué una mano en la frente e iba a comenzar a decir las palabras sagradas, pero no pude ni empezar. El sable quedó incrustado en mi muslo izquierdo, sin poder mover la pierna entera, llena de sangre y acompañada de alaridos míos.
- ¡Em! – gritó Beth a lo lejos.
Sentía que perdíamos, o que podíamos perder en cualquier momento contra estos buenos para nada, que seguramente no se comparaban con nosotros. No sabía por qué no podía derrotarlos. Ya no tenían la misma fuerza de antes, sin embargo, nosotras no habíamos progresado mucho las últimas semanas.
Caí al suelo quitándome rápidamente la hoja de entre mi pierna. Scarlette me miró mientras apoyaba sus pies en la tierra. Estaba lista para decapitarme, o al menos eso creía yo. Así era en las películas.
- Lo siento, ángel… te ha llegado la hora… - me dijo despiadadamente.
Sin embargo, antes de ver el arma bajar con rapidez hacia mi cuello, vi emerger una llama gigante tras de Scarlette, que luego de apagarse, me salvó. Beth tenía arrinconado a Aarón en una esquina, junto a un árbol, con su mano izquierda en dirección a su cuello, unos metros más lejos de él. Estaba siendo ahorcado por el poder telequinético que Elizabeth guardaba hace mucho tiempo, y que no lo usaba casualmente. Ahora que lo utilizó, estaba más poderoso que nunca. Aarón no se podía mover.
- Suelta eso… - le dijo a Scarlette a sus espaldas, mientras la apuntaba con su mano derecha, lista para lanzar fuego
- Si creer que ese fuego me hará daño… estás equivocada… -le dijo Scarlette mirándola de reojo. El sable tocaba mi cuello, haciendo un ligero corte.
- Si no lo haces, tu hermano muere estrangulado – le dijo Beth.
Era increíble, pero mientras tenían su conversación, mi herida sanaba rápidamente, y en cualquier instante, atacaría a Scarlette de repente.
- ¡Ten cuidado con lo que vas a hacer, ángel! – me gritó Theo, mientras veo que tenía a Caliel, éste ya despierto, entre sus brazos, apretándolo en su cuello, ambos de pie.
De laguna manera, me había leído la mente. ¡Como no lo razoné antes! Y Natalie nos había dicho que él tenía gran poder mental, ya que él invadió su mente cuando el portal se abrió para siempre.
- ¡Suéltalo! – grité mientras me ponía de pie.
- Emily no hagas nada – me dijo Caliel con una voz ronca y débil.
- Ángel del fuego, deja a Aarón y Scarlette en libertad – dijo Theo.
Beth me miró de repente y yo a ella. No quería hacerlo, de hecho, si hubiera tenido la oportunidad de matarlos, lo habría hecho. Pero no era el momento, así que dejó a Aarón y Scarlette se acercó a su hermano. Sin embargo, los planes de Theo era llevarse a Caliel con él, y después matarlo, pero no le funcionó.
- Ahora-- - dijo éste deteniéndose de pronto.
Los demás venían en camino. No sabía si eso me hacía feliz o triste, ya que quería ser yo la que terminara con todo esto. Al contrario de eso, fui una inútil, y no pude defenderme ni a mí… ni a Caliel.
- Se acercan. Vámonos… - le dijo Aarón a Theo.
Dejó a Caliel suelto y caerse de rodillas en el piso. Corrí hasta él. Elizabeth levantó la mirada y ya se divisaban las siluetas de los otros cinco volar.
- Caliel, ¿Estás bien? – le pregunté desesperada.
- Estoy bien, Emily.
La pesadilla de aquella noche terminó agotadora, y frustrante para mí.
Me sentí tan inútil al momento en que llegaron los demás, que no dije ni una palabra. Mehiel estaba bien al igual que Caliel, y Elizabeth un poco cansada.
- Si todo era una ilusión… ¿Por qué el fuego quemaba o el piso estaba ardiendo… o el humo causaba tos…? – Beth le preguntaba a Caliel.
- No lo sé, Elizabeth. Quizás es el nuevo poder de Scarlette… ya sabes que Eliott les da lo que se le antoje para molestarlas… pero no debemos preocuparnos mucho de esos dos… al contrario, Theo es un tipo muy peligroso… puede meterse en sus mentes fácilmente. Es la mayor ventaja que tiene – le respondió Caliel.
Seguía la conversación, mientras yo solo me sentaba al lado del fuego a secarme un poco el pelo. Aun estaba empapado por la lluvia de la tarde. Los demás regresaron de donde habían venido a seguir con lo que hacían. Escuché algunos comentarios, recalcando nuestra inutilidad ante la situación de antes. Quedé tan apestada con aquello, que me dirigí al jardín luego de que los demás se marcharon. Me acerqué a la reja negra y miré por entre los fierros la calle.
