domingo, 15 de marzo de 2009

CAPITULO XXXI

Elizabeth Prett


- ¿Por qué se demoraran tanto? – le pregunté a Nathalie, como si ella supiera a respuesta.
- No lo sé… pero algo no me huele bien.
A mí tampoco. Por lo mismo, creí que era mejor ir hasta el teatro y ver si algo andaba mal. La presencia de Emily no la sentía y la de Diana menos. No había nadie en las calles, a pesar de que era el último día de la semana. Ni siquiera pasaban autos. Me pareció extraño, pero no era el momento de averiguar eso.
- Vamos al teatro, Nat… esta inseguridad ya no da para más…
- ¿Sabes dónde queda?
- Si… más o menos.
Justo en aquel momento, antes de que diéramos siquiera un paso, las luces de la calle a nuestra izquierda comenzaron a explotar. Las pantallas luminosas se hacían pedazos y las ampolletas reventaban, dejando el asfalto totalmente oscuro, dejando pasos a las tenebrosas sombras que corrían por las casas hacia nuestro sitio. Era hora de movernos de ahí, y aprovechando el escape, nos dimos la vuelta por la calle siguiente, para dirigirnos al teatro.
Era como si la oscuridad nos persiguiera a donde quisiéramos dar la vuelta. Pero no nos detuvimos ni alentamos el paso, solo hasta cuando llegamos a la esquina de nuestro destino. Las luces se venían reventando desde la otra cuadra también, dejándonos sin escape, excepto por arriba. Volar.
- ¿Qué hay de las Em y Diana? No podemos dejarla… - me dijo Nat. Claro, tenía razón, pero no se cuanto tiempo duraríamos en medio de la luz de la luna.
El foco arriba de nuestras cabezas, al terminar de apagarse todos los otros, se debilitó un poco y la luz parecía más tenue. Parecía que se apagaría en cualquier momento. Ambas quedamos mirándolo, como suplicando que no se fuera.
El silencio se tornó áspero e invadió nuestros oídos, al igual que nuestros entornos, solo hasta que un sonido de cristal roto cayendo por alguna ventana del cuarto piso, nos hizo saltar de la impresión, y ver a Diana volar a unos pocos metros de nosotras. Al vernos, bajó y se integró.
- ¿Qué pasó? – le preguntó Nat.
- ¿Dónde está Em? – le pregunté, al verla sola.
- Ella… ella… - no hallaba que responderme, pues no tenía una excusa. Emily no estaba.
- ¿Qué? – dije histérica.
- Se suponía que me seguiría… yo… - Diana miró el teatro y sus alrededores. Se dio cuenta que quizás Emily no había alcanzado a salir, y había sido capturada por los malos.
- Debemos ir a buscarla – dije inmediatamente al dar un paso hacia el teatro.
- ¡No! Ese teatro está maldito, Beth… está lleno de ilusiones… no puedes confiar en nada… n vayas… empeoraras las cosas… - dijo Diana deteniéndome del brazo, poniendo esa cara de angustia, que generalmente era fingida. Esta vez no.
- Es mi amiga la que está ahí adentro… con mayor razón debo ir.
- ¡Espera! Es que…
- ¿Qué?
- La Tríada… creo que hay alguno de ellos allí dentro…
Tan solo luego de nombrarlos, se me erizó el cabello. Iban a hacer su aparición, esta noche. Y ya empezaban el debut.
- Em no podrá sola con ellos… - le dije tratando de convencerla…
- Pero tu tampoco serás de mucha ayuda...
- Entonces vamos todas… - dijo Nat, tratando de dar una respuesta favorable para todas.
Estábamos de acuerdo y nos pondríamos en marcha.
Sin embargo, no iba a ser fácil, y lo presentimos. Antes de movernos, corrió un viento tibio, con olor a azufre, típico del Inframundo, o al menos eso vi en las películas y leí en libros. Alguien se acercaba quizás. Venía a instantes, y cada vez con mayor fuerza, hasta casi despegarnos del suelo. Hubo uno, que se mezcló con las sombras del asfalto, y comenzó a mezclarse con las brisas, como si el aire llevara arena negra, y oliera a quemado.
- ¿¡Diana!? – pregunte gritando, buscando una explicación.
- ¡No soy yo!
Mientras trataba de luchar contra la mezcla de sombras y viento de mal olor, pensaba con qué podía atacar, y como hacerlo para que fuese más efectivo. Me hacía falta rapidez, y tal vez eso cambiara bastantes las cosas. Había que estar preparada para todo, desde aquellos momentos. No capté el segundo exacto en que una voz a mi izquierda, susurró algo al oído de Natalie, diciéndole “Hola, preciosa…”, llevándola consigo hacia otro lugar, desapareciendo. Cuando voltee mi cabeza, no había nada ni nadie. Nathalie ya no estaba.
