lunes, 11 de mayo de 2009

CAPITULO XXII

5 de Junio
Diana Crown


Algún movimiento de una silla, chilló fuerte en mis tímpanos, provocando mi despertar. No sabía la hora, ni el día, ni que hacía acostada allí, tapada de pies a cuello. Apreté mis ojos varias veces para divisar el cuarto, donde siempre reposaba en las mañanas, luego de ir a cazar. Saqué mis brazos de debajo de las sabanas, y me di cuenta de que alguien descansaba a mi lado, silenciosamente. Me volteé fuertemente hacia su dirección, para encontrarme con esos ojos color chocolates, observándome cuidadosamente. Debía admitir que no lo había sentido cerca.
- ¡Aidan! Me… asustaste.
- Perdón… - me dijo riendo. – Es… un poco raro oírte a ti decir eso…
- Jajaja… aunque no lo creas a veces me llevo sorpresas…
- ¿Cómo te sientes?
- Bien… bien… ara haber descansado un par de días… muy bien.
- ¿Un par de días? La verdad es que llevas casi cinco días dormida…
- ¡Cinco días! – dije un poco alterada, antes de que él me hiciera callar, puesto que Elizabeth estaba en la cama siguiente y aun no despertaba. Según mis cálculos, tenía para rato…
- Al parecer… fue una pelea agotadora…
- Ni te imaginas. Pero… como… ¿Qué ha pasado estas noches?
- Tranquila… Astrid y yo nos hemos encargado… un poco dificultosos, pero como hace algunos días… no ha habido tantos demonios. Su crisis empezó, otra vez, creo…
- ¿Y Evan?
- Desde el viernes que no lo hemos visto… debe estar… ocupado con su hermano.
- ¿Mehiel te lo dijo?
- Si…
- ¿Qué piensas al respecto?
- No muy distinto a ustedes. Ziro es un demonio, pero… sigue siendo el hermano de Evan. Y eso lo entiendo.
- Ya veo…
El cielo ya había empezado a nublarse, listo para dejar caer lluvia. Dejamos un silencio entre conversas.
- Y… ¿llevas mucho tiempo sentado allí? – pregunté con una sonrisa en la cara.
- No… a esta hora vengo a echarte un vistazo. Estábamos preocupados por ustedes, ya que no despertaban y los días pasaban. Emily despertó primero, y supimos que lo harían un tanto más tarde ustedes tres. Pero… la verdad es que no me aburro de verte dormir – me dijo con algunas carcajadas. Yo lo acompañe también. Me senté en la cama y me acomodé.
- Gracias… que lindo – le dije con una voz amable. Luego, intercambiamos miradas.
- Diana… ¿puedo preguntarte algo?
- ¿Por qué no?
- Es que… ceo que algo personal tuyo, pero… no quiero parecer entrometido. Ahora si no me quieres decir lo enten—
- Solo dime, Aidan.
- Eh… - parecía un poco nervioso, indeciso a hacerme la pregunta. - ¿Quién es Alan?
No supe que pensar, ni tampoco que decir. ¿Cómo sabía de él si yo nunca se lo había mencionado? Además, mi respuesta… no sabía que contestar.
- ¿Por qué?
- Lo mencionaste… cuando dormías…
- Ah… - me puse aún más nerviosa. Efectivamente me espiaba de hace rato. Más que espiarme, preferiría pensar que se preocupaba por mí.
- No respondas si no quieres.
- Es… un amigo. El único creo, de por aquí…
- ¿Lo conociste aquí?
- Si… hace algún tiempo. Pero… bueno, no le he contado nada de nosotros, ni lo que soy, ni nada…
- Que bien…
- Pero… me gustaría que Caliel no se enterara… es decir, quizás sospecha, pero… prefiero que no se entere de que salgo con alguien. O sea… no digo que sea mi novio nada. Somos amigos, pero Caliel no me creerá… o me vigilará… o no se…
- No te preocupes, de mi no saldrá nada… - dijo parándose y acercándose a los pies de la cama. Lo noté un poco decepcionado.
- Gracias… eh… ¿A dónde vas?