Tenía tal entusiasmo de progresar, de convertirme en un ángel muy poderoso, de acabar con todo lo malo de este mundo, con todas las perversidades, las tentaciones…todo, y cada día sin ver progreso alguno, mis ganas caían hasta casi llegar al suelo. Comenzó a llover nuevamente, esta vez despacio, pero con mucho viento. Sentía que alguien se acercó.
- No pude protegerte… - le dije a Caliel, quien se colocó detrás de mí.
- Claro que sí. No digas eso. Fuiste valiente, Emily.
- Por supuesto que no… ni siquiera pude luchar contra ella… me siento tan mal… tan inservible.
- Nada de eso Emily. Escucha… mírame – me tomó de un hombro y me volteó hacia él. Quedé mirándolo a los ojos. – Tienes muchas agallas… y creo que de todas eres la más valiente para estas cosas…-.
- ¿De qué me sirve ser valiente si no tengo la suficiente fuerza o poder para derrotar a alguien que sé que es más débil que yo?
- De mucho… no te imaginas cuanto sirve, Emily…
Aquel momento se convirtió para mí en una eternidad, porque luego de que él dijera esas palabras, llegó a nosotros una tranquilidad extensa acompañada de un silencio en que solo lo rompían las gotas cayendo sobre el techo de la capilla, o entre la tierra bajo nuestros pies. Nos miramos fijamente.
- Creo que te culpas demasiado por algo que no debemos darle tanta importancia… estoy bien al igual que Mehiel… y eso es lo que importa, ¿verdad? – me dijo tomándome las manos.
- Te juro que a veces… - me detuve.
- ¿A veces qué?
- Nada… gracias.
- ¿Por qué?
- Por subirme el ánimo… - dije mientras me reía.
- Jajaja… así es como debes estar siempre. Con una sonrisa.
Entonces, después de eso nuevamente me quedé callada. Esperaba que el momento se diera, pero no sé si lo que yo quería era correcto, más ahora, y más aun con él. Me comencé a acercar a su rostro, en dirección a su boca, esa boca que me tenía un poco loca desde hace algunos días. Él no se movió. Entonces lo supe. Me estaba precipitando. No hallé ni una señal de que él quisiera besarme también, como yo quería besarlo a él. Sin embargo, no hacía falta leer sus pensamientos, para darme cuenta de que lo único que se hacía era resistirse a lo que se venía.
- Está haciendo frío… me voy a entrar a la capilla… - me dijo un poco nervioso. Lo noté en sus manos. - ¿Vienes?
- No… después.
- Ok.
Me sentí como una completa idiota. Nunca lo dudé.
Siempre fui impulsiva con mis sentimientos, aunque era la primera vez en la que yo daba el primer paso, y como ya me lo esperaba, no me resulto. Quizás sería mejor que no volviera a tratar.
Se iba la noche y comenzaba el amanecer. Los demás aun no volvían, pero debían estar por hacerlo.
Entré un rato para conversar con Beth acerca de lo que acababa de ocurrir. No podía aguantar no decírselo a mi mejor amiga, más si la tenía allí al frente.
- Me siento estúpida… es horrible… - le dije mirando el fuego de la chimenea.
- Ay, no te sientas así. Esas cosas pasan todo el tiempo.
- Pero generalmente es al revés… ahora sé lo que es correrle la cara a alguien cuando lo único que quieres es… besar… - me reí de mis mismas palabras.
- Jajaja… no te des por vencida… yo se que tú también le atraes a él…
- ¿Tú crees?
- Si… y pensar que antes no se llevaban tan bien como ahora… pero como es el dicho… los que pelean se aman.
- Nunca peleé con él.
- Bueno… discutían, lo que sea. Ahora… tienes una oportunidad, Em.
- El nunca va a querer estar conmigo, Beth.
- Siempre dices lo mismo cuando te gusta alguien. No confías en ti…
- No…
- Está mal, Em. Por eso nunca has tenido novio. Debes abrirle tu corazón… - me extrañé cuando Beth dijo eso. Nunca hablaba así si no era de broma, y ahora estaba seria.
- Jajaja… claro. No se…
- Confía en mí, y en ti también. Verás que todo puede ser.
- Se te olvida algo… yo—nosotras, no podemos tener relaciones amorosas… o lo que sea.
- Sabes que nunca hemos respetado las reglas ni normas ni leyes ni nada, Em. Así que si aún queda algo de Emily Christie Thompson Lee en ese traje de ángel… me harás caso.