Entonces, Diana atinó a usar su viento superpoderoso para colar el oloroso aire sombrío y hacerlo desaparecer. Menos que lo hizo antes de que se lo dijera…
Estuvimos a salvo al cabo de unos segundos. Sin embargo, la desaparición de Nat, me dejó pensativa y preocupada a la vez.
Había desaparecido, y para más remate, la única luz que las mantenía en claridad parecía que se iba a apagar por una sobrecarga.
- ¿Cómo…? ¿Dónde está? – preguntó Diana a Elizabeth.
- No sé, yo… escuché a alguien, pero… dios, ni siquiera sentí la presencia de nadie… no lo entiendo.
Elizabeth estaba impactada por la rapidez que había ocupado el sujeto para llevarse a su compañera. Ahora volvía todo a silenciarse nuevamente. Diana miraba a sus alrededores, temiendo encontrarse con alguna sorpresa o algún enemigo. No había nadie allí observándolas hasta el momento.
Como era de esperarse, la luz se apagó de a poco. Elizabeth, prendió una llama lo suficientemente grande de tamaño como para iluminar la calle de esquina a esquina. No era tan extensa. Sin embargo, pese al silencio otorgado, ese aire contaminado invadía sus cerebros otra vez. Aunque no se sintiera ni se oyera, el aura era totalmente perceptible. Ambas tenían ese presentimiento, de que alguien las observaba.
No se completaron los cinco minutos desde que estuvieron en silencio nuevamente, cuando una fuerza inimaginable y ligera intentó atacarlas de frente, como un fantasma que quiere cruzar hacia el otro mundo. No se veía nada, pero la energía que emitía aquel espíritu era mucho más superior que la de las chicas. Diana dio un paso al frente y colocó su brazo protegiendo su cara, como deteniendo el ataque con el antebrazo. A la vez, la pared de viento que utilizó, al igual que cuando peleó con Scarlette, era resistente como un escudo, y así protegió a Elizabeth. Por un momento sintió que debía bajar su extremidad, pues el ataque era demasiado poderoso y no se acababa nunca. Aun así, resistió hasta el final.
Cuando ya todo paso, se restregaron los ojos y miraron hacia todos lados. Diana bajó el brazo y lo miró.
- ¿Qué fue eso? – preguntó Elizabeth arreglándose el pelo que tenía sobre la cara, después del casi huracán que formó su compañera.
- No sé, pero… - Diana volvió a alzar su brazo sangrante, observando la herida que le había dejado la agresión invisible. – Lo que haya sido… es mucho más fuerte de lo que pensé…
- ¿Estás bien?
- Si… - dijo Diana, mientras su piel se unía, regenerándose y dando paso a nuevos tejidos en buen estado.
Se quedaron algunos minutos en silencio, quizás pensando en cuál sería su próximo movimiento. No estaban solas. Y se manifestó aquella expresión, cuando desde una esquina a su derecha, se escucharon unos pasos lentos y rápidos a la vez. La luz que se propagaba por el lugar desde la mano de Elizabeth, hizo aclarar una figura humana, con algo parecido a un abrigo largo y negro. Ya lo conocían. Un cabello alborotado más o menos largo y negrísimo, hizo la diferencia entre él y uno de sus compañeros. No titubeó en quedar a menos de cinco metros de las chicas, con una patética sonrisa, tipia de los demonios que se creen bastantes superiores.
- Bravo… bravo – dijo mientras chocaba las manos repetidamente, aplaudiendo. – No pensé que evitarían mi ataque de esa forma. Las felicito.
- ¿Quién eres tú? – dijo Diana, lista para todo.
- Mi nombre es Lorian… uno de los seis integrantes de la Tríada… el más joven, y el más inteligente – dijo bajando las manos lentamente hasta dejarlas sin movimiento. Se tiraba muchas flores al decir que era el más astuto, pero no mentía. Solía analizar bien antes de atacar.
- ¿Qué… que es lo que quieres? – pregunto Elizabeth, nerviosa.
- Conocerlas, Ángeles… aunque claro, no están todas aquí…
Ambas estaban un poco confundidas con la actitud que Loran había tomado. Era un jovencito bastante apuesto, de ojos dorados y labios muy contorneados, delgado y con músculos en los brazos. Pensaban si en algún instante, atacaría de forma repentina o si solo simplemente se quedaba ahí, conversando con ellas, que era lo menos probable.
- ¿Dónde está Nathalie? ¿A dónde te la llevaste? – preguntó Diana un poco alterada.