- No se… a dar un paseo, creo.
- ¿Dónde están los demás?
- Eh… bueno, Emily y Caliel salieron a no se donde, Nathalie despareció de pronto, Astrid esta en el living con Mehiel, y… tu otra compañera esta roncando a tu lado.
Miré a mi derecha, y allí estaba Beth. Con todo el ruido de nuestra conversación, no despertó. Aunque no sospechaba nada. Tiré las sabanas a la baranda de la cama, y bajé los pies, poniéndome mis zapatos.
- ¿A dónde vas? – me preguntó Aidan.
- Eh… te acompañaré.
- Prefiero que te repongas bien, y luego salimos.
- Prefiero que me hagas caso ¿sí? Esto bien… nada mejor como dormir casi una semana. Deberías intentarlo.
Lo alcancé en el umbral de la puerta. Lo tomé del brazo, y salimos juntos.


Nathalie Denat


Ayer, al despertar, me levanté de un salto. Me sentí mucho mejor cuando procese que estaba en la cama, tapada con las sabanas, algo totalmente innecesario. Diana y Elizabeth dormían a mi izquierda. Emily no estaba, pero su cama estaba sin hacer. Seguramente se había levantado algunos minutos antes.
Lo que realmente me importaba ahora, era saber de Ziro, y no dudaría un segundo en ir a buscarlo. Salí de la habitación y atravesé la sala de estar, en donde Emily estaba sentada y sin hacer nada.
- ¿Dónde vas? – me preguntó al verme acelerada. No me había dado cuenta de que estaba allí.
- Necesito verlo… saber cómo está.
- Evan está con él, Nat.
- Pero eso no es suficiente… de verdad necesito verlo.
- No sé si sea buena idea. Ya es martes, y aún no sabemos nada de Evan.
- ¿Martes? – dije sorprendida. El tiempo se pasó volando.
- Si…
- Emily, la verdad es que… no quiero discutir contigo sobre esto, pero yo en verdad necesito ir a ver como está… es que—
- No estoy tratando de detenerte, Nat. Es solo que… me preocupas – me dijo caminando hacia mí. Su expresión era seria. – He visto… lo que él hace. He visto la reacción que tú tienes cuando estas cerca de él…
- Em, no es la primera vez que estoy con él. Cerca. Sé cuidarme sola.
- Lo sé… pero, ahora que ya te lo dije, me siento… bien.
- No te preocupes. No me pasará nada.
- Eso espero…
- ¿Y… Caliel?
- Creo que salió… esas extrañas salidas que tiene algunas veces por las mañanas…
- ¿Y los Ángeles del Sonido?
- Creo que aún no vuelven. Mehiel está durmiendo al parecer. Aun son las seis de la mañana.
Viendo que la conversación se volvía sin tema, decidí salir finalmente.
- Ten cuidado.
- No tardaré… ah… me gustaría que—
- No te preocupes. No le contaré a Caliel.
- Gracias, Em.
- No llegues tarde.
Traté de no hacerlo, pero al salir por la puerta trasera de la capilla, me di cuenta de que no sería para nada de fácil encontrar al par de gemelos. Un ángel y un demonio juntos… iba a ser difícil, sobre todo si sus presencias se volvían neutras. Caminé un rato la manzana, y luego de unos cinco minutos, me detuve al lado de un árbol. Cerré los ojos, y comencé a buscar.
Mil cosas sucedían a las seis de la mañana un día martes. Mi mente recorría todos los rincones de Saint, y aunque era un pueblo pequeño, había mucho que ver. Sin embargo, no estaban allí. Pasé a Olidata, y de seguro sería más complejo, ya que pasaba a tomar rango de una ciudad. Gente esperando locomoción, la poca y nada que había en la calle, algunos autos seguramente yendo a trabajar, y algunos sitios simplemente en silencio frente a la helada que bajaba a esa hora.
De nada me sirvió. No estaban allí. Tampoco en Garamond ni menos en Lathalia. ¿Dónde más podría buscar?


Emily Thompson


Nathalie se fue, y quedé como ella me había encontrado, haciendo nada. Pasé así alrededor de una hora, hasta que los hermanos A llegaron por el jardín, sin disimular. Entraron por la capilla.
