sábado, 28 de febrero de 2009

CAPITULO XXX

30 de Mayo
Diana Crown


Caminando por la calle principal de Daily, tenía la sospecha de que entraría al metro, por la estación “Rocas Negras”, por lo que le avisé a Elizabeth, quien era la que estaba más cerca de mí. Le di la descripción más exacta que pude del tipo.
- Polera verde oscura, pantalones marrón, zapatillas… Mmm… blancas sucias con rayas azules eléctrico, y… chaqueta de cuero ancha café oscuro. Tiene el cabello crespo y un poco largo, de color negro. Tez tostada…
- Es todo lo que necesito, gracias Diana… - me dijo Elizabeth entre risas.
Me quedé afuera por si las cosas se ponían feas.
Eran cerca de las nueve. Me dio un poco de pena dejar a Alan de un momento para otro en tanto sentí la presencia del demonio. Pero sabía que debía estudiar, por lo que mi preocupación se deshizo al llegar a Daily, y ver a las chicas ya listas, aunque con una cara de extrañeza. Los Ángeles del Sonido habían atravesado la carretera hacia no se cual ciudad lejos de aquí. No me manejaba mucho en este país, sabiendo que era de esas que se perdían hasta con un mapa.
Como sea, no bajé las escaleras que me conducían hacia el subterráneo para tomar el metro. Me quedé entre una multitud que hacía fila para recargar sus tarjetas o para comprar boletos. Aquella estación tenía dos salidas. Yo estaba en una de ellas, y más allá, atravesando Daily, estaba Nathalie, también lista por cualquier cosa.


Elizabeth Prett


Lo sentía llegar despacio, tomándose su tiempo. Detrás de él, Diana, muy sigilosa y desapercibida, que casi se creía una espía. Parece que el tipo se había detenido para comprar algo, seguramente el boleto. ¿Por qué quería un boleto?
Me encontraba sentada en uno de esos asientos para esperar el metro, junto a otras personas, y otras más paradas detrás de la línea amarilla. Aquel día estaba repleto, incluso a las nueve de la noche. Era lunes y todos salían desesperados por la ruta más corta y publica hacia sus casas, por la calle Daily, estación “Rocas Negras”.
Me sentí tan tonta cuando me puse a observar a un niño de unos diez años, con un computador portátil, ocupando redes inalámbricas para conectarse a internet, y así poder jugar juegos online mientras esperaba el metro, que no se demoraba menos de diez minutos los días lunes. Yo era fanática de aquellas entretenciones anteriormente, pero lo había dejado hace mucho, y aquel niño me recordó lo viciosa que era con el computador. Me desvié tanto de la misión, que cuando recordé a lo que en verdad iba, el tipo se había perdido de mi mente. No lo encontraba. Era como si se hubiera esfumado de un de repente, dirigiéndose a otro país. No estaba en la estación, ni en las escaleras, ni en la boletería, ni afuera, ni en la calle… por ninguna parte. Miré hacia todos lados y me puse de pie nerviosa. Agilicé más mi vista y mis ojos se tornaron naranjos una vez más. Miré entre la multitud hacia el otro andén. Entonces, fue cuando su presencia se volvió visible nuevamente. Había cambiado de dirección. Ya no iba hacia el sur, si no hacia el norte. Pasé un gran susto, pero Emily esperaba al frente, por lo que le hablé mentalmente.
- ¿Lo tienes?
- Si, si… lo tengo, tranquila. No se escapará… lo tengo.
Entonces, empecé a ver como se acercaba al hombre cada vez más. Olía el peligro, así que con gran velocidad, subí las escaleras para cambiar de andén. Entonces, fue cuando escuché y sentí el estruendo.


Emily Thompson


A mí también me pareció extraña la gran rapidez que utilizó para cambiar de dirección. Beth y yo sabíamos que no se dirigía hacia el norte, y aun así, en un segundo desconocido, cambió de parecer, entrando yo en acción. Me percaté de que estuviera solo, y así fue. Lo vi bajar los escalones, y me puse detrás de él siguiéndolo a pasos cada vez más grandes, mientras me amarraba el pelo con un elástico formando una cola de caballo alta, dejando la punta de mis cabellos a la cintura. A la luz artificial, se me notaba más celeste el pelo, pero a las luz solar, era como ver un zafiro con una luz dentro de él. Eran escasas aquellas veces. Ya no había sol en Olidata y sus alrededores.
Bajó el escalón número treinta y siete y caminó en línea recta a situarse en algún espacio entre la gente que se amontonaba, pues oía llegar el carro. Sin embargo, hacia el norte no había tantas personas como para el sur. Creí que eso me facilitaría el plan. Volví a repetirle a Beth.
- Lo tengo…
Me acerqué quedando a unos cinco pasos cortos de él. Entonces, se detuvo sin voltear. También detuve mis pies. Algunas personas me miraban ignorándome, otras lo miraban a él. No sabía exactamente la expresión de su cara, pero debía ser horrible o deforme, como suelen ser la de los poseídos.
No había señal de que se diera vuelta a mirarme o incluso a atacarme, pero no significaba que tuviera mi mano envuelta en la venda aún. Estaba lista por cualquier imprevisto. Sin embargo, esta vez el imprevisto no fue él, si no lo que él hizo. Bajo mis piernas, sentía una vibración que se hacía cada vez más fuerte y ruidosa, como un temblor. Apoyé una rodilla y coloqué la mano en el piso. Efectivamente se sentía un movimiento subterráneo que crecía hasta aflorar en casi un terremoto. La gente se comenzó a asustar y a poner caras de afligidos, temeroso y nerviosos. Mi presencia no era suficiente para calmarlos a todos, pero si esto era obra de aquel individuo poseído por un demonio, podría ser algo grave, más aun si nos encontrábamos bajo tierra.
Finalmente ocurrió o que esperaba. El tipo se dio vuelta fijando su mirada en mis ojos azules, tratando de espantarme. Su mirada, roja como el fuego de los demonios, iba acompañada de una sonrisa malintencionada, junto con los estruendos que se empezaron a sentir. El piso comenzó por trisarse bajo mi cuerpo, las escaleras se derrumbaban de a pedacitos, y la gente corría como loca. Traté de levantarme para detener su ataque, pero al intentarlo, el suelo se partió en dos, dejándome inmovilizada unos segundos, tiempo suficiente para que el escapara. Quedé con la mitad del cuerpo introducido entre el cemento partido y trisado, con las manos ayudándome a salir. No tardé tanto, pero cuando ya estuve con mis piernas andando, el tipo había escapado.
- ¡Nathalie!


Nathalie Denat


No dudé un segundo cuando oí el grito de Emily tanto en mi mente, como en mis oídos. Sentí la vil presencia pasar en frente de mis ojos, camuflándose entre la gente que corría desesperada. El temblor aun no llegaba a la superficie, pero lo sentí inclusive antes que Emily. Supe que las cosas se pondrían mal, así que quité la venda de mi mano y esperé a que el atacante subiera. Sin embargo, como si fuera un ser humano, no lo sentí hasta cuando iba unos metros más allá de la salida de la estación. De alguna manera, su presencia se ocultaba a su antojo.
Corrí por entre la gente desesperadamente y me lancé directo a su espalda agarrando su cuello y tratando de poner mi mano derecha en su frente para absorber el demonio que lo poseía. No pude. El impulso con el que iba me lanzó lejos junto con él, cayendo entre la vereda, y él un poco más allá. Me puse de pie rápidamente a mirarlo, cuando el ya estaba listo para atacarme. Mucha gente se quedó mirándonos, lo cual me puso algo nervioso. Divisé entre unos autos y otras personas, a Diana atravesar Daily para reunirse conmigo. En ese trance, el demonio me atacó lanzándose contra mí, abriendo su gran boca, como listo para devorarme. No me dejaba en absoluto poner la mano para defenderme. Le di una patada en el estomago, tratando de alejarlo. Entonces, puse ambas manos en la tierra, y comencé a trabajar. Llené en menos de un segundo, el cuerpo del tipo con enredaderas que surgían entre los escombros que dejaba el terremoto ocasionado por él. Sin embargo, no era suficiente. Con sus propias manos destrozaba las plantas, lleno de furia y adrenalina. Me hallé en problemas, pero no por mucho rato. Otra vez me lancé sobre él, esta vez con más valor. Mi palma iba directo a su cabeza junto con las palabras mágicas, en latín por supuesto. “En nombre de Dios, te ordeno que abandones el cuerpo de esta persona—”, no pude seguir hablando con concentración, ya que apartó mi mano de un golpe unto con todo mi cuerpo, azotándolo contra un árbol. Hubo gente que gritó cuando me vio volar por la calle en dirección hacia ese roble. Comencé a urgirme por la situación, y Diana aun no llegaba. Me puse de pie lentamente, y cuando alcé la mirada, el demonio ya estaba allí, tomándome del cuello, tornando sus ojos a negros y sus dientes en cuchillas, al igual que las uñas de sus manos.
Hubo un pequeño hecho que me llamó la atención, que no duró más de dos segundos. Mientras me encontraba estrangulada por aquel demonio, listo para comerme, mientras preparaba mi energía para poder atacar, alcé la mirada hacia el edificio de enfrente… la terraza. Fue tan rápido que no procesé la silueta que vi en aquel instante, pero yo lo conocía, y tenía mis sospechas. Además, lo sentí… el demonio atacante no era el único que estaba allí desde hace algunos minutos.
Ni siquiera yo me di cuenta cuando ya tenía la palma de mi mano derecha en el pecho del hombre, dispuesta a atravesarlo antes de que arrancara cualquier sentido de mi cara.
- ¡Nathalie, no! – oí entre la multitud. Una voz conocida.
Diana se acercó a nosotros, y paralizó al demonio en cuestión de segundos, con algún truco que hacía participe al viento, el cual rugió fuerte durante unos segundos, cuando mi compañera hizo su aparición. Entonces, escuché a Diana terminar las palabras en latín, conduciendo el espíritu malvado por entre su mano, llevándolo a un lugar mejor que en donde se encontraba, si es que pasaba el juicio.
Diana se acercó a mí, cuando trataba de ponerme de pie.
- ¿Qué te paso? – me preguntó un poco molesta.
- ¿Por qué?
- Lo ibas a matar, Nathalie.
No me había dado cuenta de lo mal que estaba haciendo mi trabajo. Diana tenía razón, y no podía alegar a mi favor. Me desconcentré durante un minuto, y no supe que hacer para defenderme de aquel demonio.
- Si… yo… - y luego recordé la silueta de la terraza del edificio. No había nada.
Pero no me preocupé, pues ya la volvería a ver. Al fin y al cabo, sabía que Ziro me seguía desde hace unos días, mientras hago mi trabajo.


Llegaron cerca de las una de la mañana a la iglesia, muy calladas todas. Se quedaron revisando el lugar luego de que el supuesto terremoto terminara, para ver si había más enemigos que combatir. Era lógico que pensaran que lo que ocurría esa noche era una invasión luego de que no aparecieran demonios luego de dos meses. Más encima, éste era más fuerte. Lo supieron cuando Nathalie les contó que pudo contra su poder, incluso destruirlo y hacerlo añicos. Entraron en preocupación, y cuando había preocupación, recurrían a Caliel.
- Es decir… ¿¡De que estamos hablando!? Atacan en el lugar más publico de la ciudad, en frente de toda la gente, sin importarles ser descubiertos o no… digo, ¿Qué seguirá después? ¿Atacar durante el día? – dijo Emily un poco exaltada ante el grupo.
- Creo que nunca les ha importado ser descubiertos… - dijo Nathalie mirando la mesa de madera.
- No habían aparecido hasta hace dos meses, y resulta que ahora aparecen con sorpresas. Ese demonio era más fuerte que los otros, empezando con que podía ocultar su presencia – dijo Elizabeth.
- ¿Ocultar su presencia? – preguntó Caliel, algo preocupado.
- Si… de un momento para otro estaba en el otro andén… eso es algo que los otros no podían hacer – dijo Elizabeth.
- ¿Y qué hay con mi poder? Deshizo mis poderes con sus propias manos… en un segundo – dijo Nathalie.
- Definitivamente, era algo más que un dominus – dijo Diana.
- ¿Tú crees? – le dijo Caliel.
- Yo creo que ya basta de todo esto – dijo Emily.
Con aquel comentario, hizo que los otros cuatro le prestaran atención, pues se notaba seria y problemática, lo cual era extraño en ella.
- Yo digo que ellos traman algo… y que no vamos a lograr nada si seguimos aquí esperando que ellos ataquen o den el primer paso. Deben tener un plan o algo para que no hayan aparecido durante dos meses.
- ¿Cuál es tu propuesta, entonces? – preguntó Diana.
- Que averigüemos lo que traman…
- Espera, no creo que sea la mejor opción…- dijo Nathalie.
- ¿Por qué? – dijo Emily con cara de pesada.
- Porque… quizás sería mejor… miren, si ellos de verdad traman un plan, sería buena idea de que nosotros tramáramos el nuestro a la vez… para así, si se les ocurre atacar, estaríamos listas para todo.
- ¿Cómo sabes que es un plan para atacar? – preguntó Emily.
- Es lo más probable, ¿o no? Si no, ¿para qué otra cosa? – dijo Diana.
- No lo sé… pero estoy segura de que es un buen plan el que descubramos lo que traman. Busquémoslos, y desenmascarémoslos – dijo Emily.
- Creo que estoy de acuerdo con eso también… lo mejor es saber qué es lo que planean en contra de nosotros – dijo Elizabeth.
- Pero, no están seguras de que planeen algo… - dijo Caliel.
- Pero es lo más probable… - dijo Emily, convencida de sus propias ideas.
- Primero descubran si en verdad están planeando algo… luego vean que pueden hacer al respecto… - les dijo Caliel con la mayor paciencia del mundo.
- ¿Y lo descubriremos? – preguntó Nathalie.
Entonces, nadie respondió. Pensaron un minuto hasta que Emily echó a andar su cerebro y dijo algo que seguramente serviría.
- Aarón y Scarlette.