- ¿Yo? Yo no me la he llevado a ninguna parte… debió ser alguno de mis compañeros buscando entretención, como los que están divirtiéndose con la otra… el ángel del agua…
La palabra “los” le hizo quedar inmóvil a Diana, puesto que citaba a más de un demonio atacando a Emily. Ni siquiera podía con uno, menos con una cantidad superior.
Lorian se rio de aquella expresión de temor en las caras de ambas, pero la risotada que se escuchó desde el otro lado de la calle, predomino aun mas en los oídos de todos. Una risita femenina que se acercaba lentamente, al parecer con tacos, distrajo la atención que Diana le ponía tanto al primer demonio. Aquella vestimenta negra, aquel cabello alborotado y ondulado, aquellos adornos de metal, la hicieron incomparable. Valkyria caminó hasta las otras dos chicas, quedando a una distancia parecida de la que tenía Lorian.
- ¿Por qué asustas tanto a las niñas, Lorian? – preguntó sin parar de carcajear.
- ¿Qué haces tú aquí? – le preguntó éste, sin tener respuesta.
Elizabeth y Diana se vieron en problemas. Su expresión facial aun no cambiaba y esto hizo que la mujer se presentara.
- Supongo que sabrán que soy una de las integrantes de la Triada de Neheria… mi nombre es Valkyria… y soy una de las más fuertes, puesto que… digamos que soy una de las fundadoras del clan – dijo con gran autoridad. Era normal en ese tipo de demonios, la soberbia.


Emily Thompson


Lo quedé mirando como si fuera un gigante que me aplastaría igual que a un insecto. No había gran diferencia entre ese ejemplo y yo, botada en el suelo, pensando en mi ataque, inservible. Sin embargo, el miedo me invadió cuando vi aparecer a la otra chica, saliendo de una puerta del otro pasillo, de falda corta y negra, con botas muy sexys. Parecía tener la misma edad que yo.
¿Dos de la Triada? Ahora podía decir que… mis días estaban contados.
Entró con una postura altanera, con la infaltable sonrisita irónica que hacía que mi ira subiera hasta mi cabeza. Hizo el comentario, que tampoco debía faltar para hacernos enojar.
- Miren, miren… ¿Qué tenemos aquí? – dijo mirando al grandote, el cual le respondió con una sonrisa mostrando los dientes. – Eliott dijo que eran niñas… pero nunca habló de bebés…
Soltaron ambos las carcajadas, provocando un eco patéticamente por un largo rato. Pasó por mi cabeza, que ese era el tiempo de escapar, sin importar cuán cobarde fuera en el momento, podía redimirlo después. Me di media vuelta con la rapidez de un disco, y bajé las escaleras sin mirar atrás.
No me sorprendió mucho cuando al llegar al supuesto piso de abajo, viera a los otros dos, riéndose de í, ya que había caído en la ilusión otra vez. Aunque bajara mil veces las escalas, llegaría al mismo cuarto piso, para ser aplastada una y otra vez.
El grandote – que hasta el momento no tenía idea de cómo se llamaba, tampoco la joven – se colocó a mi lado, para darme una fuerte abofeteada, que con apenas tocarme, legué a atravesar la pared de madera de una de las habitaciones. Caí con tablas y todo al suelo, y para más remate, cuando iba a ponerme de pie, él estaba esperándome. Me tomó del pelo y me lanzó de nuevo hacia el lugar donde estaba la otra chica. Parecía una muñeca de trapo, que tiraban de un lado para otro sin poder defenderme. Aun no pensaba en mi ataque.
Llegué a los pies de la joven.
- Levántate – me dijo con un tono más serio.
- Tú eres… las de las ilusiones… - le dije con una voz débil que sentía que se iba a desvanecer en cualquier segundo.
- ¿Quién creías que era? ¿Scarlette? Los mitad humano no se meten en las peleas de la Tríada…
- Así que… efectivamente son de la Triada de Neheria… - necesitaba corroborar la información, ya que no podía leer sus mentes. Sus cabezas estaban vacías, no sabía bien si eran así, o mantenían sus mentes bloqueadas.
Me sentí un poco mejor al sentir que mis heridas se curaban, y podía volver a ponerme de pie. La chica me miró sin hacer nada al respecto.
- ¡Así que te puedes curar! – dijo con gran alegría. – Entonces… esto va a ser más genial de lo que pensé…
Seguramente pensó que como me podía curar rápidamente, podría torturarme más veces, las que fueran necesarias para que me diera por vencida, o simplemente, renunciara a mis alas.
