martes, 19 de enero de 2010

CAPITULO XXXIV

Elizabeth y Nathalie ayudaron a Diana a que se arreglara y quedara como toda una princesa ante su compañero de aquella noche. Aquel vestido ajustado azul petróleo, resaltaba su casi perfecta figura, destacando todas sus curvas, aunque le cubría la mayor parte de sus largas y trabajadas piernas. Sus zapatos eran bajos pero elegantes, y por supuesto, su cartera igual. Elizabeth le preparo el cabello de una manera no cotidiana, dejando atrás sus colas de caballo a ambos lados, y dando a mostrar un peinado totalmente moderno, desordenado y a la vez, fino. Sus mechas largas y amoratadas colgaban por su espalda y bailaban al ritmo del viento que entraba por una de las ventanas del teatro de Garamond.
- Creo que ya estas lista… y…son las ocho y cuarenta minutos – le dijo Nathalie.
- Entonces, creo que es tiempo de largarme – dijo Diana mirando sus zapatos.
Elizabeth solo sonreía, quizás ella también estaba algo nerviosa con lo que pasaría en la noche. Mas de algunas de las chicas querían averiguar qué pasaría aquella noche luego de la cena, tratando de echarle un vistazo al futuro, lo cual era algo inusual en ellas, pues era un poder que no ocupaban mucho debido a que no era cien por ciento efectivo, ya que cada movimiento o acción que hacían, alteraba el futuro visto por ellas. Sin embargo, Diana no quiso que ninguna viera lo que pasaría, ni que tampoco la espiaran o algo así. Lo dejaba a la suerte del destino.
Dos minutos después, la vieron marcharse por la esquina, muy elegante y digna hacia su cita. La plaza no quedaba muy lejos, por lo que seguramente tendría que esperar algunos minutos. Elizabeth y Nathalie quedaron un instante mirando el cielo, el cual estaba cada vez más gris, más triste aunque sin goteras. Entonces, la fuerte presencia de un demonio se sintió bastante cerca y a la vez, ambas sintieron ese gran flujo de energía que rondaba por ahí. Nathalie quedó mirando la azotea del edificio del frente hasta que Elizabeth captó su atención. Era Ziro.
- Vuelvo enseguida – dijo Nathalie sin dejar de mirarlo.
- Nat… no creo que sea buena idea – le dijo Elizabeth tomándola del brazo.
- Tiene algo urgente que decirme, Beth… no tardo.
- Puedes hacer lo que quieras, Nat, es tu problema… solo te digo que no estamos aquí para visitas, estamos aquí para hacer lo que nos corresponde hacer… por favor, no te distraigas, que ya debemos empezar.
Elizabeth trató de no ser tan agresiva ni tampoco tan sutil, pero luego de que Nathalie atravesara la ventana y volara unos metros hacia el frente, se quedó pensando en aquella relación.


Nathalie Denat


Crucé la calle que nos separaba y mantuve mi distancia con él. Me quedó mirando por un momento al igual que yo. Comencé a caminar hacia donde se encontraba y en eso, me habló:
- ¿Sabes dónde está Evan? – me dijo con una voz nerviosa. Tenía una cara de aflicción.
- Hasta que me fui de la capilla no había regresado… ni él ni sus compañeros, ni siquiera Mehiel… pero… ¿Por qué?
- Lo tienen Nat… la Triada debe tenerlo… estoy seguro, yo se… yo se que lo tienen…
- Tranquilízate Ziro… ¿estas seguro?
- Si… es que… he perdido las posiciones de algunos de sus integrantes… han desaparecido y el único lugar en el cual mi mente no puede entrar estando aquí es la sexta dimensión… la dimensión de los demonios…
- Pero—
- Nat, necesito tu ayuda… por favor, si no puedo encontrar a los demonios… tú puedes encontrar a los Ángeles del Sonido… por favor Nathalie, necesito que encuentres a Evan…
No podía dudar en ese momento. Su voz no era la misma de siempre, parecía afligido y nervioso al mismo tiempo. Al parecer jamás lo había visto así. No podía negarle aquella petición. Si algún demonio había secuestrado a Evan y a los hermanos A era mi deber ayudar a encontrarlos, por lo que no espere ni un segundo más.