Nathalie Denat


- ¿Por qué me estas siguiendo? – le pregunté en tanto lo vi en la torre de teléfonos.
- No te estoy siguiendo – me respondió él, como si me hubiera visto cara de tonta.
- Si… te vi anoche, Ziro. Me observabas desde el edificio de enfrente, como si estuvieras listo para atacarme.
- ¿Estás loca? ¿Por qué habría de atacarte?
- No lo se… dímelo tú.
- Todo lo contrario. Estaba listo para atacar al demonio que te tenía como juguete…
- ¿Qué?
- Lo que te dije… te veías un poco en problemas con ese demonio encima de ti. Iba a ayudarte.
- Ni se te ocurra hacerlo.
- ¿Por qué no?
- Porque no… yo puedo sola… además mis amigas estaban allí cerca, y había mucha gente alrededor. En todo caso, no tienes porque ayudarme, Ziro. No es tu deber.
- No lo tomo como un deber… es solo que…
- ¿Qué? – noté su expresión, un poco avergonzada.
- Jamás te haría daño, Nathalie… ¿Cómo puedes pensar que yo quería atacarte? Tú me conoces…
- Lo sé… lo sé, pero…
- ¿Qué? ¿Tus amigas te lavaron el cerebro respecto a mí?
- Mis amigas no tienen nada que ver con esto.
- ¿Entonces qué te pasa? ¿Por qué no quieres que te ayude?
- Porque tengo que poder sola… debo poder sola… ese demonio era fuerte, pero no lo suficiente para mí y aun así no pude derrotarlo por mí misma… y eso… me hace débil.
- No digas idioteces, Nathalie… - dijo manteniendo su distancia con respecto a mí. – Te harás más fuerte con el tiempo…
- Ha pasado mucho tiempo desde que soy lo que soy… y siento que no he progresado lo suficiente…
- Nada de eso. Créeme, he conocido muchos Ángeles y Demonios que les ha costado más que tu adaptarse y llevan más tiempo. Te harás fuerte a medida que combatas con los demonios… y los derrotes por supuesto.
- Si… creo que tendré que esperar.
- Si quieres, puedo ayudarte.
- Jajaja… ¿Cómo?
- Mmm… peleando contra mí…
- No podría derrotarte ni aunque quisiera…
- No estés tan segura. Tienes un gran poder dentro de ti, lo que pasa es que no te has dado cuenta de lo poderosa que eres. A veces me das miedo.
- Jajaja… no mientas.
- No miento, y lo sabes.
No sé porque, pero tenía razón. Acepté su ayuda porque confiaba en él y sabía que podría ayudarme. Ahora, no sabría si sería fácil, si sería por un período extenso, o si resultaría. Además, los demonios podrían enterarse de esto y tal vez se enfadarían con Ziro.
- ¿Estás seguro de que esto no te traerá problemas?
- No estoy seguro… pero, si quieren enfrentarme, que lo hagan. No les tengo miedo.
- No hables así… podrían matarte.
- Soy muy bueno peleando, Nat. Y por sobretodo, soy tan fuerte como Eliott y los otros de la Triada.
- Es que sabes… si esto va a traerte problemas con los demonios, sería mejor que no—
- No hables así. Quiero ayudarte y punto.
Se notaba muy decidido, incluso más que yo. No sabía si resultaría, y eso era lo que me tenía más preocupada.
31 de Mayo



Eran casi las dos de la tarde. Caliel comía algo preparado por él mismo en la cocina de la habitación de atrás de la capilla. Estaba sentado en la mesa, y a unos pasos de él, se encontraba Diana, peinándose sus cabellos lilas, que brillaban con la poca luz solar que intentaba escabullirse de entre las nubes grises.
- ¿Don está Nathalie? – preguntó Caliel.
- Mmm… no se – le dijo Diana sin mirarlo, aun seguía con el peine.
- ¿Segura?
- Si… - dijo antes de lanzar una risotada junto con una mirada de ironía hacia su guía. Siguió en lo suyo.
- Es mucho más fácil saber cuando un ángel esta mintiendo, que cuando lo hace una persona común y corriente…
Aquel comentario no le pareció a Diana. Terminó de amarrarse el pelo y se volteó a Caliel, mirándolo con seriedad y molestia.
- Nadie te ha mentido, Caliel.
- Entonces dime donde está Nathalie.
- No lo se… ¿Por qué te interesa tanto? Ella sabe cuidarse sola…
- No cerca de ese demonio, Ziro…
- No creo que esté con él…
- Entonces… ¿Dónde?
- Ya te dije que no se – terminó por ir a recoger un banano color negro que estaba en su habitación compartida con las demás, y atravesó por el pasillo sin decir nada.
- ¿A dónde vas? – preguntó Caliel.
- ¡Dios! ¿Tengo que decirte siempre a donde voy?
- Es solo para saber—
- Voy a trabajar. Sabes que a esta hora tengo el turno… trabajo allí desde hace casi dos meses…
- Pero… debes ir con Nathalie ¿no?
- Bueno… si no está ella me temo que tendré que ir sola.
- ¿Estás segura que vas a trabajar?
La actitud de su guía no le pareció como la de un amigo, sino más bien de un padre. No sabía si se preocupaba mucho, o era entrometido, por lo que no respondió a lo último. Dio media vuelta, y salió por la puerta principal. Tuvo suerte de que nadie se percatara que salía de la iglesia, ya que se suponía que ahí no vivía nadie más que Caliel y Mehiel.
Caliel quedó con la comida en la boca sin masticarla. Se sorprendió por el modo en que Diana había reaccionado. Justo entonces, apareció Emily luego de haber escuchado la chillante voz de su compañera.
- ¿Y eso? – dijo la joven, haciendo refiriéndose a la discusión.
- No se… estaba un poco alterada.
- Jajaja… debe ser-- se interrumpió ella misma, pues no quería echar al agua a Diana.
- ¿Deber ser qué? – preguntó muy curioso, mirándola a los ojos.
- Nada.
- ¿Cómo nada?
- Nada… tonterías.
- No mientas.
- No miento, Caliel…
Sin embargo, no quedó muy convencido de lo que Emily le había respondido, aunque afirmó con la cabeza para terminar el tema. Empezó otro.
- ¿Y Elizabeth?
- Eh… salió.
- ¿A que hora?
- Mmm… cerca de las seis de la mañana.
- ¿En serio? ¿Dónde?
- Eh… Garamond.
- ¿Para qué?
- Haces muchas preguntas.
- Pues respóndeme…
- No lo sé… no se que iba a hacer allá.
- ¿No lo sabes o no me quieres decir?
- Mmm… escoge una.
- No estoy bromeando Emily.
- Yo tampoco…
El tema terminó ahí para nuevamente empezar otro distinto. Caliel comenzaba a sospechar que las chicas andaban en cosas que supuestamente no debían hacer. Diana no le había contado más acerca de Alan, ni Elizabeth de Gary. Ni mucho menos Nathalie de Ziro.
- No se por qué me da la impresión de que todas ustedes me están ocultando algo…
- ¿De que hablas?
- De que mienten cuando dicen, por ejemplo, “voy a trabajar”, o “voy inspeccionar este lugar”, o “voy a entrenarme”… esas salidas espontaneas que tienen todas me hacen pensar de manera distinta.
- Yo nunca salgo… siempre estoy aquí acompañándote.
- Lo sé… pero no las demás. Ahora último, Elizabeth nunca está aquí… se que Diana y Nathalie trabajan, pero… ¿será verdad?
- No tienes de qué preocuparte, Caliel. No están en nada malo… y es verdad que esas dos trabajan.
- ¿Qué hay de Elizabeth?
- Bueno… no se… supongo que ha hecho amigos… es muy sociable.
- ¡Les dije que no se relacionaran con gente que no supiera acerca de sus secretos!
- ¿Y que quieres? ¿Qué vivamos en una ciudad sin salir nunca mas que de noche, y mas encima no tenemos que hablar con nadie? Estas demente.
- Es lo mejor para ustedes… créanme.
- Créeme tú… ellas están bien.
- Nathalie podría estar con ese demonio… Ziro.
- Nathalie sabe cuidarse sola.
- Pero es distinto cuando está con ese tipo. Puede hacerle daño…
- Veo que te preocupas mucho por Nathalie – aquel comentario le salió exactamente como ella quería, sarcástico y de manera celosa. Pero era obvio. Emily quería mucho a Caliel, más de lo que ella creía.
- Por supuesto que me preocupo… las conozco desde hace algún tiempo… mi deber es ayudarlas, cuando me necesiten… y claro—
Hizo una pausa para golpear a Emily con la mirada. Había adivinado las verdaderas intenciones de la frase que ella había dicho. Se puso de pie y retiró las cosas de la mesa.
- ¿Sabes qué? Contigo no se puede hablar.
- ¡Era solo un comentario! – dijo mientras el otro se alejaba. Emily entonces, se arrepintió de haber dicho tal tontería.
- ¡Ahora entiendo por qué les cuesta tanto progresar en sus poderes… si siguen mintiendo de tal forma, no llegaran ni hacer la mitad de lo que deberían ser!
Caminó por el pasillo metiéndose por una puertecita de madera antigua, con los platos en las manos, y su cabeza erguida para botar todas aquellas palabras que hicieron que Emily se sintiera mal, débil e inútil. Lo quedó mirando aun cuando ya no se divisaba, pensando y tratando de sacarse los pensamientos de su cabeza. Después de todo, Caliel podría tener razón con respecto al mentir. Estaban acostumbradas a decir cosas inciertas, y eso no era bueno para un ángel. De hecho, era una de las peores cosas que podrían estar haciendo. Sin duda, retrasaba el desarrollo de sus mentes y sobre todo, de sus poderes.


Elizabeth Prett


Se me había ocurrido una gran idea, algo rebelde, pero que Gary estaba dispuesto a hacer. Lo esperé afuera de su colegio alrededor de las siete, y casi dando las ocho, apareció en una esquina bajándose del auto de su padre. Me di vuelta para que su familia poco agraciada no me viera, aunque era demasiado visible con mi estilo, como ya he dicho anteriormente. Me escabullí detrás de un árbol.
Cuando se hubo acercado, estiré la mano un poco, disimuladamente, mientras el dichoso auto desaparecía por una esquina.
- ¡Buenos días! – le dije entusiasta. Me daba mucho gusto verlo.
- ¿Elizabeth? ¿Qué haces aquí tan temprano?
- Eh… vine a buscarte para que salgamos…
- ¿Salir? Eh… tengo clases – dijo con una sonrisa nerviosa.
- Pero… ¿no puedes faltar solo hoy? – le dije juntando mis manos tan frente de mi pecho, como si estuviera orando. Después me puse a pensar en las tonterías que decía… debía hacer el bien, no poner en una mala tentación a alguien.
- Mmm… - dijo mirando el suelo, como pensando en los ramos que tenía hoy.
- ¿Si? – le dije casi convenciéndolo.
- Bueno… bueno, está bien. Si es por pasar un día contigo… feliz.
Respondí a ese piropo con una sonrisa, y nos dirigimos hacia la calle de enfrente para tomar un autobús. No sabíamos bien lo que queríamos hacer o a donde queríamos ir. A esa hora era difícil encontrar un sitio donde entretenerse, pero las mejores salidas para nosotros era sentarse en alguna de las muchas plazas de Garamond, y conversar…
Caminamos un rato sin rumbo. Luego nos dirigimos hacia el parque de diversiones, ya que estábamos a pocos minutos de él. Definitivamente, fue uno de los mejores días que he tenido. No podría decir que Gary es mi alma gemela, pero su forma de ser me atrae mucho, y creo que la mía también.