Sin embargo, la conversación no me salvó de un nuevo ataque que no pude anticipar. Y es que el grandote era tan rápido, que no podía ver cuando avanzaba hacia mí. Me tomó del cuello y me tiró a la pared de la escalera. Quedé pegada como monito de refrigerador, y al caer, sentí un verdadero dolor en mi espalda, como si se me hubieran desencajado algunas vertebras. La madera rota me golpeó un poco la cabeza y quedé media tonta. Escuchaba sus voces, como si discutieran algo, pero no logré escuchar de qué se trataba. De hecho, no me percate de cuando dejaron de hablar, y el demonio de nuevo estaba parado al lado mío, listo para jugar conmigo de nuevo. Estaba tan distraída ideando algún plan o ataque que funcionara, que dejé que me zamarreara para donde quisiese, y al parecer, la suerte me acompañó en aquel asalto, pues atravesé la ventana, el vidrio, todo hacia la calle.
De un cuarto piso, sentí de pronto el aire entrar por mis ropas, y de los puros nervios, abrí mis alas a la altura del segundo piso. Fue todo tan rápido, que ni siquiera yo sabía lo que hacía. Luego escuchaba y veía bien. Por lo menos, la discusión que tenían los demonios que me atacaron no era para nada silenciosa.
- ¡Qué hiciste! ¡La arrojaste para afuera! – le dijo la chica al demonio.
- Ya sabes que no controlo mi fuerza… - le dijo él.
- No importa… vamos.
Mientras tomaba conciencia de lo que sucedía, una voz familiar sonó a lo lejos de mis oídos, llamándome fuertemente. Era Beth, quien se encontraba acompañada de Dana y otros dos desconocidos demonios. No dudé en bajar a luchar con ellas, pero en vez de eso, algo me golpeó sin sentirlo. Sentía que cada vez, cada golpe me dejada más noqueada y fuera de mí misma, si no pudiera pensar y cayera en un profundo desmayo. Primero sentí el ataque, luego el choque contra el asfalto de la calle, el cual no era ara nada blando, ni lleno de pasto. Sentí que Beth quería ayudarme, pero una voz femenina y diferente a la de la chica ilusionista, se lo impidió, creando finalmente un campo de batalla.
Había un pulso en mi brazo sangrante, y también en mi cabeza. Creo que no podía estar más acabada como en aquel instante. Y para terminar conmigo, vi como un par de pasos se acercaban a mirarme detalladamente, aunque no tenía claro de cual iba a ser la finalidad de eso.


Nathalie Denat


De repente, el asqueroso viento terminó. Abrí los ojos, y me hallé en un sitio totalmente distinto al anterior. Parecía estar en una esquina, cerca del parque, aun si en Olidata. Las calles completamente vacías, y yo parada como una idiota sin entender nada.
- Aquí… es más íntimo – me dijo una voz a mis espaldas, aunque claro, no era par nada desconocida.
- ¿Quién eres? – pregunté al ver su apariencia, de un joven veinteañero, bastante apuesto, aunque con un semblante de locura
- Ya me conoces, linda… claro, no en este cuerpo… pero… debes admitir que con este me veo más apuesto… ¿no? – dijo dando vueltas alrededor de mí, lentamente.
- Tú… eres la niña—
- ¡La niña! ¡Sí! Es que… me gusta cambiar de cuerpos… aunque esta vez, este es el definitivo, me gusta… y creo que a ti también.
- ¿Qué?
- Vamos… terminemos lo que empezamos aquella noche… aquí mismo…
Éste imbécil hacía referencia a aquella noche en que casi me quemó viva con tan solo tocarme. Aparte de querer propasarse conmigo, cuando solo tenía el cuerpo de una niñita. Y siguiendo con aquel hecho, hizo un movimiento con la mano, que hizo que hasta mis parpados se detuvieran, quedando en una parálisis general de todo mi cuerpo. Aquí iba de nuevo, y no sabía porque, pero sentía que esta vez le iba a funcionar, pues no sabía cómo ponerme en movimiento, ni tampoco había nadie que me socorriera.
- A ver… empecemos por sacar el poleron – dijo al acercarse a mí, con esa calor infernal, que solo hacía que me “retorciera” de dolor. – Luego… podríamos—
- ¡Espera, espera! No lo hagas… o sea, es mejor tener una batalla justa que—
- ¿Quién te dijo que tenía intenciones de pelear contigo? No… yo te quiero… te quiero a ti… - dijo sonriendo, acercándose cada vez más, seguramente para tocarme.
¡No! ¡No quería perder la virginidad con un demonio! pero… ¿Qué pensamiento es ese? Debía zafarme de él como sea, con lo que sea…
Lo veía imposible. Y ya lo sentía pasar sus manos por mi cintura… yo completamente inmóvil, imaginariamente, una lágrima recorría mis mejillas, y mis manos temblaban incontrolablemente.
Para mi sorpresa, el demonio se detuvo. Se quedó quieto un rato, y luego miró hacia atrás. Recorrió la calle con sus ojos, y luego de no ver nada, volvió a lo que hacía conmigo.