- Hola – les dije al verme, ambos sorprendidos.
- ¡Emily! ¿Estás bien? – me preguntó Astrid.
- Si, si… me sirvió mucho dormir algunos días…
- Pero… ¿No estas cansada ni nada? - me preguntó Aidan.
- No, en serio. Estoy bien.
- ¿Y las demás? – preguntó Aidan. Seguramente, en vez de preguntar por todas, se refería exclusivamente a Diana.
- Duermen. Excepto Nathalie… salió.
No dijeron nada al respecto. Ellos ya sabían la historia de Evan con Ziro. Me lo dijeron luego de que el silencio se hizo insoportable, por lo tanto, no había nada más que decir.
- Y… ¿estuvo muy agitada la noche?
- Para nada. De hecho… estuvo aburrido. Creo que empezaran nuevamente a tirar los demonios más débiles, mientras seguramente traman algo – Astrid dijo.
- Entonces… ¿no les ha costado mucho estos días?
- No, no te preocupes. Nos entretuvimos mucho, ¿cierto hermano?
- Claro. No hay nada mejor que pasar como guardia una noche entera, esperando acción, sin que la haya…
Sonreí sin ánimo. Creo que el desgano aun no se iba del todo. Astrid me acompañó un rato en la sala, mientras Aidan visitó a Diana en la habitación. Según él, acostumbró a hacerlo sin saber porque.
No conversé mucho con Astrid. Era de pocas palabras al igual que yo, aunque por lo menos a mí, me gustaba romper el silencio. De hecho, se me hizo incomodo aquel trance. Esperaba que Caliel llegara y por lo menos hablara con él acerca de cualquier cosa. Aunque había pasado algunos días dormida, me pareció haber pensado en él la mayoría del tiempo, sin sueños, sin pesadillas.
No tardó para que su presencia apareciera dentro de mi rastreo, y Astrid escuchara con su agudo oído los pasos sobre el césped afuera, por la puerta de atrás. Me quedé sentada sin mover un dedo, mientras mi compañera parecía que se alistaba para irse, no antes de que Caliel nos viera en la sala.
Se quedó mirando perplejo, con los ojos puestos en los míos mientras saludaba a Astrid. Luego, ella desapareció.
- ¿Emily?
- ¿Si?
- ¿Estás bien? – me pregunto acercándose al sillón.
- Por supuesto… ¿no me ves? – le dije con una sonrisa satisfecha y sin sarcasmo. Se posó al frente mío y supe que tuve que ponerme de pie.
Fue un abrazo bastante largo, como si hubiera muerto y luego revivido, celebrando mi resucitación. Lo sentí más cálido que nunca, como… no sé.
- ¿Cómo…?
- Me siento súper bien, de verdad – aquello no era cierto del todo, ya que el cansancio se ocultaba y no lo dejaba notar.
- ¿Y las demás?
- Están… durmiendo – otra verdad incierta. Jajaja… sabía que me pillaría. Puso la típica cara de “deja de mentir”, y no la resistí. – Bueno… Nathalie se fue…
- ¿Se fue donde?
- Creo que… sabes la respuesta.
- ¿No la detuviste?
- Ay, Caliel… Nat es grande y bastante madura como para saber lo que le conviene o no… además… creo que deberías confiar un poco más en ella… estará bien.
- Bueno, bueno.
Nos separamos y sentamos en el sillón.
- ¿A dónde fuiste? – le pregunté mirándolo a los ojos.
- Eh… asuntos… de la iglesia, Celeron, el Consejo… etc.
Al parecer, tenía cero poder de convencimiento, sobretodo conmigo. No le creí, o mejor dicho, le creí la mitad.
- ¿Con quién? – le pregunté para restablecer una respuesta.
- ¿Es necesario que te lo diga, Emily?
- Bueno… si no quieres no.
- Ya. Dejémoslo en que fui a lo que te dije y punto.