Luego de juegos de alta adrenalina, me acordé de algo que había quedado pendiente hace varias semanas. Como era de costumbre conmigo, no podía quedarme tranquila si no me decía lo que hace tiempo quería decirme.
Nos sentamos a comer algo. Traté de no deglutir mucho la hamburguesa, aunque se veía deliciosa, y solo tomé un par de tragos de mi bebida.
- Bueno… ¿y me vas a decir eso que querías decirme desde el cumpleaños de tu hermana?
- ¿Qué cosa? – me dijo extrañado. Y no lo fingía.
- Aquella tarde me dijiste que querías decirme algo—
- ¡Ah, si! Ya me acuerdo… - dijo tomando unos sorbos de su bebida.
- Eh… si no quieres contarme… lo entenderé… aunque me quedaré con la duda por el resto de mi vida.
- Jajaja… no… es que… no estaba muy decidido a contártelo… pero creo que ahora sí.
- Ya. Te escucho.
No me respondió en seguida, por lo que hice algunos gestos de estarlo escuchando atentamente. Luego de terminar su almuerzo, y de percatarse de que yo no comería nada, me dijo:
- ¿Podríamos ir a otro lugar? Creo que no es el correcto para contarte… lo que te tengo que contar.
Lo noté nervioso. Pero accedí solo porque era una curiosa del mal…
- Vamos…
- ¿Qué te parece… a esperar el atardecer?
- Jajaja… quedan como cinco horas.
- Pero… me sentiré más cómodo…
No me molestaba para nada caminar un par de horas hasta a la carretera, todo por saber su secreto, que por lo visto, no era nada de poca importancia. Y mientras dábamos pasos lentos, comentábamos los gritos de la montaña rusa, o los mareos de aquel juego que parecían tacitas voladoras, dando vueltas en sí mismas. Nunca supe el nombre.
Lo que sabía, era que me había reído lo suficiente como para olvidar todo lo que debía llegar hacer a la noche, en la ciudad, registrando lugares, cazando demonios, o tal vez quitando espíritus de las casas o de personas, aunque la gente no confiara en nosotras.
Sin embargo, en el camino hacia nuestro sitio, no pensaba en nada más que no fuera en lo que iba a decirme. ¿Y si le gustaba y me pedía ser su novia?
No sentamos en la barrera de piedra, justo a las siete de la tarde. Me quedaba poco tiempo.
- Ya… dime – le dije un poco apresurada. Parecía que lo presionaba mucho.
- Eh... a ver – parecía que no hallaba como empezar. – Es que… es un poco… raro.
- Jajaja… créeme… no más raro de lo que me pasa a mí… - dije con una leve carcajada.
- ¿Qué es?
- Nada… solo dime… cuéntame – no quería meter la pata… no aún.
- Es que… no creo que me creas. Es algo increíble…
- No lo sabré si no me cuentas…
Un auto nos interrumpió en el momento más crucial. Eso lo hizo detenerse en el inicio. Me miró a los ojos y trató de concentrarse en lo que debía decirme. Lo noté aún mas nervioso, y volteaba la cabeza para ver lo poco y nada de sol esconderse. Corría viento helado, que hacía temblar las ramas de los arboles. Le dio un escalofrío.
- Verás… tengo una habilidad especial… como un poder…
- ¿Un poder? – le dije mirándolo extrañamente, junto con una sonrisa. Era de películas.
- Si… algo que nadie más puede hacer.
- ¿De qué se trata?
- Eh… es complicado.
- Lo entenderé…
- Mmm… puedo ver… el historial de una persona…
- ¿El historial?
- Si… como su vida… tan solo con mirarla a los ojos.
No sé cómo, pero me impresionó bastante lo que me había dicho. Era raro, porque hasta yo era más increíble que su poder… son embargo, fue una reacción del momento, que comencé a reír despacio.
- Lo siento, es que… ¿Estás seguro de lo que dices?
- Por supuesto.
- Y como… ¿como es que te diste cuenta?
- Una vez, cuando era niño… vi la vida anterior de mi padre… incluso antes de que yo naciera… fue horrible…
- Jajaja… me imagino.
- Es que no es solo lo más importante de la persona… son todos sus recuerdos… incluso los que no recuerda…
- ¡Dios! Que genial… eres… especial.
- Jajaja… no lo creo así… apuesto a que no crees ni una palabra de lo que digo.
- No es así… he escuchado cosas peores…
- No lo creo.
- Sabes que si… Jajaja… bueno… ¿No lo has intentado conmigo?
- Mmm… la primera vez que te vi… en Garamond, en el festival animé ¿te acuerdas?
- Si…claro.
- Bueno… esa vez no pude. No se… quizás no estaba tan concentrado para hacerlo…
- Y… ¿no puedes intentarlo ahora?
- ¿No tienes miedo de lo que pueda encontrar sin tu permiso?
- Jajaja… no. Vamos. Hazlo…
La verdad es que si estaba un poco temerosa. Tal vez podría hallar mi secreto mejor guardado, el de ser mitad ángel, o mis poderes, y la razón de que lleve una venda en la mano derecha todo el tiempo… tenía mis razones para que no se metiera en mis memorias, sin embargo, debía ver para creer. Y si por algún motivo descubría lo que en verdad era… ya no había marcha atrás.
Se puso un poco más cerca de lo normal de mis ojos. El destello que lanzó el único rayo de sol que había al abrirse las nubes, fue el que ocasionó el cambio de color en ambos iris. Aunque, a pesar de todo, el seguía mirándome con una concentración pura. Estuvo así por algunos segundos, sin siquiera pestañear, solo respirando muy controladamente y sin perder mis ojos. Yo también lo miraba fijamente, y a veces me daban ganas de reírme solo de los nervios que sentía.
Al cabo de un minuto, comenzó a fruncir el ceño, como si algo anduviera mal. Entonces, se alejó y agachó la mirada.
- ¿Qué…? ¿Qué viste? – pregunté apresurada, temiendo de que fuese lo que no quería que encontrara.
- Nada… - me dijo mirándome nuevamente a los ojos.
- ¿Cómo nada? Me estás mintiendo… dime que viste – aun no me convencía de que hubiera hurgado en lo incorrecto.
- Vi… fuego – dijo riendo de a poco, como si no tuviera ningún sentido lo que había visto conmigo. No sabía cuan equivocado estaba.
- ¿Fuego?
- Si… ahora… ¿el fuego ha formado parte importante de tu vida? Digamos… no lo sé… algún accidente, o…
- Si, Gary. El incendio en mi casa… ¿recuerdas que te conté?
- Ah, si… claro… disculpa, no… no me acordaba…
- No te preocupes… ya está superado, creo. Entonces… ¿solo viste fuego?
- Si… no sé porque… quizás es una situación que te marcó mucho, seguramente.
- Seguramente, pero… - iba a decirle algo con respecto a lo que había visto, pero me arrepentí, porque no quería que las cosas llegaran a otro punto, y tuviera que explicarle cosas que no entendería. Era mejor dejarlo así.
- ¿Qué?
- Nada, nada…
- ¿No me crees?
- ¡Claro que te creo! Te lo he dicho antes… he sabido peores cosas, más extrañas… así que no te sientas raro ni nada de eso, por ningún motivo. Siéntete… especial.
- Jajaja… lo intento, en serio.
- ¿Nadie mas sabe de esto?
- No…
- ¿Ni tus padres?
- No confío en mis padres… me enviarán a un psicólogo…
- Jajaja… bueno, entonces… te agradezco mucho por haber confiado en mí… yo no le diré a nadie, te lo prometo.
- Gracias, Beth…sabía que podía confiar en ti…
- Aunque… dudaste en algún momento en decírmelo – dije acompañada de unas carcajadas.
- Eh… sí… pero ya te lo he dicho así que… no me arrepiento de habértelo contado.
Sentía esa afinidad entre Gary y yo, el que él confiara en mí, me hacía sentir más importante de lo que era para este mundo. Él se convertía en mi mejor amigo, aunque lo conociera hace unos meses. Siempre dije que las amistades se creaban con el contar de los años, pero… el vernos casi todos los días, de partida todos los viernes, estar casi toda la tarde juntos… era diferente. Yo no tenía que estudiar más y a él no le importaba mucho el tema, aunque yo se lo recomendara. Éramos el complemento del otro, pero no sabía si esa amistad daba para algo más. Debería ser mejor dejar las cosas en ser amigos, y no en algo más comprometedor.
Nos quedamos solo unos minutos más en aquella carretera hasta que se hizo un poco tarde. Se oscureció antes de lo normal, y a mí se me había pasado la hora. Lo acompañé a la entrada de Garamond, sin su consentimiento, ya que él quería dejarme a mí en mi “casa”, pero eso no era posible. Mi deber era cuidarlo… claro, no solo a él… sino a todas las personas de allí…
Cuando estaba de vuelta hacia la capilla, solo podía pensar en él, y en su secreto. No podía creer que eso estuviera pasando, es decir, ¿realmente existían personas con poderes? Parecía honestamente una película de acción, nosotras Ángeles, él con superpoderes, enemigos demonios… faltaba un mundo místico en donde la guerra se llevara a cabo. Jajaja… recordé Celeron.


Emily Thompson


Estaba tirada en el sillón, tratando de cerrar los ojos para dormir. Como si fuera posible. Había estado allí desde que Caliel se fue a hacer no se qué cosa, dejándome hablando sola, meditabunda, tratando de soñar.
Apareció alrededor de las seis de la tarde, cuando empezaba a oscurecerse. Yo acurrucada en el sofá, lo vi salir de una puerta por el pasillo, que daba al comedor. Me miró y luego perdió su mirada, fingiendo no verme. ¿Pero que le pasaba?
- ¿Has estado aquí toda la tarde? – me preguntó finalmente, acercándose al otro extremo de donde yo reposaba. Corrí los pies para que se sentase.
- Si… tratando de dormir… perdona por no estar entrenando mis habilidades en este momento – dije tratando de ser irónica.
- Emily, siento haber sido tan… desagradable – dijo sin mirarme.
- Tienes razón. Sobre lo que me dijiste antes… creo que estas en lo correcto.
Lo reconocía. Éramos unas flojas, que mentían cada vez que podían. Sin embargo, Caliel no era alterado como se había comportado hace algunas horas. Me dejó impresionada.
Me acordé entonces en aquella tarde en la que le obsequié las figuras acuáticas al final del cementerio, en la fuente gris de agua cristalina. Si bien, nada pasó al final de la cita, no podía esperar el momento en que por fin pudiera besar sus labios, en que por fin dejara de escaparse de mí, y reconociera que yo le gustaba tanto como él a mí, quizás menos… pero lo importante aquí era el amor.
Aquella oportunidad la desperdició, cuando me fui acercando a su rostro buscando algo más que una simple mirada. Me dejó sola, dándome la explicación del porqué nada podía pasar entre nosotros. La escuché sin oírla.
Me puse de pie sin decir nada, y levanté mi gran trasero de aquel reconfortable sillón, en dirección al jardín.
- ¿A dónde vas? – me preguntó, tratando de no quedar como entrometido.
- Afuera…
- No… por favor, quédate.
Fue un instante de nerviosismo, que se paso en una milésima de segundo. Por supuesto, no iba a irme si él me lo pedía, pues las oportunidades eran únicas, y quizás ésta sería la primera y la última que tuviera para solo lanzarme y dale un beso. No de entusiasta, si no de romántica e impulsiva, como era yo. Tenía miedo de descontrolarme.
- ¿Qué pasa? – le pregunté, buscando una explicación para el que yo me quedara.
- ¿Estás molesta?
- ¿Por qué debería estarlo?
- Ya sabes…
- Tu ya conoces mis sentimientos, Caliel… ¿Qué más quieres que te diga?
- Ya te dije que… es que no vale la pena decírtelo repetidas veces porque—
- ¿Por qué? Claro… soy joven y humana aún. Mis emociones son claras y mis sentimientos por ti también. Tengo derecho a enamorarme… todavía.
- No estás enamorada de mí, Emily.
- ¿Por qué no?
- Porque… como ya dijiste eres muy joven aún, no sabes lo que es amar.
- Se supone que debería saberlo… al fin y al cabo… algún estaré hecha de eso, ¿o no?
- No todavía, Emily. Por favor entiende. Es lo mejor para ambos y lo sabes.
- Respóndeme primero… ¿Me quieres?
- Claro que te quiero, pero—
- ¿Me quieres de la misma manera en que yo te quiero a ti?
- Emily… - dijo poniéndose de pie luego de haber dejado pasar unos segundos. Se preparaba para irse.
- ¿¡Por qué eres tan cobarde!? – le dije con voz alzada, demostrando mi descontento.
- ¡No lo soy!
- ¡Sí lo eres! ¿Por qué no me respondes entonces? Porque tienes miedo de tu respuesta, porque sabes que no es la que deberías dar, ¿cierto? ¿¡Por qué no reconoces que yo también te gusto!?
- ¡Porque sería peligroso, entiéndelo!
No podía aguantar más la discusión. Me puse de pie también, y quedé frente a él. Era solo cuestión de provocarme.
- Olvida eso… nada es peligroso si me tienes a mí a tu lado – le dije poéticamente. Luego, me dio asco lo que había dicho, ya que soné demasiado cursi.
- No deberías sentirte tan segura…
- No digas eso… soy así y punto.
- ¿Así de directa para decir lo que sientes?
- Puedo ser peor…
No esperé más. No pasó un segundo después de que le dijera lo último, y mis labios se hallaban pegados a los de él, siendo correspondidos. Sentí el latido de su corazón, agitado al igual que el mío. Pero aun así, era el mejor que beso que había dado en mi vida… y el primero, a una persona que realmente quería mucho, y que seguramente, llegaría a amar.
El tiempo pasaba a nuestro alrededor, y yo solo podía pensar en cuánto duraría aquel momento único, que sinceramente, había estado esperando hace mucho tiempo.