Sentí una extraña presencia en el ambiente, pero no estaba segura de si era un demonio, o una mente perversa cualquiera. Es que el aura no era la de un demonio total, era… no sabía cómo explicarlo, pero algo andaba extraño. Tan así, que el demonio volvió a darse la vuelta y a mirar, esta vez, con más atención. Entonces, entendió.
- ¡Ziro! Mi viejo amigo… - dijo dándome la espalda, viendo la silueta del otro demonio.
- No sabía que éramos amigos… - le dijo Ziro caminando hacia él.
- Bueno, yo quería serlo…
Dejó pasar un silencio corto, en el cual intente infinitas veces tratar de moverme, sin tener el mas mínimo éxito.
- ¿Vienes a ayudarme con este ángel? – le preguntó mi atacante, con una mirada picarona. Ziro no entendió, ni yo tampoco. ¿Por qué estaba él ahí?
- Déjala ir – le dijo Ziro.
- ¿Qué?
- Que la dejes ir, Arkanus…
- ¿Estás bromeando? ¿O tu incontrolable ataque se está haciendo tan fuerte que te está secando hasta el cerebro?
- Dije “déjala ir, Arkanus”… ahora.
- ¿De qué lado estás, estúpido?
- De cualquiera en el que ni tú ni tus sádicos compañeros estén… y no volveré a repetírtelo… déjala ir.
- Ziro, basta… ésta es mi pelea, no te metas – le dije al sentir la sensación de que se podía desatar algo más complejo. Aunque claro, no sabía si lo que había dicho era cierto… quizás, era mejor que él me ayudase, pero…
- No podrías ganarle ni aunque quisieras… - me dijo mirándome seriamente.
- Creo que el único que esta sobrando aquí eres tú, Ziro… hazle caso… deja que la pasemos bien y, quizás después… pueda decirte como me fue con ella – le dijo el tal Arkanus, con un acento de querer algo más que tocarme. Lo sabía. Y más encima, el comentario “hot” de éste, hizo enojar a Ziro… ¿y por qué?
- ¿Qué dijiste? – le respondió Ziro, acercándose al otro, como queriendo atacarlo, tornándose a rojo intenso, sus ojos llenos de hambre.
- ¿Quieres pelear? – le preguntó Arkanus, sin temerle. De hecho, se acercó un poco más, dejándome en libertad. Su poder había terminado de paralizarme. El “efecto Ziro” empezaba a recorrer mi cuerpo.
Tal vez iba a ser la única oportunidad que tendría para escapar, así que me alejé de ambos, como si nada pasara. Pero de esperarse, que Arkanus no era tonto, y en un microsegundo, se puso atrás de mí, como para atacarme.
Y a la misma rapidez con que él se movió, se movió Ziro, tomándome en sus brazos, y elevándose por el aire con sus alas rotas, mientras Arkanus se empezaba a molestar.
- Ella es mía, Ziro… - decía mientras se tomaba el tiempo de sacar sus alas, muy tranquilo.
Mientras yo iba en el aire, sentía el aire golpeándome casi todo el cuerpo, ya que íbamos tan rápido como podíamos.
- ¡Ziro, bájame! ¡Déjame!
- ¡No te muevas!
- ¡No quiero irme como una cobarde!
- No eres cobarde, eres inteligente…
- ¿No confías en mí? – aquella pregunta la sentí amarga, ya que la respuesta la sentí muy cerca de la decepción.
- No seas tonta, Nathalie.
Sabía que no respondería con la verdad. Quizás, su mente decía mas que las palabras salidas de su boca, pero no quería pensar que él tuviera que salvarme siempre, como si yo no supiera hacer nada con el poder que se me fue otorgado.
- No me siento bien – le dije al sentirme cansada, con el cuerpo pesado, y algo mareada al mirar el suelo, lejano.
- Mierda…
- ¿Qué?
- Arkanus… es mucho más rápido que yo… me alcanzará.
Y no era broma. Entre mil brisas que soplaban mientras volaban a gran velocidad, había una incomparable que quedaba tras el rastro de Arkanus. Faltaba poco para que dejara una estela.
- ¿Sabes qué? Te haré caso – me dijo moviéndome con sus brazos, como acomodándolos.
- ¿En qué? – pregunté.
Pero fue un poco tarde para darme cuenta de su plan. Me dejó caer de unos cuarenta metros, en los cuales destapé un grito extremo que hasta a mí me dejó sorda. Si por lo menos me hubiera explicado de que hablaba, me hubiera preparado sicológicamente, pero ya que iba cayendo como saco de papas, saqué mis alas par no reventarme como lo hizo Diana en su primer intento de volar.