Siempre Beth tenía algún consejo que darme, y aunque fuera muy estúpido, lo tomaba igual. Quizás, yo era la estúpida.
Dieron las seis de la mañana y los sentí llegar. No los notaba agotados, ni sangrando por alguna parte, ni siquiera el rastro de que hubieran tenido una pelea dura. Dijeron que solo había demonios rojos, y algunos negros, pero nada que no pudieran derrotar. Ni siquiera había habilis, ni dominus, ni nada. Era lo más extraño que mis oídos habían escuchado durante las últimas semanas. Claro que, Evan y Aidan llegaron directo a la cama. Eran unos flojos, y no sabía que iban a hacer si ni siquiera podían dormir. Eso me dio risa, en mi interior lloraba de carcajadas. Astrid conversó con Diana, y Natalie se apartó del grupo. La seguí. Se dirigió al jardín. Beth venía detrás de mí.
- ¿Lo viste, Nat? ¿Viste a Ziro? – le pregunté.
- Solo unos minutos. Evan estaba pendiente de aquello, de cada paso y movimiento que hacía, me seguía a todas partes.
- Estaba preocupado, tal vez Nat – le dijo Beth.
- No es necesario. Se cuidarme sola… ¿Qué se tiene que meter él con lo que yo tenga que hablar con su hermano?
- Tal vez porque él lo conoces, y sabe que es peligroso.
- No, Em. Te equivocas. Evan no conoce a Ziro… no tiene idea de la clase de persona que es su propio hermano.
- Tú tampoco lo conoces mucho, Nat. ¿Hace cuanto? ¿unos días? ¿y ya quiere ofrecerle tu ayuda?
- No se trata de que si lo conozco o no lo conozco, Beth. Creo que ustedes actuarían al igual que yo…
Notaba que Nat estaba algo cansada del tema. No la fastidiamos más. Confiaba en que ella sabía lo que estaba haciendo.
Elizabeth Prett
Eran las dos de la tarde. Gary llegaba generalmente a las dos y media, luego del almuerzo. Los hermanos “A” y Diana habían salidos a dar una vuelta a la ciudad nuevamente, y Emily conversaba con Caliel. Detrás le hacía barras. Natalie conversaba con Evan, pero no le veía muy buena cara. De seguro Nat le decía lo que pensaba acerca de su preocupación excesiva por ella, y todo lo demás. Eso esperaba. Mientras yo… me escabullía por la puerta de la capilla hacia la entrada principal. Justo en aquel momento, Mehiel llegó con Caliel para discutir el asunto del padre Erick. La policía había llegado hasta allí aquella mañana y Caliel les había inventado una “mentira piadosa” para que no nos echarán de la iglesia. Después de todo, el poseedor del recinto era el padre Erick. Obviamente, les ocultaron que seis jóvenes vivían en la parte de atrás del lugar, entre ellas tres que se habían escapado hace unos meses de Olidata sin dejar rastros. La policía no quedó muy convencida, pero los reporteros y periodistas hablaban del Apocalipsis, y cosas relacionadas con el Diablo, para explicar las ruinas de las iglesias a nivel mundial, y los sacerdotes que ya no quedaban en ningún lugar. Era señal de que algo maligno se acercaba.
Los policías no tomaron sospechosos ni a Caliel, ni a Mehiel, pero debían culpar a alguien, por lo que no se quedaron con la historia que nuestro guía les había contado. Tenía la sospecha que volverían, no rondarían el recinto en las noches, o quizás algunos días a la semana. Debíamos tener cuidado. Después de todo, no teníamos a donde más ir.
Volviendo al núcleo del asunto, aún trataba de escaparme sin tener que decirle nada a Caliel. Estaba segura de que me preguntaría hacia donde me dirigía, y aprovechándose que el mentir era algo tan difícil para un ángel, tendría que delatarme.
Mientras conversaba con Mehiel, y Emily me ayudaba a cubrirme, salí por la puerta de atrás mejor, para que la gente que se amontonaba a ver el cadáver del padre, no se percatara de mi presencia. Sin embargo y como siempre supuse, Caliel no era un tonto.
- ¡¿A dónde vas?! – me gritó desde adentro, escuchando todos, mirándome como si hubiera hecho algo malo.
- Eh… - no hallaba que decir. Era el momento en que Emily debía entrar en acción.
- ¡Ah! Vamos de compras… recuerda que no tuvo la oportunidad de comprar ropa cuando todas fuimos a eso…- dijo Emily saliendo conmigo.
- ¿En serio? – preguntó Caliel. Odiaba que hiciera eso, porque cuando mentíamos, aquellas dos malditas palabras, hacían que tembláramos de nervios.