Nathalie Denat


Estábamos ya a tres de Junio, día viernes, última jornada de la semana en que mi entrenamiento se realizaba, y estaba tan agotada como cuando hacía gimnasia toda una mañana y una tarde, junto a Emily los sábados. Ahora se me notaba más.
Estaba a un par de metros de Ziro, y él, provocándome para que lo atacara vilmente.
- ¡Atácame, Nathalie!
- Estoy muy cansada – le dije entre respiros agitados, y parpados caídos.
- Lo sé, pero no dirás eso cuando estés en una batalla de verdad, Nathalie. No tendrán compasión contigo, Nat, los conozco.
- No puedo más…
- ¡Atácame! ¡Vamos! ¡Ibas muy bien, Nathalie, vamos!
Sus porras no me ayudaban en lo absoluto, pero siempre llegaba un momento en mí, en que sacaba toda mi fuerza y energía, unidos en un mismo ataque, ya había pasado un par de veces a lo largo de la semana.
Me quedé parada en el mismo lugar, recobrando el aire, y mirándolo fijo. Levanté mi mano derecha a la altura de mi cintura, levitando velozmente hacia mi palma, un palo caído de un árbol de aquel bosque, con punta cortante en un extremo. Todo eso, lo hice sin perderlo de vista, jamás debía hacerlo.
Cuando ya sentí la madera en mi mano, tomé el vuelo necesario para lanzarla lo más potente posible, y a una velocidad increíble, que ni yo misma la creía. Pero eso no era todo mi ataque. Mientras el palo volaba por los aires en dirección a Ziro, abrí mis brazos fuertemente y lo que más pude, controlando las raíces que allí se encontraban, por debajo de los pies de mi enemigo. En menos de un segundo estaba inmovilizado por aquellas plantas que no le dieron más opción que quedarse quieto, y volver su mirada hacia el palo asesino que iba directo al centro de su cara. Fue cuando descubrí lo que pasaría, algo malo, algo que seguramente no debía hacer. Lo percibí y estaba claro, de que lo mataría en un dos por tres si él no se movía.
Finalmente, no se movió.
Se oyó solo la rapidez que llevaba mi arma por entre el viento que allí pasaba, mientras mi mano derecha se cerraba quedando en puño, y con mi cara llena de pavor y con el corazón en la garganta. Temblé un par de segundos, pero se me pasó cuando vi el rostro de Ziro a salvo. El palo se había detenido un centímetro antes de impactar en la cara de mi compañero. Fue el movimiento de mi mano, el que lo salvó. Luego me relajé para dejar en paz las plantas que ligeramente se hacían cenizas negras en el cuerpo de Ziro, al igual que el palo, el cual cayó al suelo, al mismo tiempo que mis brazos, haciéndose añicos un segundo después.
No podía creer lo que vivía. Estuve a punto de matarlo, a no ser que Ziro se hubiera regenerado un rato más tarde, lo cual no era seguro. Desconocía si poseía aquella habilidad.
Me senté en un árbol con forma extraña que permitió apoyarme cuando estaba a punto de desplomarme. Ziro se acercó un poco, manteniendo la distancia de siempre ante mí.
- ¿Por qué lo detuviste?
- Te iba a matar…
- No puedes dudarlo, Nathalie.
- ¿¡Que querías que hiciera!? ¡Lo vi! ¡Lo presentí, algo malo iba a pasar luego! Algo que no me favorecía en absoluto.
- ¿Me viste morir?
- Me vi como una asesina… y se supone que es totalmente opuesto a lo que soy en verdad.
- Tranquila… me liberaría… - me respondió sin mirarme. Entonces supe que mentía, porque sus pensamientos eran distintos, al igual que la expresión de su cara antes del accidente.
- No, no lo ibas a hacer… entiende… tu rostro decía algo totalmente distinto… tuviste miedo… reconócelo.
Y aunque en aquel instante me mantuve alejada de su mente, era perceptible ver los cambios de emociones en él. Tuvo miedo, y él lo sabía muy bien. Luego, sus pensamientos comenzaron a correr notoriamente ante mi mente. “Sabía que era mucho más fuerte… estuvo a punto de matarme y con un truco tan simple y tonto como ese… no sabe cuanto poder tiene… si fue capaz de casi matarme, con la Tríada le irá mejor que a sus compañeras… ¿Será bueno que siga ayudándola? Seguramente, a la próxima vez no se detendrá como ahora…”.
- Tienes razón… será mejor que no sigas ayudándome.
- ¿De que hablas? – dijo entes de entender que sus opiniones ya no era privadas.
- Puedo hacerte daño y… no es lo que quiero…
- No creo que más del que yo te estoy haciendo sin hacer nada… tampoco quiero dañarte, Nathalie.
- Es mejor que lo dejemos hasta aquí…
- Apenas llevamos una semana… ¿eso quiere decir que te diste cuenta de lo que eres capaz? ¿de qué eres mucho más fuerte que yo y que todos los de la Tríada?
- No. Pero… será mejor que me descubra por mi cuenta… además, no quiero que tengas problemas por mi culpa con ellos…
- Nathalie, entiende, no soy parte de ellos…
- Lo sé, pero… ay, da lo mismo… estoy muy cansada y quisiera reposar antes de irme a combatir otra vez.
- ¿Combatir? ¿Aparecieron nuevos demonios?
- No… aun hay solo de los débiles… pero creemos que tienen un plan en contra nosotras… para que no hayan aparecido durante dos meses, es obvio que traman algo malo…
- ¿Y qué harán al respecto?
- Aun no lo tenemos decidido… esperaremos a los Ángeles del Sonido y tomaremos una decisión.
- Podría averiguar y… traerte la información que necesitas.
- ¿De que hablas?
- De lo que planean… podría descubrirlo y—
- No, no, no… no te metas en esto, Ziro, en serio.
- Quiero ayudarte.
- No así… no necesito tu ayuda y menos para desenmascarar a los de tu especie… deja esto en nuestras manos, ¿sí?
- Lo que tú digas… y ahora vete. Apenas puedes mantenerte en pie.
- Gracias por todo y… nos veremos por ahí.
- Cuídate, Nathalie.
- Tú igual… adiós.
- Adiós.


Diana Crown


Aquel viernes, fue uno que jamás en toda mi vida olvidaré.
Yo, pensando en cuando llegaría Aidan, olvidé llegar a las siete a la capilla. La estaba pasando bien con Alan, aunque mis pensamientos se dirigían hacia otra parte. Me llevó a comer sin que yo lo supiera, fue una especie de once a las cinco de la tarde. Quedé estupefacta cuando llegamos al lugar y vi mesas con platos al rededor, cubiertos, servilletas, vasos, etc. Parecía ser un lugar bastante decente e importante de Garamond. Por supuesto, traté de evitar la comida lo más que pude para no hacer arcadas en frente de él. Si no comía, primero sería falta de respeto hacia él, y segundo, pensaría que estoy en un plan de dieta casi enfermizo.
Preguntó varias veces el porqué dejaba tanta comida en el plato. Si no me gustaba, o estaba enferma, o hasta que quería adelgazar dejando de comer. Lo negué todo, aunque su faceta de doctor me dominó varias veces.
A pesar de todo, pasamos un buen rato juntos. Se notaba que para Alan, era importante estar conmigo. Y por supuesto, también notaba el radiante cariño que tenía hacia mí. Era extraño, pero aquello se sentía tan bien como estar en el paraíso.
Llegué cerca de las ocho al lugar en donde todas me esperaban. Emily, Elizabeth y Nathalie, con una cara de “¿Cómo te fue?, por lo visto la pasaron muy bien…”, y por otro lado, Caliel con esa cara de “¿Dónde estabas? Seguramente haciendo algo indebido… hablaremos mas tarde y sin mentiras…”. Me sentí observada por un largo rato antes de llegar directamente a pisar las escaleras de la capilla. Extrañamente, estábamos en la puerta principal, sin temor que nos viera alguien. Aunque sin dar explicaciones – aún – entré, me cambié de ropa y salí en menos de cinco minutos. Al parecer, nadie decía nada desde que había llegado. Y no dijeron nada hasta que vimos a Caliel hacerse pequeño a la distancia.
- ¿Cómo te fue, Diana? – me preguntó Elizabeth.
- Muy bien, gracias… - respondí sin temor, con algo de risa.
- Jajaja… cuéntanos que hicieron – me dijo Emily.
- Me invitó a comer algo… pero como sabrán, ahora la comida no es algo que me vuelva loca… quizás eso fue lo más incómodo… por lo demás, estuvo todo bien y agradable.
Bajamos en la plaza principal de Olidata. Casi nos descubren un grupo de jóvenes que al parecer, tenía una fiesta muy “alcohólica” en un extremo del recinto. Para nuestra suerte, estaban demasiado bebidos para darse cuenta que cuatro niñas descendían del cielo con alas de plumas blancas en sus espaldas.

Empezamos por la calle principal, caminando despacio y fijándonos en cada detalle, como siempre. Sin embargo, aquella noche era distinta, y todas lo presentíamos. Había mucha más carga negativa en los locales, y sobre todo, en mi querido teatro de ballet. Sin pensarlo dos veces, me dirigí hacia éste para descubrir lo que pasaba. Me detuvieron ante un hecho que supuestamente nos favorecería.
- Espera, Diana… - me dijo Nathalie. – Beth verá el futuro…
Como una adivina con su bola de cristal, Elizabeth cerró sus ojitos y comenzó a explorar una dimensión que va más allá del tiempo y el espacio. Solo una vez intenté ver el futuro, y fue para algo totalmente estúpido. Pero era una sensación única, en la que te veías como si estuvieras viviendo en ese mismo instante el inesperado futuro.
Al cabo de unos segundos, Elizabeth abrió los ojos, con una expresión de dolencia.
- ¿Qué pasa? – le preguntó Emily.
- Hay muchos demonios… pero no los conocemos… y son fuertes. Y también… está Eliott.
- ¿Qué? – dijo Emily.
- ¿Estarán aquí? – pregunté calmada.
- Si… eso parece. Será mejor que permanezcamos unidas, pues desconozco el momento exacto en que aparecerán… - dijo Elizabeth.
- La Tríada… - dijo Nathalie muy despacio, alcanzando solo mis oídos.
- ¿La Tríada? – dije sin entender bien.
- Si, ya sabes… a donde pertenece Eliott… junto a otros cinco demonios iguales de fuertes que él. Creí que Caliel les había contado acerca de ello – les dije confundida.
- Quizás lo mencionó… no es la primera vez que escucho “La Tríada”, y sus integrantes – dijo Emily.
- Piensan atacarnos entonces… Dios… ¿todos a la vez? – dijo Nathalie.
- No lo sé… pero había una mujer… y otros dos hombres… no estoy segura de que estuvieran los seis… - dijo Beth cerrando los ojos y abriéndolos al segundo.
- Entonces como dijiste, no nos separemos. Será mejor si estamos unidas – dijo Nathalie.
- No podremos con ellos ni aunque quisiéramos… imagínense… seis demonios, mucho más poderosos que nosotras, atacando al mismo tiempo. Están dementes… llamemos a los Ángeles del Sonido – dije acordándome de Aidan, una vez más.
- Mira, no es por ser orgullosa, pero ¿no podríamos al menos una vez intentar pelear contra ellos y ganar? Quizás no tengamos la ventaja, pero por lo menos lo intentaremos – dijo Emily.
- ¿De qué nos sirve intentar, si podemos morir mientras lo hacemos? Eso sí que sería terrible – dijo Beth.
- No somos tan débiles como ustedes creen, chicas – dijo Nathalie. Me sorprendió escucharla hablar de esa forma. – Si trabajamos bien podremos ganar.
- Espera, ¿Y qué pasa si no vienen por nosotras? Es decir… no vienen a matarnos, si no a asustarnos o a molestarnos o… - Emily parecía buscar otra respuesta.
- Ay, Em… no digas tonterías. Siguiendo con el tema, permanezcamos juntas, y por lo menos duraremos cinco minutos más de lo que hubieras resistido tres meses antes – dijo Elizabeth tratando de animarse a sí misma, ay de paso, a todas nosotras.
Pero había algo en lo que no estaba de acuerdo. Debía salvar el teatro de ballet esta noche, para que mañana no hubiera problemas con la gente que trabaja ahí. Mostré mi parecer.
- Esperen… necesito ir al teatro, es que—
- Diana… ya dijimos que debemos estar juntas – dijo Nathalie.
- Pues si, pero… no pretenderás que quede con toda esa carga negativa y que mañana debamos ocuparnos, aparte, de sacar demonios de niñas bailarinas. Debo ir. Por mientras… no tardaré.
- Voy contigo – me dijo Emily.
Y aunque no quedaron con muy buena cara, Beth y Nat se quedaron en la calle, inspeccionando las veredas cercanas. Sin embargo, luego me puse a pensar, ¿Y si esto era una trampa para separarnos? ¿Si a propósito pusieron demonios en este teatro para disolvernos y atacarnos cuando quedáramos solas? Emily me respondió sin yo haber dicho una sola palabra.
- Ese es un buen punto. También pensé lo mismo cuando dijiste que querías venir a limpiar este sitio, pero… nunca lo sabremos si no nos arriesgamos… - Emily y sus respuestas entusiastas. A veces pensaba y creía que esta niña no tenía miedo de nada… mientras más peligro tuviera la situación, mejor era para ella, por lo que sus expectativas de vidas variaban en escala más baja que la de nosotras. Pero también pensaba… tal vez de repente no se trate de no tener miedo, si no de tener fe.
Fue fácil, como de costumbre entrar en el teatro. A ambas nos dieron ganas de ir rápidamente al piano de cola, lo cual dio lugar a una risa loca entre el gran silencio que otorgaba el lugar. Inspeccionaría yo el piso de arriba, Emily los de abajo.
Y no paso demasiado tiempo antes de encontrar algo fuera de lo común.