Eché un vistazo a Ziro, que justo un segundo después de que me soltara, lo impactó Arkanus, a una rapidez inimaginable, que me dejó con la boca abierta. Iba a ir en su ayuda, pero una mano frívola y a la vez con el calor del infierno, me detuvo repentinamente. Miré.
- Deja que ellos jueguen solos… - me dijo Eliott, luego de ver y procesar su cara, esa cara… no sé si de idiota, o la cara más hermosa que había visto en mi vida. No había pensado en eso antes.
Al igual que Arkanus, hizo un movimiento con sus manos, al mismo tiempo que sus ojos se tornaron rojos. Fue un ataque, yo diría, no tan terrible como los otros, pero que de alguna manera, logré detener, debido a un escudo invisible alrededor mío, salido de no sé dónde. Hasta él quedo sorprendido.
- Buena defensa, ángel… - me dijo al reaccionar.
- Yo no hice—
Justo antes de que terminara, lanzó otro golpe que me dejó tragando la tierra de un jardín, cerca de donde estaban las demás, Beth y Diana. No entendía nada, pero lo que si capté era que al aterrizar en la tierra, él me esperaba ahí. Espero a que me pusiera de pie, y luego con sus manos juntas al frente de su pecho, formó una especie de bola de fuego con chispas rojas, y un sonido parecido al magnetismo. Ni siquiera sabía cómo era ese sonido...
Y tampoco sabía cómo defenderme. De hecho, aquel “escudo invisible” salió de la nada, sin hacer yo algo que lo provocara, siquiera pensarlo. Sin embargo, ahora me hallaba en una situación más peligrosa y más compleja. Estaba a pocos metros de una bola superpoderoso que areciese que se tragaría al mundo, como un imán.
- ¿Algo que decir antes de tu muerte? – me preguntó a punto de reírse.
- No voy a morir – le dije muy segura de mi misma, aunque en lo más profundo de mi ser, sabía que era todo cuestión de fe, porque de seguridad, no tenía nada.
- ¿Y por qué tan segura? – preguntó segundos antes de lanzar el gran poder.
- Porque me tiene a mí – dijo una voz que de un segundo a otro salió por mi izquierda y se lanzó contra Eliott, desatando el verdadero caos con esa esfera de fuego rojo. Era un poder tan grande, que me lanzó algunos metros atrás, por supuesto, sin caer al suelo.
- ¡¡Ziro!! – grite con toda mis fuerzas, peo lo perdí con toda la luz rojiza que e cegó por un instante.



Todos alrededor, sintieron el impacto que hizo mover hasta el más mínimo grano de arena en el piso. Valkyria volteó su cabeza con gran rapidez y nerviosismo, diciendo en voz alta el nombre de Eliott, justo antes de que su ataque se consumara por completo hacia Elizabeth y Diana. Se hizo humo negro por entre las ráfagas de viento, que se hacían cada vez más enérgicas, con la intención de ir en ayuda de su compañero.
- ¡Valkyria! – le grito Lorian, al ver lo que ella tramaba, pero no se contuvo a la idea de salir tras ella y a la vez, ir en ayuda de su grupo.
Elizabeth y Diana quedaron solas, con sus poderes en la mano, sin necesidad de usarlos por el momento.
Se desató la gran fuerza de fuego, y todos los de la Triada estaban presentes ahí, luchando contra un demonio de poder menos, Ziro. Diana, al verse sin la necesidad de defenderse de Valkyria y Lorian, corrió en dirección a Nathalie, para salvarla de aquel campo de fuego, ya que veía que ésta no reaccionaba. Mientras, Elizabeth iba en rescate de Emily, quien recién ahora se podía sentar en el suelo, y regresar su columna a donde pertenecía.
- ¿Em, estas bien? – le preguntó Beth.
- Si… - dijo mientras se ponía de pie lentamente, al mismo tiempo que cada hueso le sonaba para reponerse. – Ahora si…
Entonces, se acercaron al gran caos que estaba a punto de desbordarse por completo. Nathalie estaba de pie, observando y analizando la forma de poder ayudar a su salvador, mientras que Diana la tomaba del brazo y la jalaba para retroceder y salvarse.
- ¡Nat! ¡Nat, vamos!
- ¡No, Diana! ¡Ziro está ahí!
- ¡Diana, debemos alejarnos!
- ¡No puedo dejarlo ahí, Diana, él me salvó! – le dijo Nathalie, mirándola a los ojos, lo cual hacía que Diana cediera y se arrepintiera al segundo después. Llegaron las otras dos.
- ¡Chicas, vamos! ¡Esta cosa nos succionara! – gritó Beth.
- No podemos Beth… mira – le dijo Emily, apuntando los arboles alrededor de la gran bola.