- Si, Caliel. Y si no nos damos prisa, las cerraran… así que… ¿vamos? – me dijo Em.
- Eh… si – le respondí yo, y salimos por la reja, hacia un rumbo desconocido. Quizás Caliel sí tenía algo de tonto.
Cuando ya nos alejamos un poco, le pregunté a mi amiga:
- ¿Cómo lo hiciste para no titubear ni un segundo?
- ¿De que hablas, Beth?
- De la mentira que le dijiste a Caliel… ¿Cómo se te hizo tan fácil?
- No mentí… de verdad quería i de compras contigo Beth.
- Ay, Em. Sabes que voy a ver a Gary ahora… te lo dije.
- ¡Ah, sí! Disculpa, lo olvidé… - me dijo con una sonrisa en doble sentido.
- Y no empieces. La cosa es que… si se supone que salimos juntas, debemos volver juntas.
- Claro… ¿a que hora terminaras de tu cita amorosa?
- Como a las seis. Luego debo volver para… tú sabes.
- Ya. Estaré vagando por ahí…mientras te besuqueas con—
- Para de decir eso, Em – dije riendo.
Me alejé en dirección a la heladería de los abuelos de Gary. Emily aun seguía parada en la esquina, tal vez pensando que hacer por mientras.
Llegué temprano, y el local estaba abierto. Entré y pregunté por Gary, pero no había llegado aún. Los abuelos eran simpáticos y amables, al contrario de sus padres.
Eran ya las dos y media y Gary no llegaba. ¿Qué me pasaba? Cualquiera puede retrasarse, yo lo sé por experiencia propia y diaria de mi vida. Aun así, no estaba tranquila. Me puse mirando a la calle, y me apoyé en la maquina de helados un momento. Cerré los ojos y comencé a buscarlo. Fue algo muy rápido. Miré varias personas por las calles, mientras hablaba, algunas peleaban, otras reían, y otras solo miraban. Entre ellas, vi a Gary luego de echar un vistazo velozmente y me miró. Nunca me había pasado eso. Si me miró era porque…
Abrí los ojos de pronto y me asusté al ver su cara en frente de la mía, riendo de mi condición. Me eché hacia atrás cuando lo vi.
- ¿Te asusté? – me dijo entre carcajadas.
- No… o sea, un poco… - le dije algo impresionada. – No te sentí llegar…-.
- ¿Qué hacías?
- Te buscaba… es decir… nada.
¿Cómo pude haberle dicho eso? Que estupidez. Da igual, después de todo, Gary no es de esas personas que todo lo encuentran raro, sino más bien, se ríe sanamente de aquellas cosas. Estaba segura de que yo era un chiste para él.
- Muy bien… entonces… ¿A dónde vamos?
- ¿Dónde me llevarás?
- No se… ¿Qué quieres hacer?
- Da igual. ¿almorzaste?
- No.
- ¿No? Entonces vamos a comer algo.
- No… no como - ¿Qué me pasaba? ¿Por qué no podía decir algo que no fuese verdad?
- ¿No comes? Jajaja… vamos. Yo invito.
- Tú ya comiste, Gary.
- No importa… me alcanza para otro almuerzo. Vamos…
- La verdad es que ya almorcé.
- No intentes engañarme… yo sé que no, Beth.
- ¿Me dijiste Beth?
- Si… ¿ya no te dicen así?
- Si, es que… no lo acostumbras…
- Bueno—ya no me cambies el tema. Vamos a comer.
- De verdad que no quiero. Comí algo antes de salir, en serio…
- ¿Por qué es tan fácil pillarte en las mentiras, Elizabeth?
- Jajaja… será porque—
No lo digas, no lo digas, no lo digas, no lo digas, no lo diga, no lo digas, no lo digas, no lo digas, no lo digas…
- ¿Por qué?
- Vamos a dar una vuelta y nada más.
Lo tomé de la mano y caminé hacia cualquier dirección que se me ocurrió. Se detuvo un minuto para saludar a sus abuelos, y luego me siguió.
Entramos a la carretera. Ahí supo donde lo llevaba.
- Jajaja… ¿quieres ver un crepúsculo de nuevo?
- No sé si me quede para cuando eso suceda… hoy tengo que irme más temprano…
- Bueno… con este clima, de seguro oscurece a las seis.
Comenzó una lluvia suave, pero con un poco de calor. No dejamos mojar. Caminamos a hacia la cuesta, a la orilla del camino, conversando y contándonos cosas más intimas. Comenzaba realmente a confiar en él, y me desconocía, ya que a mí me tomaba meses posar mi confianza en una persona. Pero Gary era distinto. Y ahora que conversaba con él, recordando el día viernes, me acordé de algo.