Aquel viernes, fue uno que jamás olvidarán en todas sus vidas.
Como primera presentación de la Triada de Neheria.
Diana recorría los pasillos del cuarto piso mientras que Emily, los del primero. Se sentía una gran tensión en el lugar, como si no se pudiera respirar bien. De hecho, un humano completo no hubiera podido resistir aquella presión mientras caminaba por ahí. Todo estaba muy silencioso, y en algunos partes, hacía frío. En otras, al contrario, hacía calor, y al parecer allí era donde se refugiaban los espíritus demoniacos.
Diana siguió caminando hasta que se detuvo a mitad del pasillo, por un llanto sorpresivo que venía desde una de las habitaciones más adelante. Era alguien llorando, y al parecer era una mujer. Al primer ruido, Diana miró rápidamente al lugar de donde venía la voz, pero había una resonancia que extraña, que hacía pensar que el chillido no venía de aquel sitio, ni siquiera de este mundo.
- ¿Dónde estás…? ¿Por qué lloras? – preguntó Diana a la aire. Siguiendo ese increíble olor a podrido, llegó al baño de mujeres, que por entre las ranuras de una puerta cerrada, dejaba pasar la luz al pasillo. Diana tomó la manilla e intentó girarla, pero estaba cerrada por dentro.
Ella se preguntaba quién era, por que estaba a esa hora metida en el teatro, por qué no le contestaba… y un montón de preguntas más, que no averiguó por mas que le hablara a la chica que estaba ahí dentro.
- ¿Qué te sucede? Hey… abre la puerta. Quizás si me dejas entrar pueda ayudarte… - le decía Diana, pero el llanto no cesaba. Hasta que una dulce voz de joven quinceañera retumbo en los oídos del ángel.
- ¡Ya no quiero vivir! ¡Ya no vale la pena seguir así, viviendo así! – gritaba desesperadamente, mientras se oía algo que llevaba entre sus mano.
Diana se quedó inmóvil ante sus palabras. Sus anos sujetaban la manilla de la puerta del baño, que forzó varias veces para abrir y entrar y ayudar a quien la necesitar, pero resultó más difícil de lo que se imaginó.
- Abre la puerta. Podremos conversar y tal vez pueda ayudarte ¿sí?, pero abre la puerta por favor…
- ¡No quiero vivir! ¡No quiero vivir! – gritaba la otra muchacha, mas descontrolada que hace un rato.
De pronto se oyó el temeroso sonido del seguro de una pistola. Diana lo reconocía bien, no sabía de dónde, pero sabía que las cosas se ponían horriblemente horribles. Y la desesperación comenzó.
- Niña, abre la puerta… ábrela.
- ¡Me iré de aquí! ¡Ya no viviré este martirio! ¡Ya no más!
- ¡No, espera! ¡Abre la puerta! ¡Ábrela! – gritó Diana cada vez más fuerte, haciendo que Emily se percatara de su inestable situación. Golpeaba el concreto de madera blanca, repetidas veces sin hacer ni un rasguño. Su viento, esta vez, no serviría de nada. Quizás… su telepatía.
Pero aun así, parecía que se retrasaba, y no había tiempo. No lo hubo.
Diana escuchó un disparo en seco, y luego la caída del arma arrastrarse por la cerámica blanca del baño. El ángel se quedó inmóvil, para luego descargar su culpa con un grito desesperado. Usó toda esa ira para derribar la puerta con solo su poder telepático, y la arrojó lejos por el pasillo a su izquierda, dejando una cañería del lavabo abierta con el agua salpicando a todas partes. Luego resbaló. Claramente, el piso estaba cubierto de sangre, lo que hizo desequilibrar las piernas de Diana, y caer encima del charco, manchando sus manos, rodillas, ropa. Por la entrada, solo se veía, una mano inerte y el cabello ensangrentado de la chica llorona. El resto de su cuerpo se cubría por los lavamanos e inodoros. Diana, que estaba arrodillada en el suelo, gateó un par de centímetros para luego ponerse a llorar sin lágrimas. Se limitó a mirar por más de un segundo, la imagen del suicidio. No entró. Se quedó sentada al lado de la entrada, con la espalda afirmada a la pared, y sus rodillas a la altura de sus costillas, manchadas de sangre. Solo atinó a ponerse las manos en la cara y llorar como pudiera.
Emily ya venía en camino. Le pareció extraño que Diana sollozara de tal forma, por lo que se dijo a sí misma, que debió haber ocurrido algo de gran magnitud.
Entonces, a medida que subía las escaleras, aceleraba el paso. Corrió al llegar al pasillo, en donde atravesó de un salto la puerta arrancada, y llegó a lado de su compañera.
- ¡Diana! ¡Que pasa! – preguntaba desesperadamente.
- ¡No pude detenerla, Emily! ¡No pude…! ¡Soy una inútil! – decía entre suspiros y llantos, con las manos aun cubriéndole la cara.
- ¿De qué hablas?
- ¡De ella! ¡Ahí dentro! ¡No pude detenerla, Em! ¡No pude… evitar que se suicidara! ¿Puedes creerlo?... como es posible… como…
Emily se asomó lentamente por la entrada del baño y miró. Para su sorpresa, pudo pensar que Diana estaba más loca que ella.
- No hay nadie, allí Diana… - le dijo mirándola a los ojos, tratando de tranquilizarla.
- ¿Cómo que no? ¡Está ahí! ¿No la ves? ¡Mira! ¡Mira! ¡Mis manos están manchadas de su sangre, Em! ¿No lo ves?
- ¡Diana, no tienes nada! ¿De qué mierda hablas?
Pero ninguna entendía a la otra. Extrañas conclusiones daban luz a la verdadera realidad que se presentaba en cada una de las chicas. Emily susurró:
- Es una ilusión… - dijo mientras levantaba la cabeza para ponerse de pie. Diana la quedó mirando.
- ¿Una ilusión?
- Si… estás dentro de una ilusión… debe ser Scarlette, por eso no nos dimos cuenta.
- Espera… ¿Cómo sabes si yo estoy viviendo la ilusión y no tú? Lo que te digo podría ser verdad… y tu eres laque está dentro de un sueño – dijo Diana al mismo tiempo que sus rodillas se estiraban.
Emily miró un segundo el suelo, y luego tomó su mano rápidamente. Saltaron la puerta rota, y corrieron por el pasillo.
- ¡Debemos salir de aquí! – dijo la primera, mientras Diana no entendía muy bien. Estaba sorprendida aun.
Pasaron por varias puertas, y extrañamente, una de ellas estaba totalmente abierta. Emily no se dio cuenta, pero Diana soltó la mano de su amiga, para detenerse a analizar la cosa más espeluznante que haya vivido hasta ese momento. Emily se detuvo.
- ¿¡Diana, que haces!? ¡Vamos! – gritaba.
Sin embargo, parecía que la otra chica tenía tapones en los oídos. Se acerco cada vez más al umbral de la puerta, y se detuvo a centímetros de introducirse en ella. Se quedó mirando a la criatura que también la miraba a sus ojos lilas. Era una niña, de unos ocho años, pelo largo, flaca y pequeña, con cara de tristeza.
- ¿Quién… eres? – le preguntó a la niña.
- ¿Cómo que quien soy? Soy Diana.
El aire dejó de entrar a sus pulmones y se detuvo enfrente de sus narices. Se quedó inmóvil tratando de procesar lo que acababa de escuchar, pero Emily no tenía mucho tiempo. Volvió a tomar la mano de Diana.
- ¡Diana, vamos! – le gritó. - ¡Debemos salir de aquí, ahora mismo, si no qui—
La interrupción ocurrió justo cuando volvió su cabeza al frente, tratando de mirar su destino, pero en cambio, miró ese abrigo tan famoso de color negro, largo, con botones y con ese olor a azufre. Alzó su cabeza luego de quedarse callada por completo. Soltó la mano de su compañera. Era un tipo alto, al parecer lleno de músculos debajo de aquella ropa, vestido exactamente igual que Eliott, pero con el pelo un poco más largo y castaño, y ojos rojos. Tenía labios gruesos y tez oscura. En otras palabras, era un “mastodonte”.
Ante aquella bestia, Emily no tenía otra idea que levantar su mano derecha para atacar, sin pensar en el medio atroz que corría por su mente en aquel instante. Como era de esperarse, el demonio fue más rápido que el ángel. Antes de que Emily dijera cualquier cosa, el inmenso hombre tomó con una mano, la muñeca de la joven y la hizo añicos. Emily gritó desesperadamente para luego salir volando de donde vino, con un duro golpe de parte del demonio con su otra mano. Apenas sintió que alguien la hubiera tocado, pero claramente, tenía marcas en su pecho. Ese demonio no era ordinario, y lo supo cuando, al tratar de levantarse, a su izquierda él ya la estaba esperando. Emily observó con terror ese par de zapatos negros, pero trataba de controlar el pánico. El demonio la tomó del cuello y la levantó sin mayor esfuerzo, dejándola estampada a la pared.
- Vaya, vaya, vaya… ¿Qué tenemos aquí? ¿Un ángel de los cuatro elementos? – dijo con una voz tan ronca, que retumbaba cada cierto tiempo en los oídos de Emily.
Diana aun seguía en esa maldita ilusión, creyendo inocentemente, que vivía una realidad mezclada con el pasado.
- No… tú no eres… tú no eres yo – le decía a la niña que la miraba mas fijamente que antes, quizás con otras intenciones.
- Claro que sí. Soy Diana, Diana Ariam Crown… sabes que lo soy.
- ¡No puedes serlo! – gritó saliendo totalmente de la habitación, deteniéndola solo la pared del pasillo del otro lado. La niña la siguió, arrinconándola con esa mirada tenebrosa y diabólica.
Diana casi perdía la razón, peo no se suponía que debía ser así. La pequeña se acercaba cada vez más, con ese miedo que esparcen los demonios. Pero ya, el ángel estaba entendiendo la ilusión. Miró a su alrededor y no vio a nadie, ni siquiera a Emily y su atacante que estaban a un par de metros de ella. Estaba totalmente sumida en un sueño, que pronto acabaría. Ya sabía cómo, y antes que la niña la atacara con algún poder, Diana cerró los ojos y comenzó a soplar el viento en aquel piso. Soplaba tan fuerte y tan ligero, que rompía los cristales de las ventanas, y se filtraba por cada rincón de la madera.
Sin que ella se diera cuenta, dio una gran ayuda a su compañera.



Emily Thompson



No podía hablar, con suerte respiraba. Leer sus pensamientos era mucho pedir en ese momento. Estábamos justo al lado del gran agujero que Diana había dejado al arrancar la puerta a la fuerza. El agua corría por debajo de los pies de mi atacante. Era mi oportunidad, claro... cuando se distrajera con algo, si es que lo hacía antes de terminar separándome la cabeza del cuerpo.
De pronto, una ráfaga de viento tan poderoso como un huracán, llamó la atención de aquel demonio, lo cual me dio la opción de bajar mi mano quebrada, y alcanzar el agua de las tuberías que, con la presión, saltaba hacia arriba, sirviéndome de arma contra el mal espíritu. Aparte del regalo que le hice a Caliel, creo que fue uno de los mejores manejos que haya tenido con el agua. La dirigí hacia su rostro, el cual se iba quemando y quemando hasta que dio un gemido de dolor, creo yo. Aun así no me soltaba. Me comenzaba a preocupar. Mi cara de seguro estaba morada, y no resistiría por mucho tiempo. Agregué el agua que salía de mi mano, y con eso, su mano se abrió, dando paso al aire hacia mi nariz, cayendo fuertemente sobre el charco de agua. No esperé ni un segundo más allí. Me puse de pie y salí corriendo. Tomé a Diana de la mano y bajamos la escalera apresuradas. Al parecer, Diana todavía estaba bajo la ilusión de Scarlette. Pero… había algo raro. ¿Cuándo Scarlette se había hecho tan fuerte?
Ni se me paso por la mente mirar hacia atrás. Bajamos hasta el que se suponía era el primer piso, y giramos hacia nuestra izquierda. Inexplicablemente, estábamos en el mismo cuarto piso, con una puerta arrancada y tirada en el pasillo, con el agua casi llegando a las escalas, si ningún demonio allí.
- ¿Qué? – dije respirando agitadamente. Es que simplemente no lo podía creer. Era una ilusión también.
Volví a bajar las escaleras al primer piso, y nuevamente llegamos al mismo sitio. Me quedé inmóvil por un segundo.
- ¿Qué está pasando? – me preguntó Diana, un poco confundida, tal vez tratando con todas sus fuerzas salir del encanto, que sin duda la había puesto tonta, no así para seguirme a bajar más sesenta escalones sin encontrar la salida.
- No lo sé… estamos atrapadas…
En eso, se escuchó una risita, femenina y muy malévola, en todo el piso.
- ¿Quién es…? – susurré mientras trataba de encontrarla, sin tener éxito.
Pero la voz solo se oía para reír.
Miré la ventana a mi derecha. Me acerqué a ella, y la abrí. Sentí un gran alivio al observar la calle de noche, con algún foco no funcionando, otros brillantes como de costumbres. De alguna manera debía escapar. Tomé a Diana, quien se notaba peor que yo.
- Debes lanzarte, ¿entiendes? Ahora, Diana, ahora. Saca tus alas y escapa.
- ¿Y tú?
- Iré después de ti, pero si te apuras es mejor para las dos. ¡Rápido!
Apoyó los pies en el ventanal, como de cuclillas. Primero se dejó a favor de la gravedad, para luego dejar mover sus alas como una paloma. En tanto sus pies se despegaron del balcón, puse uno ahí mismo y enseguida, el otro. Hubiera dado todo por haberlos dejado caer junto con mi cuerpo, pro en vez de eso, una mano gigante me tomó del pelo – como si lo tuviera muy corto – y me arrastró hasta llegar a la escalera otra vez. Por el tamaño de su extremidad, hubiera jurado que era el mismo demonio que casi me mata en un dos por tres.
Ahora de nuevo estaba cara a cara con la muerte. Me dejó frente al primer escalón, seguramente para arrojarme hacia abajo y dejarme rodar como un balón mientras mi sangre quedaba en cada desnivel. Todo paso tan rápido, que no tuve tiempo ni de ver su cara hasta ese entonces.
- ¿Quién eres? – le pregunté con una voz débil.
Él se quedó callado, mirándome desde arriba. Era tan alto, que creía que con solo una pisada me haría reventarme. Aun así, no me respondió en seguida. Pero por mi mente pasaba “La Tríada”. Sin lugar a dudas, era uno de ellos, y si era así, podría ir despidiéndome de este.
¡No! ¡Como digo eso! No puedo darme por vencida. Debo demostrar que soy ángel, que puedo contra él. Era solo un integrante, podía mandarlo a freír monos al África, si tan solo mi poder fuera superior. Me puse de pie lentamente. Temía que en cualquier momento me empujara escaleras abajo, así que me moví siempre en dirección hacia él.
- Pequeño ángel… tus días están contados… - me dijo mientras levantaba la cabeza.
No iba a ser fácil, no desde ahora.