Fue increíble ver como cada hoja y cada planta en la tierra se quemaba quedando solo cenizas, volando por el aire. Lo único que se escuchaba eran gritos de dolor dentro de aquel ataque, y Nathalie solo podía pensar en salvar a Ziro. Se adelantaba, y luego, Diana la jalaba del brazo nuevamente.
Debían hacer algo pronto, si no querían que el fuego llegara hacia las casas más próximas del recinto, matando y quemando a gente inocente. Fue entonces, cuando Emily se sintió llamada por el destino, y sin pensarlo, su mano de elevó en dirección al fuego, lanzando agua sagrada en cada llamarada que ardían sin notar cambios. Caminó un poco, acercando a la zona de la pelea, y cuando hubo casi terminado el trabajo, trató de apagar la enorme fuerza que era prácticamente imposible de lograr. Pero sus amigas no se quedaron paradas sin hacer nada. Nathalie la siguió, pensando en que Ziro aun podía seguir con vida, difícilmente enfrentando a toda la Triada junta, luego Beth y diana, después de una mirada cambiante, fuego y aire se unieron con tierra y junto con el agua se formó un solo poder celestial que emitió una intensa luz blanca hacia el cielo, seguida de un silencio de casi dos segundos, para terminar con un estallido provocando temblores en el suelo, dejando la bola de fuego una gran marca en el asfalto, como si hubiera caído un meteorito.
El impacto fue tan grande, que arrojó a las cuatro Ángeles varios metros atrás, seguías de Ziro, un poco después, y la Triada intacta por su escudo de fuerza, parados en línea, con solo Eliott un poco herido y cansado. Sus caras hacían creer que nada había pasado, pero en el fondo de sus mentes, estaban impactados por el inmenso poder que podían llegar a tener las chicas al unirse.
El aterrizaje al piso nuevamente no fue tan doloroso como otras veces, pero Nathalie se puso más nerviosa cuando vio a Ziro botado en la vereda, ensangrentado e inconsciente. Corrió hacia él, sin preocuparse de lo que pudiera pasarle, mientras sus compañeras se levantaban pausadamente, y colocaban la planta de los pies en la acera, demostrando que aun podían dar más de lo que ya habían dado.
Arkanus, quien observaba el espectáculo, tomo mucho en cuenta la escena entre Nathalie y Ziro, ella preocupándose por un demonio de rango casi superior, sin darse cuenta de que le hacía daño mientras pasaba el tiempo. El ángel parecía muy pendiente de él, como si faltara poco para que brotaran lágrimas, lo cual le dio a Arkanus mucho que pensar y mucho que planear. Ya lo tenía en mente…
Diana corrió hacia Nathalie, y trató de alejarla del demonio, que al parecer, aun no reaccionaba, pero como siempre porfiada, no le quitaba las manos de encima. Emily y Elizabeth la siguieron, pensando que podrían lograr algo, pero no fue así. Sin embargo, Diana pilló a su desdichada amiga en un momento de debilidad, cuando las cosas empezaron a ponerse extenúas, y la arrastró unos metros más atrás de Ziro, junto con las otras dos. La Triada observaba todo.
- Debo admitir… que las subestime un poco, Ángeles… - dijo Eliott, mientras sus heridas terminaban de regenerarse por completo. – Sin embargo… no tienen el suficiente poder para combatirnos.
- Eso está por verse, Eliott… - dijo Emily, caminando un par de pasos hacia ellos, quedando aun así lejos.
- ¡No me digas! Con suerte pudiste levantarte de los golpes que te dio Eebaiv… - le respondió Luffer, con una mano en la cintura, igual que siempre.
- ¡Se creen la gran cosa, pero saben que el mal nunca triunfa sobre el bien! – dijo Diana, mientras ponía de pie a Nathalie, quien ya casi se recuperaba.
- Par hacer esto más corto, permítanme presentarles a… los integrantes de la Triada… - miró a su izquierda. – Valkyria, Lorian… - miró a su derecha – Eebaiv, Arkanus y Luffer. Ellos son los demonios más fuertes del inframundo, sin contar a Lu, por supuesto…
Todos al nombrarlos sonrieron como si todo el gran ataque hecho hace algunos minutos, hubiera sido un juego. Las chicas no podían creerlo. Por primera vez en sus vidas temían a seis jóvenes de casi sus mismas edades, soberbios y orgullosos de matar gente. Porque la verdad de todo, era que aquella bola de fuego, si hubiese llegado a desbordarse, toda la gente de Olidata, Garamond y quizás Lathalia, terminaría rostizada y finalmente muerta. Por lo menos esta vez, lograron detenerlos, pero la segunda debían estar más preparadas, entrenadas, y… rápidas.
La tríada no hizo nada mas esa noche. Quedaron satisfechos al ver el poder que cada una tenía, que para ellos era casi nulo. Luego de haberse presentado, desaparecieron algunos por fuego rojo de chispas naranjas, y otros en una especie de humo negro, como el hollín de las chimeneas.