Mis ojos miraron al suelo tratando de encontrar algo. Recorrí cada rincón de Garamond, luego a Olidata, más hacia el sur, norte, este, oeste… pero no había nada. Intenté expandir mi búsqueda, hacia lugares más lejanos, incluso otras dimensione, y cuando sentía que me estaba acercando cada vez más, un chirrido agudo resonó en mis oídos, el cual me hizo gritar de dolor, al mismo tiempo en que apoyé mis rodillas en el piso. Me coloqué las manos en las orejas.
- ¡Nat! Nat ¿estás bien? – me preguntó Ziro un poco preocupado, pero sin acercarse.
No podía responderle, mis ojos aún seguían arrugados producto del dolor. Me llegó a doler la cabeza por un momento, y más tarde, aquel líquido rojo intenso y tibio se empezó a escurrir por entre mis dedos mientras aun tenía mis manos en los oídos. La sangre fue lo que puso más nervioso a Ziro, e hizo llamar la atención de mi amiga.
- ¡Nat! – dijo el demonio acercándose.
- Detente – dijo la voz de Beth delante de mí, poniéndole una mano en frente para que se detuviera.
Ziro inmediatamente paró su recorrido y solo atinó a retroceder un poco mientras Beth se agachaba y me examinaba.
- ¿Estas bien? ¿Qué paso Nat? – me dijo mientras me tomaba las muñecas y alejaba mis manos de sus orejas ensangrentadas.
- No puedo… no puedo encontrar a los Ángeles del Sonido, Beth… no se qué pasó… yo…
Antes de seguir hablando, quise intentar nuevamente, pues pensé que podría haber sido alguna interferencia o algún demonio loco rondando por ahí, pero al ponerme de pie e intentarlo nuevamente, ocurrió lo mismo en el mismo tiempo. Beth me sujetó de los brazos y Ziro mas atrás parecía preocupado.
- No se que pasa – le dije con dificultad a Beth.
- Creo saber que esta pasando Nat… - dijo Ziro un poco más calmado.
- ¿Qué? ¿Qué es? – dijo Beth mirándolo.
- No se muevan, vuelvo en 6 segundos.
Desapareció como arena negra en el viento, y ni siquiera alcanzamos a comentar aquella desaparición, pues exactamente seis segundos después, volvió de la misma manera, ahora, con alguien en su custodia. Su cara me era familiar. Muy familiar.


Emily Thompson


Una vez que las demás marcharon, me quedé un rato más en espera, pues al momento de captar que Caliel se alistaba para salir, a esa hora de la noche, me pareció sospechoso. No sabía si el sabía que yo aún seguía en la capilla, pero antes de que atravesara la puerta de salida, le hice la pregunta.
- ¿A dónde vas?
- ¡Em! – dijo no asustado, pero sorprendido. - ¿Aun sigues aquí?
- Si… aun sigo aquí… - intente ocultar mis verdaderos motivos del por que aun no me había ido con las demás.
- Y… ¿Por qué?
- Solo respóndeme… ¿A dónde vas a esta hora?
- No creo que sea de tu incumbencia, Em… tengo algunos asuntos que resolver…
- ¿Asuntos? Pero.. ¿Por qué a esta hora?
- Porque… estoy todo el día ocupado con Mehiel viendo asuntos del Consejo y otras cosas, no tengo tiempo para preocuparme de estos asuntos durante el día… por eso prefiero hacerlos a esta hora.
- Y… supongo que se trata de lo mismo ¿verdad? Consejo, la tercera dimensión… nosotras…
- Por supuesto.
- Pues, entonces te acompaño…
- No, Em… no puedes, no son asuntos que debas escuchar…
- Si se trata de mi y mis amigas, por supuesto que si…
- No Emily. Ya dije que no… y por favor no me discutas más… estas atrasándome.
- No te preocupes, te llevare…
- ¿Qué?
- No querrás que te deje caminar solo por las frías calles de Saint hacia un destino que desconozco con alguno que otro demonio loco suelto por ahí…
- Jajaja… se cuidarme solo… lo hice todo el tiempo antes de que ustedes aparecieran.
- Las cosas no son como antes.