lunes, 23 de febrero de 2009

CAPITULO XXIX

Emily Thompson



Intentaba despertar a Caliel, pero parecía que estaba completamente inconsciente. Quería sacarlo de allí al igual que a Mehiel, pero vi como lentamente, Scarlette avanzaba entre el pasto hacia nosotros, sigilosa y sin perdernos de vista. Beth aún peleaba con Aarón, y no parecía haber ganador. Los golpes y movimientos iban y venían. Era atroz.
En un trance indeterminado, la joven ya estaba de pie en frente de mí, con esos ojos rojos que odiaba y con esa sonrisa que me sacaba de quicio.
- ¿Qué quieres? – le dije protegiendo a Caliel.
- Dámelo… - me dijo estirando la mano, creyendo que yo era tan tonta como solía serlo antes.
- Sobre mi cadáver – le dije poniéndome de pie dificultosa, pero llena de valentía.
- Que así sea – dijo antes de ponerse como bestia ante mis ojos azules.
Su cabello rubio se alzó como si estuviera bailando al ritmo del viento, un viento que soplaba lento y caliente. Entonces, alzó la mano derecha y de un rayo luminoso sobre la palma de su mano, tomó forma una especie de espada. Un sable, quizás el mismo que ocupó con Diana la noche anterior. Lo bajó con la mayor fuerza de su cuerpo, rozándome el hombro, y lo peor de todo, clavándolo centímetros de donde estaba Caliel.
Le golpeé el estomago y salió volando un par de metros más allá, cerca de donde estaba Beth luchando con Aarón. Le coloqué una mano en la frente e iba a comenzar a decir las palabras sagradas, pero no pude ni empezar. El sable quedó incrustado en mi muslo izquierdo, sin poder mover la pierna entera, llena de sangre y acompañada de alaridos míos.
- ¡Em! – gritó Beth a lo lejos.
Sentía que perdíamos, o que podíamos perder en cualquier momento contra estos buenos para nada, que seguramente no se comparaban con nosotros. No sabía por qué no podía derrotarlos. Ya no tenían la misma fuerza de antes, sin embargo, nosotras no habíamos progresado mucho las últimas semanas.
Caí al suelo quitándome rápidamente la hoja de entre mi pierna. Scarlette me miró mientras apoyaba sus pies en la tierra. Estaba lista para decapitarme, o al menos eso creía yo. Así era en las películas.
- Lo siento, ángel… te ha llegado la hora… - me dijo despiadadamente.
Sin embargo, antes de ver el arma bajar con rapidez hacia mi cuello, vi emerger una llama gigante tras de Scarlette, que luego de apagarse, me salvó. Beth tenía arrinconado a Aarón en una esquina, junto a un árbol, con su mano izquierda en dirección a su cuello, unos metros más lejos de él. Estaba siendo ahorcado por el poder telequinético que Elizabeth guardaba hace mucho tiempo, y que no lo usaba casualmente. Ahora que lo utilizó, estaba más poderoso que nunca. Aarón no se podía mover.
- Suelta eso… - le dijo a Scarlette a sus espaldas, mientras la apuntaba con su mano derecha, lista para lanzar fuego
- Si creer que ese fuego me hará daño… estás equivocada… -le dijo Scarlette mirándola de reojo. El sable tocaba mi cuello, haciendo un ligero corte.
- Si no lo haces, tu hermano muere estrangulado – le dijo Beth.
Era increíble, pero mientras tenían su conversación, mi herida sanaba rápidamente, y en cualquier instante, atacaría a Scarlette de repente.
- ¡Ten cuidado con lo que vas a hacer, ángel! – me gritó Theo, mientras veo que tenía a Caliel, éste ya despierto, entre sus brazos, apretándolo en su cuello, ambos de pie.
De laguna manera, me había leído la mente. ¡Como no lo razoné antes! Y Natalie nos había dicho que él tenía gran poder mental, ya que él invadió su mente cuando el portal se abrió para siempre.
- ¡Suéltalo! – grité mientras me ponía de pie.
- Emily no hagas nada – me dijo Caliel con una voz ronca y débil.
- Ángel del fuego, deja a Aarón y Scarlette en libertad – dijo Theo.
Beth me miró de repente y yo a ella. No quería hacerlo, de hecho, si hubiera tenido la oportunidad de matarlos, lo habría hecho. Pero no era el momento, así que dejó a Aarón y Scarlette se acercó a su hermano. Sin embargo, los planes de Theo era llevarse a Caliel con él, y después matarlo, pero no le funcionó.
- Ahora-- - dijo éste deteniéndose de pronto.
Los demás venían en camino. No sabía si eso me hacía feliz o triste, ya que quería ser yo la que terminara con todo esto. Al contrario de eso, fui una inútil, y no pude defenderme ni a mí… ni a Caliel.
- Se acercan. Vámonos… - le dijo Aarón a Theo.
Dejó a Caliel suelto y caerse de rodillas en el piso. Corrí hasta él. Elizabeth levantó la mirada y ya se divisaban las siluetas de los otros cinco volar.
- Caliel, ¿Estás bien? – le pregunté desesperada.
- Estoy bien, Emily.
La pesadilla de aquella noche terminó agotadora, y frustrante para mí.


Me sentí tan inútil al momento en que llegaron los demás, que no dije ni una palabra. Mehiel estaba bien al igual que Caliel, y Elizabeth un poco cansada.
- Si todo era una ilusión… ¿Por qué el fuego quemaba o el piso estaba ardiendo… o el humo causaba tos…? – Beth le preguntaba a Caliel.
- No lo sé, Elizabeth. Quizás es el nuevo poder de Scarlette… ya sabes que Eliott les da lo que se le antoje para molestarlas… pero no debemos preocuparnos mucho de esos dos… al contrario, Theo es un tipo muy peligroso… puede meterse en sus mentes fácilmente. Es la mayor ventaja que tiene – le respondió Caliel.
Seguía la conversación, mientras yo solo me sentaba al lado del fuego a secarme un poco el pelo. Aun estaba empapado por la lluvia de la tarde. Los demás regresaron de donde habían venido a seguir con lo que hacían. Escuché algunos comentarios, recalcando nuestra inutilidad ante la situación de antes. Quedé tan apestada con aquello, que me dirigí al jardín luego de que los demás se marcharon. Me acerqué a la reja negra y miré por entre los fierros la calle.
Tenía tal entusiasmo de progresar, de convertirme en un ángel muy poderoso, de acabar con todo lo malo de este mundo, con todas las perversidades, las tentaciones…todo, y cada día sin ver progreso alguno, mis ganas caían hasta casi llegar al suelo. Comenzó a llover nuevamente, esta vez despacio, pero con mucho viento. Sentía que alguien se acercó.
- No pude protegerte… - le dije a Caliel, quien se colocó detrás de mí.
- Claro que sí. No digas eso. Fuiste valiente, Emily.
- Por supuesto que no… ni siquiera pude luchar contra ella… me siento tan mal… tan inservible.
- Nada de eso Emily. Escucha… mírame – me tomó de un hombro y me volteó hacia él. Quedé mirándolo a los ojos. – Tienes muchas agallas… y creo que de todas eres la más valiente para estas cosas…-.
- ¿De qué me sirve ser valiente si no tengo la suficiente fuerza o poder para derrotar a alguien que sé que es más débil que yo?
- De mucho… no te imaginas cuanto sirve, Emily…
Aquel momento se convirtió para mí en una eternidad, porque luego de que él dijera esas palabras, llegó a nosotros una tranquilidad extensa acompañada de un silencio en que solo lo rompían las gotas cayendo sobre el techo de la capilla, o entre la tierra bajo nuestros pies. Nos miramos fijamente.
- Creo que te culpas demasiado por algo que no debemos darle tanta importancia… estoy bien al igual que Mehiel… y eso es lo que importa, ¿verdad? – me dijo tomándome las manos.
- Te juro que a veces… - me detuve.
- ¿A veces qué?
- Nada… gracias.
- ¿Por qué?
- Por subirme el ánimo… - dije mientras me reía.
- Jajaja… así es como debes estar siempre. Con una sonrisa.
Entonces, después de eso nuevamente me quedé callada. Esperaba que el momento se diera, pero no sé si lo que yo quería era correcto, más ahora, y más aun con él. Me comencé a acercar a su rostro, en dirección a su boca, esa boca que me tenía un poco loca desde hace algunos días. Él no se movió. Entonces lo supe. Me estaba precipitando. No hallé ni una señal de que él quisiera besarme también, como yo quería besarlo a él. Sin embargo, no hacía falta leer sus pensamientos, para darme cuenta de que lo único que se hacía era resistirse a lo que se venía.
- Está haciendo frío… me voy a entrar a la capilla… - me dijo un poco nervioso. Lo noté en sus manos. - ¿Vienes?
- No… después.
- Ok.
Me sentí como una completa idiota. Nunca lo dudé.
Siempre fui impulsiva con mis sentimientos, aunque era la primera vez en la que yo daba el primer paso, y como ya me lo esperaba, no me resulto. Quizás sería mejor que no volviera a tratar.
Se iba la noche y comenzaba el amanecer. Los demás aun no volvían, pero debían estar por hacerlo.
Entré un rato para conversar con Beth acerca de lo que acababa de ocurrir. No podía aguantar no decírselo a mi mejor amiga, más si la tenía allí al frente.
- Me siento estúpida… es horrible… - le dije mirando el fuego de la chimenea.
- Ay, no te sientas así. Esas cosas pasan todo el tiempo.
- Pero generalmente es al revés… ahora sé lo que es correrle la cara a alguien cuando lo único que quieres es… besar… - me reí de mis mismas palabras.
- Jajaja… no te des por vencida… yo se que tú también le atraes a él…
- ¿Tú crees?
- Si… y pensar que antes no se llevaban tan bien como ahora… pero como es el dicho… los que pelean se aman.
- Nunca peleé con él.
- Bueno… discutían, lo que sea. Ahora… tienes una oportunidad, Em.
- El nunca va a querer estar conmigo, Beth.
- Siempre dices lo mismo cuando te gusta alguien. No confías en ti…
- No…
- Está mal, Em. Por eso nunca has tenido novio. Debes abrirle tu corazón… - me extrañé cuando Beth dijo eso. Nunca hablaba así si no era de broma, y ahora estaba seria.
- Jajaja… claro. No se…
- Confía en mí, y en ti también. Verás que todo puede ser.
- Se te olvida algo… yo—nosotras, no podemos tener relaciones amorosas… o lo que sea.
- Sabes que nunca hemos respetado las reglas ni normas ni leyes ni nada, Em. Así que si aún queda algo de Emily Christie Thompson Lee en ese traje de ángel… me harás caso.
Siempre Beth tenía algún consejo que darme, y aunque fuera muy estúpido, lo tomaba igual. Quizás, yo era la estúpida.
Dieron las seis de la mañana y los sentí llegar. No los notaba agotados, ni sangrando por alguna parte, ni siquiera el rastro de que hubieran tenido una pelea dura. Dijeron que solo había demonios rojos, y algunos negros, pero nada que no pudieran derrotar. Ni siquiera había habilis, ni dominus, ni nada. Era lo más extraño que mis oídos habían escuchado durante las últimas semanas. Claro que, Evan y Aidan llegaron directo a la cama. Eran unos flojos, y no sabía que iban a hacer si ni siquiera podían dormir. Eso me dio risa, en mi interior lloraba de carcajadas. Astrid conversó con Diana, y Natalie se apartó del grupo. La seguí. Se dirigió al jardín. Beth venía detrás de mí.
- ¿Lo viste, Nat? ¿Viste a Ziro? – le pregunté.
- Solo unos minutos. Evan estaba pendiente de aquello, de cada paso y movimiento que hacía, me seguía a todas partes.
- Estaba preocupado, tal vez Nat – le dijo Beth.
- No es necesario. Se cuidarme sola… ¿Qué se tiene que meter él con lo que yo tenga que hablar con su hermano?
- Tal vez porque él lo conoces, y sabe que es peligroso.
- No, Em. Te equivocas. Evan no conoce a Ziro… no tiene idea de la clase de persona que es su propio hermano.
- Tú tampoco lo conoces mucho, Nat. ¿Hace cuanto? ¿unos días? ¿y ya quiere ofrecerle tu ayuda?
- No se trata de que si lo conozco o no lo conozco, Beth. Creo que ustedes actuarían al igual que yo…
Notaba que Nat estaba algo cansada del tema. No la fastidiamos más. Confiaba en que ella sabía lo que estaba haciendo.