- Antes que tu mamá llegara a buscarte, había algo que me ibas a decir…
- Ah… si… - me dijo mirando el asfalto. – Quizás te lo diga después…-.
- ¡No! Me dejarás con la duda…
- Créeme que te lo diré… pero no ahora, ¿sí?
- Mmm…
No podía hacer eso, yo era la persona más curiosa que conocía.
Pasamos una hermosa tarde juntos, conociéndonos más, hablando de nosotros, y tratando de ser lo más sincera posible, sin mencionarle nada que no debiera. Fue como muchas tardes al lado de Gary, especiales. Empezaba a convertirse en mi mejor amigo.
Nathalie Denat
Sin demonios fuertes, sin Eliott ni su estúpida Triada… así pasaron dos meses de siquiera una batalla en serio. Lo único que había en las noches eran, demonios sin importancia, y algunas personas poseídas en el centro de la ciudad. De eso se encargaban los guías, Caliel y Mehiel, ya que la gente les creía más que eran exorcistas, que a un grupo de jóvenes de entre diecinueve y dieciséis años.
Sin embargo, hubo una celebración. El cumpleaños de Caliel. Por supuesto, Emily no podía dejar pasar la oportunidad para que él se fijara un poco más en ella. Además, Em amaba hacer regalos, fiestas y esas cosas. Ese día, dos de Abril, despertamos con cosas ricas para comer, aunque solo eran para el cumpleañero y Mehiel, quienes eran los únicos humanos entre nosotros, y tenían algo de estomago.
Lo sacamos a pasear por entre los lugares lindos del país, en un solo día. No nos alcanzó para conocerlo todo, pero la pasamos muy bien aquella tarde. Reímos arto, y todos compartían con todos. Se formó un ambiente muy grato y armonioso. Todos dieron sus saludos, regalos y formas de demostrar lo mucho que querían a Caliel, lo conocieran de antes, o después. Emily guardó su regalo para después. Quería dárselo personalmente, y solo nosotras lo entendimos. Emily dijo, que para que no se notara extraño, le dio un obsequio menos importante cuando todos entregaban sus regalos. Había guardado lo importante para después.
Según yo, y mis amigas, aquel día había sido el mejor que habíamos tenido desde que nos había pasado esto. El cambio, nueva vida, nuevas limitaciones, etc. Definitivamente, necesitábamos un descanso.
Por otro lado, nunca dejé de ver a Ziro. Lo veía por lo menos dos veces a la semana, a veces más. Y aunque solo podíamos conversar de lejos, aprendía a conocerlo cada vez mejor. Yo sabía que no estaba equivocada. Él era una gran persona dentro de aquel traje de demonio que llevaba puesto siempre, sin poder sacárselo. Lo malo era… quizás no malo, peo tenía miedo. Tenía miedo de que me empezara a gustar, que me atrajera como nunca nadie me atrajo antes. Había tenido bastantes relaciones como para darme cuenta y saber que podía salir lastimada si no me fijaba con quien estaba. Yo sabía con quien estaba… y ese era el problema. Sin embargo, Evan no se salía de en medio. No sé que tanto interés por lo que me pasara o lo que Ziro podría hacerme.
Unos días después de que los Ángeles del sonido llegaran, Evan se juntó con Ziro y hablaron en un lugar muy personal que ellos tenían desde siempre en cualquier lado. Yo no encontraba para nada personal un paradero de bus abandonado a mitad de carretera, con los fierros asomados a la cuesta, donde corría mucho viento. No pude asistir a ese encuentro, pero Ziro me contó algunas cosas, que Evan le había hablado.
- Ya sabes, que me alejara de aquí, sobretodo de ti, Nathalie. Que su guía, Mehiel, ya le había dicho que si no me mantenía alejado de donde ellos estaban, podría lamentarlo… blablabla…
- ¿Qué te pueden hacer? – le pregunté.
- Nada que me importe… aunque fue un trato. El que yo me mantuviera lejos de donde él y su grupo estuvieran, fue algo que acordamos hace algunos años, junto con la promesa de que no lastimaría a nadie. Eso no me costó prometerlo. Nunca me he aceptado como demonio, por lo tanto, no tenía pensado lastimar a nadie. Hasta que te conocí…
- Para con eso… no es tu culpa.