- Bien…
No estaba bien. Quedé más curiosa que no se qué. Pero, la verdad me preguntaba si tenía razones para desconfiar de él. No hicimos más que mirarnos un par de minutos, sin decir nada, encontrando algo de que hablar. Mi corazón comenzó a latir más rápido. Me puse nerviosa y, por ende, tonta. Era muy temprano y no hallaba que hacer. Beth seguía en sus dulces sueños, al igual que Diana. Caliel fue a ver a Mehiel y comenzaron a hablar de esos asuntos tan indiscretos que ninguna de nosotras conocía, pero me tenía sin cuidado, es decir, no me importaba.
Me paré del sillón y salí al jardín. Caían unas leves gotitas de lluvia, que seguramente se transformarían en chaparros al final de la mañana.


Mientras Nathalie se dirigía hacia ellos, Evan trataba de mejorar a Ziro con lo que pudiese. Era difícil, estando en medio de la nada, curar heridas de tipo grave, sin nada con que hacerlo. Ziro había estado inconsciente unos dos días. Despertó del dolor, cuando su hermano trataba de limpiarle la sangre del pecho, y luego, de la cara. A pesar de que no tenía la capacidad de curarse rápidamente como los de la Tríada, no era un gran tiempo que tendría que esperar para estar completamente sano.
- ¿Te sientes mejor?- le preguntó Evan.
- Eh… si. Estoy bien… - le dijo Ziro con un poco de dificultad. No quería preocupar a nadie.
- Claro… - le respondió Evan haciendo una mueca. Sabía que mentía.
- En serio… no te preocupes. Creo que desde ahora puedo manejarlo. Sería mejor que te fueras… pueden llegar en cualquier momento.
- No creo que vengan cuando tú estás conmigo…
- ¿Confías mucho en tus poderes?
- Mmm… no estoy seguro, pero… tampoco quiero dejarte solo. Después de todo lo que pasó… no sería lo mejor.
- Estaré bien, Evan. De verdad.
- No me convencerás… me quedo aquí hasta que estés mejor. En todo caso, no será por mucho. Tus heridas sanan rápido…
- Eh… sí, bueno… “rápido” – dijo resaltando las comillas con las manos.
Hizo un movimiento brusco y se quejó. Evan lo ayudó a acomodarse en la base de un árbol sin hojas. Estaban en las afueras de Manfort, ciudad mucho más al sur de Lathalia. Estaban bastante retirados, en medio de un paisaje desértico, en donde había un árbol cada dos kilómetros, sin agua, y atravesándolo la carretera que unía todas esas ciudades.
Una de las cosas que se podían rescatar, era que el clima no era propio del desierto. Estaba más bien nublado, sin lluvias, con un viento frío y arena tibia. Ziro se sentó apoyando su espalda en el áspero tronco del árbol, mientras su hermano le acomodaba las ropas. Parecía que éste quería decirle algo, pero se arrepentía a cada segundo. Miraba hacia el cielo, y le preguntaba a menudo como se sentía, si necesitaba algo, como si fuera una persona común y corriente. Para algunos demonios, el sentir dolor era como sentir amor para los Ángeles, casi un arte. No era necesaria aquella inexorable emoción que podía arrancarles la sangre hasta quedar secos, para que se diesen cuenta de que estaban a punto de morir. Sin embargo, el deseo de no querer ser lo que en verdad era para Ziro, le impedía sentir aquel sentimiento insensible, provocando en él una recuperación más rápida de lo normal. Como era de esperarse, aquí influían mucho sus sentimientos y emociones.
No hablaban mucho acerca de aquella noche, pero se notaba que Evan quería tocar el tema. Empezó por un comentario insignificante.
- Sabes que ella vendrá a verte… - le dijo mirándolo de reojo, con su rostro en dirección al cielo. – De hecho… en este preciso momento viene hacia acá…
Ziro no respondió de inmediato, aunque lo quedó mirando extrañando y meditabundo. Había solo una mujer en común entre ellos: Nathalie.
- Si… lo sé… - dijo bajando la mirada hacia la arena anaranjada bajo sus piernas.
- Ziro… no quiero que resulte lastimada—
- Nos iremos…
- ¿Qué?