- Emily es suficiente… iré solo… y tú deberías estar ayudando a las demás en vez de hacerme perder el tiempo.
- Disculpa… no haré perderte mas el tiempo Caliel…
Aquella última oración me salió bastante irónica, pero no me quedé a ver la expresión de Caliel como respuesta. Salí antes que él y me elevé por los aires nocturnos de Saint para olvidarme de aquella pequeña discusión. Aunque debía decirlo… se me comían las alas por seguirlo hacia donde quiera que se dirigiese… pero… tal vez él tenía razón… no era de mi incumbencia.


Ziro tenía a su prisionero agarrado del pelo, bruscamente, y lo tiró al piso con aun más agresividad. Elizabeth y Nathalie se quedaron mirándolo tratando de procesar de quien se trataba. Ziro lo tenía atado de manos, inmovilizándolo un poco. Volvió a tomarlo del pelo y le levanto la cabeza para que ambas lo vieran.
- Theo… - dijo Nathalie casi susurrando.
- Ahora sí que no vas a interferir, maldito demonio de cuarta… - le dijo Ziro con ira, con esos ojos rojos característicos de su enojo.
- ¿Era él? – peguntó Nat.
- Estaba interfiriendo en tu búsqueda, Nathalie, siguiendo órdenes de Eliott por supuesto. Pero ya no será un obstáculo. De eso me encargo yo.
En aquel dialogo, Theo no dijo ni una sola palabra, solo observaba a los dos ángeles que tenía en frente. Hubo un rato de silencio.
- Lo intentaré yo – dijo Elizabeth mirando a Nathalie y luego a Ziro, el cual asintió sin mayores problemas.
Recorrió los mismos sitios y lugares que su amiga había recorrido, y al igual que ella, estuvo a segundos de encontrar a los otros ángeles, pero nuevamente, el sonido agudo que había retumbado en Nathalie, también retumbo en Elizabeth, haciéndola chillar del dolor, para luego pasar por los mismo síntomas que su amiga. Ziro reaccionó entonces.
Manejaba a Theo como a un muñeco, lo tomó del cuello y lo estrangulo un rato.
- ¿Qué es lo que te pasa, mugroso demonio? ¿Quieres que acabe contigo en un par de segundos? Si no es así, entonces deja tu estúpida mente fuera de esto y salva tu asqueroso trasero.
- Son órdenes que no puedo dejar de cumplir – respondió Theo con dificultad.
- ¿Aunque eso implique matarte?
- Sabes que nosotros no morimos…
- Corrijo entonces. ¿Aunque eso implique dejarte perdido? ¿Qué caigas más de lo que ya has caído?
Su silencio respondió las preguntas de Ziro. Y si así era, pues era mejor matarlo y deshacernos del estorbo de una vez por todas, para finalmente encontrar a los otros ángeles.
Ziro un movimiento con su mano derecha, indicando un próximo ataque. Theo abrió los ojos un poco asustado y se apresuró a decir algo antes de que su enemigo hiciera cualquier cosa.
- ¡Yo se donde está tu hermano, Ziro! - dijo apresuradamente.
Nadie dijo ni una palabra, pero las acciones de Ziro se detuvieron. Quedó mirando al demonio esperando una respuesta su mirada intimidante.
- Se que se encuentra en la sexta dimensión-.
- Pero no sabes en que lugar exactamente… sabes que en esa dimensión puedes perderte fácilmente… y llegar a caer si no tienes cuidado al andar…
- No creas que no lo se… y tampoco creas que será un trabajo difícil el encontrarlo… después de todo, soy un demonio… y de los mas fuertes…
- Los guardias no te dejaran cruzar la dimensión.
- ¿Crees que me importan?
- No puedes—
- Puedo hacer lo que se me plazca porque la gran mayoría teme a mis poderes…
- Ha… te crees la gran cosa…
- Soy la gran cosa, Theo…
A éste ya se le habían acabado las respuestas. Ziro lo supo cuando cayó y lo observo a los ojos con algo de pavor. Fue cuando volvió a alzar la mano derecha mientras que con la izquierda lo sostenía del cuello, y preparó su ataque al mismo rato que sus ojos se tornaban negros por completo.