Elizabeth Prett


Eran las dos de la tarde. Gary llegaba generalmente a las dos y media, luego del almuerzo. Los hermanos “A” y Diana habían salidos a dar una vuelta a la ciudad nuevamente, y Emily conversaba con Caliel. Detrás le hacía barras. Natalie conversaba con Evan, pero no le veía muy buena cara. De seguro Nat le decía lo que pensaba acerca de su preocupación excesiva por ella, y todo lo demás. Eso esperaba. Mientras yo… me escabullía por la puerta de la capilla hacia la entrada principal. Justo en aquel momento, Mehiel llegó con Caliel para discutir el asunto del padre Erick. La policía había llegado hasta allí aquella mañana y Caliel les había inventado una “mentira piadosa” para que no nos echarán de la iglesia. Después de todo, el poseedor del recinto era el padre Erick. Obviamente, les ocultaron que seis jóvenes vivían en la parte de atrás del lugar, entre ellas tres que se habían escapado hace unos meses de Olidata sin dejar rastros. La policía no quedó muy convencida, pero los reporteros y periodistas hablaban del Apocalipsis, y cosas relacionadas con el Diablo, para explicar las ruinas de las iglesias a nivel mundial, y los sacerdotes que ya no quedaban en ningún lugar. Era señal de que algo maligno se acercaba.
Los policías no tomaron sospechosos ni a Caliel, ni a Mehiel, pero debían culpar a alguien, por lo que no se quedaron con la historia que nuestro guía les había contado. Tenía la sospecha que volverían, no rondarían el recinto en las noches, o quizás algunos días a la semana. Debíamos tener cuidado. Después de todo, no teníamos a donde más ir.

Volviendo al núcleo del asunto, aún trataba de escaparme sin tener que decirle nada a Caliel. Estaba segura de que me preguntaría hacia donde me dirigía, y aprovechándose que el mentir era algo tan difícil para un ángel, tendría que delatarme.
Mientras conversaba con Mehiel, y Emily me ayudaba a cubrirme, salí por la puerta de atrás mejor, para que la gente que se amontonaba a ver el cadáver del padre, no se percatara de mi presencia. Sin embargo y como siempre supuse, Caliel no era un tonto.
- ¡¿A dónde vas?! – me gritó desde adentro, escuchando todos, mirándome como si hubiera hecho algo malo.
- Eh… - no hallaba que decir. Era el momento en que Emily debía entrar en acción.
- ¡Ah! Vamos de compras… recuerda que no tuvo la oportunidad de comprar ropa cuando todas fuimos a eso…- dijo Emily saliendo conmigo.
- ¿En serio? – preguntó Caliel. Odiaba que hiciera eso, porque cuando mentíamos, aquellas dos malditas palabras, hacían que tembláramos de nervios.
- Si, Caliel. Y si no nos damos prisa, las cerraran… así que… ¿vamos? – me dijo Em.
- Eh… si – le respondí yo, y salimos por la reja, hacia un rumbo desconocido. Quizás Caliel sí tenía algo de tonto.
Cuando ya nos alejamos un poco, le pregunté a mi amiga:
- ¿Cómo lo hiciste para no titubear ni un segundo?
- ¿De que hablas, Beth?
- De la mentira que le dijiste a Caliel… ¿Cómo se te hizo tan fácil?
- No mentí… de verdad quería i de compras contigo Beth.
- Ay, Em. Sabes que voy a ver a Gary ahora… te lo dije.
- ¡Ah, sí! Disculpa, lo olvidé… - me dijo con una sonrisa en doble sentido.
- Y no empieces. La cosa es que… si se supone que salimos juntas, debemos volver juntas.
- Claro… ¿a que hora terminaras de tu cita amorosa?
- Como a las seis. Luego debo volver para… tú sabes.
- Ya. Estaré vagando por ahí…mientras te besuqueas con—
- Para de decir eso, Em – dije riendo.
Me alejé en dirección a la heladería de los abuelos de Gary. Emily aun seguía parada en la esquina, tal vez pensando que hacer por mientras.

Llegué temprano, y el local estaba abierto. Entré y pregunté por Gary, pero no había llegado aún. Los abuelos eran simpáticos y amables, al contrario de sus padres.
Eran ya las dos y media y Gary no llegaba. ¿Qué me pasaba? Cualquiera puede retrasarse, yo lo sé por experiencia propia y diaria de mi vida. Aun así, no estaba tranquila. Me puse mirando a la calle, y me apoyé en la maquina de helados un momento. Cerré los ojos y comencé a buscarlo. Fue algo muy rápido. Miré varias personas por las calles, mientras hablaba, algunas peleaban, otras reían, y otras solo miraban. Entre ellas, vi a Gary luego de echar un vistazo velozmente y me miró. Nunca me había pasado eso. Si me miró era porque…
Abrí los ojos de pronto y me asusté al ver su cara en frente de la mía, riendo de mi condición. Me eché hacia atrás cuando lo vi.
- ¿Te asusté? – me dijo entre carcajadas.
- No… o sea, un poco… - le dije algo impresionada. – No te sentí llegar…-.
- ¿Qué hacías?
- Te buscaba… es decir… nada.
¿Cómo pude haberle dicho eso? Que estupidez. Da igual, después de todo, Gary no es de esas personas que todo lo encuentran raro, sino más bien, se ríe sanamente de aquellas cosas. Estaba segura de que yo era un chiste para él.
- Muy bien… entonces… ¿A dónde vamos?
- ¿Dónde me llevarás?
- No se… ¿Qué quieres hacer?
- Da igual. ¿almorzaste?
- No.
- ¿No? Entonces vamos a comer algo.
- No… no como - ¿Qué me pasaba? ¿Por qué no podía decir algo que no fuese verdad?
- ¿No comes? Jajaja… vamos. Yo invito.
- Tú ya comiste, Gary.
- No importa… me alcanza para otro almuerzo. Vamos…
- La verdad es que ya almorcé.
- No intentes engañarme… yo sé que no, Beth.
- ¿Me dijiste Beth?
- Si… ¿ya no te dicen así?
- Si, es que… no lo acostumbras…
- Bueno—ya no me cambies el tema. Vamos a comer.
- De verdad que no quiero. Comí algo antes de salir, en serio…
- ¿Por qué es tan fácil pillarte en las mentiras, Elizabeth?
- Jajaja… será porque—
No lo digas, no lo digas, no lo digas, no lo digas, no lo diga, no lo digas, no lo digas, no lo digas, no lo digas…
- ¿Por qué?
- Vamos a dar una vuelta y nada más.
Lo tomé de la mano y caminé hacia cualquier dirección que se me ocurrió. Se detuvo un minuto para saludar a sus abuelos, y luego me siguió.
Entramos a la carretera. Ahí supo donde lo llevaba.
- Jajaja… ¿quieres ver un crepúsculo de nuevo?
- No sé si me quede para cuando eso suceda… hoy tengo que irme más temprano…
- Bueno… con este clima, de seguro oscurece a las seis.
Comenzó una lluvia suave, pero con un poco de calor. No dejamos mojar. Caminamos a hacia la cuesta, a la orilla del camino, conversando y contándonos cosas más intimas. Comenzaba realmente a confiar en él, y me desconocía, ya que a mí me tomaba meses posar mi confianza en una persona. Pero Gary era distinto. Y ahora que conversaba con él, recordando el día viernes, me acordé de algo.
- Antes que tu mamá llegara a buscarte, había algo que me ibas a decir…
- Ah… si… - me dijo mirando el asfalto. – Quizás te lo diga después…-.
- ¡No! Me dejarás con la duda…
- Créeme que te lo diré… pero no ahora, ¿sí?
- Mmm…
No podía hacer eso, yo era la persona más curiosa que conocía.
Pasamos una hermosa tarde juntos, conociéndonos más, hablando de nosotros, y tratando de ser lo más sincera posible, sin mencionarle nada que no debiera. Fue como muchas tardes al lado de Gary, especiales. Empezaba a convertirse en mi mejor amigo.


Nathalie Denat


Sin demonios fuertes, sin Eliott ni su estúpida Triada… así pasaron dos meses de siquiera una batalla en serio. Lo único que había en las noches eran, demonios sin importancia, y algunas personas poseídas en el centro de la ciudad. De eso se encargaban los guías, Caliel y Mehiel, ya que la gente les creía más que eran exorcistas, que a un grupo de jóvenes de entre diecinueve y dieciséis años.
Sin embargo, hubo una celebración. El cumpleaños de Caliel. Por supuesto, Emily no podía dejar pasar la oportunidad para que él se fijara un poco más en ella. Además, Em amaba hacer regalos, fiestas y esas cosas. Ese día, dos de Abril, despertamos con cosas ricas para comer, aunque solo eran para el cumpleañero y Mehiel, quienes eran los únicos humanos entre nosotros, y tenían algo de estomago.
Lo sacamos a pasear por entre los lugares lindos del país, en un solo día. No nos alcanzó para conocerlo todo, pero la pasamos muy bien aquella tarde. Reímos arto, y todos compartían con todos. Se formó un ambiente muy grato y armonioso. Todos dieron sus saludos, regalos y formas de demostrar lo mucho que querían a Caliel, lo conocieran de antes, o después. Emily guardó su regalo para después. Quería dárselo personalmente, y solo nosotras lo entendimos. Emily dijo, que para que no se notara extraño, le dio un obsequio menos importante cuando todos entregaban sus regalos. Había guardado lo importante para después.
Según yo, y mis amigas, aquel día había sido el mejor que habíamos tenido desde que nos había pasado esto. El cambio, nueva vida, nuevas limitaciones, etc. Definitivamente, necesitábamos un descanso.

Por otro lado, nunca dejé de ver a Ziro. Lo veía por lo menos dos veces a la semana, a veces más. Y aunque solo podíamos conversar de lejos, aprendía a conocerlo cada vez mejor. Yo sabía que no estaba equivocada. Él era una gran persona dentro de aquel traje de demonio que llevaba puesto siempre, sin poder sacárselo. Lo malo era… quizás no malo, peo tenía miedo. Tenía miedo de que me empezara a gustar, que me atrajera como nunca nadie me atrajo antes. Había tenido bastantes relaciones como para darme cuenta y saber que podía salir lastimada si no me fijaba con quien estaba. Yo sabía con quien estaba… y ese era el problema. Sin embargo, Evan no se salía de en medio. No sé que tanto interés por lo que me pasara o lo que Ziro podría hacerme.
Unos días después de que los Ángeles del sonido llegaran, Evan se juntó con Ziro y hablaron en un lugar muy personal que ellos tenían desde siempre en cualquier lado. Yo no encontraba para nada personal un paradero de bus abandonado a mitad de carretera, con los fierros asomados a la cuesta, donde corría mucho viento. No pude asistir a ese encuentro, pero Ziro me contó algunas cosas, que Evan le había hablado.
- Ya sabes, que me alejara de aquí, sobretodo de ti, Nathalie. Que su guía, Mehiel, ya le había dicho que si no me mantenía alejado de donde ellos estaban, podría lamentarlo… blablabla…
- ¿Qué te pueden hacer? – le pregunté.
- Nada que me importe… aunque fue un trato. El que yo me mantuviera lejos de donde él y su grupo estuvieran, fue algo que acordamos hace algunos años, junto con la promesa de que no lastimaría a nadie. Eso no me costó prometerlo. Nunca me he aceptado como demonio, por lo tanto, no tenía pensado lastimar a nadie. Hasta que te conocí…
- Para con eso… no es tu culpa.
- Bueno… aparte del regaño, hacía mucho que no veía a Evan. Me contó lo que hacía, sus poderes, su vida luego de que pasó la muerte de nuestros padres… lo poderoso que se había vuelto en sus entrenamientos… cosas así… y sabes, siempre tuve algo de envidia contra él… siempre me preguntaba, ¿Por qué él y no yo? ¿Por qué lo elegiste a él y no a mí para servirte? ¿Por qué yo tengo que ser algo que no quiero ser?... era horrible pensar que fuésemos tan iguales y tan diferentes al mismo tiempo. Y sin embargo, luego de escucharlo decir todas las cosas que sabía hacer… me sentí tan orgulloso de él…
Le costó explayarse, pero logró contar lo que sentía sin rodeos hacia mí. Me emocionaba al oírlo decir aquellas palabras, que le salían directamente del corazón. Aun así, pensaba que no me había dicho todo lo que conversaron.
Tenía la impresión de que se veían constantemente, pero no era algo que me molestaba, de hecho, me daba gusto que se levaran bien. Si se veían, suponía que se llevaban bien.