- Si ella viene por mí, nos iremos…
- ¿De qué sirve, Ziro?... te buscara en donde quiera que estés. Nathalie no es tonta… y te encontrará aunque estés aquí o en otro planeta…
- No quiero que… no quiero que se una más a mí de lo que ya estamos… no pensé bien las cosas. Debía haberme alejado de ella y así evitar unos cuantos problemas… quizás ahora la busquen y… no quiero ni pensar en las cosas que podrían hacerle solo por hacerme enojar… - parecía triste, y a la vez molesto.
Evan miró hacia otro lado. Comprendía cómo se sentía su hermano, pero no hallaba las palabras exactas para calmarlo. En todo caso, no accedería a moverlo de allí en ese estado. Aun faltaba que sanase, y podrían sorprenderlos los demonios en el camino.
No pasaron más de cinco minutos, y Nathalie apareció entre las nubes del cielo, resaltando su cabellera crespa, larga y verduzca. Se posó a unos cuantos metros de donde ellos reposaban, y miró fijo a Ziro, mientras que éste también lo hacía. Evan se puso de pie, y avanzó hacia Nathalie, con pasos lentos. Nadie había pronunciado una palabra hasta el momento. De hecho, la joven ni siquiera miró Evan, quien se quedó parado a su lado. No quitó la vista de su salvador.
- ¿Qué haces aquí, Nathalie?
- ¿Por qué me haces esa pregunta…? Sabes que vine a verlo…
- Sabes que no puedes acercarte a él…
- No me digas lo que tengo que hacer…
- Es por tu bien.
Recién ahí, Nathalie lo miró a los ojos, esos ojos que brillaban aunque no hubiera luz. Ella le puso una cara de no entender, pero luego escuchó la voz de Ziro, algo lejana y débil, y se sintió feliz de volver a oírlo nuevamente.
- Vete, Nat… hablaremos en otra ocasión…
- ¿Aún no sanas? – preguntó algo confusa, fijando sus ojos en las manchas de sangre que Ziro aun portaba en su cuerpo.
Ninguno de los gemelos le respondió algo que era obvio, pero tampoco le dijeron la causa. Sólo al pasar a ser miembro de la Tríada de Neheria, los demonios obtenían aquel beneficio, entre otros, y no por ser fuete y formar parte de los fortis, adquirían la regeneración de tejidos espontanea. Aún así, mientras más poderoso el demonio, menos tiempo se demoraban en sanar las heridas.
Aquella explicación fue procesada por la mente de Nathalie, quedando inmóvil en el mismo lugar y sin decir ni una palabra, pensando en algo. De repente, dio un paso hacia Ziro. Evan la tomó del brazo fuertemente, tratando de detener su impulso.
- No puedes acercarte más, Nathalie…
- Suéltame, Evan. Ziro está débil… no hará el mismo efecto sobre mí…
Caminó hacia el convaleciente, y se agachó quedando en cuclillas, a la altura de Ziro. Éste la miró, y antes de que dijera algo, Nathalie lo interrumpió.
- Quédate tranquilo… te ayudaré.
- No creo que—
- Silencio…
No tenía la más remota idea de cómo lo iba a curar, pero lo examinó, y luego, escuchó la voz de Evan, mientras éste también se agachaba.
- ¿Tienes el curo possum? – le preguntó a Nathalie, quien sabía exactamente a lo que se refería.
- ¿Curo possum? – preguntó mirándolos extrañamente a ambos Ziro.
- El poder de curar… que supuestamente todos los Ángeles tienen… - le dijo Nathalie, algo decepcionada.
- En realidad, los Ángeles de mayor rango, como los Arcángeles, y otros… por mi parte, aún no lo he adquirido – dijo Evan, mirándose las manos. – Y si tú tampoco… ¿Cómo piensas ayudarlo?
- Yo…
- Deja de perder el tiempo, Nat. No necesito tu ayuda… - le dijo Ziro.
- Claro que si… me siento en deuda contigo, tú sabes.
- No lo sientas—
- Ya, basta.
Se quedó pensativa un rato, y luego concluyó:
- Mi sangre regenera mis heridas… entonces…
- Ni lo pienses – le dijo Ziro.