- Bueno… aparte del regaño, hacía mucho que no veía a Evan. Me contó lo que hacía, sus poderes, su vida luego de que pasó la muerte de nuestros padres… lo poderoso que se había vuelto en sus entrenamientos… cosas así… y sabes, siempre tuve algo de envidia contra él… siempre me preguntaba, ¿Por qué él y no yo? ¿Por qué lo elegiste a él y no a mí para servirte? ¿Por qué yo tengo que ser algo que no quiero ser?... era horrible pensar que fuésemos tan iguales y tan diferentes al mismo tiempo. Y sin embargo, luego de escucharlo decir todas las cosas que sabía hacer… me sentí tan orgulloso de él…
Le costó explayarse, pero logró contar lo que sentía sin rodeos hacia mí. Me emocionaba al oírlo decir aquellas palabras, que le salían directamente del corazón. Aun así, pensaba que no me había dicho todo lo que conversaron.
Tenía la impresión de que se veían constantemente, pero no era algo que me molestaba, de hecho, me daba gusto que se levaran bien. Si se veían, suponía que se llevaban bien.
Emily Thompson
- Tengo… un regalo para ti – le dije mientras caminábamos hacia el jardín. Faltaba poco para el ocaso, y eran cerca de las siete.
- ¿Otro? – me respondió Caliel impresionado.
- Me gusta hacer regalos – le dije sonriendo.
- Jajaja… no sé si merezco tantos…
- ¿Qué dices? Por supuesto que si… sígueme.
Salimos a la calle por la puerta de atrás. Definitivamente esa puerta se había convertido para nosotros en la principal.
Hacía mucho frío, pero no llovía. Nos fuimos caminando de todas maneras, si o llevaba volando, seguro que se congela. Arriba había grados bajo cero.
- ¿Dónde me llevas, Emily? – me peguntaba cada cinco minutos.
Obviamente no le respondía, aunque solo le sonreía cuando me hacia esa pregunta. El sol había salido cerca de las cinco, solo para quedarse un par de horas. Además, de nada servía, el frío no se iba ni se reducía.
Entramos por el bosque, saliendo de Olidata, llegando al cementerio.
- ¿Me traes al cementerio? – me dijo un poco exaltado.
- Eso parece…
- ¿Y… que? ¿Tu regalo es… no se… despertaras algún muerto y harás que baile para mí?
- ¿Puedo hacer eso?
- Eso debería preguntarlo yo…
- Jajaja… nada de eso. De hecho, no te traigo al cementerio en sí. Ven.
Lo llevé cerca de los matorrales, en donde el cementerio se terminaba. Entre algunos árboles y más allá un sauce, una fuente de unos cinco centímetros de radio, totalmente limpia y bien cuidada, reposaba llena de agua cristalina, con el fondo azul intenso, y la luz del atardecer quebrándose entre centellas sobre el agua limpia. En el centro, una estatua de un querubín, o algo así, relacionado con un ángel, con los brazos alzados, y desde sus manos, salían chorros de agua hasta chocar contra el agua de la fuente. El color gris refulgente del cemento de toda la fuente junto con la estatua, le hacia un efecto más hermoso y más inspirador.
- ¿La fuente? – preguntó mirándome.
- Solo… observa.
Alcé mi mano derecha sin venda junto con la izquierda siguiéndola. El agua de la fuente se levantó al momento en que moví mi extremidad, danzando conmigo, formando mil figuras cristalinas, goteando a veces. Caliel miraba atento y muy ilusionado. Los ojos le brillaban como nunca, y se reía de la impresión.
- ¡Emily! Esto es… hermoso.
Movía mis manos hacia todos lados, suavemente, bailando con el agua. A veces manejaba a mi manera el líquido sobe Caliel, que a veces levantaba las manos y terminaba mojándose. El viento lo hacía aún mejor. Estuve varios minutos así, hasta que al final – dejando lo mejor para el final - , formé un corazón, que luego de observarlo, se hizo remolino y nos juntó inesperadamente, formando una espiral alrededor de nosotros, quedando un tanto empapados. Estábamos muy cerca. Me puse nerviosa como nunca, pero traté de disimularlo.
- ¿Te gustó? – le pregunté.
- Por supuesto, Emily. Es hermoso… nunca me imaginé que pudieras manejar el agua así – me dijo riéndose repetidamente. Quizás, por los nervios.
- Yo tampoco… Jajaja… si no puedo manejarla así, no podría llamarme mitad ángel ¿no?
- Claro…
Hicimos una pausa, mientras el espiral no dejaba de mojarnos mientras giraba.
- Creo que… este es el primer cumpleaños que celebro… por lo menos desde que tengo memoria… - me dijo sonriendo. – Y… honestamente, ha sido el mejor que tendré…
- ¿En serio? – le dije con una sonrisa hipnotizada. Parecía imbécil mirándolo de esa forma.
- Si… y… tú lo has hecho mejor, Emily. Este es el mejor regalo que pude recibir.