Aparte de que había quedado una gran catástrofe en medio de la calle, las chicas se sentían exhaustas por la batalla. Después de que sus enemigos desaparecieran, Nathalie volvió a correr por Ziro, preocupándose un montón, ya que después de todo, él la salvó de haber quedado como él estaba ahora, extremadamente lastimado, cansado, inconsciente, y con pocas señales de vida.
- ¡Nat, basta! – le gritaba Diana, mientras la tiraba hacia atrás.
- ¡Ziro! ¡Dios mío, déjame ver como esta!
- Te hará mal, Nat. Vamos… - le dijo Elizabeth.
- ¡No importa! ¿No se dan cuenta? ¿¡No se dan cuenta que él me salvo!? ¡Él nos salvó de Eliott! Sabía que no podíamos combatirlo y se interpuso para detenerlo…
- Nat, no podemos hacer nada… - le dijo Emily poniéndole su mano en el hombro.
- Pero él vive… debemos ayudarlo – decía Nathalie, con voz ronca y débil. Primer síntoma.
- Claro que no, Nat. Es un demonio-- - le dijo Diana.
- ¡Pero entiende de que no es malo! Él no… es diferente, no es igual al los otros… deben ayudarme…
- Pero… - le dijo Emily.
Se miraban unas a otras. Nathalie, por su parte, esperaba milagrosamente que las heridas y quemaduras de Ziro sanasen como las de ella, o como los integrantes de la Triada. Pero por más que su deseo fuese aquel, no sucedía y jamás iba a ser así.
Nathalie las miraban con cara de ayuda, pero las demás no querían por miedo a que Ziro pudiese traicionarlas, ya que era netamente su enemigo. Siempre lo sería. Corrió un aire frío anunciando que la lluvia se reanudaría, pero quizás, no era simplemente una brisa. Alguien se acercaba y todas los sintieron venir, excepto la Nathalie, quien ya estaba débil para presenciar el aura de los Ángeles del Sonido, que volaban a gran velocidad, y aterrizaban suavemente cerca de ellas. Nadie dijo nada. Evan se acercó a su hermano, y lo volteó para verle la cara, aquel rostro bañado en sangre, pero no con probabilidades tan fáciles de morir. Sentían su presencia débil, pero Evan sabía que Ziro con o sin su ayuda se salvaría, aunque hubiese peleado con todos los del Triada al mismo tiempo.
- ¡Evan! – dijo Nathalie al verlo en frente de ella, con los arpados caídos, y respirando agitadamente.
- Aléjate de aquí, Nathalie, ahora… - le dijo él mientras tomaba en sus brazos, el cuerpo de su “fotocopia”.
Sus amigas la tomaron de los brazos y la alejaron de donde estaba. Los hermanos A estaban completamente confundidos con la actitud que Evan había tomado con el demonio, considerando además, que eran completamente iguales, con algunas diferencias mínimas e insignificantes. La esencia era la misma. Solo lo vieron tomarlo y llevárselo lejos, desapareciendo entre las nubes de la noche y el sonido de uno que otro trueno.
- ¿Dónde se lo lleva? – le preguntó Astrid a su hermano, mirando a las demás, quienes no le daban respuesta, pues no eran las indicadas. Ella y Aidan no sabían hasta ese momento, el parentesco de Ziro con su compañero. Pero poco a poco, se daban cuenta de la situación, en donde las palabras sobraban.

Todos volvieron por aire a la capilla, cuando ya la lluvia había empezado a caer. Caliel, preocupado por todas, las esperaba despierto y mirando por la ventana, por supuesto al sentir tal fuerza no lejos de allí. Llegaron, todas muy cansadas, sucias algunas y sangrientas otras, con rostros tan idos como su espíritu, y manos temblorosas. Los hermanos A se toparon con su guía, quien obligadamente debía darles una explicación por lo de Evan y Ziro.
Por otro lado, las otras jóvenes se fueron a la cama, se tendieron y no supieron del mundo por unos días. Era un cansancio en el casi podrían entrar en coma si se trataban de personas comunes y corrientes. Peo no era así, y por lo mismo, botaron sus deficiencias durmiendo, o tan solo cerrando los ojos y dejarse llevar…
Aquella noche, antes de que Emily se acostara y desapareciera por un par de días, Caliel la vio exhausta y casi a punto de desmayarse. Le dio un fuerte abrazo cálido que hizo que Emily quedara ya besando las nubes. Con aquello, sus pensamientos decían claramente, que era feliz de tenerla de vuelta sana y salva, refiriéndose no solo a su poder de curación rápida, si no de haber combatido valiente y haber arriesgado más que su vida por detener el poder de la Triada.

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