Emily Thompson


- Tengo… un regalo para ti – le dije mientras caminábamos hacia el jardín. Faltaba poco para el ocaso, y eran cerca de las siete.
- ¿Otro? – me respondió Caliel impresionado.
- Me gusta hacer regalos – le dije sonriendo.
- Jajaja… no sé si merezco tantos…
- ¿Qué dices? Por supuesto que si… sígueme.
Salimos a la calle por la puerta de atrás. Definitivamente esa puerta se había convertido para nosotros en la principal.
Hacía mucho frío, pero no llovía. Nos fuimos caminando de todas maneras, si o llevaba volando, seguro que se congela. Arriba había grados bajo cero.
- ¿Dónde me llevas, Emily? – me peguntaba cada cinco minutos.
Obviamente no le respondía, aunque solo le sonreía cuando me hacia esa pregunta. El sol había salido cerca de las cinco, solo para quedarse un par de horas. Además, de nada servía, el frío no se iba ni se reducía.
Entramos por el bosque, saliendo de Olidata, llegando al cementerio.
- ¿Me traes al cementerio? – me dijo un poco exaltado.
- Eso parece…
- ¿Y… que? ¿Tu regalo es… no se… despertaras algún muerto y harás que baile para mí?
- ¿Puedo hacer eso?
- Eso debería preguntarlo yo…
- Jajaja… nada de eso. De hecho, no te traigo al cementerio en sí. Ven.
Lo llevé cerca de los matorrales, en donde el cementerio se terminaba. Entre algunos árboles y más allá un sauce, una fuente de unos cinco centímetros de radio, totalmente limpia y bien cuidada, reposaba llena de agua cristalina, con el fondo azul intenso, y la luz del atardecer quebrándose entre centellas sobre el agua limpia. En el centro, una estatua de un querubín, o algo así, relacionado con un ángel, con los brazos alzados, y desde sus manos, salían chorros de agua hasta chocar contra el agua de la fuente. El color gris refulgente del cemento de toda la fuente junto con la estatua, le hacia un efecto más hermoso y más inspirador.
- ¿La fuente? – preguntó mirándome.
- Solo… observa.
Alcé mi mano derecha sin venda junto con la izquierda siguiéndola. El agua de la fuente se levantó al momento en que moví mi extremidad, danzando conmigo, formando mil figuras cristalinas, goteando a veces. Caliel miraba atento y muy ilusionado. Los ojos le brillaban como nunca, y se reía de la impresión.
- ¡Emily! Esto es… hermoso.
Movía mis manos hacia todos lados, suavemente, bailando con el agua. A veces manejaba a mi manera el líquido sobe Caliel, que a veces levantaba las manos y terminaba mojándose. El viento lo hacía aún mejor. Estuve varios minutos así, hasta que al final – dejando lo mejor para el final - , formé un corazón, que luego de observarlo, se hizo remolino y nos juntó inesperadamente, formando una espiral alrededor de nosotros, quedando un tanto empapados. Estábamos muy cerca. Me puse nerviosa como nunca, pero traté de disimularlo.
- ¿Te gustó? – le pregunté.
- Por supuesto, Emily. Es hermoso… nunca me imaginé que pudieras manejar el agua así – me dijo riéndose repetidamente. Quizás, por los nervios.
- Yo tampoco… Jajaja… si no puedo manejarla así, no podría llamarme mitad ángel ¿no?
- Claro…
Hicimos una pausa, mientras el espiral no dejaba de mojarnos mientras giraba.
- Creo que… este es el primer cumpleaños que celebro… por lo menos desde que tengo memoria… - me dijo sonriendo. – Y… honestamente, ha sido el mejor que tendré…
- ¿En serio? – le dije con una sonrisa hipnotizada. Parecía imbécil mirándolo de esa forma.
- Si… y… tú lo has hecho mejor, Emily. Este es el mejor regalo que pude recibir.
No sé si eso lo dijo para conquistarme en aquel trance, o lo dijo sinceramente. Prefería pensar en la segunda opción, más aun si no podía entrar en su mente. Ahora más que nunca deseaba saber lo que estaba pensando.
Mis manos sudaban un poco, pero cuando él las tomó entre las suyas, mis nervios se escondieron. Me acerqué lentamente, para ver si él se alejaba, tomando un rechazo, pero me miro fijo a los ojos, y los míos se posaban en los suyos, al mismo tiempo que se me tornaban azules iluminados. Tenía miedo, pero luego pensé en las palabras de Beth, y me dejé llevar. Corría un viento heladísimo que hizo erizar los vellos de los brazos, y temblar un momento. El agua cayó en seco alrededor de nuestros pies, formando un círculo de humedad en el pasto, mojándonos levemente la ropa. El atardecer ya se había realizado.


Diana Crown


A menudo iba con Aidan a Olidata, a un edificio que parecía teatro, en donde el cuarto piso estaba totalmente desocupado a eso de las seis y siete de la tarde. El trabajo que había conseguido junto con Nathalie había quedado para antes, después de las dos. Lo mejor de aquel piso, es que en una de la habitación, bastante amplia, había un piano de cola negro y casi nuevo. Brillante y bien limpiado. Siempre veíamos al auxiliar sacarle brillo antes de entrar por la ventana. El teatro se desocupaba a las seis, y volvían a las nueve para revisar cosas de dirección y otros. A veces, algunos se quedaban ensayando en el segundo, bailarines y bailarinas de todas las edades, ballet y música suave. Aquello me traía recuerdos tan bellos, que me daba una nostalgia inmensa espiarlos por la ventana. Me volvía al cuarto piso a escuchar a Aidan tocar con gran pasión el piano, mientras yo, sentada en una esquina de la habitación, escuchaba la resonancia del sonido de las teclas invadir todos los rincones del sitio. Tocaba canciones y melodías hermosas, que me hacían entrar en la mayor serenidad en la que nunca habría entrado sin haberlo conocido.
- ¿Quieres tocar? – me dijo una tarde, a principios de mayo.
- Eh… la verdad es que no se…
- Si… si sabes tocar. El primer día que vimos el piano te volviste loca tan solo al verlo, y comenzaste a entonar una melodía, corta, pero hermosa.
- No era nada…
- Vamos, Diana. Quiero escucharte.
Hacía bastante tiempo que no tocaba. Menos un piano de cola, tan prestigioso que era para mí el solo ver las teclas. Pero ese día, Aidan me convenció de tocar cualquier cosa que supiera.
- Solo se algunas canciones de series animadas…
- No importa… vamos. Toca.
Naturalmente, lo hice. Los dedos prácticamente se me movían solos. No sabía por qué, pero la canción me estaba saliendo bien. Duraba unos dos minutos, cuando la tocaba en el teclado de mi casa. Aquí, duró más de tres minutos, dándome el tiempo de pulsar cada tecla blanca y negra, agregándole la armonía que necesitaba. Me di cuenta de que no era yo.
- Aidan… - dije al terminar la canción. No quise interrumpirla antes.
- ¿Qué?
- Sé que fuiste tú… me ayudaste a tocar.
- Fuiste tú, Diana… y tu pasión por tocar…
Quizás tenía razón.
Así nos divertíamos casi toda la semana. Había veces en que veníamos más temprano, mientras ensayaban en los otros pisos, sin ocupar el piano. Para eso, Aidan bloqueaba el sonido de la habitación para que no se expandiera hacia los otros pisos y así, no nos encontraran.

Con respecto a Alan… cada vez lo veía menos. Lo pasaba a buscar a la universidad de Garamond, unas dos veces a la semana. Siempre tenía que estudiar, a veces se iba con amigos a hacer grupos de estudio, a veces se quedaba más rato en el establecimiento, estudiando. Nunca me había relacionado tanto con un joven que fuera tan… estudioso, inteligente, responsable, correcto… y lindo.
A pesar de todo, yo sabía que él me tenía cariño aún. Se juntaba con amigos y amigas, pero a veces dejaba de estudiar y salir con ellos para estar conmigo. Sabía lo que pensaban alguno de ellos. No podían creer que se relacionara con una niña como yo, de apenas dieciséis años, que no iba al colegio, que se peinaba raro, que era rara, que se vestía raro, y que más encima, aparte de todas esas críticas… era bella. Mi figura, mis piernas, mis ojos, mi cintura… era casi perfecta.
Bueno… eran alguno de los pensamientos de sus amigos. Yo sola me reía cuando pensaban idioteces. Me acostumbraba. Sin embargo, a pesar de que nos veíamos poco, encontraba que se esforzaba mucho por lograr ser médico. A veces me daba rabia que no saliera conmigo o que no nos viéramos porque tenía que estudiar. Pero luego reflexionaba y me explicaba a mí misma que era su deber. Su futuro era más importante que yo, y estaba bien.
De todos modos, aun recuerdo cuando me dijo a finales de abril, mostrándome un examen que según él era difícil, y que había tenido la calificación máxima. La semana anterior habíamos ido al parque de diversiones, y el resto de los días se la pasó estudiando para eso.
- No sé porque… pero... – no lograba decirme lo que pensaba, ni tampoco quería precipitarme a usar mi artimaña.
- Dime…
- Cuando estoy contigo, siento que me va mejor en mis quehaceres, que cuando no te veo – se sintió un poco tonto luego de decírmelo.
- Jajaja… tus buenas notas se deben a tu estudio, no a mí.
- Pero es que… es extraño… pero no mentira. Es verdad, Diana. Curiosamente, cuando nos vemos y la paso bien contigo, me siento… con ganas de hacer cosas. Con ganas de estudiar, de ser el mejor, de ser… medico, de ser alguien importante.
- O sea… ¿Cuándo no nos vemos te va mal?
- No es que me vaya mal, pero no siento lo mismo los siguientes días cuando no te veo, que los días que siguen cundo te veo. Es diferente, y me doy cuenta.
- Jajaja… es lindo de tu parte. Pero insisto… tus logros se deben a tu esfuerzo, no a mí.
Calló su boca. Parece que había logrado convencerlo, pero no del todo. No le diría que su éxito se debía a que yo era un ángel que predicaba el bien, que irradiaba felicidad, esperanza, y… éxito. Era algo incontrolable, pero me gustaba, y me sentía bien por él.
Claro. Ahora pasaba más tiempo con Aidan. Era mentira eso de que no le quitaba los ojos de encima. Todas pensaron que me gustaba, pero no era así. No me gustó ni me gusta, ni me gustará. Al menos, eso tengo pensado. Sin embargo, a veces lo miro… y no sé qué pensar. Espero que no haya leído mi mente cuando lo quedo mirando pensando en un futuro juntos.
Pero en fin. Alan y Aidan eran los hombres con los que más relacionaba, un poco diferentes, pero… ¿en la variedad está el gusto?


Emily Thompson


Un día se me ocurrió seguir a Diana y Aidan cuando se dirigían a vigilar el teatro de Olidata, en el atardecer. Los había escuchado hablar de aquel lugar y sobre un piano de cola negro, de esos que había en mi liceo antes de irme. Sin embargo, se dieron cuenta de que los seguía desde el pueblo. Pero no le dieron importancia, sobretodo Diana. Creo que la sentía diferente o más simpática desde que habían llegado los Ángeles del Sonido, Aidan.
No sabía porque, pero cuando los escuchaba tocar, me sentía en paz y tranquilidad. Aidan tocaba precioso y Diana casi lo lograba. Me recordaba a mí cuando iba al salón de música del liceo, a tocar las canciones que sacaba en mi casa, en el teclado. De hecho, ambos me hicieron tocar. Y por algún motivo, no me dio tanta vergüenza como pensé que me iba a dar, sobre todo pensando que mientras se me movían los dedos, mi voz debía sonar con melodía, cantar…

Días después, solo veníamos Diana y yo. Aidan acompañaba a su hermana a vigilar Lathalia, cerca de la carretera, por lo que no nos pudo acompañar por algún tiempo. Era a finales de Mayo, y con Diana las cosas iban bien. El piano nos acercó mucho en aquel tiempo, mientras tocábamos y cantábamos, contando nuestras historias, riéndonos y aprendiendo a conocernos. Después de todo, Diana era una buena persona, simpática y muy divertida. Reconocía que era culpa mía que no hubiéramos hablado antes, la falta de comunicación y mis malos comentarios. Era una persona callada y poco sociable ante las personas que no conocía, pero eso ya no iba conmigo. De hecho, con los otros Ángeles aprendí a abrirme más. Me ayudó bastante todo lo que pasó con Diana. Me enseñó cosas que no había conocido hasta esa fecha, charlábamos cosas que teníamos en común, me contó su vida, y yo la mía… y mientras eso, me halagaba porque decía que le encantaba como tocaba el piano. A decir verdad, creía que ella lo hacía mucho mejor que yo, pero cada una tenía su estilo. A las dos nos ganaba Aidan, era nuestro ídolo… aunque Diana lo veía más que eso, y nadie me haría cambiar de opinión.