No sé si eso lo dijo para conquistarme en aquel trance, o lo dijo sinceramente. Prefería pensar en la segunda opción, más aun si no podía entrar en su mente. Ahora más que nunca deseaba saber lo que estaba pensando.
Mis manos sudaban un poco, pero cuando él las tomó entre las suyas, mis nervios se escondieron. Me acerqué lentamente, para ver si él se alejaba, tomando un rechazo, pero me miro fijo a los ojos, y los míos se posaban en los suyos, al mismo tiempo que se me tornaban azules iluminados. Tenía miedo, pero luego pensé en las palabras de Beth, y me dejé llevar. Corría un viento heladísimo que hizo erizar los vellos de los brazos, y temblar un momento. El agua cayó en seco alrededor de nuestros pies, formando un círculo de humedad en el pasto, mojándonos levemente la ropa. El atardecer ya se había realizado.
Diana Crown
A menudo iba con Aidan a Olidata, a un edificio que parecía teatro, en donde el cuarto piso estaba totalmente desocupado a eso de las seis y siete de la tarde. El trabajo que había conseguido junto con Nathalie había quedado para antes, después de las dos. Lo mejor de aquel piso, es que en una de la habitación, bastante amplia, había un piano de cola negro y casi nuevo. Brillante y bien limpiado. Siempre veíamos al auxiliar sacarle brillo antes de entrar por la ventana. El teatro se desocupaba a las seis, y volvían a las nueve para revisar cosas de dirección y otros. A veces, algunos se quedaban ensayando en el segundo, bailarines y bailarinas de todas las edades, ballet y música suave. Aquello me traía recuerdos tan bellos, que me daba una nostalgia inmensa espiarlos por la ventana. Me volvía al cuarto piso a escuchar a Aidan tocar con gran pasión el piano, mientras yo, sentada en una esquina de la habitación, escuchaba la resonancia del sonido de las teclas invadir todos los rincones del sitio. Tocaba canciones y melodías hermosas, que me hacían entrar en la mayor serenidad en la que nunca habría entrado sin haberlo conocido.
- ¿Quieres tocar? – me dijo una tarde, a principios de mayo.
- Eh… la verdad es que no se…
- Si… si sabes tocar. El primer día que vimos el piano te volviste loca tan solo al verlo, y comenzaste a entonar una melodía, corta, pero hermosa.
- No era nada…
- Vamos, Diana. Quiero escucharte.
Hacía bastante tiempo que no tocaba. Menos un piano de cola, tan prestigioso que era para mí el solo ver las teclas. Pero ese día, Aidan me convenció de tocar cualquier cosa que supiera.
- Solo se algunas canciones de series animadas…
- No importa… vamos. Toca.
Naturalmente, lo hice. Los dedos prácticamente se me movían solos. No sabía por qué, pero la canción me estaba saliendo bien. Duraba unos dos minutos, cuando la tocaba en el teclado de mi casa. Aquí, duró más de tres minutos, dándome el tiempo de pulsar cada tecla blanca y negra, agregándole la armonía que necesitaba. Me di cuenta de que no era yo.
- Aidan… - dije al terminar la canción. No quise interrumpirla antes.
- ¿Qué?
- Sé que fuiste tú… me ayudaste a tocar.
- Fuiste tú, Diana… y tu pasión por tocar…
Quizás tenía razón.
Así nos divertíamos casi toda la semana. Había veces en que veníamos más temprano, mientras ensayaban en los otros pisos, sin ocupar el piano. Para eso, Aidan bloqueaba el sonido de la habitación para que no se expandiera hacia los otros pisos y así, no nos encontraran.
Con respecto a Alan… cada vez lo veía menos. Lo pasaba a buscar a la universidad de Garamond, unas dos veces a la semana. Siempre tenía que estudiar, a veces se iba con amigos a hacer grupos de estudio, a veces se quedaba más rato en el establecimiento, estudiando. Nunca me había relacionado tanto con un joven que fuera tan… estudioso, inteligente, responsable, correcto… y lindo.
A pesar de todo, yo sabía que él me tenía cariño aún. Se juntaba con amigos y amigas, pero a veces dejaba de estudiar y salir con ellos para estar conmigo. Sabía lo que pensaban alguno de ellos. No podían creer que se relacionara con una niña como yo, de apenas dieciséis años, que no iba al colegio, que se peinaba raro, que era rara, que se vestía raro, y que más encima, aparte de todas esas críticas… era bella. Mi figura, mis piernas, mis ojos, mi cintura… era casi perfecta.