Al pasar tres segundos lentamente, y a estar a solo uno de eliminar a Theo, Ziro recibió un ataque sorpresivamente, que hizo soltar a su enemigo lejos, y el protegerse con uno de sus brazos. Era una bola de fuego no muy ofensiva, pero no era fuego rojizo como el demoníaco, si no mas bien, fuego normal.
Ziro miró a su nuevo rival. Era Elizabeth, quien estaba parada en frente de Nathalie, casi inmóvil y dispuesta a lanzarle otro ataque al demonio. La venda de su mano se había quemado. Ni siquiera se la había quitado para lanzar el fuego.
- ¡Beth, que haces! – le gritó Nathalie mientras se acercaba a ella, pero Elizabeth, sin escucharla, volvió a lanzar una bola de fuego a Ziro, quien se protegió ahora mas adecuadamente.
- No es ella – dijo Ziro luego de que esquivara el ataque.
Éste comenzó a mirar hacia donde Theo había saltado, pero no seguía allí. El escurridizo se había movido al borde de la azotea y se iba a lanzar a volar hasta con las manos atadas. Ziro estaba decidido a detenerlo, pero justo en aquel instante Elizabeth se lanzó sobre él con gran ansiedad, cayendo ambos al suelo. Nathalie corrió hacia ellos, tratando de alejar a su amiga de Ziro, y mientras lo hacía, Ziro se apresuraba a perseguir a su prisionero.
- ¡Beth, para! – le decía Nathalie sin tratar de dañarla, aunque su contrincante le lanzaba ataques como si fueran enemigas. Nathalie entendió que estaba siendo controlada por Theo, mentalmente. Ella ya lo había experimentado una vez, y sabía lo difícil que era tratar de dominarse a sí mismo.
Estuvieron combatiendo un rato, claro que Nathalie trataba de esquivar todos los ataques de su amiga, aunque varias veces la lastimó. Ziro no tardaría en volver.


Diana Crown


Mientras esperaba de pie con un tic en la pierna, seguramente de nerviosismo o ya de costumbre,
El presentimiento de peligro se hizo presente en mi mente. Se me detuvo el constante movimiento de la pierna y mire hacia mi derecha, de donde había venido. Fuerzas demoníacas y angelicales, enfrentándose unos con otros. Estaban mis amigas ahí, lo sabía, y eso fue lo que mas me preocupó.
- ¡Mierda!
Se cumplieron las nueve y media, y entonces, antes de que Alan tocara la bocina, miré hacia mi izquierda a la vuelta de la esquina, donde venía doblando lentamente un auto que parecía cero kilometro, pero para alguien de conocimiento automotriz, seguro que era usado. No me consideraba una experta, pero sí alguien con una vista más aguda de lo normal. Sonó la bocina dos veces, y me recordó mis años primarios en mi escuela, cuando el furgón escolar me recogía por las mañanas. Sonreí. Se posó justo en frente de mí, y sin apagar el motor, Alan bajó del auto.
- ¿Puedo escoltarla a su palacio, princesa?- me dijo con una sonrisa de galán.
- ¡Dios! Alan… es precioso… - dije entre sonrisitas, refiriéndome al auto.
- Gracias… se que parece cero kilometro… - dijo acariciando su nuevo transporte. …Pero no lo es… tal y como lo analicé.
- Eso da lo mismo. Es… el sudor de tu frente…
- ¡Uf! Si supieras todo lo que sudé por comprarlo… quedé todo transpirado.
- Jajaja… lo se. Pero está muy bien, te felicito.
- Gracias, Diana – me dijo con emoción. Su nueva compra era ya una prueba de que era un joven que sabía lo que quería, y luchaba por obtenerlo. Seguramente su trabajo de transportar cosas de una ciudad otra en una camión ya anticuado había sido considerado. En verdad estaba feliz por él.
- No tienes nada que agradecer… te lo mereces.
- Bueno… ni siquiera te he saludado adecuadamente… - dijo acercándose hacia mí. Me dio un beso en la mejilla y luego prosiguió. – Disculpa no haber llegado antes… ¿te hice esperar?
- Eh… no… es decir-- ¡No mientas!. – Llegué antes de la hora.
- No quería hacerte esperar en este lugar tan… oscuro, tan solitario…
- No… hay locales abiertos… no te preocupes, no espere mucho.
- Bueno… entonces, ¿vamos?
- Vamos.
Me sentí toda una princesa cuando se adelanto a abrirme la puerta. Antes de entrar, eché un último vistazo en dirección hacia donde estaban mis amigas, seguramente combatiendo aún. Me sentí rara, preocupada. Podría inventar una excusa si quería ir en ayuda de… pero no puedo mentir, menos a Alan, menos echar a perder esta cita, que estoy segura, la tenía muy planeada.
Al entrar al auto, arreglé mi vestido para quedar como toda una señorita. Me fijé que el colgante que le había obsequiado no estaba en el espejo retrovisor. Miré a mis alrededores y no lo encontré. Esperé que subiera al auto.
- No tienes el colgante que te dí aquí…
- Ah… no. Lo tengo en el camión aún. Será más efectivo cuando voy a otras ciudades a las que no conozco, me puedo encontrar con cualquier cosa.
No hablé más del tema, pero me preocupé por eso. Si los demonios sabían que yo me encontraba con Alan frecuentemente, podían atacarlo solo para hacerme sentir dolor. Seguí teniendo aquellos pensamientos y me entró un miedo q aumentaba con cada uno de ellos.


Emily Thompson


Llegué donde supuestamente me iban a esperar, en el teatro. Sin embargo, me desvié de aquel sitio, para dirigirme al edificio del frente, en donde Beth y Nat estaban luchando, casi seriamente.
- ¿Qué esta pasando aquí? – dije antes de que Beth me mirara con una cara la cual no era la de siempre. Estaba encima de Nat tratando de lanzarle un ataque cuando la interrumpí. Al parecer no fue una muy buena idea, ya que aun no guardaba mis alas, y Beth corrió rápidamente hasta mí, para tratar de atacarme.
- ¡Em, cuidado! – me gritó Nat desde una esquina. Fue lo último que escuché antes de que Beth me arrojara al piso y comenzara a golpearme con sus propias manos. Me libré de ella sin compasión.
- ¿Qué pasa, Nat? – le pregunté.
- ¡Está siendo controlada por Theo!
- ¿Theo?
- ¡Si!
- ¿Y donde está él?
- Ziro salió persiguiéndolo…
- ¿Ziro?
No pudo seguir la conversación, pues Beth nuevamente se lanzó sobre nosotras, como quien caza a su presa. Tratamos de detenerla, pero las lianas de Nat se quemaban ligeramente, por lo que no era de mucha ayuda. Quizás mi agua podría calmar su fuego. Por lo menos la calmó un momento.
- ¡Son los Ángeles del Sonido, Em!... al parecer han sido secuestrados por la Triada de Neheria –me explicó Nat, mientras tratábamos con Beth.
Traté de entender con las respuestas que me daba Nathalie, e intenté hacerme una idea de lo que había pasado antes de que yo llegara hasta Garamond.
En un momento de descuido, Beth venía hacia mí con toda la fuerza a tratar de arrojarme nuevamente al suelo, pero la esquivé de manera inteligente la deje tirada en el piso tomandola de as muñecas, con todo mi cuerpo encima para que no se moviera. Traté de hacerla volver en sí, y creí que había funcionado cuando dejó de moverse bruscamente, y sus ojos se tornaron naranjos nuevamente. Me quedó mirando impresionada con los ojos muy abiertos.
- ¿Beth? – le dije.
No me dijo nada, pero sabía que volvía a ser la misma Beth de siempre. Nat se acercó.
- ¿Estás bien? – le dijo mirándola.
- ¿Qué…? – dijo Beth mirándome extrañada, mientras le quitaba las manos de sus muñecas.
- Tranquila…estabas—
No terminé de hablar, pues justo sentí llegar a Ziro por una esquina de la azotea, un poco agitado, pero con un buen semblante. Escondió sus oscuras y deterioradas alas, y se acercó a nosotras. Nat se alojó detrás de mí.
- ¿Qué ha pasado, Ziro? – le preguntó Nat. Al parecer y por lo que yo vi, le preocupaba la cara del demonio, pues no estaba como la misma de siempre.
¿Y donde estaba Theo? ¿Por qué Ziro tenía sangre en sus manos? ¿Por qué se veía tan agitado y cansado? ¿y a la vez algo perturbado?
- ¿Dónde está Theo? – preguntó Nat.
- Theo no volverá a molestarnos más…


Diana Crown


La llegada no fue para nada incomoda. Dentro del restaurante había solo gente bien vestida y de más edad que nosotros. Un hombre de smoking nos guió hacia la mesa reservada con el nombre de Alan, y nos dirigimos pasando por un pasillo de cerámica blanca, esquivando algunas sillas, llegando finalmente a nuestro lugar. Ahora, el pedido fue algo mas incomodo, ya que de los platos que había en el menú, con suerte conocía uno. Eran todos con nombres italianos, otros en árabe, hasta algunos chinos. Al parecer era un restaurante de comida internacional, pues tenía a varios países involucrados en sus comidas.
Como sea, pedí algo con verduras y un jugo natural. A los cinco segundos ya se me había olvidado el nombre de mi plato, pero no me pareció importante. Alan me miraba fijamente como queriendo preguntarme algo, pero le daba vergüenza o se sentía incapacitado de cuestionarme.
- ¿Pasa lago? – le dije sonriendo.
- No, no… nada. ¿Te gustó el lugar?
- Me encantó. Está muy lindo, muy lujoso… pero, no era necesario reservar un restaurante tan caro—
- No te preocupes por eso. Eres mi invitada y puedes pedir lo que quieras… después del primer pedido, por supuesto.
- Jajaja… no acostumbro a comer mucho. Era vegetariana.
- ¿Ya no lo eres? – me preguntó mirándome a los ojos. Levanté la mirada y luego me di cuenta de que había metido la pata por primera vez esa noche.
- Si, lo soy… supongo – dije con una carcajada fingida.
- Wau, yo como de todo… y mucho.
- Para todo lo que estudias… debes alimentarte bien. A propósito, ¿ha ido todo bien?
- ¿En la Universidad? Si, muy bien. Creo que soy uno de los mejores de la clase, pero no podría estar seguro.
- Seguro que lo eres. Eres muy inteligente.
- Jajaja… bueno, el estudiar medicina lleva grandes sacrificios… pero me gusta, y creo que eso es lo mas importante. Por eso ando todo el día leyendo libros, estudiando sin querer.
- Me parece bien. Con esfuerzo se logra todo, Alan.
- Por supuesto que si. ¿Y tus clases? – me preguntó. No estaba segura de que responderle, pero no podía mentirle. Lo que no quería, era que me preguntara cosas que si eran mentiras, y que las había confirmado hace un tiempo, cuando aun tenía la facilidad de mentir.
- Eh… mis clases… no las he tomado.
- ¿Por qué?
- Es que… - no hallaba que decir. Sentía que me comenzaba a sudar la frente.
- Si no quieres contármelo—
Justo llegó la niña mesera con las bandejas y los platos de comida. Fue una salvación. Justo a tiempo. Dejó el mío en medio de los cubiertos, al igual que el de Alan, también mi jugo de frambuesa y la bebida de mi compañero. Agradecimos al mismo tiempo con una sonrisa. Entonces, miré mi deleite. Habían varias verduras que conocía, y otras que no, pero eso no era lo más incomodo. De hecho, lo más incomodo venía ahora.
- ¿Pasa algo? ¿No te gusto? – me preguntó al ver mi cara, que de seguro demostraba inseguridad de comerlo.
- No, no… o sea… ni lo he probado. Es que… el tomate no me gusta – le dije sin mentir. Claro, que los otros vegetales eran de mi agrado.
- No lo comas… a mi no me gusta la cebolla, y también esta en mi plato – dijo para hacerme sentir mejor. Sin embargo, no lo logró.
¿Qué haría él si al echarse la comida a la boca no saboreara nada? ¿Qué haría si sintiera algo cremoso, algo liquido, o algo más duro en su paladar y no sintiera el sabor de dicho alimento? A lo menos yo… pondría una cara extraña.
No podía hacer nada más que tragar sin mucho que masticar. Hubiera pedido cualquier otra cosa, algo que nunca hubiera probado, aunque no me gustara… y daría lo mismo, pues no sentiría el sabor aunque fuesen pastelitos o dulces, mis favoritos.

La cena no duró mucho, y eso fue lo mejor que pudo haber pasado. Solo por la comida fue incomoda, pero si hubiera sido otro tipo de cita, se seguro habría sido la mejor de mi vida. Conversamos mucho, aprendí a conocerlo más, y por supuesto él a mí. Por supuesto, no le dije nada que no debía saber.
Caminamos una cuadra bastante solitaria hasta llegar a donde estaba estacionado el auto. Obvio que el restaurante tenía estacionamiento, pero estaban todos copados. Aunque creo que fue un problema de efectivo por el cual no lo dejamos allí. Pero en fin, no era de mi incumbencia. Íbamos de lo mejor por la calle, cuando de un momento a otro, sentí la brisa fresca rozar mi espalda. Tenía mis sentidos muy sensibles, y como era de esperarme, Alan no sintió nada. Pero yo si. Y no era nada de bueno. Miré a mi alrededor, y cuando detuve mis ojos en el frente, vi a cuatro sujetos parados en la esquina, bastante sospechosos, que nos observaban como esperándonos. Aunque eran seres humanos, me detuve sin titubear y tomé el brazo de Alan.
- ¿Qué pasa? – me dijo él sin saber.
Entonces me di la media vuelta, y ahora esos cuatro tipos estaban en frente de nosotros, a no más de tres metros. Vestían de negro enteros, con capucha en sus cabezas. Tenían solo pinta de ser ladrones, pero eso no era lo que me inquietaba, sino más bien, aquella presencia fuerte y demoníaca que reposaba en las alturas, a mi lado izquierdo. Busqué en los techos de las casas solo con la mirada, pero no logré ver nada.
- ¿Se les ofrece algo? – preguntó Alan, poniéndose sobre mí. No lo dejé y le hice una seña para que se callara.
- ¿Aparte de ella? – le dijo uno que se adelantó, los demás rieron.
- Hey… ¿Qué es lo que quieren? – volvió a preguntar Alan acercándose a este. Comencé a ponerme un poco nerviosa. Lo detuve del brazo nuevamente.
- Alan, no – le dije jalándolo hacia atrás.
Los otros tipos comenzaron a avanzar hacia mí, y yo ni me moví. No como Alan, quien se puso más nervioso que yo, al ver que me comenzaban a acechar.
- Ya basta. Lárguense… - les dijo Alan. A pesar de estar nervioso, se notaba estar tranquilo.
- Dame todo lo que tienes, idiota… - le dijo el mismo sujeto.
- ¡Alan, no le des nada! – le dije, creyéndome alguien que podía salvar la situación. Pero hasta el momento, no había logrado nada.
Pero no me hizo caso, porque al parecer el miedo lo había invadido de pie a cabeza. Se metió las manos a los bolsillos, de seguro buscando su billetera o sus cosas de valor. Mis nervios aumentaron, pero para conservar mi compostura, cerré los ojos y llamé a un aire puro y sagrado para poder tranquilizar la situación, calmar la ansiedad de los individuos, y calmar también a Alan.
Estuve así por un rato. De pronto no se escucharon las respiraciones agitadas a mil por hora, y cuando abrí los ojos, divisé a la luz de un faro, un resplandor en la cintura de uno de los tipos. Cuando se movió a recibir las cosas de Alan, pude corroborar mi idea. Era un arma, y estaba cargada. No lo sabía con claridad, pero mi seguridad e inquietud me decían que estaba cargada.
Me mordí el labio inconscientemente. Miré a Alan, quien ya estaba transpirando.
- Alan, no – le dije librándome de los otros sujetos.
- Detente ahí, jovencita – me dijo uno de ellos, tomándome del codo.
- ¡No la toques! – le dijo Alan empujándolo hacia atrás. Mis nervios llegaron al límite. Tomé a Alan de la mano y caminamos hacia donde estaba el auto. Aun quedaba la mitad de la cuadra. Di pasos rápidos, pero no muy largos debido a mis tacos.
No quise mirar hacia tras, ni saber si habían tomado el arma para atacar a Alan, pero al parecer, mi llamado a la tranquilidad había funcionado aunque fuese un poco.
Seguíamos caminando ligeramente, cuando sentí nuevamente aquella brisa extraña, aquella brisa sin sylfos, mis sirvientes, aquella brisa endemoniada…
Entonces, me detuve para mirar ahora a mi derecha, sintiendo esa risa en el aire que no podía descifrar de donde provenía. Era algo malo de todas maneras, y Alan no estaba a salvo ahí. Me volteé nuevamente para ver si esos tipos seguían allí, y lo único que alcancé a divisar, fue el líder de la banda apuntando con su arma hacia nosotros, más bien hacia mi acompañante…
¿Qué atiné a hacer? Lo que cualquiera con rápida sanación hubiera hecho en mi lugar… interponerme entre la bala y Alan.
Fue todo tan rápido, tan veloz, que cuando la munición penetró mi pecho casi al lado de mi corazón, Alan dejó de respirar. De seguro con la boca abierta. Flecté un poco las rodillas y miré el suelo, me coloqué la mano en la herida al mismo tiempo que mi peinado se deshacía y se me venían las mechas a la cara. Fue un acontecimiento en el momento preciso, ya que no quería que Alan viera mi cara de sufrimiento o de dolor, aunque no fuese una no muy del sentimiento. Arrugué los ojos un par de segundos antes de caer al suelo de espalda. Lo último que vi de pie, fue a esos tipos, sin entender mucho lo que sucedía, para luego salir corriendo.
- ¡Diana! – gritó Alan a mi lado. Se agachó para verme y yo aun no reaccionaba por el impacto.
No quería que se preocupara, pero ya estaba hecho. No tenía ni la más mínima idea de lo que seguía después.
- ¡Diana, por dios! – dijo cada vez mas nervioso, me miró los ojos forzadamente y fue ahí cuando comencé a reaccionar.
- Que… - dije sin mucha conciencia.
Alan metió la mano al bolsillo oculto que tenía su camisa cerca de sus costillas izquierdas. Comenzó a buscar impacientemente, hasta que saco de entre su chaquetilla un teléfono celular.
- ¿Qué vas a hacer? – le dije débilmente. Se impresionó al escuchar mi voz.
- Llamar una ambulancia por supuesto…
- ¡No!
Grité y a la vez le arrojé el celular a donde no podía ya mirar. Rodó por el asfalto hasta que paro de deslizarse más fácilmente debido a el escarchado caído por la tarde.
- Diana, tengo que llamar—
- Alan, no… estoy bien – le dije sin quitarme la mano de la herida. La bala ya había sido expulsada hace rato. La ocultaba en la palma, sin mostrársela a él.
- Shh… no hables. Déjame ver…
- ¡No!
- ¡Diana por favor!
- ¡Alan, estoy bien! – le dije tratando de alejarlo de mi.
Mierda… si ve mi herida sanada estoy muerta…
Intenté mantener sus manos lejos de mi pecho, pero fue inútil, y como futuro doctor, más difícil aún. Me quitó la mano bruscamente y la bala salió rodando por el piso hasta posarse a unos metros de mi izquierda.
Alan quedó con la boca semiabierta y no la cerró hasta volver su mirada hacia mí.
- ¿Qué…?
Que hago… que hago… que le digo… mierda, estoy frita…
- Estoy bien…
- ¿Cómo…? ¿Te sacaste la bala, Diana? ¿Cómo?
- Es que no… estaba…
- Vi cuando te—la bala en—como—
- Alan, cálmate…
- ¡Vi la bala entrar por tu pecho, Diana! ¿Cómo…?
Abrió tanto los ojos que en un momento sentí que se le desorbitarían. No sabía como mierda le iba a explicar esto ahora…
- No… yo…
- ¿Diana… que? No-- ¿tu herida?-- ¿Dónde..?
Aaaaaaaaaaaahhhhhh!!!!
- Alan—
- ¿Qué mierda esta pasando aquí?
- Alan…
Era el fin. Era el fin… tenía que decirle… tenía que decirle toda la verdad. ¿Si no cómo? ¿Cómo me creería lo de la regeneración espontanea si él mismo, con mayor razón, sabía que eso no existía? Su corazón empezó a latir cada vez más fuerte, más fuerte. La impresión le iba a causar… quizás que cosa.
- Alan, yo…