Bueno… eran alguno de los pensamientos de sus amigos. Yo sola me reía cuando pensaban idioteces. Me acostumbraba. Sin embargo, a pesar de que nos veíamos poco, encontraba que se esforzaba mucho por lograr ser médico. A veces me daba rabia que no saliera conmigo o que no nos viéramos porque tenía que estudiar. Pero luego reflexionaba y me explicaba a mí misma que era su deber. Su futuro era más importante que yo, y estaba bien.
De todos modos, aun recuerdo cuando me dijo a finales de abril, mostrándome un examen que según él era difícil, y que había tenido la calificación máxima. La semana anterior habíamos ido al parque de diversiones, y el resto de los días se la pasó estudiando para eso.
- No sé porque… pero... – no lograba decirme lo que pensaba, ni tampoco quería precipitarme a usar mi artimaña.
- Dime…
- Cuando estoy contigo, siento que me va mejor en mis quehaceres, que cuando no te veo – se sintió un poco tonto luego de decírmelo.
- Jajaja… tus buenas notas se deben a tu estudio, no a mí.
- Pero es que… es extraño… pero no mentira. Es verdad, Diana. Curiosamente, cuando nos vemos y la paso bien contigo, me siento… con ganas de hacer cosas. Con ganas de estudiar, de ser el mejor, de ser… medico, de ser alguien importante.
- O sea… ¿Cuándo no nos vemos te va mal?
- No es que me vaya mal, pero no siento lo mismo los siguientes días cuando no te veo, que los días que siguen cundo te veo. Es diferente, y me doy cuenta.
- Jajaja… es lindo de tu parte. Pero insisto… tus logros se deben a tu esfuerzo, no a mí.
Calló su boca. Parece que había logrado convencerlo, pero no del todo. No le diría que su éxito se debía a que yo era un ángel que predicaba el bien, que irradiaba felicidad, esperanza, y… éxito. Era algo incontrolable, pero me gustaba, y me sentía bien por él.
Claro. Ahora pasaba más tiempo con Aidan. Era mentira eso de que no le quitaba los ojos de encima. Todas pensaron que me gustaba, pero no era así. No me gustó ni me gusta, ni me gustará. Al menos, eso tengo pensado. Sin embargo, a veces lo miro… y no sé qué pensar. Espero que no haya leído mi mente cuando lo quedo mirando pensando en un futuro juntos.
Pero en fin. Alan y Aidan eran los hombres con los que más relacionaba, un poco diferentes, pero… ¿en la variedad está el gusto?
Emily Thompson
Un día se me ocurrió seguir a Diana y Aidan cuando se dirigían a vigilar el teatro de Olidata, en el atardecer. Los había escuchado hablar de aquel lugar y sobre un piano de cola negro, de esos que había en mi liceo antes de irme. Sin embargo, se dieron cuenta de que los seguía desde el pueblo. Pero no le dieron importancia, sobretodo Diana. Creo que la sentía diferente o más simpática desde que habían llegado los Ángeles del Sonido, Aidan.
No sabía porque, pero cuando los escuchaba tocar, me sentía en paz y tranquilidad. Aidan tocaba precioso y Diana casi lo lograba. Me recordaba a mí cuando iba al salón de música del liceo, a tocar las canciones que sacaba en mi casa, en el teclado. De hecho, ambos me hicieron tocar. Y por algún motivo, no me dio tanta vergüenza como pensé que me iba a dar, sobre todo pensando que mientras se me movían los dedos, mi voz debía sonar con melodía, cantar…
Días después, solo veníamos Diana y yo. Aidan acompañaba a su hermana a vigilar Lathalia, cerca de la carretera, por lo que no nos pudo acompañar por algún tiempo. Era a finales de Mayo, y con Diana las cosas iban bien. El piano nos acercó mucho en aquel tiempo, mientras tocábamos y cantábamos, contando nuestras historias, riéndonos y aprendiendo a conocernos. Después de todo, Diana era una buena persona, simpática y muy divertida. Reconocía que era culpa mía que no hubiéramos hablado antes, la falta de comunicación y mis malos comentarios. Era una persona callada y poco sociable ante las personas que no conocía, pero eso ya no iba conmigo. De hecho, con los otros Ángeles aprendí a abrirme más. Me ayudó bastante todo lo que pasó con Diana. Me enseñó cosas que no había conocido hasta esa fecha, charlábamos cosas que teníamos en común, me contó su vida, y yo la mía… y mientras eso, me halagaba porque decía que le encantaba como tocaba el piano. A decir verdad, creía que ella lo hacía mucho mejor que yo, pero cada una tenía su estilo. A las dos nos ganaba Aidan, era nuestro ídolo… aunque Diana lo veía más que eso, y nadie me haría cambiar de opinión.
lunes, 23 de febrero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario